El Poeta y la Ninfa

Y así seguimos luchando,

como barcos contra la corriente,

atraídos incesantemente hacia el pasado”

(Francis Scott Fitzgerald)

El primer recuerdo que Tesilao tenía de su padre era el de aquella ocasión en la que le contó la historia de su encuentro con la ninfa. No debía tener más de seis o siete años, cuando su padre lo llevó tomado de la mano a través del pequeño bosque con el que lindaba la aldea en la que vivían, hasta las orillas del río.

En la memoria de Tesilao el recuerdo de ese día perduró con una intensidad inusitada, al lado del nostálgico ejercicio de evocar a su padre. Ambas cosas, la historia y su querido progenitor, estaban enlazadas de tal manera en su mente que eran completamente inseparables.

Padre e hijo, unidos desde el nacimiento por llevar ambos el mismo nombre, pasaron a estar unidos por algo mucho más grande que ellos mismos, por una historia en común que marcaría sus vidas, y las elevaría a otro plano, al plano de lo divino, de lo etéreo, de lo inmaterial.

Al igual que en otras ocasiones, al llegar a orillas del río, Tesilao contempló con satisfacción el paisaje, la suavidad del fluir de las aguas, la persistencia con la que se abrían paso a través del accidentado camino de roca y tierra fértil, el sonido calmo y constante que musicalizaba la experiencia. Entonces, Tesilao recordó el entusiasmo en el rostro de aquél hombre, tan curtido por el trabajo del campo, tan noble y leal.

Allí, su padre le contó aquella historia que ya había contado a otros innumerable cantidad de veces en un ritual que lo acompañaría hasta el final de sus días.

El hombre recordó cómo una noche de verano, luego de una fiesta de celebración en honor a la cosecha abundante recién recogida que les permitiría a todos los aldeanos soportar un invierno cruel y helado, cruzó ese mismo bosque a los tumbos, producto de la abundante presencia de vino en él, y empapado en sudor, se acercó a la orilla del río para refrescarse.

Contó al detalle el momento en que hundió su cabeza en las frías aguas que fluían río abajo, y cómo al sentir la agradable sensación inundando su cuerpo, elevó una dulce oración de agradecimiento a las damas que velan por todos los ríos y arroyos del mundo. Lo hizo con la sinceridad de la inocencia total de sus actos, con el nebuloso velo de la ebriedad cubriendo sus ojos, con la tosca voz del labrador que de vez en cuando en la soledad de la noche campechana, improvisa unos versos que mueren estérilmente en la nada, sin llegar a oídos de nadie.

Pero aquella vez no fue el caso.

Esas dulces palabras llegaron a los oídos del ser al que se dirigían.

Como en una imagen de ensueño, el hombre vio surgir de entre las aguas la figura más hermosa y dulce que jamás hubiera contemplado: la de una ninfa. Todo en ella irradiaba una luz extraña y sobrenatural, como la de las noches de luna llena, una luz que se reflejaba en la superficie de las aguas y se multiplicaba hasta el infinito.

Y contempló la soberbia imagen de sus cabellos, la perfección divina de sus facciones, la majestuosidad de sus movimientos suspendidos sobre las aguas.

El hombre sonrió de placer y de felicidad, y continuó dedicándole más y más alabanzas a su belleza y sublime existencia. Y la ninfa devolvió sus gentilezas con dulces palabra de agradecimiento. Juntos hablaron sobre la vida, humana e inmortal, sobre las tierras y las aguas, sobre el amor carnal y espiritual. Además, el hombre colmó su espíritu de un amor sin igual, una satisfacción que lo acompañaría el resto de su vida, y que transmitiría a otros, sin más pruebas que el brillo ilusamente idílico de sus ojos cuando rememoraba aquella experiencia.

Tiempo después, Tesilao padre, inspirado por la magnificencia de la experiencia, contrajo matrimonio con la que sería la madre de aquel niño de ojos soñadores, y le contaría a todos, tantas veces como ellos aceptaran escucharla, la leyenda de la noche en que logró conmover a una ninfa.

Esa era la historia que recordaba el joven Tesilao, y la misma que marcaría su vida para siempre.

Soñó durante muchas noches con esas imágenes ajenas que habían calado tan profundo en él, imaginó una y mil veces cada pequeño detalle de la deidad, memorizó cada simple fragmento de información que el relato de su padre le había transmitido.

