Nuestro Señor Jhain

Relato

En enero de 1581 llegó a la Ciudad de los Reyes el capitán Diego de Peralta, vecino de Oropesa e hijodalgo de primera clase. Ávido de fortuna y fama. Muy decidido a servir a la Corona y acrecentar la gloria familiar. Portador de la promesa que le hiciera a la Señora de la Asunción, de regresar con el caudal necesario para erigir una capilla en la casa señorial, donde poder venerar su divina imagen.

Gracias a sus vínculos con el saliente Virrey del Perú, y atendiendo a la necesidad de tener presencia en las tierras de frontera, amenazadas por los nativos y por los portugueses, se agenció de una autorización para una entrada y posterior asentamiento más allá del territorio de los antis, también llamados chunchos; que por cierto era empresa muy temida entre naturales y peninsulares.

Acompañado de veintiocho castellanos, diez de ellos a caballo (entre los que se contaban un escribano, y un clérigo), cinco mulas, dos negros angoleños, un armero griego, un herrero vasco y cuarenta indígenas (que incluían a dos “lenguas”), el 08 de abril de 1582, partieron con rumbo a los dominios de la extinta Gobernación de Nueva Toledo, de Almagro El Viejo, para seguir más adelante el camino Inca, bordeando el gran lago, pacarina de los Uros, y de los Collas y Lupacas, que también llaman Aymaras. Empresa que los llevaría hasta el inicio de la tierra de los Moxos.

El camino inicial tomaba una ruta ya recorrida largamente por indígenas y arrieros peninsulares, que los acercó, luego de varias semanas de travesía, hasta la recién fundada Villa de Oropesa, donde se asentaron por tres jornadas, para cumplir el día de ayuno y oración que le prometiera a su mentor el Virrey Francisco Álvarez de Toledo en el altar de la modesta iglesia que se venía edificando en el poblado, dedicada a la Virgen. Allí también se aprovechó para que la tropa cristiana pasase el control del médico Rodrigo Gómez Renedo, sobrino del afamado protomédico Francisco Sánchez Renedo, quien ejerciera el cargo de presidente del Tribunal del Protomedicato. Don Rodrigo, joven de rancia nobleza vino a estas tierras movido por una gran vocación, que lo llevó a especializarse en el oficio de médico de minas. Sus prescripciones contentaron a los expedicionarios, aunque no tanto como las bendiciones del cura doctrinero Alonso de Trinidad, hombre santo y juicioso.    

Ese fue el punto de partida de la que sería una de las entradas más lejanas realizadas hasta la fecha, por la cual los hombres que acompañaban al capitán Diego de Peralta, esperaban obtener fama, fortuna y reconocimiento, con los cuales regresar a la península, como antes lo habían hecho sus mayores.

El viaje desde aquella población fue penoso, más por las enfermedades que las emanaciones de la tierra provocaban y por lo accidentado del territorio, que por el ataque de los nativos, quienes se limitaron a seguir a prudente distancia y ocultos entre la enmarañada vegetación al grupo de invasores que portaban armas de cuyo daño ya conocían, lo cual no fue obstáculo para que al caer la noche eliminaran con dardos venenosos a dos indígenas que debieron resguardar el campamento pero a los que venció el sueño, del que ya no salieron más.

Luego de seis semanas, en las que se produjo la muerte de tres peninsulares y nueve indígenas, que se enterraron en el camino con gran pesar, llegaron a un gran río que cruzaron con alguna dificultad, pues si bien estaban en época de vaciante, el cauce llevaba mucha agua que ahogó a dos indígenas, hermanos ambos, que no supieron mantenerse a flote, yéndose con ellos los últimos varones de su ayllu. Al cabo de tres semanas de cruzar el río y seguir con rumbo sur oriente, el capitán Diego de Peralta, sin mayor dificultad ni resistencia, hizo su entrada en una población nativa bastante poblada y muy bien construida con barro y piedra pulida pintada de blanco, lo que resultaba extraño en una región así.

Esta era una etnia bien organizada, de gente pacífica, aunque un tanto desconfiada, que tenía algo parecido a una religión monoteísta, que el escribano percibió como similar a la cristiana, pero calló, porque decir aquello hubiese significado una blasfemia que probablemente le hubiese costado el puesto, una multa y varios azotes al llegar a Cuzco. Se trataba de una religión cuyo conocimiento empezó a generar confusión en la soldadesca hispana, que prefirió guardarse sus comentarios, pero no su asombro ante las semejanzas.

