El filósofo Atenodoro y el espectro de Atenas. Un relato de Plinio el Joven.

Βίβλος

Plinio dirige una carta a Licinio Sura con el objetivo de conocer su opinión sobre la existencia de los fantasmas. Además, aprovecha para contarle algunas historias que justifican su creencia en lo sobrenatural y en los tan temidos espectros o lemuria. El siguiente relato forma parte de este corpus tan peculiar.

Había en Atenas una casa grande y espaciosa, pero de mala fama y peligrosa para vivir en ella. En medio del silencio de la noche se oía el sonido del hierro y, si escuchabas mas atentamente, el ruido de cadenas, primero lejos, luego más cerca; después aparecía un espectro, un anciano extenuado por la delgadez y la suciedad, con una larga barba y cabellos hirsutos, que llevaba grilletes en las piernas y cadenas en las manos, que movía al caminar. Por ello los ocupantes pasaban en vela a causa del miedo unas noches terribles y siniestras; la falta de sueño conducía a la enfermedad y, al crecer el miedo, a la muerte, pues, incluso durante el día, aunque el espectro se había marchado, su imagen permanecía clavada en sus pupilas y el temor permanecía mas tiempo que las causas de ese temor. Por ello la casa quedó desierta, condenada a la soledad y abandonada por entero al espectro; sin embargo fue puesta en venta, por si alguien que no tuviese conocimiento de tal maldición quisiese comprarla o alquilarla. Llegó a Atenas el filósofo Atenodoro, leyó el anuncio y, cuando escuchó el precio, como la baja cantidad le parecía sospechosa, pregunta y se entera de toda la verdad, pero a pesar de ello, mejor diría, precisamente por ello, alquila la casa. Cuando empezó a oscurecer, ordena que le sea preparado un lecho en la parte delantera de la casa, pide unas tablillas, un estilete y una lámpara, y envía a sus sirvientes al fondo de la casa; él mismo se concentra por completo —mente, ojos y manos, en escribir —, para que su mente, al no estar desocupada, no oyese falsos ruidos, ni se inventase vanos temores. Al principio, como siempre, el silencio de la noche; después, los golpes sobre hierro y el arrastrar de cadenas. Él ni levantaba los ojos, ni dejaba de escribir, sino que se concentraba aún mas en el trabajo y en mantener sus oídos sordos. Entonces, el estruendo continuaba creciendo, se aproximaba y se oía como si ya estuviese en el umbral, como si ya estuviese dentro de la habitación. Levanta la vista, mira y reconoce el espectro que le habían descrito. Allí estaba de pie y hacía señas con un dedo como si le llamase. Atenodoro, por su parte, le hace señas con la mano de que espere un poco y de nuevo se inclina sobre las tablillas y el estilete; el espectro mientras tanto hacia resonar sus cadenas por encima de la cabeza mientras escribía. De nuevo levantó la vista y vio que el espectro hacia el mismo signo que antes; no se detiene más tiempo, coge la lampara y le sigue. Caminaba con paso lento, como si le pesasen las cadenas. Después que salió al patio de la casa, desvaneciéndose repentinamente abandonó a su acompañante. Una vez solo, este arranca unas hierbas y hojas y las coloca en el lugar como una señal. Al día siguiente se dirige a los magistrados y les pide que ordenen realizar una excavación en aquel lugar. Se encontraron unos huesos, incrustados y mezclados con las cadenas, que el cuerpo putrefacto por la acción del tiempo y la humedad de la tierra había dejado desnudos y consumidos por los grilletes; los huesos fueron recogidos y se les dio una sepultura pública. En lo sucesivo, la casa se vio libre de los Manes, debidamente sepultados.

El texto es un fragmento de la epístola 27 del Libro VII.

Fuente: Plinio el Joven (2005) Cartas. (Julián González, trad.) Madrid: Editorial Gredos.


Sobre el autor

Caius Plinius Caecilius Secundus fue un escritor, abogado y científico romano. Nació en Como (Italia), en el año 61, y murió en Bitinia en el 112 d. C. Se dio a conocer por haber utilizado un estilo modesto, pero de gran calidad artística que sobresale gracias a la variedad de temas y formas que presenta, muchas veces, en pro de un interés didáctico.