Y así, casi sin darse cuenta, la experiencia relatada de aquella noche se convirtió en el sentido de su vida.

Al crecer, el pequeño Tesilao descubrió que muchos otros habían escuchado de boca de su padre ese relato, pero lo tomaban con desdén y diversión, como el producto de los desvaríos de una noche de borrachera y cansancio. Y con respeto brindaban a la salud de Tesilao padre, por la capacidad creativa de su ingenio.

Para el joven Tesilao, el efecto de la historia fue muy diferente. A medida que crecía se tomaba cada vez más en serio el significado de las palabras de su padre. Le rogaba y suplicaba hasta el cansancio que le repitiera la historia sólo para él, pedido que su padre siempre respondía con satisfacción. Y ese lazo que los unía estaba por encima del descreimiento y escepticismo del resto de los aldeanos.

Para ambos, padre e hijo, esa historia era real.

Algunos años después, estalló la guerra contra los bárbaros del norte, y Tesilao padre tuvo que acompañar a los hombres más fuertes de la aldea para combatirlos. Fue la última vez que su hijo lo vio.

Meses después, los aldeanos regresaron cubiertos de heridas, muertos de hambre, luego de haber pasado muchos padecimientos, con el dolor de la pérdida de tantos camaradas. Y fue entonces cuando el joven Tesilao se enteró de la muerte de su amado padre.

Las lágrimas en las que su madre se ahogó durante muchas noches no hicieron efecto alguno en Tesilao. Él seguía sintiendo la presencia de su padre, dentro suyo, a través de la historia que le contara miles de veces, y en el legado de aquella experiencia idílica que padre e hijo siempre habían considerado verdadera.

A partir de allí, todo lo que tuviera que ver con aquel relato se convirtió en la razón de su vida. Comenzó a hacer pequeñas excursiones furtivas a la orilla de río cada noche luego de la cena. Indagó a otros aldeanos por experiencias similares. Solicitó a su madre hasta la desesperación de las lágrimas que, con el poco dinero que había en la casa, le permitiera adquirir los manuscritos de aquellos viajeros que llegaban de las grandes ciudades con las fantásticas historias que los hombres de letras garabateaban.

Toda la vida de Tesilao, todo lo que le interesaba, todo aquello a lo que aspiraba, debía guardar alguna relación con el ser que habitaba en la historia de su padre.

Y cada vez que conseguía algo, un aldeano que había creído ver una figura en las aguas nocturnas, un pescador que escuchaba alguna voz en el medio del río durante la jornada de pesca, un viajante que traía una composición de algún poeta sobre ninfas, nereidas o ménades, él se sentía satisfecho.

Él sentía la presencia de su padre alrededor.

Él mantenía viva su memoria.

Con el tiempo y los años, Tesilao se volvió una verdadera eminencia en la materia. Podía recitar versos enteros dedicados a las divinidades de las aguas y los bosques. Podía relatar exactamente con las mismas palabras la historia de la cita de su padre. Podía diferenciar aquellos posibles encuentros entre hombres y deidades de los desvaríos de los locos y los ebrios.

Con el tiempo y los años, Tesilao se convirtió en un verdadero poeta.

Durante los días ocupaba el lugar de su padre en los campos, única posibilidad de mantenerse a sí mismo y a su madre en la dureza del mundo. Y por las noches, acudía al río para dedicarle las dulces palabras que había imaginado durante la jornada a la idílica dueña de sus sueños y anhelos.

Pero ésta nunca aparecía.

Sin embargo, esto no hizo mella en Tesilao. Su tarea consistía en la acumulación sistemática de conocimientos, en la mejora de sus versos, en la perfección de sus palabras en la búsqueda de dar con aquellas que finalmente lograran tener el mismo efecto que las de su padre, hacía tantos años atrás.

A eso se dedicó. A aprender de quién pudiera: de los hombres más sabios y cultos del poblado; de aquellos que se habían asentado allí luego de años de vida en las ciudades; de los viajeros que siempre tenían alguna novedad sobre el enorme mundo más allá de las montañas e incluso de los parlanchines, insanos y dementes, que con sus torpes apreciaciones, muchas veces lograban hilar relatos que se asemejaban extrañamente a las viejas palabras de Tesilao padre.

