Gisela y la loba

Relato

Eran cuatro los lobitos, jugaban en el bosque felices con su madre. Tres machos y una hembra  esperaban la llegada de su padre. Pero, de pronto, la madre levantó las orejas, prestando atención a un extraño sonido. En breve vio a su lobo caer rendido en un mar de sangre.

Madre y pequeños corrieron asustados, la hembrita se perdió del grupo y asustada corrió sin mirar atrás. Sin saber cómo llegó a una casa, se escondió entre las flores del jardín y se durmió hasta que, al día siguiente, una niña le tocó la cabeza con su pequeña y temblorosa mano. La lobita quiso alejarse, pero al notar que ambas eran cachorritas se quedó tranquila. Luego del hallazgo, la niña fue rápidamente hacia su casa, llamó a su madre y ambas le dieron agua, comida y un nombre. Soy Celeste, quédate tranquila, nosotras nunca te haríamos daño, le dijo la mujer viéndola comer.

La lobita crecía día a día en aparente calma, pero su madre adoptiva temía que fuera un peligro para ella y su otra hija, así que fue a consultar a un hechicero que le dio un libro. Gracias a este instrumento, Mercedes, la niña que encontró a la loba, ayudó a su mamá a preparar una poción que prometía que su hermana jamás sería peligrosa. Celeste le dio tres gotas de la poción en su alimento y su pequeña las ingirió.

Al día siguiente, cuando fueron a ver a su mascota no la encontraron. En su lugar, junto al plato de comida, dormía una joven desnuda. Mercedes le picó el hombro con un dedo. Entonces, la chica despertó, se apoyó en sus codos y le sonrió.

—¿Dónde está Gisela? —preguntó Mercedes.

—Soy yo —dijo la muchacha.

Entonces, Mercedes corrió a traer a su madre. Celeste, que pensaba que el conjuro era nada más para que Gisela estuviera siempre tranquila, por lo que se sorprendió muchísimo y salió corriendo al patio. Las tres entraron, vistieron a la jovencita y le preguntaron qué había pasado el día anterior.

Gisela respondió que estuvo jugando con Mercedes en el jardín, que vio a mamá leer un libro y que luego le dieron su comida, la cual le dio mucho sueño.

Como seguían sin entender bien la situación, Celeste corrió a ver al hechicero, quien le dijo que entre todos los conjuros había elegido el más complejo y jamás probado para el cual creía tener una solución.

—Gisela será la muchachita que me describes durante casi todo el mes, excepto las noches de luna llena. Cuando suba la marea, ella volverá a su forma original. Volver será difícil y doloroso, la hará muy agresiva, así que van a necesitar esto un día al mes —dijo, ofreciéndole unas cadenas plateadas.

Al llegar la luna llena, el hechicero fue a visitarlas. Gisela, ya enterada, aceptó ser encadenada y los tres presenciaron su primera transformación, un proceso que se repetiría cada mes. Sin embargo, Gisela fue feliz con su familia, vivió como humana sabiéndose una loba. No olvidó sus orígenes, pero cada luna llena se encadenó a la cama esperando que pasara la noche.

Gisela siguió con su vida, se enamoró de un humano y su descendencia generó lo que hoy conocemos como licantropía.

Sobre la autora

Andrea Pereira (28-06-1983). Escritora uruguaya, fue alumna del taller literario de María de la Cuadra en el año 2016. Sus cuentos fueron en varias ocasiones seleccionados por revistas literarias o galardonados en concursos. Sus obras han sido publicadas en México, Perú, Chile, Argentina, Alemania, Colombia, España y Uruguay

blog: https://lolitadejunio.wixsite.com/misitio


Imagen: Le Loup d’Aggubio – Luc Olivier Merson

¿Usted me quiere, mína?, un poema de María Pérez-Yglesias

Poesía

¿Usted me quiere, mína?

A ellas, mis amigas de Talamanca,

cabécares y bribris,

con las que compartí trabajo y afecto

Las hojas  memoria,

estremecidas

por  si̱wá̱,

el viento de la cordillera,

me escoltan.

Talamanca

en el filo del aire.

— Sá Rö kabéklawá.

Somos  cabécares,

Frase cantora

de río manso,

montaña verde,

remolino de sentimientos

mudos.

Acabo de regresar.

de tierras nuevas.

Vine a encontrarme

con mi gente,

conmigo,

con los muertos.

Me raptaron

un día por la noche

y el Telire revoloteó sus aguas

gritó sus piedras

y guardó la calma.

Me llevaron lejos

de la tierra de Sibö,  

allá donde no quieren

a oló, zopilote

y la culebra no cuida a los niños

de las ratas,

del hambre,

de los  jayë́w a bëchi

“los hombres diablo”.

Mí̱na̱-mamá.   

¿Sabe quién soy?

¿Me reconoce, chichi-perro?

¿Huelen la esperanza,

en la punta

de mis dedos rotos?

No sé hablar cabécar, mí̱na̱.

Perdí tté,

la palabra de  táchi-abuelo,

du-pájaro,

tulu-luna,

de los ríos que inundan,  

del na̱má̱-tigre

ko̱nó̱ tepezcuintle,

chá̱mó̱ avispa.

De sál, mi mono colorado.

Perdí el olor a ka̱ yaka-selva

la espesura de mil colores.

Olor a lluvia,

a barro pegajoso,

a danta recién parida,

a kuö —maíz blanco y cascado

a maíz-daláibö amarillo

y a tortilla nueva.

Mína,

no sé cómo se siente

correr a pie desnudo,

mecerse en la hamaca,

abrazar hermanos,

subir a un kal-árbol de corteza fuerte  

y ramas anchas.

— A klö tiö, a bailar, klö tiö,  a bailar.

Káne, káne,

mína-madre

estoy de regreso,

vamos al ju-rancho, a nuestra casa.

Apenas siento el sabor

a jobo,

a sancocho  de chá̱mó̱,  

de plátano, banano o guineo.

A cacao virgen, mína

a nuestra “gallina de  palo”,

al diká, pejibaye.

Te miro,  mí̱na̱.

y las sombras me esconden

tu recuerdo de vestido batsë́-rojo.

Batsë́,

la sangre de tu  piel herida,

molida a golpes,

a insultos y tristezas.

Me arrebataron

de tus brazos, mí̱na̱-mamá

De tu perfume a tierra mojada, 

de tu pecho moreno,

lechoso,

cálido.

— ¡Ká, ká, ká, nooooo!

¿ Me recuerda, mí̱na̱?

Soy su hija,

su ya̱ba

su pequeña yabalá.

Corriste,  mí̱na̱

tropezaste con diglö-río,

de agua buena y,

a lo lejos,

solo escuchaste un bote,

un llanto,

unas risas de triunfo vengador…

— Sá rö distö kuö wö gepi…

Lo aprendí, mína,

“somos semilla

como los granos del maíz”.

La tormenta

fractura la tarde.

Siwá-aire sopla violento,

Sixaola desafía las orillas

de la esperanza

y llega a la choza

abandonada en la ladera…

Un pequeño chichi negro,

con el rabo entre las piernas,

se refugia en el tronco de un gigante

de la selva. 

Un rayo escandaliza

y enciende el cerro.

Me abandonaron, mamá.

Escúcheme mína:

quemaron mi muñeca

y mi trapito compañero.

Rodé de mano en mano,

de promesa en burla,

de lugar en lugar.

Triste,

sola,

callada.

— ¿Usted me quiere, mamá? 

Mína,  acaricia su trenza.

Me observa,

extraña niña

a la que ni conoce,

ni quiere recordar,

ni puede asumir.  

El aguacero amaina,

diglö-río  vuelve a su cauce.

Una familia de aulladores

retoma los saltos de rama en rama

y  un pizote solo

irrumpe en un claro de un bosque.

Con el pequeño colgando del chal,

toma a sus dos  hijas de la mano,

kuta ei kuta,

mis hermanas y,

dándome  la espalda,

camina hacia el rancho.


Sobre la autora

María Pérez Yglesias, Catedrática jubilada, Dra. en Comunicación y Semiótica (Bélgica), Decana de Posgrado y Vicerrectora de Acción Social de la UCR (96-2012), escribe columnas en La Nación y La Extra (catorce años) y le han publicado más de un centenar de artículos y libros académicos. Entre sus publicaciones, además de seis libros de la serie de Mapy, se cuentan:

Las fronteras de la luna y el sol (novela, 2008)

Boleros nos volvemos tango (novela, 2008)

Silencio, el mundo tiene el ala rota (novela, 2010)

Cerro pelón, lágrimas de barro (novela, 2013)

Te voy a recordar. Relatos de ciencia ficción (coautora) (cuentos, 2015)

Anclas sin poema (cuento, 2015)

Cuenta con más de veinte libros inéditos, es directiva de la ACE, participa en talleres del Grupo Literario Poiesis y Noche de Letras; además, es conductora de radio en los programas de Radio Universidad Compartiendo la palabra y En primera persona.

Viaje al interior del mito (reseña) por Leopoldo Orozco y descarga gratuita de “Anábasis, antología de narrativa fantástica y ficción histórica”

Proyectos

Viaje al interior del mito: sobre Anábasis: antología de narrativa fantástica y ficción histórica

Leopoldo Orozco

Anábasis, palabra sonora y misteriosa, viene del término griego Ἀνάβασις, que designa una expedición tierra adentro, desde la costa. Dos obras notables, provenientes de momentos muy diferentes en la historia humana, han llevado este ilustre nombre: la primera, de Jenofonte, es la crónica de la marcha de los diez mil guerreros de Ciro el Joven desde las costas del mar Egeo hacia las entrañas desconocidas de Persia, y de vuelta; la segunda, obra del francófono Saint-John Perse, es “el poema de la soledad en acción”, un viaje simbólico del ser humano hacia dentro de sí mismo, como si el mundo que nos rodea fuera esa proverbial costa y nuestro mundo interior fuera la tierra que anhelan conquistar los soldados de Ciro.

El título con el que Victoria Marín Fallas ungió a esta antología de narraciones no es casualidad: la compiladora propone, sí, toda una anábasis, un viaje tierra adentro. ¿Cuál es la tierra en la que nos adentramos?, preguntarán. Se responde: el nuevo territorio que descubrimos es el de la historia y del mito. Estos dos conceptos, aunque de entrada puedan parecer antitéticos, subsisten gracias a las correspondencias que se dan en el espacio que, aparentemente, los dividen.

La antología comienza con relatos ubicados en nuestra contemporaneidad: la costa que compartimos todos, el mar que vive y que respira al mismo tiempo que nuestros pechos. El fantasma de un monarca prehispánico observa el mundo (el nuestro) cambiando alrededor suyo; una joven es salvada de la violencia de un macho obtuso por un espíritu que, de tan estigmatizado, se creería terrible; una aparición es presenciada al lado de la carretera. Poco a poco, el misterio del tiempo agita su túnica hacia adelante, caminando de espaldas. Nos obliga a seguirlo, fascinados. Abandonamos las barcas que se mecen todavía con las olas.

Entramos a la Edad Moderna: vemos el baile sensual de Lucrezia Borgia a través de los ojos de un pintor que no sale de su asombro. Vuela como un soplo brevísimo. La Edad Media ofrece más enigmas: presenciamos la tortura que no logró arrancar a Fray Bérenguer de Lacroisille su más íntimo secreto; el andamiaje detrás de la historia concerniente a cierto músico y su cohorte de roedores; el final tragicómico de un rey que se deshace poco a poco, por designio de un Dios al que intenta vengar de los infieles. Inmediatamente nos sumergimos en las dunas de la Edad Antigua: una cuidadosa recreación, a través de los susurros de una voz regia encerrada en una torre de arena, del imperio asirio.

Como último paso, llegamos a ese lugar que, de tan lejano, nos parece salido de otro mundo, como si hubiéramos irrumpido en otro modo de realidad: el Tiempo Mítico. De caminar tanto detrás de esa sombra, llegamos a otro mar desconocido. Aquí viven dioses y monstruos, llegamos al país en el que habitan los seres de las leyendas que oíamos de niños y que oyeron, a su vez, los niños egipcios, y los griegos, y los vikingos, congregados alrededor del fuego (pues bien decía Cortázar que todos los fuegos son y han sido el mismo).

Al final de este viaje, después de disfrutar estos y muchos más relatos, ¿qué encontramos? ¿Cómo afrontamos esta visión transversal de la historia, de las historias? ¿Qué hacemos, como aquél personaje de Borges al estar frente al Aleph, al momento de poder verlo todo? ¿Regresamos exhaustos a nuestras barcas, que nos esperan lívidas sobre aguas conocidas, o nos sumergimos en ese nuevo mar que espera ser nombrado, para ver qué hay detrás de sus olas? Esta antología es un intento extraordinariamente bien logrado de dar a esa pregunta una respuesta: la hallaremos dentro nuestro al terminar de leerla.

Si desean leer el libro en versión EPUB pueden solicitarlo al correo quimeracultural1@gmail.com

ISBN (IMPRESO): 978-9930-582-32-9

ISBN (PDF): 978-9930-582-33-6


Leopoldo Orozco (1996). Narrador, ensayista y traductor nacido en Ensenada, Baja California. Fue fundador y editor de la revista De-lirio, desde su fundación hasta 2021. Ha sido publicado en medios nacionales e internacionales como Revista Virtual Quimera, Liberoamérica, Tintero Blanco, Punto en Línea y Blanco Móvil. Es autor del libro de minificciones En la cuerda floja (Reverberante, 2020) y del libro de ensayos Cinco autorretratos en ausencia (Fósforo, 2021), de próxima aparición. Participó en el área de ensayo del XI Curso de creación literaria Xalapa 2019 de la Fundación para las Letras Mexicanas, y resultó finalista en el XI Premio de Relatos para Jóvenes otorgado por la Universidad Camilo José Cela (Madrid), en la categoría de estudiantes de Hispanoamérica.

Una breve divagación sobre el libro

Ensayo

Una breve divagación sobre el libro

El libro para los antiguos

Los maestros de la antigüedad desconfiaron de los libros. ¿Por qué esta reacción tan confrontativa con un objeto de transmisión cultural? Con un instrumento civilizatorio… ¿Qué es un libro? Una forma de anclaje, un apego, una herramienta para fijar lo dicho. Tal vez para los antiguos el libro está más cerca de la muerte que de la vida; un logos que no responde, que no se defiende. Dice lo que tiene que decir, y sabe decirlo de forma autoritaria. El libro tiene boca, pero no tiene oídos. Comunica, pero no escucha razones. En el Fedro hay una narración dentro de una narración, un diálogo que contiene una fábula, ésta es de origen egipcia y habla en contra de la escritura, ¨parecen vivas (las imágenes y los símbolos), pero no contestan una palabra a las preguntas que les hacen¨. A manera inversa, el libro en la antigüedad es la sombra de la palabra dicha. La antigüedad en este sentido es el mundo del revés, ya que el libro no tenía el crédito que le concedemos nosotros en la actualidad.

Como las imágenes prehistóricas de las cavernas de Altamira: los símbolos del libro son mimesis de la realidad, figuras pintadas que pertenecen al mundo del parecer, pero no del ser. El poeta Homero, el poeta ingenuo como lo llamó Nietzsche; cantó, no escribió. Sus rimas murieron con él, con su voz. Nunca más, nadie lo dirá como él lo dijo. La mejor traducción de la Odisea y la Ilíada, sólo es un eco débil y desafinado de las aventuras del polytropos Odiseo y de la muerte de Aquiles. Todo lo que el ser humano puede hacer; lo hace en vida y después de eso: es sombra de la sombra. Clemente de Alejandría dijo, ¨Escribir en un libro todas las cosas es dejar una espada en manos de un niño¨ (Stromata). La Fábula egipcia antes mencionada en el Fedro, lamentaba el invento de la escritura y su soporte más elemental; ya que los hombres descuidarían el ejercicio de la memoria y se harán dependientes de los símbolos.

Sócrates no escribió. En el diálogo del Banquete se considera el Amor como un misterio, porque hay un sin- sentido en el decirlo y no vivirlo. Sócrates fue un maestro oral que animó la praxis filosófica, el Eros en la vivencia y la sabiduría a través del diálogo: buscar y despertar las reminiscencias interiores, un ethos que se involucra con lo verdadero y con la belleza.

Otro ejemplo es Lao- Tze, filósofo chino contemporáneo de Confucio – el primero de corte romántico, el segundo de pensamiento clásico- después de trabajar en la biblioteca de la dinastía Zhou, viajó itinerante por la China del siglo VI a. C. El maestro chino al igual que Sócrates o Jesús, nunca pretendió escribir, hasta que un hombre de armas se lo solicitó personalmente. Todo con el fin práctico de resguardar el pensamiento del Tao. Guardar la sabiduría del camino, a través de un artefacto. Al igual que los místicos, los antiguos confiaron más en el logos oral que en lo escrito, en la palabra animosa, viva y directa. Tal desconfianza puede provenir de una supuesta pérdida, de una trascendencia que los antiguos depositaron y asentaron en la experiencia espiritual y en el diálogo: ya que la verdad es intransferible, indecible y mucho menos aprehensible por símbolos arbitrarios, de esencia mutable y de doble articulación. En la antigüedad (de manera tácita o reaccionaria ante lo novedoso), la vivencia de la verdad no se podía contener en un libro. 

La fascinación por el libro

Los antiguos buscaban armonizar la teoría (lo que se contempla) y la praxis (lo que se hace). A esto lo llamaron ethos. Hay un peligro en el libro como exceso: radica en el olvido de la vida, en un des- involucramiento de las circunstancias dadas, ésas que nos provee la existencia.

El libro era un invento nuevo, y el espíritu desconfiado y prevenido de los griegos, los hacía dudar de ese objeto que encierra el logos. Los judíos por otra parte, se mantenían firmes a sus convicciones y creencias, y fueron los pioneros en el tema relacionado al culto del libro (recibimos de los griegos la duda, la ciencia y el arte, y de los judíos la fe, la moral). Primero, la biblia de los setenta (Septuaginta) de estilo primitivo, que el tiempo iría puliendo lentamente como la caída del imperio y el ascenso del cristianismo. La onírica revelación de la cruz.

En el concilio de Roma del 382 se crea un canon, siendo estos procesos históricos manifestaciones de los procesos de la pisque colectiva. Acaece entonces, que los maestros orales van perdiendo su fuerza, e inicia el fin de la superioridad de lo oral sobre lo escrito.

Un largo proceso que ocurre en un instante como todos los grandes cambios; y tales cambios, emprenden nuevas técnicas de apreciación. Emergen las técnicas en la elaboración de los libros, en la escritura y la lectura: El libro sirve para leer el universo y su plan divino, y se mejora la calidad del papiro, del pergamino y lo empleado al arte de escribir.

El libro fascina y fascinarse es estar hechizado, sufrir un encantamiento (las personas en la antigüedad para evitar el encantamiento por mal de ojo, se colocaban figuras con forma de falo en el cuello). A San Agustín se le proclama como uno de los precursores de la hermenéutica, de acceder al libro desde una nueva forma, ¨Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra o mover la lengua (…) ¨ (Confesiones, Libro VI). El acto de leer empieza a convertirse en un ejercicio del espíritu; y entendió el obispo de Hipona, que las sagradas escrituras ocupaban una doctrina. Tal fascinación por el libro, desembocó en un cuidado en lo que se lee y de manera análoga, en cómo se lee y su residuo final: la comprensión…

El palimpsesto, el libelo, la proliferación

La fascinación por el libro provocó que muchos individuos fueran lectores de un solo libro; aunque la biblia es un libro hecho de muchos libros: cosmogonía, poesía, cartas, relatos… Antes de la re- invención de la imprenta por Gutenberg, el libro era un privilegio eclesiástico y de la monarquía; y algunos irrespetuosos raspaban las fibras de los manuscritos para volver a escribir. Tarea del buen escritor; borrar y escribir, escribir y borrar. La tecnocracia de la imprenta llevó a la supuesta democratización del conocimiento, y el libelo, hermano menor o esperma del libro, sirvió como recurso propagandístico. Fue Voltaire experto en la pornografía política y en el arte de difamar por medio del libelo.

Difícil es conocer el progreso o uso de los instrumentos, artefactos y técnicas.  El ser humano vive entre la oscuridad y el asombro ¨ (…) para él claramente demostrado que no conoce ni un sol, ni una tierra y sí únicamente un ojo que ve el sol y una mano que siente el contacto de la tierra¨ (El mundo como voluntad y representación, Libro I). Se llegó a la proliferación del libro, ¿es el libro un fin o instrumento de un fin?… Para los cabalistas, musulmanes y judíos; ambos casos es un sí. El libro es un atributo de Dios, y la divinidad fue movida a escribir dos, y uno de ellos es el universo.  Si en la antigüedad y la Edad Media la cantidad de libros era limitada, su proliferación desembocó en una propagación del descuido, una confusión del término ocio y a la aceptación de la mala letra. Nietzsche en su propia versión de Cristo, El Zaratustra; menciona ¨Entre todo cuanto se escribe, yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre, y comprenderás que la sangre es espíritu¨ (Del leer y escribir, Libro I). José Ortega y Gasset motivaba en un discurso llamado: La misión del bibliotecario, a leer el Fedro de Platón, para entender qué es el libro. Ya que el uso continuo de las cosas, hace que estas se gasten y vayan perdiendo un sentido de causa, un origen que sólo la historia de la tradición puede hacer que vuelva a arder. Para Ortega y Gasset, el siglo XIX fue un momento culmen para la historia del libro, ¨ ¿Qué ha pasado entretanto con los libros? Se han publicado muchos; la imprenta se ha hecho más barata. Ya no se siente que hay pocos libros; son tantos los que hay, que se siente la necesidad de catalogarlos¨ (p. 28). El libro como objeto es manifestación de conflicto, y manifestación del ser histórico construido por el tiempo.

En el principio fue el gruñido, luego la creación de la imagen. Y se desencadena la posibilidad de fijar lo dicho. Una supuesta desaparición del Caos que es solo aparente; porque en las palabras escritas hay borrones, se subraya, y se malentiende. Opera en el libro lo inconsciente, manifestado en el acto de escribir. Es un intento de hilar la oscuridad del pensamiento.

Sobre el autor

David Ruiz es filólogo y bibliotecólogo de la Universidad de Costa Rica.

Imagen: Still life with books (1901) por L. Block 

El culto mitraico: Implantación en Roma e Hispania y su influencia en el cristianismo

Ensayo

El culto mitraico: Implantación en Roma e Hispania y su influencia en el cristianismo

Marco Almansa Fernández

Universidad Complutense de Madrid

  1. INTRODUCCIÓN

Este trabajo trata, brevemente, sobre el culto del mitraísmo, sus orígenes y las características de este culto considerado mistérico. Además, se citará parte de la pugna contra el cristianismo en la búsqueda de una cuota religiosa para ocupar el espacio cultual. Sin embargo, descubriremos que la información sobre este tipo de cultos privados es realmente escasa, dado que no se permitieron dejar registros sobre el mismo. Para todo ello, acudimos a las fuentes literarias cristianas así como los hallazgos arqueológicos que nos han llegado para conocer mejor el mitraísmo.

  1. DESARROLLO

El mitraísmo es un culto mistérico procedente del Oriente Medio, en concreto de Irán en el II-I Milenio a. C. bajo la religión zoroastrista, que tenía como divinidad principal a Ahura-Mazda. Pero erraríamos si sólo nos quedáramos en este punto geográfico sin citar su otro origen, la India. Este culto indoiranio se irá extendiendo por el Mediterráneo gracias a la participación de otro actor importante, el Imperio Romano. Y fue, precisamente, a partir del s. I d.C. cuando este nuevo culto se incorporó de forma definitiva en el panteón romano.

Tenemos constancia que en época de Pompeyo Magno, en un pasaje descrito por Plutarco (Pomp., XXIV.7)[1] —cuando pretendía, exitosamente, acabar con los piratas que operaban en la región anatólica de Cilicia (67a.C.)— se describe la existencia de la divinidad Mitra y de su culto profesado por dichos corsarios. Aunque, debemos ir al autor latino Estacio para encontrar los primeros indicios literarios de este culto en el Península Itálica (Tebaida, I. 719 ss.)[2] a finales del s. I d.C. Y no será hasta los años 392-395 d.C. cuando con el emperador Teodosio haga desaparecer todo culto mitraico, además del cultus deorum original romano, a favor del cristianismo.