Sus gentes eran monógamas y muy temerosas de su Dios. Tenían un templo con techo a dos aguas y una torre en el centro, coronada con un largo palo de madera roja muy pulida, y por los alrededores de la edificación se veía pasear a un grupo de individuos que parecían sacerdotes, emitiendo sonidos guturales, mientras caminaban; todos ellos cubiertos por una tela gris de algodón silvestre, fijada con cuerdas que daban varias vueltas alrededor de su cuerpo, las mismas que además usaban para autoflagelarse, de cuando en cuando en la plaza central del pueblo. Estos gordos personajes andaban descalzos y sus cabezas siempre las tenían cubierta con un velo.

Tales costumbres hacían recordar a los franciscanos, pero buscando no hallaron ni uno solo, ni vestigios de su presencia y se asombraron mucho más al saber que habían logrado toda esa riqueza espiritual que denotaba una bondad salvaje, sin escritura, sin tiranía o buen gobierno, y sin presencia alguna de guerreros o armas poderosas.

Pero pasada la sorpresa y superada la curiosidad, los castellanos recordaron que el objetivo de su empresa era el de conquistar, fundar y obtener riquezas de estas tierras; someter a los naturales a la corona y evangelizarlos, con miras a pedir una encomienda, si ameritaba el caso. Sin embargo se encontraron con que la captura del pueblo había resultado demasiado fácil y con que la empresa de evangelización podía resultar tarea sencilla ya de realizar.

Y así fue que, a pesar de no haber entendimiento de palabras, no hubo mayores reparos para aceptar la presencia extranjera en el poblado nativo y menos aún para aceptar lo que ellos veían como una variante de su cosmovisión mágico-religiosa. Pero no pasó mucho tiempo para que empezaran los problemas. Primero fue resistirse a ser bautizados y perder su nombre por otro cristiano; luego fue el cambio de nombres a sus símbolos sagrados; el rechazo que obtuvo que se les pretendiera imponer una autoridad ajena a la suya.

Esa resistencia fue el pretexto para empezar la matanza, con eliminación de todo símbolo pagano. En el informe que presentaron el capitán y el padre dominico decía entre otras cosas que “… habían hallado entre la población indígena de la región, que los naturales aymaras denominaban chiriguanos, mucha resistencia a someterse a la autoridad real y asimismo, la práctica de un culto pagano que ofendía grandemente a Dios y a la Santa Iglesia Católica, porque resultaba una vulgar parodia de la religión verdadera y de sus sagrados símbolos, siendo imposible la evangelización en gentes tan primitivas, similares a bestias salvajes…”.   

Y ello porque resultaba que entre la parafernalia ritual de esta etnia había objetos y conceptos que se asemejaban mucho a los cristianos, pero que por ello mismo fueron considerados insultantes “…entre las cosas abominables que hallamos, entre estos indios llamados Jhaivas, es que usaban de dos palos de un rojo natural, que en sus ceremonias juntaban, asemejando a cruces sin imagen alguna. Su dios que tiene el nombre de Einyee, (que significaba el que es) no tiene forma y nadie lo ha visto, no tienen escritura ni leyes escritas, pero tienen unos troncos embutidos en la tierra, con símbolos paganos en relieve que sus jefes tocan y producto de ello convulsionan y emiten sonidos, como poseídos por demonios. Tienen además imágenes en las paredes de su templo pagano, de hombres a quienes consideran santos, pero que se muestran horrendamente desnudos, pintados todos de rojo y con rostros fieros, que asemejan imágenes demoniacas…”.

Haciendo uso de estos argumentos, los castellanos se deshicieron de la mayoría de hombres de esta etnia y se hicieron de estas tierras, de sus animales y de sus canteras de sal colorada; esclavizando a los sobrevivientes, bajo la posterior licencia de la encomienda evangelizadora, que obligaba a la extirpación de idolatrías y sometimiento de los naturales a la única y verdadera fe. Y así lo contaron, para quien quisiera escucharlo, en Cuzco, en Lima o en la Metrópoli… pero no contaron toda la verdad.

Que, cuando llegaron los veinticinco castellanos, aquella tarde fresca de julio a ese poblado llamado Behanya, en el corazón de la región de los Chiriguanos, en la frontera entre Paraguay y Bolivia, encontraron un pueblo pacífico que tenía una organización social compleja y similares creencias religiosas que los cristianos, que además estaba muy dispuesto a someterse a cambio que se respetasen sus creencias. Pero para los invasores no cabía posibilidad de acuerdo con estos salvajes, que se hacían llamar jhaivas, y a quienes los nativos aimaras llamaban chanes. Ellos estaban ocupando el espacio que consideraban suyo por justo merecimiento, y debían someterse sin condición.