Pero por las noches, cuando volcaba todo su saber, toda su meditación y conocimiento en versos y frases de su propia autoría, el resultado era siempre el mismo.

Nada.

Ninguna aparición, ninguna experiencia divina, ningún indicio de existencia por encima de la mediocridad humana.

Simplemente el sonido del río, la visión de la luna y las nubes sobre su superficie, y el eterno fluir del curso del tiempo.

Y aunque los años siguieron pasando, Tesilao no se dio por vencido.

Cuando logró juntar dinero suficiente como para contratar un par de trabajadores nómades que ocuparan su lugar, le comunicó a su madre que comenzaría a viajar. Al comienzo sólo se trataría de viajes río arriba y río abajo, en busca de otras gentes, de otras historias y de otros lugares en los cuales poder expresar sus palabras por las noches, siempre a orillas de aquel río que era el centro de su vida.

El resultado siempre fue el mismo

Pero con el paso del tiempo sus viajes comenzaron a hacerse más y más esforzados y distantes. Visitó todos los poblados en las orillas y cercanías del río; habló con sus habitantes, desde los más viejos y desdentados hasta los niños que apenas habían comenzado a balbucear; consiguió todos los textos que pudieran tener la más remota relación con aquello que buscaba; consultó sabios, filósofos, teólogos, políticos y oráculos; aprendió nuevas lenguas para poder interpretar otros textos, otros relatos, otras culturas; conoció ciudades, caminos, tierras sin fin…

Vio con sus propios ojos el nacimiento mismo del río, en las ancestrales montañas del norte profundo, allí donde el agua nacía de entre las rocas, de entre los hielos y las nieves.

Vio con sus propios ojos el fin del río mismo, encontrándose en la desembocadura con el infinito mar en el cual el agua dulce se volvía salada, y la espuma surgía de las olas para embestir la costa una y otra vez, eternamente.

Y Tesilao ya era un todo un hombre cuando finalmente sintió que su espíritu se había agotado.

Con dolor, con resignación, con tristeza, un día decidió poner fin a su búsqueda. Sintió que fuera lo que fuera que su padre hubiera visto, real o imaginario, ello se negaba a aparecer frente a sus ojos. Comenzó, como tantos otros, a dudar de la veracidad de aquel relato que su padre contaba con tanto cariño y amor.

Tesilao, simplemente, se dio por vencido.

Regresó a su hogar, luego de muchos años. Aquellos que eran niños, ya eran adultos. Aquellos hombres maduros, ya eran ancianos. Aquellos viejos achacados, ya habían muerto. Y su amada madre era de estos últimos.

Tesilao lloró, pero no con las lágrimas dulces e idealizadas con las que sus ojos habían despedido a su padre. Ahora lloró con lágrimas amargas y reales, con las que se lamentaba no haber estado allí para acompañar a su madre en sus últimos días.

Y luego del duelo por la pérdida, Tesilao decidió que su vida debía comenzar de nuevo.

Ya no buscó historias de seres fantásticos. Ya no hurgó en su memoria por las palabras grabadas a fuego en su infancia. Ya no recorrió el mundo al encuentro de testigos presenciales de tales milagros.

Simplemente se dedicó a vivir.

A vivir una vida simple, práctica, concreta, real…

Notó que ya era todo un hombre y que en su búsqueda de lo fantástico, se había cultivado mucho en las artes de lo pragmático. Sabía de agricultura, de física, de leyes, de idiomas, de matemáticas, de política. Sabía de todo aquello necesario para vivir en el mundo de carne y hueso. Para dejar sus viejas historias en la tierra de los sueños. Para empezar a vivir como un hombre real debía vivir.

Y a eso se dedicó.

Al poco tiempo de regresar, mucha de la actividad de la aldea comenzó a pasar por sus manos. Lo consultaban sobre la conveniencia del tipo de plantación, sobre cuándo vender y cuándo comprar, sobre herramientas y materiales, sobre el trato con extranjeros y foráneos, incluso sobre la aplicación de la ley.

Y Tesilao se volvió un letrado.

Consiguió un gran respeto entre aquellas gentes simples. Vio como la aldea se convertía en poblado, y luego en ciudad. Vio los senderos transformarse en caminos, y luego en vías. Vio muchos de los inventos de naciones vecinas que él descubriera en sus viajes, aplicados a su propia tierra. Vio el cambio de manos del poder, las guerras, la política y los conocimientos.