Vamos a tratar los motivos por los que el mitraísmo ha viajado desde Oriente hasta posicionarse en lugares tan alejados como Hispania, norte de África y Britania. Y esto se debe, fundamentalmente, a dos factores sumamente importantes: el movimiento de tropas y el comercio.

En el primer caso, las distintas legiones a lo largo de la historia de Roma se fueron trasladando a diferentes regiones a medida que las campañas militares iban consiguiendo sus objetivos territoriales. Por ello, no era de extrañar que viéramos desplazamientos de tropas de un lugar a otro, lo cual no era sólo para la conquista de nuevos territorios, sino también para la resolución de revueltas locales en donde era necesaria la participación del ejército para sofocarlas.

Seguramente, tendríamos que viajar a tiempos del emperador Nerón (54-68 d.C.) para conocer los primeros contactos con la región irania y el culto mitraico. No quita que el Oriente fuera desconocido para los romanos, recordemos las campañas de Marco Licinio Craso contra los persas (55-53a.C.), entre otros conflictos en la zona.

Volviendo a la época neroniana, la pugna por el control de Armenia contra los partos estaba vigente y el movimiento de tropas y relevos fue constante, siendo los primeros momentos del culto mitraico en Italia. Después, se tendría más contacto con las Guerras Partas de Trajano a partir del año 113 d.C. Nuevamente, la disputa volvió a lo largo del s. II-III d.C. Las tropas, primero con Marco Aurelio y después con Septimio Severo, se trasladaron desde Oriente a Germania y viceversa, lo que facilitó que el culto mitraico se instalara en Europa, así como en Britania (también por el traslado de tropas debido a revueltas producidas por los britanos-romanos y al norte del muro de Adriano, los pictos).

En el norte de África a lo largo del s. II-III d.C. se dio un gran esplendor que empezó a decaer a partir de mediados del s. III d.C., lo que produjo un desplazamiento de tropas constantes, con la sucesiva instalación del culto mitraico durante este siglo.

En relación al ambiente comercial, rápidamente, cierto es que pudo tener un peso sustancial en la expansión, sin embargo, no podemos encontrar registro arqueológico concreto sobre este factor. Aunque de forma indudable, el movimiento de familias a otras ciudades, la compartición de ideas entre personas, fue un factor muy a tener en cuenta, no sólo en el caso mitraico, sino en otros cultos o religiones mistéricas.

Debemos tener en presente que el culto mitraico encajó perfectamente con el aspecto militar, preferentemente masculino. Esto se debió a la estructura jerárquica en la que debían transitar los iniciados hasta alcanzar la última y séptima fase del escalafón mitraico, es decir, el pater. Del mismo modo, se puede extrapolar a la promoción militar por méritos que ocurría en el ejército romano. Por este motivo el culto arraigó de forma extensa dentro de las legiones que iban trasladándolo allá donde pasaban.

Ciertamente, no sabemos cómo se denominaban los distintos sacerdotes mitraicos, sin embargo, podemos intuir que adquirían el nombre según la fase que hubiesen alcanzado, de menos a mayor las indicamos. El iniciado sería designado Corax (Cuervo); Nymphus (Novio); Miles (Soldado); Leo (León); Perses (Persa); Heliodromus (Corredor del Sol) y Pater (Padre). Estos nombres y sus símbolos los podemos conocer gracias al Mitreum (lugar donde se practicaba el culto mitraico) de Ostia, en Italia. Porfirio (de Abstinentia, 4.16) afirmaba que los sacerdotes mitraicos podrían ser llamados “cuervos”, aunque esto, probablemente, sea una confusión con el grado de iniciación.

Para los mitraicos, su divinidad representaba el ciclo de la vida, esto es, el simbolismo de la vida hasta la muerte y el eterno retorno. Además, también prometía una especie de vida eterna en un Más Allá tras la muerte terrenal. De hecho, si nos fijamos en las representaciones de Mitra con la denominada Tauroctonía, observamos que en la esquina superior izquierda aparece el Sol, al otro lado la Luna. Por otro lado, en los laterales, aparecen las distintas fases o trabajos que podían haber realizado la divinidad para conseguir el toro blanco de sacrificio. En el interior de la escena aparecen, a ambos lados de Mitra, los gemelos Cautes (amanecer) y Cautómates (anochecer), lo que en su conjunto nos está queriéndonos narrar es el ciclo vital del día y de la vida. Toda esta escena está en el interior de una cueva, pues es el lugar donde se ocultó Mitra para el sacrificio taurobólico o, según otras versiones, donde nació esta divinidad. Y, es precisamente este suceso lo que influirá en la arquitectura de los diferentes mitreos, que imitarán la oscuridad de la cavidad, sin aperturas hacia el exterior, con la única iluminación de algunas antorchas o lucernas, como en Cabra (Códoba), Lugo, Londres, Dura Europos (Siria), Roma, Germania o los Países Bajos.

Existen varios animales dentro de la imagen de la Tauroctonía, como un escorpión que pinza los testículos del toro o una serpiente que bebe la sangre junto a un perro, a los que se les atribuye un significado astrológico. Pero nos queremos fijar en el ave que aparece junto al Sol, un cuervo. Este animal servía de mensajero entre la divinidad principal y Mitra, tal vez también entre el Pater y el resto de iniciados, siendo el Corax un ayudante-correo, tal como aparecen en Roma los veredarii, los mensajeros.

El mitraísmo tiene multitud de elementos sincréticos, es decir, de fusión o unión con otras divinidades. Por ejemplo, tenemos, tanto por parte de Europa y en Hispania, un sincretismo en Mitra-Mercurio y Mitra-Júpiter Dolichenus, o bien, se puede decir que al menos aparecen Mercurio y Júpiter dentro del espacio mitraico. También nos encontramos con un Mitra-Sol Invictus que será el culmen de las uniones, teniendo el mayor auge de culto con el emperador Aureliano en torno a los años 270-275 d.C. Y también, entre otros, como parte de lo comentado anteriormente, de su relación con el paso del tiempo y el ciclo de la vida, aparece un Mitra-Cronos como el que se encuentra en el Museo Arqueológico de Mérida (España). Además, se representan figuras leontocéfalas con una serpiente enroscada, significado, en este caso, del tiempo.

  1. MITRAISMO Y CRISTIANISMO

Dado que existen multitud de semejanzas con el cristianismo o de éste con el mitraísmo, quisiéramos añadir precisamente un texto que indica este conflicto que ya sucedía en el s. III-IV d.C. Se trata de un relato de Justino Mártir, Primera disculpa , cap. 66:

Porque los apóstoles, en las memorias escritas por ellos, que se llaman Evangelios, así nos han entregado lo que les fue ordenado; que Jesús tomó pan, y habiendo dado gracias, dijo: `Haced esto en memoria de Mí, este es Mi cuerpo´ y que, de la misma manera, tomando la copa y habiendo dado gracias, dijo: `Esta es mi sangre´; y se lo dio a ellos solos. Que los diablos malvados han imitado en los misterios de Mitra, ordenando que se haga lo mismo. Porque, ese pan y un vaso de agua se colocan con ciertos encantamientos en los ritos místicos de uno que es siendo iniciado, o sabe o puede aprender.

Esto nos da una imagen, primero errónea, de quién adoptó o copió a quien. Pues era muy habitual en los cultos mistéricos, antes de la aparición del cristianismo, que nació con el mismo significado, que éstos realizaran ofrendas de pan, vino y ejecutaran banquetes de comunión y rituales de tránsito, como un bautizo o ceremonias similares.

Se celebraba el 25 de diciembre el nacimiento de Mitra, igual que otras divinidades como Horus, Saturno, Dionisio y Jesucristo, fecha nada baladí porque marcaba (actualmente también lo hace), el tránsito desde la noche más larga del año hacia el primer día en el que el nuevo sol hacía que los días durasen más y las noches menos. De allí viene precisamente esa imagen del Sol Invictus de Mitra o de un Jesús-Dios vencedor de las tinieblas.

De estas iniciaciones estaban excluidas las mujeres, quienes sí participaban en los cultos de Isis y Cibeles, entre otros, los cuales tuvieron gran popularidad en Roma. Este fue un motivo por el que el mitraísmo no triunfó sobre el cristianismo, además de las prohibiciones teodosianas. Es decir, dado que, aunque ofrecía la posibilidad de una vida en el Más Allá al igual que el cristianismo, no permitía la participación femenina y por tanto, que las mujeres pudiesen beneficiarse del consumo alimentario. Por otro lado, el cristianismo intentó dar de comer a toda persona independientemente de su género o clase social, ya que la tendencia natural de las familias era, para obtener algo de alimento, depender del asistencialismo y la caridad de la comunidad cristiana, integrándose en ella.

Nota del autor: Para tener un panorama más amplio, es aconsejable visualizar el vídeo de la interesante charla que se realizó sobre este tema el día 1 de febrero de 2021, a través de las redes sociales de la Revista Virtual Quimera.

  1. BIBLIOGRAFÍA

CLAUS, M., (2000): The Roman Cult of Mithras. The God and his Mysteries, (trad. R. Gordon), Edimburg.

CUMONT, F., (1987): Las religiones orientales, Madrid.

ROMERO MAYORGA, C. (2016): Iconografía mitraica en Hispania. Universidad Complutense de Madrid. (tesis doctoral).

RUBINO, C., , (2006): “Pompeyo Magno, los piratas cilicios y la introducción del Mitraísmo en el Imperio romano según Plutarco”, Latomus, 65. 4, pp. 915-927.

SCHMIDT, H.P., (1978), “Indo-iranian Mitra Studies: The State of the central problem”, Études Mithriaques, Acta Iranica, vol. 17. Leiden, pp. 340-365.

TURCAN, R., , (1993): Los cultos orientales en el mundo romano, Madrid.

[1] ξένας δὲ θυσίας ἔθυον αὐτοὶ τὰς ἐν Ὀλύμπῳ, καὶ τελετάς τινας ἀπορρήτους ἐτέλουν, ὧν ἡ τοῦ Μίθρου καὶ μέχρι δεῦρο διασώζεται καταδειχθεῖσα πρῶτον ὑπ᾽ ἐκείνων.

[2]Te llames Mitra, y con rigor eterno tuerzas del toro el indomable cuerno.


Sobre el autor

Marco Almansa Fernández es Doctor en Historia Antigua de Roma y Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid. Sus investigaciones giran en torno a la religión y las prácticas cultuales en la antigua Roma, tema que desarrolló en su tesis titulada “El delito religioso en el sacrificio romano” en el 2019. Así mismo, ha hecho numerosas publicaciones hablando sobre la historia romana, tanto militar, religiosa y cultural, impartido varios cursos sobre la Historia de Roma. Además, es presidente y fundador de la Asociación cultural y de recreación histórica Mos Religiosus.

Del emperador filósofo y la legitimidad de la sangre

Ensayo

Del emperador filósofo y la legitimidad de la sangre


Por Felix Alejandro Cristiá

¿Podría haber una pregunta que más despertara el interés por el pensamiento político que la de quién debería gobernar, o cuáles capacidades debe tener un buen gobernante?

En su diálogo Politeia (Πολιτεία, más conocido como República), Platón se entrega a la noble búsqueda de la Nación ideal y de su gobernante, aquel quien debe ser responsable de hacer lo que mejor le convenga al Estado por encima de los intereses individuales. A propósito de esto, Sócrates en el Libro III (Platón, República, 412b), nos dice:

—Entonces, si nuestros gobernantes deben ser los mejores guardianes, ¿no han de ser acaso los más aptos para guardar el Estado?

—Efectivamente.

—Y en tal caso ¿no conviene que, para comenzar, sean inteligentes, eficientes y preocupados por el Estado?

—Sin duda.

Así bien, el filósofo ateniense opinará que el gobierno de la nación –que no debemos olvidar, es de carácter aristocrático– tendría que estar en manos de los que hayan adquirido la capacidad de discernimiento, en otras palabras, quienes hayan alcanzado suficiente sabiduría, haber cultivado la prudencia y ejercitado constantemente el saber práctico; este es, en efecto, el gobernante-filósofo.

—A menos que los filósofos reinen en los Estados, o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado, y que coincidan en una misma persona el poder político y la filosofía, y que se prohíba rigurosamente que marchen separadamente por cada uno de estos dos caminos las múltiples naturalezas que actualmente hacen así, no habrá, querido Glaucón, fin de los males para los Estados ni tampoco, creo, para el género humano […]. (Platón, República, 472d)

No quedándose aquí el modelo del dirigente ideal, también se destaca de Platón la opinión de que los hijos e hijas de los ciudadanos deben ser “como hermanos y como hijos de la misma tierra” (República, 414e), es decir, que no fueran sucesores legítimos de alguna persona y de su patrimonio, sino hijos comunes de la pólis, para así enaltecer el orden político y el bien común, previniendo conflictos de intereses relacionados con la propiedad y la herencia. Ahora bien, ¿qué tanto se cumplió lo que defendía Platón? ¿Filósofos lograron gobernar naciones?

Los Antoninos

La dinastía Antonina es bien conocida, gobernó el imperio romano durante el Siglo II, comprendiendo un período de expansión y esplendor a menudo referido como el “Siglo de oro”. Esta época da inicio en el año 96 con el emperador Marco Nerva, y finaliza en el 180 con la muerte de Marco Aurelio, aunque también se suele extender unos 16 años más con el reinado de Cómodo.

Lo peculiar de esta dinastía radica en que el poder del emperador no se transmitía por línea sanguínea; en ausencia de varones que pudieran heredar el mando, los emperadores adoptaban niños y designaban al sucesor de acuerdo a sus capacidades. Comenzando por Nerva, le siguieron Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio. Niccolò Machiavelli, en el capítulo X del primer libro de Discursos sobre la primera década de Tito Livio, del que en el futuro le acuñarían la frase de los “cinco buenos emperadores”, estudia el gobierno de los romanos:

Verá, además, leyendo la historia de todos ellos, cómo se puede organizar bien un reino, pues todos los emperadores que sucedieron a su predecesor por herencia, excepto Tito, fueron malos, y los que lo hicieron por adopción, fueron todos buenos, como los cinco que van de Nerva a Marco Aurelio: y cayendo luego el imperio en mano de los herederos de éste, volvió a arruinarse. (Maquiavelo, 2015, pp. 73-74)

Los aciertos de esta dinastía comprendían: la expansión territorial y eficacia militar (Nerva, Trajano), delimitaciones y obras de defensa (Adriano), hasta el esfuerzo por mantener la estabilidad en el imperio (Antonino Pío y Marco Aurelio). Este último, quien durante los primeros años de su mandato compartió el gobierno con Lucio Vero –también adoptado por Antonino–, dedicó parte de su tiempo a la filosofía, legándonos su libro Cosas para mí mismo (Τὰ εἰς ἑαυτόν), que a menudo se traduce como Meditaciones o Pensamientos para mí mismo, el cual escribía, según cuenta la historia, al final de los días de campaña militar del año 170. Esta obra seguramente no tenía la intención de fundar un paradigma educativo, sino que es resultado de una introspección.

Cabe señalar que no era la primera vez que el imperio romano había sido dirigido por un filósofo. Poco más de 100 años antes, Séneca gobernó de facto junto a Sexto Burro durante 8 años, ya que era el preceptor del legítimo heredero al poder quien, no obstante, era todavía un Nerón muy joven. Se suele decir que Trajano recordaba el gobierno de Séneca como el más justo hasta entonces, reduciendo impuestos indirectos y persiguiendo la corrupción de los gobernadores en las provincias.

«en una misma persona el poder político y la filosofía»

Marco Aurelio en sus Pensamientos, escritos en griego helenístico, destaca el sentido de responsabilidad, la austeridad y el culto a los ancestros. En la sección XVI del Libro I conmemora a las personas que marcaron su vida, por ejemplo, a quien fue su padre adoptivo por designio de Adriano:

De Tito Antonino, mi padre adoptivo: ser clemente, pero inflexible en las sentencias dictadas […]. Habría podido aplicársele lo que se dijo de Sócrates: que tenía la fuerza de privarse o de gozar indiferentemente de lo que la mayor parte de los hombres no puede ni carecer sin tristeza, ni poseer sin exceso.

Su pensamiento estoico influenciado por Epicteto exalta la imperturbabilidad del alma, el no temer a la muerte y concentrarse en el presente que es lo único que existe. La naturaleza en los estoicos tiende a seguir y justificar un orden, donde cada ciudadano –sus acciones o inacciones– debe aceptar lo que es (desde el esclavo hasta el patricio), y los intentos por cambiar el orden atentarían contra el universo mismo, Dios, la naturaleza; brindando cierta reminiscencia a la antigua Maat egipcia.

Acuérdate de estas dos verdades: la una, que el teatro de la vida ha sido siempre idéntico, que todo evoluciona en un círculo, y que es indiferente ver los mismos objetos durante un siglo que durante dos, o por espacio de un tiempo ilimitado; la otra, que quien muere muy joven pierde tanto como quien ha vivido muchos años. Ambos pierden sólo el presente, por el hecho de que no podrían perder lo que no tienen. (Libro II, XIV)

Y por supuesto, sus reflexiones también fungían como consejos para todo aquel que, sabiéndose gobernar a sí mismo, podría gobernar una nación. La libertad se encuentra en la manera en que vivimos con la naturaleza, según cómo aceptamos lo que nos sucede. Su visión sobre la vida, muerte y espiritualidad estaban estrechamente ligada a la voluntad y la austeridad, las cuáles había que controlar para garantizar el bien mayor: el bienestar del imperio, como nos dice en la sección XXII del Libro V: “Lo que no es perjudicial para la ciudad no lo es tampoco para el ciudadano. Ten por norma esta máxima siempre que creas que has recibido una ofensa”.

En este momento se hace necesario recalcar que este emperador, así como otros pensadores de la antigüedad, no fue filósofo como se suele entender hoy en día. Recordando a Platón, el filósofo no debe dedicarse únicamente a la reflexión o a ejercer el poder. La gran mayoría de pensadores de la antigüedad griega clásica se entregaban a los gozos de la sabiduría en tiempos de ocio, antes de las academias y los liceos. Sócrates, Jenofonte y otros destacados admirados de su época fueron militares, y en casos como Esquilo –como se dice que mandó a colocar en su epitafio– sentían más dicha en ser recordados como guerreros que luchan por su patria que como autores. Así bien, muchos de ellos, e incluyendo a los romanos, antes de ser ‘filósofos’ debían ser servidores de la comunidad cívica.

¿El error del emperador filósofo?

Sin embargo Marco Aurelio, a diferencia de sus antecesores, sí tuvo descendencia, por lo que ocurrió al final lo que dictaba la tradición. A su muerte el poder pasó a manos de su hijo Lucio Cómodo, siendo el último de la dinastía, más sin embargo y curiosamente, considerado uno de los peores emperadores de Roma. Este último Antonino, a diferencia de sus predecesores, fue criado con la convicción de que heredaría el poder; no tenía nada que asegurar, nada por lo que luchar ni por lo que competir, desembocando en un gobernante narcisista, populista y paranoico. La muerte de Cómodo inició un período de crisis en el imperio, donde aparecieron diversos aspirantes al trono y se intensificó la corrupción, llegando finalmente una etapa de militarización extrema; comienza el declive de Roma.

Siendo que, por cuestiones de ‘naturaleza’, los líderes de esta dinastía no tuvieron descendientes sanguíneos y tuvieron que seleccionar a su sucesor de acuerdo a sus capacidades pero que, sin embargo, sus labores fueron muy destacables en la historia romana, es pertinente la pregunta: ¿cuántos errores hubiera podido ahorrar la monarquía que se expandiría por el mundo si hubieran seguido con esta particularidad de los Antoninos, no como una consecuencia de la ausencia de heredero, sino como un método para cerciorarse de que gobernara alguien realmente competente? Pero la necesidad de preservar un legado propio normalmente tiene más peso que el bien común (¿y con ello la afrenta al servicio de la comunidad, y por ende al orden?).

De todas maneras, quizá no hubiese sido algo que le hubiera preocupado mucho al emperador y filósofo romano antonino, ya que el porvenir es siempre incierto y la naturaleza –verdadera regente– terminará imponiéndose.

¿Qué es lo único que puede facilitarle [al ser humano] su viaje en este mundo? La filosofía. Ésta consiste, pues, en velar por el dios que reside en su interior, de suerte que no reciba ni afrenta ni heridas, que no se deje arrastrar por los placeres ni por los dolores, que no haga nada a la ventura, que no emplee los embustes ni la hipocresía, que no cuente nunca con lo que otro haga o deje de hacer […], en fin, que aguarde la muerte sin inquietud, no viendo en ella más que una disolución de los elementos que constituyen el organismo de todo ser vivo. Si estos elementos no sufren daño alguno al transformarse perpetuamente de un estado a otro, ¿por qué han de inspirar desconfianza y temor? (Libro II, XVII)

En el año 176 –cuatro años antes de su muerte– Marco Aurelio hizo una visita a la ciudad de Sócrates, donde fundó una escuela que impartiría las “Cuatro cátedras de filosofía” y, persuadido por el orador griego Elio Aristides –aunque motivado por intereses quizás más políticos que filantrópicos–, mandó a reconstruir la ciudad de Esmirna, saqueada por los Costobocios años antes, y se convirtió en benefactor del templo de Eleusis donde se inició en sus misterios. Se podría decir que llegó a cumplir en gran medida aquellas conjeturas de las que se ocupó Platón mediante la evocación de su querido maestro: que fuera un filósofo –entendido como un hombre completo– quien liderara una nación.

No esperes jamás poder establecer la república de Platón. Conténtate si consigues hacer a los hombres un poco mejores. (Marco Aurelio, Pensamientos, Libro IX, XXIX)

Lamentablemente, el tiempo no pudo vencer a los tradicionalismos que tarde o temprano se imponían; la monarquía y la oligarquía seguirían tirando de la historia, legitimando el poder de la sangre y repitiendo sus errores.

Bibliografía:

Cortés, J. (1998). “Marco Aurelio, benefactor de Eleusis”. Gerión, no. 26, 1998, Servicio de Publicaciones, Universidad Complutense, Madrid.

Marco Aurelio (2017). Pensamientos para mí mismo. Traducción de Joaquín Delgado. Errata Naturae.

Maquiavelo, N. (2015). Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Traducción de Ana Martínez Arancón. Alianza.

Platón (1988). Diálogos IV. República. Traducción de Conrado Eggers Lan. Gredos.

Séneca (2014). Sobre la firmeza del sabio. Sobre el ocio. Sobre la tranquilidad del alma. Sobre la brevedad de la vida. Alianza.

Imagen: La coronación de Marco Aurelio, tapiz del Palacio de Malferit, Valencia.

Dos poemas del libro “Las lunas del mal” de Lucía Alfaro Araya

Poesía

Tregua

Necesito reconstruir su rostro,
su círculo perfecto
cada treinta de octubre
y no morir de mar en el intento.

Necesito llegar a ese puerto
donde llegan los pájaros
que perdieron el rastro
y hacer de este corazón
un muelle silencioso

en desventaja idónea,
para que copulen las ballenas,
los naufragios, los delfines,
y que el fin de las sirenas
no sea la extinción de los sueños.

Necesito encontrarla flameando
en los faros de los barcos de infancia
sin cobardía o valor,
simplemente mirarla de cinco años
en las latas urgentes de los techos
y lavarle los ojos con la sal
de mis aguas ocultas,
cauterizar la sangre,
la mentira, la arena
con la grafía rebelde
que palpita debajo de esta huella.


luna en minúscula

Imaginó ser un satélite invencible
pero es solo una gota de sudor
que cae del gran astro.
Yo la encontré en el fondo de mí misma
porque el mar no le fue suficiente.

La conozco y no puede mentirme.
Caminé por los zaguanes tristes de su psique
y entonces la nombré luna en minúscula.

