Las glosas de Diótima

Un día llegó Sócrates a visitar a la gran sacerdotisa del amor. Tocó a la puerta y le gritó: ¿cómo estás, oh Diótima? La maestra, cuyos discursos inspiraron delirios durante siglos, entreabrió la puerta y, sacando la muñeca desde la penumbra, se la mostró al discípulo y le dijo con los labios húmedos:

—Si ves esta muñeca, oh Sócrates, deduce, cómo será el resto.

El fragmento donde se narra el episodio anterior sobrevivió gracias a los manuscritos apócrifos recogidos por el historiógrafo de Esmirna. Los comentarios relativos al manuscrito principal, archivados hoy día en la nueva Biblioteca de Alejandría, escaparon a la ignorancia de los militares la noche sin nombre en que echaron a las llamas todo el saber antiguo. También sobrevivieron a las celebraciones anuales de la conflagración. En el capítulo XIII de un libro inútil llamado La guerra prodigiosa se lee que los alejandrinos conmemoraban aquel acto de destrucción quemando papiros en el antiguo emplazamiento de la Biblioteca.

Pues bien, según la doxografía, antes de la palabra ‘muñeca’ estaba el adjetivo ‘perfecta’, aunque los eruditos se disputan a puñetazos aún hoy si eso es cierto. Un análisis textual que honra a los lingüistas fieles a la misma escuela alejandrina, parece llegar a otra conclusión: el autor de cuya pluma nació el fragmento no podía romper los usos narrativos archiconocidos en la época, con siglos de formar escuela y fijar poéticas cada vez más implacables. En otras palabras, el adjetivo ‘perfecta’ habría estado fuera de lugar. Nada es más transparente en la historia de las disputas: Diótima, la sabia del amor, no necesitaba adjetivos.

Yo, por mi parte, sombra y émulo de aquellos maestros lejanos (casi divinos, si el lector me permite exagerar) y sin los cuales yo no sería nada, me inclino también por esta última opinión.

Desde luego, para honrar la ética de las glosas bien fundadas, no sólo por arrogancia de sabio debo señalar un dato imprescindible. Algunos comentadores, bastante ajenos a las normas, sostienen otra teoría. Según ellos, en la Alejandría erudita y agobiada por autoridades escolares, un autor hostil a la escritura canónica bien podría haberse permitido un adjetivo jamás visto en las pesadillas que rondan a los puristas del relato.

Tal presunción herética desplaza el debate hacia otro punto: si el texto dijera ‘muñeca perfecta’, la respuesta de Diótima no sería perfecta. Al contrario, el relato alcanza la perfección por no añadir el adjetivo; pero, entonces, más allá del texto, nos asaltan las dudas: ¿se ajustaba ese detalle anatómico a la gran sacerdotisa de los discursos amorosos? La disputa mereció una acotación del glosista que dedicó treinta años a estudiar los relatos nacidos en la casa de Diótima, entre los cabrahigos de Mantinea, y solo a ellos. Sus textos son por lo general incomprensibles. Ese sabio, influido tal vez por los médicos persas, se aventuró a rendir pública una sospecha justificada en su argumentación. Nada me impide repetirla aquí. La incertidumbre sobre la conveniencia o no del adjetivo no se limita al canon formal; también la discusión esconde la angustia de Diótima. ¿Por qué, si no fuera así, le deja a Sócrates decidir si la muñeca es perfecta o no?

El análisis subjetivo, propio de los temperamentos más cercanos a la escuela de Teofrasto, daba prioridad a la psicología de los personajes, a sus móviles e intenciones, frente a las prácticas narrativas que ya entonces habían codificado otras escuelas.

Los textos arrancados al olvido, las apostillas, los comentarios, no hacen más que revivir la desesperación de los intérpretes. Por eso hay que saber callar en el momento oportuno y yo, el glosista de Diótima, me acojo ahora a la oportunidad del silencio. Sólo queda la última palabra: la muñeca de Diótima era perfecta, como su discurso, pero la perfección le venía de su oficio amoroso, no de la gramática.

 

*Este relato se encuentra en la colección de narrativa  El sexo fuerte de Rafael Ángel Herra.


 Sobre el autor

Rafael Ángel Herra alterna entre el texto literario (novelas, cuentos, poesía) y el ensayo (la corporalidad, la violencia, el autoengaño, la estética del monstruo, etc). Tiene obras traducidas al alemán, italiano y francés. Se doctoró en la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia, Alemania, con una tesis sobre Edmund Husserl. También cursó estudios de filología clásica, literatura comparada y filología románica. Fue profesor huésped en las Universidades de Bamberg y Giessen de ese país. Es miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua y ha sido Catedrático de filosofía de la Universidad de Costa Rica, cuya Revista de Filosofía dirigió por más de dos décadas. Fue Embajador de Costa Rica en Alemania y en la UNESCO.

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