Los avenidos no contaron además que Jhain les había enseñado a los jhaivas que el hombre no debe humillarse ante el hombre y debe luchar por lo que es justo, sobre todo cuando ya se ha ofrecido amor y éste no es correspondido o es defraudado. Y que este Jhain, a quien llamaban el hijo de Dios, estaba vivo al momento de su llegada, pues había salido a visitar a los otros pueblos jhaivas de la región, envuelto en su túnica blanca, descalzo, sin armas y seguido de un pequeño grupo de sacerdotes.       

No contaron finalmente que Jhain fue condenado a morir, luego de un juicio sumarísimo, en el que un castellano iletrado fungió de abogado defensor y el padre dominico de fiscal acusador, sin que el condenado entendiera palabra alguna ni pudiera defenderse de las acusaciones de conspiración, blasfemia y herejía. Contrariando las recomendaciones de la Audiencia del Cusco y las cédulas sobre entradas a este reino, que diera el virrey Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera.

Aquella vez la masa indígena, percibiendo la injusticia, se sublevó y alzó sus armas contra los peninsulares, introduciéndose al monte como manera de protección. Pero la decisión del capitán Diego de Peralta, por recomendación de uno de los lenguas, de cambiar la hoguera por la crucifixión a Jhain, contra la negativa del padre dominico y de muchos castellanos, calmó al gentío, que consideraba esta forma de muerte como un digno paso a la eternidad y una señal de respeto, que incluso el mismo Jhain tomó con incomprensible aceptación y gozo. Que era ésta una etnia muy dada a manifestar sus estados de ánimo.

Después de este hecho, del que los conjurados peninsulares decidieron no contar jamás, la masa sublevada volvió al pueblo con la promesa que no habría represalias contra ellos, y empezó a recibir con menor resistencia la nueva religión y el nuevo gobierno, que creció en importancia y poder, mientras iba disminuyendo la población, producto de las enfermedades y el desarraigo a que se les sometió luego de la creación de los obrajes y reducciones.  

Hasta inicios del siglo XIX se pudo apreciar aún, en el que fuera el poblado de Behanya, los restos de una iglesia construida sobre los cimientos del templo indígena, y a unos cuantos descendientes de nativos, que usaban algo similar a una sotana. Y podía escucharse aún que estos descendientes de los chanes, de vez en cuando confundían la palabra Jesús por la palabra Jhain. Y como ocurrió con muchos pueblos invadidos por españoles, cuando acudían al templo cristiano, en realidad le estaban rezando a sus ídolos, escondidos tras los santos y altares del culto oficial. A pesar de la intensa extirpación de idolatrías que el padre doctrinario Juan Gil de Palencia efectuara a mediados del siglo XVII.

Incluso los cuadros pintados por mestizos, en los que se ve a Cristo crucificado en los templos de la región se dice que tienen la cara de Jhain, y las leyendas nativas narran que el hijo de Dios resucito al tercer día y se fue hacia el levante, por donde habían venido los sacerdotes de Jhain muchos años atrás, cruzando el gran lago furioso, en un trono de madera y grandes lienzos de algodón, donde estaba pintado el futuro de la humanidad…

 


Sobre el autor

Carlos Rojas Sifuentes: Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Derecho en la Universidad de Lima, y una maestría en la Universidad Tecnológica del Perú. Trabaja en investigación y docencia universitaria, pero su principal oficio es escribir.

La Universidad de Lima imprimió sus primeros cuentos y poemas. Ha publicado un libro de cuentos: “Crónica de Híbridos”, en 1992, y un libro de historia del derecho: “La introducción del Derecho Occidental en el territorio andino central”, en 2003.

En el año 2018, el grupo literario español Poémame y la institución BARCELONACTUA, publicaron el poemario “Versos de Acogida” en favor de los refugiados, con un poema de su autoría. El año 2019 esa misma institución publicó uno de sus relatos en el libro “Estat Civil? Voluntari@”. Ese mismo año 2019, Cuenta Artes: Revista de Arte y Literatura, publicó un cuento del cual es autor.

Revisión feminista del mito en Lavinia de Ursula K. Le Guin

Artículos, Reseña

Lavinia es un personaje muy pequeño dentro del universo de la mitología clásica. Su importancia en la Eneida es solo circunstancial como objeto de intercambio entre caudillos. Esto es paradójico ya que, desde un punto de vista narrativo, simboliza el destino que Eneas debe alcanzar y, en ese sentido, es la mujer más importante del poema. Frente a la potencia de otras figuras femeninas, especialmente Dido, ella es una silueta sin voz. En ningún momento del poema pronuncia una sola palabra. Habrá que esperar a Ursula K. Le Guin para poder disfrutar de un desarrollo completo del personaje.

