En el medio del salar, un relato de Alfredo Arnez Valdés

Muchos dicen que los caminos que conducen al gigantesco mar petrificado ya no son lo suficientemente pequeños como para restringir el paso de los extranjeros en estas tierras. Todos ellos llegaron a Uyuni ayer y ahora un grupo bastante grande de ellos se dispone a hacer los arreglos correspondientes para quedarse en el hermoso hotel de sal y así proveer al pueblo del movimiento que tanto necesita para subsistir.

— Mi nombre es Adrián Montesinos y vengo de la Ciudad de México, ¿de donde son ustedes?

El resto de los extranjeros respondió, algunos con un español mal pronunciado y otros en inglés; por fortuna él lo sabía hablar, así que no hubo mayor reparo en entablar amistades con los que tendría que convivir un par de días. La sinergia del grupo produjo una energía intensa y muy divertida. El viaje fue casi perfecto, aviones a tiempo, buena compañía, a pesar que él viajaba solo y sobre todo un muy buen recibimiento por parte de los lugareños.

Tres camionetas se enfilaron hacia el salar, Adrián era parte de un grupo de finlandeses ataviados de cargamento, carpas, mochilas y demás; aunque el tono era amistoso en todo momento, no abandonaban ese tono algo parco tan característico de la gente nórdica, empero no solo compartían entre todos comida, sino también entre risas y anécdotas de sus viajes algo de vodka para calentarse. A él no le molestaban las barreras de ningún tipo, ya que desde niño las conocía muy bien, tanto como para cruzarlas y hacer que los personajes se salten de las páginas para conocer que hay más allá. “Más allá” era la frase que él más utilizaba, era su insignia, orgullo y a la vez su muletilla más notoria.

De repente, a lo lejos se divisa el esperado espejismo que de a poco deja de serlo. Mucho se dice del salar, excepto que no es como los desiertos. Todos se quedaron boquiabiertos ante aquel suelo blanquecino que se mostraba entre las casuchas de paja y adobe. Aquello era más como caminar sobre las nubes que otra cosa.

Al llegar al hotel todos tenían el típico malestar que precede a los viajes y a pesar de estar literalmente en medio de la nada, ansiaban espacio personal y soledad. Una vez instalado, Adrián tomó una bocanada de aire, queriendo inhalar algo de serenidad, sin embargo y dada su natural inquietud, la ansiedad por explorarlo todo le traicionaba y a pesar que estaba anocheciendo, no pudo aguantarlo más y se logró zafar de aquel molesto guía. La noche era espectacular y pudo saborear el placer de presenciar de primera mano la creación e inmensidad en su esplendor máximo. Allí estaban las constelaciones apretujadas entre otras estelas de luz, también y sin ni una sola nube en el cielo, podía ver las estrellas fugaces caer sobre ese abismo oscuro que era el salar de noche, definitivamente amaba ser él mismo y poder estar solo frente a la nada celestial en ese momento en particular.

De pronto, se escuchó un silbido alegre a lo lejos.

“¿Quién puede silbar tan afinado a estas horas de la noche y con semejante clima, si apenas yo puedo caminar por el frío que hace?”

“El viento y la atmósfera en el altiplano suelen sentirse tan solos que buscan hablar con la gente”, le habían contado algunos viajantes que retornaron de estas tierras, por lo que no le era extraño pensar que aquel silencio producía alucinaciones auditivas a cualquiera, así que no le dio mayor importancia y siguió fumando su cigarrillo, agregando a aquel paisaje una fumarola y un pequeño espectro de luz resaltando entre lo negro.

Aquella cancioncilla era cada vez más notoria y se aproximaba arañando el suelo con lo que sonaban como unas garras de animal salvaje y un andar más bien letárgico y pesado. De pronto a lo lejos la débil luz de su linterna apunta a un hombrecillo de pequeña estatura con la cabeza y las extremidades un poco más grandes en proporción al cuerpo. El sujeto de rostro cobrizo tenía un poncho viejo y descolorido, muy diferente a los que había visto antes, caminaba con la vestimenta típica de los lugareños, con ojotas y polainas para cubrirse del frío y el chulo en la cabeza que tenía un montón de hoyos. A pesar de todo tenía en sus dedos anillos de oro y plata con incrustaciones de rubí, diamante y esmeralda, un pectoral de oro y un par de collares del mismo metal colgando de ese cuello que parecía el de un sapo obeso.

— Joven, buenas noches tenga usted, ¿qué está haciendo tan tarde en una noche tan fría?

— Buenas señor.

— Jacinto me llamo, ¿y usted? ¿no es de estos lados verdad?

— Me llamo Adrián y soy Mexicano, hermoso país tienen ustedes.

— Eres bienvenido aquí hermano…, no se nota que eres extranjero. No tienes el pelo amarillo o los ojos rasgados como los de los que suelo encontrarme, sin embargo he conocido algunos de tus compatriotas y conozco como son.

— Pues muchas gracias señor, me recibieron bien aquí y estoy muy agradecido.

