El arúspice y la soñadora por Maximiliano Sacristán

Relato

Le tocó vivir en una época desencantada, donde la fantasía brillaba por su ausencia. No obstante, supo darles un uso práctico a sus virtudes adivinatorias. Déjenme que les cuente.

Don Antonio Valerio era el carnicero del vecindario de mi infancia, un comerciante más, atento a las minucias de la supervivencia pequeñoburguesa. Regordete y de cara bonachona (tal vez por sus mofletes), este cincuentón, hijo de inmigrantes italianos como tantos de por aquí, atendía su negocio de nueve a veinte, siempre redituable en un país lleno de vacunos y habitantes carnívoros. Visto desde la calle, la carnicería Espurina no parecía guardar ningún secreto, salvo ese nombre extraño para el común de los mortales. Pero para unos pocos elegidos, don Antonio se destacaba por dos cualidades más: era arúspice y “levantador” de quiniela clandestina.

A mi abuela Amelia le gustaba apostar, y su única distracción de jubilada era la de jugarse un numerito en sintonía con la interpretación de su sueño más reciente. Aquel chico que fui supo ser el confidente de su teatro onírico, y aún recuerdo un listado pegado en la puerta del refrigerador que desplegaba su simbología popular para los cien números de la lotería, o mejor dicho para su terminación de dos dígitos. Lejos de lo esotérico, esta numerología que iba del 00 al 99 era de vox populi: El veintidós, por ejemplo, representaba al loco; el cuarenta y ocho, al muerto que habla; el sesenta y dos, a la inundación… Abuela despertaba y me llamaba desde su cuarto, antes de que el sueño se diluyera en las urgencias de la vigilia. Doña Amelia, también hija de inmigrantes italianos, le confesaba a su nieto cosas como: “Anoche soñé que volvía a la escuela y tenía piojos. La maestra me retaba porque yo me rascaba la cabeza a cuatro manos. Andá a ver la lista”. Yo corría a consultarla y si encontraba alguna coincidencia regresaba al dormitorio con la noticia: “Los piojos es el ochenta y siete”. Sin darse cuenta, el nieto que fui hacía las veces de intermediario oracular.

En esos días de revelaciones oníricas, abuela se levantaba con una energía especial, porque sabía que cuando saliera a hacer las compras para el almuerzo pasaría por la carnicería para ilusionarse con una modesta apuesta. Y esa noche nos quedaríamos despiertos hasta tarde escuchando la radio: la transmisión en directo desde la sede de la Lotería nacional nos informaría si el sueño de la abuela había sido premonitorio. No siempre el oráculo adherido al refrigerador era generoso con sus respuestas.

Pero si doña Amelia no recordaba haber soñado y aún así quería despuntar su vicio de apostadora, había que recurrir a los servicios de don Antonio. Porque para su séquito de unos pocos cofrades, este comerciante se hacía llamar Spurinna, como el famoso adivino romano, y aseguraba ser descendiente de la gens etrusca. De sus lejanos antepasados tribales había heredado el poder de predecir el futuro leyendo las reses que él mismo despostaba. Estaba en su sangre, y sus clientes especiales, los apostadores, aseguraban que sus sugerencias casi nunca fallaban:

―Juéguele al treinta y dos sin temor ―recuerdo haberle escuchado decir a mi abuela, mientras el carnicero cortaba a cuchillo filetes de bola de lomo para las milanesas del almuerzo. Visto en contrapicado (yo tendría unos ocho años de edad) todavía recuerdo sus manazas rebanando la carne vacuna con gran parsimonia. Y entre feta y feta, demorarse observando bien de cerca el misterio en la trama de lo que hasta hacía unos días habían sido las entrañas de un rumiante que pastaba parsimonioso por la llanura pampeana.

Tal era su “servicio”, si los sueños freudianos no se comedían a señalar el futuro en forma de guarismo. Luego don Antonio cobraba por partida doble: por la carne vendida y por su servicio de augur. Total, si su cliente (y connivente apostador) ganaba a la quiniela, el que pagaba el premio no era él sino su jefe, el “capomafia” del juego clandestino que organizaba la actividad en el barrio. Como “levantador” de apuestas, el inocente carnicero ganaba su comisión sin revelarle a sus “colegas” sobre estas destrezas proféticas que lo convertían en el “asesor” más buscado por los tahúres del barrio. No obstante, yo creo que el comerciante hacía lo que hacía no por el dinero extra, sino porque en verdad sentía poseer los genes proféticos de los adivinos de Etruria. Mi abuela, puedo dar fe de ello, ganaba bastante seguido, aunque sus ganancias no sumaban mucho a su devaluada jubilación pues la soñadora no confiaba en su suerte y siempre apostaba “a los premios”, es decir del segundo al vigésimo puesto: tenía más chances, pero el premio era mucho menor que acertarle “a la cabeza”.

Mercader habilidoso y operador de apuestas famoso, así podríamos retratar a don Antonio por el lado de afuera. No obstante, un puñado de íntimos sabía que en ese comercio cuyo nombre sonaba a sustancia de su enemigo declarado, la dietética, había algo de sagrado. Una sacralidad profana, si vale el oxímoron, una magia menor diluida con el barro de la cotidianidad más pedestre y en un tiempo de banalidades al por mayor… Pese a todo, una partícula del arcano aún titilaba en ese reducto como el púlsar de una galaxia distante. Y nuestro anacrónico vate, con su delantal blanco maculado de sangre seca, auguraba en el rojo comestible la suerte de sus creyentes. Como corolario diremos que la clausura de la carnicería del “Tano” Valerio no tuvo nada de sobrenatural. Su éxito como “levantador” de apuestas ilegales le ganó el encono de sus “colegas”, y una denuncia anónima a las autoridades llevaron a los investigadores policiales a allanar el local. En un cajón brilloso de grasa vacuna los pesquisas encontraron la evidencia que necesitaban: una libreta con anotaciones manuscritas donde se encolumnaban apodos, montos y fechas (abuela habitaría esa lista). Y el arúspice de entrecasa fue detenido no por traficar con la magia de un pasado añorado, no por aportarle algo de sal a un tiempo desabrido; sino por cometer un delito mucho más terrenal: el de burlarle el monopolio de las apuestas “oficiales” al poder de turno.


Sobre el autor

Maximiliano Sacristán nació en Buenos Aires en 1974. Publicó la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, Literaturas.com Libros, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento breve organizado por la Asociación cultural “El Coloquio de los perros” de Montilla, España.

En 2017 recibió el primer premio del Quinto Certamen de relato corto “Tabarca Cultural” de Murcia y el segundo premio de cuento del Tercer concurso organizado por la Asociación cultural Letras Cascabeleras (Cáceres, España) por el volumen “Tripalium”.

En 2018 ganó el primer premio del concurso de poesía “Mujer y madre” organizado por la Asociación de Escritores de Asturias (España).

En 2020 obtuvo el Primer premio de cuento de la XVIII edición del Certamen de Poesía y Cuento de humor Jara Carrillo (Murcia, España). Asimismo, se alzó con el Primer premio de relatos “Escribir en tiempos de pandemia” organizado por la Universidad de Avellaneda (Argentina).


Imagen: Dice-players and a bird-seller gathered around a stone slab – Master of the Gamblers

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