En la tradición literaria Lavinia nunca recibe un tratamiento individualizado. Siempre se la recrea como un elemento secundario en el contexto de las guerras del Lacio, acompañada de la constelación de personajes que protagonizan estos hechos.

Ursula K. Le Guin no solo fue una prolífica escritora, sino una de más influyentes de las últimas décadas en los géneros de fantasía y ciencia ficción. Ideológicamente, es una autora comprometida con el anarquismo y el feminismo, rasgos que encontraremos en casi toda su producción. Sus narraciones ofrecen además un enfoque fundamentalmente antropológico.

Lavinia fue publicada en 2008 y galardonada con el Locus en 2009, mismo año en que apareció en castellano en la editorial Minotauro. Toma como protagonista a Lavinia, quien narra en primera persona toda su vida desde la situación previa a la llegada de Eneas hasta su desaparición final, desarrollando desde una perspectiva femenina la llegada de los troyanos a una Italia de paisajes bucólicos. Como fuente principal utiliza la Eneida, seleccionando, suprimiendo y amplificando algunos elementos, pero recurre a otras fuentes para completar algunos detalles del argumento, entre las que cabe destacar Dionisio de Halicarnaso, o Tito Livio y Cristina de Pizán, de quienes toma la capacidad política de la princesa.

Ya Ovidio había reconstruido el relato virgiliano desde el punto de vista de un personaje femenino en sus Heroidas sometiendo la materia épica a las convenciones de la elegía amorosa. En Ovidio vemos, gracias a la traslación de la voz narrativa a Dido, sustituido lo político por lo emocional. Se trata de una voz femenina alejada de la masculinidad épica de la Eneida, lo que supone un cambio radical con respecto a su fuente. Esta misma traslación la encontramos en la novela de Le Guin.

La exploración de un relato mítico desde el punto de vista femenino, con una defensa de la paz y un interés por lo emocional, ubica esta novela en una tradición que arranca en los trágicos griegos, sobre todo Eurípides, y que ha vivido una reactivación en el siglo XX, especialmente desde posicionamientos feministas, como es el caso de la Casandra de Christa Wolf, publicada en Alemania en 1983, o Penélope y las doce criadas de la canadiense Margaret Atwood, de 2005. En estas obras vemos adaptada la materia épica a los nuevos moldes de la novela posmoderna desde la cosmovisión ideológica del feminismo. Es el denominado revisionist mythmaking que encontramos definido en Mujeres, espacio y poder de Mercedes Arriaga Flores:

También la crítica norteamericana Alicia Ostriker propone una tesis parecida cuando utiliza el concepto de “revisionist mythmaking” (creación revisionista de mitos) como una estrategia feminista que permite redefinir a las mujeres y su cultura (Ostriker 1986:316). En “The Thieves of Language: Women Poets and Revisionist Mythmaking”, Ostriker recurre a la imagen de que las escritoras deben “robar” el lenguaje, tradicionalmente masculino y, por tanto, inapropiado para narrar experiencias femeninas, y se centra en la aportación de diversas poetas contemporáneas que en su obra transforman el significado de mitos y símbolos patriarcales hasta dotarlos de valores más positivos para la mujer. La labor de estas autoras consiste, por tanto, en reconstruir unos mitos iniciales para construir sobre ellos otros nuevos en los que la mujer se sienta incluida“.

¿En qué sentido podemos decir que Lavinia se integra en el revisionist mythmaking?

Para empezar, Lavinia tiene la voz de la que carece en la Eneida para poder expresar desde su propia perspectiva femenina los acontecimientos marcadamente masculinos del poema.

La feminidad en la novela es un rasgo respetable. El pudor y la prudencia de la princesa son más aceptables que el valor guerrero de Camila –como el propio Virgilio afirma, Lavinia vale por diez Camilas. No se persigue, por tanto, una asunción por parte de las mujeres de valores y rasgos característicamente masculinos, relacionados con la violencia y la falta de comunicación pacífica. La feminidad de Lavinia no le resta carácter o iniciativa. Ursula K. Le Guin toma los rasgos de personalidad del personaje presentes en la Eneida y les otorga un valor positivo.