Nunca más dominará este océano.
La playa está sitiada
con valeriana y otras hierbas santas,
para que no martille la memoria
del ángel de las aguas.

Su huella fue borrada

por los mismos cangrejos
que devoró en su cena.
Ahora está floreciendo el cactus
que sembré entre manglares
y la señal que dejó en mi costado
cicatrizó bendita.
¿Qué inteligencia extraña le ordenó vigilarnos?

El devenir opaco de la cara que oculta
la obliga a alejarse.
No aumentará su órbita.
Todos saben que no tiene luz propia.
Los ancestros ya lo han demostrado:
nadie es indispensable
en la raíz volátil de las piedras.

Las lunas del mal (2020), Editorial Summa, Perú.

Sobre la autora

Lucía Alfaro nace en San José, Costa Rica. Es graduada en Administración de Empresas y Bachiller en Filología Española de la UCR y egresada de la Maestría en Literatura Latinoamericana. Es gestora cultural y tallerista desde 2007, año de la fundación del Grupo Literario Poiesis, del cual es miembro fundadora.

Obtuvo el segundo lugar de poesía en el certamen Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica – Sede Pérez Zeledón (2013), y el primer lugar en el certamen Hispanoamericano de Hikus organizado por Némesis Perú (2019).  Parte de su obra se ha publicado en varias antologías, periódicos y revistas nacionales e internacionales, tanto virtuales como impresas. Su poesía ha sido traducida al portugués y al inglés y antologada en Costa Rica y en las compilaciones de los Festivales Internacionales a los que ha sido invitada: México, Nicaragua, Panamá, Cuba, Colombia, Uruguay y Perú.

Publicaciones:

  • Inevitable travesía (2008).
  • Nocturno de presagios (2010, EUNED).
  • La soledad del ébano (2015, UCR).
  • Antagonía (2016, Editorial Torremozas – España).
  • Vocación de herida (2016, EUNED – POIESIS).
  • Las lunas del mal (2020, Editorial Summa – Perú).
  • Antología personal Líneas insurrectas (2020, Editorial Summa – Perú).

Imagen: The Spirit of the Southern Cross (1888) por Artur Loureiro.

El error no fue mío por José A. García

Relato

El error no fue mío

Sabía que no tendríamos que haber abandonado aquel quinquerreme en esa isla perdida. Debimos haberlo incendiado. Fácil resulta ahora imaginar que los perros romanos lo encontrarían y podrían copiarlo. Porque sólo de ese modo lograrían realizar una obra de ingeniería siquiera similar a la nuestra.

Seremos eternos aliados, prometieron para arrastrarnos a la guerra contra los helenos. Nunca olvidaremos su ayuda, repitieron en su apestoso Senado más de una vez; lo sé, yo estaba allí. Y, en cuando lograron salir de la sucia ciénaga donde vivían, comenzaron a conquistarlo todo. Debimos haber previsto que no se contentarían con derrotar a sus vecinos más cercanos.

¿Cómo es posible que estos toscos hombres, poco imaginativos, carentes de toda grandeza y que sólo sirven para luchar se atrevan siquiera a atacarnos?

Y todo por un barco abandonado.

Los veo avanzar veloces hacia nuestras costas, orgullosos con sus estandartes flameando al viento, creyéndose capaces de superar a nuestra numerosa flota, a nuestros marinos nacidos en el agua, de llegar hasta nuestras fortificaciones. Ellos, que recién ayer han aprendido a flotar fuera del pantano en el que nacieron.

Nuestros gloriosos barcos abandonan el puerto para encontrarse con los ladrones de inventos, prestos a defender lo que nos pertenece y demostrar que, aún con las fuerzas diezmadas por los años de constantes enfrentamientos, no nos derrotarán. A pesar del fuego griego que lanzan contra nosotros, seremos quienes al final triunfarán. Pero, ¿qué son esos gritos?

¿Acaso aún veo más barcos romanos, allí, en el horizonte, sobre el mar? ¿Será posible que sean tantos? ¡Es inaudito! ¿Han talado hasta el último árbol de su tierra?

¡Te maldigo romano por imponernos ésta guerra! ¡Te maldigo capitán, por abandonar aquél barco cuando lo mejor era destruirlo! ¡Me maldigo por no haber impuesto mi voluntad como Embajador en ese momento!

Las lágrimas nublan mi visión, el odio mi razonamiento. Sé que el error no fue mío, pero, con mucho pesar, sólo llamas puedo discernir en el futuro de la gloriosa, inigualable y nunca superada Cartago…


Sobre el autor

José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza.

Página web personal: http://www.proyectoazucar.com.ar


Imagen: The Battle of Actium2 September 31 BC – Lorenzo A. Castro

La reina indómita de Aquitania por Ana María de Obesso Grijalvo

Poesía

La reina indómita de Aquitania 

Ese instante, ¿dónde está?

Aquel que me convirtió en el Roble Rojo

enseñándome a cubrir con corteza

mis anillos de lengua de oc.

En silencio me extravío

hasta la raíz de días perfumados

de naranjas y membrillos,

entre pies descalzos y laúdes,

repletos de risas y de parloteo.

Me vi forzada a crecer,

a regentar este cuerpo

sin domar mi espíritu.

Entregué la luz a las tinieblas sordas.

Sin sosiego, moldeé trueques de reinos,

parí hijos, sudé lágrimas y aullé mi fuego.

Mi corazón estuvo vagando entre

amores juglares y jaulas doradas,

hasta que tambores y trompetas

lo hicieron nuevamente vibrar.

Me alcé enarbolando todo el tallo de mi altura

y penetré de nuevo en el juego

de arañas, para vivir

mil despedidas crueles.

Presa de tiempos opacos, mi alma

se ha erguido como un muro

frente al azote del viento.

Ahora solo busco el descanso

de mis huesos blancos y astillados

por donde sangra mi vida.


Sobre la autora

Ana María de Obesso Grijalvo. nacida en Burgos, España, desde verano de 2018 soy escritora nobel y me decidí a iniciar mi periplo poético escribiendo algunos poemas en Instagram y presentándome a varios concursos en 2020, año en el que uno de mis poemas fue seleccionado en el X Concurso de Poesía Libre “Versos en el Aire”. Actualmente trabajo en la creación de un poemario ilustrado, en formato libro objeto.


Imagen: Queen Eleanor & Fair Rosamund – Evelyn de Morgan

Mucho más en contra por Rolando Reyes López

Poesía

Mucho más en contra 

¿Dónde viven los hombres como yo?

No salí de las arenas limpias del Kollam

ni el Meenam tuvo que ver con el calendario de mi madre;

Deví no fue la diosa sobre mi cuna:

ELLA me había eliminado de los círculos

mucho antes que existiera mi familia.

La creadora no me ofreció las novias de Krisna.

sin embargo, yo amé los dos espíritus del hombre.

No asistí al Baile de las Flores,

nunca olvidé las virtudes de mi cuerpo

o la sabiduría de los Dioses del pasado.

Mi historia no apareció en De orbe novo decades,

porque no pude ocultarme a tiempo en las Efebias.

Los demonios de la muerte

me dieron esta prisión inmediatamente después

que pude sostenerme sin ayudas;

Hades espera mi último minuto,

dice que soy su causa pendiente con el Rah.

La calle donde vivo no está al norte del Vesubio,

la lista en la que estoy nunca será revelada,

muchos creen que no soy de esta civilización,

que más bien parezco un tabú

y que mi nombre no aparece

en la nomenclatura antigua de especies verdaderas.

Mi vida es limitada, discreta, clandestina

como salida de mundos anteriores.

Tengo la impresión de ser

lo que no se ha podido crear;

la violencia, el odio, la venganza y la muerte

viven persiguiéndome

porque soy un símbolo irreal de este tiempo.

Ellos no preguntan por los terremotos,

ellos preguntan por mí,

y avisan sobre las consecuencias de imitarme:

No hacer contacto conmigo,

es la frase de orden.

Fui privado de mi origen étnico,

de mi nacionalidad, del sexo con que nací,

de mi condición plebeya;

me quitaron la salud, la edad,

el idioma, las necesidades afectivas,

la religión y mis pertenencias sexuales.

Otros dicen que mi rostro no será reproducido

por los artistas de las pirámides,

que, por suerte, no recuperaré mi lugar

en las profundidades,

y que

por tanto

tienen la orden de impedir

que mis ideas se divulguen.


Sobre el autor

Rolando Reyes López. (Pedro Betancourt, Matanzas, 1969). Reside desde el año 1971 en el Municipio de Jovellanos, Matanzas, Cuba. Bachiller, jubilado por Baja visión. Finalistas en el XII Certamen Poético “Luna Azul” del 2015 en Zaragoza, España. La Editorial Vigía publicó su poema “Zona de paz”, en el 2016.
Poemas suyos están en varias antologías de la editorial chilena “Isla Negra” en el 2017 y 2018. Así como en la editorial Letras con Arte, España, 2019 y 2020.


Imagen: Demon sittingMikhail Vrubel

La última vela por Tiziana Palandrani

Relato

La última vela

Las palabras del médico bordean frágilmente la almohada de Domínikos.

Y de todos los verbos de su vida, ahora solo queda en su memoria una pregunta.

Por qué pintar tantas veces aquel tema singular de un niño soplando, y con un mono.

Que no es un niño.

Es un recuerdo, lo quiero explicar antes de morirme.

Intento hablar pero solo me salen mis antiguas palabras forasteras.

Que no es un niño; es el secreto de un hombre recién llegado, alumbrado por el fulgor del atardecer.

Y entre todas las estrellas florecidas, un destello llama la atención de mis ojos de pintor.

Detrás de una ventana entreabierta, una mocita; los rasgos transformados por el centelleo de la vela que iba encendiendo, tal que en principio no pude entender si fuese un niño, un ángel o un sueño.

Y así pinté mi indecisión.

Ese rostro explotaba de luz quedando el resto atrapado en el abismo, como el hombre que se asomaba, burlándose de un encanto tan bello cuanto insoportable.

En cambio, por un instante, se le quedó en el semblante la misma marca de eternidad, mientras que la niña susurraba al tiempo de inflamar otras siete velas clandestinas.

Palabras que me perseguían por todo el callejón verde asediando mi curiosidad de simio insatisfecho.

Sin embargo, el deseo de cautivar sobre el lienzo aquella carita carmesí, cada vez estaba más lejos de la realidad.

Pero ahora sigue atrapándome, y por fin me encontró.

Espero que me salve, aquella oración con la cual me quedo en esta última cama.

Yo, El Greco, lo confieso ahora.

Pinté tantas veces esa vela para que no se me apague; ya no puedo más.

Y se apagó.


Sobre la autora

Tiziana Palandrani. Nacida en Cerdeña (Italia), es profesora y etnomusicóloga.

Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras y licenciada en Etnomusicología en el Conservatorio de Música de Sassari (ambas titulaciones cum laude).

Dedicada desde hace años a la investigación del material biográfico sobre Fryderyk Chopin; su ensayo sobre el compositor ha sido editado en el 2020 por Brepols.

Desde el 2010 lleva a cabo una sistemática encuesta de campo en varios pueblos de Andalucía para estudiar las saetas y las evidencias musicales de la Semana Santa andaluza.

Ha presentado resultados y materiales de su búsqueda en diferentes convenios internacionales.

Se dedica también a la poesía y prosa en italiano, sardo y castellano; sus composiciones han sido premiadas en Italia y España.

En el 2019 su documental etnográfico ‘Colmena mística’, dedicado a la polifonía de Montoro (Córdoba), resulta finalista en Italia en la «Rassegna internazionale Vittorio De Seta».


Imagen: Una fábula – El Greco

Para que no muera el sol por María Graciela Kebani

Poesía

Para que no muera el sol

Para que el sol alumbrase era necesario que comiese corazones y bebiese sangre, y para ello hicieron la guerra.

 

—Se apaga, se nos apaga el sol.

—¿Qué haremos?

—Guerra, solo la guerra nos salvará.

—Necesitamos corazones para nuestro sol.

—Y sangre para que sacie su sed.

—Nos cubrirán las tinieblas.

—Nos devorarán las sombras.

—Llamemos a la guerra.

—Nueva vida para el sol.

¡Guerra! ¡Guerra!

—La muerte nos dará los corazones y la sangre para que renazca.

—Para que triunfe sobre la noche.

—¡Oh, Edificador! ¡Oh, Manifestador!

—¡Míranos y óyenos!

—No nos abandones.

—Tú, el que ve en la sombra, en el cielo y en la tierra.

—Danos la señal de tu palabra.

—Muéstranos el camino.

—Brindamos la paz para nosotros y nuestro descendientes.

—¡Que tu luz no se extinga!

—Muéstrate en todo tu esplendor.

— Si quieres corazones, corazones tendrás.

—Si deseas sangre, sangre beberás.

—Descúbrenos tu rostro radiante.

—Yérguete en medio de la oscuridad.

—Incendia con tu fuego el cielo.

—Mira que si tú desapareces, nosotros también desapareceremos.


Sobre la autora

María Graciela Kebani nació en Buenos Aires, Argentina,  en 1960. Trabajó en la docencia (nivel medio) durante más de treinta años como profesora de Lengua y Literatura  enseñando y leyendo cuentos, poemas, leyendas, etc.  Esta dedicación a la literatura y a la lectura le llevó escribir. Escribió poemas, cuentos, teatro y una novela. También escribió poemas y cuentos para niños. Publicó tres libros en Ediciones del Dock: “En algún lugar el paraíso” (poemas) (2006), “Para que no muera el sol”  (cuentos) (2006) y “De sombras y obsesiones” (poemas y cuentos), (2008). Pasiones: la lectura, la mitología y  el arte en todas sus variables.


Imagen: Piedra del Sol

Impresión de las distancias por José Arturo Monroy

Relato

Impresión de las distancias

A Rosse Cuadra

Gustaba caminar por la avenida, en especial, entre la calle catorce y quince. Despertaba la primavera, su estación preferida, pues las jacarandas siempre estaban en flor: púrpuras caricias que ornamentan los cielos y endulzan todos los caminos. Gustaba, sobre todo, pasar sobre la calle quince, cuidando siempre de pisar las baldosas. Cuando el tiempo no tiraba de su corbata, subía al Parque Gómez Carrillo a tomar el café matutino y conciliar sus penas y preocupaciones con el Príncipe de los cronistas[1].

Una mañana, de camino al trabajo y con una hora extra en el bolsillo, decidió llevar el conteo de las baldosas que pisaba día a día en ese tramo al que le tenía tanto afán. Andaba, como un niño con zapatos nuevos, viendo hacia abajo mientras contaba las baldosas cuando uno de los cálices purpúreos cayó danzando con peculiar elegancia frente a su rostro. Alzó entonces la mirada y toda la avenida comenzó a perderse a la distancia en una suerte de perspectiva fragmentada.

El sendero, anteriormente derecho, dejaba ver ahora una ligera inclinación ascendente que se iba pronunciando más y más. El errante, sin embargo, no bajó ya la mirada. Continuó caminando. De cuando en cuando, volteaba a ver, pero no por mucho tiempo. La realidad era ahora lo que se quedaba a la distancia. El camino continuaba empinándose y la acera, que hasta entonces acompañaba sus pasos, comenzó a desaparecer bajo sus pies. Encontró sumamente extraño el hecho de que no sentía terror… ni siquiera miedo, sino todo lo contrario, lo invadía un sentimiento de familiaridad.

Lo que hace poco era una avenida pavimentada, era ahora una suerte de baldosas dispersas que daban a la nada: un espacio negro, en apariencia infinito, que se extendía frente a él; un espacio vasto, frío, silencioso e intermitentemente iluminado por nebulosas que cambiaban de azul a naranja, de verde a escarlata, de gris a rosado. Conforme más se adentraba, las estrellas se hacían más evidentes. Algunas, como faros distantes, se apagan y encendían, llegando a lastimar sus ojos al contacto directo con el fulgor; otras, como hadas juguetonas, serpenteaban por la bóveda y orbitaban alrededor de su cuerpo para perderse después en el oscuro e inexistente horizonte.

Volteó a ver su muñeca y el reloj, que mecánicamente se ponía todas las mañanas, era un algo ajeno a su imaginario. Tal concepto resultaba difuso e irreconocible en su mente. Cuando reparó en ello, este comenzó a desbaratarse y a deshacerse hasta las cenizas. No sintió miedo, solo extrañeza, porque todo le resultaba familiar. Volteó a ver su mano derecha, la que siempre cargaba el maletín, y lo desconoció también… se hizo polvo cuando intentó apretar con mayor firmeza el mango. Al tener sus manos libres, tanteó su cabello. Antes, estaba recortado a la manera clásica, mas ahora portaba una melena vigorosa y desordenada, sintió en esta un olor ocre, a humo. Vio sus manos después de examinar su cabeza ¡y se habían tornado más finas!, más blancas, ligeras. Un nuevo peso se anunciaba en sus muñecas y vio cómo, lentamente, se materializaron unos brazaletes metálicos. Sintió una fuerte presión en el pecho, su corazón latía como un caballo desbocado e intentó aflojar la corbata. Cuando arrastró el nudo hasta la mitad, se tornó en una serpiente y estuvo a punto de entrar en pánico cuando notó que estaba muerta, degollada. La soltó y cayó al vació. No se hizo ceniza, ni polvo, solo se quedó allí, flotando a la deriva del espacio. Sus pies nunca cesaron de andar.

¿Qué ocurría? Su mente intentaba dar con la respuesta, ¡sabía que la tenía!, pero se estaba escondiendo entre la borrasca de la confusión. Volteó a ver el camino andado y la lumbre de la realidad era solo un punto parpadeante en la lejanía. Al ver que los significantes poco o nada respondían, intentó penetrar en el significado de lo que estaba ocurriendo y se hizo la luz. La bóveda oscura comenzó a agrietarse, un estruendo horrible se apoderó del espacio y comenzó a temblar. Todo cuanto sus ojos percibían se quebró, emitiendo un grito como el del cristal que impacta con el suelo.


Cada fragmento que se venía abajo era una pieza del tiempo. En cada una de estas piezas, el hombre, su civilización y los sucesos que componen la Historia estaba albergado en ellas. El fuego, las huellas de Altamira, el número, las ciencias y las artes, las hazañas homéricas, el Partenón, las enseñanzas de Sócrates, Platón, las esculturas de Praxíteles, Roma y su ascenso y caída, el Gran Jaguar, las Catedrales, la Peste, ¡la Inquisición!, el exilio de Dante, el Renacimiento, Notre-Dâme, las revoluciones, el vapor, el reloj, la corbata, las reformas, la Independencia de América, la Primera Guerra, la Teoría de la relatividad, la Segunda Guerra, la disputa del alma, los Beatles, Vietnam, hasta el Parque Gómez Carrillo… todo, todo aquello que la mente de usted, lector, pueda colocar en cada uno de estos lienzos, y que figura un momento clave, una vida ilustre dentro del curso de la Historia –oficial y no oficial–, caía ahora como las piezas que son devueltas por una tosca mano a la caja de un viejo rompecabez

Con la vista al frente, continuó caminando. Caminó mientras todo aquello que alguna vez creyó conocer, y hasta disfrutar, se desplomaba a sus espaldas.

Otro punto de lumbre se hizo presente en su camino. Estaba lejano, pero no aceleró el paso. Mientras más cerca estaba de la luz, más familiar era todo… iba comprendiendo. Alcanzó el portal: ese enorme círculo dorado y palpitante; escuchó una voz, percibió un incienso y… suspiró. Antes de entregarse a las áureas fauces, volteó una vez más. «Todo está claro» murmuró para sí, y prosiguió.

—¿Qué quiere decir eso? ¿Qué quiso decir Apolo? —le preguntó un joven de blonda cabellera y pálido semblante, mientras dejaba a un lado su escudo, a la pitonisa que intentaba recuperar el aliento.

[1] Enrique Gómez Carrillo (Guatemala 1873 – París 1927). Célebre prosista guatemalteco al que se le nombró “el Príncipe de los cronistas” gracias a sus múltiples impresiones de viajes: textos en los cuales se aprecia un notable trabajo poético de corte modernista. Entre la quince y catorce calle, sobre la sexta avenida del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, se encuentra el Parque Gómez Carrillo, y en el parque, un busto de mármol en honor al cosmopolita y bohemio más recordado de la nación.


Sobre el autor

José Arturo Monroy (Guatemala, 1995) Humanista y escritor. Miembro del Atheneo de América y cofundador del Taller de Poesía Castalia. Desde temprana edad siente inclinación por las artes gracias a la dirección de su abuelo Oscar Cajas (pintor guatemalteco), quien lo guio en sus primeros tanteos líricos. Estudió Bachillerato en Diseño Gráfico en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura Guatemala, Guitarra Clásica en el Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara y el Profesorado en Lengua y Literatura en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente cursa la Licenciatura en Letras.

Sus poemarios Exposición a corazón abierto (2018)y Sueño de amor interrumpido (2019) fueron premiados por la Editorial Universitaria y por la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala. En noviembre de 2020 el Atheneo de América publicó su primer poemario: Clara Luz.


Imagen: Alexander Consulting the Oracle of Apollo – Louis-Jean-François Lagrenée

El llanto de la madre por Ramón Patricio García Gebauer

Relato

El llanto de la madre

Lloro por mis hijos en la soledad de mi cueva. Lloro porque un salvaje los ha estado asesinando uno por uno. Lloro porque solo puedo hundirme en mi dolor y esperar lo peor.

Mi primer hijo en sucumbir a manos de ese asesino vivía tranquilamente en un bosque. Era grande y fuerte y temible; siempre quiso vivir en soledad, alejado de los hombres, y por eso podía ser algo agresivo con aquellos que se adentraban en su territorio. El salvaje lo atacó dentro de su propio hogar y asfixió a mi pobre hijo. Y no solo eso: el salvaje no estaba satisfecho con haber matado a mi hijo, no, tenía que llevarse un recuerdo de su atrocidad. Entonces desolló a mi hijo y desde entonces el salvaje usa su piel como vestidura.

Le siguió mi hija. Yo creí que estaría a salvo por vivir en un lejano lago y por mantener buenas relaciones con los pobladores (aunque de vez en cuando devoró una que otra oveja). Aquello no detuvo a ese monstruo, quien viajó hasta su lago para matarla. Mi hija se defendió y luchó ferozmente, pero al final el salvaje logró asesinarla, mutilando y quemando el cuerpo de mi querida hija. El salvaje siguió profanando el cuerpo, bañando sus flechas en la sangre de mi hija.

Me sentí aliviada al saber que mis otros hijos no vivían solos: ellos eran guardias, defendiendo la propiedad de seres imponentes y poderosos. Pensé que el criminal no intentaría robarle a aquellos seres temibles, pero me equivoqué. Uno de mis hijos protegía un rebaño, y el salvaje lo asesinó para robarse los animales. Otro de mis hijos custodiaba un jardín, y el salvaje, para robarse unas frutas, le dio muerte. Mis pobres hijos estaban cumpliendo con su deber, un deber que ellos ni siquiera eligieron, y aun así el salvaje no tuvo compasión con ellos.

Y ahora me he enterado que ese bastardo ha secuestrado a uno de mis hijos, uno de los pocos que aún viven. No entiendo cómo pudo hacer esto… Mi hijo es guardián de una tierra lejana a la que pocos mortales han podido ir y regresar sin daños… Mi hijo, pobre de mi hijo, ha de estar tan asustado ahora, y quién sabe lo que este monstruo piense hacerle…

Mi llanto ya no es de tristeza sino de ira, y las lágrimas me queman las mejillas al pensar en él: salvaje, asesino, monstruo, criminal, bastardo…  Y lo peor es que se cree un héroe. ¿Qué hay de heroico en atentar contra el que no te ha hecho ningún mal? ¿Qué hay de heroico en masacrar familias enteras? ¿Qué hay de heroico en hacer llorar a una madre? Te maldigo, te maldigo por arrebatarme a mis hijos, te maldigo, te maldigo a ti y a tu falso heroísmo, te maldigo, Heracles.


Sobre el autor

Ramón Patricio García Gebauer nació en México y es candidato del Bachillerato Internacional. Le ha interesado la literatura desde muy joven y recientemente ha decidido empezar a participar en convocatorias y concursos de escritura.


