La carta de Helena a Paris

El poeta latino Ovidio (43 a. C. – 17 d.C.), en su obra Las Heroidas, da voz a las heroínas de los relatos mitológicos por medio del género epistolar. El amor, la ausencia y el olvido son algunos de los temas que el escritor trata en estas cartas.

 

(Heroidas, XVII 1-330, 150-160)

(Si hubiera podido no leer lo que he leído, París, salvaría, como hasta ahora, mi condición de mujer honesta.) Ahora que tu carta ha violado mis ojos, la gloria de no responder me parece algo banal. ¡Te has atrevido, extranjero, a mancillar la sagrada hospitalidad poniendo a prueba la legí­tima fidelidad de una esposa! ¿Así que para esto te ha recogido el puerto de la ribera de Ténaro cuando eras juguete de los mares y del viento? No tuvo para ti nuestro palacio cerradas sus puertas —aunque venías de un pueblo distinto y lejano— , para que la injuria fuera el agradecimiento de tan gran servicio. ¿Era huésped o enemigo el que así entraba? No me cabe duda de que esta queja mía, aunque tan justa, será tachada de simple según tus criterios. Pues muy bien, sea yo simple mientras no me olvide del pudor, y mientras el curso de mi vida prosiga sin mancha. Si bien no pongo una expresión triste e hipócrita en la cara, y si no ando por ahí sentada, huraña y con el ceño fruncido, pese a ello, mi reputación está reluciente y he jugado hasta ahora sin pecado, y sin que ningún adúltero haya hecho de mí su trofeo. Lo que más me asombra es la osadía de tus intenciones, y el motivo que te lleva a hacerte ilusiones sobre mi lecho. ¿O es que porque el héroe descendiente de Neptuno me hizo fuerza, ya por el primer secuestro parece lógico que se me secuestre otra vez? Yo tendría la culpa si hubiese consentido; pero si se me raptó, ¿qué era lo mío, sino resistirme? Mas no se llevó él el fruto que buscaba en su acción, y volví sin que pasara nada, fuera de pasar miedo. Unos cuantos besos nada más pudo robarme y a viva fuerza ese atrevido: nada más allá tiene él de mí. Tú, según es tu descaro, no te habrías conformado con eso. Gracias al cielo, él no era igual que tú. Me devolvió intacta, y su comedimiento hizo menos grave su culpa, y es evidente que hoy se arrepiente de la ocurrencia de su mocedad. Teseo se arrepintió para que ahora Paris le siga los pasos: ¿es que nunca se va a caer mi nombre de la boca de la gente? Y no me indigno — ¿quién puede enojarse con un enamorado?—, siempre que no sea simulado el amor que dices. Aunque incluso de eso dudo, no porque me falte confianza en mí misma, ni porque no sea bien sabedora de mi hermosura, sino porque la ingenuidad suele hacerles gran perjuicio a las jóvenes, y se dice que vuestra palabra carece de valor. «Pecan las otras y rara es la casada que es fiel». Pero ¿quién impide que mi nombre esté entre esas pocas? Quizá porque mi madre te ha parecido buen modelo, esperas que yo, según su ejemplo, también pueda caer: en lo que hizo mi madre, burlada bajo una falsa apariencia, hubo un engaño, porque el adúltero estaba escondido en sus plumas. Yo si pecara no puedo haber ignorado nada, ni habrá engaño ninguno que ampare la culpa del delito. Bien le fue a ella el engaño, y corrige su falta gracias al autor; pero ¿quién es aquí el Júpiter gracias al cual se dirá que he sido yo afortunada en mi culpa? Presumes de linaje, de antepasados y de reales apellidos; esta casa es ya suficientemente grande por su propia nobleza. No se hable de Júpiter, bisabuelo de mi suegro, y de toda la casta de Pélope el Tantálida y de Tindáreo; Leda, engañada por un cisne, me da por padre a Júpiter, aquella que acarició, ingenua, en su regazo a un ave fingida. ¡Vamos, ponte a hablar ahora de los remotos ancestros del pueblo frigio, de Príamo y de su Laomedonte! Yo los estimo; pero el que es tu mayor gloria es el quinto, y ese mismo es el primero contando desde mi persona. Aunque piense que es poderoso el cetro de tu tierra, no creo con todo que éste sea menor que el tuyo. Si bien es verdad que este