Lilith

Relato

Todavía desconozco el por qué, pero decidieron llamarme Lilith. Las arcas del olvido estaban repletas desde los albores del tiempo, así que mi nombre no nació para ser recordado por los hombres.

Lo primero que recuerdo fue un atardecer de verano en una pequeña playa de arena centelleante, casi blanca, bajo un sol tan hiriente como el escudo de Júpiter. Algunas nubes carmín, recortadas sobre un manto azul cerúleo, a duras penas tapaban aquel implacable estío. Recuerdo haber visto por el rabillo del ojo algunos humanos caminando por la orilla. Se protegían con turbantes primorosamente enroscados y unas túnicas blancas de lino que los céfiros, caprichosos, hacían revolotear a su antojo. Yo (eso sí que permanece aún vivo en mi memoria) tan sólo miraba aquel horizonte. Silencioso, limpio, incólume. Como si la eternidad se detuviera por unos instantes para contemplar aquella inconmensurable quietud antes de que su muerte anunciada, se fundiera con aquel ocaso enrojecido.

Recuerdo perfectamente que yo sonreía. Sí, aún me veo a mí misma, allí de pie, sonriendo, pensando cuán eterno era aquel azul cobalto que contemplaba por primera vez. ¡Cuán diferente de los juncos y malezas del río de la Babilonia de mi infancia! Quizá ya sabía de su belleza antes de venir aquí, por eso nací sonriendo. Aunque eso, mucho después, los hombres lo olvidaron.

Me fijé en mis pies. Unos extraños montículos negruzcos de conchas, algas resecas y fragmentos rotos de estrellas de mar me rodeaban. Creo que llevaban allí desde el principio de los tiempos. Al principio vi que una burbujeante espuma de color lechoso emergía del mar justo debajo de mí. Observé cómo se creaban mis piernas. Luego la espuma ascendió un poco más y se formaron mis caderas y mis muslos. Al poco, el ombligo y el cuerpo. Era del color de la sal sucia. Quise tocarlo para cerciorarme de que aquella amalgama de salitre, roca y agua de mar era yo. Lo noté duro, pétreo, con el rugoso tacto que tienen los recuerdos. Al ascender más allá de mi vientre, aquella blanca efervescencia tomó forma de mujer, henchida, nutricia, enorme. Casi colosal. Recordé la descomunal sombra de los Atlantes, más allá del océano. Y, con la mirada, recorrí mis brazos torneados por el viento y mi pubis desnudo.

Entorné los ojos. Emborronado por las brumas del mar y la calima, apenas logré ver el mundo; un océano infinito salpicado de blanca espuma y, a lo lejos, moteadas entre la inmensidad azul, unas leves rocas parduzcas.

Cada tarde, el viento despeinaba mis cabellos, se ensortijaba entre las telas de mi peplo. La gente me miraba al pasar. Me adoraban, me reverenciaban. Es un regalo de la Madre Tierra, decían. Pero se sucedieron los lustros, las décadas y, atardecer tras atardecer, tan sólo presenciaba el mismo horizonte, una y otra vez. Las mismas nubes y el mismo tinte carmín en el cielo. Mi destino era la impertérrita inmovilidad. En aquel instante me di cuenta. Había nacido condenada a repetir el mismo inicio, la misma eternidad. Así, más allá de los días y las noches, mientras durasen todas las eras del hombre, como Ticio desde el oscuro Tártaro.

Allí de pie, apenas podía prestar atención a la arena, las conchas o a los hombres que, de vez en cuando, se acercaban movidos por la curiosidad. Pero aquello me bastaba. Sentía su presencia, oía sus risas y voces a lo lejos y eso era todo lo que necesitaba.

Una tarde incierta, un pequeño niño de ojos desmesurados, se acercó hasta mí. Su madre lo contemplaba como quien observa un frágil prodigio llamado a ser tan efímero como un susurro al viento. Aquella criatura menuda me retiró con sus manitas un papel que tenía adherido en un párpado, desde hacía días. Me miró con ternura y, con sumo cuidado, me desprendió tres o cuatro colillas que la gente me había incrustado en los pechos.

Recuerdo que no pude articular palabra. El niño me miró por un instante más, se encogió de hombros y, a la llamada de su madre, corrió despreocupado hacia ella. Jamás les volví a ver.

Aquella noche saludé a la Luna. Dije hola a las estrellas y los planetas y me dispuse a charlar con ellos como hacía siempre. De no sé por qué rincón, aparecieron más astros y la noche se tornó fosca y profunda. El viento sopló frío. Debí de quedarme dormida. No recuerdo haber soñado.

Cuando desperté, los puntos incandescentes del cielo estaban en silencio, como no queriendo molestar con su presencia y el viento caminaba de puntillas para no hacer ruido. Fue entonces cuando presté atención al Océano.

Venía por la derecha. Se acercaba implacable, con una furia que destruía todo a su paso. Titán era así, devastador y cruel como los ojos desorbitados de la Quimera.  Sin duda se había percatado de mi presencia. Hablaba con infinidad de voces, rumores y estruendos de gritos lejanos. Voceaba palabras desconocidas. Eran las voces del tiempo.

De pronto aquel océano cobalto de tamaño inconmensurable se movió en oleadas gigantescas de una espuma blanca y rizada que empezaron a avanzar hacia mí. Antes de darme cuenta me besó los pies, subió por los tobillos y se enroscó furioso por los muslos. Sin poder hacer nada, me envolvió con violencia, yendo y viniendo, con embistes de mar largos y lentos. El olor a salitre empapó mi cuerpo y me deshice en él, me impregné de él serpenteada en su espuma blanca, ardiendo de deseo, consumida en aquella efervescencia hirviente que me quemaba.

Y dejé de ser Lilith.

Fui invitada a reinar en el mundo de los atlantes como una diosa poderosa, omnipresente, perdida en la inmensidad de las aguas negras. Obtuve el favor del mar y de las oscuras profundidades y, aún hoy, hasta las díscolas sirenas parecen respetarme, las ballenas me cuentan la historia ancestral del mundo, y aunque perdí el recuerdo de los humanos y sus voces, yazgo con el dios Mar cuando nadie nos molesta. Solos, eternos.

 


Sobre la autora.

Silvia Tena. Doctora en Historia del Arte. Crítica de arte, investigadora, curator de proyectos expositivos y escritora. Ha trabajado para el MACBA, el MNCARS, Guggenheim, la Tate Modern o el IVAM. Ha sido profesora de Historia del Arte y de Estética y Teoría del Arte en diversas universidades. Es profesora invitada del Master de Gestión de Patrimonio de la Universitat Pompeu Fabra y Universitat Autònoma de Barcelona. Ha comisariado varias exposiciones de artistas contemporáneos. Colabora en diferentes revistas nacionales y en los últimos años ha publicado diversos ensayos y monografías sobre arte, estética, mitología, teoría crítica y diseño.

Como escritora, algunos de sus relatos han sido publicados en revistas literarias como La Lluna en un Cove y Noviembre. En la actualidad prepara su primera novela.

Las aves en cautiverio

Relato

Tito, Emperador del Imperio Romano, segundo de la Dinastía Flavia, quería imponer orden en los primeros años conocidos como después de Cristo (d. C.) y en la primera revuelta judía, instauró implacable la crucifixión. Castigo cuyo fin era intentar persuadir a través del escarnio público.

Cada viernes, daba instrucciones sumariales sobre quienes serían crucificados al día siguiente. De forma general le eran leídos los cargos de los enjuiciados por su gendarme de confianza.  Tito, ordenaba quién iba a sufrir por horas crucificado hasta la muerte, en un sitio establecido para este fin. Fue premeditada la selección del lugar del suplicio; visible para todo ciudadano en un terreno que hacía de berma a un cerro.

A la seis de la tarde de ese sábado, cuatro hombres fueron amarrados a sus cruces de purga. Un hombre saludable y joven podía soportar crucificado veinticuatro horas ya que no eran clavados cómo Cristo. Pero en términos generales, a las doce horas moría cualquier hombre.

Tito creó, tiempo atrás, un sistema para colectar aves. Lo perfeccionó y al sonido de un arpa ciertas aves acudían al llamado y permanecían en cautiverio, muy cerca del sitio seleccionado para la crucifixión colectiva.

El Emperador, se presentó a medianoche de ese sábado ante los hombres fijados en dos tablas. Hizo un recorrido lento por el corredor de muerte sólo iluminado por antorchas.

Los hombres suplicaban:

¡Piedad o muerte!

El Emperador, con una señal hizo soltar a las aves enjauladas desde el día anterior, que revolotearon por algunos minutos, liberadas al fin. Lentamente como danza aprendida se iban posando sobre las cruces.

Esa madrugada en que cuatro hombres estaban siendo ajusticiados, las aves volaron sobre ellos, se acercaron a cada uno desplegando las alas. A los minutos, muy pocos como siempre, fueron rodeando a los pecadores. Al primer hombre en la fila, lo rodearon casi todos los cuervos. Al segundo, al piso de su cruz se posaron los buitres. Al tercer hombre en la fila, las golondrinas aleteaban a su alrededor. Al cuarto, las lechuzas le querían sacar los ojos.

Tito caminó solemne delante de los condenados. Una delegación muy pequeña de la oficialidad lo acompañaba a prudente distancia.

Miró las aves.

Miró a los crucificados.

No se detuvo en su caminata de ida. Al desandar, se ubicó ante el hombre con las golondrinas y le preguntó:

―¿Por qué estás aquí?―

El hombre en principio no quiso contestar hasta que la punta de la lanza de un oficial del Emperador hizo sangrar su vientre y entonces dijo:

―Robé, Mi Emperador―

―¿Qué robaste?― preguntó Tito el Emperador

―Panes para mi familia― contestó el agonizante

―¿Cuantos componen tú familia?―

―Mis cuatro hijos mi mujer y yo― dijo con apenas aliento el crucificado.

―¿Cuantos panes robaste?― se interesó el Emperador.

―Cinco mi Emperador―.

El emperador lo miró y preguntó a su oficialidad si era cierto. Estos asintieron. Desvió la mirada a los otros hombres amarrados quienes suplicaban rodeados por buitres, cuervos y lechuzas.

Observó al ladrón de panes, al que silbaban las golondrinas y ordenó a sus hombres:

―Bajad a ese hombre de la cruz―

 


Sobre la autora.

Ana Estela González Angulo. Nace en la Provincia de Panamá, República de Panamá, en 1966.

Cursó estudios primarios y secundarios hasta el V año en el Instituto Alberto Einstein, en dónde en 1981,  ganó el IIº Lugar en concurso de cuentos de los Juegos Florales a nivel nacional, con un cuento corto titulado: “Imágenes”.

Licenciada en Química.

