Juegos Taurinos

Una carcajada convulsa llegaba a todos los salones de aquel palacio-laberinto. De un tirón, se abrió la túnica y quedó desnuda ante la luna del espejo de cobre. La reina reía sentada en el piso. Había triunfado. Su casi intacta belleza era un mito en todo el mediterráneo.  No por gusto, años atrás hombres de todas partes llegaban a Creta a congraciarse y negociar con el rey, a admirar la fortaleza que neutralizara por décadas a las tribus bárbaras, pero también venían a ver a la deslumbrante reina.  Ella, bien lo sabía y hacía sus apariciones con aparente descuido en las diferentes puertas de palacio. Entonces, todo eran gritos, correr y algarabías: “¡es Pasifae, la hija de los dioses!”. Sí, así esperaría a sus enemigos, desnuda. Desnuda también entraría al reino de los muertos o de las deidades desafiando a quienes le increpase.  Ya no importa nada. Solo queda la satisfacción de la venganza, el dolor, y el recuerdo de esos dos ojos de bestia llevada al matadero.

“¡Eunice, Samos!” Llamó en vano a sus sirvientes, todos se habían marchado ante el horror del cuerpo ensangrentado del rey y sus hijos. Solo ella había quedado para cubrirlos y preparar las piras. —¡Adonia! Insistió, esta vez echando a andar por las oscuridades de la fortaleza.

La reina arrastró sus recuerdos al unísono de sus pies hacia una salida que no llegaba. Siempre había odiado este palacio, tantas habitaciones sin orden, un racimo de cuartos atestados de especies, vinos, miel y lana, un sin fin de ánforas, siempre ánforas, grandes, pequeñas, abiertas, volcadas. Le recriminaba constantemente a su esposo el desorden, la falta de previsión en la construcción del palacio. Minos jamás le escuchó, él sabía que eran cantaletas de mujeres. La idea del palacio-laberinto había dado resultado en el par de ocasiones que los guerreros de los pueblos vecinos habían logrado subir a la colina desde la costa. Aquellos que sobrevivieron a la caída en los pozos-graneros, enmascarados en la entrada del palacio, se perdieron irremediablemente en los corredores ciegos y múltiples habitaciones de la fortaleza. Era entonces fácil ser presa de las espadas de la guardia real escondida en los rincones menos imaginados. El forastero que entraba sin un guía jamás hallaba la salida. Extrañamente Pasifae tampoco la encontraba esta vez.

“Un poco más, Pasifae, avanza y saldrás de esta pesadilla”. De pronto se halló en medio de la habitación terrible, rodeada de pinturas que le estrujaron el corazón. Ella misma había mandado a decorarla. Fue su lugar preferido durante mucho tiempo. Ahora los jóvenes le miraban acusatoriamente desde las paredes sin interrumpir sus juegos taurinos. “¡No los maten, ¡no les cercenen las cabezas! ¡Oh, yo sé que no lo harían, no sin permiso de su reina! ¡Yo soy Pasifae, hija de Helios, les ordeno que les perdonen la vida!”. Agarró un ánfora de vino y la lanzó contra una pared, y otra y luego otra. Exhausta, bebió directo de un ánfora hasta vaciarla.

Debió haber dormido un par de horas o quizás más, aún era de día. La cabeza quería estallarle. Bajó las escaleras y recordó que tenía que disponer las piras mortuorias. ¡Si solo Minos o alguien le hubiesen escuchado! Jamás comprendieron que ella, una semidiosa, era diferente. Sus ancestros no tenían miedo al amor y sus juegos eróticos no se limitaban a los hombres. También entendía que solo ella había sido testigo de la mirada limpia del blanco toro sagrado. ¡Cuánta dulzura en esos dos cráteres vivos! Como hija de dioses, era su responsabilidad atender y alimentar con grano puro al animal elegido. A cambio, la mansa bestia le dio su semilla. Sus plegarias fueron respondidas en el silencio del animal y las noches de amor compartidas. El secreto estaba a salvo, su único cómplice fue Dédalo. El viejo arquitecto le había enseñado a la reina los pasadizos secretos para llegar a los establos sin ser notada.

Nadie se asombró del embarazo. Todos se alegraron, incluso el rey que siempre celebraba su fuerza de semental con toda criada que se le acercara, aunque la reina sabía que su gusto genuino era por los muchachos semidesnudos y sudorosos entrenando en el polvo de los patios de palacio. A ella le visitaba poco, eran encuentros cortos y brutales. Pasifae había dejada de gritar hacía mucho. Había comprendido que nadie vendría en su auxilio, especialmente su padre, el dios-sol.

Y llegó el día del parto. Nació la criatura y la isla estalló en acción. Las parteras reales salieron en estampidas gritando por los corredores de palacio y nadie consiguió atajarlas, gritaron y gritaron por los caminos, en las aldeas, por los campos hasta quedarse sin voz y hasta la última piedra de aquel hervidero replicaron sus alaridos. Nadie estaba seguro de lo que ocurría. “¿Que tiene cabeza de cordero? ¡No, de toro! ¿Será un semidiós? ¡Qué no, es un engendro!”  El vulgo arreció el paso a la fortaleza. Los hombres del rey no pudieron cerrarles el paso. Lo único que los contuvo fue la figura de Minos en la terraza norte. La reina asida por el pelo en su diestra y en la otra mano, un bebé ensangrentado colgando del tobillo. El horror de la muchedumbre fue callado por el grito de Pasifae.