lugar es superado por vuestras riquezas y vuestra multitud de varones, no es menos cierto que tu país es bárbaro. Desde luego tu rica carta promete tan grandes presentes que podrían conmover hasta a las mismí­simas diosas. Pero si de verdad quisiera traspasar las fronteras del pudor, tú serías mejor motivo para mi delito. O yo conservaré por siempre mi fama sin mancha, o bien te seguiré a ti, más que a tus regalos. Y así como no los desprecio, del mismo modo los regalos mejor recibidos son siempre los que el donante vuelve valiosos. Mucho más es el que me ames, el que sea para ti el motivo de tu esfuerzo, el que tu esperanza venga atravesando tan inmensos mares. También noto esas cosas que haces, malvado, ahora cuando estamos a la mesa, aunque intento disimularlo: cuando ora me miras, lascivo, con tus desvergonzados ojos, cuya apremiante mirada apenas pueden soportar los míos, ora suspiras, ora coges la copa que está a mi lado y por la misma parte que yo he bebido bebes tú también. ¡Ay, cuántas veces he notado que con los dedos, que con las cejas, que casi hablaban, me hacías señales ocultas! Y muchas veces he temido que mi marido las viera, y me he ruborizado con esas señales mal disimuladas. Muchas veces en un murmullo, o entre dientes, me he dicho: «A éste no le da vergüenza nada», y esas palabras han resultado verdaderas. En el redondel de la mesa he llegado a leer debajo de mi nombre un «te quiero» que con vino habían trazado unas letras. Me negué a creer lo que mis ojos se negaban a admitir. ¡Ay de mí, que ya he aprendido yo a poder hablar de la misma forma! Si tuviera que caer, caería ante esos halagos: ellos sí podrían conquistar mi corazón. Confieso que tienes además una belleza poco común, y que una muchacha puede muy bien querer caer en tus brazos. Pero es mejor que otra tenga esa fortuna sin pecado, y no que mi pudor se rinda a un amor extranjero. Aprende con mi ejemplo a poder pasar sin las cosas bellas; es virtud abstenerse de bienes placenteros. ¿Cuántos mozos crees que hay que desean lo mismo que tú deseas? ¿O es que Paris es el único en el mundo que tiene ojos para ver? No ves tú más que nadie, sino que a más te atreves, temerario; no tienes más corazón, sino más cara dura. Quisiera que hubieras venido en tu rápida nave en aquel otro tiempo en que mi virginidad era el blanco de mil pretendientes. De haberte visto a ti, habrías sido el primero de todos, hasta mi marido daría su venia a mi veredicto. Llegas tarde a un deleite que ya posee otro dueño y lo disfruta. Has sido lento en tu esperanza; lo que vienes a buscar es de otro. Sin embargo, aunque deseara convertirme en tu esposa troyana, también es verdad que Menelao no es mi dueño contra mi voluntad. Deja, por favor, de trastornar mi delicado corazón con tus palabras y no hagas daño a la que dices amar; deja que se preserve el destino que la fortuna me ha dado y no te apoderes del afrentoso despojo de mi pudor. Pero dices que Venus te lo ha prometido y que en los valles del alto Ida se te mostraron desnudas tres diosas; y que mientras una te ofrecía el poder y la otra la gloria en la guerra, te dijo la tercera: «Te haré esposo de la Tindáride. En verdad doy poca fe a que los cuerpos celestiales sometieran su figura a tu parecer. Y aunque eso fuera verdad, de seguro que la segunda parte es mentira, donde se dice que yo seré entregada por premio a tu veredicto. No estoy tan engreída con mi cuerpo como para pensar que he sido el máximo galardón a juicio de una diosa. Mi hermosura se contenta con gustar a los ojos de los hombres; la alabanza de Venus me expone a envidias. Pero no intento desmentirlo: también me confortan esas alabanzas; ¿por qué iba a negar mi voz lo que desearía que fuera cierto? Y no me reproches el que me haya costado mucho creerte; a las cosas grandes suele concedérseles tarde el crédito. Así pues, mi primer goce es haberle gustado a Venus, y el segundo el que tú me hayas considerado la mejor recompensa, y que