Imagen: Hércules y el Cancerbero – Francisco de Zurbarán

La leyenda del caballo Árabe por Ricardo Arasil

Poesía

La leyenda del caballo Árabe 

Patria del hombre badaui*,

hirviente, árida, yerma,

es duna de vientre gris

y alta columna de arena.

Es viento caliente y sur,

es cerno de la tormenta,

que remeda infiernos vivos

y hace voz ésta leyenda.

Y lloraba el hombre aquél

y su plegaria plantea,

el no tiene pastizales

ni aguadas, ni tristes melgas;

solo ve desolación,

todo es arena, no hay tierra

y en el oasis jadeante

tres efímeras palmeras.

Copia el hombre del paisaje

su forma de ser tan seca,

adusta, desde una piel

donde nunca hay primaveras.

Allí, el sol calcina vidas

y es la luna quien las lleva

al paraíso del agua

hacia el nirvana que espera

pleno en cebadas, trigales

y bendito de cosechas.

Y el buen Dios escucha el llanto

del beduino que ruega

y clama por un regalo,

que aliviane sus tristezas.

Su pueblo muere sin pan,

el agua le es casi ajena

y es de muerte la distancia

que el espejismo planea

hacia el verdor virginal

donde la vida es presea.

—No llores más, te daré

ese regalo al que apuestas.

Dios, llenó un puño de viento,

lo sopló para que pueda

alzar vuelo y dar color

a aquella pálida ofrenda.

Y la entregó al beduino

diciéndole aquí te llevas,

un coraje de león

con prestancia de gacela.

—Dará envidia a tu enemigo,

este regalo que aceptas.

—¡Plásmate viento del sur!

hazte una bestia serena,

porta la lealtad del perro,

lo veloz de la centella,

y saltando más que el gamo,

serás tigre en la pradera;

ojos de águila tus ojos

de mirada clara, enhiesta.

 Las arenas del desierto

inauguraron la escena

de esa estatua galopante

tan incansable y tan bella

que dominó en la región

desafiante y altanera;

gajo del viento del sur,

con ilusión de saeta.

Y lo llamaron caballo…

Fruto de viento y arena.

Desde Ismael a Mahoma,

de Islamabad a La Meca,

volaste sin tener alas

por pedregales y estepas,

la Cruz del Sur en tu crin

y enancada, ¡ésta leyenda!

*badaui = beduino


Sobre el autor

Ricardo Arasil. Nacido en Montevideo Uruguay el 13 de Diciembre de 1938. Cantautor que grabó para los sellos Orfeo y Sondor en Uruguay. Canciones de su autoría han sido interpretadas por otros artistas locales como Lágrima Ríos, Santiago Chalar, Pablo Estramín entre otros. Escritor premiado a nivel local y en Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, Puerto Rico y España tanto en Poesía como en Narrativa. Revistas literarias en México, Argentina, Colombia y España han publicado textos suyos.

Editó hasta el momento:

Galopando (Khosme, Poesía 2013)

Entres (Calameo Poesía 2014)

Diario de Trenza (AEDI, Narrativa 2016)

Versos sueltos (Khosme Poesía 2019)

5-7-5   (Khosme Poesía 2020)


Imagen: Los árabes a caballo – José Navarro Llorens.

Canto a las profundidades por Ivón José Blanco Pérez

Poesía

Canto a las profundidades 

Francisco de la Vega,

en un alarde de prudencia exclamó:

¡Cuidadosos debemos obrar

de nuestro afecto hacia

las profundidades!

Las sirenas aclaman nuestros

más sinceros defectos.

Conceden lágrimas a los que

suplican por permanecer allí abajo,

ocultos entre la maleza.

Susurran relatos de botines y fortunas

que custodian cuerpos sin vida

de usureros y codiciosos.

¡Tan real es la muerte como

el reflejo del oro libertino!

Los cantos malditos resuenan

en las columnas de la ciudadela.

Hogar de criaturas que parecen

no temer el silencio.

En el interior del gran salón,

la densa niebla recubre

el cabello húmedo de la lujuria.

El hombre, yace dormido

en aguas turbias.

En su delirio, habla de sirenas,

de tesoros y naufragios.

Allí abajo, reposan las

interminables villas del reino perdido.

Esculturas de héroes y dioses

parecen expresar su valentía,

Descuidan la inmensidad del océano.

Lugares donde el ser humano

y la luz no alcanzan.

¡Que rincón tan tenebroso es capaz

de conservar semejante belleza!

¡Que soberbia la de aquellos atlantes,

que por orden de Zeus

despreciaron a Galatea!

Y  sin embargo, grabaron

su nombre en la eternidad

de los mares.


Sobre la autora

Ivón José Blanco Pérez nació en Noya, (España) el 6 de Mayo de 1994. Desde la niñez ha vivido en el pueblo perteneciente a la provincia de La Coruña. Ha cursado el Bachillerato de Humanidades y ciencias sociales en el IES Campo de San Alberto (Noia), y el Grado de Sociología en la Universidad de la Coruña.  A los 26 años ingresó, a través de concurso de oposición,  como personal fijo de Correos en la ciudad de Barcelona. Actualmente reside en San Vicent dels Horts (Barcelona).

Imagen: Hylas and the Nymphs – John William Waterhouse.

El ritual, Mar Adentro, La reencarnación y El acto, cuatro relatos cortos de Jaime Alberto Cabrera

Relato

El ritual

A Leidy

Abstraído en la incisión, el sacerdote miraba fijamente el cuerpo. Las ofrendas habían sido preparadas con días de anterioridad con los mejores perfumes y ungüentos de las profundidades de la selva. En los códices estaba la fecha exacta de la maldición que nublaría el cielo y sólo la dádiva a los dioses los podría salvar. Empezó la incisión. La joven temblaba al ver la obsidiana penetrar su tierna carne en medio de las oraciones y la humarada asfixiante. El corazón reluciente era exhibido con algarabía por el pueblo devoto. El segundo joven fue conducido poco a poco a la cúspide de la pirámide donde lo esperaba el altar ceremonial. Sin ninguna resistencia, y siendo plenamente consciente de su destino fatal se dejó sujetar las manos y los pies. El divino sacerdote sudoroso y jadeante se fijó la máscara de jaguar y con las oraciones rituales sujetó fuertemente la obsidiana con la sangre goteante que cayó con tibieza en el pecho del joven que empezaba a asomar vellosidad. El alba irrumpió con sus primeros rayos la pirámide sagrada y el sacerdote entendió que era la señal del Padre Sol. En ese preciso instante recibió un disparo en la frente. Siguieron otros. La multitud observó atónita la lluvia de fuego de aquellos dioses vengadores mitad hombre, mitad bestia que habían predicho los ancianos y los códices.


Mar adentro

Llevan meses navegando por las aguas del Pacífico en lo que ellos creían los mares de la India. Agua y comida empezaban a escasear. El capitán genovés les había asegurado que en pocos días pisarían tierra firme. Su palabra tenía un sólido valor en la tripulación; años de navegación le daban una autoridad irrefutable. Tarde tras tarde el vigía observaba meticulosamente en las alturas del mástil.

El 21 de marzo de 1526 el hombre gritó:

“! Tierra ¡ ¡Tierra!”

Todos lanzaron gritos de júbilo y bebieron con frenesí el escaso vino.   En pocos minutos el barco se encalló contundentemente en el cristal; mientras los marineros, atónitos, observaban a hombres gigantes pasar de mano en mano la botella.


La reencarnación

Cuando abrió los ojos  confirmó  que la reencarnación era real. Recordaba vanamente una pira de fuego  y  dos monedas  en los ojos consumiendo su humanidad. Una batalla donde los aqueos destruían la ciudad sagrada de Troya; un caballo  de madera que llevaba  en las entrañas la perdición.

Ahora sus brazos eran alas  y su razonamiento  se reducía al consumo obsesivo de una flor.


El acto

Habían preparado el acto con meses de anterioridad. Su cómplice lo esperaría en el lugar acordado.  Él llegó y vio a la multitud dispersa en el desierto, alrededor de las aguas.

Entró a las aguas del riachuelo y empezó la función.

“He aquí de quien han hablado los profetas”, dijo  el cómplice. Los hombres se arrodillaron confiando en absoluto de sus conocimientos astronómico. El cielo empezó a nublarse, y la  gente  entró en un frenesí total.

Esa noche el par de   prestidigitadores   celebran con vino y prostitutas el éxito de la función.


Sobre el autor

Jaime Alberto Cabrera. Licenciado en Lengua Castellana, universidad Surcolombiana, Neiva, Huila, Colombia. Especialista en Comunicación y Creatividad para la Docencia. Magister en Educación con énfasis en docencia e investigación universitaria. Primer puesto en el Concurso Departamental de minicuento Rodrigo Díaz Castañeda, Palermo, Huila, 2009. Tercer puesto en los años 2011, 2012, 2013. Jurado en el mismo concurso en el 2018. Publicado en las revistas “Sur versiones” Pitalito, Huila 2018. “Memorias” 2017-2018, Palermo, Huila. “Alborismos”, Trujillo Venezuela 2020 número I, II, III y IV. Seleccionado como ponente en el Primer coloquio internacional del cuento latinoamericano, Universidad del Valle, Cali, Colombia.

Imagen: pixabay.es

Lo que el fuego borrará y El Aleph, dos poemas de Isbel González González

Poesía

Lo que el fuego borrará 

Canta, oh diosa, con tu voz más grave,

lo que olvidan los hombres, lo que el fuego

borrará y las palabras de aquel ciego

poeta dejarán al olvido. Suave

es la brisa del Euro entre las grietas

del corcel. Densa la luz, la ciudad

duerme. No soy Ulises, ni deidad

alguna me protege de las quietas

aguas de la Estigia. Amo en secreto

a Helena, mas, no soy Paris, ni el fuerte

Menelao, tan solo el más discreto

aqueo, bajo antiquísimas leyes;

esperando morir todas las muertes

dictadas por los dioses y los reyes.


El Aleph

…y vi la sombra muda del destino,

los límites dispersos, la osamenta

de ancestrales guerreros, lo que cuenta

el oráculo en Delfos, pergaminos

en las ruinas de Tebas. Vi caminos

y torpes caravanas en su lenta

procesión hacia Roma. Vi la afrenta

a una esclava en decúbito supino.

Todo esto sé; del Alfa y de la Omega,

del eterno retorno. Todo he visto:

el miedo y la moneda, Judas, Cristo

y a Pedro que nos ama y que nos niega.

Más, nunca divisé cómo se llega

al tiempo y dimensión donde ahora existo.


Sobre el autor

Isbel G, Guayos, Cuba 1976. Poeta, narrador y ensayista. Entre otros premios ha recibido: Semana Negra 2006 de Gijón. La Casa por la ventana 2013 de E.U. XXXIII Certamen de Poesía Federico García Lorca, Barcelona 2014. Heptagrama de Poesía 2014, Perú. La Palabra de mi Voz, Miami 2015. Deslinde 2020, Madrid. Tiene publicados La insoportable liviandad del ser o manual para cazar un homo sapiens (poesía, Ediciones Luminaria, Cuba 2008, Publicaciones Entre Líneas, Miami 2016), Los güijes del arco iris (infantil, Gente Nueva, Cuba 2008), Palabra Irreverente de otros cuerpos (epigramas, LHF, Washington 2013, Old Lane Edition, Liverpool 2014 y La Ovejita Ebook, New York 2015), Wostok (novela, Ediciones Luminaria, Cuba 2015 y Editorial Negráfica, Chile 2020), Guayos A.P. (poesía, Ediciones Unión, Cuba 2015), El tamaño de los perros (cuento, IDUNA, Miami 2016), La fórmula de Drake (cuentos, Ediciones Deslinde, Madrid 2020), y Cúmulos Nimbos (poesía, Editorial Primigenios, Miami 2020).

Imagen: The Burning of the Houses of Parliament, autor desconocido.

El Septentrión por Jia Kim

Relato

El Septentrión

Mi madre me contó alguna vez que los jóvenes que mueren de mal de amores a una temprana edad se convierten en septentriones, espíritus del viento que recorren la tierra siempre hacia adelante, besando con sus alas de nieve las bellas flores primaverales y posando sus gélidos labios sobre las mejillas de aquellos que esperan en vano a sus seres queridos, quienes ya no volverán.

Mi madre murió en invierno. Para aquel entonces yo llevaba cuatro años fuera de mi Perusia natal, luchando contra los romanos en una consecutiva guerra samnita, yendo de un lado a otro, donde se me necesitara, siempre preservando la paz en nombre de Laran. De todos los dioses era a él al que le rezaba más, no por amor a las contiendas sino, al contrario, porque él siempre luchaba por el amor de la alada Turan, la dama más hermosa de los cielos. Yo también tenía el corazón desbordado con la imagen de mi Arunthia. Mientras estaba de campaña podía prescindir de la comida sí esta se agotaba o del descanso, pero no había ni un día en el que no pensara en ella. Era todo lo que necesitaba para seguir respirando y cuando nos vimos por última vez juré a su familia y a la mía, y a cada dios que estaba siendo testigo de aquella velada, que volvería sin demora y uniríamos nuestras vidas y destinos para siempre. Tan solo le pedí que me aguardara.

Sin embargo, no pude cumplir nunca mi promesa, pues me hirieron gravemente en la orilla del lago Vadimón, en donde perecí al cabo de un tiempo. Un legionario me hirió en el abdomen y allí me quedé, maldiciendo a aquel romano, de cuyo rostro no me acordaré nunca. Puede que la herida no fuera tan grande como mi culpa. Estaba tumbado cerca del agua, carmín de tantos cuerpos que flotaban en ella, y no podía deshacerme del sentimiento de haberme convertido en un hombre que falta a su palabra. No podía entregar mi alma a Eita y bajar a su reino sombrío, no sin cumplir antes mi promesa.

Me acordé, en última instancia, del canto a Turan que entonaban mis hermanas. Le pedí, con los ojos ardiendo de dolor que me convirtiera en viento, y así algún día podría regresar a la tierra desde el norte y quedarme para siempre al lado de Arunthia. La benévola diosa me permitió morir de la forma de la que más ansiaba: por amor y no por la guerra. Se posó radiante ante mí, más clara que el sol, tapando el cielo con sus alas y extendiéndome su mano me dijo: levántate. Yo me alcé y me dijo vuela y yo volé. Ligero me vi de todas las cadenas del mundo. Al cielo me elevé en forma de humo y abracé la extensión del universo con mi nueva forma celeste.

Ahora sobrevuelo la tierra todos los días con mis hermanos septentriones, alentando los valles y las praderas con nuestra presencia, pero azotando el corazón de las personas que esperan noticias mejores. Al principio me quedaba junto a ellos para consolarles, aunque con el tiempo vi que mi presencia fría solo les afligía más. Mi conmiseración era inútil. Sé que la diosa me hizo inmortal como ella, atado por el resto de la eternidad a la ardua tarea de traer noticias sombrías, porque vio en mí la sinceridad de nuestro amor. He visto cada rincón del mundo y toda su fealdad. He presenciado pestes, hambre, odio, guerras que arrebataban sollozos hasta a los señores de los dos mundos. Y eso ha petrificado mi corazón, que no siente más ese dolor ajeno, pero no por ello dejaré de buscar a mi amada. Estoy seguro de que está allí, en algún lado, esperándome para regalarme una de sus sonrisas que me arrebatan el aliento, recogiendo flores silvestres que crecen en los campos y trenzándolas en su corona. Lo sé, sé que algún día la encontraré.


Sobre la autora

Jia Kim. Escritora y poetisa de origen eslavo. Sus relatos breves Cassandra y Su amor no tenía remedio fueron respectivamente galardonados en la segunda y tercera edición de Premis Ballein: llança’t a escriure. Asimismo, su poema Memoria ha sido publicado en la cuarta edición de la Revista Alborismos. Actualmente estudia cinematografía en Cataluña para ser guionista.


Imagen: Combat de Romains et de Gaulois, Évariste Vital Luminais

El arúspice y la soñadora por Maximiliano Sacristán

Relato

El arúspice y la soñadora

Le tocó vivir en una época desencantada, donde la fantasía brillaba por su ausencia. No obstante, supo darles un uso práctico a sus virtudes adivinatorias. Déjenme que les cuente.

Don Antonio Valerio era el carnicero del vecindario de mi infancia, un comerciante más, atento a las minucias de la supervivencia pequeñoburguesa. Regordete y de cara bonachona (tal vez por sus mofletes), este cincuentón, hijo de inmigrantes italianos como tantos de por aquí, atendía su negocio de nueve a veinte, siempre redituable en un país lleno de vacunos y habitantes carnívoros. Visto desde la calle, la carnicería Espurina no parecía guardar ningún secreto, salvo ese nombre extraño para el común de los mortales. Pero para unos pocos elegidos, don Antonio se destacaba por dos cualidades más: era arúspice y “levantador” de quiniela clandestina.

A mi abuela Amelia le gustaba apostar, y su única distracción de jubilada era la de jugarse un numerito en sintonía con la interpretación de su sueño más reciente. Aquel chico que fui supo ser el confidente de su teatro onírico, y aún recuerdo un listado pegado en la puerta del refrigerador que desplegaba su simbología popular para los cien números de la lotería, o mejor dicho para su terminación de dos dígitos. Lejos de lo esotérico, esta numerología que iba del 00 al 99 era de vox populi: El veintidós, por ejemplo, representaba al loco; el cuarenta y ocho, al muerto que habla; el sesenta y dos, a la inundación… Abuela despertaba y me llamaba desde su cuarto, antes de que el sueño se diluyera en las urgencias de la vigilia. Doña Amelia, también hija de inmigrantes italianos, le confesaba a su nieto cosas como: “Anoche soñé que volvía a la escuela y tenía piojos. La maestra me retaba porque yo me rascaba la cabeza a cuatro manos. Andá a ver la lista”. Yo corría a consultarla y si encontraba alguna coincidencia regresaba al dormitorio con la noticia: “Los piojos es el ochenta y siete”. Sin darse cuenta, el nieto que fui hacía las veces de intermediario oracular.

En esos días de revelaciones oníricas, abuela se levantaba con una energía especial, porque sabía que cuando saliera a hacer las compras para el almuerzo pasaría por la carnicería para ilusionarse con una modesta apuesta. Y esa noche nos quedaríamos despiertos hasta tarde escuchando la radio: la transmisión en directo desde la sede de la Lotería nacional nos informaría si el sueño de la abuela había sido premonitorio. No siempre el oráculo adherido al refrigerador era generoso con sus respuestas.

Pero si doña Amelia no recordaba haber soñado y aún así quería despuntar su vicio de apostadora, había que recurrir a los servicios de don Antonio. Porque para su séquito de unos pocos cofrades, este comerciante se hacía llamar Spurinna, como el famoso adivino romano, y aseguraba ser descendiente de la gens etrusca. De sus lejanos antepasados tribales había heredado el poder de predecir el futuro leyendo las reses que él mismo despostaba. Estaba en su sangre, y sus clientes especiales, los apostadores, aseguraban que sus sugerencias casi nunca fallaban:

―Juéguele al treinta y dos sin temor ―recuerdo haberle escuchado decir a mi abuela, mientras el carnicero cortaba a cuchillo filetes de bola de lomo para las milanesas del almuerzo. Visto en contrapicado (yo tendría unos ocho años de edad) todavía recuerdo sus manazas rebanando la carne vacuna con gran parsimonia. Y entre feta y feta, demorarse observando bien de cerca el misterio en la trama de lo que hasta hacía unos días habían sido las entrañas de un rumiante que pastaba parsimonioso por la llanura pampeana.

Tal era su “servicio”, si los sueños freudianos no se comedían a señalar el futuro en forma de guarismo. Luego don Antonio cobraba por partida doble: por la carne vendida y por su servicio de augur. Total, si su cliente (y connivente apostador) ganaba a la quiniela, el que pagaba el premio no era él sino su jefe, el “capomafia” del juego clandestino que organizaba la actividad en el barrio. Como “levantador” de apuestas, el inocente carnicero ganaba su comisión sin revelarle a sus “colegas” sobre estas destrezas proféticas que lo convertían en el “asesor” más buscado por los tahúres del barrio. No obstante, yo creo que el comerciante hacía lo que hacía no por el dinero extra, sino porque en verdad sentía poseer los genes proféticos de los adivinos de Etruria. Mi abuela, puedo dar fe de ello, ganaba bastante seguido, aunque sus ganancias no sumaban mucho a su devaluada jubilación pues la soñadora no confiaba en su suerte y siempre apostaba “a los premios”, es decir del segundo al vigésimo puesto: tenía más chances, pero el premio era mucho menor que acertarle “a la cabeza”.

Mercader habilidoso y operador de apuestas famoso, así podríamos retratar a don Antonio por el lado de afuera. No obstante, un puñado de íntimos sabía que en ese comercio cuyo nombre sonaba a sustancia de su enemigo declarado, la dietética, había algo de sagrado. Una sacralidad profana, si vale el oxímoron, una magia menor diluida con el barro de la cotidianidad más pedestre y en un tiempo de banalidades al por mayor… Pese a todo, una partícula del arcano aún titilaba en ese reducto como el púlsar de una galaxia distante. Y nuestro anacrónico vate, con su delantal blanco maculado de sangre seca, auguraba en el rojo comestible la suerte de sus creyentes. Como corolario diremos que la clausura de la carnicería del “Tano” Valerio no tuvo nada de sobrenatural. Su éxito como “levantador” de apuestas ilegales le ganó el encono de sus “colegas”, y una denuncia anónima a las autoridades llevaron a los investigadores policiales a allanar el local. En un cajón brilloso de grasa vacuna los pesquisas encontraron la evidencia que necesitaban: una libreta con anotaciones manuscritas donde se encolumnaban apodos, montos y fechas (abuela habitaría esa lista). Y el arúspice de entrecasa fue detenido no por traficar con la magia de un pasado añorado, no por aportarle algo de sal a un tiempo desabrido; sino por cometer un delito mucho más terrenal: el de burlarle el monopolio de las apuestas “oficiales” al poder de turno.


Sobre el autor

Maximiliano Sacristán nació en Buenos Aires en 1974. Publicó la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, Literaturas.com Libros, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento breve organizado por la Asociación cultural “El Coloquio de los perros” de Montilla, España.

En 2017 recibió el primer premio del Quinto Certamen de relato corto “Tabarca Cultural” de Murcia y el segundo premio de cuento del Tercer concurso organizado por la Asociación cultural Letras Cascabeleras (Cáceres, España) por el volumen “Tripalium”.

En 2018 ganó el primer premio del concurso de poesía “Mujer y madre” organizado por la Asociación de Escritores de Asturias (España).

En 2020 obtuvo el Primer premio de cuento de la XVIII edición del Certamen de Poesía y Cuento de humor Jara Carrillo (Murcia, España). Asimismo, se alzó con el Primer premio de relatos “Escribir en tiempos de pandemia” organizado por la Universidad de Avellaneda (Argentina).


Imagen: Dice-players and a bird-seller gathered around a stone slab – Master of the Gamblers

La leyenda de El Dorado por Ramon González Reverter

Relato

La leyenda de El Dorado

Cientos de miembros de una tribu del altiplano se reunieron a orillas del lago sagrado. Un murmullo recorrió la multitud mientras se realizaba la solemne ceremonia. El jefe fue despojado de sus vestiduras por varios ayudantes, embadurnado de arcilla y se le roció con polvo de oro hasta convertirlo en El Dorado. Luego fue conducido hasta una balsa, donde se le unieron otros caciques. Después de ser cuidadosamente cargada con ofrendas de oro y esmeraldas, se empujó la balsa hacia el lago Guatavita. Los cantos y la música reverberaron desde las cumbres vecinas conforme el ritual llegaba a su apogeo. Entonces se hizo el silencio más absoluto. Los caciques arrojaron las ofrendas a la laguna y luego el jefe se sumergió, surgiendo entre las aguas con el cuerpo limpio de su capa áurea. La música se reanudó hasta llegar a un nuevo crescendo en aquel remoto lago, oculto entre los valles cercanos. Ya fuese un hecho real o un simple mito, esa historia caló hondo entre los ávidos conquistadores. El Dorado entró en los anales del Nuevo Mundo y con el tiempo pasó de ser la leyenda de un rito tradicional al objetivo de los buscadores de tesoros.