Coloquio de los Centauros, un poema esotérico de Rubén Darío

Βίβλος

Nota del autor:

«El «Coloquio de los centauros» es otro mito que exalta las fuerzas naturales, el misterio de la vida universal, la ascensión perpetua de Psique y luego plantea el arcano fatal y pavoroso de nuestra ineludible fatalidad. Mas recordando un concepto pagano, Thanatos no se presenta como en la visión católica, armado de guadaña, larva o esqueleto, la medieval reina de la peste y emperatriz de la guerra, antes surge bella, casi atrayente, sin rostro angustioso, sonriente, pura, casta, y con el amor dormido a sus pies. Y bajo un principio pánico, exalta la unidad del universo, en la ilusoria Isla de Oro, ante la vasta mar. Pues como dice el divino visionario Juan: «hay tres cosas que dan testimonio en la tierra: el espíritu, el agua y la sangre, y estos tres no son más que uno.»

(1991) La vida de Ruben Darío escrita por él mismo. Caracas, Venezuela: Biblioteca Ayacucho.


Coloquio de los Centauros

a Paul Groussac

En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha —isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol— un día
se oye un tropel vibrante de fuerza y de armonía.
Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente
la montaña. De lejos, forman son de torrente
que cae; su galope al aire que reposa
despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa,
Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros
alegres y saltantes como jóvenes potros;
unos con largas barbas como los padres-ríos;
otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos,
y de robustos músculos, brazos y lomos aptos
para portar las ninfas rosadas en los raptos.
Van en galope rítmico. Junto a un fresco boscaje,
frente al gran Océano, se paran. El paisaje
recibe de la urna matinal luz sagrada
que el vasto azul suaviza con límpida mirada.
Y oyen seres terrestres y habitantes marinos
la voz de los crinados cuadrúpedos divinos.
Quirón

Calladas las bocinas a los tritones gratas,
calladas las sirenas de labios escarlatas,
los carrillos de Eolo desinflados, digamos
junto al laurel ilustre de florecidos ramos
la gloria inmarcesible de las Musas hermosas
y el triunfo del terrible misterio de las cosas.
He aquí que renacen los lauros milenarios;
vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios;
y anímase en mi cuerpo de Centauro inmortal
la sangre del celeste caballo paternal.

Reto

Arquero luminoso, desde el Zodíaco llegas;
aún presas en las crines tienes abejas griegas;
aún del dardo herakleo muestras la roja herida
por do salir no pudo la esencia de tu vida.
¡Padre y Maestro excelso! Eres la fuente sana
de la verdad que busca la triste raza humana:
aun Esculapio sigue la vena de tu ciencia;
siempre el veloz Aquiles sustenta su existencia
con el manjar salvaje que le ofreciste un día,
y Herakles, descuidando su maza, en la armonía
de los astros, se eleva bajo el cielo nocturno…

Quirón

La ciencia es flor del tiempo: mi padre fue Saturno.

Abantes

Himnos a la sagrada Naturaleza; al vientre
de la tierra y al germen que entre las rocas y entre
las carnes de los árboles, y dentro humana forma,
es un mismo secreto y es una misma norma,
potente y sutilísimo, universal resumen
de la suprema fuerza, de la virtud del Numen.

Quirón

¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital; las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de cada árbol canta un propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
el vate, el sacerdote, suele oír el acento
desconocido; a veces enuncia el vago viento
un misterio; y revela una inicial la espuma
o la flor; y se escuchan palabras de la bruma;
y el hombre favorito del Numen, en la linfa
o la ráfaga encuentra mentor —demonio o ninfa.

Polo

El biforme ixionida comprende de la altura,
por la materna gracia, la lumbre que fulgura,
la nube que se anima de luz y que decora
el pavimento en donde rige su carro Aurora,
y la banda de Iris que tiene siete rayos
cual la lira en sus brazos siete cuerdas, los mayos
en la fragante tierra llenos de ramos bellos,
y el Polo coronado de candidos cabellos.
El ixionida pasa veloz por la montaña
rompiendo con el pecho de la maleza huraña
los erizados brazos, las cárceles hostiles;
escuchan sus orejas los ecos más sutiles:
sus ojos atraviesan las intrincadas hojas
mientras sus manos toman para sus bocas rojas
las frescas bayas altas que el sátiro codicia;
junto a la oculta fuente su mirada acaricia
las curvas de las ninfas del séquito de Diana;
pues en su cuerpo corre también la esencia humana
unida a la corriente de la savia divina
y a la salvaje sangre que hay en la bestia equina.
Tal el hijo robusto de Ixión y de la Nube.