Luego de una larga suspensión de actividad literaria reinicio un nuevo ciclo en 2009 y ha participado en concursos vía internet y logrado:  2º Puesto, Diario Perú 21, República de Perú( 2010). Finalista en cuento erótico “Blog Diario de Meretriz de Lujo”, España (2014). Como parte de una antología en Editorial Literarte, República de Chile (2013).

Se mantiene activa como auditora ambiental y regente química en una empresa privada. Presta servicios como investigadora en la Universidad de Panamá.

El sueño eterno de Endimión

Relato

Ya los caballos de mi hermano Apolo conducen su refulgente carro hacia las tranquilas aguas jónicas. Quizá ni él mismo conoce los colores que ha desplegado sobre el cielo del ocaso.

Siempre, en el refugio de mis bosques, fui dueña de mis noches colmadas de solaz, de cacerías y rituales. Mas, ahora, al observar este cuerpo dormido, que reposa al amparo de los robles, presiento el fin de mi libertad. Mis labios me arrastran: desean rozar la piel que mis manos se niegan a tocar.

Aquel ardor vengativo que se apoderaba de mí se va desvaneciendo. Aquella ira, que a mi querida Calisto transformó en osa por abandonar su castidad, que al valiente Acteón convirtió en ciervo para que fuera devorado por su propia jauría, se ha debilitado.

Mi arco y mis flechas yacen abandonados sobre el follaje. Los ladridos de mis perros se pierden entre los árboles. Mis ninfas se retiran a sus cuevas cansadas de esperarme.

Hoy no quiero castigar a los amantes que buscan mi luz en medio de la noche. No deseo cazar, ni presidir sacrificios, ni bañarme en el río cristalino que se transforma en plata a la luz de mis senos. Esta noche quiero estar aquí, a su lado. Quiero acariciar su pelo negro y su pecho duro, besar sus labios rojos y su hermoso rostro brillante.

Ruego a mi padre que jamás lo despierte, que mantenga sus párpados cerrados en un sueño infinito, que toda esta belleza se conserve intacta y no acabe mezclándose con el barro donde, inocentes, los jabalíes retozan.

 


Sobre la autora.

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en universidades de Asia y África. En esos años investigó la literatura india y africana y publicó Los confabuladores nocturnos: relatos contemporáneos de la India, Lihaf: cuentos de mujeres de la India  y Cuentos a la luz de la hoguera.

Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas antologías y revistas de  literatura. Ha recibido premios y ha resultado finalista en varios certámenes literarios.

Actualmente reside en Valencia, donde se dedica la enseñanza y a la escritura creativa.

El Caso Paris

Relato

Un juicio hasta la fecha descatalogado. Del monte Ida pastoreando a los tribunales griegos. De hijo de reyes a pastor, pasando por juez y terminando como guerrero.

La radiante luz de Apolo perlaba el rostro del joven de barba corta y cabellera enmarañada, rozándole la nuca húmeda. Tomó asiento a la espera de su llamada en un alargado banco de pulido mármol. En otra habitación, una imponente sala abierta a la luz acogía a cada vez más gentío hasta rellenar todos los espacios en los bancos. Un viejo heraldo subió al estrado de gruesa piedra gris. Alzó los brazos y elevando la voz, clamó al cielo:

―Que se levanten los justos y desfilen los injustos por nuestro laberinto a la justicia para que este antiguo tribunal escuche, pregunte y juzgue.

―Ahora, todos los presentes dispuestos para ovacionar a nuestro ilustre juez Paris seleccionado por el gran Zeus.

Una oleada de vítores estremecieron los cimientos del Partenón. De haber cristales se hubieran partido en mil pedazos ante tal recibimiento.

Paris tomó asiento en la alta tribuna de piedra, colocando la manzana dorada a su vera. En la fruta, una inscripción rezaba: A la más bella.

A un lado se situó un escribano y al otro el heraldo.

―Tomen asiento, todos ―ordenó Paris―. Comencemos, heraldo.

El anciano asintió antes de volver a levantar la voz para afirmar:

―Todos expectantes para dar la más calurosa de las bienvenidas a nuestras hermosas, sabias y poderosas diosas que desean enzarzarse por el título de «La más bella«.

―Bienvenida, Hera, Reina del Olimpo.

Las puertas del tribunal se abrieron de par en par por un soberbio vendaval que barrió la tierra de la entrada y deslumbró a los espectadores más cercanos a la puerta principal.

El hijo del rey troyano Príamo agudizó su mirada al entrar la primera de las diosas.

Arqueros escitas alzaron sus armas desde la planta alta para la protección de la tribuna.

Con el cuello erguido y un severo rostro bajo una diadema, avanzó por el pasillo chasqueando su cetro contra el suelo hasta situarse a la izquierda en un cómodo trono. Levantó ligeramente su manto de plumas de pavo real antes de arrellanarse en el sillón. La faz de treintañera confrontaba con su expresión dura como el mármol de Carrara.

Paris contempló a Hera con curiosa atención. Era bella, sin duda alguna. Pero fría como el Tártaro, pensó.

El heraldo volvió a hablar:

―Bienvenida, Atenea, diosa de la inteligencia y las artes bélicas.

Hera se levantó al instante.

El rugido de las espadas al chocar llamó la atención de nuevo hacia la puerta principal. Atenea avanzó hasta situarse a la derecha, lo más lejos posible de Hera. Sus miradas fulgentes se entrecruzaron.

―Bienvenida, a la última de las diosas nominadas. Que pase la excelentísima Afrodita, diosa del amor.

Una hondonada de luz rosada resplandeció por toda la estancia. La hermosa diosa penetró bajo un áurea de luz, tras un niño pequeño que lanzaba pétalos sobre el suelo que la diosa pisaba.

Antes de que Afrodita llegara a su posición central entre Atenea y Hera, ésta última reclamó la atención de Paris.

―Mi ambicioso troyano, yo te ofrezco todo el poder que desees y me comprometo a otorgarte el título de Gran Emperador de Asia. Te convertirás en Sultán de Oriente y Rey de Asia, un hombre que controlará el inhóspito reino más allá de Grecia. Tierra de especias y ricas sedas. Serás más grande que tu padre y que cualquier otro rey y emperador de occidente. Tu poder no tendrá parangón. Ni siquiera el mar te pondrá límites.

Demóstenes con el ceño fruncido, escuchaba a su clienta mientras contemplaba la ligeramente ruborizaba mirada de Paris. A cambio de este servicio, al logógrafo se le concedería después del juicio, el poder suficiente para convertirse en político.

Tras un breve silencio en la alta tribuna, Paris volvió la mirada a Atenea. Era su turno.

Isócrates, el logógrafo de Atenea, le tendió a ésta una hoja. La diosa le echó un rápido vistazo y después la volvió a dejar caer en los brazos de su orador, aunque en este caso, un simple escriba.

―Mi heroico guerrero, yo te concedo la sabiduría, la prudencia y la posibilidad de vencer todas las batallas en las que combatas. Tus hazañas serán contadas por todos los rincones de este mundo y del siguiente. La astucia y el arte bélico que te concedo te permitirá adelantarte a tus enemigos por numerosos que sean y vencerlos con tan sólo un puñado de hombres. Tu padre se enorgullecerá y brindará con su corte a tu llegada de cada campaña en que te embarques. No tendrás rival ni tan siquiera en el Olimpo.

El público entró en revuelo, acrecentándose los cuchicheos. Isócrates escudriñó en los ojos de Paris un fulgor chispeante.

―Orden, pido orden, silencio y disciplina para esas lenguas ―vociferó el heraldo poniéndose en pie. Las sandalias zumbaron un extraño silbido. El juez palideció al descubrir que tras la apariencia de aquel viejo heraldo se escondía Hermes por petición de Zeus para controlar que Paris cumpliera como juez los designios del Rey del Olimpo.

Lisias susurró algo en el oído de su cliente, Afrodita. Ésta asintió con un sutil movimiento de cabeza.

―Mi seductor joven, yo te entrego lo que todo hombre desea en este mundo: el amor de la mortal más bella de este reino terrenal.

El reloj de agua sobre el podio más elevado del estrado descontaba gota a gota el turno de la dulce Afrodita. La Clepsidra contenía agua pura donada por el mismísimo Poseidón para la ocasión.

―Nadie os podrá dañar ―siguió la diosa―. Seréis enviados a través de la luna y las estrellas a un mundo onírico en el que el placer, la pasión y vuestros cuerpos se unirán culminando en un eterno orgasmo de ambrosía. Vuestro amor será inmortal.

Lisias sonrió. Este sería su texto más literario de toda su carrera como logógrafo.

Paris paseó la mirada entre las diosas.

―Dime Afrodita, ¿Cuál es el nombre de la presunta hermosa mujer? ¿Es griega? ―preguntó.

―Su nombre es Helena y es de Esparta. Y vuestro amor será causa de grandes acontecimientos. Todos conocerán el amor entre Paris y Helena. La historia de un verdadero amor.

El banquillo del jurado estaba atestado de pulcros ancianos de túnica y decrépitos rostros. Pero su opinión no importaba. Las diosas no deseaban el veredicto de aquellos sabios y viejos ancianos. Los seis ojos ansiosos de la tríada de diosas anhelaban por conocer el veredicto del juez pastor.

La última gota de agua cayó. Un extraño trueno a plena luz del día sorprendió a los asistentes al juicio. El heraldo se puso en pie y volviéndose hacia Paris, afirmó:

―Se acabó tu tiempo, troyano. Reflexiona, decide y ejecuta. Escoge a la diosa más hermosa y recompensa su belleza con la manzana dorada.

Paris suspiró. Cogió fuerzas y se irguió ante el estrado de piedra.

―He tomado una decisión.

Las diosas posaron, retorciendo sus cuerpos bajo largas túnicas de seda y gasa de distintos colores.

―Mi sentencia es a favor del amor. Acepto la proposición de Afrodita que a mi juicio es la diosa más bella de todo el Olimpo.

Los ojos encolerizados de Hera parecieron herir al joven pastor dentro de su cuerpo.

―El amor será tu destrucción, Paris. El poder que caerá sobre tu ser será recordado toda la historia ―sentenció Hera.

La diosa desapareció en una pompa de humo púrpura.

Atenea retomó la amenaza de la Reina del Olimpo.

―Te has rebajado a las pasiones humanas, oh Paris… Zeus te eligió por tu buen juicio, pero tu imparcialidad se ha visto fragmentada por las pasiones de la carne. Tu amor sea causa de penas y dichas que la humanidad no podrá perdonar jamás.

El silbido de un corcel resquebrajó los oídos de los presentes y Atenea se deshizo en el aire, dejando partículas blancas suspendidas en el aire.

Afrodita sonrió, satisfecha.

―Viajarás a la Corte de Menelao, rey de Esparta, y cuando Helena te mire a los ojos, se quedará perdidamente henchida de tu ser. Vuestras almas se entremezclarán en una amorosa red de cegador amor.