Las actitudes sexistas son censuradas y tienen consecuencias fatales para quienes las presentan. Frente a los valores positivos de Eneas, la misoginia de Ascanio lo convierte en un personaje negativo. Amata, que es una mujer activa y que se rebela a las decisiones de su esposo, es, sin embargo, un personaje también sexista ya que considera a las mujeres objetos que utiliza en su beneficio:

“Si para algo sirve una chica, es para casarla bien”.

Este rasgo es muy llamativo, ya que en una lectura superficial parecería que el empoderamiento de Amata, frente a la actitud más dócil de Lavinia, haría de la reina una representante de posturas feministas. Sin embargo, como hemos dicho, el feminismo de Le Guin es pacifista y conciliador. La actitud de Amata no está provocada por el feminismo, sino por la enfermedad mental y resulta autodestructiva. Las posturas de estas dos mujeres, madre e hija, son irreconciliables y es una de las principales diferencias con respecto a la versión virgiliana.

El Virgilio recreado por Le Guin reconoce sus errores está abierto al cambio gracias a sus conversaciones con Lavinia, como también lo hacen Latino y Eneas. Son personajes flexibles, abiertos a la escucha y alejados de la rigidez de planteamientos de un Turno o de una Amata.

Lavinia pone en cuestión los valores patriarcales que la rodean. En sus conversaciones con Virgilio no comprende, por ejemplo, que pueda producirse una guerra por una infidelidad, cuando la solución más sencilla para Menelao habría sido divorciarse. Logra alcanzar una situación igualitaria con Eneas, a quien ofrece su apoyo y consejo, como lo hará también con Ascanio, a pesar de todo, y de Silvio. Se nos presenta como una soberana capaz. Todo esto no supone infravalorar a los personajes masculinos. No encontramos revanchismo ni furia, ni siquiera contra Ascanio. El amor entre Lavinia y Eneas, un héroe tradicionalmente patriarcal, representa esta actitud conciliadora cuyo fin es alcanzar la paz y el equilibrio. Eneas es capaz de abandonar la misoginia griega, encarnada aquí en Ascanio, y adoptar las costumbres etruscas, mucho más integradoras, que se ejemplifica en la presencia de las mujeres en los banquetes. Esta es una forma muy sutil de plantear la construcción de los roles de géneros como un hecho cultural y, por tanto, arbitrario.

Tenemos oportunidad de profundizar sobre esta cuestión cuando Ascanio y Eneas hablan sobre sus diferentes concepciones de lo que significa la masculinidad:

“Lo más cerca que estuvo de discutir la situación de su hijo fue con motivo de una especie de conversación dilatada en el tiempo que mantuvieron sobre el tema de la virtud. La virtud masculina, claro, en el sentido original de la palabra: la masculinidad. Ascanio dijo en una ocasión, con toda su juvenil pomposidad, que la única prueba de auténtica virtud era el campo de batalla. La auténtica virtud era la habilidad en el combate, el valor de luchar, la voluntad de vencer, la victoria.

– ¿La victoria? – preguntó Eneas.

– ¿Qué sentido tiene la habilidad y el valor si estás muerto?

– ¿Acaso Héctor no era virtuoso?

Pues claro que sí. Ganó todas sus batallas, salvo la última.

– Como todos- señaló Eneas.

Esto era un poco excesivo para Ascanio, quizá, y el tema quedó en el aire. Pero Eneas volvió a sacarlo una noche durante la cena.

– Así que un hombre sólo puede demostrar su masculinidad en la guerra…- dijo con tono meditabundo-

– Cierta clase de masculinidad, al menos- sugirió Acates. Supongo que la sabiduría es una virtud tan grande como la destreza en la batalla, ¿no?

– Pero quizá no limitada a los hombres- dije”.

Una vez más Lavinia abandona su mutismo para realizar una corrección a un discurso masculino y erróneo, en este caso de Ascanio.

El feminismo de Ursula K. Le Guin se integra dentro del llamado feminismo de la diferencia, una de las ramas de la llamada segunda ola feminista, que se desarrolló entre los 60 y los 90, y que se caracterizó por una revisión y reivindicación de los valores femeninos, determinados por las peculiaridades del cuerpo de la mujer que, a su vez, influyen en su forma de ver el mundo. Pero también está profundamente marcado por la filosofía taoísta. En el siguiente pasaje vemos la capacidad adaptativa y transformativa de la mujer como un elemento positivo frente a la rigidez masculina.

