El llanto de la madre por Ramón Patricio García Gebauer

Relato

El llanto de la madre

Lloro por mis hijos en la soledad de mi cueva. Lloro porque un salvaje los ha estado asesinando uno por uno. Lloro porque solo puedo hundirme en mi dolor y esperar lo peor.

Mi primer hijo en sucumbir a manos de ese asesino vivía tranquilamente en un bosque. Era grande y fuerte y temible; siempre quiso vivir en soledad, alejado de los hombres, y por eso podía ser algo agresivo con aquellos que se adentraban en su territorio. El salvaje lo atacó dentro de su propio hogar y asfixió a mi pobre hijo. Y no solo eso: el salvaje no estaba satisfecho con haber matado a mi hijo, no, tenía que llevarse un recuerdo de su atrocidad. Entonces desolló a mi hijo y desde entonces el salvaje usa su piel como vestidura.

Le siguió mi hija. Yo creí que estaría a salvo por vivir en un lejano lago y por mantener buenas relaciones con los pobladores (aunque de vez en cuando devoró una que otra oveja). Aquello no detuvo a ese monstruo, quien viajó hasta su lago para matarla. Mi hija se defendió y luchó ferozmente, pero al final el salvaje logró asesinarla, mutilando y quemando el cuerpo de mi querida hija. El salvaje siguió profanando el cuerpo, bañando sus flechas en la sangre de mi hija.

Me sentí aliviada al saber que mis otros hijos no vivían solos: ellos eran guardias, defendiendo la propiedad de seres imponentes y poderosos. Pensé que el criminal no intentaría robarle a aquellos seres temibles, pero me equivoqué. Uno de mis hijos protegía un rebaño, y el salvaje lo asesinó para robarse los animales. Otro de mis hijos custodiaba un jardín, y el salvaje, para robarse unas frutas, le dio muerte. Mis pobres hijos estaban cumpliendo con su deber, un deber que ellos ni siquiera eligieron, y aun así el salvaje no tuvo compasión con ellos.

Y ahora me he enterado que ese bastardo ha secuestrado a uno de mis hijos, uno de los pocos que aún viven. No entiendo cómo pudo hacer esto… Mi hijo es guardián de una tierra lejana a la que pocos mortales han podido ir y regresar sin daños… Mi hijo, pobre de mi hijo, ha de estar tan asustado ahora, y quién sabe lo que este monstruo piense hacerle…

Mi llanto ya no es de tristeza sino de ira, y las lágrimas me queman las mejillas al pensar en él: salvaje, asesino, monstruo, criminal, bastardo…  Y lo peor es que se cree un héroe. ¿Qué hay de heroico en atentar contra el que no te ha hecho ningún mal? ¿Qué hay de heroico en masacrar familias enteras? ¿Qué hay de heroico en hacer llorar a una madre? Te maldigo, te maldigo por arrebatarme a mis hijos, te maldigo, te maldigo a ti y a tu falso heroísmo, te maldigo, Heracles.


Sobre el autor

Ramón Patricio García Gebauer nació en México y es candidato del Bachillerato Internacional. Le ha interesado la literatura desde muy joven y recientemente ha decidido empezar a participar en convocatorias y concursos de escritura.


Imagen: Hércules y el Cancerbero – Francisco de Zurbarán

La leyenda del caballo Árabe por Ricardo Arasil

Poesía

La leyenda del caballo Árabe 

Patria del hombre badaui*,

hirviente, árida, yerma,

es duna de vientre gris

y alta columna de arena.

Es viento caliente y sur,

es cerno de la tormenta,

que remeda infiernos vivos

y hace voz ésta leyenda.

Y lloraba el hombre aquél

y su plegaria plantea,

el no tiene pastizales

ni aguadas, ni tristes melgas;

solo ve desolación,

todo es arena, no hay tierra

y en el oasis jadeante

tres efímeras palmeras.

Copia el hombre del paisaje

su forma de ser tan seca,

adusta, desde una piel

donde nunca hay primaveras.

Allí, el sol calcina vidas

y es la luna quien las lleva

al paraíso del agua

hacia el nirvana que espera

pleno en cebadas, trigales

y bendito de cosechas.

Y el buen Dios escucha el llanto

del beduino que ruega

y clama por un regalo,

que aliviane sus tristezas.

Su pueblo muere sin pan,

el agua le es casi ajena

y es de muerte la distancia

que el espejismo planea

hacia el verdor virginal

donde la vida es presea.

—No llores más, te daré

ese regalo al que apuestas.

Dios, llenó un puño de viento,

lo sopló para que pueda

alzar vuelo y dar color

a aquella pálida ofrenda.

Y la entregó al beduino

diciéndole aquí te llevas,

un coraje de león

con prestancia de gacela.

—Dará envidia a tu enemigo,

este regalo que aceptas.

—¡Plásmate viento del sur!

hazte una bestia serena,

porta la lealtad del perro,

lo veloz de la centella,

y saltando más que el gamo,

serás tigre en la pradera;

ojos de águila tus ojos

de mirada clara, enhiesta.

 Las arenas del desierto

inauguraron la escena

de esa estatua galopante

tan incansable y tan bella

que dominó en la región

desafiante y altanera;

gajo del viento del sur,

con ilusión de saeta.

Y lo llamaron caballo…

Fruto de viento y arena.

Desde Ismael a Mahoma,

de Islamabad a La Meca,

volaste sin tener alas

por pedregales y estepas,

la Cruz del Sur en tu crin

y enancada, ¡ésta leyenda!

*badaui = beduino


Sobre el autor

Ricardo Arasil. Nacido en Montevideo Uruguay el 13 de Diciembre de 1938. Cantautor que grabó para los sellos Orfeo y Sondor en Uruguay. Canciones de su autoría han sido interpretadas por otros artistas locales como Lágrima Ríos, Santiago Chalar, Pablo Estramín entre otros. Escritor premiado a nivel local y en Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, Puerto Rico y España tanto en Poesía como en Narrativa. Revistas literarias en México, Argentina, Colombia y España han publicado textos suyos.

Editó hasta el momento:

Galopando (Khosme, Poesía 2013)

Entres (Calameo Poesía 2014)

Diario de Trenza (AEDI, Narrativa 2016)

Versos sueltos (Khosme Poesía 2019)

5-7-5   (Khosme Poesía 2020)


Imagen: Los árabes a caballo – José Navarro Llorens.

Canto a las profundidades por Ivón José Blanco Pérez

Poesía

Canto a las profundidades 

Francisco de la Vega,

en un alarde de prudencia exclamó:

¡Cuidadosos debemos obrar

de nuestro afecto hacia

las profundidades!

Las sirenas aclaman nuestros

más sinceros defectos.

Conceden lágrimas a los que

suplican por permanecer allí abajo,

ocultos entre la maleza.

Susurran relatos de botines y fortunas

que custodian cuerpos sin vida

de usureros y codiciosos.

¡Tan real es la muerte como

el reflejo del oro libertino!

Los cantos malditos resuenan

en las columnas de la ciudadela.

Hogar de criaturas que parecen

no temer el silencio.

En el interior del gran salón,

la densa niebla recubre

el cabello húmedo de la lujuria.

El hombre, yace dormido

en aguas turbias.

En su delirio, habla de sirenas,

de tesoros y naufragios.

Allí abajo, reposan las

interminables villas del reino perdido.

Esculturas de héroes y dioses

parecen expresar su valentía,

Descuidan la inmensidad del océano.

Lugares donde el ser humano

y la luz no alcanzan.

¡Que rincón tan tenebroso es capaz

de conservar semejante belleza!

¡Que soberbia la de aquellos atlantes,

que por orden de Zeus

despreciaron a Galatea!

Y  sin embargo, grabaron

su nombre en la eternidad

de los mares.


Sobre la autora

Ivón José Blanco Pérez nació en Noya, (España) el 6 de Mayo de 1994. Desde la niñez ha vivido en el pueblo perteneciente a la provincia de La Coruña. Ha cursado el Bachillerato de Humanidades y ciencias sociales en el IES Campo de San Alberto (Noia), y el Grado de Sociología en la Universidad de la Coruña.  A los 26 años ingresó, a través de concurso de oposición,  como personal fijo de Correos en la ciudad de Barcelona. Actualmente reside en San Vicent dels Horts (Barcelona).

Imagen: Hylas and the Nymphs – John William Waterhouse.

Lo que el fuego borrará y El Aleph, dos poemas de Isbel González González

Poesía

Lo que el fuego borrará 

Canta, oh diosa, con tu voz más grave,

lo que olvidan los hombres, lo que el fuego

borrará y las palabras de aquel ciego

poeta dejarán al olvido. Suave

es la brisa del Euro entre las grietas

del corcel. Densa la luz, la ciudad

duerme. No soy Ulises, ni deidad

alguna me protege de las quietas

aguas de la Estigia. Amo en secreto

a Helena, mas, no soy Paris, ni el fuerte

Menelao, tan solo el más discreto

aqueo, bajo antiquísimas leyes;

esperando morir todas las muertes

dictadas por los dioses y los reyes.


El Aleph

…y vi la sombra muda del destino,

los límites dispersos, la osamenta

de ancestrales guerreros, lo que cuenta

el oráculo en Delfos, pergaminos

en las ruinas de Tebas. Vi caminos

y torpes caravanas en su lenta

procesión hacia Roma. Vi la afrenta

a una esclava en decúbito supino.

Todo esto sé; del Alfa y de la Omega,

del eterno retorno. Todo he visto:

el miedo y la moneda, Judas, Cristo

y a Pedro que nos ama y que nos niega.

Más, nunca divisé cómo se llega

al tiempo y dimensión donde ahora existo.


Sobre el autor

Isbel G, Guayos, Cuba 1976. Poeta, narrador y ensayista. Entre otros premios ha recibido: Semana Negra 2006 de Gijón. La Casa por la ventana 2013 de E.U. XXXIII Certamen de Poesía Federico García Lorca, Barcelona 2014. Heptagrama de Poesía 2014, Perú. La Palabra de mi Voz, Miami 2015. Deslinde 2020, Madrid. Tiene publicados La insoportable liviandad del ser o manual para cazar un homo sapiens (poesía, Ediciones Luminaria, Cuba 2008, Publicaciones Entre Líneas, Miami 2016), Los güijes del arco iris (infantil, Gente Nueva, Cuba 2008), Palabra Irreverente de otros cuerpos (epigramas, LHF, Washington 2013, Old Lane Edition, Liverpool 2014 y La Ovejita Ebook, New York 2015), Wostok (novela, Ediciones Luminaria, Cuba 2015 y Editorial Negráfica, Chile 2020), Guayos A.P. (poesía, Ediciones Unión, Cuba 2015), El tamaño de los perros (cuento, IDUNA, Miami 2016), La fórmula de Drake (cuentos, Ediciones Deslinde, Madrid 2020), y Cúmulos Nimbos (poesía, Editorial Primigenios, Miami 2020).