Paris asintió, agradecido con la diosa del amor. El heraldo golpeó ligeramente el hombro del juez.

―Has hecho un buen trabajo, pastor. Zeus estará satisfecho. Has cumplido con tu cometido.

El zumbido de las sandalias se intensificó cuando Hermes desapareció tras una columna tras la tribuna.

Afrodita pasó a ser considerada como la diosa del amor y la belleza. Y Paris, ese príncipe, pastor y juez, se condenó a vivir una de las guerras más cruentas e ingeniosas que la historia conoce.

Con la sangre de troyanos y griegos se saciaría la esencia más pura de la existencia: el amor.

 


Sobre el autor.

Luis Hernández Sánchez. El escribir lo configuro como un pasatiempo divertido y muy entretenido, que mejora mis redacciones y mi forma de escritura. También me ayuda a expandir mis sentimientos más profundos y exteriorizarlos de una manera tan inofensiva pero puntiaguda como es la escritura. Creo en la literatura como forma de expresión independientemente de lo bonito o bella que pueda ser el texto escrito. No todos logran ver belleza donde otros sí la ven.

He sido ganador y seleccionado para formar parte de antologías y otros concursos literarios como: II Premio de relatos cortos APDPE, VII Concurso Internacional Inspiraciones Nocturnas y VI Concurso Internacional La Primavera la sangre altera, entre otras antologías.

Egipto

Relato

Cleopatra se había quedado sola.

Primero murió César. En aquella época lamentó mucho su pérdida.

Ayer le dijeron que Marco Antonio, sintiendo la derrota, se había suicidado. Le extrañaría intensamente.

Ahora era su turno.

Se miró largamente en el espejo. Quería recordarse con precisión en la otra vida. Después se clavó una larga aguja. La ponzoña llegó a su corazón en minutos.

Cuando los sirvientes la encontraron, la incineraron, guardaron sus cenizas en una urna y se la enviaron a Octavio con una nota:

            «Esta es la única forma en que podrás exhibirme.

              Cleopatra, por siempre, Reina de Egipto».

 


Sobre la autora.

Isabel María Lobato Jiménez. Me encantan las palabras desde que era una niña. Conocer sus significados, escuchar su musicalidad, contar historias con ellas. Cuando tomé la comunión me regalaron un diario y en él comencé a escribir mis pensamientos  y a crear cuentos.

Desde entonces he seguido escribiendo siempre de una u otra forma. Me gusta contar historias. Es una hermosa manera de viajar a otros mundos y a otras vidas. Y también una manera de compartir.

    *Finalista III Certamen de relatos Fundación pintor Julio Visconti 2018.

    *Segundo premio Concurso Nacional de cartas de amor de Mengíbar 2019.

    * Finalista IX certamen Picapedreros de Poesía, microrrelato y guión 2019.

    *Publicación  de un cuento  en ladoberlin.com (1/Nov/2019).

*Publicación de un microrrelato en libro digital «Cuidando los finales» Editado por RedPAL (Marzo  2020).

*Finalista  X Concurso de microrrelatos Leyendo a la luz de la luna 2020

Un rey fachoso

Poesía

Iba el rey con su caballo

a matar a su adversario.

A quien mataba a diario

de hambre, era a sus vasallos.

Con zafiedad, sin desmayo,

con impuestos y aranceles,

para pagar sus corceles

y sus ropajes más bellos.

Abrumaba a todos ellos

y también a sus mujeres.

No era en la lucha el primero.

Era el rey muy elegante

siempre que fuera delante

con su yegua su escudero.

También el maestro armero

el cocinero y el mago

que embrujaba previo pago

al enemigo más fiero

más grande o más traicionero.

Siempre hacía algún estrago.

Llamaba bramando un cuerno

a unos dos mil caballeros

que pagaba con dineros

expoliados de sus siervos.

Su enseña lucia dos cuervos.

Con su pesada armadura

que le daba calentura

aguantaba la mañana

y solo el fin de semana

mas nadie estaba a su altura.

Iba pues el rey ¿delante?

tan feliz a la batalla

en su pecho las medallas

porque tenía bastantes

colgadas de sus estantes.

A veces la lanza en ristre,

pero le ponía triste

lancear y no ver sangre.

Y le hacía malasangre

matar solo en un despiste.

Era una fiera batallando

y un día llego a un castillo

de almenas bien protegido

Defensores aguerridos

tenían un buen caudillo.

Manso como un corderillo

se acercó hasta las murallas

y ofreció no hacer batalla

si la plaza se rendía.

Las vidas perdonaría

si se jurara vasalla.

El barón que allí mandaba

le dijo en tono valiente

si quieres hincarme el diente

ven a luchar con tu espada.

Si vences tendrás ganadas

estas tierras y esta plaza.

Muéstranos pues que tu raza

merece mandar mi almena

sentiría mucha pena

que cumplas con tu amenaza.

El desafío ha elegido

y el rey le pide a su brujo

una pócima, un embrujo,

que al rey deje convertido

en campeón aguerrido,

por otra espada invencible,

terrorífico y terrible.

El brujo le hace un brebaje

aunque duda que el potaje

dé un resultado temible.

Ya llegó el amanecer,

la pelea ha de empezar,

el rey vuelve a amenazar

y el barón a responder.

El rey cree que va a vencer

y provoca a su rival.

Tropezando lo hace mal

y el barón le da un gran golpe

Ridículo el rey se esconde.

Necesita un orinal.

Si eras un rey criminal

y te creíste un soldado

ten presto mucho cuidado

puede vencerte un rival.

En el mundo medieval,

y en el mundo del futuro,

no te creas tan seguro

si no eres algo especial.

Nadie es un rey ideal

si no fuere el rey Arturo.


Sobre el autor.

Federico Baena Lorenzo. Lleida, 31/05/1952. Licenciado en Historia. Licenciado en Documentación. Director Retirado de biblioteca municipal Pardinyes-Lleida.  Labor literaria: Organizador de actividades literarias para adultos e infantiles y La hora del Cuento; director de Club de Lectura y del grupo de Rapsodia Pardinyes.

Premios y Publicaciones recientes (año 2020):

Primer Premio en el 10º Certamen «Picapedreros» de Poesía y Microrrelato, convocado por Revista La Oca Loca (Zaragoza).

2º Premio del 4to. Concurso de nanorrativa “Un Párrafo un Mundo” 2020. Ed. Letramargo de Cochabanba (Bolivia).

Finalista del IX Certamen de Poesía ASEAPO 2020 (España);

Finalista del Concurso “Versos en el aire X. (mayo, 2020) de Ed. Diversidad Literaria

8 Publicaciones en diversas antologías en micronarrativa y poesía en el año 2020, y en revistas literarias (por ejemplo relato en la XX convocatoria literaria La Sirena Varada (México) en junio de 2020.

Declaración del caballero de los bosques

Poesía

He visto las cosas mientras dentro de las fortalezas
duermes entre finas telas,
al cobijo del imperio,
cuidada y descuidada.

He sido el favorito de los gigantes,
quien despreció el cetro de la rapiña.
Sólo yo. Solo yo.

Porque fui yo quien en el bosque
convivió con los seres de la luz
y hundió su espada en las bestias de la noche,

Está bien si bajas a ver la luna llena conmigo,
entre los lobos.

 


Sobre el autor.

Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, 1986). Es autor de varios títulos de poesía, entre los cuales figuran Abyección (2003) y El niño que vendió su alma al Diablo (2017). También se desempeña como periodista cultural. Actualmente es maestrante en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato, ciudad en la que reside.

Perdonadnos

Poesía

Oh mis dioses,

os pido perdón por estos perros sucios impíos.

Les daré sangre de mi sangre,

cortadme y llevadme a los hermosos parajes que os pertenecen.

Dulce es la savia de sus cuerpos mis señores,

me entrego a ustedes con mis humildes harapos roñosos.

me sumerjo y me rindo ante sus semblantes, imponencias.

Heme aquí como un pecador en su humildad.

¿Os basta con mi desgracia para el perdón de mi pueblo?

¿Os sirve mi pagana sangre para convertir esta tierra maldita en el cielo?

Y a vosotros, estúpidos arrogantes,

sino os maldicen nuestros dioses, os maldigo yo.

Que sus simientes sean podridas por la misma diosa Freyja,

porque vosotros sois la miseria bajo el manto de Odín.

Amarga será vuestra partida.

Yo, voz de los dioses, os condeno a este mundo terrenal.

Yo, os niego vuestra entrada al Valhalla.


Sobre el autor.

Javier Alexis Ramos González. Nací el 20 de octubre de 1998. Terminé mis estudios secundarios en el norte de Chile, en Iquique. Fue en esa ciudad que me fasciné por la escritura. Ella fue testigo de mis primeros poemas, los que nunca llegaron a la luz. Actualmente estudio Ingeniería Civil Industrial en la universidad Adolfo Ibáñez en Santiago de Chile. Ya estoy en cuarto año y fue este mismo año que quise lanzarme a participar en concursos de diferentes países. No me importa ganar, me importa que el mundo pueda volver a soñar con poetas que escriben con amor, dejando sus sentimientos en ello.

Entrevista con el dragón

Relato

―Y usté me lo dice a mí, señorita periodista ―dijo el dragón, resignado―. Hace seiscientos treinta y dos años que cuido princesas. Pero nunca me tocó una como ésta. Uno se preparó para trabajar acá. No le voy a decir que, de joven, fuese mi vocación. Me hubiera gustado asolar Northumbria o las costas de Carelia, como aún suelen hacer mis primos; pero uno viene de una familia de cierta cultura, señorita periodista. Hubo ancestros míos cuidando princesas chinas en la dinastía Han, por poner un caso. Mi padre mismo custodió en Tolosa a Tindigota, la hija de Alarico; y a la Santa Berta, hija de Cariberto de París. Yo he cuidado a Ana, la Hermana de Basilio el Matabúlgaros; a Emma, hija de Richard de Normandía; a Isabel, Hermana de Casimiro el Grande. ¡Hasta fui contratado por Hakam, califa de Córdoba, para cuidar a su hija Fátima! Estudié Teología en Cracovia con el Santo Cancio, Magisterio en Cambridge con Scotus, Medicina en Padua con Pietro d’Abano, Derecho en Bolonia con Guarnerio, Trivium y Quadrivium en París; y aquí me tiene, cuidando a esta mocosa maleducada, atrevida, obscena y descarada.