Verano del 1534.

Una fila de soldados españoles encabezados por el capitán Diego Quesada se aventuró en el infinito verdor de la selva tropical del este, más allá de la cordillera andina. Cuanto más se adentraban, más densa se volvía la jungla en un entramado natural de troncos, lianas y enredaderas que crecían hasta ocultar el sol. A duras penas conseguían abrirse paso entre el follaje, por lo que aprovechaban las trochas seguidas desde antiguo por los animales para ir desde sus guaridas hasta los arroyos cercanos. Los recios soldados, embutidos en sus armaduras de metal, avanzaban en silencio, sufriendo con estoicismo el intenso calor y las picaduras de mosquitos. De vez en cuando el oficial hacía un alto para permitir un descanso a la maltrecha tropa y reponer fuerzas bebiendo y comiendo un poco de carne seca. Su determinación era inflexible. El propio Francisco Pizarro le había ordenado encarecidamente que localizara El Dorado aunque tuviera que recurrir a la violencia para conseguirlo.

La expedición, tras partir de las montañas peruanas, hacía más de un mes que padecía el infierno de la selva. Hasta que un día llegaron a un valle más abierto con flores exóticas y el sol luciendo sobre la foresta. Allí se encontraron con los muiscas, una primitiva tribu de indígenas armados con arcos y cerbatanas que arrojaban dardos venenosos. En un principio los nativos se acercaron con temor y respeto, pero el capitán Quesada supo ganarse su confianza entregándoles cuentas de vidrio y otras fruslerías. El trato cordial hizo surgir a las mujeres y niños de la aldea que permanecían ocultos. Los recién llegados fueron acogidos como amigos. El oficial quería confraternizar con los indios para arrancarles el secreto que escondían sus tierras. La armonía duró apenas una semana, pero durante ese período ambos pueblos convivieron en paz. Pasaban las horas aprendiendo unos de otros, ayudándose mutuamente y regodeándose con los presentes intercambiados. Si bien los nativos les ofrecían cuencos de arroz con trozos de cerdo, a cambio ellos les cedían espejos que hacían las delicias de grandes y pequeños, pero sobre todo de las mujeres del poblado. Siguieron aguardando y los aborígenes pronto empezaron a fiarse de los españoles y a mostrarles pequeños objetos de oro, que con cautela y esmero habían ocultado al principio. Aparecieron brazaletes, collares, figuras de culto y saquitos de cuero que algunos llevaban alrededor del cuello. Quesada intuía que pronto aquella jovial tribu compartiría con ellos la ubicación de la fuente de sus riquezas, sin verse obligado a ordenar un cruel derramamiento de sangre. No obstante, también intuía que la codicia de sus hombres desataría los problemas.

Un soldado de naturaleza brutal, que se había unido a la expedición para escapar del castigo por haber asesinado a una inocente chiquilla inca, ciego de ambición, una noche intentó embriagar a un anciano y dado que rehusaba explicar nada acerca de sus tesoros, acabó torturándolo. Cuando los miembros de la tribu descubrieron el cuerpo destrozado del viejo, atacaron a la adormilada tropa con saña y sin previo aviso. El asalto fue tan letal que los españoles perdieron una docena de soldados y la mayor parte de las armas de fuego. Los supervivientes se reagruparon en la espesura y se internaron en la floresta tratando de ocultarse. Se detuvieron a varias leguas junto a una laguna alimentada por un afluente del Amazonas. En aquella improvisada zona de reposo, el capitán Quesada se quitó el casco y se enjugó el sudor de la cara mientras se preguntaba si hacer frente a los indios o huir por el verde infinito de la selva tropical.

No podía imaginar hasta dónde llegaba la sandez de ciertos hombres que actúan movidos por la codicia. El atisbo de culpabilidad quedó enterrado bajo preocupaciones mucho más acuciantes. Aunque le atormentaba, ya no había vuelta atrás. Por mucho que le pesara, necesitaba a aquel bastardo para salir airoso del apuro. Ya ajustarían cuentas más tarde. Su despropósito había desencadenado la batalla contra los lugareños y su posterior huida por la jungla.

De pronto cesaron todos los ruidos de la noche, como si la selva hubiera enmudecido por arte de magia. Se oyó un chapoteo en las oscuras aguas de la laguna seguido por gritos de terror y varios disparos de pistola. El rugido fue similar al clamor de un demonio furibundo salido de una pesadilla. El bramido reverberó en la oscuridad y experimentaron un escalofrío que les heló la sangre y se llevarían hasta la tumba. De repente los gritos se cesaron con la misma velocidad con la que se habían producido. Los centinelas. Enseguida la noche recuperó su habitual sosiego. Poco después una ominosa figura emergió de las profundidades. Una criatura anfibia surgida del infierno acuático. Los escasos supervivientes contemplaban aterrorizados la laguna. La bestia rebasaba los dos metros y medio de altura, tenía el cuerpo recubierto de escamas, en el cuello poseía agallas y por la espalda corría una larga fila de espinas quitinosas. Sus poderosos brazos terminaban en manos palmeadas con dedos acabados en garras de veinte centímetros. Unas largas aletas surgían de sus brazos y unían sus tobillos a los pies. Dos grandes ojos destacaban en un rostro de tonalidad cenicienta. Aquel leviatán había aparecido entre las aguas iniciando un feroz asalto mutilando y segando vidas. El capitán Quesada reaccionó ordenando reanudar la partida hacia el oeste y abandonar aquel maldito lugar para siempre.

Un poco después, justo cuando emprendían el marcha, la noche estalló a su alrededor. En esa ocasión, la sanguinaria alimaña no los atacó desde el agua, sino desde la floresta. La oscuridad fue su aliada. El infierno se desató sobre los hombres apostados en la orilla. La escaramuza fue encarnizada. La criatura agarró al soldado que tenía más cerca, lo alzó en vilo y lo arrojó sobre los restantes miembros de la expedición como si fuera un muñeco de tela. Los españoles gritaban a medida que eran desgarrados por la enfurecida bestia. Otro hombre murió cuando las poderosas zarpas le rasgaron la cara y le atravesaron el peto. Las espadas refulgieron y sonaron varios tiros, quizás acertando a la fiera. Sin embargo el monstruo no se detuvo, sino que emitió un alarido de furia y redobló la brutalidad de su ataque. Los curtidos soldados caían como espigas de trigo segadas por una guadaña gigante. A raíz de la inusitada velocidad y violencia empleada, aquel espécimen del averno se comportaba como si fuera el guardián de aquel edén. Con ágiles movimientos Quesada desató las correas que ceñían la armadura y se la quitó para poder huir sin impedimento alguno, esperando que aquel demonio justiciero no fuera tras él. Emprendió una loca carrera por la jungla mientras oía el lamento de los moribundos. Achacaba sus males a lo que habían hecho a los muiscas. Consciente de su culpabilidad, rogaba por el perdón de sus pecados. Pasaron unos minutos hasta que se detuvo jadeante para recobrar el resuello. Agazapado pudo atisbar el leve fulgor del destrozado campamento junto a la laguna. Sentía un miedo atávico que le recorría las venas. Luego se escabulló en la espesura de la selva.

Dos meses después, el capitán Diego Quesada, único superviviente del grupo, llegó a la civilización. Estaba agotado, famélico y enfermo. Mientras examinaba sus heridas y atendía sus dolencias, un capellán escuchó su absurdo relato acerca del ataque de una diabólica criatura a la tropa y lo atribuyó a delirios de alguien que había perdido el juicio debido a las penalidades sufridas. Jadeando por el dolor y el cansancio, el agonizante oficial le confesó el secreto de la expedición y le confió una gruesa pepita de oro y un cuaderno de notas con un mapa del tesoro. Al límite de sus fuerzas, Quesada reclamó la extremaunción y murió. El cura se santiguó y creyendo que obraba según la voluntad del Señor, pues abrigaba la esperanza que no despertasen de nuevo la codicia de los exploradores, optó por esconder las pruebas evitando así masacres de indios como la de Cajamarca, perpetrada el año anterior por Pizarro y sus secuaces. Su misión consistiría en refrenar el afán de saqueo de los aventureros españoles por la avaricia que arraigaba en sus corazones. Aquellos objetos del legendario tesoro jamás volverían a ver la luz. Encubriría aquel asunto con un velo de silencio para impedir la infamia que se cebaba con los nativos desde la llegada de los conquistadores y dejaría que el mito de El Dorado cayera en el olvido. Nacería así uno de los grandes misterios del Nuevo Mundo con el fin de preservar aquel paraíso de la ambición de los hombres.


Sobre el autor

Ramon González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.

La princesa cautiva por Ramon González Reverter

Relato

La princesa cautiva

Prólogo

En el año 334 a.C. Alejandro Magno cruzó el Helesponto al frente del ejército macedonio, un contingente de aliados griegos y una pequeña flota de refuerzo ateniense. Tras la batalla de Issos, en la que derrotó a los persas del rey Darío, mientras asediaban la ciudad fenicia de Tiro, el general Parmenio atacó por sorpresa Damasco y se apoderó del tesoro que el Gran Rey tenía para pagar a la soldadesca, y capturó a la totalidad de la familia real y a Barsine, la viuda de Memnón de Rodas, comandante de las fuerzas persas en Asia Menor, con fama de ser la mujer más hermosa del mundo y considerada descendiente de Afrodita, aunque fuese hija de Artabazo, sátrapa de la región de Frigia.

Barsine era de noble cuna, ingeniosa, seductora y risueña. Incluso Alejandro había quedado prendado de ella, pero durante los meses que duraba el sitio a Tiro se limitaba a tratarla con galantería.

La atractiva viuda solía pasear sin excesivo pudor por el campamento de los macedonios. Aquel había sido un día especialmente bochornoso, con un elevado grado de humedad. Con objeto de aliviarse del calor, Barsine, después de bañarse completamente desnuda en el mar, para escándalo de los soldados más veteranos, enfiló hacia el pabellón de las esposas de los oficiales de alta graduación, los taxiarcas del ejército.
Como siempre vestía a la griega, con un quitón blanco con una franja púrpura que a su vez estaba ribeteada de pan de oro. El grácil tejido de lino plisado insinuaba un cuerpo perfecto de miembros esbeltos y dejaba entrever unos senos erguidos y unas nalgas redondeadas. Abierto por los costados, asomaban unos muslos perfectamente torneados. Llevaba la frente ceñida por una preciosa diadema, los brazos adornados con intrincados brazaletes de oro forjados por los mejores artesanos locales, los labios rojos y los ojos pintados con bistre. Barsine estaba soberbia.

Al entrar en la tienda, se encontró que Casandra, embarazada de seis meses, permanecía recostada en un triclinio mientras una pareja de esclavos la abanicaban y una doncella libia servía pasteles y vino. La recién llegada hizo una reverencia, el usual gesto de cortesía. Barsine se movía con la elegancia de una sílfide, las estatuas de mármol que constituyen las columnas de algunos templos griegos. Sus delicadas manos revelaban una vida de ocio y placer.

—¿Es un buen momento para una visita?

—Adelante, Barsine. Ya sabes que tu compañía siempre me place.
—Pero en tu estado…

—No te preocupes —manifestó Casandra afable. —Estoy soportando los rigores del embarazo y me vendrá bien un rato de asueto.

—Pues yo también he de confesar que necesito un poco de diversión. Soy una cautiva aburrida de vivir rodeada de tropas codiciosas de botín, listas para asesinar y violar.

—La guerra se reduce a eso, crueldad e injusticia. Debido al peso de la responsabilidad que agobia a los maridos, es lógico que nosotras sirvamos de esparcimiento para aligerarles de la pesada carga. De hecho, es lo mínimo que se espera de cualquier esposa, que les relajemos en el tálamo antes del reposo cotidiano. Amor con total devoción, ese es nuestro sino.

—Exacto, tú misma lo has dicho. Se nos exige aplacar su lujuria, por ese motivo siempre he procurado mostrarme voluptuosa a fin de provocar el deseo en mi esposo. En cambio, tú estás dispuesta a correr el riesgo de parir otro hijo. Tú que tenías fama de ser tan hermosa como una vestal.

La aludida no pudo evitar soltar una carcajada, sin malicia alguna.

—Exageraciones. Me temo que mi belleza nunca ha sido comparable con la tuya. Es obvio que detesto estar encinta, pero…

Casandra se encogió de hombros. Las mujeres, sobre todo las de alta alcurnia y noble cuna, que competían por los varones aristócratas de la Corte, se llevaban como el perro y el gato. Sin embargo, ellas parecían mantener una sincera amistad.
—Eres muy valiente, ¿sabes?

—¿Por quedarme preñada? ¿Acaso tú no lo harías?

—No tuve hijos con Memnón —confesó Barsine apesadumbrada, aunque con suma entereza.

—Perdona mi torpeza. No tenía intención de herir tus sentimientos.

—No te preocupes. Has sido muy considerada, de veras… Déjame que te explique. La vida en la Corte Real de Darío podía resultar muy aburrida, pero debías lidiar con una jauría de jóvenes dispuestas a abrirse de piernas con tal de cazar la pieza más codiciada de la nobleza.

Su voz tenía un timbre y un tono de una sensualidad irresistible, a la par que una cadencia exótica añadía un plus de fascinación. Casandra entendió por qué aquella mujer enamoraba a cualquiera que hubiera tenido la ventura de conocerla y escucharla.

—De hecho mi vida se reducía a vivir en lujosos palacios atestados de nobles ambiciosos capaces de devorarse mutuamente con tal de ascender. En teoría, todos formaban parte de la élite, pero trepaban unos sobre otros y se comportaban con una crueldad asombrosa. Y las mujeres eran peores porque actuaban en las sombras. Casada con un mercenario griego al servicio de los persas, aunque fuera el comandante de sus fuerzas armadas, me sentía como una forastera en mi propio hogar.
—Penoso dilema. Comprendo tu estado de ánimo.

—Con franqueza, mi corazón se hallaba desgarrado por dos sentimientos contradictorios. Por un lado el instinto maternal y por otro el mundanal placer. Como a toda mujer, la maternidad me atraía –alegó con voz harto seductora—. Sin embargo, me asustaba la posibilidad que Memnón se cansara de mí y me relegara en pos de alguna concubina. O peor aún, que me repudiara por otra. En esa época mi prioridad era impedir que olvidase mis encantos.

Casandra la contempló de hito en hito apreciando su belleza. Su cabello de color miel enmarcaba unos ojos verde esmeralda ligeramente sesgados. Su aspecto era imponente y su porte regio.

—El típico comportamiento de una esposa apasionada.

—Por eso hice cuanto pude para evitar quedarme embarazada —murmuró Barsine abrumada por la melancolía, bajando la mirada hacia la alfombra que cubría el suelo de la tienda.

—No seas ingenua. El tiempo pasa para todos. Siempre habrá candidatas al lecho conyugal cuando no estés en la flor de la vida.

—He sacrificado mi juventud en aras al placer de mi esposo, siguiéndole en sus campañas, allí donde fuera hasta que murió luchando contra Alejandro durante el asedio de Mitilene. ¿Aunque quién sabe? Admito que algunas veces me arrepiento de no haberle dado un heredero a su estirpe.

Su habitual vivacidad se había esfumado sustituida por una expresión compungida. Casandra notó una oleada de pena por aquella doncella solitaria en un mundo de hombres violentos.

Entonces entró una sierva de piel cetrina acompañando a una chiquilla. La niña se acercó a Casandra mientras observaba con curiosidad a la extraña. A sus cuatro años era muy espabilada. Alborozada, la anfitriona estrechó a la pequeña entre sus brazos y luego la aupó radiante de felicidad hasta que ésta protestó con candor pueril:

—¡Mamiii!

—Se llama Eunice, como una de las nereidas, las ninfas del mar hijas del dios Nereo y Doris —dijo la madre orgullosa.

Conmovida por aquella tierna escena de amor filial, Barsine exclamó:

—Un nombre precioso para una niña preciosa. Ser madre ha de ser toda una experiencia.

—Y también un maravilloso privilegio —puntualizó Casandra. —Saluda a la princesa, Eunice

—¡Oh! —suspiró la chiquilla excitada con la cara iluminada por una sonrisa contemplando a Barsine. —Una princesa de verdad.

Ambas rieron con desenvoltura y Barsine tendió los brazos hacia la niña, que fue hacia ella sin temor alguno. Un hecho asombroso en las criaturas de tan corta edad. Se abrazó a la cortesana persa con la inocencia pintada en el rostro. Ésta aprovechó la ocasión para acariciar sus rizos oscuros con ternura y luego la besó en la frente.

—Has sido bendecida por una princesa, cariño —declaró Barsine en un tono que era la encarnación del deseo.

Reconfortada por la experiencia de haber sido ungida por una dama de la nobleza, la vivaracha criatura dio las gracias y le pidió a su nodriza:

—Vamos a jugar, tata.

A continuación la niña abandonó la tienda en busca de nuevas aventuras seguida por su aya. Casandra, como perfecta anfitriona, ordenó a la criada libia que sirviera vino en dos copas y se la ofreció a su invitada.

—Los placeres de la riqueza —comentó señalando la deliciosa bebida. —Como te iba diciendo, la belleza tarde o temprano acaba por marchitarse.

—Intento prepararme para cuando eso ocurra —manifestó Barsine cuyos ojos brillaban como ascuas, empañados con lágrimas de envidia— aunque me guste hacer gala de mi hermosura.

—Las apariencias no son tan importantes. La verdadera belleza reside en el corazón de cada cual.

—Tienes razón, Casandra. Quizá me haya equivocado.
—Pues todavía estás a tiempo de revertir la situación. Aún eres joven y conservas la fama de ser la mujer más bella del mundo. Puedes consultar a los dioses del Olimpo en busca de consejo.

—¿No podrías dármelo tú en calidad de amiga?

—De acuerdo. Yo te recomendaría buscar un nuevo amor y cuando lo halles no dudes en engendrar un hijo. Luego afronta tu destino con dignidad.

—¿Afrontar el destino con dignidad? Bien, eso es lo que haré. Me siento afortunada por tener amigas que me proporcionan tan sabios consejos.

Epílogo:

El asedio de Tiro duró casi ocho meses. Al final, como la mítica Troya, Tiro fue pasto de las llamas y sus habitantes, por orden de Alejandro Magno sediento de venganza, masacrados ya fueran hombres, mujeres o niños. El horror de la guerra en su máxima expresión. Por lo que respecta a la princesa Barsine, siguió el consejo al pie de la letra. Mientras duró el sitio, aprovechó la oportunidad para estrechar su relación con Alejandro Magno. Cuando su padre Artabazo se rindió en Hicarnia, no es de extrañar que el conquistador macedonio la condujera hasta su lecho y la convirtiera en su amante. Luego le acompañó en la conquista de la región de Sogdiana. En el 327 a.C., al finalizar la pacificación de aquellas tierras, dio a luz un hijo al que llamaron Heracles. Pero cuando Alejandro tomó por esposa a Roxana, la despechada Barsine abandonó la Corte, marchándose con su hijo a Pérgamo, donde fueron ejecutados en el 309 a.C. por Poliperconte, su valedor, a cambio del rango de general y gobernador del Peloponeso que le concedió un diádoco, los sucesores de Alejandro que se disputaban su vasto imperio tras su repentina muerte a los 33 años de edad sin haber dejado ningún heredero.


Sobre el autor

Ramon González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.


Imagen: The weddings at Susa – Autor desconocido

La novena ola por Marta Mariño Mexuto

Relato

La novena ola

La encontró muy temprano, cuando todavía no había amanecido del todo, en uno de sus paseos por las calas del acantilado, que quedaban al descubierto con la marea baja. Estaba tendida boca abajo en la arena húmeda y compacta de la orilla, y las olas rozaban sus pies. Sobre sus piernas aún quedaba alguna mota plateada. Cuando la cogió, ella entreabrió los ojos y movió los labios, pero de ellos no salió ningún sonido: todavía se encontraba demasiado débil. El cabello de la joven se enredaba en sus brazos como algas oscuras y viscosas. Le sorprendió la ligereza de su cuerpo, que le hizo pensar que sus huesos eran, en realidad, delicadas espinas. Al sentir su respiración, le pareció tan frágil como un pez recién pescado, todavía palpitante.

Los pescadores que acudían al trabajo cuando la luna aún no se había retirado vieron al marqués llevando en brazos a una mujer desnuda, en dirección al castillo, y no les fue difícil intuir lo que había ocurrido. No es que sucediera con frecuencia, pero todos habían oído alguna vez historias parecidas de boca de sus padres o abuelos, y esta vez había sido él el que la había encontrado. Les resultaba algo cómico, ya que el marqués tenía tal fama de ermitaño que, de haber sido preguntado antes, cualquiera diría que, si encontrara una de ellas, la hubiera dejado yaciendo en la playa sin mirarla siquiera.

No obstante, la recogió, y se la llevó al castillo, apenas merecedor de ese nombre, donde vivía solo, con un único criado anciano que llevaba toda la vida sirviendo a la familia y que a duras penas podía administrar una propiedad de tal tamaño. Pero el marqués quiso ocuparse personalmente de ella: la instaló en la mejor habitación y la dejó acostada, a la espera de que se recuperara. Cuando lo hizo, se asustó al verse en un lugar desconocido y, además, encerrada. Estaba bastante alterada y se negó a ponerse el vestido que el marqués le había dejado junto a la cama, por lo que éste se vio obligado a llamar a su criado para, entre los dos, vestirla a la fuerza. Él, cuya voz hasta entonces era siempre ronca, ya que podía permanecer semanas enteras sin dirigirle la palabra a nadie, le hablaba a la recién llegada con una afabilidad y delicadeza insólitas en su persona. La única palabra que pronunció fue “Nei”, cuando se le preguntó por su nombre, de modo que así fue como la llamó a partir de ese momento. No llegó a saber si ella le comprendía o no, porque nunca le contestaba, por más que se esforzaba por hacérsele agradable. Nei se limitaba a mirarle con sus grandes ojos acuosos, sin parpadear; pero de vez en cuando sus labios se curvaban en una sonrisa enigmática, que asombraba al marqués, que no sabía si considerarlo un leve gesto irónico, muestra de que comprendía más de lo que aparentaba, o solamente una mueca involuntaria, como las de los que han perdido el juicio. A pesar de los múltiples baños, su cuerpo seguía oliendo a sal.

Pasado el desasosiego de los primeros días, la existencia de Nei en el castillo se hizo más tranquila. Se limitaba a permanecer sentada mirando a su alrededor con desgano, como si ese nuevo escenario que ella se había imaginado más interesante hubiera acabado decepcionándola. Al principio, pasaba largas horas peinando sus largos cabellos en actitud ausente con un peine de marfil, lo único que utilizaba de todos los artículos que su anfitrión le había proporcionado. Poco a poco, fue pasando cada vez más tiempo frente a una de las ventanas de la mansión, que daba directamente al acantilado. Permanecía allí ajena a lo demás, con la vista clavada en el mar. Sus días favoritos eran aquellos en los que se desataban tormentas que cubrían el cielo de nubes densas y oscuras, y el sonido del mar agitado se unía al silbido constante del viento. Si además se oían los truenos, era el espectáculo perfecto. La mirada de Nei denotaba su deseo de hallarse en el medio de la tempestad, y su leve sonrisa recordaba a la de una de esas antiguas esculturas de diosas griegas de cuya alegría se desconocen las razones.

Ante el ansia que manifestaba Nei por salir de los muros del castillo, el marqués no pudo evitar mostrarse conmovido, porque parecía un animal enjaulado, que languidece contemplando el exterior. Así que le permitió dar breves paseos, siempre bajo su supervisión, generalmente al alba o al crepúsculo para evitar ser vistos.