Quirón

Sus cuatro patas bajan; su testa erguida sube.

Orneo

Yo comprendo el secreto de la bestia. Malignos
seres hay y benignos. Entre ellos se hacen signos
de bien y mal, de odio o de amor, o de pena
o gozo: el cuervo es malo y la torcaz es buena.

Quirón

Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo:
son formas del Enigma la paloma y el cuervo.

Astilo

El Enigma es el soplo que hace cantar la lira.

Neso

¡El Enigma es el rostro fatal de Deyanira!
Mi espalda aún guarda el dulce perfume de la bella;
aún mis pupilas llaman su claridad de estrella.
¡Oh aroma de su sexo! ¡Oh rosas y alabastros!
¡Oh envidia de las flores y celos de los astros!

Quirón

Cuando del sacro abuelo la sangre luminosa
con la marina espuma formara nieve y rosa,
hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena.
Al cielo alzó los brazos la lírica sirena,
los curvos hipocampos sobre las verdes ondas
levaron los hocicos; y caderas redondas
tritónicas melenas y dorsos de delfines
junto a la Reina nueva se vieron. Los confines
del mar llenó el grandioso clamor; el universo
sintió que un nombre armónico sonoro como un verso
llenaba el hondo hueco de la altura; ese nombre
hizo gemir la tierra de amor: fue para el hombre
más alto que el de Jove; y los númenes mismos
lo oyeron asombrados; los lóbregos abismos
tuvieron una gracia de luz. ¡VENUS impera!
Ella es entre las reinas celestes la primera,
pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura.
¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!
Ella es la más gallarda de las emperatrices;
princesa de los gérmenes, reina de las matrices,
señora de las savias y de las atracciones,
señora de los besos y de los corazones.

Eurito

¡No olvidaré los ojos radiantes de Hipodamia!

Hipea

Yo sé de la hembra humana la original infamia.
Venus anima artera sus máquinas fatales;
tras sus radiantes ojos ríen traidores males;
de su floral perfume se exhala sutil daño;
su cráneo obscuro alberga bestialidad y engaño.
Tiene las formas puras del ánfora, y la risa
del agua que la brisa riza y el sol irisa;
mas la ponzoña ingénita su máscara pregona:
mejores son el águila, la yegua y la leona.
De su húmeda impureza brota el calor que enerva
los mismos sacros dones de la imperial Minerva;
y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte,
hay un olor que llena la barca de Caronte.

Odites

Como una miel celeste hay en su lengua fina;
su piel de flor aún húmeda está de agua marina.
Yo he visto de Hipodamia la faz encantadora,
la cabellera espesa, la pierna vencedora;
ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto;
ante su rostro olímpico no habría rostro adusto;
las Gracias junto a ella quedarían confusas,
y las ligeras Horas y las sublimes Musas
por ella detuvieran sus giros y su canto.

Hipea

Ella la causa fuera de inenarrable espanto:
por ella el ixionida dobló su cuello fuerte
La hembra humana es hermana del Dolor y la Muerte.

Quirón

Por suma ley un día llegará el himeneo
que el soñador aguarda: Cinis será Ceneo;
claro será el origen del femenino arcano:
la Esfinge tal secreto dirá a su soberano.

Cuto

Naturaleza tiende sus brazos y sus pechos
a los humanos seres; la clave de los hechos
conócela el vidente; Homero con su báculo,
en su gruta Deifobe, la lengua del Oráculo.

Caumantes

El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe,
en el Centauro el bruto la vida humana absorbe,
el sátiro es la selva sagrada y la lujuria,
une sexuales ímpetus a la armoniosa furia.
Pan junta la soberbia de la montaña agreste
al ritmo de la inmensa mecánica celeste;
la boca melodiosa que atrae en Sirenusa
es de la fiera alada y es de la suave musa;
con la bicorne bestia Pasifae se ayunta,
Naturaleza sabia formas diversas junta,
y cuando tiende al hombre la gran Naturaleza,
el monstruo, siendo el símbolo, se viste de belleza.

Grineo

Yo amo lo inaminado que amó el divino Hesiodo.