―No es fácil mi trabajo, señorita periodista ―dijo el dragón, didáctico―. No se trata solo de custodiar la castidad de una doncella. Hay que educarla en la prudencia, el trabajo, la honradez y el silencio; mostrarle las bondades de una vida cristiana, los buenos modales y el buen trato. Se requiere transmitirle cultura; que reconozca sus privilegios y haga uso correcto de ellos; enseñarle a cuidar y educar a quienes serán sus hijos, administrar el hogar y mandar sobre los criados y sirvientes con responsabilidad y prudencia. Ilustrarlas en el arte de la escritura, la lectura, el dominio de idiomas, la ciencia y prepararlas para tañer aceptablemente un rabel o una zanfonía. Se debe instruirlas en el manejo de la rueca, en la costura y el hilado; en las tareas del huerto y el cuidado del ganado.

Luego, para ejercer su trabajo de custodio, uno debe dominar todas las escuelas de esgrima, el combate sin armas, saber enfrentarse a un caballero y conocer los puntos débiles de su armadura, superar la defensa de un broquel y la amenaza de una spada longa, conocer las técnicas de defensa de una plaza fuerte y, claro, ejercitarse constantemente en esto de echar fuego por las fauces.

Además, un torreón como éste no se mantiene solo: debo dominar las técnicas de albañilería y plomería; reparar roturas de paredes y techos, combatir la humedad, mantenerlo calefaccionado y habitable; y todo eso sin contar con sirviente alguno.

Con esta voluble, indecente, deslenguada y palurda: por otra parte, debí aprender a maquillarla, acicalarle el pelo y bajar al mercado a comprarle vestidos y zapatos hasta tres veces por semana. ¡Habrase visto!

―¡Ah, señorita periodista! ¡Absolutamente caprichosa, consentida, grosera, malcriada, y malhablada! ―dijo el dragón, enojado― Mire que con algunas he renegado bastante. Gailtergrima, hija de Gaimar de Salerno era tosca y ordinaria; y necesité quince años para que resultase en algo parecido a una dama, señorita periodista. Pero con ésta, ¡válgame Dios! No sé si es que uno ya está grande y ha pasado tres cuartos de su vida en climas inhóspitos, donde la soledad de esos parajes olvidados se hace insoportable; entonces, la paciencia mengua; pero esta insolente, jactanciosa y desconsiderada; le juro, me saca escamas verdes.

Antes, era normal que viniesen cuatro o cinco caballeros por año para liberar a la dama de turno. Los viajes eran largos, los caminos inexistentes y los salteadores gobernaban los páramos. Pero acá estamos a un par de leguas de la ciudad, el Camino Real se ve desde esa ventana y no se recuerda la última vez que nevó en esta sierra. Sin embargo, señorita periodista, hace como dos años que nadie viene a esta Torre. ¡No hay quién se preocupe por venir a salvar a esta desvergonzada, descortés, arrogante y desatenta! Y estoy seguro que de no haber sido por los escándalos de la corte; usté tampoco se hubiese apersonado por acá.

―Entre nos, señorita periodista ―dijo el dragón, confidente―, no se podía esperar otra cosa. Esta veleidosa, descocada, impúdica, desobediente e impertinente; es digna hija de su madre. No se entiende, señorita periodista, cómo un joven tan educado como el ahora Rey puede haberse enamorado de una suripanta que fue corista en los burdeles de Brüssel. Se dice que, en realidad, su padre, el viejo Rey, pagó una deuda de juego llevándola a Palacio y entregándole a su hijo en matrimonio. Se cuenta, también, que esta insumisa, rebelde, díscola y petulante no es hija del Rey, si no del dueño de una Casa de Juegos de Katowice. Y a uno no es que le importe, pero esta presumida, desaprensiva, caradura y sinvergüenza no se parece en nada a Su Alteza. Usté debe saber más sobre eso, señorita periodista. Yo digo lo que leí en las revistas. Porque yo no tengo contacto con nadie de la Corte.

Acá llega un carruaje con escolta de soldados, bajan a la doncella, me la entregan junto con una carta de puño y letra del Señor, con su sello, donde se hace constar que la ponen a mi custodia hasta la aparición de un Caballero que la rescate. Puedo mostrarle, en mi archivo privado, todas las misivas que guardo de quienes me han confiado a sus hijas o hermanas. En ellas ―es norma ancestral― se detalla qué características debe satisfacer aquel que quiera liberar a la prisionera: qué debo ver en ellos, cómo debo enfrentarlos o en qué punto debo dejarme ganar en el combate. Algunas de estas cartas acotan consideraciones más específicas: nacionalidad, religión o apariencia del pretendiente.  Incluso, Rodrigo Díaz el Campeador escribió, y cito de memoria: «Confíese mi hija María sólo al Caballero Ramón Berenger, Conde de Barcelona.». En cambio, mire usté esta carta del Rey. ¿Vé?: «Entregue mi hija al primero que aparezca». No se acota que deba ser un Caballero, ni Noble, ni nada. Ni siquiera debo luchar en su nombre. La última vez que vino alguien a preguntar por ella fue un cartero, que le trajo un Sirope de Rosas comprado, por correo, en la ciudad de Gabrovo. Intenté que se llevara a la princesa, pero él se negó; y llegó a batirse en encarnizado combate conmigo. Era muy valiente. Una pena haberlo matado.

―Esta desfachatada, procaz, indecorosa, frívola y chabacana; señorita periodista ―dijo el dragón, enumerativo―, ignora las más elementales normas de etiqueta. Le voy a contar una infidencia: Ha sido la única de las más de doscientas que he custodiado que me ha sacado de las casillas. Cierta vez estuvimos estudiando, durante dos meses, Protocolo y Comportamiento en la Mesa; y repasando las cien reglas del Menanger de París: mantener la boca cerrada mientras se mastica, tomar la ración más pequeña de la fuente; mantener el meñique limpio y seco si se va a usar para condimentar la comida, no limpiarse las manos en el mantel, no usar los cubiertos para higiene personal, limpiarse la boca antes de beber, y así las demás. Finalmente, cierto día le tomé el examen de rigor.  Me vi sorprendido por unos resultados razonables; hasta que, mientras estaba sentada a la mesa repasando la Regla Sesenta y Dos, inclinó su cuerpo hacia la derecha, levantó su pierna izquierda y dejó escapar una sonorísima flatulencia que movió hasta los velos de su ajuar. No pude contenerme. Me paré sobre mis dos patas traseras, abrí mis alas hasta que estuvieron extendidas de pared a pared, saqué pecho y sentí el fuego subiendo desde mis entrañas. El cabello tardó más de ocho meses en crecerle.

 


Sobre el autor.

Daniel Frini (Argentina, 1963) es Ingeniero de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de varios países. Publicó varios libros, siendo el último “La vida sexual de las arañas pollito” (2019). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010), , Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019).

 


Ilustración de David Demaret, compartida bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

Todas las mañanas de verano

Relato

Cuántos caminos polvorientos recorridos. Cuántas playas holladas con los pies desnudos. Cuántas risas, sonrisas: las mías, las de mis seres amados, las del hijo que contemplo esta mañana. Cuántas lágrimas, sollozos. Cuánta alegría; cuánto dolor. Cuántas briznas de trigo segadas a nuestros pies. Cuántos arroyos de los que fluye el agua clara, donde refrescar el cuerpo cansado después de la carrera, que, ahora, serpentean carmesíes de sangre. Cuántas monturas sobre las que cabalgar a galope tendido por las llanuras de Ilión. Cuántas las conchas recogidas a la orilla de este mar. Cuánta la sal que lo desborda. Cuántos los peces que lo surcan. Cuántas las naves que descubren su frágil velo y manchan este azul y verde y gris y negro inmenso, con sus velas coloreadas. Cuánto el brillo del oro, la plata, las joyas. Cuántos los aromas del incienso, que colman la atmósfera de este desolado palacio. Cuantos los olores que se cuelan por sus rendijas: vacas, estiércol, hierba, algas y brisa y sudor y sangre y cuero y metal y carne quemada en las piras funerarias y grasa del banquete. Cuántos sonidos: una fuente, un grito, una carcajada, un poema, una oración, un sorbo, un graznido, un relincho, una persecución, un silbido, una pugna, unos dados, una forja. Cuántos los recuerdos: de tantos años atrás, de ayer mismo. Cuántos los deseos que no se cumplirán. Cuántas esperanzas, cuántas premoniciones, cuántas decepciones. Cuánta la tersura del cuello de mi mujer, que descansa sobre ese lecho. Cuánta la dulzura en los bucles de su melena: reflejan los rayos de un sol que se desliza, perezoso, dentro de la habitación.

            Está dormida.

            Llora dormida.

            Duerme, amor mío, duerme.

            Nuestro hijo está en su cuna. Este hijo al que no veré crecer.

Querría estar a su lado para enseñarle; para aprender. Cuando diese su primer paso; cuando pronunciase sus primeros balbuceos; cuando domase su primer caballo; cuando cazase por primera vez; cuando acudiese a su primer convite; cuando se enamorase por vez primera.

            Amanece.

Es el alba de rosados dedos que acaricia apenas nuestras retinas, los tejados de la ciudad; que despierta, como una tierna amante, en sus lechos, al fornido herrero, a la afligida viuda, al pío sacerdote, al triste príncipe.

Respiro el soplo de la alborada. Es cálido, fragante, angustioso; está lleno de sombras.

Puedo discernir ya los muros, construidos por El que hiere de lejos, proyectando inmensas sombras sobre el campamento aqueo. También allí reviven los espíritus exhaustos. También allí hay uno que no duerme, envuelto en pesadillas en lugar de mantas. También allí hay, al menos, uno que no volverá a ver a su mujer y a su hijo.

Mi armadura: preparada. Tomo con cuidado cada pieza: la coraza magullada, las pesadas grebas, las densas crines satinadas que acarician el casco. Las miro como si nunca antes las hubiera tenido entre mis manos, como si pertenecieran a otro. Me las ciño al cuerpo con cuidado, sin prisa, moviéndome aún como si anadease entre la neblina del sueño.

Espero una señal, una revelación, un guiño divino que deslíe mis temores, que desanude este presentimiento de mis vísceras, que aplaste esta certeza, y me devuelva las fuerzas. Pero, delante de mí, solo se extienden los mismos paisajes. Noche tras noche; día tras día; lucha tras lucha.

En lontananza: firmes columnas de humo. Un cuerno llama al combate. Responden gritos.

            Andrómaca despierta.

            Me aparto de la ventana.

Mire adonde mire no acierto a encontrar reposo ni valor… salvo en este templo, que es sólo mío.

En tus párpados cuajados de lánguidas pestañas, en los rizos que coronan tu hermosura, en tu piel de alabastro del encantado Egipto, en tus labios de miel, en el deleite de tu cuerpo de gacela abatida, se reflejan todas las mañanas de verano; todas las cumbres, morada de halcones; todas las travesías hacia los lejanos emporios de Oriente; toda la madreperla y todo el ámbar; todos los manantiales cristalinos; todos los charcos de lluvia; todas las lunas llenas; todas las grutas secretas de la divinidad; todas las hojas, todas las flores; todos los poemas de todos los aedos; todas las melodías del arpa; todos los exquisitos sabores que han colmado nuestros paladares; todas las copas de vino especiado que no nos restan por beber; todas las noches que hemos yacido juntos y todas las que dormirás sola; todo el aliento; toda la vida; toda nuestra vida; todos mis recuerdos.

