Canticum sirenum 

Por Esther Domínguez Soto


    Ulyses et canticum sirenum. “Ulises y el canto de las sirenas”, tradujo. Aunque estaba muy nervioso ante su hallazgo, no se había equivocado en la traducción. El título estaba en latín –de hecho, era una copia de otra copia y de otra más antigua todavía, realizada en alguna abadía medieval durante el alto Medievo – pero  lo que tenía delante era el  texto griego tardío en el que, un autor casi desconocido – Luciano  de Tauromenio –había reproducido la melodía  que las sirenas homéricas cantaban para enloquecer  a aquellos que la escuchaban. La pieza musical había desaparecido durante más de veinte siglos. Según los eruditos, no había sobrevivido a incendios de bibliotecas, expurgos diversos, bichos de todo pelaje, invasiones o copistas poco cuidadosos. Y mira por dónde, los eruditos se habían equivocado. Estaban allí, frente a sus ojos, dos páginas que alguien había metido dentro de un volumen alemán sobre la vida de Paracelso.

     Miró con disimulo hacia las cámaras de seguridad. Parecía imposible sacar aquel pergamino sin que lo vieran. Y tenía que llevárselo. Tenía que hacerlo. No pretendía hacerse famoso como el descubridor de una pieza musical homérica dada por perdida. Lo que quería era reproducirla y escucharla en la soledad de su estudio. Donde nadie pudiera estorbar el placer de deleitarse con aquel desconocido delicatesen musical.

    No sabría decir cómo pero se las arregló para deslizar el pergamino en el estuche del portátil, y salir con él  de la biblioteca  haciendo esfuerzos para no andar demasiado aprisa o llamar la atención  de los vigilantes. Sin mirar a los lados se  dirigió directamente a su casa. Allí se dedicó en cuerpo y alma a estudiar aquella antiquísima partitura. Desde ese momento,  casi nadie volvió a verlo. No respondió  al teléfono, no envió correos, no alquiló vídeos y dejó de salir con sus amigos a tomar unas cervecitas. La compra del supermercado –toda comida congelada –se  la subían a casa. No quería, no debía perder el tiempo en banalidades como la comida.  Aquel pergamino se iba apoderando de su voluntad un poco más cada día hasta convertirse en una obsesión. Salió  un par de veces y compró lo necesario para reproducir los instrumentos que le permitirían recrear la  música homérica. Lo que no pudo encontrar en las tiendas de la ciudad, lo compró por Internet. Tuvo que esperar más de tres semanas para reunir todo lo necesario.  Reconocía  que los pedidos eran bastante inusuales, de ahí la tardanza. Pero la espera se le hizo difícil. Se impacientaba más y más a medida que los días pasaban y la empresa de mensajería pasaba de largo por el portal de su edificio. Llegó a ponerse tan furioso que vagaba por la casa hablando en voz baja, profiriendo amenazas contra aquellos que retrasaban adrede su trabajo. Estaba siendo objeto de celos profesionales, de envidias enquistadas, razonaba.

      Para calmar los nervios, y a medida que iba recibiendo los materiales,  fue construyendo los diferentes instrumentos que necesitaría para cumplir su deseo. Por fin los terminó todos y comenzó a probarlos. Sus vecinos oían unos sonidos rarísimos –de sierras, martillos, una caracola marina  y cuerdas afinándose – pero, como él también era bastante raro, nadie se extrañó. Empezó por reproducir fragmentos musicales muy incompletos, pero que le ayudaron a familiarizarse con este tipo de música. Después pasó a interpretar los Himnos  de Mesomedes de Creta –composiciones  completas con una base de tímpanos, sistros y címbalos. Al principio, le costó porque no era un experto en música antigua. Pero pronto se hizo con el ritmo y pasó  el Epitafio de Seikilos, la única composición musical completa –además de la que él acababa de descubrir, añadía con una sonrisa ácida –de la Antigua Grecia. Necesitaba acostumbrarse a un tipo de música tan diferente de la actual.  Cuando escuchaba las grabaciones al final del día, estas piezas le  recordaban la música medieval y, sin querer, se acostumbró a interpretar la pieza griega con el mismo ritmo  trepidante de las Cantigas de Alfonso El Sabio.

    Mandó instalar un cerrojo con cadena de retención. Así nadie podría entrar y arrebatarle su tesoro. Siguió trabajando febrilmente y ensayando hasta volver locos a los vecinos. Pero tuvo buen cuidado de no sobrepasar los horarios marcados por el Ayuntamiento. Sus vecinos eran muy capaces de llamar a la Policía. Y esos siempre meten las narices donde no los llaman. Hasta bajaba la basura de madrugada para evitar cruzarse con alguien. Una noche, a las cuatro de la mañana, casi se tropezó con el del cuarto, pastelero de profesión, que entraba a trabajar a las cinco. A partir de ese momento, no volvió a utilizar el ascensor. Las escaleras eran más discretas.

     Cuando tuvo todos los instrumentos necesarios se sentó frente a las páginas robadas  y comenzó su trabajo. Grabó por separado cada instrumento.  Sonidos  que parecían meros ruidos de metales chocando entre sí, otros le recordaban el chirrido de una puerta o la queja de un ave desconocida pero que, una vez todos unidos, abrirían la puerta a una faceta desconocida de la obra de Homero. Se pasaría de la especulación a la certeza. Con paciencia, siguió trabajando día y noche, descansando lo mínimo y sometiendo a sus nervios a una tensión poco recomendable.

