Entrevistas imaginarias y perfiles con artistas #1. Cneo Pompeyo Magno

Pompeyo luce incómodo en la silla curul. De su cintura cuelga el gladius en una funda de cuero desgastada, como la de cualquier soldado veterano.

Me gustaría empezar hablando de su figura en la posteridad, una imagen que muchos sospechan demasiado buena para ser cierta. ¿Qué opina al respecto?

[Carraspea] Juzgar una época desde perspectivas lejanas en el tiempo suele ser injusto [se mueve en la silla]. Roma necesitó ser reorganizada y dirigida con visión firme [carraspea]. Quizá lo vean de una manera tergiversada.

Pero la mayoría de las fuentes al respecto son contemporáneas a usted.

Tenían sus propias opiniones [carraspea]. Nunca manipulé lo que dijeron, ¿sabe?

Le creo.

Cneo Pompeyo Magno, más conocido como Pompeyo el Grande, fue posiblemente el general con mejores resultados de toda la historia de la Antigua Roma. Ganó batallas a lo largo y ancho del mundo conocido bajo toda clase de condiciones y contra todo tipo de enemigos. Sólo perdió una, pero justo la que no debió haber perdido. Fue uno de los actores principales del siglo I antes de Cristo, la época que cambió para siempre la política romana, su destino y el de Occidente.

Repasemos su juventud. Desde muy pronto demostró pericia militar y un carácter férreo en el campo de batalla; lo llamaban el «adolescente carnicero».

[Parece relajarse un poco] Hice lo que tenía que hacer. Ganar una batalla contra un enemigo no garantiza que jamás vuelva a ser una amenaza; matarlo, sí. Además, otros pueden aprender en cabeza ajena lo que les espera si se enfrentan a Roma.

Los comienzos de su formación militar fueron de la mano de su padre.

Sí. Acompañé a mi padre en lo que ustedes conocen como la Primera Guerra Civil Romana, entre los partidarios de Cayo Mario [tuerce el gesto al pronunciar su nombre] y los de Sila [no mueve ni un músculo de la cara al pronunciarlo]. Aprendí mucho.

De él heredó su riqueza y sus legiones.

En efecto. El dinero no tiene voluntad propia, pero los legionarios romanos sí [parece más cómodo ahora]. Ganarme su fidelidad y apoyo fue cosa mía.

¿Heredó también su carácter duro y estricto?

Es posible que parte de… [duda unos segundos, buscando las palabras exactas. Pompeyo nunca fue un gran orador] mi dureza frente al enemigo venga de él, pero nunca me moví por el dinero. Yo buscaba la gloria de Roma.

¿Cree que eso se debe a otra herencia de su padre? ¿No cree que él, a pesar de su riqueza como terrateniente y potentado agrícola, se sentía inferior?

Piensa su respuesta con cuidado. Aunque cometió varios errores en su carrera, no lo hizo por decisiones apresuradas; se equivocó al valorar a otros hombres.

Sé que fui un homo novus. Mi carrera fue meteórica y serví a Roma en los puestos más altos con unos nombramientos sin precedentes. No sentí lo que está sugiriendo.

Hablaremos más tarde de eso. Me gustaría volver a lo que ha dicho sobre que nunca se movió por dinero. ¿Qué sucedió con el botín del saqueo de Asculum?

[Se revuelve en la silla, inquieto] Un juez de Roma investigó las acusaciones y salí absuelto. No ocurrió nada de eso que algunos dijeron.

¿Es cierto que usted estaba comprometido con la hija del juez?

Su cuerpo está rígido, pero su mirada es viva. Veo en ella, por un momento, al adulescentulus carnifex. Ahora soy yo quien se revuelve en la silla.

No tiene nada que ver un hecho con el otro. Me ofende lo que usted sugiere. [Sus hombros caen un poco y suspira] Ambas circunstancias no están relacionadas, insisto.

Cayo Mario renovó el ejército y trató de renovar también la sociedad romana, muy clasista. Su popularidad era enorme entre los menos favorecidos, la facción más numerosa. ¿Por qué se unió usted a la rebelión de Sila contra él?

Siempre ha habido clases y siempre las habrá. ¿En su tiempo no las hay?