            Es mañana.

            Es hora.

            Parto.

 


Sobre la autora

Verónica Barrasa Ramos nació en Madrid (España), ciudad en la que actualmente reside, en el año 1978.

Licenciada en Historia, con especialidad en Historia Antigua, por la UCM, después de unos primeros años dedicados a la Arqueología, se ha desarrollado alrededor de la «arquitectura de contenidos», la formación, los RRHH y la tecnología, en diferentes empresas españolas y de ámbito internacional.

Durante todo este tiempo, ha compatibilizado su trabajo con proyectos personales de escritura creativa, habiendo sido agraciada con diferentes premios literarios y publicaciones.

Bestiario marino

Relato

Eran las dos de la madrugada. El mar se mecía tranquilo, acompañado en el cielo por nubes que disfrazaban la luna. Marcos, biólogo marino de la región de Magallanes, arrastró por la arena un bote pesquero hasta la orilla. Su hijo, Pedro, de doce años, le observaba a cierta distancia con curiosidad.

—Sube —le pidió Marcos.

El joven subió y de inmediato Marcos empujó el bote hasta internarlo en el agua. Entonces abordó y, tomando ambos remos, guió el bote hacia alta mar.

—¿Viniste a trabajar?

—No. No, hijo. Quiero conversar contigo algo importante.

A lo lejos se distinguía la silueta de una isla, acariciada por leves rayos de luna. El sonido de las aguas chocando contra las rocas, creaba un inquietante coro. Parecían murmullos acurrucando el silencio nocturno.

—¿Alguna vez te hablé de los bestiarios medievales?

Pedro negó con la cabeza.

—Eran recopilaciones de historias ilustradas acerca de bestias y animales extraños. Antes que la ciencia se perfeccionara, era la única forma de la gente antigua para describir a las criaturas que desconocían. Había uno que siempre llamó mi atención, creo que se titulaba Physiologus, escrito en Grecia, y en él había el dibujo de un enorme monstruo marino devorando una embarcación fenicia. ¿Sabes, hijo?, parece curioso, pero fueron esas historias las que me llevaron a trabajar en lo que hago ahora.

Pedro sonrió nostálgico. Se dio vuelta y en la punta del bote, opuesta a donde estaba su padre, se afirmó dejando los brazos sueltos con las manos hundidas en el mar. Su rostro no se reflejaba, las aguas le respondían con un color oscuro solo pincelado de tanto en tanto por la luna, cuando las nubes la desenvolvían. Marcos paró de remar. Levantó la cabeza y miró la bóveda celeste. Más allá de la capa nubosa, se distinguían estrellas que pestañeaban como si fuesen espectadoras de algo único e importante.

—Deben haber allá abajo, en el fondo del mar, tantas o más criaturas extrañas, que el número de estrellas que hay en el espacio.

Pedro se dio vuelta. Miró con extrañeza a su padre. Luego, también levantó la cabeza. Volvió a sonreír con melancolía. Una estrella fugaz pasó, pero no pudieron percibirla.

—¿Has visto algo extraño allá abajo?— la voz de Pedro era suave. Parecía despertar de un letargo que ya duraba años.

—Sí, hijo. He visto muchas cosas extrañas… En el fondo abisal existen criaturas que te hacen pensar que todas las leyendas y todos los mitos acerca del mar son reales. ¿Te cuento algo que sucedió aquí mismo, en el mar chileno?

Pedro hizo una mueca. Regresó a su posición en la punta del bote, con la cabeza hacia el mar y las manos siendo arrastradas.

—Bueno, cuéntame.

Entonces, Marcos reinició su tarea de remar.

—Aquí hubo batallas entre corsarios y soldados españoles. Los corsarios trabajaban para la Corona de Inglaterra y la de Holanda. Eran una especie de piratas, con la diferencia que los reyes de sus países los protegían y ayudaban con armamento. Pues bien, esto que te contaré muy pocos lo saben, pero antes de que el corsario Francis Drake se dirigiese a atacar el norte de Chile, tuvo una pequeña escaramuza en estas aguas contra una flota española. Sucede que era 1578 y aunque había una tregua entre Inglaterra y España, Drake rompió con las reglas. Lo interesante es que esta pelea no se definió por el poder bélico de uno y otro bando. Se dice que tanto las embarcaciones de Drake como las de los españoles fueron destruidas por una enorme bestia con forma de pez pero con piel de lobo marino. La criatura destrozó a los españoles. Solo Drake logró escapar y ante el destrozo de sus víveres se vio en la obligación de asaltar Valparaíso y La Serena.

Pedro oteó el horizonte. Una brisa helada llegó hasta su rostro. Cerró los ojos. El eco inquietante adormecía sus sentidos. Las palabras de su padre se escuchaban como un monocorde canto de sirena.

—Existe otra historia, también del mar chileno. Corría el año 1587. El corsario Thomas Cavendish circunnavegaba las tierras chilenas. Al atravesar el Estrecho de Magallanes, su embarcación fue víctima de los coletazos dados por una criatura, según dijeron los tripulantes, con forma de pez pero cuya piel era muy parecida a la de un perro. Esta vez pudieron observar sus extremidades. Según dijeron, tenía dedos casi humanos. Cavendish, asustado, recaló en el puerto San Felipe II. Aquí se llevó una sorpresa al encontrarse con un grupo de personas famélicas. Por ello cambió el nombre del puerto al de Puerto del Hambre. Luego escucharía, de la boca de esa gente, que había una criatura que por las noches destrozaba sus sembrados y devoraba sus alimentos. Sí, era aquella misma bestia.

Pedro abrió los ojos. Suspiró. Nuevas islas aparecían en derredor. El mar aumentaba su movimiento. El eco, de a poco, iba tomando la forma de un grito. Aún así, Marcos avanzaba.

—¿Y tú, hijo? ¿Te sabes alguna historia?

Pedro, siempre mirando hacia el horizonte, negó con la cabeza. El bote se bamboleó.

—En ese caso te contaré una historia más, ocurrida en estas aguas. El año 1600 una embarcación de un corsario holandés, llamado Baltasar De Cordes, zarpó desde Chiloé al encuentro de una nave dirigida por el español Francisco Del Campo. Si bien el triunfo de los españoles se dio en tierra firme, la batalla marítima fue la que marcó el suceso: una bestia marina apareció del mar hundiendo la embarcación holandesa. Los soldados que vieron a la criatura, dijeron que esta tenía forma de pez, piel humana, y su cabeza era del porte de un elefante. Su rostro horrible parecía el de una calavera.

Al terminar el relato, Pedro se dio vuelta y se sentó de frente a su padre. Lo observó fijo a los ojos. Marcos detuvo su remar. El bote quedó presa de las olas que de a poco surgían a medida que la luna se iba deshaciendo de su ropaje nebuloso.

—Nunca había escuchado esas historias.

Marcos se puso serio. Observó hacia lontananza. De una isla emergió una figura. Dio una ronda y de nuevo se perdió en la oscuridad. La brisa marina llegó en forma de un silbido antediluviano.

—Por eso te las cuento, hijo. Porque yo las sé…

—Creo que ya no estoy para ese tipo de historias.

Un golpe fuerte se escuchó en una de las islas. Era como el desprendimiento de una roca. Era como la caída de una estrella.

—Papá. Dime por qué estamos aquí.

Marcos se llevó una mano a la cabeza. Luego suspiró.

—Una vez, llegué con mi equipo de trabajo al fondo abisal. Aquí mismo, bajo el mar chileno. Descubrimos un enorme pez del género Melanocetus. Y eso es raro porque este animal es del trópico, no del sur. Debió medir al menos unos cinco metros. Poseía dientes afilados y los mostraba en señal de amenaza. Además tenía en su cabeza una antena bioluminiscente  para guiarse en la oscuridad y para conseguir sus presas. El caso es que cuando lo vimos, cada uno de nosotros se imaginó algo distinto. Esa bestia tomó la forma de nuestros miedos más ocultos. Para mí, esa criatura era la misma de las historias que te he contado.

—Papá. Cuéntame la verdad.

Un sonido muy parecido al del canto de una ballena se escuchó de forma lejana. El bote se bamboleaba con más intensidad.

—Hijo… Las cosas con tu madre no van bien. Voy a tener que irme de la casa… Piensa en las historias que te acabo de contar. Cuando dos flotas enemigas o cuando dos personas se enfrentan, nadie triunfa. Los dos salen heridos.

Un grupo de animales asomó en una isla y miraron hacia el cielo. Pedro volvió a tomar su lugar en la punta, mirando el mar y arrastrando las manos.

—No sé, papá… Yo creo que sí triunfó alguien: el monstruo.

Las nubes dejaron desnuda la luna. La marea subió. Un eco y una serie de silbidos iban y venían, acompañados por las olas inquietas. El bote giró a uno y otro lado. Dentro de él, padre e hijo se sumieron en un silencio solo roto por el bramido del mar.

Sobre el autor

Rodrigo Guillermo Torres Quezada es chileno, Licenciado en Historia de la Universidad de Chile. Tiene 33 años y ha publicado los libros Antecesor (editorial Librosdementira, 2014), El sello del Pudú (Aguja Literaria, 2016), Nueva Narrativa Nueva (Santiago-Ander, 2018) y Filosofía Disney (Librosdementira, 2018). Además ha publicado en diversas revistas y hace reseñas de cine en la página ExperimentalLunch.cl

La balada de Duir y su amor galante

Relato

Mi amado me habla siempre con palabras suaves. Acostumbra describirme, dulcemente, alabando mi tersura al contacto de sus manos, mi perfil marcado, mi aroma «a majestuosidad de la madera del roble» como suele decir, y razón por la cual me llama Duir; que es la palabra con que los viejos druidas nombraban al Árbol.  Él dice que tengo su energía, su nobleza y su fuerza, y también dice que soy resistente, flexible y ágil como el acero de Mondragón, el mismo con el que hacen las espadas toledanas los tenaceros de las ferrerías de Soraluze y Tolosa.

Con voz cansina, me cuenta de su pasado en las filas del ejército del Rey Carlos, cuando participó en el incendio a  Medina del Campo, bajo las órdenes de Adriano de Utrecht; y las victorias sobre los comuneros en Tordesillas y Villalar; y de su intervención en las ejecuciones de Padilla, Maldonado y Bravo; de sus cabezas expuestas durante nueve días en el garavato de la Plaza Mayor; y cómo después el mismísimo Rey lo elevó al cargo que mi dulce caballero ocupa hoy.