Y vio cómo él pasaba a ser un amante, un esposo, un padre.

Vio crecer a sus hijos. Los vio educarse en las reglas y no en las fantasías. Los vio aprender de él la ley y no las historias antiguas. Los vio copiar de sí mismo las distintas facetas prácticas de su vida, y les ocultó completamente los relatos, las poesías, las palabras…

Simplemente, Tesilao vivió la vida de un adulto.

Y envejeció como tal.

Una noche, en la que las preocupaciones de estar al mando de cada pequeño detalle en la vida de su ciudad lo agobiaban, decidió que sería imposible dormir, y salió a caminar en búsqueda de aire fresco para aliviar la pesadez de su ánimo, y los dolores de su cuerpo.

Caminó sin pensar, sin dirigir sus pasos con decisión, sin un destino fijo de antemano.

Y cuando levantó la vista se encontró frente al río.

Miró hacia sus lados y constató con sorpresa que toda la región había cambiado a excepción de aquel lugar en el que se encontraba. Ni el bosque, ni la ribera habían sido tocados, la ciudad había crecido en la otra dirección.

Y sintió una vieja oleada de satisfacción que lo inundaba.

Sintió, por primera vez en muchos años, el recuerdo nítido de su padre.

Y sus historias.

No pudo contener el llanto.

Para el hombre simple, pragmático, efectivo, el recuerdo de las épocas de ensueño, de la idílica creencia en aquellas cosas que no se pueden palpar o explicar con reglas y leyes, en aquello que conmueve cuando uno es inocente e ingenuo, es la huella imborrable y dolorosa de lo que se ha perdido para siempre.

Tesilao lloró, sus lágrimas desbordaron sus ojos, rodaron por sus mejillas y se estrellaron contra las aguas del río que tantas veces lo viera reflejado.

Cuando alzó sus ojos, tratando de enjugar sus lágrimas, lo que vio conmovió su alma.

Allí, frente a él, apenas por sobre la superficie del agua, estaba la ninfa.

Era una visión que iba más allá de lo que un simple humano pudiera contemplar.

Su cabello ondulado se movía al son del suave viento. Su rostro, hermoso y perfecto, mostraba la sonrisa que la satisfacción dibuja en aquellos que tienen todo lo que desean consigo. Su cuerpo, bello y proporcionado, era la medida de la gracia que hay en el mundo. Y cuando habló, la poesía y la música se unieron en un coro de beatitud inigualable.

En esa orilla, Tesilao y la ninfa finalmente se encontraron.

Ella habló sobre el amor, sobre las palabras, sobre los sentimientos y la dulzura.

Pero para él, todo aquello provenía de otra vida. Sentía que eran ecos de un pasado que alguna vez había sido el suyo, pero que ahora le hablaba a la distancia. Se preguntó cuántas vidas puede haber dentro de una vida.

Y mientras la ninfa susurraba palabras delicadas, dulces y solemnes, él sólo podía contestarle con información, datos, conocimientos del mundo real, de la vida real.

Lo que en ella era mítico, en él era práctico. Dos seres conversando desde orillas opuestas del río. Y ninguno cesó en sus razonamientos, en sus explicaciones. Hasta que se sintieron como extraños hablando en distintas lenguas, desesperados por ponerse en contacto, por lograr una conexión, pero separados por las distintas visiones de la vida.

Aún así, la ninfa no cambió en nada su actitud de celebración constante, una corriente inagotable de bondad y esplendor parecía surgir de sus palabras. Mientras que Tesilao, lentamente comenzó a quedarse sin argumentos, comenzó a notar que su mundo físico era tremendamente limitado en comparación con aquél del que ella hablaba. Comenzó a dudar, pero era una duda que surgía desde el fondo de su ser, como viejos sentimientos que se acumulaban en su corazón.

Y cuando finalmente se dio por vencido, sintió una oleada inexplicable de sensaciones que lo inundaban. Recordó al instante todo aquello que lo había llenado por completo en sus años de juventud. Imágenes, aromas, sonidos. Todo había estado siempre allí, en su interior, durmiendo.

Y juntos fueron felicidad pura.

Se dedicaron sonrisas, miradas, deseos. Hablaron de la belleza, de las letras, de la música.

Él recordó cada pequeño pensamiento que había tenido en su memoria.

Y ella los recordó también.

