La otra verdad de Helena – Martha Bátiz (monólogo inspirado en Clitemnestra o el crimen, de M. Yourcenar)

“Voy a explicarles, señores jueces…” Empiezo con las mismas palabras que utilizó mi hermana pues nos unen, además de la maldición de la misma sangre, el afilado juicio de hombres y dioses.  Nuestra historia la conocen todos. La han oído y repetido —manoseado—miles de veces, tantas como antes de la guerra nos envidiaron, y más todavía desde que—gracias a la paz— han podido abiertamente condenarnos. A mi hermana, por el crimen que cometió. Y a mí, por las afrentas que hombres nobles, incapaces de comportarse como algo menos que bestias, cometieron en mi nombre y sin considerar mi voluntad. Pero esos crímenes no son míos, señores jueces. Mi crimen es otro. Nunca una mujer ha sido la verdadera causa de una guerra.

Mi padre me odió desde el momento en que nací porque, al verme, se dio cuenta de que no era suya. Mi madre había sufrido el mismo destino de muchas: fue seducida y engañada y yo—lo supe después—soy la encarnación de aquel abuso. No se mientan a sí mismos pensando que sus ojos les cuentan siempre la verdad. Para una niña pequeña a la que todos halagan y parecen admirar es muy difícil comprender el rechazo de sus padres. Cuando me secuestraron por primera vez no fueron ellos quienes fueron en mi busca, sino mis hermanos, los gemelos. ¿Tienen idea del miedo que sentí cuando aquel hombre me tomó presa y me alejó de mi hogar, de mi ciudad, de todo lo que conocía, y me forzó a acostarme en su lecho? Hacía algunas lunas apenas que mi cuerpo había teñido de rojo la terrible noticia de mi madurez, pero mi mente seguía siendo la de aquella niñita que buscaba en vano complacer a sus padres. ¿Tienen, señores, idea del asco que sentí de mí misma al saberme deshonrada? ¿La vergüenza que me invadió al pensar en mi familia y en mi gente? Por eso, cuando mis hermanos lograron llevarme de nuevo a casa, le dije a mi padre—o al hombre que creía mi padre—que haría lo que fuera para reparar su honor. Fue así que me convertí en trofeo.

A nadie pareció importarle mi impureza, y la competencia por mi mano en matrimonio tuvo gran éxito. Hay quien habla de aquel día como de un suceso legendario. Nadie supo que pasé la mañana entera llorando en mi habitación, y al final de la noche casi no podía dejar de vomitar. Sin embargo, al casarme nada menos que con el hermano del marido de mi propia hermana no solo tejí con mayor fuerza nuestro vínculo —o acaso, nuestros trágicos destinos— sino que logré que mi padre me sonriera por primera vez. Aquellas lágrimas de alegría durante la boda no eran porque me emocionara el hombre que ahora habría de poseerme. Eran porque por fin había conseguido la aprobación del único que me importaba.

Pasó el tiempo y mi hermana procreó cuatro hijos mientras yo, mes con mes, no acunaba sino la evidencia de mi infertilidad entre las piernas. Cuando llegó el extranjero de visita —y no, no esperen que lo nombre; me es tan repugnante su imagen que no deseo siquiera pronunciarlo— mi marido me acababa de echar en cara ser una mujer seca, incapaz de procrear. En su rabia aseguró que se trataba de un castigo relacionado con mi origen, y me contó la historia del abuso de mi madre. Me ofusqué. Había pasado la vida entera tratando de congraciarme con un hombre que no era de mi sangre y a quien jamás le iba a importar; le había entregado mi futuro a otro para el cual en público era envidiada presea pero, en privado, una decepción. El extranjero aprovechó mi rencor y cuando me pidió que nos fuéramos juntos acepté de inmediato. No me detuve a pensar en las consecuencias.