Me habla con los ojos empañados en lágrimas de emoción. Dice que así se siente al verme y acariciarme; y yo me veo transportada a la gloria de la felicidad. Dice, también, que cuando me abraza es el hombre más poderoso del mundo; más aún que Carlos, aunque éste reine sobre Castilla y Sicilia y Nápoles y las Indias y todo el Sacro Imperio. Entonces, me siento una princesa y brillo aún más para él.

Él me sujeta con sus brazos fuertes y seguros. Recorre mi figura con sus manos ásperas y siento, sin embargo, sus suaves caricias. Me toma firmemente y eleva mi cuerpo en el aire. Allí quedo estática, por un instante que es toda una eternidad. La visión es hermosa: yo, en lo alto, sostenida por el hombre que es mi razón de existir; él, gigante, con su cuerpo atlético tensado hasta el punto en que parece estallar, su melena azabache apenas movida por la brisa veraniega; su torso desnudo, sudoroso; parado sobre los dos pilares que son sus piernas, separadas apenas para lograr un correcto equilibrio; en una danza que hemos repetido cientos de veces. A los pies de mi amado, arrodillado y con su cabeza en el cadalso, está el Maestre Condestable Don Martín de Cardés, reo acusado de pecado nefando por el Santo Oficio de la Inquisición, y relajado a la Justicia del Rey que lo condena a morir decapitado bajo el hacha, en esta muy noble y leal Villa de Calahorra. Alrededor nuestro, en los tablados y las ventanas, los muchos asistentes venidos de todos los lugares de esta comarca, se desgañitan gritando groserías.

La eternidad se acaba y mi querido me impulsa para caer con fuerza. Su destreza en estas artes y mi filo separan, limpiamente, la cabeza del cuerpo. Me apoya suavemente a su lado y toma  por el cabello a la cabeza del ajusticiado que aún abre y cierra sus ojos de pupilas dilatadas. La muestra al populacho, que  estalla en una explosión de regocijo.

Después, cuando el cadalso queda solo y los monjes mendicantes se han llevado el cuerpo del ejecutado, me toma nuevamente con cariño y con un trapo mojado en aceites livianos; lentamente, mientras me habla otra vez con palabras tiernas, va limpiando de sangre el acero de mi hoja, venido del hierro de las laderas del Udalaitz, y fraguado a la calda en Bergara, según la antigua usanza de los maestros vascos. Cambia de trapo y seca mi mango de madera de roble quejigo nacido en la llanada de Álava, y en el que él, mi enamorado, grabó mi nombre con su daga. Luego baja la escalera del patíbulo cargándome en equilibrio sobre su hombro derecho, mi cabeza a su espalda; y toma con su mano izquierda la pequeña bolsa de cuero que contiene los dos florines con que los familiares del muerto le pagaron para asegurar que él, mi luz, me hubiese afilado adecuadamente, y que no fuesen necesarios más que un par de golpes para acabar con la vida del infortunado.

Sobre el autor

Daniel Frini (Argentina, 1963): Es ingeniero, escritor y artista visual. Publicó en revistas virtuales y en papel, blogs y antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y «Nueve hombres que murieron en Borneo» (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Obtuvo, entre otros, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017, España), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España) y Premio del III Concurso Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén, (2019, España).

La biblioteca

Relato

El quejido de las sillas arañando el suelo, los golpes de libros y carpetas sobre los tableros, las voces de los alumnos que se dirigían a la puerta de salida del aula me despertaron. La clase de Literatura Medieval había terminado. Mientras el aula se iba vaciando, yo también comencé a ordenar los folios sin anotaciones, y a colocar confusamente mis libros en la bolsa.

Un contenido bostezo me obligó a colocar la mano sobre la boca y a alzar la vista hacia la mesa del profesor que continuaba sentado y mantenía los ojos clavados en mi cara. Don Alonso siempre abandonaba la clase por la puerta lateral cercana a su mesa, pero esta vez se acercó a mí entre las filas de pupitres de los alumnos y me habló con gesto severo.

‒La espero en mi despacho en cinco minutos  ‒me dijo con sus finos labios de metal y sus características cejas pobladas, que ahora resultaban más amenazadoras con el ceño fruncido.

Sentí un retorcijón en el estómago. El profesor era conocido por su  poca  cordialidad y su escasa generosidad a la hora de puntuar los exámenes.

A los cuatro minutos me encontraba ante el despacho del doctor Alonso Roldán. Golpee suavemente la puerta, pero no me contestó. Volví a golpear de nuevo con más contundencia. El profesor no estaba, pensé que probablemente se había entretenido con algún colega charlando por los pasillos de la Facultad.

Mientras le esperaba, pergeñaba excusas creíbles que justificaran mi grave falta. Don Alonso debía comprender que el turno de tarde era para alumnos que trabajaban por la mañana, que era viernes, que había sido un día especialmente difícil, que su clase era de la última de la tarde para mí, que mi agotamiento no me dejaba concentrarme a aquellas horas. Pero lo que no podía era expresarle el verdadero motivo de mi desinterés: lo mucho que me aburría el tema principal de ese trimestre: los libros de caballerías.

Esperé diez minutos más y comprendí que el profesor Roldán se había olvidado de mí y casi con seguridad se había dirigido a la siguiente clase. Decidí esperar en la biblioteca y volver al despacho después de media hora.

Me sorprendió no encontrar a nadie allí. Eran las siete y muchos alumnos solían quedarse estudiando hasta las ocho y media, la hora en que cerraban la biblioteca. El bibliotecario tampoco estaba en su puesto. Solo aquella enorme cantidad de libros que tapizaba las paredes bajo las altas lámparas, reflejaban sus lomos brillantes sobre las tristes mesas grisáceas.

Tomé al azar un libro de las estanterías y me senté en una de las mesas a leerlo. El Amadís de Gaula. ¡Qué casualidad!: era una de las lecturas obligatorias de la que debíamos examinarnos en breve, pero yo aún no había pasado del primer capítulo. Abrí el libro justo en una de esas tediosas escenas en las que el caballero pone en riesgo su vida para defender el nombre de su dama… “Entonces fueron al más correr de sus caballos, el uno contra el otro, e hiriéronse en los escudos y el caballero falsó el escudo a Amadís, mas detúvose en el arnés y la lanza quebró y Amadís lo encontró tan duramente que lo lanzó por cima de las ancas del caballo… y el caballero…valiente, tiró por las riendas… y llevólas en las manos y dio de espaldas en el suelo y fue tan maltratado… Amadís descendió a él y quitóle el yelmo de la cabeza… y tomándole por el brazo… tiróle contra sí y el caballero abrió los ojos…”

Yo también abrí los ojos: me había vuelto a dormir. Consulté mi reloj: ¡las nueve menos cuarto! Recogí mis cosas y me apresuré a salir de la biblioteca.

Súbitamente las luces se apagaron. Me asusté y caminé a tientas hacia la salida. ¡La puerta estaba cerrada! La golpeé fuertemente con los puños y los pies, pero no conseguí abrirla. Grité y grité llamando a alguien que me socorriera. Desesperada, lancé una de las sillas mientras gritaba. Después otra y luego otra. Solamente el silencio de la oscuridad me respondió.

Los minutos transcurrían lentos, amenazadores. El miedo se apoderó de mí. Me senté en el suelo contra la pared estrechando mis piernas entre los brazos. Escuché el intenso latir de mi corazón y no pude evitar el débil sollozo que inundó mi garganta.

En medio de la espantosa oscuridad, una luz parpadeante apareció sobre el libro que había dejado abierto en la mesa. La luz creció y tomó la forma de un hombre. Su cuerpo metálico reflejaba la llama anaranjada de la antorcha que portaba en una mano. Sentí terror al escuchar las fuertes pisadas, que se acercaban lentamente.

Pero cuando se aproximó a mí, reconocí su hermoso rostro.

‒Mi señora Oriana, nada temáis. He venido a rescataros –me dijo sonriendo y ofreciéndome su mano.

Sobre la autora

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en Universidades de India y África.

Sus relatos y poemas han aparecido en varias revistas y antologías. Con el relato “Alondra de fuego” fue finalista en el Primer Certamen de la Hispanic Culture Review de la George Mason University y con “La casa de las afueras” en el XXIX Premio Ana María Matute de la editorial Torremozas.

Libros publicados: Lihaf: Cuentos de mujeres de la India, Los confabuladores nocturnos: Relatos contemporáneos de la India y Cuentos a la luz de la hoguera.

El caso Clitemnestra

Relato

José Rodríguez sumaba los suficientes casos ganados, muchos de antemano imposibles, para afirmarlo entre los principales abogados criminalistas del país. Pasaba horas tras la mesa de su despacho, y allí respondió a la pregunta que acababa de formularle la hija de su clienta:

  —Sí, señorita, en mi cara se expresa que el caso se complica, pero no desesperemos… Las nuevas pruebas son concluyentes… Volveré a serle sincero: El fiscal empieza a frotarse las manos. Resulta que en el cuchillo que mató a su padre no hay huella alguna del amante de su madre…

  —¿Tan solo de ella?

  —Eso es. Sus huellas son las únicas que aparecen.

  —Entonces…

  —No veo como vamos a cargarle el muerto, señorita.

  —Le pagamos para eso.

  —Cobro una minuta razonable para evitarle un mal mayor a su querida madre, no lo olvide.

  —Mamá nunca tenía que haberle dado aquel primer beso… Estoy segura de que fue él quien la convenció para acabar con papá.

  —No es lo que he leído…

  —También habrá leído que quiso sacrificarme… Los mitos se cuentan cómo se cuentan, señor Rodríguez. Papá tenía sus cosas… También lo habrá leído.

  —Señorita, antes convertir en reina a su madre, Agamenón le mató a su hijito recién nacido y a su primer marido… Conozco bien a ese fiscal: Si le fallara el móvil pasional, tiraría de la venganza como argumento motivador, y lo haría a discreción, no lo dude.

  —Papa era un hombre espinoso, de discusión rápida, pero era querido y se hacía respetar. Recuerde que Agamenón no fue un héroe de pacotilla —apostilló sonriéndole.

  —Me place que se lo tome con cierto humor, Ifigenia. Debería sopesarlo…  Los dos sabemos cómo acabará la historia… ¿No cree que a su mamá le conviene entrar en la cárcel? Allí dentro estaría protegida de Orestes. Quizás el paso del tiempo acabe disipando su vengativa obsesión…

  —¿Y no la acabe matando? No conoce a mi hermanito, señor Rodríguez. Es un cabezota y nada le impedirá cumplir su papel en el mito. Ni tan siquiera que la víctima sea su propia madre. Usted lo ha dicho. Sabemos como acaba la historia. Solo si lográramos demostrar su inocencia… ¿Cree que podríamos servirnos de la enajenación mental transitoria? Tenía entendido que se trata de uno de sus recursos fetiches, ¿no?