Los que acusan a las mujeres de carecer de fe y ser mudables, aunque lo dicen celosos de su propio honor sexual, siempre amenazado, tienen parte de razón. Nosotras podemos mudar nuestra vida, nuestro ser. Al margen de nuestra voluntad, cambiamos. Del mismo modo que la luna cambia pero sigue siendo una, nosotras somos vírgenes, esposas, madres y abuelas. A pesar de su espíritu inquieto, los hombres son lo que son: una vez que se ponen la toga viril, no vuelven a cambiar. Así que convierten esa rigidez en virtud y se resisten a todo aquello que podría ablandarla y hacerlos libres“.

Muchos otros son los rasgos que hacen de Lavinia una novela extraordinaria, como la polifonía, la integración de lo metaliterario, la reconstrucción documentada de las costumbres de los pueblos prerromanos, la filosofía taoísta que impregna toda la novela, y hacen de ella un excelente ejemplo del vigor y capacidad para ofrecer nuevas lecturas que aún conserva la materia mítica clásica.

 


Sobre la autora

María Zapata Clavería: Licenciada en Filología Clásica y en Teoría de la Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. Máster en Tradición Clásica por la UNED.

Profesora de Latín y Lengua Castellana en centros públicos de la Comunidad de Madrid.

Ganadora del Premio Bilbo de Microrrelato 2018 otorgado por la Sociedad Tolkien Española y del Premio Micorrelatos Científicos 2020 otorgado por la Fundación Aquae. Finalista en el certamen de relato Anexos del Decamerón: aislarse para narrar.

Ha colaborado en diversas revistas y espacios literarios como Papenfuss, Publishway o 142 Revista Cultural y en Microversos en Red de Verso&Cuento de la editorial Penguin Random House.

Sentimientos de ausente: pervivencia de la tradición en Sor Juana Inés de la Cruz

Artículos

La poesía de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) puede ser considerada como uno de los mejores ejemplos de la lírica en lengua castellana, comparable por su belleza y poder de sugerencia a los versos de San Juan de la Cruz. Al igual que sucede con el poeta abulense, la obra de Sor Juana Inés parte de fuentes bíblicas y procedentes de la tradición culta y popular para crear una obra de gran originalidad y fuerza expresiva.

En este artículo analizaremos el poema titulado “Sentimientos de ausente”, cuyo tema es el anhelo de la voz poética femenina de unirse con el Amado. En el poema se refleja la concepción de la poesía mística de la fusión del alma (encarnada en la voz femenina) con Dios (representado metafóricamente en el Amado).

Uno de los temas de los místicos es la teofonía o inmersión del alma en la naturaleza, representación de la palabra divina. En este sentido, en la primera parte del poema se recogen los elementos del “locus amoenus” horaciano como manifestaciones del Amado y su excelencias, expresadas mediante epítetos: “frescuras venturosas” del campo, el “arroyo parlero”, el “verde ramo”, la “flor delicada” o el “claro cielo”.

Por el contrario, en otros pasajes del poema los elementos paisajísticos seleccionados corresponden a la visión del “locus eremus”, con sus fieras y elementos negativos, asociados al dolor por la ausencia del amado: “un arroyo helado”… “sediento al cristal / se precipita”; “la liebre encogida /
huye medrosa de los galgos fieros”. Por lo tanto el mundo natural se identifica con la voz poética y su situación anímica,

La unión mística se realiza mediante un amor nupcial a lo divino, idea procedente del Cantar de los cantares bíblico, de cuyos pasajes están tomados varios versos del poema de Sor Juana Inés de la Cruz: la invocación al Amado, la voz de la mujer en busca del mismo, el ciervo herido, el deseo hiperbólico de ver al ausente o la sensación de plasticidad de ambos textos.

El tema de la ausencia es otro de los elementos temáticos básicos de la composición, motivo que aparece también en otros textos de la autora. La voz femenina, que dirige sus palabras a Fabio, “se comunica con el amante ausente a través de las cosas inanimadas que halla en el campo y habla con él en la distancia” (Sabat de Rivers, 2005, p. 3).

El motivo de la mujer que lamenta la ausencia del amado tiene también la influencia de la lírica primitiva (jarchas y lírica galaico-portuguesa), en donde aparece también a menudo el ciervo herido.

La paradoja como recurso retórico es uno de los elementos estructurales del poema, que opone el llanto por la ausencia del Amado al gozo de su futura venida (“que tanto ha de penar quien goza tanto”, “aunque me cueste su verdor enojos”).

El marco espacio-temporal responde al cronotopo mítico, es una marco atemporal y ahistórico, puesto que no existe una progresión temporal, sino una circularidad en el anhelo de la presencia del Amado (¿”Cuándo tu luz hermosa… / Cuándo de tu apacible rostro….”?). Estas cuatro estrofas de estructura paralelística y anafórica reflejan un tiempo mítico y sin concreción.