Para nadie es un secreto el enorme sufrimiento que desató mi partida a Troya. Lo que más me duele es haber perdido a mi sobrina y, por lo tanto, a mi hermana, que nunca me perdonó haberme marchado. Soy, en parte, responsable por la desgracia en que se convirtió también su vida. Pero como ya dije antes, nunca una mujer ha sido la verdadera causa de una guerra, y los hombres que quisieron lavar con sangre la afrenta de mi huída pagaron con la suya haber arrastrado a tantos a un cruel fin para satisfacer su vanidad. Eso no me causará pena nunca. Lo que sí me causa pena —no, pena no, porque no es una palabra lo suficientemente vasta para describir el inconmensurable dolor que he escondido por años— es lo que tuve que hacer mientras estuve fuera de casa y la guerra nos cercaba. Mi crimen, el único que cometí y nunca antes de hoy he confesado.

Habían pasado apenas unos meses desde que el extranjero y yo convivíamos como marido y mujer cuando me di cuenta de que estaba embarazada. Nunca había sentido una alegría más inmensa. Corrí a darle la noticia al futuro padre, pero en vez de ponerse feliz, enfureció. Mi cuerpo, dijo, se tornaría enorme y desagradable, mi piel perdería firmeza, y la guerra no era el momento para tener hijos. Me hizo encerrar en una habitación donde no me vería hasta que la criatura hubiese nacido. Más de doscientas noches estuve sola, muerta de miedo, pensando qué sería de mí y de mi hijo. Excepto que no fue un varón sino una niña la que, tras muchas horas de agonía, se acurrucó en mis brazos. Su padre vino a vernos y se alegró de que fuera hembra y se pareciera a mí.

—Su belleza —dijo— nos será útil. Haremos alianzas gracias a ella, será la solución a esta guerra.

Cuando se marchó, miré a esa niña —la más bella y perfecta que haya nacido jamás, mi niña— y le pedí que no se preocupara. Le susurré al oído que la amaba, que la amaría siempre. Acababa de comprender de golpe que la misma maldición que me ha perseguido la vida entera sería también su sombra, pero no sabía cómo explicárselo. Le ofrecí mi pecho y así, abrazadas, hechas una sola, la apreté y, mientras la apretaba, intenté explicarle que si pudiese vivir más tiempo comprendería muy bien lo que estaba haciendo y se daría cuenta de que era por su bien. Y seguí apretándola… hasta que no respiró más.

No era esta la historia que querían escuchar, señores jueces. Lo veo en su mirada. Al fin han dejado de engañarse por mi apariencia y los rumores que de mí han oído. Si hoy, aunque sea por un momento, dejan de entender el mundo a través de nada más que sus ojos, mis palabras habrán cumplido su misión. ¿Por qué lo hice, se preguntarán? Porque no podía dejar que mi preciosa hija cargara con el peso de mi sangre. ¿Qué clase de vida le esperaba?

No hay noche en que no añore su presencia, ni día en que no me reconforte su ausencia. Merezco el más severo castigo, lo sé. Mi único consuelo es saber que la salvé de las manos —y de las decisiones— de los hombres, empezando por las de su propio padre. La salvé de correr con el mismo destino que su tía, la pobre Clitemnestra —por quien hoy también les pido clemencia— el mismo destino que su madre, la mujer más hermosa y más infeliz sobre la tierra.

 


Sobre la autora

Martha Bátiz nació y creció en la Ciudad de México, pero vive en Canadá desde el 2003. Ha publicado su obra en medios de México, España, Puerto Rico, República Dominicana, Perú, Estados Unidos, Irlanda, Inglaterra y Canadá, y sus cuentos han sido premiados en diversos concursos internacionales. Es autora de A todos los voy a matar (Ed. Castillo, 2000), La primera taza de café (Ed. Ariadna, 2007), y Boca de lobo, novela corta premiada en el certamen internacional Casa de Teatro en Santo Domingo, Rep. Dominicana, publicada en Canadá en inglés como Damiana’s Reprieve (Exile Editions, 2018) y en francés como La Gueule du Loup (Lugar Común Editorial, 2018). Plaza Requiem: Stories at the Edge of Ordinary Lives (Exile Editions, 2017) es su primera colección de cuentos en inglés. Martha Bátiz es doctora en letras por la Universidad de Toronto, traductora profesional y profesora. En 2015 fue seleccionada entre el Top 10 Most Influential Hispanic-Canadians por el Congreso Hispano-Canadiense y la Hispanic Business Alliance.