Quirón

Grineo, sobre el mundo tiene un ánima todo

Grineo

He visto, entonces, raros ojos fijos en mí:
los vivos ojos rojos del alma del rubí;
los ojos luminosos del alma del topacio
y los de la esmeralda que del azul espacio
la maravilla imitan; los ojos de las gemas
de brillos peregrinos y mágicos emblemas.
Amo el granito duro que el arquitecto labra
y el mármol en que duermen la línea y la palabra…

Quiron

A Deucalión y a Pirra, varones y mujeres
las piedras aún intactas dijeron: «¿Qué nos quieres?»

Lícidas

Yo he visto los lémures flotar, en los nocturnos
instantes, cuando escuchan los bosques taciturnos
el loco grito de Atis que su dolor revela
o la maravillosa canción de Filomela.
El galope apresuro, si en el boscaje miro
manes que pasan, y oigo su fúnebre suspiro.
Pues de la Muerte el hondo, desconocido Imperio,
guarda el pavor sagrado de su fatal misterio.

Arneo

La Muerte es de la Vida la inseparable hermana.

Quirón

La Muerte es la victoria de la progenie humana.

Medón

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua del olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

Amico

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.

Quirón

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

Eurito

Si el hombre —Prometeo— pudo robar la vida,
la clave de la muerte serále concedida.

Quirón

La virgen de las vírgenes es inviolable y pura.
Nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba oscura,
ni beberá en sus labios el grito de victoria,
ni arrancará a su frente las rosas de su gloria.

Mas he aquí que Apolo se acerca al meridiano.
Sus truenos prolongados repite el Océano.
Bajo el dorado carro del reluciente Apolo
vuelve a inflar sus carrillos y sus odres Eolo.
A lo lejos, un templo de mármol se divisa
entre laureles-rosa que hace cantar la brisa.
Con sus vibrantes notas de Céfiro desgarra
la veste transparente la helénica cigarra,
y por el llano extenso van en tropel sonoro
los Centauros, y al paso, tiembla la Isla de Oro.

En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha —isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol— un día
se oye un tropel vibrante de fuerza y de armonía.
Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente
la montaña. De lejos, forman son de torrente
que cae; su galope al aire que reposa
despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa,
Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros
alegres y saltantes como jóvenes potros;
unos con largas barbas como los padres-ríos;
otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos,
y de robustos músculos, brazos y lomos aptos
para portar las ninfas rosadas en los raptos.
Van en galope rítmico. Junto a un fresco boscaje,
frente al gran Océano, se paran. El paisaje
recibe de la urna matinal luz sagrada
que el vasto azul suaviza con límpida mirada.
Y oyen seres terrestres y habitantes marinos
la voz de los crinados cuadrúpedos divinos.
Quirón

Calladas las bocinas a los tritones gratas,
calladas las sirenas de labios escarlatas,
los carrillos de Eolo desinflados, digamos
junto al laurel ilustre de florecidos ramos
la gloria inmarcesible de las Musas hermosas
y el triunfo del terrible misterio de las cosas.
He aquí que renacen los lauros milenarios;
vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios;
y anímase en mi cuerpo de Centauro inmortal
la sangre del celeste caballo paternal.

Reto

Arquero luminoso, desde el Zodíaco llegas;
aún presas en las crines tienes abejas griegas;
aún del dardo herakleo muestras la roja herida
por do salir no pudo la esencia de tu vida.
¡Padre y Maestro excelso! Eres la fuente sana
de la verdad que busca la triste raza humana:
aun Esculapio sigue la vena de tu ciencia;
siempre el veloz Aquiles sustenta su existencia
con el manjar salvaje que le ofreciste un día,
y Herakles, descuidando su maza, en la armonía
de los astros, se eleva bajo el cielo nocturno…

Quirón

La ciencia es flor del tiempo: mi padre fue Saturno.

Abantes

Himnos a la sagrada Naturaleza; al vientre
de la tierra y al germen que entre las rocas y entre
las carnes de los árboles, y dentro humana forma,
es un mismo secreto y es una misma norma,
potente y sutilísimo, universal resumen
de la suprema fuerza, de la virtud del Numen.

Quirón

¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital; las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de cada árbol canta un propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
el vate, el sacerdote, suele oír el acento
desconocido; a veces enuncia el vago viento
un misterio; y revela una inicial la espuma
o la flor; y se escuchan palabras de la bruma;
y el hombre favorito del Numen, en la linfa
o la ráfaga encuentra mentor —demonio o ninfa.