Por lo que se refiere a la influencia de la tradición culta, el tema del ciervo herido que aparece en el poema (“Si ves el ciervo herido / que baja por el monte, acelerado…”) tiene su origen en La Eneida (IV, 69, 78), y alude al hombre que escapa de las pasiones y todavía no ha conseguido la sabiduría. Otros antecedentes son los Proverbios bíblicos (V, 19), el Cantar de los cantares (II, 7, 9, 17)  o la novela de Chrétien de Troyes Erec et Enid. En la poesía tradicional representa al hombre y suele asociarse al erotismo. En el poema de Sor Juana Inés se relaciona con el dolor provocado por la ausencia del ser amado (“en el dolor me imita”).

Elemento procedente del citado Cantar de los cantares es la tórtola, que en el versículo 12 del capítulo 2 hace referencia al arrullo de la tórtola. Bataillon (1964), rastrea sus orígenes y significado en diversos textos medievales, concretamente el Líber de planeta Naturae de Alain de Lille y en el Physiologus de origen griego, entre otras referencias. En el poema de la autora la tórtola aparece cantando en el árbol y lamentándose de la ausencia del Amado.

Otro elemento central y vertebrador del poema es el llanto y gemido de la voz poética ante la ausencia del Amado, que tiene antecedentes en la expresión virgiliana del último verso de La Eneida (cum gemitu fugit), en el Planto de Dido a Eneas, en Petrarca o en la tradición popular. El tratamiento de Sor Juana Inés de la Cruz de este tema destaca por su originalidad, pues en el poema el llanto “realiza una exteriorización de las imágenes mediante una corporeidad que permite la unión de éstas y la comunicación del sentimiento” (González Roldán, 2004, p. 214). Las lágrimas contactan con el cuerpo, se abrazan, y su veracidad se percibe no solo con los ojos, sino también con la piel (“¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto, / y de los míos quitarás el llanto?”).

En definitiva, este poema refleja el talento literario y la sensibilidad de Sor Juana Inés de la Cruz, puesto que parte de diferentes orígenes y tradiciones para crear un texto personal, ejemplo del amor a la poesía de Sor Juana Inés, que en palabras de Octavio Paz, es un “amor inteligente, servido por una erudición segura y un gusto casi siempre certero” (Paz, 1982, p. 365).

Referencias bibliográficas

Bataillon, M. (1964). La tortolica de Fontefrida y del Cántico Espiritual. Varia lección de clásicos españoles, Madrid: Gredos (144-166)

González Roldán, A. (2004). Las lágrimas en la lírica de Sor Juana Inés de la Cruz.  Actas XV Congreso AIH (Vol II) (205-214)

Paz, O. (1982). Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Mexico:  Fondo de Cultura Económica.

Sabat de Rivers, G. (2005). Veintiún sonetos de Sor Juana y su casuística del amor. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2005. Recuperado el 17/VI/2020  de:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/veintin-sonetos-de-sor-juana-y-su-casustica-del-amor-0/html/30ed4dee-44ae-438c-8caa-9327ca1791ee_10.html

http://www.cervantesvirtual.com/portales/sor_juana_ines_de_la_cruz/

 


Sobre la autora

Ana María Alonso Fernández: Profesora de enseñanza secundaria en la especialidad de Lengua castellana y literatura. Actualmente trabaja en el IES Pérez de Ayala (Oviedo, España). Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo (Literatura y cine). Master en Español como Lengua extranjera por la Universidad Antonio de Nebrija (Madrid) y en Tecnologías para la Educación y el Conocimiento (UNED). Ha publicado libros y artículos relacionados con la Literatura, el Español como Lengua Extranjera y la Pedagogía, ha impartido ponencias en instituciones variadas: AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), Consejería de Educación, Fundación Comillas, Universidad de la Coruña. Ha trabajado como profesora en la sección internacional española de Brest (Francia) y en la de Amsterdam (Het Amsterdams Lyceum). Participa activamente en Seminarios, Congresos y revistas del ámbito literario y educativo. Su último artículo publicado: https://www.artyhum.com/revista/73/ArtyHum%2073%20%20.html#p=116

Camino a la nada

Ficción, Relato

La lluvia, los años, el frío, “algo” me conduce a enfrentarme con mi espejo interior. ¿Espejo? ¿Conciencia? ¿Mente?  Si se te ocurre otra denominación, úsala por mí; pues no me voy a detener en ese detalle. Mi conflicto es: ¿Quién soy?