     Por fin llegó la hora de la verdad. Las grabaciones de los diferentes instrumentos estaban  dispuestas  para comprobar si aquella música era tan maravillosa como para enloquecer a un hombre. La melodía  sonó con gran alarde de címbalos, siringas y crótalos. Dos  veces más  y, desde ese momento, se impuso un silencio que duró poco. Pronto los vecinos oyeron caer una silla; después algo más pesado, un objeto de cristal se hizo añicos. Entonces vinieron las voces airadas, las frases amenazadoras y, por fin, los gritos. Furiosos y exigentes al principio, atemorizados más tarde hasta llegar a convertirse en  un monólogo aterrador formado por las  súplicas desgarradoras de una voz sibilante que no parecía humana y hablaba en un idioma desconocido. La voz rogaba a sus torturadores que lo dejaran hacer algo que los vecinos no podían entender. Pero, lo más terrorífico era que había más de una voz. Una mujer que respondía, ordenaba y suplicaba en respuesta a las voces de él. Cesaron  los ruidos, aunque no por mucho tiempo. Se escuchó un alarido que puso los pelos de punta a todo el que lo oyó. Las ventanas del edificio de enfrente se encendieron y varias personas se asomaron creyendo que se estaba asesinando a alguien. Los vecinos llamaron a la Policía. Los agentes tuvieron que forzar la puerta a causa de los gritos de alguien a quien, indudablemente,   estaban torturando, como música de fondo. Cuando entraron, lo vieron atado  a una viga. Había hecho tantos esfuerzos por liberarse de las cuerdas con que él mismo se había atado, que tenía cortes profundos  en los brazos y la camiseta desgarrada. Estaba exhausto, el pelo mojado de sudor y parecía incapaz de mantenerse en pie. Los policías lo desataron y, con ayuda del presidente de la comunidad y el matrimonio que vivía en el piso de abajo, lo sentaron en el sofá. Él los dejó hacer. Estaba demasiado cansado. La vecina se apresuró a traerle un vaso de agua. Pudo comprobar que la cocina parecía un campo de batalla. Cajas de pizza, latas de cerveza vacías en el fregadero y servilletas de papel tapizaban el suelo pringoso. En el microondas, una ración de lasaña reseca.

      -¿Cómo se encuentra, señor? –preguntó uno de los policías, amablemente.

      Lo miró con gesto de extrañeza. – ¿Quién? ¿Yo?

     -Sí, claro. Parece agotado. Y sus vecinos lo han oído gritar. ¿Qué le ha pasado? ¿Está usted solo?

      -No. Estaba con ella. ¿La han  visto? –Sus ojos se dirigieron a la puerta.

     Todos negaron con la cabeza. -¿Seguro? –insistió él.

      La vecina prefirió aconsejar antes que responder. – ¿No deberías acostarte?

       Él se quedó en silencio, la cabeza torcida, en un intento por localizar la procedencia de un sonido.  -¿No la oís? ¿De verdad no la oís?

       Todos negaron. Él se tapó los oídos durante unos instantes, después los destapó. Volvió a hacerlo dos veces más.  Los demás lo observaron, asombrados por su actitud. Ante su gesto de sorpresa, él explicó:

        –La melodía es absorbente, maravillosa. No puedo dejar de oírla, aunque lo intente. ¿De verdad no oís nada? Tuve la arrogancia de creer que todo esto era únicamente una historia fantástica. Ahora estoy condenado. Ningún hombre puede escapar. Me lo advirtió.

       El vecino, profesor de griego, se acercó a una mesa donde estaban los manuscritos, echó un vistazo y silbó por lo bajo. Después se sentó a su lado y preguntó – ¿Circe?

     Él lo miró con gesto de alivio. Por fin alguien sabía de qué hablaba. –Sí. ¿La conoces? –el profesor negó con la cabeza. –Es maravillosa. Tanto que me temo que no podré dejar de oírla. Tengo que seguirla.

       -Recuerda que no es una mujer, ¿cómo decirlo?,  –el vecino no quería alterarlo más de lo que ya estaba –real.

      -Sí que lo es.  Si la hubieras visto no lo dudarías. Ya no puedo dejar de oírla.

      El presidente susurró a los policías. –A este hombre hay que internarlo. Está completamente fuera de la realidad.

      Uno de los policías se dirigió al pasillo y sacó un móvil para pedir una ambulancia cuando los gritos de los vecinos lo pusieron en guardia. Llegó a tiempo para ver cómo él se lanzaba por la ventana. No pudieron detenerlo.


Sobre la autora

Esther Domínguez Soto es una escritora santiaguesa que vive en Pontevedra, lugar en donde enseñó inglés en uno de los  institutos más antiguos de Galicia hasta su jubilación. Actualmente es miembro de REMES (Red Mundial de Escritores en español) y tiene publicadas dos novelas: Garum –novela policíaca – y El rubí de Marco Polo – 1er Premio de Novela Feli Úbeda –, dos libros de relatos y más de ochenta cuentos en papel y en revistas online.

Sobre sus gustos, la misma Esther Domínguez comenta:

“Lo que más me gusta: leer, escribir – por supuesto – viajar, tomar café con amigas y el chocolate.”

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