Polo

El biforme ixionida comprende de la altura,
por la materna gracia, la lumbre que fulgura,
la nube que se anima de luz y que decora
el pavimento en donde rige su carro Aurora,
y la banda de Iris que tiene siete rayos
cual la lira en sus brazos siete cuerdas, los mayos
en la fragante tierra llenos de ramos bellos,
y el Polo coronado de candidos cabellos.
El ixionida pasa veloz por la montaña
rompiendo con el pecho de la maleza huraña
los erizados brazos, las cárceles hostiles;
escuchan sus orejas los ecos más sutiles:
sus ojos atraviesan las intrincadas hojas
mientras sus manos toman para sus bocas rojas
las frescas bayas altas que el sátiro codicia;
junto a la oculta fuente su mirada acaricia
las curvas de las ninfas del séquito de Diana;
pues en su cuerpo corre también la esencia humana
unida a la corriente de la savia divina
y a la salvaje sangre que hay en la bestia equina.
Tal el hijo robusto de Ixión y de la Nube.

Quirón

Sus cuatro patas bajan; su testa erguida sube.

Orneo

Yo comprendo el secreto de la bestia. Malignos
seres hay y benignos. Entre ellos se hacen signos
de bien y mal, de odio o de amor, o de pena
o gozo: el cuervo es malo y la torcaz es buena.

Quirón

Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo:
son formas del Enigma la paloma y el cuervo.

Astilo

El Enigma es el soplo que hace cantar la lira.

Neso

¡El Enigma es el rostro fatal de Deyanira!
Mi espalda aún guarda el dulce perfume de la bella;
aún mis pupilas llaman su claridad de estrella.
¡Oh aroma de su sexo! ¡Oh rosas y alabastros!
¡Oh envidia de las flores y celos de los astros!

Quirón

Cuando del sacro abuelo la sangre luminosa
con la marina espuma formara nieve y rosa,
hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena.
Al cielo alzó los brazos la lírica sirena,
los curvos hipocampos sobre las verdes ondas
levaron los hocicos; y caderas redondas
tritónicas melenas y dorsos de delfines
junto a la Reina nueva se vieron. Los confines
del mar llenó el grandioso clamor; el universo
sintió que un nombre armónico sonoro como un verso
llenaba el hondo hueco de la altura; ese nombre
hizo gemir la tierra de amor: fue para el hombre
más alto que el de Jove; y los númenes mismos
lo oyeron asombrados; los lóbregos abismos
tuvieron una gracia de luz. ¡VENUS impera!
Ella es entre las reinas celestes la primera,
pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura.
¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!
Ella es la más gallarda de las emperatrices;
princesa de los gérmenes, reina de las matrices,
señora de las savias y de las atracciones,
señora de los besos y de los corazones.

Eurito

¡No olvidaré los ojos radiantes de Hipodamia!

Hipea

Yo sé de la hembra humana la original infamia.
Venus anima artera sus máquinas fatales;
tras sus radiantes ojos ríen traidores males;
de su floral perfume se exhala sutil daño;
su cráneo obscuro alberga bestialidad y engaño.
Tiene las formas puras del ánfora, y la risa
del agua que la brisa riza y el sol irisa;
mas la ponzoña ingénita su máscara pregona:
mejores son el águila, la yegua y la leona.
De su húmeda impureza brota el calor que enerva
los mismos sacros dones de la imperial Minerva;
y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte,
hay un olor que llena la barca de Caronte.

Odites

Como una miel celeste hay en su lengua fina;
su piel de flor aún húmeda está de agua marina.
Yo he visto de Hipodamia la faz encantadora,
la cabellera espesa, la pierna vencedora;
ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto;
ante su rostro olímpico no habría rostro adusto;
las Gracias junto a ella quedarían confusas,
y las ligeras Horas y las sublimes Musas
por ella detuvieran sus giros y su canto.

Hipea

Ella la causa fuera de inenarrable espanto:
por ella el ixionida dobló su cuello fuerte
La hembra humana es hermana del Dolor y la Muerte.

Quirón

Por suma ley un día llegará el himeneo
que el soñador aguarda: Cinis será Ceneo;
claro será el origen del femenino arcano:
la Esfinge tal secreto dirá a su soberano.