no hayas puesto los privilegios de Palas y Juno por delante de las bondades de Helena, conocidas de oídas. ¿Así es que soy para ti el valor? ¿Así es que soy para ti el poder? Sería de hierro si no me enamorara yo de ese pecho. Créeme, no soy de hierro, pero lucho por no enamorarme de aquel que no creo que pueda llegar a ser mío. ¿Para qué abrir surcos en la esponjosa playa con curvo arado, y dejarme llevar por una esperanza que el mismo suelo me niega? No sé una palabra de enredos amorosos, y con ninguna maña he burlado nunca a mi fiel esposo —a los dioses pongo por testigos—. Esto que hago ahora de encomendar mis palabras a una carta secreta, es un desconocido servicio que cumple mi letra. ¡Dichosas las que tienen costumbre! Yo que ignoro todo esto me figuro que es tortuoso el sendero del pecado. Y el mismo miedo me hace daño, porque ya ahora estoy aturdida y creo que todos los ojos están fijos en mi cara. Y no lo creo en balde; ya he sentido las malas lenguas de la gente, y Etra me ha contado algunas de las hablillas. A sí que tú disimula, a no ser que prefieras echarte atrás. Pero ¿por qué desistir si puedes disimular? Sigue el flirteo, pero a escondidas; tengo mayor libertad, pero no sin límite, por la ausencia de Menelao. Es verdad que él se ha marchado lejos, por un asunto ineludible; el motivo de su súbito viaje ha sido importante y justo… O a mí eso me ha parecido. Cuando vi que dudaba si irse le dije: «Vete, pero intenta volver cuanto antes». Alegre por el presagio me besó y me dijo: «Hazte cargo de todo y de la casa, y también del huésped troyano». Apenas pude contener la risa, y mientras lucho por contenerla, sólo pude contestarle: «Así lo haré». Y así fue como él ha puesto sus velas, viento en popa, rumbo a Creta; pero no pienses por eso que ya hay vía libre para todo. Mi esposo se ha ido de aquí de tal forma que sin estar me vigila. ¿O no sabes tú que son largas las manos de los reyes? Lo de mi fama supone también una carga, pues mientras más devotamente andan no mis alabanzas en vuestra boca, más razón tiene él para temer. La misma gloria que, como ahora, me halaga, me hace daño, mejor hubiera sido engañar como fuera a la fama. Tampoco te asombres de que me haya dejado aquí contigo al partir; él confía en mí por mi carácter y por mi conducta. Tiene miedo de mi belleza, pero confía en mi conducta: le da seguridad mi honestidad, pero mi belleza le hace temer. Me recomiendas que no malgastemos un tiempo que se nos ha regalado, y que aprovechemos la condescendencia del simple de mi marido. Tengo ganas y miedo, mi voluntad no está lista todavía; mis sentimientos se debaten de un lado a otro. Sí que me falta mi marido, sí que duermes tú sin compañera, y sí que me atrae a mí tu hermosura y a ti la mía. Y se nos hacen largas las noches, y ya nos hemos unido en conversación, y tú, pobre de mí, eres seductor, y una sola es nuestra casa. Que me muera si no nos invita todo al pecado; pero a mí me retiene no sé qué miedo que no puedo explicar. ¡Ojalá supieras obligarme a lo que con tan poco éxito me persuades! Por la fuerza tendría que arrancárseme mi simpleza. Algunas veces es bueno el ultraje para los que lo sufren; la verdad es que sería para mí una suerte el ser forzada. Pero mejor luchemos contra el amor que ha empezado, ahora que es joven; el fuego reciente se vuelve a asentar con poca agua que se rocíe. El amor de los extranjeros no es de fiar: anda errante, como ellos, y cuando crees que no existe cosa más perdurable, echa a correr. Prueba es Hipsípila, prueba es la muchacha Minoide, las dos burladas con la promesa de lechos que no llegaron. Tú mismo, desleal, se dice que has abandonado a tu Enone, a la que quisiste tantos años. Tú mismo no lo niegas: por si no lo sabes, mi máxima ocupación ha sido enterarme de todo lo relativo a ti. Súmale a eso que aunque quisieras seguir siendo fiel en tu amor no podrías, porque los frigios aprestan ya tus velas. Mientras discutes conmigo, mientras se