Podríamos decir que, al menos desde el punto de vista económico, sí; pero no se excluye de las realidades públicas y políticas a nadie por pertenecer a una clase concreta. Simplemente tienen menos oportunidades unos que otros, por desgracia.

¿Hay alguna diferencia práctica entre ambos casos? [sonríe con desgana, pero está más relajado; aprovecho la oportunidad].

¿Se rebeló usted contra Cayo Mario o apoyó la estrella ascendente de Sila?

[Carraspea y se vuelve a mover en la silla] Cayo Mario llevaba demasiado tiempo siendo cónsul; ya era muy mayor y suponía una amenaza contra el orden natural de las cosas, tanto por sus opiniones como por sus fallas de memoria y reflejos. Fue natural unirme a Sila, aunque tenía mis propias ideas.

Hablando de ideas, Sila le ordenó divorciarse de la hija del juez y casarse con su hijastra. ¿De verdad fue una idea de Sila?

[Pompeyo luce un semblante serio] Sí. El primer marido de mi esposa había criticado a Sila en público y él no perdonaba esas cosas [Pompeyo murmura algo como «y me llamaban carnicero a mí»]. Además, en Roma las alianzas se solían sellar con matrimonios. Pero ella murió más tarde…

Pompeyo fija la mirada en el infinito. ¿Cuántas cosas estarán pasando por su cabeza? Incluso con esta entrevista, cara a cara, es difícil desentrañar el laberinto de su mente y la realidad que movió los hechos en los que participó. Sospecho que tuvo que ser una persona muy emotiva, pero que ocultaba ese hecho bajo capas de dureza.

Derrota a sus enemigos… perdón, a los enemigos de Sila, en Sicilia y en el norte de África con rotundidad absoluta. ¿Por qué le costó tanto obtener el permiso para celebrar su triunfo en Roma?

[Pompeyo sonríe de manera condescendiente] Sila, a diferencia de mí, era bueno valorando a las personas. Tenía que controlar mi ambición y, sin castigarme, ponerme en mi lugar para que relativizase las cosas.

¿Por eso no pudo celebrarlo hasta Sila y Metelo tuvieron el suyo?

En efecto.

En su triunfo, intentó entrar en Roma a lomos de un elefante tan grande que no cabía por la puerta de acceso en la muralla. ¿Tiene algo que ver con ese supuesto sentimiento de inferioridad que dice no haber heredado de su padre?

No, no, claro que no [nuevos carraspeos]. Quería enseñar a la plebe cómo era un elefante de guerra, nada más.

A la muerte de Sila, el Senado le dio a usted la responsabilidad y las tropas para abortar el levantamiento de Lépido contra Roma.

Sí, así fue. Aplasté la rebelión.

¿No es cierto que usted apoyó el nombramiento de Lépido como cónsul, a pesar de las sugerencias de Sila en contra?

Sí, me equivoqué con Lépido también. Como ya he dicho, el fuerte de Sila fue valorar a las personas en su justa medida; aunque debo señalar que dejó con vida al joven Cayo Julio César, incluso adivinando que era un muchacho que prometía más actividad y fuego público que el propio Cayo Mario.

La decisión de Sila no le afectó a él, pero a usted sí.

Su mirada se ensombrece; guarda silencio. Fue un hombre orgulloso.

Cuando, camino de Hispania, se enfrenta a los partidarios de Cayo Mario que todavía luchan contra Roma ¿cree que la historia le ha hecho un favor al considerar que solo fue derrotado una vez y que no perdió la batalla del río Sucro?

[Pompeyo vuelve a revolverse en el asiento, claramente incómodo] Sabía que Metelo se acercaba a la zona con sus tropas, por lo que me permití correr riesgos.

Hay quien dice que Metelo le salvó la vida.

Estaba todo bajo control, créame [su cuerpo está envarado en la silla].

La pacificación de Hispania llevó varios años y solo la consiguió cuando el líder rebelde fue asesinado por uno de sus oficiales, no mediante batallas. ¿Fue el asesinato una herramienta usada por la voluntad del Senado de Roma?

[Pompeyo se pone muy serio. Parece crecer en la silla, su figura proyecta poder y confianza] No tuve nada que ver con eso y creo que el Senado tampoco. El oficial tomó su decisión pensando en Roma. No usé ese tipo de tácticas en toda mi vida.