Imagen: The Burning of the Houses of Parliament, autor desconocido.

El Septentrión por Jia Kim

Relato

El Septentrión

Mi madre me contó alguna vez que los jóvenes que mueren de mal de amores a una temprana edad se convierten en septentriones, espíritus del viento que recorren la tierra siempre hacia adelante, besando con sus alas de nieve las bellas flores primaverales y posando sus gélidos labios sobre las mejillas de aquellos que esperan en vano a sus seres queridos, quienes ya no volverán.

Mi madre murió en invierno. Para aquel entonces yo llevaba cuatro años fuera de mi Perusia natal, luchando contra los romanos en una consecutiva guerra samnita, yendo de un lado a otro, donde se me necesitara, siempre preservando la paz en nombre de Laran. De todos los dioses era a él al que le rezaba más, no por amor a las contiendas sino, al contrario, porque él siempre luchaba por el amor de la alada Turan, la dama más hermosa de los cielos. Yo también tenía el corazón desbordado con la imagen de mi Arunthia. Mientras estaba de campaña podía prescindir de la comida sí esta se agotaba o del descanso, pero no había ni un día en el que no pensara en ella. Era todo lo que necesitaba para seguir respirando y cuando nos vimos por última vez juré a su familia y a la mía, y a cada dios que estaba siendo testigo de aquella velada, que volvería sin demora y uniríamos nuestras vidas y destinos para siempre. Tan solo le pedí que me aguardara.

Sin embargo, no pude cumplir nunca mi promesa, pues me hirieron gravemente en la orilla del lago Vadimón, en donde perecí al cabo de un tiempo. Un legionario me hirió en el abdomen y allí me quedé, maldiciendo a aquel romano, de cuyo rostro no me acordaré nunca. Puede que la herida no fuera tan grande como mi culpa. Estaba tumbado cerca del agua, carmín de tantos cuerpos que flotaban en ella, y no podía deshacerme del sentimiento de haberme convertido en un hombre que falta a su palabra. No podía entregar mi alma a Eita y bajar a su reino sombrío, no sin cumplir antes mi promesa.

Me acordé, en última instancia, del canto a Turan que entonaban mis hermanas. Le pedí, con los ojos ardiendo de dolor que me convirtiera en viento, y así algún día podría regresar a la tierra desde el norte y quedarme para siempre al lado de Arunthia. La benévola diosa me permitió morir de la forma de la que más ansiaba: por amor y no por la guerra. Se posó radiante ante mí, más clara que el sol, tapando el cielo con sus alas y extendiéndome su mano me dijo: levántate. Yo me alcé y me dijo vuela y yo volé. Ligero me vi de todas las cadenas del mundo. Al cielo me elevé en forma de humo y abracé la extensión del universo con mi nueva forma celeste.

Ahora sobrevuelo la tierra todos los días con mis hermanos septentriones, alentando los valles y las praderas con nuestra presencia, pero azotando el corazón de las personas que esperan noticias mejores. Al principio me quedaba junto a ellos para consolarles, aunque con el tiempo vi que mi presencia fría solo les afligía más. Mi conmiseración era inútil. Sé que la diosa me hizo inmortal como ella, atado por el resto de la eternidad a la ardua tarea de traer noticias sombrías, porque vio en mí la sinceridad de nuestro amor. He visto cada rincón del mundo y toda su fealdad. He presenciado pestes, hambre, odio, guerras que arrebataban sollozos hasta a los señores de los dos mundos. Y eso ha petrificado mi corazón, que no siente más ese dolor ajeno, pero no por ello dejaré de buscar a mi amada. Estoy seguro de que está allí, en algún lado, esperándome para regalarme una de sus sonrisas que me arrebatan el aliento, recogiendo flores silvestres que crecen en los campos y trenzándolas en su corona. Lo sé, sé que algún día la encontraré.


Sobre la autora

Jia Kim. Escritora y poetisa de origen eslavo. Sus relatos breves Cassandra y Su amor no tenía remedio fueron respectivamente galardonados en la segunda y tercera edición de Premis Ballein: llança’t a escriure. Asimismo, su poema Memoria ha sido publicado en la cuarta edición de la Revista Alborismos. Actualmente estudia cinematografía en Cataluña para ser guionista.


Imagen: Combat de Romains et de Gaulois, Évariste Vital Luminais

El arúspice y la soñadora por Maximiliano Sacristán

Relato

El arúspice y la soñadora

Le tocó vivir en una época desencantada, donde la fantasía brillaba por su ausencia. No obstante, supo darles un uso práctico a sus virtudes adivinatorias. Déjenme que les cuente.

Don Antonio Valerio era el carnicero del vecindario de mi infancia, un comerciante más, atento a las minucias de la supervivencia pequeñoburguesa. Regordete y de cara bonachona (tal vez por sus mofletes), este cincuentón, hijo de inmigrantes italianos como tantos de por aquí, atendía su negocio de nueve a veinte, siempre redituable en un país lleno de vacunos y habitantes carnívoros. Visto desde la calle, la carnicería Espurina no parecía guardar ningún secreto, salvo ese nombre extraño para el común de los mortales. Pero para unos pocos elegidos, don Antonio se destacaba por dos cualidades más: era arúspice y “levantador” de quiniela clandestina.

A mi abuela Amelia le gustaba apostar, y su única distracción de jubilada era la de jugarse un numerito en sintonía con la interpretación de su sueño más reciente. Aquel chico que fui supo ser el confidente de su teatro onírico, y aún recuerdo un listado pegado en la puerta del refrigerador que desplegaba su simbología popular para los cien números de la lotería, o mejor dicho para su terminación de dos dígitos. Lejos de lo esotérico, esta numerología que iba del 00 al 99 era de vox populi: El veintidós, por ejemplo, representaba al loco; el cuarenta y ocho, al muerto que habla; el sesenta y dos, a la inundación… Abuela despertaba y me llamaba desde su cuarto, antes de que el sueño se diluyera en las urgencias de la vigilia. Doña Amelia, también hija de inmigrantes italianos, le confesaba a su nieto cosas como: “Anoche soñé que volvía a la escuela y tenía piojos. La maestra me retaba porque yo me rascaba la cabeza a cuatro manos. Andá a ver la lista”. Yo corría a consultarla y si encontraba alguna coincidencia regresaba al dormitorio con la noticia: “Los piojos es el ochenta y siete”. Sin darse cuenta, el nieto que fui hacía las veces de intermediario oracular.

En esos días de revelaciones oníricas, abuela se levantaba con una energía especial, porque sabía que cuando saliera a hacer las compras para el almuerzo pasaría por la carnicería para ilusionarse con una modesta apuesta. Y esa noche nos quedaríamos despiertos hasta tarde escuchando la radio: la transmisión en directo desde la sede de la Lotería nacional nos informaría si el sueño de la abuela había sido premonitorio. No siempre el oráculo adherido al refrigerador era generoso con sus respuestas.

Pero si doña Amelia no recordaba haber soñado y aún así quería despuntar su vicio de apostadora, había que recurrir a los servicios de don Antonio. Porque para su séquito de unos pocos cofrades, este comerciante se hacía llamar Spurinna, como el famoso adivino romano, y aseguraba ser descendiente de la gens etrusca. De sus lejanos antepasados tribales había heredado el poder de predecir el futuro leyendo las reses que él mismo despostaba. Estaba en su sangre, y sus clientes especiales, los apostadores, aseguraban que sus sugerencias casi nunca fallaban:

―Juéguele al treinta y dos sin temor ―recuerdo haberle escuchado decir a mi abuela, mientras el carnicero cortaba a cuchillo filetes de bola de lomo para las milanesas del almuerzo. Visto en contrapicado (yo tendría unos ocho años de edad) todavía recuerdo sus manazas rebanando la carne vacuna con gran parsimonia. Y entre feta y feta, demorarse observando bien de cerca el misterio en la trama de lo que hasta hacía unos días habían sido las entrañas de un rumiante que pastaba parsimonioso por la llanura pampeana.

Tal era su “servicio”, si los sueños freudianos no se comedían a señalar el futuro en forma de guarismo. Luego don Antonio cobraba por partida doble: por la carne vendida y por su servicio de augur. Total, si su cliente (y connivente apostador) ganaba a la quiniela, el que pagaba el premio no era él sino su jefe, el “capomafia” del juego clandestino que organizaba la actividad en el barrio. Como “levantador” de apuestas, el inocente carnicero ganaba su comisión sin revelarle a sus “colegas” sobre estas destrezas proféticas que lo convertían en el “asesor” más buscado por los tahúres del barrio. No obstante, yo creo que el comerciante hacía lo que hacía no por el dinero extra, sino porque en verdad sentía poseer los genes proféticos de los adivinos de Etruria. Mi abuela, puedo dar fe de ello, ganaba bastante seguido, aunque sus ganancias no sumaban mucho a su devaluada jubilación pues la soñadora no confiaba en su suerte y siempre apostaba “a los premios”, es decir del segundo al vigésimo puesto: tenía más chances, pero el premio era mucho menor que acertarle “a la cabeza”.

Mercader habilidoso y operador de apuestas famoso, así podríamos retratar a don Antonio por el lado de afuera. No obstante, un puñado de íntimos sabía que en ese comercio cuyo nombre sonaba a sustancia de su enemigo declarado, la dietética, había algo de sagrado. Una sacralidad profana, si vale el oxímoron, una magia menor diluida con el barro de la cotidianidad más pedestre y en un tiempo de banalidades al por mayor… Pese a todo, una partícula del arcano aún titilaba en ese reducto como el púlsar de una galaxia distante. Y nuestro anacrónico vate, con su delantal blanco maculado de sangre seca, auguraba en el rojo comestible la suerte de sus creyentes. Como corolario diremos que la clausura de la carnicería del “Tano” Valerio no tuvo nada de sobrenatural. Su éxito como “levantador” de apuestas ilegales le ganó el encono de sus “colegas”, y una denuncia anónima a las autoridades llevaron a los investigadores policiales a allanar el local. En un cajón brilloso de grasa vacuna los pesquisas encontraron la evidencia que necesitaban: una libreta con anotaciones manuscritas donde se encolumnaban apodos, montos y fechas (abuela habitaría esa lista). Y el arúspice de entrecasa fue detenido no por traficar con la magia de un pasado añorado, no por aportarle algo de sal a un tiempo desabrido; sino por cometer un delito mucho más terrenal: el de burlarle el monopolio de las apuestas “oficiales” al poder de turno.


Sobre el autor

Maximiliano Sacristán nació en Buenos Aires en 1974. Publicó la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, Literaturas.com Libros, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento breve organizado por la Asociación cultural “El Coloquio de los perros” de Montilla, España.

