Los ojos de Lucrezia

Languidecía la tarde y la muchedumbre en la Piazza del Duomo seguía viendo a la joven que bailaba sin descanso haciendo ondular su vestido rojo, su pelo negro, sus senos que parecían fugarse. El pintor, que horas antes había preparado la tabla y los pinceles para pintar la parte posterior del Baptisterio y una parte de la Catedral de Santa Maria dei Fiori, incluyendo la cúpula que asomaba su cabeza terracota entre el campanario de Giotto, y que ya había hecho los trazos de perspectiva con dos puntos de salida, dejando de lado sus enseres, exaltado, se entregó de lleno al ambiente voluptuoso creado por la bailarina. «Baila, Lucrezia», ovacionaba la concurrencia lanzando flores, gorros, guantes, monedas, anillos. En eso, los ojos alegres de la mujer se posaron en el semblante reprimido y tenso de un muchacho que parecía que se disponía a huir del lugar. «Ah, qué hermoso eres, ven baila conmigo, deja descansar por un momento tus libros, colócalos en el piso que no se van a perder, no creo que haya gente interesada en ellos. Olvídate por un momento de esos laberintos, de sus fórmulas, de sus palabras extrañas. ¡Mira cómo los hago volar! Las letras están ahí mismo, no se escaparon. Baila conmigo, chico tierno con boina roja y cabellera larga…, pero estás traspirando y tu mandíbula suena como mis castañuelas. Ven, ven conmigo, afloja tus brazos, camina, sigue mi ritmo, dobla las rodillas, observa mi vientre. Eso es, sigue así, no hagas caso a las risotadas de la gente, déjalos que se rían, lo importante es que tú bailes, sí, eso es, baila, baila. No importa que digan que no tienes gracia, que pareces hecho de madera, que no tienes oídos… ¿Quieres sentir la fragancia de mis senos?». Y el pintor vio que aquel joven, que era privilegiado en el arte de las ciencias, recogió del suelo sus libros y, perturbado, se perdió en el gentío.

Los pasos del caballo se asemejaban al tañido de las campanas de la catedral, el vaho que se desprendía de su nariz por algún rato ocultó la figura del jinete, el fuego de su barba contrastaba con las crines blancas del corcel, largas y onduladas, los guantes y las botas relucían como el oro. Ostentando su musculatura el animal, con pasos marciales, obedeciendo a su amo, dio una vuelta alrededor de la bailarina que clavó la mirada en los adoquines presintiendo algo anormal, moviéndose ahora con lentitud. Parecía que iba a volar cuando se paró sobre sus patas traseras, cuando relinchó espantando los compases de los flautistas y tamboreros. «Cesare Borgia», murmuró la multitud. «Cesare Borgia». Y la fuerza fuerte de su brazo levantó a Lucrezia depositándola entre su cuerpo y el cuello del caballo, bestia que a todo galope se alejó de la plaza, de la ciudad. Lloraba la noche porque el artista también lloraba y se quedó varios días y noches esperando que apareciera la bailarina, porque se había enamorado de su danza y le había atrapado la obsesión de retratarla. Había trazado las primeras pinceladas sobre la tabla de álamo; la arcilla blanca, los huesos molidos, el pincel con el óleo y el sfumato para dar profundidad a las sombras de la cara se habían posado en el álamo, pero para el artista el trabajo no estaba concluido, faltaba la profundidad de los ojos. «Es  necesario que los vea».