Le creo. ¿Se considera a sí mismo un oportunista?

Nunca fui un jugador de ventaja ni alguien que siguiese al viento que más sopla.

Entonces, ¿cómo definiría su intervención sobre las pocas tropas de Espartaco que quedaban tras ser derrotado por los ejércitos de Craso?

[Sus ojos expresan sorpresa, pero no vacila ni un segundo en responder] Volvía a Roma con mis tropas de la campaña en Hispania y me encontré con esa amenaza. Acabé con los esclavos rebeldes, como era mi deber.

¿No es cierto que escribió que, a pesar de lo que había hecho Craso, era usted quien, y cito, «había extirpado el mal de raíz»?

Esas son cuestiones semánticas.

¿Fue esa semántica la que lo enemistó con Craso?

[Pompeyo suspira] Probablemente.

A usted le permitieron celebrar un triunfo. A Craso, solo una ovación.

Para ser justos, terminé con una rebelión de varios años y había pacificado Hispania, devolviendo su gestión y rendimiento productivo al dominio del Senado y Pueblo de Roma. Eso es más importante que derrotar a un ejército de desarrapados.

Esclavos desarrapados que tuvieron en jaque a las tropas romanas, y casi a la propia Roma, durante bastante tiempo.

Hubiese sido todo muy distinto si yo hubiese estado en la península italiana con mis tropas, créame [una sonrisa de suficiencia asoma en los labios de Pompeyo].

Consigue también ser nombrado cónsul en ese momento.

[El pecho de Pompeyo se hincha. El orgullo es patente] Sí: Roma me permitió el honor de representarla, dirigirla y protegerla.

¿No es cierto que jamás, en toda la historia de Roma, nadie había pasado de ciudadano particular a cónsul sin haber prestado servicio en algún cargo público?

[El orgullo en su rostro es todavía mayor, pero me mira con suspicacia] Sí.

¿Y no es cierto también que la ley romana prohibía eso?

[La mirada de Pompeyo se ensombrece] No hubo nada ilegal en mi nombramiento, nadie vio caso alguno para los tribunales. Ni entonces ni nunca fui encontrado culpable por ningún juez.

Claro. ¿Y no cree que eso lo acercó mucho más a la plebe, una facción grande en Roma pero muy lejana a la que usted y Sila parecieron representar en su momento, y en cambio muy próxima a la que Cayo Mario trató de defender?

[Pompeyo guarda silencio por unos instantes. Parece mirar algo que está muy lejos] Roma es la plebe y la plebe es soberana.

En ese momento empezó su contacto político con César y colaboró con usted.

[Su mirada se vuelve extraña] César, César… [aprieta la mandíbula y los puños].

Cambiemos de tema. No sólo vencía en tierra sino que en el mar, contra los piratas que dañaban las rutas comerciales, llevó a cabo una campaña exitosa.

[Poco a poco, el ceño fruncido de Pompeyo va desapareciendo] En realidad dista poco de una campaña terrestre, más allá de los medios y el entorno: localizar bases, destruir fuentes de suministro, cortar rutas; no hay demasiada diferencia.

Fue natural que el Senado le diese entonces el mando para conquistar, de una vez por todas, el área al oriente del Mediterráneo.

A mí me lo pareció también, sí.

Con el entusiasta apoyo del joven senador César.

Cayo Julio César fue uno más de los muchos que apoyaron mi nombramiento.

Y fue una excelente decisión porque terminó por fin con la amenaza de Mitrídates, unió Siria a la lista de provincias romanas y conquistó tanto Judea como Jerusalén a sangre y fuego, llevando Roma hasta el Caúcaso. La frontera oriental de la República se extendió muchísimo al este.

Sólo cumplí con mi deber.

Parece sincero. Quizá lo fue demasiadas veces a lo largo de su vida.

Hubo zonas, de las que reclamó para Roma, que incluso cambiaron su calendario para iniciarlo de nuevo desde el momento de su conquista.

Algo accesorio y de importancia menor frente a lo que supuso para Roma.