En 2017 recibió el primer premio del Quinto Certamen de relato corto “Tabarca Cultural” de Murcia y el segundo premio de cuento del Tercer concurso organizado por la Asociación cultural Letras Cascabeleras (Cáceres, España) por el volumen “Tripalium”.

En 2018 ganó el primer premio del concurso de poesía “Mujer y madre” organizado por la Asociación de Escritores de Asturias (España).

En 2020 obtuvo el Primer premio de cuento de la XVIII edición del Certamen de Poesía y Cuento de humor Jara Carrillo (Murcia, España). Asimismo, se alzó con el Primer premio de relatos “Escribir en tiempos de pandemia” organizado por la Universidad de Avellaneda (Argentina).


Imagen: Dice-players and a bird-seller gathered around a stone slab – Master of the Gamblers

La leyenda de El Dorado por Ramon González Reverter

Relato

La leyenda de El Dorado

Cientos de miembros de una tribu del altiplano se reunieron a orillas del lago sagrado. Un murmullo recorrió la multitud mientras se realizaba la solemne ceremonia. El jefe fue despojado de sus vestiduras por varios ayudantes, embadurnado de arcilla y se le roció con polvo de oro hasta convertirlo en El Dorado. Luego fue conducido hasta una balsa, donde se le unieron otros caciques. Después de ser cuidadosamente cargada con ofrendas de oro y esmeraldas, se empujó la balsa hacia el lago Guatavita. Los cantos y la música reverberaron desde las cumbres vecinas conforme el ritual llegaba a su apogeo. Entonces se hizo el silencio más absoluto. Los caciques arrojaron las ofrendas a la laguna y luego el jefe se sumergió, surgiendo entre las aguas con el cuerpo limpio de su capa áurea. La música se reanudó hasta llegar a un nuevo crescendo en aquel remoto lago, oculto entre los valles cercanos. Ya fuese un hecho real o un simple mito, esa historia caló hondo entre los ávidos conquistadores. El Dorado entró en los anales del Nuevo Mundo y con el tiempo pasó de ser la leyenda de un rito tradicional al objetivo de los buscadores de tesoros.

Verano del 1534.

Una fila de soldados españoles encabezados por el capitán Diego Quesada se aventuró en el infinito verdor de la selva tropical del este, más allá de la cordillera andina. Cuanto más se adentraban, más densa se volvía la jungla en un entramado natural de troncos, lianas y enredaderas que crecían hasta ocultar el sol. A duras penas conseguían abrirse paso entre el follaje, por lo que aprovechaban las trochas seguidas desde antiguo por los animales para ir desde sus guaridas hasta los arroyos cercanos. Los recios soldados, embutidos en sus armaduras de metal, avanzaban en silencio, sufriendo con estoicismo el intenso calor y las picaduras de mosquitos. De vez en cuando el oficial hacía un alto para permitir un descanso a la maltrecha tropa y reponer fuerzas bebiendo y comiendo un poco de carne seca. Su determinación era inflexible. El propio Francisco Pizarro le había ordenado encarecidamente que localizara El Dorado aunque tuviera que recurrir a la violencia para conseguirlo.

La expedición, tras partir de las montañas peruanas, hacía más de un mes que padecía el infierno de la selva. Hasta que un día llegaron a un valle más abierto con flores exóticas y el sol luciendo sobre la foresta. Allí se encontraron con los muiscas, una primitiva tribu de indígenas armados con arcos y cerbatanas que arrojaban dardos venenosos. En un principio los nativos se acercaron con temor y respeto, pero el capitán Quesada supo ganarse su confianza entregándoles cuentas de vidrio y otras fruslerías. El trato cordial hizo surgir a las mujeres y niños de la aldea que permanecían ocultos. Los recién llegados fueron acogidos como amigos. El oficial quería confraternizar con los indios para arrancarles el secreto que escondían sus tierras. La armonía duró apenas una semana, pero durante ese período ambos pueblos convivieron en paz. Pasaban las horas aprendiendo unos de otros, ayudándose mutuamente y regodeándose con los presentes intercambiados. Si bien los nativos les ofrecían cuencos de arroz con trozos de cerdo, a cambio ellos les cedían espejos que hacían las delicias de grandes y pequeños, pero sobre todo de las mujeres del poblado. Siguieron aguardando y los aborígenes pronto empezaron a fiarse de los españoles y a mostrarles pequeños objetos de oro, que con cautela y esmero habían ocultado al principio. Aparecieron brazaletes, collares, figuras de culto y saquitos de cuero que algunos llevaban alrededor del cuello. Quesada intuía que pronto aquella jovial tribu compartiría con ellos la ubicación de la fuente de sus riquezas, sin verse obligado a ordenar un cruel derramamiento de sangre. No obstante, también intuía que la codicia de sus hombres desataría los problemas.

Un soldado de naturaleza brutal, que se había unido a la expedición para escapar del castigo por haber asesinado a una inocente chiquilla inca, ciego de ambición, una noche intentó embriagar a un anciano y dado que rehusaba explicar nada acerca de sus tesoros, acabó torturándolo. Cuando los miembros de la tribu descubrieron el cuerpo destrozado del viejo, atacaron a la adormilada tropa con saña y sin previo aviso. El asalto fue tan letal que los españoles perdieron una docena de soldados y la mayor parte de las armas de fuego. Los supervivientes se reagruparon en la espesura y se internaron en la floresta tratando de ocultarse. Se detuvieron a varias leguas junto a una laguna alimentada por un afluente del Amazonas. En aquella improvisada zona de reposo, el capitán Quesada se quitó el casco y se enjugó el sudor de la cara mientras se preguntaba si hacer frente a los indios o huir por el verde infinito de la selva tropical.

No podía imaginar hasta dónde llegaba la sandez de ciertos hombres que actúan movidos por la codicia. El atisbo de culpabilidad quedó enterrado bajo preocupaciones mucho más acuciantes. Aunque le atormentaba, ya no había vuelta atrás. Por mucho que le pesara, necesitaba a aquel bastardo para salir airoso del apuro. Ya ajustarían cuentas más tarde. Su despropósito había desencadenado la batalla contra los lugareños y su posterior huida por la jungla.

De pronto cesaron todos los ruidos de la noche, como si la selva hubiera enmudecido por arte de magia. Se oyó un chapoteo en las oscuras aguas de la laguna seguido por gritos de terror y varios disparos de pistola. El rugido fue similar al clamor de un demonio furibundo salido de una pesadilla. El bramido reverberó en la oscuridad y experimentaron un escalofrío que les heló la sangre y se llevarían hasta la tumba. De repente los gritos se cesaron con la misma velocidad con la que se habían producido. Los centinelas. Enseguida la noche recuperó su habitual sosiego. Poco después una ominosa figura emergió de las profundidades. Una criatura anfibia surgida del infierno acuático. Los escasos supervivientes contemplaban aterrorizados la laguna. La bestia rebasaba los dos metros y medio de altura, tenía el cuerpo recubierto de escamas, en el cuello poseía agallas y por la espalda corría una larga fila de espinas quitinosas. Sus poderosos brazos terminaban en manos palmeadas con dedos acabados en garras de veinte centímetros. Unas largas aletas surgían de sus brazos y unían sus tobillos a los pies. Dos grandes ojos destacaban en un rostro de tonalidad cenicienta. Aquel leviatán había aparecido entre las aguas iniciando un feroz asalto mutilando y segando vidas. El capitán Quesada reaccionó ordenando reanudar la partida hacia el oeste y abandonar aquel maldito lugar para siempre.

Un poco después, justo cuando emprendían el marcha, la noche estalló a su alrededor. En esa ocasión, la sanguinaria alimaña no los atacó desde el agua, sino desde la floresta. La oscuridad fue su aliada. El infierno se desató sobre los hombres apostados en la orilla. La escaramuza fue encarnizada. La criatura agarró al soldado que tenía más cerca, lo alzó en vilo y lo arrojó sobre los restantes miembros de la expedición como si fuera un muñeco de tela. Los españoles gritaban a medida que eran desgarrados por la enfurecida bestia. Otro hombre murió cuando las poderosas zarpas le rasgaron la cara y le atravesaron el peto. Las espadas refulgieron y sonaron varios tiros, quizás acertando a la fiera. Sin embargo el monstruo no se detuvo, sino que emitió un alarido de furia y redobló la brutalidad de su ataque. Los curtidos soldados caían como espigas de trigo segadas por una guadaña gigante. A raíz de la inusitada velocidad y violencia empleada, aquel espécimen del averno se comportaba como si fuera el guardián de aquel edén. Con ágiles movimientos Quesada desató las correas que ceñían la armadura y se la quitó para poder huir sin impedimento alguno, esperando que aquel demonio justiciero no fuera tras él. Emprendió una loca carrera por la jungla mientras oía el lamento de los moribundos. Achacaba sus males a lo que habían hecho a los muiscas. Consciente de su culpabilidad, rogaba por el perdón de sus pecados. Pasaron unos minutos hasta que se detuvo jadeante para recobrar el resuello. Agazapado pudo atisbar el leve fulgor del destrozado campamento junto a la laguna. Sentía un miedo atávico que le recorría las venas. Luego se escabulló en la espesura de la selva.

Dos meses después, el capitán Diego Quesada, único superviviente del grupo, llegó a la civilización. Estaba agotado, famélico y enfermo. Mientras examinaba sus heridas y atendía sus dolencias, un capellán escuchó su absurdo relato acerca del ataque de una diabólica criatura a la tropa y lo atribuyó a delirios de alguien que había perdido el juicio debido a las penalidades sufridas. Jadeando por el dolor y el cansancio, el agonizante oficial le confesó el secreto de la expedición y le confió una gruesa pepita de oro y un cuaderno de notas con un mapa del tesoro. Al límite de sus fuerzas, Quesada reclamó la extremaunción y murió. El cura se santiguó y creyendo que obraba según la voluntad del Señor, pues abrigaba la esperanza que no despertasen de nuevo la codicia de los exploradores, optó por esconder las pruebas evitando así masacres de indios como la de Cajamarca, perpetrada el año anterior por Pizarro y sus secuaces. Su misión consistiría en refrenar el afán de saqueo de los aventureros españoles por la avaricia que arraigaba en sus corazones. Aquellos objetos del legendario tesoro jamás volverían a ver la luz. Encubriría aquel asunto con un velo de silencio para impedir la infamia que se cebaba con los nativos desde la llegada de los conquistadores y dejaría que el mito de El Dorado cayera en el olvido. Nacería así uno de los grandes misterios del Nuevo Mundo con el fin de preservar aquel paraíso de la ambición de los hombres.


Sobre el autor

Ramon González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.