Nada se había perdido, todo había llegado a destino. La vida tiene tiempos que van por encima de humanos y deidades por igual.

Fue una noche mágica.

Para ambos.

Y cuando el sol comenzaba a asomarse en el horizonte, Tesilao recordó a su padre y su corazón se llenó de gozo y satisfacción.

La ninfa le confesó que era una hecho natural la relación entre ella y los hombres de corazón soñador y puro que había en el linaje de Tesilao. Nada se había olvidado. Todo estuvo presente hasta que, sin dolor, sin perdida ni temor, la ninfa volvió a las aguas, y Tesilao volvió a su ciudad, como un hombre nuevo.

Delegó toda autoridad a sus hijos y a los hombres más sabios del pueblo. Amó a su esposa tan dulce y sinceramente como siempre, pero le explicó que debía cumplir con una vieja tarea, largamente postergada por años.

Tomó simplemente lo necesario para el viaje y partió.

Así fue como Tesilao volvió a los caminos. Volvió a las ciudades, a los puertos, a las montañas. Recorrió cada palmo de terreno e incluso fue más allá de cuando era joven.

Pero en esta ocasión no caminaba con el anhelo de sabiduría. Caminaba con la certeza del conocimiento. Y a cada sitio donde fue no llevó sus saberes prácticos, sino la poesía que habitaba desde siempre en su corazón.

Hablaba con tal sentimiento, con tal certidumbre, que todo aquel que escuchara sus palabras, su relato de aquella noche mágica, culto o no, creía de inmediato en él.

Y fue un hombre tanto o más respetado por su arte como lo había sido en su ciudad por su saber.

Así fue como, luego de muchos años, un día, Tesilao sintió que su misión había sido cumplida.

Y ya viejo y achacado, regresó a su tierra y a su hogar.

Al llegar notó con alegría que el progreso había seguido su rumbo. Se reencontró con sus hijos, todos miembros destacados de la ciudad, cada uno en un área determinada, todos ellos padres con hijos. Tesilao ya era abuelo. Pero lo que más le alegró fue encontrar a su mujer, hermosa, radiante y fiel como siempre, con su corazón abierto.

Luego de muchos años, cuando la muerte se llevó a su amada, Tesilao se dedicó por completo a la crianza de sus nietos. Los educó en todas las ramas de la ciencia y el conocimiento, les pasó hasta la última gota de sabiduría que hubiera recabado en sus extensos viajes. Y todos ellos crecieron sabios y rectos, cada uno eligiendo una profesión diferente, y volviéndose a su vez importantes y reconocidos como sus padres y su abuelo.

Pero al más pequeño de todos sus nietos, el cual llevaba su mismo nombre, Tesilao no lo instruyó de la misma manera que al resto.

Para él, Tesilao necesitaba otro tipo de enseñanza.

Siendo todavía muy pequeño aún, con no más de seis años cumplidos, lo llevó a la rivera, cruzando el bosque. Y allí le contó con todo detalle la historia de su encuentro con la ninfa.

El niño siguió la historia con admiración y asombro. Cada pequeña palabra se grabó en su mente. Cada simple gesto. Cada sencilla emoción. Y desde entonces, comenzó a ver el mundo con los mismos ojos soñadores de su abuelo, pensando que tal vez algún día llegaría a convertirse en el poeta tocado por la ninfa.


Sobre el autor

Alejandro Damián Lamela nació el 9 de abril de 1981, en el barrio porteño de Flores. Hijo de Ana Liguori y Ruben Lamela. Es Licenciado en Periodismo de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, docente y escritor. Sus obras se han publicado en diversos sellos editoriales. Ha recibido numerosas distinciones literarias, las cuales incluyen el 1º Premio del Certamen Nacional de Narrativa 2005 de Ediciones Telmo, el 1º Premio en el I Concurso Internacional de relatos cortos de terror de Editorial Marlex, de Barcelona – España, y el 1º Premio del Certamen Nacional de Jóvenes Escritores (años 2011 y 2012) de Ediciones Mis Escritos. Es también autor de los libros “A las Puertas del Anochecer, cuentos fúnebres” (Ediciones Telmo 2006); “Bajo los Abismos de la Locura, cuentos ausentes” (Ediciones Mis Escritos 2012); y “Pasajero en Trance, crónicas de un viajero sufrido” (Ediciones Mis Escritos 2013).

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