Cuto

Naturaleza tiende sus brazos y sus pechos
a los humanos seres; la clave de los hechos
conócela el vidente; Homero con su báculo,
en su gruta Deifobe, la lengua del Oráculo.

Caumantes

El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe,
en el Centauro el bruto la vida humana absorbe,
el sátiro es la selva sagrada y la lujuria,
une sexuales ímpetus a la armoniosa furia.
Pan junta la soberbia de la montaña agreste
al ritmo de la inmensa mecánica celeste;
la boca melodiosa que atrae en Sirenusa
es de la fiera alada y es de la suave musa;
con la bicorne bestia Pasifae se ayunta,
Naturaleza sabia formas diversas junta,
y cuando tiende al hombre la gran Naturaleza,
el monstruo, siendo el símbolo, se viste de belleza.

Grineo

Yo amo lo inaminado que amó el divino Hesiodo.

Quirón

Grineo, sobre el mundo tiene un ánima todo

Grineo

He visto, entonces, raros ojos fijos en mí:
los vivos ojos rojos del alma del rubí;
los ojos luminosos del alma del topacio
y los de la esmeralda que del azul espacio
la maravilla imitan; los ojos de las gemas
de brillos peregrinos y mágicos emblemas.
Amo el granito duro que el arquitecto labra
y el mármol en que duermen la línea y la palabra…

Quiron

A Deucalión y a Pirra, varones y mujeres
las piedras aún intactas dijeron: «¿Qué nos quieres?»

Lícidas

Yo he visto los lémures flotar, en los nocturnos
instantes, cuando escuchan los bosques taciturnos
el loco grito de Atis que su dolor revela
o la maravillosa canción de Filomela.
El galope apresuro, si en el boscaje miro
manes que pasan, y oigo su fúnebre suspiro.
Pues de la Muerte el hondo, desconocido Imperio,
guarda el pavor sagrado de su fatal misterio.

Arneo

La Muerte es de la Vida la inseparable hermana.

Quirón

La Muerte es la victoria de la progenie humana.

Medón

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua del olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

Amico

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.

Quirón

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

Eurito

Si el hombre —Prometeo— pudo robar la vida,
la clave de la muerte serále concedida.

Quirón

La virgen de las vírgenes es inviolable y pura.
Nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba oscura,
ni beberá en sus labios el grito de victoria,
ni arrancará a su frente las rosas de su gloria.

Mas he aquí que Apolo se acerca al meridiano.
Sus truenos prolongados repite el Océano.
Bajo el dorado carro del reluciente Apolo
vuelve a inflar sus carrillos y sus odres Eolo.
A lo lejos, un templo de mármol se divisa
entre laureles-rosa que hace cantar la brisa.
Con sus vibrantes notas de Céfiro desgarra
la veste transparente la helénica cigarra,
y por el llano extenso van en tropel sonoro
los Centauros, y al paso, tiembla la Isla de Oro.

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La educación de Aquiles, por Delacroix (fresco de Palacio Borbón de París).


Rubén Darío nació en Metapa, Nicaragua, el 18 de enero de 1867 y falleció en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916. Fue un prodigioso poeta, periodista y diplomático conocido como el máximo representante del modernismo literario en lengua española. Además, se le atribuye el haber renovado la poesía castellana del siglo XX gracias a una importante producción cargada de sincretismo, erotismo, y musicalidad.

 

 

Camila, virgen guerrera y líder de los volscos

Βίβλος
Los volscos ocupaban el centro de la península itálica y, aunque eran de un pueblo distinto al del de los latinos, Virgilio cuenta en la Eneida que se unieron a ellos en la lucha contra los invasores troyanos, quienes estaban bajo el mando de Eneas. Además ,relata que los volscos eran liderados por Camila, una virgen guerrera inspirada en el prototipo de la amazona griega. Camila era hija de Metabo, rey depuesto de la ciudad de Triverno, quien logró salvarla de la muerte con el favor divino.
Se dice que padre e hija se encontraron en apuros en medio del bosque, pues, mientras huían de sus enemigos, sus pasos se vieron impedidos por el río Amaseno. En medio de la difícil situación en la que se encontraban, Metabo piensa en escapar sólo a nado, pero no es capaz de abandonar a su hija, por lo que toma la resolución de atar a Camila a la robusta lanza que solía llevar en batalla. Habiendo realizado esto, toma el arma con la mano derecha para lanzarla sobre el río con el objetivo de hacer cruzar a la niña y llegar a salvo a la otra orilla, nadando sin su peso.
Mientras se prepara para realizar el peligroso acto, el antiguo rey ora a Diana diciendo:
 
 
 
¡Oh alma virgen, hija de Latona, moradora de las selvas, yo te consagro esta niña, de quien soy padre; pendiente por primera vez de tus armas, te implora huyendo de sus enemigos por el viento; acoge, oh diosa, yo te lo ruego, acoge esta prenda tuya, que ahora se confía a las inseguras auras!¹.
 