José Rodríguez sonrió antes de encender un puro. Ifigenia contaba con la virtud de la obstinación. No fue cuestión de suerte. Empezaba a entender por qué aquella sacerdotisa había logrado salvar el pescuezo en el último suspiro.

Sobre el autor

Rubén Martín Camenforte. Nacido en España, licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ganador del III Certamen de Relato Corto ‘Fundación Villa de Pedraza’ 2008, ganador del II Certamen Literario de Cuentos y Relatos de Montaña ‘Cuentamontes’ 2009, primer premio en castellano del IV Concurso literario de relato breve El Laurel 2009, ganador del III Concurso Literario de Relato Corto ‘Manuel Rivas’ de la Irmandade Galega de Rubí 2019.

Amado psicopompo, un poema de Maximiliano Nicolás Sacristán.

Poesía

Amado psicopompo

 

Engranaje de Tánatos,

subalterno del Hades

aunque no me escuches

déjame decirte:

me enorgullece ser tu pasajero.

Cada palada tuya

me adormece otro poco,

digno guía:

el agua negra es tu alimento.

Le hablo a tu nuca argentada:

eres justo hasta el dolor

hasta el hedor.

Indolente nos abandonas

en las puertas de la nada.

Nosotros los tripulantes

de la fatalidad

te vemos (nos vemos) cargar

tu hatajo de condenados.

Aqueronte último viaje.

Como tantos, yo también confié

en que tu aventón jamás llegaría.

Y ya en la otra orilla

escupiré mi moneda

en tu cara,

psicopompo.

Será mi última irreverencia,

mi gesto de amor,

mi última voluntad.


Sobre el autor

Maximiliano Sacristán nació en Buenos Aires en 1974. Publicó la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, Literaturas.com Libros, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento breve organizado por la Asociación cultural “El Coloquio de los perros” de Montilla, España.

En 2017 recibió el primer premio del Quinto Certamen de relato corto “Tabarca Cultural” de Murcia, el segundo premio del Segundo Concurso de relato “El baloncesto es tu palabra” organizado por el club Fuenlabrada y la editorial Entrelíneas (Madrid), y el segundo premio de cuento del Tercer concurso organizado por la Asociación cultural Letras Cascabeleras (Cáceres, España) por el volumen “Tripalium”.

En 2018 ganó el primer premio del concurso de poesía “Mujer y madre” coorganizado por la Asociación de Escritores de Asturias y MundoArti (España) y el primer premio del XII certamen de novela corta organizado por la editorial Mis Escritos (Buenos Aires).

Los últimos minutos de Bérenger de Lacroisille – Daniel Frini

Relato

Fray Bérenguer de Lacroisille ha sido torturado.

Hoy es sábado, el día once antes de las calendas de noviembre del año de Gracia del Señor de 1307.

Hasta hace diez días, Bérenger era Turcoplier de los Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici, la Orden de los Caballeros Templarios; sin embargo, ahora no es más que un preso en las manos de los verdugos que dirige Guillaume Imbert, Inquisidor General de la Fe en Francia y confesor de Felipe IV, el Hermoso.

Fray Bérenger ha sido sometido al strappardo; le ataron dos grandes campanillas de bronce a sus testículos, a modo de burla; y también pasó por la squassation, con lo que le han dislocado hombros y brazos, y quebrado las piernas en varias partes. Ha sido fustigado y le han arrancado tiras de piel y carne con garras de gato. Le han sacado las uñas de los dedos y en su lugar han colocado clavos candentes; y le han quemado las plantas de los pies con planchas de metal al rojo.

Fray Bérenger ya se reconoció sacrílego, hereje, apóstata, idólatra, sodomita y simoníaco. Ha declarado que él y sus hermanos del Temple escupieron sobre la Santa Cruz, renegaron e insultaron a Cristo, rindieron culto a dioses paganos, veneraron a vírgenes negras, adoraron al Bafometo y practicaron ritos obscenos, incluso el Osculum Infame.

Fray Bérenger no sabe de las intenciones del rey Felipe, de su canciller Nogaret y de su chambelán Portier de Marigny, ni de la indecisión del Papa Clemente V.

Está solo y desnudo en una celda sin, siquiera, el confort de un poco de paja sobre la fría piedra del piso. Desconoce que su Gran Maestre Jacques de Molay ha caído, también, en desgracia y está prisionero a unos cuantos pasos de él.

Supone, sí, que no es el único cautivo. Cree haber escuchado a los verdugos cuando nombraban a sus amigos Fray Robert de Plessiez y Fray Reinald de Milly; y entre idas y venidas de los continuos desmayos, le parece haber escuchado las súplicas de su Senescal, André de Périgord, que venían desde una celda no muy lejana.

Sin embargo, el dolor que siente en algún lugar de su pecho es infinitamente más fuerte que aquel que le provoca la tortura. Fray Bérenger respondió afirmativamente a todas y cada una de las aseveraciones de sus inquisidores;  no por temor al tormento, sino como resguardo para no delatar a la única persona que le importa: Cécile de Monssac.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos participaron en orgías en las que no había mujeres, mientras pensaba en los destellos de los hermosos y grandes ojos negros de Cécile.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos reverenciaban al demonio encarnado en un gato, mientras recordaba una radiante y franca sonrisa dorada.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos quemaban niños y bebían sus cenizas mezcladas con vino consagrado, durante la celebración de la Santa Misa, mientras evocaba unas trenzas azabache, que brillaban como el ébano de Santa Helena a la luz del sol.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos afirmaban que Cristo había sido un falso profeta, y que no había padecido en la cruz para la redención del género humano, mientras rememoraba la tersura de una piel blanquísima y el rubor del decoro de su amada.

Pero Fray Bérenger de Lacroisille jamás vio a Cécil de Monssac. Ni siquiera sabe si existe. Hace más de diez años, en uno de sus tantos viajes por el Rousillon, oyó la cansó que trovaba Amanieu de Sescars, y se extasió ante aquella declaración de amor que imaginó suya:

 

La belleza y el bien que hay en mi dama

me tienen gentilmente atado y preso.

 

Y Bérenger imagina que no es la Inquisición quien lo tortura. Sueña que es Cécil quien maneja la fusta o arranca sus uñas, y delira que ella le canta, aunque las palabras sólo suenan en su mente afiebrada.

 

No está curada la llaga que me hiciste, amor,

cuando me heriste con tu cruel espada.

 

No le importa el Temple, ni su Maestre, ni su Senescal, ni sus compañeros. Está dispuesto a firmar cualquier confesión, y hasta renegar de la gracia del perdón ofrecido por los domínicos, si se lo ofrendasen. Está dispuesto, incluso, a inventar cuanta maldad le insinúen y ponerla en boca hasta del mismísimo Papa, si se lo ordenasen.

No sabe por qué, pero espera de manera ardiente la sesión de tortura venidera en la que le arranquen la lengua con tenazas para asegurarse de que ni en el delirio de la fiebre que lo abrasa va a nombrarla.

 

Yo ardo sin ser quemado

en vivas llamas de amor.

 

Fray Bérenger soporta todo sin desmayarse porque teme pronunciar su nombre y que sus jueces se interesen en ella, y la busquen. Le espanta la idea de que Cécil exista, y los verdugos de la inquisición la encuentren y la sometan al espanto por el puro placer de apagar su hermosura.


Sobre el autor

Daniel Frini nació en Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista, escritor y artista visual. Publicó en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Bolivia y Perú. Fue traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y «Nueve hombres que murieron en Borneo» (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Obtuvo, entre otros, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España).

 

 

La barca de Caronte, Rey de Nadas y Palinuro de Arturo Hernández González

Poesía

La barca de Caronte
(proemio a José Benlliure)

Una cicatriz en el agua es todo cuanto ha dejado
la huella trashumante que en mis ausentes deposito.

Tallados por el hospicio flotan mármoles que guían
ésta barca, por mi condenación y otro júbilo; otro vicio.

Auspicia la noche el eco de las olas en gravamen.
Para auscultar el juicio blanco abro mis venas:
El pálido agredir; a otros más puros, me condena.

Y a la deriva algo se aleja de este místico suicidio
que en hora extraña, ausente, embrutecida precipito.

Atado a un mástil como un cristo de aguas, se me agitan
sienes turbias que contra la soledad que llueve, yo vacío.

Ampara la noche el aullido silencioso de mi crimen.
Para perder el horizonte ayuno el grito de mis venas:
Oh! Y el pálido ignorar a otros más puros, me condena


Rey de Nadas

Al volver sobre tu costado izquierdo
el peso ya sin voz de las muchas horas,
sonríes a lo inmenso del dolor fraterno
que durante los viajes aprobó tus obras.

Al llegar a Ítaca te abriste llagas purpuras
en la piel que Atenea dejó sobre tu rostro…
Y añadiste fría locura a lo que mendigabas
para ocultar tu perfil olímpico al oprobio.

Argos batió su cola saludando tu regreso:
Roto como estaba ignoró aún sus agonías
para honrar la fe infinita que tú, su amigo,
habías pactado con él, en tus despedidas.

Nada advirtió el sabueso de tus zozobras
más que una lágrima y el inaudible grito;
el llanto jamás oído, de un Rey de Nadas.

Algo supo después de ti el mundo intacto…
Veinte años sólo te dieron tristes epifanías:
¡Viste devuelta tu ciudad, al perder un reino!


Palinuro

Sigue la macula del sol sobre los mares
y préstate indiferente al canto de sirenas
que aullará en sin fin de heridas abisales
talladas por ebrio Neptuno de nostalgias.

Has de soñar con viejos puertos invisibles,
en ellos abrevan un millar de lunas blancas.
Un solo cuerpo de mujer abrazará los seres
que has dejado atrás, ahogado de nostalgias.

Cegado de soberbia advertirás entre visiones
que no volverás ya para corregir tus huellas
en la senda humilde que avecina a tus amores.

Y morirás como has visto: a mano de ladrones.
De ti no habrá ni un puñado de cenizas últimas,
en la vasta soledad de los enrojecidos arenales.

¡Insepulta la carcasa que fuiste en tus días
tu espíritu vagará ya lejos añorando nepentes
que se truequen en tu corazón por clepsidras!

Y rogarás en obscuros Tánatos al celeste Eneas
que por honor a los trabajos de los días de antes
pague al barquero su tesoro de monedas viejas.

No será, no obstante, pues la Sibila de Cumas
que acompaña a Eneas, te prometerá efemérides
que la tierna indiferencia del mundo, ya adivinas
celebrará para dar descanso a tus muchas muertes.

Nada aún comprendes ni conoces. Sobre los mares
sigue la macula del sol, desoye el canto de sirenas,
pues la hambruna de ese rumor de voces frágiles
será el patético consuelo musical de tus desgracias.


Sobre el autor

Arturo Hernández González es escritor, docente, traductor y poeta colombiano.