La novena ola por Marta Mariño Mexuto

Relato

La novena ola

La encontró muy temprano, cuando todavía no había amanecido del todo, en uno de sus paseos por las calas del acantilado, que quedaban al descubierto con la marea baja. Estaba tendida boca abajo en la arena húmeda y compacta de la orilla, y las olas rozaban sus pies. Sobre sus piernas aún quedaba alguna mota plateada. Cuando la cogió, ella entreabrió los ojos y movió los labios, pero de ellos no salió ningún sonido: todavía se encontraba demasiado débil. El cabello de la joven se enredaba en sus brazos como algas oscuras y viscosas. Le sorprendió la ligereza de su cuerpo, que le hizo pensar que sus huesos eran, en realidad, delicadas espinas. Al sentir su respiración, le pareció tan frágil como un pez recién pescado, todavía palpitante.

Los pescadores que acudían al trabajo cuando la luna aún no se había retirado vieron al marqués llevando en brazos a una mujer desnuda, en dirección al castillo, y no les fue difícil intuir lo que había ocurrido. No es que sucediera con frecuencia, pero todos habían oído alguna vez historias parecidas de boca de sus padres o abuelos, y esta vez había sido él el que la había encontrado. Les resultaba algo cómico, ya que el marqués tenía tal fama de ermitaño que, de haber sido preguntado antes, cualquiera diría que, si encontrara una de ellas, la hubiera dejado yaciendo en la playa sin mirarla siquiera.

No obstante, la recogió, y se la llevó al castillo, apenas merecedor de ese nombre, donde vivía solo, con un único criado anciano que llevaba toda la vida sirviendo a la familia y que a duras penas podía administrar una propiedad de tal tamaño. Pero el marqués quiso ocuparse personalmente de ella: la instaló en la mejor habitación y la dejó acostada, a la espera de que se recuperara. Cuando lo hizo, se asustó al verse en un lugar desconocido y, además, encerrada. Estaba bastante alterada y se negó a ponerse el vestido que el marqués le había dejado junto a la cama, por lo que éste se vio obligado a llamar a su criado para, entre los dos, vestirla a la fuerza. Él, cuya voz hasta entonces era siempre ronca, ya que podía permanecer semanas enteras sin dirigirle la palabra a nadie, le hablaba a la recién llegada con una afabilidad y delicadeza insólitas en su persona. La única palabra que pronunció fue “Nei”, cuando se le preguntó por su nombre, de modo que así fue como la llamó a partir de ese momento. No llegó a saber si ella le comprendía o no, porque nunca le contestaba, por más que se esforzaba por hacérsele agradable. Nei se limitaba a mirarle con sus grandes ojos acuosos, sin parpadear; pero de vez en cuando sus labios se curvaban en una sonrisa enigmática, que asombraba al marqués, que no sabía si considerarlo un leve gesto irónico, muestra de que comprendía más de lo que aparentaba, o solamente una mueca involuntaria, como las de los que han perdido el juicio. A pesar de los múltiples baños, su cuerpo seguía oliendo a sal.

Pasado el desasosiego de los primeros días, la existencia de Nei en el castillo se hizo más tranquila. Se limitaba a permanecer sentada mirando a su alrededor con desgano, como si ese nuevo escenario que ella se había imaginado más interesante hubiera acabado decepcionándola. Al principio, pasaba largas horas peinando sus largos cabellos en actitud ausente con un peine de marfil, lo único que utilizaba de todos los artículos que su anfitrión le había proporcionado. Poco a poco, fue pasando cada vez más tiempo frente a una de las ventanas de la mansión, que daba directamente al acantilado. Permanecía allí ajena a lo demás, con la vista clavada en el mar. Sus días favoritos eran aquellos en los que se desataban tormentas que cubrían el cielo de nubes densas y oscuras, y el sonido del mar agitado se unía al silbido constante del viento. Si además se oían los truenos, era el espectáculo perfecto. La mirada de Nei denotaba su deseo de hallarse en el medio de la tempestad, y su leve sonrisa recordaba a la de una de esas antiguas esculturas de diosas griegas de cuya alegría se desconocen las razones.

Ante el ansia que manifestaba Nei por salir de los muros del castillo, el marqués no pudo evitar mostrarse conmovido, porque parecía un animal enjaulado, que languidece contemplando el exterior. Así que le permitió dar breves paseos, siempre bajo su supervisión, generalmente al alba o al crepúsculo para evitar ser vistos.

Un día se desató una tormenta colosal. Durante toda la jornada el cielo había estado cubierto por un denso manto de nubes, que había oscurecido la tierra como si el sol nunca hubiera salido. Finalmente, empezó a llover por la tarde. Las olas se fueron haciendo más grandes a medida que avanzaba el tiempo; mientras los pescadores, que contemplaban el mar desde sus casas, juraban por la memoria de sus antepasados, quienes jamás habían visto olas de tamaño semejante, y que era imposible que aumentaran, éstas seguían haciéndose más fuertes. Los rayos rompían la oscuridad del cielo y las gaviotas, incapaces de luchar contra el viento, se arrastraban rodando por la arena.

En el castillo, los muros no servían en absoluto para silenciar el ruido constante del viento y de los truenos: cada uno que sonaba retumbaba de manera tremenda, y hacía parecer que las enormes vigas de madera que sujetaban el edificio se desmoronaban. Nei, frente al alféizar de su ventana favorita, manifestaba su nerviosismo arrancando y retorciendo entre sus manos mechones de cabello. El marqués, para evitar que continuara haciéndolo, la agarró del brazo con cierta brusquedad. En ese momento, se dio cuenta de lo imprudente de su acción, porque no sabía cómo iba a reaccionar la joven. Pero ella no se mostró violenta, sino que miró a la ventana y después a él con una expresión de ruego y a la vez, de fiereza, que hacía innecesarias las palabras. Él no tuvo más remedio que soltarla y dejarla ir, aunque la vigilaría desde la ventana.

La vio frente al acantilado, empapada por la lluvia. Con su vestido blanco destacando en medio del entorno grisáceo, se asemejaba a una aparición de otro mundo. El viento hacía volar el pelo a su alrededor como si tuviera vida propia; a veces los rizos se enredaban alrededor de su cuello con fines perversos. El marqués advirtió que Nei movía los labios y tenía la vista fija en las olas, pero le resultaba imposible distinguir palabra alguna. Las olas llegaban ahora incluso a salpicar el acantilado, cuando normalmente rompían varios metros abajo. La primera ola mojó a Nei y la hizo retroceder, pero mientras la tercera golpeaba las rocas, se fue acercando hasta el mismo borde del precipicio. Al tiempo que estallaban la cuarta y la quinta, el marqués volvió a fijarse en que la joven parecía decir algo y un incontenible temor se apoderó de él. Cuando, con la novena ola, la vio arrojarse al abismo con una leve sonrisa en los labios, se dio cuenta del error que había cometido al consentir que saliese.

Desde que desapareció aquella joven desconocida, el marqués no volvió al castillo, ni su viejo criado intentó que lo hiciera, porque sabía que sería imposible. Se pasaba los días junto al acantilado, dormía a la intemperie y no miraba hacia otro sitio que no fuera el mar. Llevaba ropas harapientas y el cabello enmarañado; nadie se atrevía a hablarle, pero él estaba continuamente farfullando palabras ininteligibles y contando con los dedos. De vez en cuando se enfadaba y tiraba alguna piedra al mar, pero enseguida reanudaba sus cálculos de manera obsesiva. Se decía que pasaba todo el tiempo enumerando las olas, esperando a que llegase la novena y pudiera reencontrarse con la criatura que una vez encontró varada en la playa.


Sobre la autora

Marta Mariño Mexuto es graduada en Estudios Clásicos por la Universidad de Valladolid, Máster en Literatura Hispanoamericana, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca, y Máster en Formación de Profesorado de Educación Secundaria por la Universidad de A Coruña. Actualmente, se encuentra finalizando su tesis en la Universidad de Santiago de Compostela, y cuenta con varias publicaciones de carácter académico, además del libro de relatos La mano fría (Charleston, SC, Amazon, 2016, ISBN: 9781519310132).


Imagen: The Land Baby – John Collier

Élafos por Penélope Gamboa Barahona

Relato

Élafos

Acteón se escondió tras un árbol, sacó su cabeza y arrojó la jabalina. El ciervo que sus perros tenían acorralado, un macho de cornamenta fabulosa, profirió un chillido y cayó muerto sobre el césped.

Quirón se acercó a su discípulo, sonriendo alegremente.

―¡Enhorabuena, joven Acteón, ha cazado un animal magnífico!

―Artemisa ha sido benévola conmigo, maestro.

Los perros rodearon el cadáver del ciervo y abrieron sus hocicos salivosos. Acteón los espantó con un grito, se echó el cadáver al hombro y tomó el camino de regreso a Tebas. “Este ciervo no formará parte de los festines de mi padre o de mis perros”, se dijo a sí mismo, “lo ofrendaré a la diosa, de este modo ella verá que no soy ningún desagradecido.”

Aristeo lo reprendió en las afueras del templo.

―Es tiempo de que dejes la caza, hijo mío, me estoy haciendo viejo y muy pronto tendrás que hacerte cargo de este templo en mi lugar. Cambia las flechas por la túnica sacerdotal.

―¡Extrañas palabras salen de tu boca, padre! ¿No fuiste tú uno de los mejores cazadores de Beocia? ¿No fue la abuela Cirene la misma que despreció las artes de su sexo y prefirió dedicarse a pasear por los bosques con su jabalina? La caza está en mi sangre, forma parte de mi linaje y me siento orgulloso de ella.

―No te vanaglories de tu herencia, no sabes cuándo te tocará a ti ser la presa en vez del cazador.

Acteón ignoró las palabras de su padre y se sentó a limpiar su jabalina, tarareando en voz baja una canción antigua. Melampo, el más fiel de sus perros, se echó a sus pies y aulló al ritmo de la tonada.

Al día siguiente, se levantó muy temprano y sacó a los perros de su encierro. En el bosque, la manada persiguió a un jabalí hasta la orilla de un río caudaloso, más allá de la frontera tebana. En ese lugar escuchó risas femeninas y, curioso, movió los arbustos frente a él.

Las risas provenían de un grupo de ninfas que jugaban a echarse agua del río con candidez infantil. Algunas estaban sentadas sobre las rocas de la ribera, otras zambullidas en la corriente y, las más osadas, al otro lado del cauce.

Acteón las observó en silencio, cautivado por la belleza de aquellas criaturas. Su mirada lujuriosa prestó atención a cada detalle de los cuerpos desnudos ante él: los senos, las caderas, los cabellos largos pegados a la espalda. Pero no fue sino hasta que vio al centro del cauce que tembló con deseo y sintió la dureza de su miembro.