 
Al finalizar su plegaria, Metabo arroja la lanza. Entonces, la diosa accede a sus plegarias, la niña atraviesa el río y ambos llegan a tierra sanos y salvos. Pero, pasado el peligro nadie les da refugio, por lo que la niña es criada en los montes, libre de las labores del hogar y alimentándose de la leche de una yegua, siendo adiestrada por su padre en el uso de las armas (especialmente del arco y la flecha). Con el paso de los años Camila se convierte en una joven muy hermosa y de gran valor para su pueblo, por lo que es codiciada por muchos, sin embargo, la doncella rechaza aún a los mejores pretendientes para dedicarse enteramente a las ocupaciones de Marte.
Virgilio la describe como una altiva y ágil guerrera que nunca había sido vencida en batalla hasta que luchó con el etrusco Arrunte (era tan rápida que cuando corría sus pies parecían no tocar la tierra), quien la mata y  muere a manos de la ninfa Opis, enviada de Diana para vengar a su protegida.
 
C20
La muerte de Camila, Pinelli (1781 – 1835).

¹Virgilio, Eneida, 11, vv. 555-560

El poeta Ziryab y sus aportes a la música en la Edad Media

Βίβλος

Abandona tu cuerpo al laúd, 

que el aleteo de sus cuerdas

 es el aleteo de las arterias. 1

A pesar del conflicto armado que significó la expansión del islam y del choque contra los intereses de otras religiones y pueblos, de las consecuencias negativas de la dominación de un grupo sobre otro, los aportes de los musulmanes a la cultura de Occidente son innegables. Los seguidores de Mahoma se dieron a conocer por innovar durante la Edad Media en áreas como la filosofía, la astronomía, el arte, la gastronomía y la medicina; sin embargo, también realizaron importantes avances musicales al sentar las bases sonoras y técnicas que influyeron en varios géneros a lo largo y ancho del globo.

Algunos dicen que todo esto comenzó gracias al poeta persa Abu al-Hasan Ibn Ali Ibn Nafi (789 d.C. – 857 d.C), mejor conocido como Ziryab, quien fue acogido en el Califato de Córdoba por el monarca Abd ar-Rahmán II (Abderramán II). En este lugar Ziryab se desempeñó como músico, maestro y jefe de los cantores del palacio. Como algunas de sus contribuciones al pueblo de Al-Ándalus se reconocen: la fundación del primer conservatorio musical en el mundo islámico, con el visto bueno y el apoyo de Abderramán II, la introducción del sistema árabe-pérsico a las escuelas musicales andalusíes y la invención de una quinta cuerda para el laúd. Ziryab fundamentó esta modificación en la naturaleza y los humores o temperamentos del hombre que en algún momento fueron muy aceptados por la medicina antigua. La primera cuerda era roja y se asociaba a la sangre; la segunda era blanca y representa la flema, la tercera, de color amarillo, tenía correspondencia con la bilis, la cuarta era negra y se vinculaba con la atrabilis y la quinta cuerda tenía que ver con el alma. Además, el músico sustituyó la laminilla de madera que se utilizaba como plectro en el laud por una pluma de águila, lo cual le dio un sonido más agradable.

Gracias a la genialidad del «mirlo negro», como también se le conoce a causa del significado del nombre que obtuvo y de su hermosa tez oscura, hoy en día mucho de su obra continua con vida, latente en las técnicas de canto españolas, pues aún se utilizan algunos de sus métodos en la enseñanza de este arte, como el comienzo por la práctica del anejir o recitado en verso. Incluso, algunos músicos todavía siguen sus instrucciones para el acompañamiento de la voz y la consecución de géneros o ritmos en cada etapa del desarrollo del cantor, enfocándose en las pautas en torno al ritmo puro, la melodía, los trémulos y el gorjeo. Además, estos avances propuestos y practicados por el artista persa, bajo la protección musulmana, todavía tienen eco en la música del mundo a través de géneros como las zambras, la zamba, el gato, el escondido, el pericón, la milonga, la chacarera, el tango, la cueca y la tonada, las llaneras, el jarabe y el danzón, ritmos que se vieron influenciados por las zambras y los moriscos.