Un día se desató una tormenta colosal. Durante toda la jornada el cielo había estado cubierto por un denso manto de nubes, que había oscurecido la tierra como si el sol nunca hubiera salido. Finalmente, empezó a llover por la tarde. Las olas se fueron haciendo más grandes a medida que avanzaba el tiempo; mientras los pescadores, que contemplaban el mar desde sus casas, juraban por la memoria de sus antepasados, quienes jamás habían visto olas de tamaño semejante, y que era imposible que aumentaran, éstas seguían haciéndose más fuertes. Los rayos rompían la oscuridad del cielo y las gaviotas, incapaces de luchar contra el viento, se arrastraban rodando por la arena.

En el castillo, los muros no servían en absoluto para silenciar el ruido constante del viento y de los truenos: cada uno que sonaba retumbaba de manera tremenda, y hacía parecer que las enormes vigas de madera que sujetaban el edificio se desmoronaban. Nei, frente al alféizar de su ventana favorita, manifestaba su nerviosismo arrancando y retorciendo entre sus manos mechones de cabello. El marqués, para evitar que continuara haciéndolo, la agarró del brazo con cierta brusquedad. En ese momento, se dio cuenta de lo imprudente de su acción, porque no sabía cómo iba a reaccionar la joven. Pero ella no se mostró violenta, sino que miró a la ventana y después a él con una expresión de ruego y a la vez, de fiereza, que hacía innecesarias las palabras. Él no tuvo más remedio que soltarla y dejarla ir, aunque la vigilaría desde la ventana.

La vio frente al acantilado, empapada por la lluvia. Con su vestido blanco destacando en medio del entorno grisáceo, se asemejaba a una aparición de otro mundo. El viento hacía volar el pelo a su alrededor como si tuviera vida propia; a veces los rizos se enredaban alrededor de su cuello con fines perversos. El marqués advirtió que Nei movía los labios y tenía la vista fija en las olas, pero le resultaba imposible distinguir palabra alguna. Las olas llegaban ahora incluso a salpicar el acantilado, cuando normalmente rompían varios metros abajo. La primera ola mojó a Nei y la hizo retroceder, pero mientras la tercera golpeaba las rocas, se fue acercando hasta el mismo borde del precipicio. Al tiempo que estallaban la cuarta y la quinta, el marqués volvió a fijarse en que la joven parecía decir algo y un incontenible temor se apoderó de él. Cuando, con la novena ola, la vio arrojarse al abismo con una leve sonrisa en los labios, se dio cuenta del error que había cometido al consentir que saliese.

Desde que desapareció aquella joven desconocida, el marqués no volvió al castillo, ni su viejo criado intentó que lo hiciera, porque sabía que sería imposible. Se pasaba los días junto al acantilado, dormía a la intemperie y no miraba hacia otro sitio que no fuera el mar. Llevaba ropas harapientas y el cabello enmarañado; nadie se atrevía a hablarle, pero él estaba continuamente farfullando palabras ininteligibles y contando con los dedos. De vez en cuando se enfadaba y tiraba alguna piedra al mar, pero enseguida reanudaba sus cálculos de manera obsesiva. Se decía que pasaba todo el tiempo enumerando las olas, esperando a que llegase la novena y pudiera reencontrarse con la criatura que una vez encontró varada en la playa.


Sobre la autora

Marta Mariño Mexuto es graduada en Estudios Clásicos por la Universidad de Valladolid, Máster en Literatura Hispanoamericana, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca, y Máster en Formación de Profesorado de Educación Secundaria por la Universidad de A Coruña. Actualmente, se encuentra finalizando su tesis en la Universidad de Santiago de Compostela, y cuenta con varias publicaciones de carácter académico, además del libro de relatos La mano fría (Charleston, SC, Amazon, 2016, ISBN: 9781519310132).


Imagen: The Land Baby – John Collier

Élafos por Penélope Gamboa Barahona

Relato

Élafos

Acteón se escondió tras un árbol, sacó su cabeza y arrojó la jabalina. El ciervo que sus perros tenían acorralado, un macho de cornamenta fabulosa, profirió un chillido y cayó muerto sobre el césped.

Quirón se acercó a su discípulo, sonriendo alegremente.

―¡Enhorabuena, joven Acteón, ha cazado un animal magnífico!

―Artemisa ha sido benévola conmigo, maestro.

Los perros rodearon el cadáver del ciervo y abrieron sus hocicos salivosos. Acteón los espantó con un grito, se echó el cadáver al hombro y tomó el camino de regreso a Tebas. “Este ciervo no formará parte de los festines de mi padre o de mis perros”, se dijo a sí mismo, “lo ofrendaré a la diosa, de este modo ella verá que no soy ningún desagradecido.”

Aristeo lo reprendió en las afueras del templo.

―Es tiempo de que dejes la caza, hijo mío, me estoy haciendo viejo y muy pronto tendrás que hacerte cargo de este templo en mi lugar. Cambia las flechas por la túnica sacerdotal.

―¡Extrañas palabras salen de tu boca, padre! ¿No fuiste tú uno de los mejores cazadores de Beocia? ¿No fue la abuela Cirene la misma que despreció las artes de su sexo y prefirió dedicarse a pasear por los bosques con su jabalina? La caza está en mi sangre, forma parte de mi linaje y me siento orgulloso de ella.

―No te vanaglories de tu herencia, no sabes cuándo te tocará a ti ser la presa en vez del cazador.

Acteón ignoró las palabras de su padre y se sentó a limpiar su jabalina, tarareando en voz baja una canción antigua. Melampo, el más fiel de sus perros, se echó a sus pies y aulló al ritmo de la tonada.

Al día siguiente, se levantó muy temprano y sacó a los perros de su encierro. En el bosque, la manada persiguió a un jabalí hasta la orilla de un río caudaloso, más allá de la frontera tebana. En ese lugar escuchó risas femeninas y, curioso, movió los arbustos frente a él.

Las risas provenían de un grupo de ninfas que jugaban a echarse agua del río con candidez infantil. Algunas estaban sentadas sobre las rocas de la ribera, otras zambullidas en la corriente y, las más osadas, al otro lado del cauce.

Acteón las observó en silencio, cautivado por la belleza de aquellas criaturas. Su mirada lujuriosa prestó atención a cada detalle de los cuerpos desnudos ante él: los senos, las caderas, los cabellos largos pegados a la espalda. Pero no fue sino hasta que vio al centro del cauce que tembló con deseo y sintió la dureza de su miembro.

Allí, bañándose en el agua de la corriente, estaba una mujer bellísima; más hermosa, incluso, que las ninfas que la acompañaban. Se movía con la agilidad de una amazona, esquivando el vaivén de la corriente y equilibrándose con ayuda de las rocas. En su cabeza tenía un adorno peculiar, una tiara hecha con astas de ciervos.

Acteón vio el adorno y suspiró asombrado. La diosa Artemisa era muy reservada con su desnudez y su cuerpo en general. Poder observarla en la intimidad de su baño matinal, un espectáculo que ni los mismos dioses conocían, era un regalo de Tique que no iba a desaprovechar.

Metió la mano dentro de su túnica y se masturbó hasta el clímax, sin notar la rama seca a un lado de sus pies. Una de las ninfas miró en su dirección al escuchar el crujido y gritó, las demás cubrieron a su señora con sus cuerpos.

Artemisa, al verlo, montó en cólera, ¡qué atrevimiento el de ese mortal mirón! Sus misterios virginales eran suyos y de nadie más, cualquier profanador debía ser castigado de inmediato. Con el ceño fruncido, lo señaló y pronunció al aire unas palabras.

Acteón no entendió nada de lo que la diosa dijo, pero algo en su interior se retorció, tripas saliéndose de su lugar y acomodándose en otras partes de su cuerpo. Completamente aterrorizado, echó a correr y, en medio de su huida, vio cómo sus dos piernas se transformaban en patas de ciervo.

Un dolor punzante en su espalda lo dobló en dos y lo obligó a poner sus manos en el suelo, una posición cuadrúpeda que no correspondía a su condición de hombre. De su frente nacieron dos protuberancias, inicios de astas largas.

Sus intentos desesperados por llamar a Quirón se esfumaron en el aire, todo lo que salió de su boca fue un chillido animal que alertó a sus perros. Melampo lo vio y corrió hacia él con el hocico abierto, el resto de la manada también hizo lo mismo.

Acteón trató de decirles que no era un ciervo verdadero, sino su amo convertido en uno, pero sus palabras entrecortadas se transformaron en balidos. Melampo le clavó los colmillos en el cuello y los otros, en el lomo y las patas. Antes de morir, pidió disculpas a Artemisa por su imprudencia.

Los perros despedazaron al ciervo y, durante horas, buscaron a su amo por todo el bosque.     Quirón escuchó los ladridos, se acercó al cadáver del ciervo y reconoció enseguida a su discípulo. Lleno de tristeza, enterró sus restos en un claro y construyó una estatua sobre la tumba para consolar a los afligidos canes.


Sobre la autora

Penélope Gamboa Barahona nació en San José, Costa Rica y es amante de la literatura y el cine. Actualmente estudia Bibliotecología en la Universidad Estatal a Distancia.


Imagen: Diana and Actaeon – Autor desconocido

La leyenda del Machuca por Calú Cruz

Relato

La leyenda del Machuca

A Jeannette Rodríguez.
Plena te sentís, avecilla, al contemplar cada amanecer
desde la rama del más alto de los árboles

Ella era una indígena fecundada por las entrañas de la tierra y parida a través de sus afluentes. Su cabellera negra era tan hermosa y larga, que, cuando estaba húmeda, le llegaba a media nalga. Tenía las piernas tan bien esculpidas como dos perfectos mástiles de carabelas españolas, y sus ojos avellanados poco a poco se fueron pintando del color musgo claro del río. Era hermosa: diabólicamente hermosa para cualquier cristiano; por eso, su corazón siempre debió ser para otro indio…
Pero él… él sintió que de pronto la amaba. Caprichosamente la deseó. Tal vez fue el demonio quien quiso pintarle aquel hermoso paraje: el remanso de las aguas moviendo entre sus ondulaciones las hojas doradas que cayeran desde la copa de los árboles, un tumulto de arcilla blanca al fondo haciendo contraste para un cuerpo laqueado de canela o las libélulas multicolor apareándose sobre el hombro de la bella mujer; y de vuelta el río que ahora sujetaba los pechos de la india meciéndolos ligeramente de un lado al otro dejando salir del agua sus pezones punteados de vez en cuando. Verla bajo aquel claro de luz debió ser una terrible maldición, pero sentir que sus manos varoniles eran las del río, ese fue su delito.
Aún siendo india, ella era caprichosa como muchas mujeres del mundo. Estaba cansada de ser una más entre las compañeras de Garabito y sumamente hastiada de las constantes rencillas de este con el namapume chorotega. Se quedaba viendo las pisadas de su hombre como una que no sabría qué esperar del futuro y sentíase perdida entre las líneas de cada hoja.
Pero este otro era distinto. Él era un hombre viajero y atrevido, uno que podría traer un poco de sorpresa a sus labios… Ella se llamaba Dulcehe y él, Antonio Álvarez Pereyra. El hombre hizo un ademán con su mano izquierda a los veinte del regimiento que lo acompañaban y estos, bajo un entendimiento malicioso de compadrazgo, se fueron quedando rezagados al margen de las aguas; quizá custodiando a su señor o haciendo de vigías desde puntos más estratégicos, parados sobre las piedras del río o subidos en algún árbol.
Él se quitó la ropa en la orilla y fue adentrando su cuerpo lentamente entre las aguas, con cada paso iba acercándose a Dulcehe; quien aún no había escuchado el chapoteo. De pronto la naturaleza dejó de escucharse: las aves silenciaron su festejo, las chicharras modularon sus chirridos escandalosos y la ventisca dejó de resoplar por encima de los árboles quedando solo las hojas doradas que ya estaban circulando en torno al cuerpo de Dulcehe.
La mujer sintió la presencia varonil a sus espaldas, o quién sabe si llevaba rato viendo el reflejo que en las aguas se proyectaba… Fue volteándose con la suave caricia del río, y ladeando sus nalgas como si su trasero fuese un gran navío, quedó de frente a Antonio Álvarez Peryra y luego clavó sus enormes ojos avellanados en la mirada de él.

Ya antes la habían deseado; bien se conocía la mirada pícara de los hombres. Coyoche estuvo al acecho de su cintura, incluso en una ocasión pretendió sorprender al gran Garabito con tal de llevársela como botín de guerra. Gurutiña había hecho lo propio colmándola de alhajas en forma de animales míticos, pero ella seguía coitando en el abandono con las aguas; tal vez por temor se había negado a cualquier hombre que no fuese aguerrido como el suyo, aunque este fuera distante con ella.
Cuando Garabito partía en sus temerarias expediciones Dulcehe se iba descalza entre la vegetación silvestre, pisando las flores amarillas con la planta de los pies y sacándole, con ello, varias heridas a su piel y, por dentro, a sus entrañas.
Pero ahora estaban ahí de frente, él desnudo y ella desnuda… Quizá la mujer se dejó impresionar por la imagen, poco usual, de Garabito preocupado por su propia vida. Ella sabía que la causa de esa preocupación era este hombre que ahora, desnudo entre el río, la miraba de frente…
Dulcehe, guerrera de las Britecas, abrió su boca hasta ese momento sellada y dejó salir, apaciblemente, varias palabras en su lengua nativa.



Varios días habían transcurrido desde el fortuito encuentro de la pareja en la poza del Machuca. Hasta Tivives se hubiera podido seguir la huella de Antonio tratando de dar caza al rey Garabito.
Con el mismo regimiento de 20 hombres, pero una nube de la codicia en sus ojos ideó la estrategia, y fue así como confabulado contra su propia dicha apresó a Dulcehe, y después de hacerla suya incalculable cantidad de veces —perpetrando con ello la semilla incorruptible e indígena—, la presentó ante Juan de Cavallón como punto clave para la caída del cacique mayor.
Pero cerca de su lecho, y durante las noches en que había entregado a la mujer para que se sometiera a interrogatorios, seres amorfos fueron visitándolo de uno en uno hasta formar el grupo completo que lo atormentara varias veces y hasta las tres de la madrugada…
Se aparecían primero en sus sueños lejanos, iban degollando a los españoles que poco a poco vertían su mirada azabache hacia cualquier ramada; luego, aparecían los cuerpos tirados cerca de los trillos mientras él intentaba, a duras penas, no triturar con su caelzado los rostros mutilados de sus amigos de expedición que se contaban por montones.
De pronto estos cadáveres abrían su boca dejando al descubierto una risa frenética de maíz amarillo, y posteriormente, una llamarada se adueñaba de aquellos ojos hasta regresarlos a la vida, pero adoptando formas grotescas. Volvían sus ojos llenos de furia y, tiznados en su piel con el color purpúreo, se halaban los cabellos; luego corrían con las puntas de sus lanzas hechas de piedra pulida en una sola dirección: su humanidad.
Luego, bañado en el sudor de su propia congoja, abría sus ojos abruptamente y tenía a esos espíritus ahí… Cubiertos por un claro de luna se dejaban ver al pie de su cama con sus enormes hocicos de lagarto, varias manos de escama de serpiente halaban los pies del conquistador y las frazadas, mientras otros, con cara de mono, se subían a su cama por los bordes o caían desde el techo, o desde el ropero de madera que había dentro de la habitación.
Y justo antes de que el reloj acariciara la hora en que debía terminar el suplicio aparecería un último ser con rostro de jaguar —y dejando que de sus cuerdas vocales salieran atronadoras voces al unísono— apuñaba su mano de gorila y gritaba:

“¿Lo recuerda, Antonio Pereyra? ¿Lo recuerda?… ¡Quien haya metido su cuerpo en estas aguas no vuelve a salir!… ¿Lo recuerda!”

A la mañana siguiente, Antonio abría la puerta de su estancia y encontró un pozo de sangre, y, en medio de él, una enorme cabeza degollada de jabalí.
Pronto, el portugués fue perdiendo la razón y de vez en cuando de su boca brotaban palabras en lengua huetar. Constantemente vociferaba “Quien haya metido su cuerpo en las aguas no vuelve a salir” y cuando se le preguntaba, de dónde había sacado tal estribillo, su cuerpo y su espíritu emanaban una calentura vertiginosa. Ataque similar habían vivido los hombres del capitán Ignacio Cota cuando, en el pasado, se procedió a interrogar a un grupo de cinco mujeres indígenas que encontraron bañándose en el río. Todos comenzaron a balbucear palabras no propias de la lengua española.
Omitieron los historiadores que, a Antonio Álvarez Pereyra hubo que llevarlo ante un cura por encargo de don Juan de Cavallón, y que por recomendación del cura —una vez que reunió las pruebas testimoniales de los hombres que presenciaron el amorío entre el portugués y la indígena— se sugirió que solo podría librarse de la maldición de Dulcehe si se quedara con ella por siempre.
Se dice que el portugués murió en la ciudad de Esparza en 1599, que no hubo registro de matrimonio alguno, pero que sí dejó descendencia extramatrimonial con una mujer de la que, curiosamente, no se tiene dato alguno. Sé que ustedes me preguntarán que por qué no existe un registro de todo cuanto he narrado, pero vamos, seamos sinceros, y perdonen que cuestione tanta incredulidad en voz alta… ¿Cuál registro brotado de la mano de los españoles habría de hacer quedar al prestigioso Antonio Álvarez Pereyra, el explorador y conquistador de varios poblados, como un hombre fuera de juicio? ¡Ninguno! Pero cierto es que sí hay registro escrito para decir que el aguerrido Garabito tuvo que bautizarse junto con tres mil de sus súbditos en una quebrada poco honrosa.
Así que mi estimado lector y futuro visitante… ¡Cuidado con bañarse en el río Machuca pensando que sus aguas transparentes solo tienen la ingenua cualidad de ser curativas o servir para refrescar! Más le valdría hacer caso a la advertencia que escupen los lugareños como eterna letanía “Que quien se bañe en el Machuca se queda en Orotina”; porque del río al embrujamiento hay un solo paso y la verdad que hay cada mujer orotinense que pareciera tener su cuerpo bastante endiablado, igual a como lo tuviera la bella Dulcehe.


Sobre el autor

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela. Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

Dos poemas de Marianella Sáenz Mora

Poesía

23  (Del poemario Transgredir(se))


Tres sillas y un crucifijo,

cenar en medio de un silencio terrorista

sin palabras extrañas 

que dancen inocentes al contemplar

el retrato de infancia de una ingrata

en manos de Wislawa.


Mientras el país de las carabelas se fragmenta

creo también que ser feliz está en la cabeza,

entonces recurro a contemplar impaciente

como saldos de tu temida ausencia

tus pertenencias salpicadas por la casa.


Porque la madrugada 

es el clímax de mi angustia 

detonador de anorexias,

propósito de mis sacrificios

bandera de esta respuesta lapidaria que no llega mientras insistentemente no estás

y los miedos asoman sus rostros desfigurados 

desde el gris que ha cubierto las paredes.


Un colibrí inesperado 

me saluda imprevisto y sorpresivo tras la ventana

augurio de que he sido escuchada por los dioses.


Intertextos de Wislawa Szymborska


III (Del poemario Milagros y otros vórtices cotidianos)



Algunas veces 

vamos con las manos rotas

y nuestra brevedad

es perímetro de maravillas.


Vamos por allí furtivos de anhelos

violentando el tiempo

revelando silenciosamente

la poesía que es la vida.


Esa que pese a ser muda

nos grita desde los rincones

y se nos queda adherida a los labios,

a su humedad

a la sonrisa que revierte 

nuestra condición de semidioses 

y hace del habitáculo del pecho 

un nuevo Olimpo.


Y es que no nos damos cuenta 

si es abril, junio o noviembre

no hacen falta los alisios

porque entonces, de repente

es suficiente, todo cuanto tenemos. 


Sobre la autora

Marianella Sáenz Mora (San José, Costa Rica) se graduó de la carrera de Turismo. Posee estudios complementarios en las áreas de Mercadeo, Ventas y Servicio al Cliente. Formó parte del Círculo de Poetas Costarricenses y del Grupo Literario Poiesis. Ha publicado: MIGRACIÓN A LA ESPERANZA (2015), PERSPECTIVA DE LA AUSENCIA (2017) 2do Lugar del Certamen Literario Brunca de la UNA, TRANSGREDIR (SE) Editorial Torremozas, Madrid, España (2019).

En 2020 ganó el Primer Lugar en la Categoría de Cuento en el XVII Certamen Literario Gonzalo Rojas Pizarro (Chile). Obtuvo el Segundo Lugar del Certamen Literario Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica en 2015.

Antologada en varios países del mundo, forma parte de varios colectivos literarios internacionales. Algunos de sus poemas han sido traducidos a otros idiomas, otros han sido publicados en importantes revistas literarias físicas y digitales, así como en diversos blogs de literatura.

Isolda y el cóndor por Osvaldo Aníbal Martínez, un relato de amor en tierras bonaerenses durante la segunda mitad del siglo XIX

Relato

Isolda y el cóndor

La historia la narró una tardecita el ingeniero Demarchi, apasionado historiador de la Campaña del Desierto. Nos habló de Isolda de la Santísima Trinidad Gómez Velazco, capturada a los catorce años por un capitanejo del cacique Coliqueo en las cercanías de Cañuelas, hacia 1860. Isolda vivió en los toldos dos veranos, hasta que una colecta para la redención de los cautivos la trajo de regreso. Ya no quedan rastros de la estancia de Morón donde vivía, pero Demarchi la imaginó recostada en las suaves lomas al sur de un arroyo, donde hoy hay chalets de tejas rojas y plazas con juegos para niños. La casa desapareció hace décadas, pero una leyenda pervivió: la de un indio joven, prendado de amor por el cutis de perla y los ojos de ensueño de Isolda. Dos lluvias después de la partida de la mujer, el indio (¿cuál sería su nombre?) sujetó sus crenchas con una vincha roja, montó un zaino nervioso y tomó el camino de las carretas. Dos hermanos lo acompañaron. Lo hicieron por instinto, quizás nunca supieron qué fin perseguían. Hicieron noche en montes escondidos, vadearon el Salado cerca de Alberti, o de lo que después se llamaría Alberti. Cerca de Luján los sorprendió una partida de milicos que perseguía a un cuatrero conocido como El Chileno. Encerrados entre una laguna barrosa y una cañada, los hermanos no pudieron escapar a las balas de las tercerolas. Los uniformados incautaron los caballos, que no tardaron en retobarse y huir, y abandonaron los cuerpos en el fachinal de la orilla.

Pero aseguran que aquella misma noche el indio llegó hasta la ventana de Isolda, y la llamó con voz de zorzal herido para confesarle su amor eterno. La niña le abrió su ventana y su corazón. Al amanecer, después de aquella única noche de amor, el indio le mostró su pecho horadado por el plomo. Isolda se desvaneció. Al tercer día despertó sin color, como si el fantasma del indio le hubiera contagiado su palidez. Al cuarto día ingresó en el convento donde vivió hasta su muerte, en 1902. El ingeniero Demarchi comentó que hasta mediados de los cuarenta aún se asustaba a los niños con el cuento del fantasma de un indio feroz, que se aparecía flotando en los bañados que se formaban en los bajos cerca del arroyo. Después todo se perdió, como todo se pierde en la memoria de los hombres.

Pero una fantasía alternativa nació de la anterior. En ella el indio (¿cuál sería su nombre?) sobrevivió a las balas y tuvo su noche de amor antes de escapar de las partidas que lo acechaban. Dicen que murió cerca del Río Negro, cargando a puro coraje y chuza contra la puntería, esta vez acertada, de los fusiles del ejército del general Roca.

Otros, en cambio, cuentan que no murió en la carga, sino que, malherido, cabalgó hasta las cumbres nevadas de los Andes, donde se tendió a descansar de cara al sol y al frío. Y en la noche patagónica, una noche aterradora de estrellas y misterios, se convirtió en cóndor.

“Quién sabe”, comentó Demarchi antes de despedirse, “cuál de todos estos fue su verdadero destino”.