Allí, bañándose en el agua de la corriente, estaba una mujer bellísima; más hermosa, incluso, que las ninfas que la acompañaban. Se movía con la agilidad de una amazona, esquivando el vaivén de la corriente y equilibrándose con ayuda de las rocas. En su cabeza tenía un adorno peculiar, una tiara hecha con astas de ciervos.

Acteón vio el adorno y suspiró asombrado. La diosa Artemisa era muy reservada con su desnudez y su cuerpo en general. Poder observarla en la intimidad de su baño matinal, un espectáculo que ni los mismos dioses conocían, era un regalo de Tique que no iba a desaprovechar.

Metió la mano dentro de su túnica y se masturbó hasta el clímax, sin notar la rama seca a un lado de sus pies. Una de las ninfas miró en su dirección al escuchar el crujido y gritó, las demás cubrieron a su señora con sus cuerpos.

Artemisa, al verlo, montó en cólera, ¡qué atrevimiento el de ese mortal mirón! Sus misterios virginales eran suyos y de nadie más, cualquier profanador debía ser castigado de inmediato. Con el ceño fruncido, lo señaló y pronunció al aire unas palabras.

Acteón no entendió nada de lo que la diosa dijo, pero algo en su interior se retorció, tripas saliéndose de su lugar y acomodándose en otras partes de su cuerpo. Completamente aterrorizado, echó a correr y, en medio de su huida, vio cómo sus dos piernas se transformaban en patas de ciervo.

Un dolor punzante en su espalda lo dobló en dos y lo obligó a poner sus manos en el suelo, una posición cuadrúpeda que no correspondía a su condición de hombre. De su frente nacieron dos protuberancias, inicios de astas largas.

Sus intentos desesperados por llamar a Quirón se esfumaron en el aire, todo lo que salió de su boca fue un chillido animal que alertó a sus perros. Melampo lo vio y corrió hacia él con el hocico abierto, el resto de la manada también hizo lo mismo.

Acteón trató de decirles que no era un ciervo verdadero, sino su amo convertido en uno, pero sus palabras entrecortadas se transformaron en balidos. Melampo le clavó los colmillos en el cuello y los otros, en el lomo y las patas. Antes de morir, pidió disculpas a Artemisa por su imprudencia.

Los perros despedazaron al ciervo y, durante horas, buscaron a su amo por todo el bosque.     Quirón escuchó los ladridos, se acercó al cadáver del ciervo y reconoció enseguida a su discípulo. Lleno de tristeza, enterró sus restos en un claro y construyó una estatua sobre la tumba para consolar a los afligidos canes.


Sobre la autora

Penélope Gamboa Barahona nació en San José, Costa Rica y es amante de la literatura y el cine. Actualmente estudia Bibliotecología en la Universidad Estatal a Distancia.


Imagen: Diana and Actaeon – Autor desconocido

La leyenda del Machuca por Calú Cruz

Relato

La leyenda del Machuca

A Jeannette Rodríguez.
Plena te sentís, avecilla, al contemplar cada amanecer
desde la rama del más alto de los árboles

Ella era una indígena fecundada por las entrañas de la tierra y parida a través de sus afluentes. Su cabellera negra era tan hermosa y larga, que, cuando estaba húmeda, le llegaba a media nalga. Tenía las piernas tan bien esculpidas como dos perfectos mástiles de carabelas españolas, y sus ojos avellanados poco a poco se fueron pintando del color musgo claro del río. Era hermosa: diabólicamente hermosa para cualquier cristiano; por eso, su corazón siempre debió ser para otro indio…
Pero él… él sintió que de pronto la amaba. Caprichosamente la deseó. Tal vez fue el demonio quien quiso pintarle aquel hermoso paraje: el remanso de las aguas moviendo entre sus ondulaciones las hojas doradas que cayeran desde la copa de los árboles, un tumulto de arcilla blanca al fondo haciendo contraste para un cuerpo laqueado de canela o las libélulas multicolor apareándose sobre el hombro de la bella mujer; y de vuelta el río que ahora sujetaba los pechos de la india meciéndolos ligeramente de un lado al otro dejando salir del agua sus pezones punteados de vez en cuando. Verla bajo aquel claro de luz debió ser una terrible maldición, pero sentir que sus manos varoniles eran las del río, ese fue su delito.
Aún siendo india, ella era caprichosa como muchas mujeres del mundo. Estaba cansada de ser una más entre las compañeras de Garabito y sumamente hastiada de las constantes rencillas de este con el namapume chorotega. Se quedaba viendo las pisadas de su hombre como una que no sabría qué esperar del futuro y sentíase perdida entre las líneas de cada hoja.
Pero este otro era distinto. Él era un hombre viajero y atrevido, uno que podría traer un poco de sorpresa a sus labios… Ella se llamaba Dulcehe y él, Antonio Álvarez Pereyra. El hombre hizo un ademán con su mano izquierda a los veinte del regimiento que lo acompañaban y estos, bajo un entendimiento malicioso de compadrazgo, se fueron quedando rezagados al margen de las aguas; quizá custodiando a su señor o haciendo de vigías desde puntos más estratégicos, parados sobre las piedras del río o subidos en algún árbol.
Él se quitó la ropa en la orilla y fue adentrando su cuerpo lentamente entre las aguas, con cada paso iba acercándose a Dulcehe; quien aún no había escuchado el chapoteo. De pronto la naturaleza dejó de escucharse: las aves silenciaron su festejo, las chicharras modularon sus chirridos escandalosos y la ventisca dejó de resoplar por encima de los árboles quedando solo las hojas doradas que ya estaban circulando en torno al cuerpo de Dulcehe.
La mujer sintió la presencia varonil a sus espaldas, o quién sabe si llevaba rato viendo el reflejo que en las aguas se proyectaba… Fue volteándose con la suave caricia del río, y ladeando sus nalgas como si su trasero fuese un gran navío, quedó de frente a Antonio Álvarez Peryra y luego clavó sus enormes ojos avellanados en la mirada de él.

Ya antes la habían deseado; bien se conocía la mirada pícara de los hombres. Coyoche estuvo al acecho de su cintura, incluso en una ocasión pretendió sorprender al gran Garabito con tal de llevársela como botín de guerra. Gurutiña había hecho lo propio colmándola de alhajas en forma de animales míticos, pero ella seguía coitando en el abandono con las aguas; tal vez por temor se había negado a cualquier hombre que no fuese aguerrido como el suyo, aunque este fuera distante con ella.
Cuando Garabito partía en sus temerarias expediciones Dulcehe se iba descalza entre la vegetación silvestre, pisando las flores amarillas con la planta de los pies y sacándole, con ello, varias heridas a su piel y, por dentro, a sus entrañas.
Pero ahora estaban ahí de frente, él desnudo y ella desnuda… Quizá la mujer se dejó impresionar por la imagen, poco usual, de Garabito preocupado por su propia vida. Ella sabía que la causa de esa preocupación era este hombre que ahora, desnudo entre el río, la miraba de frente…
Dulcehe, guerrera de las Britecas, abrió su boca hasta ese momento sellada y dejó salir, apaciblemente, varias palabras en su lengua nativa.



Varios días habían transcurrido desde el fortuito encuentro de la pareja en la poza del Machuca. Hasta Tivives se hubiera podido seguir la huella de Antonio tratando de dar caza al rey Garabito.
Con el mismo regimiento de 20 hombres, pero una nube de la codicia en sus ojos ideó la estrategia, y fue así como confabulado contra su propia dicha apresó a Dulcehe, y después de hacerla suya incalculable cantidad de veces —perpetrando con ello la semilla incorruptible e indígena—, la presentó ante Juan de Cavallón como punto clave para la caída del cacique mayor.
Pero cerca de su lecho, y durante las noches en que había entregado a la mujer para que se sometiera a interrogatorios, seres amorfos fueron visitándolo de uno en uno hasta formar el grupo completo que lo atormentara varias veces y hasta las tres de la madrugada…
Se aparecían primero en sus sueños lejanos, iban degollando a los españoles que poco a poco vertían su mirada azabache hacia cualquier ramada; luego, aparecían los cuerpos tirados cerca de los trillos mientras él intentaba, a duras penas, no triturar con su caelzado los rostros mutilados de sus amigos de expedición que se contaban por montones.
De pronto estos cadáveres abrían su boca dejando al descubierto una risa frenética de maíz amarillo, y posteriormente, una llamarada se adueñaba de aquellos ojos hasta regresarlos a la vida, pero adoptando formas grotescas. Volvían sus ojos llenos de furia y, tiznados en su piel con el color purpúreo, se halaban los cabellos; luego corrían con las puntas de sus lanzas hechas de piedra pulida en una sola dirección: su humanidad.
Luego, bañado en el sudor de su propia congoja, abría sus ojos abruptamente y tenía a esos espíritus ahí… Cubiertos por un claro de luna se dejaban ver al pie de su cama con sus enormes hocicos de lagarto, varias manos de escama de serpiente halaban los pies del conquistador y las frazadas, mientras otros, con cara de mono, se subían a su cama por los bordes o caían desde el techo, o desde el ropero de madera que había dentro de la habitación.
Y justo antes de que el reloj acariciara la hora en que debía terminar el suplicio aparecería un último ser con rostro de jaguar —y dejando que de sus cuerdas vocales salieran atronadoras voces al unísono— apuñaba su mano de gorila y gritaba:

“¿Lo recuerda, Antonio Pereyra? ¿Lo recuerda?… ¡Quien haya metido su cuerpo en estas aguas no vuelve a salir!… ¿Lo recuerda!”

A la mañana siguiente, Antonio abría la puerta de su estancia y encontró un pozo de sangre, y, en medio de él, una enorme cabeza degollada de jabalí.
Pronto, el portugués fue perdiendo la razón y de vez en cuando de su boca brotaban palabras en lengua huetar. Constantemente vociferaba “Quien haya metido su cuerpo en las aguas no vuelve a salir” y cuando se le preguntaba, de dónde había sacado tal estribillo, su cuerpo y su espíritu emanaban una calentura vertiginosa. Ataque similar habían vivido los hombres del capitán Ignacio Cota cuando, en el pasado, se procedió a interrogar a un grupo de cinco mujeres indígenas que encontraron bañándose en el río. Todos comenzaron a balbucear palabras no propias de la lengua española.
Omitieron los historiadores que, a Antonio Álvarez Pereyra hubo que llevarlo ante un cura por encargo de don Juan de Cavallón, y que por recomendación del cura —una vez que reunió las pruebas testimoniales de los hombres que presenciaron el amorío entre el portugués y la indígena— se sugirió que solo podría librarse de la maldición de Dulcehe si se quedara con ella por siempre.
Se dice que el portugués murió en la ciudad de Esparza en 1599, que no hubo registro de matrimonio alguno, pero que sí dejó descendencia extramatrimonial con una mujer de la que, curiosamente, no se tiene dato alguno. Sé que ustedes me preguntarán que por qué no existe un registro de todo cuanto he narrado, pero vamos, seamos sinceros, y perdonen que cuestione tanta incredulidad en voz alta… ¿Cuál registro brotado de la mano de los españoles habría de hacer quedar al prestigioso Antonio Álvarez Pereyra, el explorador y conquistador de varios poblados, como un hombre fuera de juicio? ¡Ninguno! Pero cierto es que sí hay registro escrito para decir que el aguerrido Garabito tuvo que bautizarse junto con tres mil de sus súbditos en una quebrada poco honrosa.
Así que mi estimado lector y futuro visitante… ¡Cuidado con bañarse en el río Machuca pensando que sus aguas transparentes solo tienen la ingenua cualidad de ser curativas o servir para refrescar! Más le valdría hacer caso a la advertencia que escupen los lugareños como eterna letanía “Que quien se bañe en el Machuca se queda en Orotina”; porque del río al embrujamiento hay un solo paso y la verdad que hay cada mujer orotinense que pareciera tener su cuerpo bastante endiablado, igual a como lo tuviera la bella Dulcehe.


