De cómo la búsqueda de poder mundano y el miedo a la muerte se disfrazan de espiritualidad

Por Sofía Tudela Gastañeda

Que el común de la gente tiene una disposición servil y medrosa que le induce a someterse a un líder o grupo de poder y a buscar así seguridad, independientemente de que este tenga verdad, razón o virtud, es un hecho. De este modo se explica que ahí dónde una religión es poderosa, el común de la gente siga sus doctrinas; y que ahí dónde lidera la corrección política, el discurso del común de la gente sea políticamente correcto. Incluso en los sub-grupos de una misma cultura, nación, sociedad, es el miembro o grupo de ellos más imponente el que consigue que los demás se plieguen a él más allá de tener o no razón, y tal realidad se puede apreciar también en las tribus urbanas y hasta en los colegios y centros de instrucción más prestigiosos.

La supuesta espiritualidad del común de la gente no deja de regirse por estos mismos comportamientos tribales, instintivos y atávicos, animales, que los inducen a plegarse automáticamente al poder, a la fuerza, y no a la verdad, a la razón ni a la virtud por sí mismas, salvo que estas sean respaldadas por las anteriores, siendo las primeras el verdadero móvil de su reconocimiento y no el valor intrínseco que subyace en las siguientes, puesto que de lo contrario no necesitarían de una fuerza externa a ellas mismas que las confirme en lo que ya son por sí mismas.

Así, si un individuo con autoridad, carismático y con fuerte personalidad de líder dice que es enviado de Dios, y en lugar de hablar verdad habla falsedad, pero se eleva y hasta vuela por los aires, camina por las aguas, lanza rayos por las manos, le disparan y no muere, resucita a los muertos, será aprobado y se le rendirá la pleitesía de maestro espiritual —si acaso no de Dios—. A la inversa, no se le dará crédito ni mucho menos honores a una persona discreta que hable con verdad de espíritu, cuyo mensaje sea claro, brillante y esté bien formulado, manifestando realmente de un nexo con lo Divino, si tal persona no tiene carisma, ni carácter, ni fuerza de mando, no obra ningún prodigio, ningún milagro y no manifiesta ningún poder aparatoso, ordinario o extraordinario.

Tan falsa es la espiritualidad de la gente que atiende a la fuerza y no a la verdad, a los poderes y no al conocimiento. El más poderoso triunfa, no el más veraz. La mundanidad es la norma de la mayoría de gente religiosa que reniega del mundo —desprecian el mundo porque su avaricia se ve privada de él y por la cual, simultáneamente, aspiran al mundo en nuevos términos espirituales—. Prefieren volar por las nubes y ser física o, por lo menos, psicológicamente inmortales —tal es la sed mundana de quienes reniegan del mundo— a comprender una verdad sencilla acerca de Dios de la que no obtengan ningún reconocimiento, ni la aprobación de nadie o acogida en algún grupo que los refuerce y les de seguridad, ni la inmortalidad —esa inmortalidad frívola, eso que se suele entender por ella— , que, en otras palabras, no les brinde ningún provecho a nivel utilitario para servir a sus ambiciones post mortem o para palear sus grandísimos miedos en esta vida y su miedo superlativo a la muerte.

La mayoría de gente, cuando se suscribe a una religión, en realidad no busca conocer la verdad ni lo Divino, sino solo confort, seguridad, orden y dirección vitales, sensación de empoderamiento, así como sentido de pertenencia. Dios no es más que la excusa para saciar estas necesidades atávicas y tribales que nada tienen que ver con la genuina espiritualidad metafísica. Quien realmente busca lo Divino, debe romper con el gregarismo y la superchería, desnudarse y contemplar honestamente la realidad hasta alcanzar su médula, ¡lo Divino!

Sobre la autora

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