Sobre el autor

Osvaldo Aníbal Martínez nace en Buenos Aires en 1956. Ha publicado “El color del cielo” (novela, 1995), “La escritura del Niño” (novela, 1999), “Siempre” (poesía, 2000), “El cobrador y otros cuentos” (relatos, 2014). También figura en la 1ra. y 2da. antología de la editorial Casa de Papel de los años 2014 y 2015.
Cuenta con las siguientes distinciones:

  • Año 2015: “El piano encantado” (cuento) 2do. Concurso Literario Cámara Española de Comercio “De Quevedo a Cortázar”.
  • Año 2016: “Isolda y el cóndor” (cuento) 1er. Concurso de Narrativa y Poesía Sociedad de Escritores Surbonaerenses; “Un accidente” (cuento) 2016; “Las murallas de Bizancio” (novela) 1er. Premio Concurso La Verónica Cartonera, Barcelona.
  • Año 2017: “Nunca hablamos de Brahms” (cuento) Concurso de poesía y narrativa “Premioa la Palabra”; “De batallas y fantasmas” (cuento) Concurso de Literatura Federación de Sociedades Españolas; “Gaby” (cuento) en el VII Concurso de Cuento y Poesía Isidro Quesada de la Municipalidad de 25 de Mayo.
  • Año 2018: “La tumba de Alarico” 1er. Premio Nacional de Novela “Marco Denevi” 2017/2018, Municipalidad de Tres de Febrero; “La paradoja de Zaid” (cuento) Premio Literatura SADE Tres de Febrero.
  • Año 2019: “El muelle” (novela corta) Concurso Literario Villa Colindres
    Inéditos: novelas: “La Peste y La Tempestad”; “Un sueño hermoso”; “Relatos de un crimen”; “Fugitivos”; “Legenda”; libros de cuentos: “Gabriel y otros relatos”; “Forasteros”.

Imagen: The Condor (1922) by Cooper Ornithological Club

Los ojos de Sísifo, un poema de Raúl Guerrero Payo

Poesía

Los ojos de Sísifo

La misma montaña,

la misma roca,

los mismos pasos entorno al infinito.

El mismo castigo, otro día,

el mismo día pero más cerca de algo,

de la nada, tal vez, de quién sabe qué 

y hasta cuándo;

de quien sabe anudar sogas y corbatas.

Más cerca de ti, quizás,

de los ojos que Sísifo

dejó de utilizar cuando su cuerpo

comprendió el castigo.

Más cerca del absurdo que se gesta

entre Vladimir y Estragón,

mientras alguien encadena a Tánatos

para que todo cobre sentido.

La misma rutina,

el pleonasmo de siempre,

la redundancia exacerbada,

los ojos cansados frente a la montaña. 


Sobre el autor

Raúl Guerrero Payo nace en Valverde del Fresno, el 23 de agosto de 1997. Desde pequeño siente una gran curiosidad por el mundo del arte y las letras, y tarda poco en empezar a leer clásicos como La isla del tesoro o El fantasma de Carterville. También siente desde muy temprana edad una atracción especial por el cine y la música. Esto se debe en gran parte a su padre, quien le descubrió grupos como Pink Floyd o Queen.

A los 16 años publica su poemario Poesías y desacato, dibujando un retrato, una recopilación de poemas que llevaba redactando desde los 13 años. Durante su estancia en Bachillerato resulta ganador del certamen literario organizado por su instituto, el I.E.S. Al-Qazeres, con su trilogía poética El tiempo es un arma cargada de muerte. Ese mismo verano se alza con el premio literario de su pueblo al escribir un poema en A Fala, lengua propia y única de Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo. Al año siguiente sería juez del mismo.

Durante 2017, a sus 19 años, Raúl comienza a participar en certámenes literarios. El primer escrito que envía, titulado DGT: Dirección general de trágicos, es seleccionado para formar parte de la antología El vuelo de la palabra en su IXX edición de poesía y relato, que organiza el ayuntamiento de Badajoz. Esto motivó al autor a seguir escribiendo y formándose en la poesía. En noviembre del mismo año se le concede el accésit en el X Certámen de poesía organizado por el colectivo Ataecina, en Ribera del Fresno, por su participación en A Fala con el poema Poeta du contrabandu.

En marzo de 2018 recibe una mención especial del jurado en el II certámen de relatos cortos y poesía con fondo sonoro, en Palencia, por su poema Siempre estás ahí. Tras esto, en mayo, uno de sus escritos titulado Tres tristes trágicos tragan tequila en un tren es recopilado en una antología en la convocatoria del V certamen nacional Umbral de poesía, organizado por la Asociación cultural Habla, y en el cual colabora el ayuntamiento de Valladolid. El mes de agosto de 2018 consigue el primer premio en la modalidad de relato corto y el segundo en poesía tras el fallo del IV Concursu literariu du Nosu Lugal, celebrado en Valverde del Fresno y cuyos textos estaban íntegramente escritos en A Fala. La producción de textos en A Fala y traducciones a la misma lengua por parte del autor nunca se ha detenido.

El mes de enero de 2019 le comunican que su poema Convenciones surrealistas y demás sueños reales es incluído en la antología del XV concurso internacional de poesía y teatro Castello Di Duino y viaja a Trieste varios días para recitar su poema, recoger el premio y conocer a poetas de todas las partes del mundo: desde Alemania hasta México. El mes de marzo de 2019, el ayuntamiento de Valverde del Fresno, recopila todos los poemas y relatos ganadores de diferentes ediciones del certamen escritos en A Fala bajo una antología titulada Istu lo se le. Ahí tienen cabida sus poemas Poeta du contrabandu literariu, Valverdi soña y el relato Explosión de realidai, una historia real que le narró su abuelo Alfredo. En abril de 2019 recibe el tercer premio en el II concurso literario Villa de Fuente Álamo “Memorial Juan Antonio Puertas Rodriguez”, al que agradeció enviando una adaptación a rap del poema. Dicho escrito es uno de los favoritos en la
producción literaria del poeta, según sus palabras.

En octubre de ese mismo año, un texto sobre el olvido titulado Homicidas involuntarios, es seleccionada para formar parte de la segunda edición de la revista venezolana Nefelismos.

A principios de 2020, con 22 años, su poema, El creador, resulta finalista en la XVI edición del concurso internacional de poesía y teatro Castello Di Duino. Es invitado a Italia de nuevo para conocer al resto de premiados, pero el encuentro es imposible debido a la crisis sanitaria del COVID-19. Un día de mayo del mismo año llega una carta desde el centro penitenciario de Daroca, Zaragoza. Y es que el poeta es seleccionado para conformar una antología poética que se edita en la misma prisión y en cuyo jurado participan internos. El poema se titula Estrofas para una noche de insomnio, tratándose del X Certamen “Picapedreros” de Poesía, Guión y Microrrelato y la revista se edita bajo el nombre de La Oca Loca. También durante el mes de mayo le comunican que su escrito El sentido de la vida queda finalista en el IX certamen de poesía ASEAPO. En noviembre, dos buenas noticias: su poema Salvadoris es incluido en la revista Febrero, y su otro escrito, titulado martirios cotidianos, será incluido en la I Antología Poética y Prosa de la Biblioteca Popular Municipal Domingo Faustino Sarmiento.

Actualmente estudia Dirección de Escena y Dramaturgia en la E.S.A.D. de Extremadura.


Imagen: Sisyphus – Sir Edward Coley Burne-Jones

“Bruja por derecho de mujer” y otros poemas de Marta Rojas Porras

Poesía

Bruja por derecho de mujer


Eres una Bruja por el hecho de ser mujer,
indómita, airada, alegre e inmortal.
Robin Morgan


La piel no olvida nada.
Las cicatrices sangran.
La mirada deshilacha el recuerdo.
El corazón vuelve al dolor.
La humillación de la violencia y la muerte
no ha dejado de respirar.

Mandatos encubiertos
nos han dictado cómo comportarnos,
qué sentir, cómo no ser, cómo parecer.

Si rompemos el aro nupcial,
Si parimos sin casarnos,
quedamos fuera, por inmorales.
Si no nos casamos, no somos solteras,
sino solteronas fracasadas;
las canas y arrugas mejor ocultas
porque tenemos prohibiciones de avejentarnos.
Y, si estériles, desechadas.

A la casa nos han confinado,
con Penélopes y Marías y Martas
en la rutina de Sísifo.
Así, nos excluyeron del haber
y robaron nuestras cosechas.
Hipócritas,
para esconder el despojo
celebran, en grande, nuestra virtuosidad.

El decreto divino de un “destino natural”
nos ha aturdido.
Con destellos de luz de un espejo
nos exhibe como madres y esposas buenas;
como cuidadoras infatigables del nido familiar.
Somos la calladita y de discreta sonrisa,
la dulce, frágil y angelical.

En otra versión del mismo espejo,
mentirosas, seductoras e inconstantes.
Como a Eva, se nos ha responsabilizado
de la pérdida del paraíso,
de desatar todos los males
y de negar la esperanza,
desde nuestra ánfora de Pandora.

Nuestros genitales,
sucios objetos de placer y pecado.
Somos Magdalenas de la tentación.
Sirenas seductoras.
Serpientes venenosas.

Tuvimos que pelear por nuestra autoridad.
No la heredamos.
La ganamos en la participación comunal
como yerberas santas con remedios para la garganta,
el apazote para los brotes
ungüentos para espantar los mosquitos,
consejos para el mal de amores.

Pronosticamos porque escuchamos el bosque,
miramos las estrellas
y desciframos las vueltas de la luna.
Y… nos hicimos sabias.
Y, por sabias y conectadas, peligrosas.
De brujas nos tacharon.

Desde la imagen de la disciplina santa,
con la más atroz crueldad,
públicamente, nos incineraron.
Rompieron nuestros huesos.
Nos arrebataron el derecho sobre nuestros cuerpos.
¿Cuántas fuimos quemadas?
El grito aún arde en los vientos.

Ya no nos cazan con fuego ni guillotina.
Ni como a Juana
nos encierran en calabozos de locas
para silenciarnos.
Las hogueras han cambiado de forma.
Nos siguen atrapando y matando.
Nos obligan a parir
cuando aún jugamos con muñecas.
Nos tachan de majaderas y fanáticas
cuando reclamamos ante un lenguaje
que nos mal nombra o no nos nombra,
y gramáticas anquilosadas
que nos niegan
reciben la sacra bendición
y el aplauso.

Nuestra larga historia de resistencia
no podrá ser borrada.
No existen torturas ni mentiras
que nos puedan anular.
Resistimos juntas.
Miramos la historia escindida y oculta.
Rescatamos del olvido
el legado de fuerza y dignidad ancestral.

Como Ixchel, somos rocío de fertilidad libre.
No admitimos más Dianas vigilantes de la castidad de las ninfas,
ni más mentiras sobre nuestros placeres.
Somos mortales, no divinas ni demonias.
Nos declaramos brujas, autónomas,
y determinamos no callar.

Combativas, desafiantes,
Nos comprometemos a nutrir la esperanza y la imaginación.
En un acto de sororidad
y de lazos fraternos,
celebramos aquelarres lúdicos,
intercambiamos afectos, conocimientos, hechizos, y demás.

Más que leyendas, somos mujeres,
diversas e infinitas mujeres.
Estamos vivas y en vigilia.
Somos libres.
Somos brujas.


Madres

Madre.
Nunca la agresora.
La bondadosa y abnegada, siempre.

Jamás la que abandona su nidada.
No la gruñona.
No la explotada.

Madre estereotipo.
Objeto mercantil.
Pintura fantástica.

La mía, una maga constructora.
La de mi amiga, desaliento,
monstruo destructor de sus sueños,
manipulación del rencor.

Están las lobas al cuidado feroz de la manada.
Las Lloronas, agónicas en desventura por los ríos de la culpa.
Las ciegas ante la agresión que sufren las hijas.

Las mágicas brujas o hadas
que en veladas nocturnas
nos inyectaron el afán por volar.

Las que con sortilegios de lo nefasto cortaron las alas.
Las transgresoras y pioneras de la esperanza.
Las engatusadas por el sistema del miedo.

Mujeres, casi todas, muy valientes.
Su cosecha,
según la tierra donde fueron plantadas.

Ricas y pobres, buenas y malas,
torpes e inteligentes.
Todas imperfectas.
Todas humanas.

Y yo, madre, hoy,
plena e incompleta,
con un poquito,
de cada una de ellas.


Importa, sí, que dejen ya de asesinarnos

Una lluvia nauseabunda vomita estas calles.

No importa, María Paula, Maritza, Marianna,
si tu color atraía las auroras.
Si en tus cabellos, Rita, se enredaban esperanzas.
Karen Vanessa, Gretel, no importa
si tu vientre había sido habitado.
Si en tu casa, Kimberly, te necesitaban unos brazos.
Si arañabas miserias y soledades, Isabel.
Si eras joven o vieja, Yarissa.
Si tus manos vestían callos, Hellen.
Si ojos admirados detenían su paso
para contemplarte, Tatiana.
Importa sí, que mujeres de 19, 36, 20, 18
o de cualquier edad,
con arma blanca, con disparos, a palos,
con hijos, sin hijas, embarazadas, alegres, tímidas,
populares, exitosas o frustradas,
en Puerto Jiménez, San Carlos, Liberia,
Cartago, Siquirres, Golfito, San José,
en la ciudad o el campo,
costarricenses o nicaragüenses
turistas o residentes
son un eco silenciado en una lista.
Importa sí, que Jessica, de 34,
pasa a ser parte de una estadística
como el octavo femicidio del año.

Importa sí, la noticia de estos inicios de noviembre,
que enredada con la propaganda navideña dice:
Eva, ella vivía en Barva,
solo tenía 19 años, era estudiante universitaria
con un hijo de 4 años
y su expareja, el padre del niño, la mató.

Y en Eva, todas las Evas.
Y en el hijo de Eva, todas las víctimas huérfanas.
Y en la familia de Eva, todas las familias
torturadas por la violencia feminicida.

Importa sí, que cada una de estas mujeres
merecía apropiarse de sus sueños.

Importa sí, construir una sociedad de afectos sanos,
despojada de seres humanos como pertenencia
y fundante de masculinidades con prácticas más igualitarias.

¡Importa, sí,
que DEJEN YA DE ASESINARNOS,
que el “ni una menos”
sea realidad y no discurso vano!

Imagen: La hechicera (1685) de Bartolomeo Guidobono


Sobre la autora

Job y su familia restaurados a la prosperidad (1805) por William Blake.

Norte sobre el vacío, un poema de Byron Ramírez

Poesía

Él extiende el norte sobre el vacío, y cuelga la tierra sobre la nada.
JOB 26:7

Aquí está Job, de nuevo, con los brazos abiertos
esperando la lluvia ácida del mes de agosto.
De llanto, han tejido tus años
una segunda piel sobre su cuerpo: caparazón de hambre y barro.

Aquí está Job
—ni mar ni monstruo marino—
tan solo un hombre pequeño y pobre que se posa sobre tu hombro
y el aire atraviesa sus llagas,
y no se inmuta la luz ante su imagen de perro inválido.

¿Has hecho tú una valla alrededor de él,
de su casa y de todo lo que tiene, por todos lados?

¡Te lo arrebato para siempre!
Lo sostengo con ímpetu de fiera amenazada. Ahora sí:
Aquí está Job sobre mi palma, tembloroso.
Nadie puede lastimarlo ahora
ni siquiera el Verbo insolente, anudado a tus costillas,
ni siquiera la espada o el diluvio que inventarás más tarde
cuando la ciudad duerma su siesta junto al Leviatán.

Nada podrá tocarlo. Cerraré la mano si te acercas
y entonces será una isla mi puño
en la cual habitará el hombre pequeño
y amanecerá el día de la nada

porque la palabra día existirá en la memoria de mi pulso
como existirán manzanos y cavernas
y una gran playa sin turistas donde Job acampará la madrugada
esperando que yo nombre a su familia
y su familia brote entonces de mi aliento,
nazcan girasoles en las piedras de los ríos,
surjan nuevas bestias que invoquen la penumbra
y construyan por la tarde un camino de agua
que llegue hasta las caravanas de Temán.

¿Quién prepara para el cuervo su alimento,
cuando sus crías claman a Dios, y vagan sin comida?

¡Aquí, aquí! Querrás luego buscarlo para ungir sus pies con aceite
y decirle hijo, has vuelto a mi regazo agradecido,
pero nadie te dejará pasar de la puerta del jardín
aunque ofrezcas a Orión como regalo
o te rasgues las ropas a la orilla del León,
porque Job, tan pequeño, estará pescando en mi huella dactilar
con una nueva Tierra de Uz a sus espaldas.

Yo te mostraré, escúchame:
aunque lo llames, no responderá,
aunque te oiga, no atenderá tu llamado.

El ojo que lo vio, no lo verá más; sus ojos estarán sobre mí,
y yo no existiré. ¡No insistas! Deja que tiemble el mundo.
Aquí estarás para siempre, atrapado en la lejanía de tu propia obra.
Y aunque ni la muerte ni la culpa puedan tocar el borde de tu manto,
el silencio del hombre pequeño envenenará tu sangre.
Será su felicidad tu peor castigo; el infierno naciendo en tu cabeza.

Sobre el autor

Byron Ramírez nace en San José, Costa Rica, en 1997. Cursa la licenciatura de Filología española en la Universidad de Costa Rica, donde también realizó estudios en Filosofía. Se ha desempeñado como editor literario y articulista para instituciones como Editorial Estudiantil UCR, Revista y editorial Liberoamérica, CulturaCR.net y Nueva York Poetry Press. Ha participado en diversos festivales de poesía como el XVI y el XVII Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, el Festival Nacional de poesía en Turrialba, Costa Rica 2019 y el Festival de poesía de Fredonia, Colombia 2020.

En el 2017 fue ganador del Certamen de Poesía joven organizado por la embajada de Estados Unidos en Costa Rica y finalista en el Certamen Emilio Prados, en España. En el 2018 obtuvo el primer lugar en el Certamen Nacional Brunca organizado por la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica (UNA) en la rama de poesía, con su libro Principio de Incertidumbre. Ha publicado Entropías (2018) con la editorial Nueva York Poetry Press en Estados Unidos. Gran cantidad de sus poemas han sido publicado en diversas revistas alrededor del mundo. Fue coordinador y editor general de la Antología de Nueva Poesía Costarricesense (2020). Su segundo poemario, Adamar (Poiesis Editores), está pronto a publicarse.

Imagen: Job y su familia restaurados a la prosperidad – William Blake

Fundación Perséfone

Relato

Orfeo era un músico amateur y atelier, que vivía en una pequeña casa a las afueras de la gran ciudad de New Hades, en el año 20XX. Nunca acostumbrado a la vida en la ciudad, se había retirado con su pareja Eurídice a los suburbios. Hacía unos años se habían conocido en un festival de otoño organizado por la escuela local, en la que habían invitado a distintos artistas de la localidad, a la que él no habría de faltar. Subió y tocó en su guitarra una clásica canción, no pudiendo mantener su concentración en las notas, pues su mente se desviaba a intentar encontrar la voz que su canción coraba. Tocó una canción, y otra, y exhausto por los sentimientos que tal voz le producía, se detuvo a secas en el medio de un punteo, para pedir por los micrófonos ayuda, rompiendo el trance que había producido por su música.

― Tengo que vocalizar una queja –dijo, llamando la atención de todos los que estaban allí―. No puedo continuar este concierto sin la increíble voz que todos estamos escuchando… así que, si me hace los honores de subir a acompañarme….

Orfeo encontró con su mirada a una joven alta, de vestido ámbar, rodeada de niños con uniformes escolares, a quien el color rojizo había llegado a sus mejillas. Imprimió seguridad a su estado dando un paso al frente, tras la seña que el artista con la guitarra le había hecho con la mirada.

La rutina era apacible en aquella casa. Orfeo trabajaba, componía y arreglaba instrumentos mientras Eurídice trabajaba en el colegio los días de semana; excepto los viernes, cuando los alumnos de Eurídice veían llegar en bicicleta a pie al “profe de música”. Sin embargo, lo que más amaba Orfeo era los fines de semana, cuando con su pareja se retiraba al atelier del fondo, y componían música juntos.

Un sábado, en el que Eurídice había salido para buscar algo que tomar, Orfeo se extrañó al notar que su amada demoraba en su regreso. Empezó a sentirse nervioso, y, cuando el tiempo había excedido lo lógico y su cuerpo empezó a transmitir malas vibras, salió a buscarla.

Vio luces azules asomarse a su tranquilo paraje y nervioso empezó a correr.

Meses más tarde, Orfeo se dirigía a aquel lugar que había evitado por mucho tiempo. Triste, y melancólico, caminaba hacia a un juzgado a declarar en el caso de un homicidio en ocasión de robo. Habían encontrado al culpable, pero Orfeo no sentía nada por ello. Ni un deseo de justicia, ni alegría por saber la verdad, le habían robado a la persona más importante en su vida por papeles de colores. Él sólo iba a cumplir con su deber cuando una mujer se atravesó en su camino con un folleto.

― ¿Ha oído hablar de la Fundación Perséfone?

Orfeo la miró extrañada.

― Yo soy miembro de la Fundación Perséfone. Ayudamos a cumplir sueños, y bueno, mucha gente quería que le ayudáramos con el suyo. Usted es Orfeo, ¿verdad?

― ¿Quién lo pregunta?

― Mi nombre es Recatón. Soy una miembro de la Fundación. Mucha gente oyó su historia, por las noticias, no sé si sabía.

― No, no tengo idea.

― Bueno, esa gente y nosotros queremos ayudar a… inmortalizar a su esposa. Sabemos que nunca pudieron publicar lo que componían. Tenemos aliados en empresas de música, disqueras, incluso algunos cantantes famosos querían formar parte…

La impetuosa joven le entregó un panfleto llamado “Proyecto Eurídice”, y Orfeo lo guardó cuidadosamente en su bolsillo, su mente divagando por música más alegre que la banda sonora de los últimos días. Música nostálgica, y solemne, pero alegre, y no pudo evitar que una sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, llegará a su rostro.

 


Sobre el autor.

Matias German Rodriguez Romero. Estudiante, bibliófilo y cinéfilo, obsesionado por la auto superación y por la búsqueda de nuevas experiencias, acompañado por las letras desde los cuatro, receptor de reseñas y sugerencias por mis colaterales que comparten este mismo amor por el género literario y cinematográfico, en todos sus estilos y formatos.  Mis escritos son una suerte de ventana a quien soy como persona, lo que me hace ser yo; el resultado de atreverme a soltar los libros y tomar la pluma.

Héroe con bufanda

Relato

Luego de matar al Minotauro, Teseo no pudo encontrar la salida del laberinto. Llegar al centro fue fácil, la propia bestia con sus gemidos guiaba a su asesino, pero la salida se presentó como un acertijo imposible de resolver. Teseo no acertaba el camino correcto. De noche se le complicó. No veía nada, de modo que se chocaba contra todas las paredes. Ingenuamente, a veces lo hacía a propósito. Tomaba carrera y trataba de empujarlas, pues pensaba que así podría derribarlas. Al final, se dio por vencido e hizo lo que había tratado de evitar: empezó a gritar pidiendo auxilio. Ariadna, que se encontraba a la entrada del laberinto —para él, la salida—, lo llamaba. La voz de la mujer que lo amaba fue su lazarillo. Al salir, Ariadna se lamentó por cómo se encontraba: su cuerpo estaba cubierto de moretones y chichones. Para disimularlos, le puso la bufanda que tejió mientras él se internaba en el laberinto para matar al medio hermano de ella. Al principio, Teseo se negó a ponerse la bufanda —Alíprites de Salónica, en Odas al pequeño Calipio, afirma que cerca de unos de los extremos, Ariadna había hecho un simpático perrito celeste—, pero accedió ante la vergüenza de ser visto con tales marcas, testimonio de su falta de pericia. ¿Quién vio alguna vez un héroe con moretones y chichones? Ariadna lo ayudó más al decirle que inventarían la historia del ovillo mágico, historia que también le aseguraría a ella que su nombre sería inmortal.

Pero a Ariadna le gustó tanto cómo le quedaba la bufanda que siguió tejiéndole otras. Para desgracia de Teseo, ella no hacía como Penélope, la otra tejedora famosa. Ariadna las terminaba y no las deshacía; de inmediato pasaba a tejer otra.