Nunca más nadie los vio. A ella la condenaron a un exilio en sus habitaciones, algo que aceptó fácilmente después de enterarse del sacrificio del toro blanco. El rey había roto con el protocolo y había ordenado servirlo en su mesa, incluso antes de la fecha astral propicia. Mal augurio para muchos. El sacerdote principal se marchó de la isla sin decir palabra. Otro signo de desgracia. Los príncipes repudiaron a la madre, especialmente Ariadna, siempre tan correcta, tan predestinada a algo mayor.

El niño-bestia se hizo hombre-monstruo en su encierro.  Solo conoció las caricias de su madre en las escasas ocasiones que sus carceleros se dejaron sobornar con joyas o besos. La reina cantaba en las noches y él respondía con ese alarido que helaba los corazones de quien lo escuchaba: el palacio estaba maldito. Solo se acercaban los curiosos. Ya no venían por ver a la reina, ni a los tesoros de Minos, sino con el afán de poder ver alguna vez al monstruo. También empezaron a desaparecer jóvenes de la isla, pastores que se aproximaban demasiado a palacio, o forasteros despistados que disfrutaban de las bondades del viejo rey. Se decía que la bestia rumiaba por los laberínticos pasillos y devoraba a todo desconocido que se perdía en él.

El comercio decreció, las fuentes que llevaban agua a palacio se secaron súbitamente. El silencio cubrió los corredores. El viejo rey rumiaba sus días en el salón del trono, antes lleno de comerciantes, mercaderes y aduladores de turno. Solo lo sacaba del sopor el paso de unas piernas musculosas de algún joven de la servidumbre. Entonces se levantaba y arrastrando su baba hasta algún rincón conocido por él. Al joven sorprendido nunca se le volvía a ver.

Pasifae creció en amargura. Como las arañas, tejió su tela y se sentó en el extremo a esperar. Y esperó, esperó hasta que los vientos del norte trajeron aires de Atenas. Llegó el prometido de Ariadna, atraído por su belleza, pero más por la fortuna del padre. Teseo rebosaba juventud y fue el viejo rey quien posó sus ojos sobre el hijo de Egeo. Nunca se había atrevido a tanto, siempre se había cuidado de provocar a algún padre con el poder suficiente de empezar una guerra contra él. Pero a sus años, no pudo evitar caer en las redes de la lascivia y se enamoró de la conversación suave del príncipe, su talle perfecto y el torso siempre expuesto. Ariadna adivinó el macabro plan de su padre, hacía mucho que estaba decidida a marcharse de aquella isla maldita y la presencia de Teseo le brindaba esa oportunidad, no iba a permitir que el decrépito monarca le tronchara la vida. Buscó la complicidad de la vieja criada: “¡Eunice, comunícale a Teseo de la lujuria de Minos!” Eunice, sin embargo, no le contó al joven, sino que fue directo a las habitaciones de la reina y desembuchó el secreto. Pasifae se alegró, ofreció unas libaciones a su padre, al astro rey, y decidió negociar con Atenas. La fiel sirvienta le trajo la confirmación del pacto.

En la mañana siguiente Pasifae convocó una reunión familiar en el salón del trono. Los hijos acudieron bajo la promesa de la repartición en vida del tesoro de la madre. Minos siempre estaba en el salón. La reina repartió sus joyas y pertenencias ayudada por Eunice, también abundó el vino sazonado con orovale, una planta silvestre recomendada por Dédalo. Cuando el último de la sangre real cayó al suelo bajo los efectos somníferos de la planta, la reina sacó de su túnica la espada del sacrificio y lentamente rebanó la cabeza de los que allí dormían.

La guardia del príncipe ateniense dio cuenta de los pocos hombres del rey en el palacio que ofrecieron resistencia; casi todos huyeron ante la vista de la reina bañada en sangre y los cuerpos sin cabezas. La maldición se había cumplido.

La reina logró salir de palacio. Su padre, el sol, se marchaba abochornado detrás de las colinas. Desde la terraza vio las huestes de Egeo subiendo por el camino empedrado. “Tengo que apresurarme para hacer tres piras! ¡No, no me dará tiempo!” Recogió unos cuantos leños secos, los llevó al salón del trono junto con un ánfora de aceite y les prendió fuego. Ardieron los cuerpos, ardió el palacio, ardió la reina, su hijo-monstruo-dulzura-de-sus-sueños y ardió el dolor que durante años le sofocó. Todos los que vieron el fuego en la colina, también divisaron la enorme luna que cubrió la isla durante semanas.

“Apresúrense que el crucero parte a las 5, ¡hurry up!”. La voz nasal del guía me devolvió a la realidad. Me volví a mirar las ruinas de la entrada del palacio y con un gesto tímido, dije también adiós a los tristes ojos del espectro de Pasifae.

Sobre el autor

Carlos I. Naranjo-Pacheco (Santiago de Cuba, Cuba, 14 de septiembre de 1975) es escritor, trabajador social cubanoamericano y licenciado en Lengua Inglesa por la Universidad de Oriente, Cuba en 1998. Actualmente realiza sus estudios de postgrado en la Universidad Internacional de la Florida (FIU).

Carlos Naranjo es autor de los poemarios Irónicamente positivo (2013) y Copos en la Piel (2017), su poesía ha sido incluida en las antologías poéticas Balseros (2015), Segunda antología poética Eliluc (2015), Versos Paralelos (2015) y el poemario internación No resignación (2016). Ha publicado sus poemas en el fanzine Liberpopulum y en las revistas Conexos, Signum Nous, Rácata y Baquiana.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s