Sobre el autor

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela. Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

Dos poemas de Marianella Sáenz Mora

Poesía

23  (Del poemario Transgredir(se))


Tres sillas y un crucifijo,

cenar en medio de un silencio terrorista

sin palabras extrañas 

que dancen inocentes al contemplar

el retrato de infancia de una ingrata

en manos de Wislawa.


Mientras el país de las carabelas se fragmenta

creo también que ser feliz está en la cabeza,

entonces recurro a contemplar impaciente

como saldos de tu temida ausencia

tus pertenencias salpicadas por la casa.


Porque la madrugada 

es el clímax de mi angustia 

detonador de anorexias,

propósito de mis sacrificios

bandera de esta respuesta lapidaria que no llega mientras insistentemente no estás

y los miedos asoman sus rostros desfigurados 

desde el gris que ha cubierto las paredes.


Un colibrí inesperado 

me saluda imprevisto y sorpresivo tras la ventana

augurio de que he sido escuchada por los dioses.


Intertextos de Wislawa Szymborska


III (Del poemario Milagros y otros vórtices cotidianos)



Algunas veces 

vamos con las manos rotas

y nuestra brevedad

es perímetro de maravillas.


Vamos por allí furtivos de anhelos

violentando el tiempo

revelando silenciosamente

la poesía que es la vida.


Esa que pese a ser muda

nos grita desde los rincones

y se nos queda adherida a los labios,

a su humedad

a la sonrisa que revierte 

nuestra condición de semidioses 

y hace del habitáculo del pecho 

un nuevo Olimpo.


Y es que no nos damos cuenta 

si es abril, junio o noviembre

no hacen falta los alisios

porque entonces, de repente

es suficiente, todo cuanto tenemos. 


Sobre la autora

Marianella Sáenz Mora (San José, Costa Rica) se graduó de la carrera de Turismo. Posee estudios complementarios en las áreas de Mercadeo, Ventas y Servicio al Cliente. Formó parte del Círculo de Poetas Costarricenses y del Grupo Literario Poiesis. Ha publicado: MIGRACIÓN A LA ESPERANZA (2015), PERSPECTIVA DE LA AUSENCIA (2017) 2do Lugar del Certamen Literario Brunca de la UNA, TRANSGREDIR (SE) Editorial Torremozas, Madrid, España (2019).

En 2020 ganó el Primer Lugar en la Categoría de Cuento en el XVII Certamen Literario Gonzalo Rojas Pizarro (Chile). Obtuvo el Segundo Lugar del Certamen Literario Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica en 2015.

Antologada en varios países del mundo, forma parte de varios colectivos literarios internacionales. Algunos de sus poemas han sido traducidos a otros idiomas, otros han sido publicados en importantes revistas literarias físicas y digitales, así como en diversos blogs de literatura.

Isolda y el cóndor por Osvaldo Aníbal Martínez, un relato de amor en tierras bonaerenses durante la segunda mitad del siglo XIX

Relato

Isolda y el cóndor

La historia la narró una tardecita el ingeniero Demarchi, apasionado historiador de la Campaña del Desierto. Nos habló de Isolda de la Santísima Trinidad Gómez Velazco, capturada a los catorce años por un capitanejo del cacique Coliqueo en las cercanías de Cañuelas, hacia 1860. Isolda vivió en los toldos dos veranos, hasta que una colecta para la redención de los cautivos la trajo de regreso. Ya no quedan rastros de la estancia de Morón donde vivía, pero Demarchi la imaginó recostada en las suaves lomas al sur de un arroyo, donde hoy hay chalets de tejas rojas y plazas con juegos para niños. La casa desapareció hace décadas, pero una leyenda pervivió: la de un indio joven, prendado de amor por el cutis de perla y los ojos de ensueño de Isolda. Dos lluvias después de la partida de la mujer, el indio (¿cuál sería su nombre?) sujetó sus crenchas con una vincha roja, montó un zaino nervioso y tomó el camino de las carretas. Dos hermanos lo acompañaron. Lo hicieron por instinto, quizás nunca supieron qué fin perseguían. Hicieron noche en montes escondidos, vadearon el Salado cerca de Alberti, o de lo que después se llamaría Alberti. Cerca de Luján los sorprendió una partida de milicos que perseguía a un cuatrero conocido como El Chileno. Encerrados entre una laguna barrosa y una cañada, los hermanos no pudieron escapar a las balas de las tercerolas. Los uniformados incautaron los caballos, que no tardaron en retobarse y huir, y abandonaron los cuerpos en el fachinal de la orilla.

Pero aseguran que aquella misma noche el indio llegó hasta la ventana de Isolda, y la llamó con voz de zorzal herido para confesarle su amor eterno. La niña le abrió su ventana y su corazón. Al amanecer, después de aquella única noche de amor, el indio le mostró su pecho horadado por el plomo. Isolda se desvaneció. Al tercer día despertó sin color, como si el fantasma del indio le hubiera contagiado su palidez. Al cuarto día ingresó en el convento donde vivió hasta su muerte, en 1902. El ingeniero Demarchi comentó que hasta mediados de los cuarenta aún se asustaba a los niños con el cuento del fantasma de un indio feroz, que se aparecía flotando en los bañados que se formaban en los bajos cerca del arroyo. Después todo se perdió, como todo se pierde en la memoria de los hombres.

Pero una fantasía alternativa nació de la anterior. En ella el indio (¿cuál sería su nombre?) sobrevivió a las balas y tuvo su noche de amor antes de escapar de las partidas que lo acechaban. Dicen que murió cerca del Río Negro, cargando a puro coraje y chuza contra la puntería, esta vez acertada, de los fusiles del ejército del general Roca.

Otros, en cambio, cuentan que no murió en la carga, sino que, malherido, cabalgó hasta las cumbres nevadas de los Andes, donde se tendió a descansar de cara al sol y al frío. Y en la noche patagónica, una noche aterradora de estrellas y misterios, se convirtió en cóndor.

“Quién sabe”, comentó Demarchi antes de despedirse, “cuál de todos estos fue su verdadero destino”.


Sobre el autor

Osvaldo Aníbal Martínez nace en Buenos Aires en 1956. Ha publicado “El color del cielo” (novela, 1995), “La escritura del Niño” (novela, 1999), “Siempre” (poesía, 2000), “El cobrador y otros cuentos” (relatos, 2014). También figura en la 1ra. y 2da. antología de la editorial Casa de Papel de los años 2014 y 2015.
Cuenta con las siguientes distinciones:

  • Año 2015: “El piano encantado” (cuento) 2do. Concurso Literario Cámara Española de Comercio “De Quevedo a Cortázar”.
  • Año 2016: “Isolda y el cóndor” (cuento) 1er. Concurso de Narrativa y Poesía Sociedad de Escritores Surbonaerenses; “Un accidente” (cuento) 2016; “Las murallas de Bizancio” (novela) 1er. Premio Concurso La Verónica Cartonera, Barcelona.
  • Año 2017: “Nunca hablamos de Brahms” (cuento) Concurso de poesía y narrativa “Premioa la Palabra”; “De batallas y fantasmas” (cuento) Concurso de Literatura Federación de Sociedades Españolas; “Gaby” (cuento) en el VII Concurso de Cuento y Poesía Isidro Quesada de la Municipalidad de 25 de Mayo.
  • Año 2018: “La tumba de Alarico” 1er. Premio Nacional de Novela “Marco Denevi” 2017/2018, Municipalidad de Tres de Febrero; “La paradoja de Zaid” (cuento) Premio Literatura SADE Tres de Febrero.
  • Año 2019: “El muelle” (novela corta) Concurso Literario Villa Colindres
    Inéditos: novelas: “La Peste y La Tempestad”; “Un sueño hermoso”; “Relatos de un crimen”; “Fugitivos”; “Legenda”; libros de cuentos: “Gabriel y otros relatos”; “Forasteros”.

Imagen: The Condor (1922) by Cooper Ornithological Club

“Bruja por derecho de mujer” y otros poemas de Marta Rojas Porras

Poesía

Bruja por derecho de mujer


Eres una Bruja por el hecho de ser mujer,
indómita, airada, alegre e inmortal.
Robin Morgan


La piel no olvida nada.
Las cicatrices sangran.
La mirada deshilacha el recuerdo.
El corazón vuelve al dolor.
La humillación de la violencia y la muerte
no ha dejado de respirar.

Mandatos encubiertos
nos han dictado cómo comportarnos,
qué sentir, cómo no ser, cómo parecer.

Si rompemos el aro nupcial,
Si parimos sin casarnos,
quedamos fuera, por inmorales.
Si no nos casamos, no somos solteras,
sino solteronas fracasadas;
las canas y arrugas mejor ocultas
porque tenemos prohibiciones de avejentarnos.
Y, si estériles, desechadas.

A la casa nos han confinado,
con Penélopes y Marías y Martas
en la rutina de Sísifo.
Así, nos excluyeron del haber
y robaron nuestras cosechas.
Hipócritas,
para esconder el despojo
celebran, en grande, nuestra virtuosidad.

El decreto divino de un “destino natural”
nos ha aturdido.
Con destellos de luz de un espejo
nos exhibe como madres y esposas buenas;
como cuidadoras infatigables del nido familiar.
Somos la calladita y de discreta sonrisa,
la dulce, frágil y angelical.

En otra versión del mismo espejo,
mentirosas, seductoras e inconstantes.
Como a Eva, se nos ha responsabilizado
de la pérdida del paraíso,
de desatar todos los males
y de negar la esperanza,
desde nuestra ánfora de Pandora.

Nuestros genitales,
sucios objetos de placer y pecado.
Somos Magdalenas de la tentación.
Sirenas seductoras.
Serpientes venenosas.