Teseo siempre debía ponérselas, por temor a que ella contase la verdad de lo sucedido en el laberinto. Alíprites sólo dice que todas tenían animales de colores cerca de una de sus puntas, pero el ínclito historiador y poeta —imagino que por descuido— no detalló cuáles eran, ni de qué color, esos singulares animalitos.

Esta habría sido la verdadera razón por la cual luego Teseo abandonó a Ariadna en la isla de Naxos. Harto de que Aquiles, Héctor, Paris, Ulises y otros héroes lo vieran con tan particulares bufandas y se burlaran de él, y con la esperanza de desterrar de su corazón el temor a que la mujer hablara y contara la verdad, un día le dijo que irían a pasear, y la abandonó en semejante lugar, pensando que nunca nadie la encontraría.

Ariadna se entristeció, pero como todo el mundo sabe, al tiempo fue rescatada por Dioniso, con quien se casó. A partir de entonces, el dios y los cuatro hijos de la pareja se paseaban por el Olimpo con sendas bufandas con animalitos tejidos. Les gustaban tanto que incluso las usaban cuando hacía calor. Ariadna estaba muy feliz.

 


Sobre el autor.

Claudio Mamud. Escritor argentino nacido en 1965. Desde 1996 dicta clases de apreciación musical de música clásica y ópera. En 2017 presentó su primer libro de ficción: Sólo para ella y otros cuentos.

Varios de sus cuentos recibieron distinciones en su país y en el exterior. Sus cuentos y microcuentos han sido narrados por diversos narradores en espectáculos. En 2019 presentó su segundo libro de cuentos, Eterna Clarisa.

Makeda, reina de Saba

Relato

Makeda se ha despertado de una siesta de espuma de mar. Tiene el cabello revuelto por las olas del ensueño y en sus oídos aún siente rubor de aguas profundas. Baja las plantas hasta las baldosas gélidas del suelo de la alcoba y se estremece al incorporarse: sus pies parecen todavía cubiertos por la arena acuosa del fondo marino y sus músculos no responden al oxígeno del aire, entumecidos a la espera de la libertad de los océanos. Llega hasta el baño y la sacude un hastío aniñado, vigoroso, con vida propia: las órdenes de mamá no se han cumplido y sabe que habrá consecuencias, pero como no pretende corromper el presente con huracanes de futuro, se mira en el espejo y busca a Afrodita, como cada vez. La acaba de ver en la narcosis añil de la siesta y ha vuelto a desaparecer, como cada vez. Indaga en sus pupilas de tinieblas, en el reflejo de su tez morena, pero nada, Afrodita ya no está, como cada vez.

Adís Abeba refulge por encima de los matorrales secos y del verdegal de copas de árbol. Makeda sabe que esa ciudad no es más que un invento y la mira a través de la ventana con la mirada tramposa de los que han aprendido a distinguir algo de luz entre las sombras. Una existencia consagrada a una ventana, a la espera interminable de un hombre, como Penélope. Pero ella no quiere ser Penélope: ella quiere ser Afrodita. Lo recuerda y con el ánimo enloquecido vuelve al espejo del baño y agarra el bote de maquillaje con fuerza de tormenta de verano. Dos dedos en el bote, ahora tres, los que sean necesarios para embadurnarse toda la cara y hacerse mayor. Afrodita no tuvo infancia y por eso ella no quiere la suya, no le sirve. Si por ella fuese, la pondría a la venta en el Merkato de la ciudad entre patatas y berbere, al mejor postor. O se la daría a alguna anciana de esas que siempre andan pesarosas y que envidian su niñez con lamentos inagotables cada vez que la miran. Sí, se la daría a ellas para que se pusieran alegres y la dejaran tranquila de una vez por todas.

Makeda se pasa los tres dedos por la frente, luego por la mejilla izquierda y luego por la derecha. Lo hace con parsimonia, con ese regusto que deja hacer lo que a uno le apetece hacer. Y a ella, claro, lo que le apetece es convertirse en Afrodita y confesar que, de todos sus amores, Ares es el favorito porque es el más valiente y eso le recuerda a papá, a quien esperaba en la ventana. Pensar en él en ese momento le parece un infortunio, con esas tres tildes de maquillaje acentuando su rostro, como si fuera uno de esos indios de las películas americanas, pero le ha brotado en la mente como una cala blanca y ya no hay manera de sacárselo de allí. Papá regresará un día, eso es lo que mamá siempre dice, y entonces todo será como antes. Makeda no sabe si quiere que todo sea o no como antes porque no tiene recuerdos de aquellos entonces. Para ella, no son más que una quimera oceánica, como lo son los sueños.

Utiliza ahora la palma de su mano al completo. Sabe que el resultado de su rostro cubierto de nácar es la razón por la que mamá no permite que la acompañe a comprar, pero esa es una decisión que ya ha tomado. El maquillaje es fresco primero, cuando baña con él sus pómulos, pero su piel es rauda y lo caldea con velocidad de guepardo. Ya está casi lista y toma con la otra mano su foto predilecta, la de esa Afrodita que encontraron en un volcán llamado Milo y que ahora vive en París. Tan lejos. Escudriña su rostro de mármol y siente un escalofrío. Ella siempre vuelve. Se mira en el espejo, comprueba los detalles: Afrodita renace y las entrañas se le agitan por la impresión. No le dura mucho. Un golpe seco acaba con su presente: mamá ha regresado y ella tiene la casa y el rostro sucios. El futuro trae un huracán. Le parece curioso que, aunque ella ya lo sabía, eso no le hace sentir mejor, y entonces vuelve a convencerse de que no existe cosa mejor que el presente.

Mamá entra en la sala primero y Makeda se petrifica. Quiere sentir miedo, pero no lo consigue: así, inmóvil, es más Afrodita que nunca. Más incluso que en sus sueños. Minutos de desconcierto y cavilaciones salvajes resbalan por su cuerpo estático hasta que mamá entra en el baño y da un brinco colérico. No está contenta, pero esto era lo que Makeda ya sabía. La escasez de sorpresas de la vida es lo que le lleva a evadirse entre los nimbos mullidos del Olimpo, pero mamá eso no lo quiere entender.

Con los brazos en jarra y los ojos de vidrio, inicia su rosario de reproches en una regañina infinita que comenzó en algún momento que Makeda ya no recuerda y que terminará en ese futuro al que voltea la cara. Vuelve a recriminar que se ande cubriendo el azabache de su piel con esos polvos. Dice que parece un disfraz de mujer blanca y a Makeda todo esto le parece una bobada: ¿para qué iba a querer ella ser una mujer blanca y nada más, si ella lo que quiere es ser una diosa de mármol? Pero mamá continúa irritada y habla de asuntos que ella no entiende, de cosas que va a decir la gente si la ve convertida en Afrodita. Makeda no sabe de quién habla. Las niñas de la escuela saben que ella se convierte en diosa algunas veces y las ancianas de al lado serán un alborozo de alegrías cuando vaya y les regale su infancia toda entera. No encuentra el problema, por más que lo busca, pero no le gusta ver a mamá así, por lo que guiña el ojo a la Afrodita del espejo y comienza a retirarse el maquillaje.

Cuando el semblante regresa al que le obligan a pensar que es su estado natural, Makeda se encamina hacia la sala, donde mamá la está esperando con la sonrisa lozana de los buenos momentos. Extiende sus brazos largos para que puedan fundirse en uno de esos abrazos que ellas se regalan en todos los ocasos, cuando los rayos del sol se guarecen de la hojarasca tras la ventana. Es su premio por haber superado un día más y Makeda corre a recibirlo. Después de tocar a Afrodita en sus sueños, ese es su momento favorito del día. Mamá siempre huele a rosas de seda y sabe que su aroma acariciará su piel durante toda la noche.

Se separan un momento, pero permanecen sentadas muy juntas, la una al lado de la otra. Mamá quiere contarle un secreto y ella atiende con los ojos tan abiertos como dos lunas. Dice que su nombre esconde un misterio más hermoso que Afrodita y ella duda, pues no hay nada más hermoso, pero escucha con atención porque mamá es más sabia que cualquier otra mujer que haya conocido. Ella es mamá y no hay nadie más así.

Narra que su nombre perteneció millones de atardeceres atrás a una monarca antigua que gobernaba las tierras donde ellas ahora viven: la reina de Saba, una soberana poderosa que se casó con un rey del lejano Jerusalén llamado Salomón, con quien tuvo un hijo que regresó a esas mismas tierras para también reinar en ellas. Makeda tiene nombre de realeza y ella nunca lo había sabido. Se emociona y tiembla en deseos por conocer a esa mujer de Saba en sus próximos sueños, por renacerla. Así lo comparte rauda con mamá, que se pone bien contenta y le asegura que, como para eso no hará falta maquillaje, podrá entonces acompañarla al mercado cuando se convierta en reina, tras las siestas, si así lo quiere.

Makeda no comprende bien el mundo, por lo que asiente y acepta el trato sin rechistar: ser la reina de Saba dentro de la casa y también en el Merkato para que esa gente que tanto preocupa a mamá no se revuelva en enojos.

En silencio, sin embargo, jura por los dioses que Afrodita vivirá en su interior con o sin maquillaje, pues nada tiene que ver para ella el color de su rostro con esparcir la belleza por el mundo y se marcha a la cama envuelta en un sedoso perfume de rosas, como cada vez.

 


Sobre el autor.

Luis López Galán (Talavera de la Reina, España), es un autor que mezcla sus dos pasiones, la literatura y los viajes, en la mayor parte de sus publicaciones. En el pasado, ha publicado una guía de viajes sobre Isla Mauricio, publicada por la Editorial Ecos Travel Books, ha participado en guías de negocios sobre países como Zambia y Rwanda y ha colaborado con artículos en medios como Travel National Geographic, Matador Network o la Revista Buen Viaje. Además, ha publicado una novela corta, ‘Los ojos de Jawara’, que transcurre entre Senegal y Madrid.

Microficciones

Relato

HISTORIA DEL REINO, DEL VIRREINO, DEL REY, DE LA REINA, DE LA DUQUESA Y DE TODO LO QUE SIGUE

Cuenta la leyenda (y todas las leyenda son puro cuento) que el rey (que no es el de España) al pasar por aquí (pero de este lado) se quedó tan impresionado (pero de los bien impresionado) que dijo (hubo testigos) que por estos lares iba a fundar un virreino (un reino de segunda mano) y que en los primeros tiempos (es decir cuando lo creara) mandaría a la reina a gobernarlo.

La leyenda sigue más o menos como ya la conocemos pero lo que no dice la historia (y eso sí que ahora se ha comprobado) es que aquel rey lo que quería era sacarse la reina de encima porque (también se ha comprobado) parece que le gustaba la duquesa de al lado (del otro lado de su reino) y la duquesa ya lo tenía enduquesado. El asunto es que después, todo sigue como lo sabemos. Y ya sabemos que lo que sigue es una leyenda. Y las leyendas, como ya sabemos, son puro cuento.

JUEGOS DE SALÓN

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo, hastiadas de conversaciones de salón, decidieron extender las fronteras y enviaron comunicados a los más diversos reinos. Las respuestas no se dejaron esperar. De diversas regiones comenzaron a llegar delegaciones portadoras de propuestas. Cada postulante, a la noble usanza, hizo llegar su iluminado retrato. Los hubo de muy diversas confecciones pero todos respetaron las indicaciones de ser tamaño natural. Los más osados agregaron presentes personales como fue el caso de arcones portadores de mechones de cabellos, manitos de nácar, prendas íntimas abundantes de lazos y hasta se recibió un lunar extirpado.

Seis meses duró la exposición de retratos en las salas dispuestas para la evaluación. Guillermina y Fermina pasábanse las tardes en inquisitorios conciliábulos colocando cada propuesta bajo las más variadas luces examinadoras. Seis meses intensos llevó la regia decisión.

Las propuestas eran interesantes pero el futuro se preveía aburrido. Se reunió a los más aptos de los artistas del reino y se confeccionaron copias manuables de cada postulante. Cerrada la decisión, todos los retratos fueron arrumbados en el caserón anexo al palacio y las copias manuables se convirtieron en barajas.

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo pasan las tardes en entretenidas mesas de juego.

PEDRO, EL SEÑALADO

Venían caminando cuando uno de los más apuestos caballeros, señalando hacia el horizonte cercano, dice: sobre esa roca podríamos edificar un nuevo emblema para los hombres. El más pequeño, el casi silencioso caballero de la izquierda sonríe y, señalando a uno de sus compañeros, dice: Señor, si por roca se necesita, podríamos edificar el nuevo emblema sobre él. Y me señala con su índice.


Sobre el autor.

Ricardo Bugarín. (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural.

Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en el género de la Microficción: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) ,  “Inés se turba sola” (Macedonia,  Buenos Aires,2015),  “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile,  2016), “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017)  y “Anecdotario” (Quarks,Perú,2020).

Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Integra las ediciones:  “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina);  “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minifición Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México), las reediciones de “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” realizadas por el Gobierno de Mendoza (2018) y “La mirada del cóndor”, Microficciones mendocinas (Mendoza, 2018); “Hokusai. Antología de Microrrelatos” (Santiago de Chile, 2018) y “Los pescadores de perlas. Antología de microrrelatos de Quimera” (Barcelona, 2019).


Ilustración: Collage / Mixta de Sebastián Chillemi

Quetzalcóatl: El dios de maíz

Relato

“Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo.

Y aconteció que estando ellos en el campo,

Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató”

(Gén.4:8. RVR. 1960)

 

Pulque le dieron a la serpiente emplumada ¡Qué vergüenza y qué deshonra ver a un dios ebrio! Los timos no son solo para los mortales, dicen algunos historiadores y estudiosos del mito; pero tampoco la envidia, el engaño o las emociones humanas.

En el monte Coatepec, las voces seguían perforando al desventurado Quetzalcóatl: copiosas y estridentes por ratos o como gorjeos de las aves; diluidas entre las sombras de los árboles y, otras, como el ronroneo que dormita estático en el cielo después de un destello. Frecuencias acusadoras nacidas de las propias entrañas inflexibles de nuestro dios cuasi perfecto.

Tiempo atrás, la serpiente emplumada había caído con los huesos más preciados que antes fueran tesoro de su padre. Tuvo la desdicha de pulverizarlos contra el suelo y que esto le costara su propio aliento. “De aquí los verdaderos hombres: del polvo de los huesos y la sangre de mi propio miembro”. Lo trascendente emerge entre el dolor y de la vergüenza del autoflagelo, Quetzalcóatl añade a este pensamiento que el origen del hombre, y para que este se precie de serlo, tendrá como ingredientes sus huesos rotos y, también, su propio sufrimiento.

Tonacatecuhtli lo ve todo con agrado desde la eternidad de su morada. Allá donde nada gravita.  Había estado distante y un tanto escéptico, pero, ahora, el gran señor y padre de la serpiente emplumada, no puede eludir que su hijo, quien había nacido en medio de tan solo un soplido, sea quien esté tomando las riendas al ejecutar sus propios designios. ¡Cuánto se regocija en silencio Tonacatecuhtli! ¡Cuánto de *amor y complacencia siente por su hijo!

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*Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. (Mateo 3:17. Reina-Valera 1960).

Quetzalcóatl sigue en sus propias cavilaciones. Ha garabateado el bien y lo ha ejecutado incesantemente. Nada se le escapa a nuestro príncipe Mesoamericano. Nadie se lo ha pedido entre los dioses, pero tampoco requirió instrucción alguna para ser modelo.

Un día transita, vestido de hormiga negra, hasta el Monte de los Sustentos para traer consigo el maíz multicolor y, al otro, funda la ciudad de Tula.

Héroe y civilizador, guerrero o ¡lucero de la mañana! esas son algunas alabanzas que diariamente recibe a gusto y con el pecho henchido, la serpiente emplumada.

Pero su suerte ya da con el hastío de alguno entre sus 1600 dioses hermanos, sí, uno que piensa que Quetzalcóatl no merece tomar la batuta en todo cuanto se dice o se hace, y quien cree que ya son suficientes elogios tras haber dado muerte a Cipactli. Y  así, su hermano Tezcatlipoca, cegado por el coraje de no ver su pierna —carnada y sacrificio que sirviera para dar caza a esta criatura oceánica mitad cocodrilo y mitad pez—, se dirige ennegrecido a los otros dioses desde el escozor  de sus propias pataletas: “Yo digo que vayamos a darle su cuerpo a ese… a ese… incorruptible y buen dios que se entrega diariamente a las reflexiones y  las buenas acciones, y a la vida espiritual del sacerdocio que hace pregonar como suya, entre todos los hombres”.

La serpiente emplumada recuerda, con su mirada turbia hacia el horizonte, la vez que entre varios dioses le sugirieron hacer sacrificio humano de aquellos que él mismo había moldeado.  Masculla un “No” en su boca. Ahora permite que la abertura de sus labios suelte el enérgico “¡No!”. Todo lo ve vago, delineado a ratos con fuertes trazos dominantes, pero difuso se pierde entre cada zancada hacia su pueblo. Todo es agua revuelta y colorida que escurre podrida a través de sus ojos: una acuarela amarga. ¡Qué vergüenza, Quetzalcóatl, y cuánta deshonra saber a un dios ebrio de pulque y, luego, echado en el lecho amatorio con su propia hermana!

El místico dios, hacía mucho que había descendido a los nueve planos del inframundo. Pero hoy, recuerda la vez que estuvo pidiendo a Mictlantecuhtli los huesos dados por su padre para forjar a esos nuevos hombres: los suyos. Puesto a prueba fue contra cerros vibrantes en el interior de la tierra, corrió aprisa y esquivó las piedras que caían contra su ser, a la vez que rehuyó de enormes fieras que tenían por costumbre alimentarse de corazones vivos.

¡Quetzalcóatl, despierta! ¡Esos huesos son tuyos, vos los pagaste con tu propia vida! Los ecos le arremolinan la caracola de su oreja. Mueve su cabeza buscando una respuesta en alguna parte del cosmos… en el sabor del pulque. “¿Qué querés de mí, Tonacatecuhtli? ¿Y ahora qué hago ante esta deshonra que he perpetrado?”

Apenas ayer, la serpiente emplumada estuvo enferma; pero un hombre de pelo canoso y sonrisa bonachona lo envolvió en sus tretas hasta darle el remedio…

—Tomala, Quetzalcóatl nuestro, y ya verás que te sentirás mejor.

—No, esto es normal que lo padezca, yo ya estoy viejo y endeble.

—Pero andá, bebé y no seás persistente, señor bueno, y ya verás que te sentirás mejor con el beso de la aurora en tu frente.

—Bueno, acepto un trago, noble anciano, pero advertido que con solo una medida tendré más que suficiente.

Y bebió… y bebió… una tras otra medida hasta las cuatro, y su sangre se hizo de pulque, y su ser se hizo pulque amargo y no dulce hasta que sus pies reptaron confundidos de izquierda a derecha, y volvió el vigor; pero con él sendos apetitos que antes no conocía.

“Estoy muy enfermo

por todas partes,

en ninguna parte están

bien mis brazos o mis pies;

bien desmayado está mi cuerpo,

así como que se deshace”.

Quetzalcóatl anduvo el pueblo con su mirada marañosa y pies abatidos. Hizo destrozos en todo lo habido y profirió, entre su raza, palabras injuriosas quebrantando, de este modo, las normas que él mismo había dictado. Cuánto desea, ahora, esconderse de Tula; pero no halla cómo ni dónde… no encuentra razón ni excusa.  No es digno para su pueblo y mucho menos lo es del lugar que ocupa. Llora, la serpiente emplumada, y por sobre la montaña que pisa da su último vistazo. Coatepec lo ve partir. Se echa en su barca y entre las aguas toma rumbo hacia el horizonte justo a la salida del sol. La serpiente emplumada se difumina entre los tonos ambarinos hasta transformarse en la estrella más brillante.

***

—¿Lo creerán, ustedes? —dijo Tezcatlipoca a sus hermanos y con una sonrisa en el rostro—. A Quetzalcóatl lo arruinó su propio corazón.

—¿Nos decís, entonces, que fuiste vos quien se disfrazó de aquel noble anciano a quien todos en el pueblo ahora buscan?

—Sí, mas lo cierto es que mi cántaro no contenía más que agua, ya que el pulque del desenfreno fermentaba en su propio corazón hasta entonces inquebrantable.

—Nadie es tan bueno para siempre.

—Verdaderamente, nadie lo es…


Sobre el autor.

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela.

Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

La leyenda de Bargas

Relato

Cuenta la leyenda, que hace cientos de años, el rey Felipe II dictó una ordenanza en tierras españolas, que según la tradición oral decía:

“Las prostitutas que habitan la Casa de Mancebía en Bargas, deben ser trasladadas fuera de la ciudad durante la Cuaresma, para que los hombres, sin la presencia de las busconas, eviten las tentaciones del pecado de la lujuria y en su lugar acompañen a sus mujeres a la iglesia”.

Por eso, a partir del miércoles de Ceniza, todas las meretrices eran llevadas al Arrabal del Puente, al otro lado del río Guadarrama y allí permanecían bajo la custodia del padre Putas hasta que llegase el primer lunes, después de Pascua, en que el padre las regresaba a la ciudad.

Este alejamiento permitía que en Semana Santa todos los pueblerinos, compartieran el sagrado recogimiento y la pasión del Señor con la Cofradía de Jesús de Medinaceli, quienes portaban hasta la iglesia de San Esteban de Protomártir las imágenes de Jesús de Medinaceli con la cruz a cuesta, atado a una columna en el sepulcro y la de la Virgen de las Dolores.

Pasado el ritual religioso, al lunes siguiente, la vuelta de las meretrices era aclamada por grupos de hombres viciosos y por algunos estudiantes madrileños que esperaban ansiosos celebrar el regreso de las cortesanas con una fastuosa fiesta, que se realizaba en las riberas del río Guadarrama con barcas engalanadas.

Las mujeres, enjambre de seducción, avanzaban en las barcazas con sus atuendos multicolores, despertando desde su embarco los eróticos instintos masculinos. A medida que las gabarras se acercaban a la costa, los vítores y aplausos de los presentes aumentaban hasta convertirse en un alboroto bacanal.

Las cortesanas descendían ayudadas por manos viriles que pujaban unas entre otras para asirlas y conducirlas hasta las mesas, donde serían homenajeadas.

Allí, estaba a disposición de las fauces hambrientas: el homazo, el pan de escanda, los bollos preñaos, las setas de cardos, las tortas, las castañas y las nueces.  Estos tradicionales manjares estaban secundados con abundante vino y sidra.

Primero, los presentes comían, bebían, hablaban atropelladamente y reían. Después de haber saciado los estómagos, los hombres emparejados con las meretrices se dirigían a la Casa de Mancebía para satisfacer sus deseos carnales y   zambullirse en el pecado.

Una noche, un joven estudiante no regresó al colegio después del bacanal y a la mañana siguiente el viejo celador dio cuenta de su ausencia al director, quien le ordenó que lo fuese a buscar.

El mozuelo estaba sentado sobre la grana, en la ribera del río, con los ojos ensangrentados de tanto llorar y con el corazón herido. El frágil núbil, lleno de pasión por el abrasante calor del primer amor, le había confesado a la cortesana, durante la noche, el loco sentimiento que lo consumía. Cuando la ingrata lo escuchó, se burló sarcástica de su sincero sentir. Ante esa situación, el joven inundado de dolor decidió permanecer en el lugar hasta que la meretriz cambiase de actitud.

Si bien el celador intentó consolarlo y convencerlo de volver al colegio, todo fue en vano, el estudiante permaneció a la intemperie, helado, cubierto de escarcha, esperando que la pérfida aceptase amarlo algún día.

Con el tiempo, el desgraciado se convirtió en una sombra; abandonó los estudios y no se supo más de él; hasta que una tenebrosa noche, unos mozos encontraron su cuerpo inerte a la orilla del río Guadarrama con la única compañía de una rana, que posaba sobre su cabeza.

La noticia perturbó tanto a sus compañeros que, por temor, se dedicaron a ser buenos estudiantes y no volver a la Mancebía.

 


Sobre la autora.

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata. Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.