Había envejecido cuando el caballo, después de ocho días, la dejó tendida con su vestido rojo en el centro de la plaza. «El ángel de las tinieblas cubierto con hábito de cardenal, el futuro condotiero del papa, se comió el alma de la pecaminosa, alma contaminada que intoxicará el vientre del lujurioso. Y tú, profanador de ideas, escritor del diablo, consentido de los poderosos, a aquel vil le llamarás príncipe y le dirás cómo gobernar el mundo con las mandíbulas de un leviatán y la magia de un demiurgo. Y tú, zalamero de tus amos, tendrás la osadía de esfumar el rostro del jinete perverso en el cuerpo divino del Salvador del Mundo, pintor obsceno, futuro habitante de las llamas», dijo el fraile que bajaba de la iglesia de San Marco, Girolamo Savonarola. La recogieron los flautistas y después de unos días estaba de nuevo en el centro de la plaza, pero se negaba a bailar porque se sentía —por los rumores— arrugada, sin gracia ni sonrisa. «No escuches al gentío, solo mírate en este espejo y verás lo que quieres ser: la hermosa bailarina de hace un mes». Con mango plateado e incrustaciones imitadoras de rubíes, igual que el borde del cristal ovalado, el espejo le devolvió la sonrisa blanca y el brillo de sus ojos. «Estoy como antes, sigo siendo bella». Pero el artista, desesperado, buscaba infructuosamente los ojos, no los hallaba y esperaba que la danza los devolviera.

La multitud corría hacia la Piazza della Signoria. «Queremos escuchar al profeta, al líder de la renovación espiritual y purificación moral, al ministro de Dios en la tierra; él nos mostrará el camino para expulsar la vanagloria, la magnificencia, lo indecente». Corría el maestro detrás de la bailarina sin soltar sus tablas y pinceles. En la plaza estaba el predicador dominico, en el centro de la plaza, sobre unos tablones que lo colocaban por encima de la multitud, con túnica blanca, capa y capucha negras, flanqueado por otros dos frailes, hablaba con las manos mostrando el cielo y la tierra. Pensaba el pintor que iba cayendo la noche y que ese día no iba a poder ver los luceros anhelados; entonces escuchó decir al fraile que los días de la humanidad sobre la tierra se agotaban, que se había encendido la ira del Creador porque los hombres habían liberado sus pasiones y el mayor de sus defectos, el más pernicioso que destruiría el mundo: la vanidad, que era el estímulo para malograr el paraíso que Él nos había entregado en custodio, descubriendo los secretos de su marcha; la vanidad que encendía el deseo de superar a Dios, de ser grande, de volar, de estar en todas partes, de construir las torres más altas, los duomos imponentes; la vanidad que despertaba el lujo, la opulencia, el vicio, la depravación.

El fuego se levantaba danzando ferozmente, lanzando al espacio demonios de diversos colores y crecía cada vez más porque la gente lo alimentaba con los objetos vinculados a la vanidad. Era la Hoguera de las Vanidades. El monje, con un crucifijo y un rosario de quince estaciones en la cintura, avivaba las llamas con el movimiento de sus manos. «Quema tus libros profanadores de la naturaleza, promotores del apocalipsis, quema tus artes que distraen la adoración del Señor, tus maquillajes y adornos ostentosos que alimentan el espíritu hipócrita. Sí, quema tus pasiones por lo extraordinario, así hallarás el cristianismo puro, austero y penitente». El pintor no quería perder de vista a Lucrezia que se confundía con la multitud, que se movía con los movimientos del predicador; las liras ardían, las flautas ardían y pensaba que la mujer ya no bailaría. Ella, tan enardecida como el gentío, se vio por última vez en su espejo y luego lo lanzó al fuego.

En el Ponte Vecchio, observaba el artista las aguas del Arno que, arremolinadas, se habían llevado a la bailarina; ella eligió la profundidad del río ante la ausencia de su hermoso rostro reflejado en el espejo, y él se quedó con el retrato sin ojos.


Sobre el autor

José Luis Pérez Ramírez (La Paz, Bolivia; 1954) estudió en México e Italia. Ha publicado en Amazon tres novelas, un ensayo y una colección de cuentos. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas digitales de Costa Rica, España, Argentina, Colombia, Estados Unidos y México.

Página del autor en Amazon: amazon.com/author/joseluisperezra
Correo electrónico: joseluisperezra@hotmail.com

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