Está cómodo en la silla, realmente orgulloso de sí mismo. Tal vez también fue orgulloso demasiadas veces en su vida.

Las arcas romanas se vieron inundadas de riquezas procedentes de los nuevos territorios a la sombra del SPQR.

En efecto; todas las conquistas de Roma refuerzan sus finanzas.

Dicen que también las suyas.

[Pompeyo hace un gesto casual con la mano que indica desinterés. Vuelve a parecer sincero] Mis finanzas personales ya estaban muy bien saneadas antes, créame.

No lo dudo. Se celebra un fastuoso triunfo en su honor, el tercero de su vida.

Por un instante, Pompeyo parece más joven y en sus ojos hay un brillo de vida que todavía no había visto durante nuestra charla, aunque no habla.

Pero en su ausencia han pasado muchas cosas en la capital. Por ejemplo, César ha recibido dinero de Craso y sus opiniones empiezan a coincidir.

Y me preguntó usted antes si yo me consideraba oportunista… [Los dos sonreímos, una paz tácita se posa entre nosotros. Paz; algo que vio poco Pompeyo a lo largo de su vida, en varios sentidos] Antes de que me lo pregunte, le diré que licenciar mi ejército al volver fue una maniobra calculada, sí. No había conflicto inmediato que afrontar y podía usarse en mi contra alimentando rumores sobre un levantamiento armado contra Roma. Fue lo mejor que pude hacer.

Usted intentó dar tierras de los nuevos reinos conquistados a sus veteranos, como regalo por su retirada del ejército, pero el Senado no lo permitió.

Roma se estaba alejando de sus orígenes. Ahora sé que es culpa de todos, por cierto [sonríe con tristeza]. El reparto de tierras entre los ciudadanos fue lo que permitió a una diminuta aldea, fundada entre charcas y paludismo, convertirse en el centro del mundo. Traté de recuperar aquel espíritu, pero no me dejaron.

También se puede ver como algo populista, algo digno de Cayo Mario.

Las cosas se pueden interpretar de muchas formas, lo sé.

Y usted termina formando parte del Primer Triunvirato de Roma: Pompeyo, Craso y César rigen los destinos de la República. Tres personajes que representan tres tendencias políticas que parecen casi dos. ¿No fue algo antinatural?

[Pompeyo está más cómodo ahora en su silla. Contesta despacio, pero con seguridad] Cuando comienza a llover sobre una hoguera, las llamas crepitan y las gotas caen; durante un rato, ambas existen a la vez. No es hasta que deja de llover que triunfa el fuego, o hasta que la lluvia arrecia que las llamas se extinguen.

La comparación es muy visual pero, igual que la retórica, imaginación o visión artística nunca fueron algo en lo que sobresaliese; el símil debe estar ensayado.

Volvió a unirse a César: aprobó la cesión de tierras con su ayuda, aunque menos en extensión y para menos personas en número; incluso se emparentaron.

[Los ojos de Pompeyo se agitan; adivino la lágrima pugnando por salir. Ni antes ni después de este momento volveré a verlo así durante la entrevista] Julia, mi Julia…

Como parte del establecimiento de alianzas, Pompeyo se casó con la hija de César; resulta patente que para él fue mucho más que un mero movimiento político. Cierra los ojos y lucha contra la emoción.

Será mejor que cambiemos de tema. ¿No fue un escándalo que, nombrado gobernador de Hispania, se le permitiera ejercer sin moverse de Roma?

Pompeyo no contesta. Trato de bajar la tensión emocional sin alejarme del tema.

Muchas voces señalan su matrimonio, el compromiso absoluto con Julia, un hito importante en su pérdida de control político sobre la República.

[Pompeyo habla despacio. Parece repuesto en buena manera] Es cierto que me alejé mucho de la vida pública durante mi matrimonio con Julia, pero no eludí responsabilidades. Mis prioridades habían cambiado, pero sin olvidarme de Roma ni de sus necesidades [distraído, se quita una mota invisible de la toga antes de continuar]. Por ejemplo, la construcción del Teatro de Pompeyo fue un regalo para la ciudad y sus habitantes; supervisé los trabajos en persona.

Mientras, en la Galia, el hasta entonces más político que soldado Cayo Julio César entraba en la leyenda con sus increíbles hazañas y conquistas.