El hombrecillo parecía buena persona. Muy pronto se fue ganando su confianza, palabra tras palabra, sonrisa aquí y mirada allá, con ese aire entre melancólico, aprovechado y siniestro que desprendía.

Las pisadas no se sentían tan afiladas como cuando había llegado al salar, ambos hombres caminaron bastantes kilómetros hacia adentro mientras la oscuridad permeaba los peligros de una noche fría de agosto. Don Jacinto cargaba un mechero que parecía nunca se iba a acabar ya que después de transcurrida una hora y media, seguía alumbrando como antes. El joven era aventurero pero no era estúpido, sabía del brusco descenso de las temperaturas nocturnas por esos lares, por lo que llevó consigo una parca azul con pluma de ganso muy abrigada, una chalina del mismo color y una gorra de lana junto a un par de orejeras que hacían muy bien su trabajo.

– Don Jacinto, creo que estamos algo lejos del hotel, a lo mejor y sería bueno que regrese.

– ¡Ay tatita! ¡no sabes lo solo que me siento! -exclamó el señor con vehemencia como suplicando que el único amigo que halló no lo abandonase. Adrián, un tanto receloso, solo optó por seguirle la corriente y dejar que el hombre cuente su historia, “al fin y al cabo a alguien tiene que contársela, ¿qué es lo peor que me puede pasar?, pobre hombre, realmente”

El señor con una sonrisa muy convincente, un rostro cuasi inexpresivo y soltando un par de lágrimas, contó que era un sujeto que solía hallar tesoros de todos los tipos, pero que las personas que venían, se iban de su vida, también habló de sus antiguos amores, su esposa fallecida y los hijos que se fueron para nunca más volver.

La noche transcurrió apacible y junto a una fogata improvisada próxima a una gruta, ambos amigos compartieron historias, hablando de sus travesías y también de su infinita soledad.

Entre tanto el viento hace lo que más le compete, tratar de contarlo todo sin que lo escuchen.

Al amanecer, en el hotel se percibe un enorme nerviosismo en el ambiente. Entre pasos e histeria cada cual habla su idioma nativo despotricando contra el integrante que falta.

– ¡Cínico! -dicen unos- ¡nuestras cosas! ¿donde están? -otros.

La policía tarda en llegar al sitio y toman las declaraciones. Lo más importante de todo esto es el caos generado allí. Las autoridades dicen que no pueden salir de Uyuni, al menos hasta que el asunto se esclarezca, de todas formas no iban a irse en un par de días, estaban todos varados a la merced del depósito bancario de sus familias y de la regularización de sus papeles extraviados.

Algún tiempo después, seis meses para ser exacto…

El ciclo natural de la vida continúa y aún no se resolvió la muerte de los catorce extranjeros encontrados en una gruta muy conocida cerca a las montañas.

Tiempo después se hallaron los cuerpos sin vida de los 14 foráneos extraviados, entre ellos figuran tres Finlandeses y cuatro mexicanos en un estado avanzado de descomposición, con el rostro pálido y gélido con un notorio rigor mortis y todos muy delgados. Aún no se logra explicar el macabro crimen.

El único al que no se lo encontró fue Adrián, la interpol no lo logró capturar ya que un poder muy raro logró que este se esfumara de la faz de la tierra. Al parecer se cambió el nombre y se fue a vivir a otro sitio.

Cuentan los rumores que el abchanchu se lleva a los turistas incautos que no cierran las puertas y ventanas de los hoteles o se quedan en la intemperie y les succiona la vida, les roba las pertenencias atrayéndolos hacia su gruta con ese carisma imposible de ignorar y el silbido de sirena tan afinado y tan melancólico a su vez. Dicen también que anda todo andrajoso, que tiene uñas largas y afiladas, que nunca muestra los colmillos y que no suelta sus amadas alhajas. Más de uno me ha dicho que este hombre regordete se lo conquista escuchándolo y apelando a apaciguar su inconmensurable soledad, que gana amigos para luego comérselos y así hacer las veces de intérprete del diálogo entre la atmósfera, los vientos y las montañas. Una vez una señora me contó que un sujeto fue el único que logró vencer al demonio/vampiro en su propio juego pactando con él, un puñado de vidas a cambio de un puñado de tesoros y extender su soledad por otros lares sin ser siquiera visto.

En lo que va del año en todo México comienza a rumorearse sobre la existencia de un ente que succiona la vida de los que se entregan al abandono de los grandes descampados. A todos ellos se los ve igual de pálidos al momento de ser encontrados. Cada vez que se escucha un silbido dulce y melancólico, la gente ya sabe lo que tiene que hacer, resguardarse en sus hogares.

Ilustración de Gabriela Varela.

Sobre el autor

Alfredo Arnez Valdés es Ingeniero Comercial y se dedica principalmente al manejo de redes sociales y a las ventas. Se interesa muchísimo por la creación literaria y es aficionado a ella, sobre todo a los cuentos y a los microrrelatos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s