prepara la noche ansiada, habrá llegado el  viento que te llevará a tu patria. En mitad de su carrera dejarás unos devaneos llenos de novedad, y con esos mismos vientos se irán mis amores. ¿O es que voy a seguirte, como me sugieres, y voy a visitar Pérgamo, tan alabada, y voy a ser la mujer del nieto del gran Laomedonte? No, no desprecio lo bastante los pregones de la alada fama como para dejarla que llene el mundo de mis escándalos. ¿Qué podría decir de mí Esparta, o toda Acaya, qué no dirían los pueblos de Asia y tu misma Troya? ¿Qué pensaría Príamo de mí, y qué pensaría su mujer, y todos tus hermanos y sus esposas Dardánidas? Tú mismo, ¿por qué podrías esperar que yo te iba a ser fiel y no ibas a sentir angustia ante tu propio ejemplo? Cada vez que un desconocido arribara en los puertos de Ilion te sería causa de inquietud y de temores. ¿Cuántas veces al irritarte me llamarías adúltera tú mismo, olvidando que en mi acusación está incluida también la tuya? Te convertirás a la vez en el autor y el censor de mi delito. Pido al cielo que antes que eso la tierra cubra mi rostro. ¿Qué disfrutaré de las riquezas de Ilion y de espléndidos vestidos y tendré obsequios más abundantes que los que me has prometido? ¿Que tendré púrpura y caros vestidos y llevaré puesta una fortuna con ese montón de oro encima? Perdóname si te digo que tus regalos no valen tanto; hasta esta misma tierra, no sé de qué modo, me retiene. ¿Quién saldría a defenderme en las riberas frigias si me hacen daño? ¿A dónde iré a pedirles ayuda a mis hermanos, o a mi padre? Todo le prometió a Medea Jasón, el embustero: ¿y evitó por eso Medea que la echaran de la casa de Esón? No estaba Eetes para que volviera a él, repudiada, ni su madre Idía, ni su hermana Calcíope. No es que tema tal cosa, pero tampoco Medea lo temía; la buena esperanza se engaña muchas veces en lo que a sí misma se augura. Encontrarás que todos los barcos que ahora se tambalean en alta mar tuvieron aguas tranquilas al salir del puerto. También me aterra la antorcha ensangrentada que tu madre soñó que paría la víspera de darte a luz. Tengo miedo del vaticinio de los adivinos, porque se dice que ellos han presagiado que Ilion arderá con el fuego pelasgo. Y así como Citerea te ayuda, porque resultó ganadora y logró doble victoria gracias a tu juicio, igualmente tengo miedo de las otras dos que, si no es inventada tu proeza, no ganaron su causa por tu veredicto; y estoy segura de que, si te sigo, se prepara una guerra; nuestro amor se desarrollará entre espadas, ¡ay de mí! Si Hipodamía la de Átrace forzó a los guerreros hemonios a declarar una guerra salvaje a los centauros, ¿crees tú que Menelao tardaría en dejarse arrastrar por una cólera tan justa como la suya, y los Gemelos, mis hermanos, y Tindáreo? Y en cuanto a eso de que presumas y hables de proezas, te diré que esa belleza tuya no se amolda a tus palabras. Tus miembros son más propios para Venus que para Marte. ¡Que los valientes hagan la guerra! ¡Tú, Paris, ama siempre! Dile a Héctor, al que tú alabas, que luche en tu lugar; a otra guerra conviene que tú consagres tus energías. Yo las aprovecharía si fuera lista y un poco más decidida, como las aprovechará cualquier otra mujer, si es lista. O quizá me espabile yo, dejando a un lado el pudor, y te rendiré, vencida por la ocasión, mis manos que tanto han dudado. Y en cuanto a eso de que hablemos personalmente de esto a escondidas, te diré que sé qué buscas y a qué le  llamas charlar. Pero corres demasiado y tu cosecha no ha hecho más que brotar. Quizá esta dilación sea aliada de tus deseos. Ya no más; que mi carta, cómplice de mis furtivas intenciones, detenga su secreta labor, pues mis dedos ya se cansan. Lo demás lo hablaremos a través de Clímene y Etra, compinchadas, que las dos son mis criadas, y mis buenas consejeras.

 

 

Bibliografía

Ovidio (1994). Cartas de las heroínas; Ibis. Editorial Gredos. Madrid.

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