Tuvimos que pelear por nuestra autoridad.
No la heredamos.
La ganamos en la participación comunal
como yerberas santas con remedios para la garganta,
el apazote para los brotes
ungüentos para espantar los mosquitos,
consejos para el mal de amores.

Pronosticamos porque escuchamos el bosque,
miramos las estrellas
y desciframos las vueltas de la luna.
Y… nos hicimos sabias.
Y, por sabias y conectadas, peligrosas.
De brujas nos tacharon.

Desde la imagen de la disciplina santa,
con la más atroz crueldad,
públicamente, nos incineraron.
Rompieron nuestros huesos.
Nos arrebataron el derecho sobre nuestros cuerpos.
¿Cuántas fuimos quemadas?
El grito aún arde en los vientos.

Ya no nos cazan con fuego ni guillotina.
Ni como a Juana
nos encierran en calabozos de locas
para silenciarnos.
Las hogueras han cambiado de forma.
Nos siguen atrapando y matando.
Nos obligan a parir
cuando aún jugamos con muñecas.
Nos tachan de majaderas y fanáticas
cuando reclamamos ante un lenguaje
que nos mal nombra o no nos nombra,
y gramáticas anquilosadas
que nos niegan
reciben la sacra bendición
y el aplauso.

Nuestra larga historia de resistencia
no podrá ser borrada.
No existen torturas ni mentiras
que nos puedan anular.
Resistimos juntas.
Miramos la historia escindida y oculta.
Rescatamos del olvido
el legado de fuerza y dignidad ancestral.

Como Ixchel, somos rocío de fertilidad libre.
No admitimos más Dianas vigilantes de la castidad de las ninfas,
ni más mentiras sobre nuestros placeres.
Somos mortales, no divinas ni demonias.
Nos declaramos brujas, autónomas,
y determinamos no callar.

Combativas, desafiantes,
Nos comprometemos a nutrir la esperanza y la imaginación.
En un acto de sororidad
y de lazos fraternos,
celebramos aquelarres lúdicos,
intercambiamos afectos, conocimientos, hechizos, y demás.

Más que leyendas, somos mujeres,
diversas e infinitas mujeres.
Estamos vivas y en vigilia.
Somos libres.
Somos brujas.


Madres

Madre.
Nunca la agresora.
La bondadosa y abnegada, siempre.

Jamás la que abandona su nidada.
No la gruñona.
No la explotada.

Madre estereotipo.
Objeto mercantil.
Pintura fantástica.

La mía, una maga constructora.
La de mi amiga, desaliento,
monstruo destructor de sus sueños,
manipulación del rencor.

Están las lobas al cuidado feroz de la manada.
Las Lloronas, agónicas en desventura por los ríos de la culpa.
Las ciegas ante la agresión que sufren las hijas.

Las mágicas brujas o hadas
que en veladas nocturnas
nos inyectaron el afán por volar.

Las que con sortilegios de lo nefasto cortaron las alas.
Las transgresoras y pioneras de la esperanza.
Las engatusadas por el sistema del miedo.

Mujeres, casi todas, muy valientes.
Su cosecha,
según la tierra donde fueron plantadas.

Ricas y pobres, buenas y malas,
torpes e inteligentes.
Todas imperfectas.
Todas humanas.

Y yo, madre, hoy,
plena e incompleta,
con un poquito,
de cada una de ellas.


Importa, sí, que dejen ya de asesinarnos

Una lluvia nauseabunda vomita estas calles.

No importa, María Paula, Maritza, Marianna,
si tu color atraía las auroras.
Si en tus cabellos, Rita, se enredaban esperanzas.
Karen Vanessa, Gretel, no importa
si tu vientre había sido habitado.
Si en tu casa, Kimberly, te necesitaban unos brazos.
Si arañabas miserias y soledades, Isabel.
Si eras joven o vieja, Yarissa.
Si tus manos vestían callos, Hellen.
Si ojos admirados detenían su paso
para contemplarte, Tatiana.
Importa sí, que mujeres de 19, 36, 20, 18
o de cualquier edad,
con arma blanca, con disparos, a palos,
con hijos, sin hijas, embarazadas, alegres, tímidas,
populares, exitosas o frustradas,
en Puerto Jiménez, San Carlos, Liberia,
Cartago, Siquirres, Golfito, San José,
en la ciudad o el campo,
costarricenses o nicaragüenses
turistas o residentes
son un eco silenciado en una lista.
Importa sí, que Jessica, de 34,
pasa a ser parte de una estadística
como el octavo femicidio del año.

Importa sí, la noticia de estos inicios de noviembre,
que enredada con la propaganda navideña dice:
Eva, ella vivía en Barva,
solo tenía 19 años, era estudiante universitaria
con un hijo de 4 años
y su expareja, el padre del niño, la mató.

Y en Eva, todas las Evas.
Y en el hijo de Eva, todas las víctimas huérfanas.
Y en la familia de Eva, todas las familias
torturadas por la violencia feminicida.

Importa sí, que cada una de estas mujeres
merecía apropiarse de sus sueños.

Importa sí, construir una sociedad de afectos sanos,
despojada de seres humanos como pertenencia
y fundante de masculinidades con prácticas más igualitarias.

¡Importa, sí,
que DEJEN YA DE ASESINARNOS,
que el “ni una menos”
sea realidad y no discurso vano!

Imagen: La hechicera (1685) de Bartolomeo Guidobono


Sobre la autora

Lilith

Relato

Todavía desconozco el por qué, pero decidieron llamarme Lilith. Las arcas del olvido estaban repletas desde los albores del tiempo, así que mi nombre no nació para ser recordado por los hombres.

Lo primero que recuerdo fue un atardecer de verano en una pequeña playa de arena centelleante, casi blanca, bajo un sol tan hiriente como el escudo de Júpiter. Algunas nubes carmín, recortadas sobre un manto azul cerúleo, a duras penas tapaban aquel implacable estío. Recuerdo haber visto por el rabillo del ojo algunos humanos caminando por la orilla. Se protegían con turbantes primorosamente enroscados y unas túnicas blancas de lino que los céfiros, caprichosos, hacían revolotear a su antojo. Yo (eso sí que permanece aún vivo en mi memoria) tan sólo miraba aquel horizonte. Silencioso, limpio, incólume. Como si la eternidad se detuviera por unos instantes para contemplar aquella inconmensurable quietud antes de que su muerte anunciada, se fundiera con aquel ocaso enrojecido.

Recuerdo perfectamente que yo sonreía. Sí, aún me veo a mí misma, allí de pie, sonriendo, pensando cuán eterno era aquel azul cobalto que contemplaba por primera vez. ¡Cuán diferente de los juncos y malezas del río de la Babilonia de mi infancia! Quizá ya sabía de su belleza antes de venir aquí, por eso nací sonriendo. Aunque eso, mucho después, los hombres lo olvidaron.

Me fijé en mis pies. Unos extraños montículos negruzcos de conchas, algas resecas y fragmentos rotos de estrellas de mar me rodeaban. Creo que llevaban allí desde el principio de los tiempos. Al principio vi que una burbujeante espuma de color lechoso emergía del mar justo debajo de mí. Observé cómo se creaban mis piernas. Luego la espuma ascendió un poco más y se formaron mis caderas y mis muslos. Al poco, el ombligo y el cuerpo. Era del color de la sal sucia. Quise tocarlo para cerciorarme de que aquella amalgama de salitre, roca y agua de mar era yo. Lo noté duro, pétreo, con el rugoso tacto que tienen los recuerdos. Al ascender más allá de mi vientre, aquella blanca efervescencia tomó forma de mujer, henchida, nutricia, enorme. Casi colosal. Recordé la descomunal sombra de los Atlantes, más allá del océano. Y, con la mirada, recorrí mis brazos torneados por el viento y mi pubis desnudo.

Entorné los ojos. Emborronado por las brumas del mar y la calima, apenas logré ver el mundo; un océano infinito salpicado de blanca espuma y, a lo lejos, moteadas entre la inmensidad azul, unas leves rocas parduzcas.

Cada tarde, el viento despeinaba mis cabellos, se ensortijaba entre las telas de mi peplo. La gente me miraba al pasar. Me adoraban, me reverenciaban. Es un regalo de la Madre Tierra, decían. Pero se sucedieron los lustros, las décadas y, atardecer tras atardecer, tan sólo presenciaba el mismo horizonte, una y otra vez. Las mismas nubes y el mismo tinte carmín en el cielo. Mi destino era la impertérrita inmovilidad. En aquel instante me di cuenta. Había nacido condenada a repetir el mismo inicio, la misma eternidad. Así, más allá de los días y las noches, mientras durasen todas las eras del hombre, como Ticio desde el oscuro Tártaro.

Allí de pie, apenas podía prestar atención a la arena, las conchas o a los hombres que, de vez en cuando, se acercaban movidos por la curiosidad. Pero aquello me bastaba. Sentía su presencia, oía sus risas y voces a lo lejos y eso era todo lo que necesitaba.

Una tarde incierta, un pequeño niño de ojos desmesurados, se acercó hasta mí. Su madre lo contemplaba como quien observa un frágil prodigio llamado a ser tan efímero como un susurro al viento. Aquella criatura menuda me retiró con sus manitas un papel que tenía adherido en un párpado, desde hacía días. Me miró con ternura y, con sumo cuidado, me desprendió tres o cuatro colillas que la gente me había incrustado en los pechos.

Recuerdo que no pude articular palabra. El niño me miró por un instante más, se encogió de hombros y, a la llamada de su madre, corrió despreocupado hacia ella. Jamás les volví a ver.

Aquella noche saludé a la Luna. Dije hola a las estrellas y los planetas y me dispuse a charlar con ellos como hacía siempre. De no sé por qué rincón, aparecieron más astros y la noche se tornó fosca y profunda. El viento sopló frío. Debí de quedarme dormida. No recuerdo haber soñado.

Cuando desperté, los puntos incandescentes del cielo estaban en silencio, como no queriendo molestar con su presencia y el viento caminaba de puntillas para no hacer ruido. Fue entonces cuando presté atención al Océano.

Venía por la derecha. Se acercaba implacable, con una furia que destruía todo a su paso. Titán era así, devastador y cruel como los ojos desorbitados de la Quimera.  Sin duda se había percatado de mi presencia. Hablaba con infinidad de voces, rumores y estruendos de gritos lejanos. Voceaba palabras desconocidas. Eran las voces del tiempo.

De pronto aquel océano cobalto de tamaño inconmensurable se movió en oleadas gigantescas de una espuma blanca y rizada que empezaron a avanzar hacia mí. Antes de darme cuenta me besó los pies, subió por los tobillos y se enroscó furioso por los muslos. Sin poder hacer nada, me envolvió con violencia, yendo y viniendo, con embistes de mar largos y lentos. El olor a salitre empapó mi cuerpo y me deshice en él, me impregné de él serpenteada en su espuma blanca, ardiendo de deseo, consumida en aquella efervescencia hirviente que me quemaba.