A continuación, ponemos a su disposición una composición que pertenece al género de la nuba andalusí, creado por Ziryab.

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1​ Frase atribuida a Ziryab en la ficción Játim de Raja Alem.

2​Arabo-andalusian 13th c. : Nuba Ushshak – mîzân qá’im wa-nisf. Fuente: https://www.youtube.com/channel/UCsnMoSjatfFU1FMlTjVSQwQ

Bibliografía

R.H. Shamsuddín Elía. (1996) Al-Ándalus I (711-1010) El califato de Córdoba. [Versión digital] Recuperado de http://islamchile.com/biblioteca/civilizacion-islamica/Al-Andalus%20I%20(711-1010)%20El%20Califato%20de%20Cordoba.pdf [Consulta 21 de setiembre. 2017]

Árgueda, M.F. (2000) La educación musical en el califato de Córdoba. [Versión digital] Recuperado de http://musica.rediris.es/leeme/revista/argueda00.pdf [Consulta 21 de setiembre. 2017]

Mesalina

Βίβλος

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Messalina in the Arms of the Gladiator by
Joaquin Sorolla y Bastida.

Mesalina fue una joven liberal y aristócrata que tuvo gran influencia en la política de Roma. Era esposa de Tiberio Claudio César Augusto Germánico (emperador de la dinastía Julio Claudia) e hija del cónsul Marco Valerio Mesala Barbado Mesalino.
Si bien es cierto que Mesalina generó controversia en su tiempo, esto no impidió que recibiera grandes honores, tampoco que tuviera gran injerencia en los asuntos de estado gracias a la debilidad que su esposo sentía por ella. Tiberio era un hombre cojo y tartamudo, treinta años mayor, que, aunque fue conocido y respetado por ciertas virtudes políticas, sufrió en repetidas ocasiones a causa de la infidelidad de la desenfrenada y bella Mesalina. Sobre el tema nos dice Juvenal:

Fíjate en los rivales de los dioses, entérate de lo que tuvo que aguantar Claudio. Cuando la mujer se daba cuenta de que el esposo estaba dormido, osando vestir nocturnas capas como augusta ramera y preferir una esterilla a su alcoba del Palatino, se marchaba sin más compañía que la de una sola criada. Al punto, con una rubia peluca tapando su negra melena, se mete en un burdel al abrigo de una vieja cortina, ocupando un cuarto vacío y suyo; entonces, con los pezones al aire y pintados de oro se prostituye bajo el falso letrero de una tal Licisca y deja ver, noble Británico, el vientre que te llevó; acoge lisonjera a los que llegan y les pide sus monedas. Luego, cuando ya el alcahuete despacha a sus niñas, se marcha pesarosa, eso sí, habiendo cerrado el cuarto lo más tarde que puede y aún enardecida con el picor de su coño tieso, y cansada, pero todavía no harta de hombres, da de mano, y sucia con las mejillas ennegrecidas y afeada con el humo del candil llevaba hasta su almohada los olores del burdel¹.

La influencia política de Mesalina se hizo notar en los beneficios conseguidos por L. Vitelio, padre del futuro emperador, en el nombramiento de C. Silio como cónsul en el año 48 y en la muerte de Apio Silano (cónsul de 28), quien fue acusado de querer matar al emperador por Mesalina y el liberto Narciso. Sin embargo, aunque esta mujer tuvo gran poder, no pudo evitar sufrir un final trágico. Luego de haber tenido varios amantes (senadores, actores, gladiadores, militares…), se dice que Mesalina se enamoró profundamente de Cayo Silio, por lo que deseó casarse con él y destronar a Claudio mientras este se encontraba en Ostia. Fue Narciso quien expuso las oscuras intenciones de la emperatriz a su marido, por lo que se le castigó con la muerte, aun cuando Claudio daba muestras de querer perdonarla, pues el mismo liberto actuó precipitadamente y dio la orden de su ejecución en nombre del emperador.

¹ JUV., 6.114 ss.