Es posible encontrar una parte de su obra en la Revista Humus de la Universidad La Serena (Chile), en la Revista Literaria Pluma y Tintero (España), en la Revista literaria La Caída de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia), en la Revista Demencia (Colombia-México), en la Revista Monolito (México), en la Revista Cronopio (Colombia), en el Periódico Las2Orillas (Colombia), en la Revista Gregario del Centro Internacional de Estudios Literarios (México), en la Revista Cinosargo (Chile), en la Revista Elipsis (Colombia) y en la Segunda Antología de Poesía de EdicionesDeLetras (2013).

Ha traducido al castellano a autores como el poeta búlgaro Stefan Tsanev, el poeta siciliano Ibn Hamdis, al Premio Nobel de Literatura (1981) Czeslaw Milosz y a los poetas checos Vladimir Holan y Vitezslav Nezval. Prologó el libro de poesía Identidad del poeta y periodista argentino Leandro Murciego, realizó la introducción a la edición bilingüe de El Cielo Ajedrez y el prólogo del libro Altar de Luz y Luna del poeta español Antonio Agudelo. Le han sido realizado numerosas entrevistas, destacando sus intervenciones en la Feria Internacional del Libro (Colombia, 2012), en la radio argentina para el programa Noche de Letras 2.0, en la radio estadounidense en Punto y Seguido Radio para el programa Debajo del Sombrero, en la Revista Cinco Centros (México) y en la Fundación Universitaria del Área Andina (Colombia, 2016).

Es autor de los libros Olor a Muerte, publicado en un compendio por la Red Distrital de Bibliotecas Públicas (Biblored, 2011; 2012) y Breviario de lo Incierto (2017). Fue honrado con el título honorario Embajador de la Palabra (Museo de la Palabra – Fundación Cesar Egido Serrano, España, 2014; 2018). Ganador del I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (2017). Es el Director de la Revista Internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto.

Acacio, bibliotecario, inventor de la nada (El décimo signo).

Relato

El silencio domina la tarde calurosa en el monasterio eutiquiano de Deir Mar Takla, a orillas del Éufrates, en un día del año que siglos más tarde será conocido como setecientos cuarenta después del natalicio de Jesús el Cristo.

Acacio es un hombre inteligente y lector ávido de los textos griegos y árabes que enriquecen la biblioteca a su cargo, lo que le ha conferido un merecido prestigio de hombre sabio y santo.

Pasó los últimos meses abstraído en una idea apasionante, sugerida por los libros, que lo sobresalta y emociona. Hace semanas que duerme poco y nada, descuida las oraciones, apenas come y se muestra distraído y ausente. Sólo esta mañana compartió su razonamiento con los otros diez monjes, mientras comían unos mendrugos de pan ácimo, y agitó la atmósfera tranquila y centenaria de los claustros ganados a la roca. La respuesta, tal como lo esperaba, ha sido de duda, en el mejor de los casos, y de escándalo en la mayoría. Sólo el abad se mantuvo callado y meditando las palabras del bibliotecario.

Ahora, en el tiempo quieto que sigue al mediodía, Acacio decide que una buena manera de ordenar sus pensamientos es ponerlos por escrito.

Está en su kalbbia y, por el ventanuco abierto en la piedra, mira sin ver el horizonte árido, más allá del río. En un gesto mecánico, con su mano, limpia el palimpsesto sobre el que va a trabajar. Hunde el kálamos en el recipiente con tinta —hecha por el hermano especiero con leño de espino, nuez de agalla, piedra negra, miel, vino y vitriolo azul—, escurre el sobrante y lo dirige a la superficie, detiene su mano en el aire durante un segundo, dudando, y finalmente escribe:

«¿Porqué, mi Señor y Dios, me es dado hacerme esta pregunta? ¿Es el Gran Enemigo quien quiere hacerme pecar dudando de Tu Sabiduría? ¿Me he dejado ganar por la soberbia? Si has querido que algunos conocimientos permanezcan vedados a los hombres, ¿porqué encuentro que mi reflexión no es equivocada?

He conocido el ingenio sutilísimo que poseen los sabios de la India, con el que superan a los demás pueblos en aritmética y geometría, el mismo que heredaron los infieles muslimes: un valioso método de calcular, que sobrepasa toda imaginación, de manera tal que parece cosa de magos o demonios; y que manifiestan mediante nueve signos, con los que pueden indicar cualquier grado de magnitud, desde Tu Unicidad hasta la cantidad total de días de la Eternidad».

Un carraspeo lo detiene. Acacio gira la cabeza y se encuentra con la figura diminuta y encorvada del abad que se recorta en la puerta baja de la kalbbia.

―Bendiciones, hermano bibliotecario.

―Bendiciones, hermano abad

Acacio baja la cabeza en señal de sumisión y, aunque sabe por qué su superior está allí, pregunta con cortesía:

―¿A qué debo el honor de tu visita?

―Seré franco y directo, hermano. El Señor me ha dado la gracia inmerecida de una inteligencia que me permite apreciar el trabajo de hombres eruditos, como es el caso de los hombres del Panyab o de Bendosabora; o el tuyo propio, querido hermano. Me gratifico y sorprendo con la grandeza de Dios que ha negado Su Persona a los infieles, y sin embargo los ha iluminado para que con nueve trazos convenientemente ubicados resuelvan lo que ha sido un esfuerzo extraordinario para los latinos y nuestros padres griegos. Y está bien que así sea: nueve lunas necesita la madre para traer un niño a la vida, Parménides dice que el nueve es el número de las cosas absolutas, Porfirio dice, en sus Enneádes: «he tenido la alegría de hallar el producto del número perfecto, por el nueve»; nueve son las órdenes de los ángeles, hay nueve clases de demonios y nueve piedras preciosas; nueve puertas permitían el acceso al K del Templo de Jerusalén; tres mundos hay―cielo, tierra e infierno— y en cada uno de ellos hay una tríada; por ello el nueve es el número que cierra el tercer ciclo a partir de la unidad, y con ello, la creación. Pero no entiendo, querido hermano, tu empecinamiento en decir que a los sabios que nos precedieron se les ha pasado algo por alto…

―Hermano abad, en mis meditaciones me he encontrado con cierta anomalía que es la raíz de mi desasosiego. Los Padres latinos enseñan que el Hijo de Dios volvió de entre los muertos al tercer día, y así lo aceptamos. Es nuestra fe que entregó su alma a la Misericordia del Hacedor el día viernes, que contamos como el primero; transcurrió el sábado, que es el segundo día, y resucitó para la Gloria del Padre y nuestra salvación eterna, el domingo, que contamos como el tercero. Sin embargo, tal forma de contar los días jamás me resultó clara y he dado con otra, que no hallo errónea: Jesús el Cristo murió a la hora nona del viernes. Y las horas transcurridas hasta la cuarta vigilia del domingo, cuando María de Magdala descubre el sepulcro vacío, hacen apenas un día y fracción; y no tres días como nos han enseñado nuestros Padres y profesamos en nuestro Símbolo de Fe, cuando decimos «Padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras». Ahora, hagamos el mismo razonamiento contando al revés: partiendo de la última vigilia del domingo hasta la última vigilia del sábado, contamos un día; pero la cantidad de horas desde la última vigilia del sábado a la hora nona del viernes, no hacen un día. Esto quiere decir —y esta es la clave de mi agonía― que hubo un tiempo en que no hubo días. Los nueve signos de la India no contemplan este dilema ¿es necesario un signo nuevo?

―Ni los hindúes, ni los muslimes mencionan nada acerca de este acertijo.

―Es verdad. Y sólo en Ptolomeo, en el sexto tomo de su Hè Megalè Syntaxis, he encontrado un símbolo al final de una cantidad para indicar un centenar; y no puedo saber si él llegó a la misma conclusión a la que he arribado, pues nada aclara sobre el tema, y si así fuera, su notación no ha sido utilizada otra vez.

―Pero Acacio, hermano; si tal signo existiese, debería ser un signo ideado por el maligno y contrario a la Voluntad del Señor.

―Eso me inquieta, hermano abad. Tal signo representa la ausencia de cantidad. Cuando deseo adicionar a cualquier cifra la ausencia de cantidad, el resultado es la misma cifra; en cambio, cuando intento usar la tabla de Pitágoras para hacer el producto, agregando a ella el signo de la ausencia; transformo cualquier cantidad en nada. cuando repetí innumerables veces e procedimiento no encuentro equivocación en mi razonamiento…

―¿Te das cuenta, hermano, de lo que propones? De existir tal signo, Acacio, sería arquetipo de la ausencia y paradigma de la nada. Tendríamos a mano el Poder del Señor para destruir mundos mediante un simple signo.

―Lo he visto. Y me asusta este descubrimiento. Ruego por que la Sabiduría de Dios me guíe y me indique el camino. ¿Qué debo hacer? ¿Dar a conocer mi descubrimiento a los sabios para que ellos también conozcan Su Poder y nos acerquemos a Él? ¿Debo ocultar lo que me ha sido permitido vislumbrar?

El Abad respeta la erudición de Acacio y lo admira; y no puede más que asombrarse de la lógica del razonamiento del santo. Él ha recorrido todo el Oriente defendiendo la doctrina de Eutiques en disputas cristológicas desde Nicea hasta Antioquía. Es un hombre capaz y sabe reconocer el poder inmenso que ha descubierto Acacio en el décimo signo. Y esto lo asusta más que los daimones, diábolos y espíritus impuros a los que ha vencido; más que Asmodai, Choronzon o .

Acacio, que aún no ha soltado el kálamos, baja su cabeza y cierra los ojos.

El abad, veterano de mil batallas contra el Indigno, se mueve rápido. Toma el instrumento de caña de la mano del monje y lo clava, con todas sus fuerzas, en la garganta del bibliotecario que no alcanza, siquiera, a sorprenderse. Minutos después, Acacio muere.

El Abad sabe que el peligro está aún latente: él mismo ha visto el fruto del Árbol del Conocimiento que le fue prohibido al Padre Adán y desea olvidar con toda la fuerza de su viejo corazón, pero entiende que no podrá hacerlo. Sabe, también, que en el futuro podría ser engañado por el Oscuro y persuadido a revelar el misterio. Entonces, toma el recipiente de tinta  y bebe el contenido de un trago. Se acuesta en el suelo caliente del pequeño cuarto. Reza en voz inaudible pidiendo perdón. El calor de la tarde que se alarga hacia la noche lo adormece. Recuerda la melodía de una vieja canción que le cantaba su madre; y, aunque se empeña, no consigue recordar la letra. Luego, los venenos de la tinta apagan todo para él también.

 


Sobre el autor

Daniel Frini nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Libros en Red, Buenos Aires, 2000 / Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) y “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio IX Certamen Internacional de Poesía (2011, España), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España).