[Pompeyo aprieta los labios] El muchacho demostró ser lo que Sila había predicho: muchos Marios. Cuando nos juntó a Craso y a mí en una reunión con él, se notaba cuánto había madurado; ya no era un comparsa. Llegamos a compromisos políticos pero, por detrás, traición, corrupción, soborno y amenazas indicaban lo que, tarde o temprano, terminaría pasando.

¿Y no se adelantó usted a los acontecimientos? En el campo de batalla era usted implacable y se adelantaba a los movimientos enemigos. ¿Por qué no hizo lo mismo respecto a la situación política en Roma?

[Pompeyo vuelve a suspirar y sonríe, triste] Me equivoqué. Nunca creí que César tuviese una voluntad tan férrea. Además, la muerte de Craso en esa campaña en Partia tan loca como innecesaria me hizo, por un momento, sentirme seguro. Demasiado… Además, yo sólo pensaba en el bien de Roma, no en el mío.

Vuelvo a creerle. No se lo digo porque tal vez sería muy duro para él escucharlo, pero creo en su sinceridad.

Disculpe, pero debemos tratar ese tema: la muerte de Julia.

[Se endereza en la silla y mantiene la compostura digna de un líder, aunque los ojos muestren otra cosa] Murió durante el parto, y el niño también. Murió mi alianza con César, murió algo más en mí… [me mira en silencio, pero creo que no me ve].

Pudo casarse con Octavia, la sobrina-nieta de César…

Ya estábamos más allá de una nueva alianza. Las intrigas, las amenazas, las oportunidades… Muchas cosas habían pasado como para siquiera valorar esa opción.

Usted fue un paso más allá al casarse con la viuda del hijo de Craso; fue un acto simbólico de guerra.

[Pompeyo calla y mira al suelo] No valoré bien a César. Pensé que se plantaría o retrocedería ante el poder que yo representaba en Roma; pero él dobló las apuestas.

Efectivamente, usted quedó al frente de Roma, en solitario y con dudas legales al respecto para la mayoría de los expertos, mientras César volvía a la Galia para sofocar la rebelión de Vercingétorix.

Pacifiqué Roma bajo mi mandato, una ciudad que estaba al borde del enfrentamiento por las luchas entre facciones que se habían convertido en algaradas callejeras. Yo detuve eso y traje la calma.

Calma aparente.

La calma.

Y mientras, César conseguía victorias legendarias en la Galia que añadían una fama militar arrolladora a su encanto personal y pericia política.

Hice mis movimientos.

Que alertaron a César y sus partidarios con su indisimulada hostilidad. La legislación que usted contribuyó a aprobar era, obviamente, una espada en el cuello de César cuando perdiese el mando en la Galia. ¿No pensó que arrinconaba a un rival peligroso sin ofrecer una salida honrosa que no fuese agachar la cabeza?

[Pompeyo me mira fijamente] Ya he confesado varias veces que me equivoqué con César de medio a medio. ¿Qué más quiere que le diga?

En esa época, Pompeyo ya no estaba en la plenitud de la edad, ya no se sentía tan seguro como antes. Pero actuó como si eso no importara. Sus movimientos contra César, además de prevenirlo, le hicieron ver que terminaba el tiempo de Pompeyo y se animó a cruzar el Rubicón.

¿De verdad esperaba usted que César entregase tropas y poder sin rechistar?

Por encima de todos nosotros estaba Roma y debía obedecer sus leyes que…

Leyes que usted fue modificando en contra de César.

[Pompeyo levanta la voz] ¡Fue él quien quebrantó la ley primero! ¡Y además se atrevió a decir que dejaría sus tropas y mandato si yo hacía lo mismo! ¡Pero quién se creía que era! ¡Además, hizo lo impensable: avanzó con sus tropas hacia Roma!

Debió sentir que alguien lo apoyaba. De hecho, el tesoro de Roma sigue ahí, con las puertas del depósito abiertas, cuando César llega.

[Pompeyo me dirige una mirada poco amistosa] Traidores, mentirosos sin honor.

Tomaron sus decisiones, igual que usted. Por cierto: ¿por qué decide retirarse al este en lugar de presentar batalla en Italia?