No soy lo que soy; no soy lo que parezco ser y tampoco lo que creen que soy. Un torbellino de pálidos azares me fue moldeando a su antojo desde el mismo momento que fui engendrada.

De circunstancias, dirás tú.

No, de azares. De esas casualidades externas que penetran en la esencia del ser produciendo distintos efectos para distorsionarlo, aún, cuando no eres consciente de que existes. Naces con la reencarnación de los deseos paternos, con sus frustraciones, con sus sueños incumplidos, con sus temores, con su concepto de  vida y con el proyecto que pergeñaron para ti.

Allí, van embutidas las conductas sociales, los prejuicios, las normas que debes incorporar para autoproclamarte  “un ser civilizado”.

Allí, plasmaron en tu ADN, la historia ancestral que no pediste, de generaciones y generaciones.

Y yo, ¿dónde estoy?

¿Dónde está mi esencia pura?

Si me barnizaron con el poder, la ambición, los ritos, las costumbres desde mi inicio. Por eso, no soy lo que soy; ni lo que quiero ser; tampoco lo que los otros creen que soy.

Veo una imagen que se refleja distorsionada en mi espejo. No me reconozco. Me busco, pero mi vista se pierde en el espacio y no me encuentro. Me esfuerzo por descubrirme y todo se desvanece.

No soy. Soy la nada.

En mi intento de rescatarme de la nada, comienzo a caminar por ese túnel oscuro y compacto de mi interior. Estoy deambulando a ciegas; palpo sus paredes; son rígidas y frías; sigo avanzando con mucha dificultad y a lo lejos diviso un tenue reflejo que me alienta a continuar. Apuro mi andar, el muro se ha convertido en un grueso tabique de vidrio; me acerco y miro a través del cristal. Están mis padres, son jóvenes, ríen, se abrazan. Mamá posa sus manos sobre su vientre. Hablan, pero no los puedo oír; les hago señas; golpeo el vidrio. No me ven.

Me siento mal, confundida; debo salir de esta prisión siniestra; titubeo; lloro, y mientras atravieso mi dolor, camino y entre lágrimas diviso otra ventana. No sé si es una ventana o  una pésima jugada a la que me somete mi llanto. Me asomo; hay una niña muy pequeña; está en su cuna blanca; miro la habitación y la reconozco. ¡Es el dormitorio de mis padres! ¿Y quién es la pequeña? Acaso, ¿soy yo? La observo, río, imito el movimiento de sus manitos y de nuevo la oscuridad. La espesa oscuridad.

Estoy agotada; mis piernas se niegan a avanzar;  me acurruco como puedo en el piso; la pesadez de mis párpados me obliga a cerrar los ojos. La oscuridad es la misma, hasta que me descubro parada contra una columna, mirando jugar a mis compañeros del jardín infantes; luego,  me veo en primer grado y con él, percibo el dolor familiar por la muerte del abuelo, las lágrimas desparramadas por doquier, la carroza fúnebre.

Todo transcurre como en una película en cámara lenta; se asoma mi adolescencia  y me estremezco ante el primer beso intenso que captura  mis labios; todo mi cuerpo arde y con ese frenesí, gozo. Más allá, está la graduación de maestra, los niños, las prácticas, los miedos, las fatigas. Detrás, mi carrera de profesora, las palabras, las frases, los libros que descubro y me descubren.

Las imágenes adquieren una velocidad  impetuosa, y con vertiginosa rapidez pasa el amor, mi casamiento, el nacimiento de mis hijas; quiero detener esos instantes, pero no puedo; se suceden sin descanso; no me dejan disfrutar los momentos vividos; apenas las veo crecer y de pronto, surge un sentimiento tierno, rejuvenecedor, desconocido y placentero; son mis nietos; quiero abrazarlos pero ellos me saludan, ríen y se van. Ellos, también desaparecen.

Me incorporo; no sé si soy yo o mi espectro; avanzo a tientas No sé cuánto tiempo llevo caminando porque lo hago alentada por el presentimiento de arribar al final del túnel.

Mis fuerzas se van diluyendo con el andar y con el fragor de los sentimientos revividos hasta desfallecer. Desconozco cuánto tiempo estuve inconsciente, pero al abrir los ojos, una luz resplandeciente, serena me impulsa a seguirla; me siento su esclava.

Camino y camino. Comienzo a sentirme en paz; siento haber encontrado el camino para salir de la oscuridad. El túnel desaparece y ante mí, aparece una lápida. Leo el nombre.

Es mi nombre.

 


Sobre la autora

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata. Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.