[Pompeyo recupera la compostura y habla con dignidad] Sabía que estaba rodeado de gente poco fiable e interesada. En Oriente estaban mis partidarios más fieles y podría reclutar más tropas para librar esta Segunda Guerra Civil.

Pero casi no llega; César estuvo a punto de atraparlo en Brindisi.

Estaba todo previsto, ni me hizo falta escapar. Simplemente viajé con mis tropas hasta Dirraquium y desde allí preparé mi estrategia.

César no hizo ninguna de las cosas que usted había previsto que haría.

Aunque pude afrontar todas las que sí hizo. De hecho, poco le faltó para morir en Dirraquium cuando me atacó; pero consiguió escapar con el rabo entre las piernas.

Muchos dicen que usted no aprovechó la ocasión para salir en su persecución, que ya estaba viejo, que faltaba el impulso carnicero de su juventud.

Qué sabrán ellos. Luchamos contra tropas veteranas y con la moral muy alta.

Eran pocos y estaban a la fuga.

Pompeyo no me contesta. Mira el pomo de su espada.

Y llegó Farsalia.

Pompeyo no levanta la mirada del mango de su gladius.

¿Qué pasó en Farsalia, Pompeyo?

Sigue sin mirarme.

Los suyos eran muchos más. Estaban en mejor posición en el campo de batalla. Todo estaba a su favor, Pompeyo. ¿Qué sucedió?

[Pompeyo habla sin levantar la vista] César fue lo que pasó. La falta de deseo de lucha sin tregua en mi bando fue lo que pasó. Los malditos infantes a pie escondidos entre la exigua caballería que atacó mi flanco izquierdo fue lo que pasó. El pánico entre mis tropas fue lo que pasó. Fueron tantas cosas…

¿Se sintió traicionado?

Las traiciones, si las hubo, fueron producto de mis errores. Me equivoqué tanto…

Escapa con su familia y un puñado de partidarios. ¿Por qué hacia Egipto?

Encadenar errores es lo más común cuando no se piensa con claridad. Valoré que los Ptolomeos, envueltos en enfrentamientos familiares por el poder, podían unirse a mi causa, al menos alguna facción, buscando ventajas futuras en su relación con Roma.

Me cuesta preguntar sobre lo que terminó sucediendo.

Entonces ¿no lo vio venir?

[Me mira fijamente] No, no lo vi venir [sostengo su mirada sin decir ni una palabra]. Fue muy rápido. Las primeras puñaladas de los traidores terminaron conmigo y no sentí el dolor de los cuchillos ni el de la confianza vendida.

Bajo la mirada aparentando buscar algún dato en mis notas.

César lloró cuando lo supo y castigó a los asesinos.

[Una sonrisa triste y apagada es lo que me ofrece] Dicen que los cocodrilos del Nilo imitan el llanto de un niño para atraer a sus presas; algo de reptil había en César.

Sus cenizas volvieron a Roma y levantaron una estatua en su honor dentro del edificio del Senado.

Las formas, las apariencias; eso siempre gustó mucho en Roma.

¿Considera justicia poética que César muriera a los pies de su estatua durante el atentado?

[La sonrisa de Pompeyo se ensancha] Él sí lo sintió; vaya si lo sintió.

Sonríe para sí y murmura. Le doy unos segundos antes de la última pregunta.

¿Si pudiese cambiar algo, qué cambiaría?

Pompeyo no se lo piensa ni un instante. Bien sentado en la silla, erguido, con el porte majestuoso de un general que engrandeció Roma, contesta sin vacilar.

Hubiese pasado más tiempo con Julia.

 


Sobre el autor

Lisardo Suárez (Gijón, 1970) se amparaba antes en la discreción de los seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi siempre. Más de setenta de sus trabajos de narrativa breve han recibido diferentes reconocimientos en concursos, convocatorias, certámenes, antologías y revistas. En el apartado de narración histórica, y entre otros logros, ha sido ganador del IX Concurso Hislibris de Relato Histórico y además mención de honor en varias de sus ediciones, mención especial del IX Concurso literario “Museo L’Iber” de relato corto histórico y finalista del III Certamen de Microrrelatos de Historia “Francisco Gijón”.

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