Y dejé de ser Lilith.

Fui invitada a reinar en el mundo de los atlantes como una diosa poderosa, omnipresente, perdida en la inmensidad de las aguas negras. Obtuve el favor del mar y de las oscuras profundidades y, aún hoy, hasta las díscolas sirenas parecen respetarme, las ballenas me cuentan la historia ancestral del mundo, y aunque perdí el recuerdo de los humanos y sus voces, yazgo con el dios Mar cuando nadie nos molesta. Solos, eternos.

 


Sobre la autora.

Silvia Tena. Doctora en Historia del Arte. Crítica de arte, investigadora, curator de proyectos expositivos y escritora. Ha trabajado para el MACBA, el MNCARS, Guggenheim, la Tate Modern o el IVAM. Ha sido profesora de Historia del Arte y de Estética y Teoría del Arte en diversas universidades. Es profesora invitada del Master de Gestión de Patrimonio de la Universitat Pompeu Fabra y Universitat Autònoma de Barcelona. Ha comisariado varias exposiciones de artistas contemporáneos. Colabora en diferentes revistas nacionales y en los últimos años ha publicado diversos ensayos y monografías sobre arte, estética, mitología, teoría crítica y diseño.

Como escritora, algunos de sus relatos han sido publicados en revistas literarias como La Lluna en un Cove y Noviembre. En la actualidad prepara su primera novela.

Las aves en cautiverio

Relato

Tito, Emperador del Imperio Romano, segundo de la Dinastía Flavia, quería imponer orden en los primeros años conocidos como después de Cristo (d. C.) y en la primera revuelta judía, instauró implacable la crucifixión. Castigo cuyo fin era intentar persuadir a través del escarnio público.

Cada viernes, daba instrucciones sumariales sobre quienes serían crucificados al día siguiente. De forma general le eran leídos los cargos de los enjuiciados por su gendarme de confianza.  Tito, ordenaba quién iba a sufrir por horas crucificado hasta la muerte, en un sitio establecido para este fin. Fue premeditada la selección del lugar del suplicio; visible para todo ciudadano en un terreno que hacía de berma a un cerro.

A la seis de la tarde de ese sábado, cuatro hombres fueron amarrados a sus cruces de purga. Un hombre saludable y joven podía soportar crucificado veinticuatro horas ya que no eran clavados cómo Cristo. Pero en términos generales, a las doce horas moría cualquier hombre.

Tito creó, tiempo atrás, un sistema para colectar aves. Lo perfeccionó y al sonido de un arpa ciertas aves acudían al llamado y permanecían en cautiverio, muy cerca del sitio seleccionado para la crucifixión colectiva.

El Emperador, se presentó a medianoche de ese sábado ante los hombres fijados en dos tablas. Hizo un recorrido lento por el corredor de muerte sólo iluminado por antorchas.

Los hombres suplicaban:

¡Piedad o muerte!

El Emperador, con una señal hizo soltar a las aves enjauladas desde el día anterior, que revolotearon por algunos minutos, liberadas al fin. Lentamente como danza aprendida se iban posando sobre las cruces.

Esa madrugada en que cuatro hombres estaban siendo ajusticiados, las aves volaron sobre ellos, se acercaron a cada uno desplegando las alas. A los minutos, muy pocos como siempre, fueron rodeando a los pecadores. Al primer hombre en la fila, lo rodearon casi todos los cuervos. Al segundo, al piso de su cruz se posaron los buitres. Al tercer hombre en la fila, las golondrinas aleteaban a su alrededor. Al cuarto, las lechuzas le querían sacar los ojos.

Tito caminó solemne delante de los condenados. Una delegación muy pequeña de la oficialidad lo acompañaba a prudente distancia.

Miró las aves.

Miró a los crucificados.

No se detuvo en su caminata de ida. Al desandar, se ubicó ante el hombre con las golondrinas y le preguntó:

―¿Por qué estás aquí?―

El hombre en principio no quiso contestar hasta que la punta de la lanza de un oficial del Emperador hizo sangrar su vientre y entonces dijo:

―Robé, Mi Emperador―

―¿Qué robaste?― preguntó Tito el Emperador

―Panes para mi familia― contestó el agonizante

―¿Cuantos componen tú familia?―

―Mis cuatro hijos mi mujer y yo― dijo con apenas aliento el crucificado.

―¿Cuantos panes robaste?― se interesó el Emperador.

―Cinco mi Emperador―.

El emperador lo miró y preguntó a su oficialidad si era cierto. Estos asintieron. Desvió la mirada a los otros hombres amarrados quienes suplicaban rodeados por buitres, cuervos y lechuzas.

Observó al ladrón de panes, al que silbaban las golondrinas y ordenó a sus hombres:

―Bajad a ese hombre de la cruz―

 


Sobre la autora.

Ana Estela González Angulo. Nace en la Provincia de Panamá, República de Panamá, en 1966.

Cursó estudios primarios y secundarios hasta el V año en el Instituto Alberto Einstein, en dónde en 1981,  ganó el IIº Lugar en concurso de cuentos de los Juegos Florales a nivel nacional, con un cuento corto titulado: “Imágenes”.

Licenciada en Química.

Luego de una larga suspensión de actividad literaria reinicio un nuevo ciclo en 2009 y ha participado en concursos vía internet y logrado:  2º Puesto, Diario Perú 21, República de Perú( 2010). Finalista en cuento erótico “Blog Diario de Meretriz de Lujo”, España (2014). Como parte de una antología en Editorial Literarte, República de Chile (2013).

Se mantiene activa como auditora ambiental y regente química en una empresa privada. Presta servicios como investigadora en la Universidad de Panamá.

El Lecho de Chacuey

Relato

Tomás iba siguiendo a Chacuey por aquel laberinto subterráneo y cada segundo le pareció una década. Tenía una extraña sensación de ligereza en el cuerpo, sin embargo se le dificultaba cada paso de aquel extraño paseo. Chacuey iba delante de él, y su antorcha expedía una luz azul verdosa que dejaba entrever, sin mucho detalle, escenas pasajeras a través de los umbrales que pasaban: una madre con el pecho desnudo trenzando el pelo de su pequeña hija, hombres con enormes peces en canastas tejidas y lanzas en las manos, un burén cociendo grandes discos de casabe… todo sumido en una semipenumbra tan solo alivianada por la antorcha de Chacuey …

Sin voltear, el muchacho le comunicó a Tomás que pronto llegarían a su destino y por fin podría descansar. El viajero suspiró con alivio. Podré descansar, repetía su corazón fatigado. Confiaba en su guía, el muchacho era su amigo y lo había sido por innumerables años, pero ¿cuántos exactamente? Cuando intentaba visualizar su rostro, le sobrevenía una confusa tribulación. ¿Hacia dónde lo llevaba? Chacuey, que parecía leer su pensamiento, le dijo no le eches más peso a tu cansado corazón. No pienses. Pronto descansarás en mi lecho… pero por más que intentara evitarlo, una de estas preguntas se clavó en la mente de Tomás más profundamente que las demás: ¿qué tipo de nombre era Chacuey?

Una luz acuarelada distrajo la vista del viajero, quien se desvió momentaneamente de su camino, impulsado por la curiosidad. A través de uno de los corredores de aquel pasaje subterraneo, la luz parecía atraerle magnéticamente. Tomás dio unos pocos pasos, subiendo escasos peldaños de piedras pulidas. De la luz manaba un ruido de voces, de agua, de vida.

Tomás, no te separes de mi, dijo Chacuey. Pronto vas a descansar.

Pero ya era tarde, le había perdido. Atraido por la luz, Tomás salió a la superficie. Tras varios intentos de reanimación cardiopulmonar y respiración artificial, expulsó toda el agua que había tragado. Quiso contar sobre su travesía pero le dijeron que no hablara, cuando llegó la ambulancia, ya lo había olvidado todo.

 


Sobre la autora.

Isis Aquino (Santo Domingo, República Dominicana, 1986). Poeta, narradora, gestora cultural y youtuber. Como gestora cultural cabe destacar su labor como fundadora del Círculo Literario “El Viento Frío” del cual fue coordinadora desde 2007 hasta 2017. Sus poemas aparecen en varias antologías nacionales e internacionales. Es autora de los poemarios Quod Scripsi (2011) y Balas Perdidas (2014), y la novela En la Cuerda Floja (2016). Actualmente dirige el “Ateneo Itinerante” (2019- a la fecha), proyecto con el cual busca fomentar la lectura entre niños y niñas de edad escolar.

El sueño eterno de Endimión

Relato

Ya los caballos de mi hermano Apolo conducen su refulgente carro hacia las tranquilas aguas jónicas. Quizá ni él mismo conoce los colores que ha desplegado sobre el cielo del ocaso.

Siempre, en el refugio de mis bosques, fui dueña de mis noches colmadas de solaz, de cacerías y rituales. Mas, ahora, al observar este cuerpo dormido, que reposa al amparo de los robles, presiento el fin de mi libertad. Mis labios me arrastran: desean rozar la piel que mis manos se niegan a tocar.

Aquel ardor vengativo que se apoderaba de mí se va desvaneciendo. Aquella ira, que a mi querida Calisto transformó en osa por abandonar su castidad, que al valiente Acteón convirtió en ciervo para que fuera devorado por su propia jauría, se ha debilitado.

Mi arco y mis flechas yacen abandonados sobre el follaje. Los ladridos de mis perros se pierden entre los árboles. Mis ninfas se retiran a sus cuevas cansadas de esperarme.

Hoy no quiero castigar a los amantes que buscan mi luz en medio de la noche. No deseo cazar, ni presidir sacrificios, ni bañarme en el río cristalino que se transforma en plata a la luz de mis senos. Esta noche quiero estar aquí, a su lado. Quiero acariciar su pelo negro y su pecho duro, besar sus labios rojos y su hermoso rostro brillante.

Ruego a mi padre que jamás lo despierte, que mantenga sus párpados cerrados en un sueño infinito, que toda esta belleza se conserve intacta y no acabe mezclándose con el barro donde, inocentes, los jabalíes retozan.

 


Sobre la autora.

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en universidades de Asia y África. En esos años investigó la literatura india y africana y publicó Los confabuladores nocturnos: relatos contemporáneos de la India, Lihaf: cuentos de mujeres de la India  y Cuentos a la luz de la hoguera.

Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas antologías y revistas de  literatura. Ha recibido premios y ha resultado finalista en varios certámenes literarios.

Actualmente reside en Valencia, donde se dedica la enseñanza y a la escritura creativa.

El Caso Paris

Relato

Un juicio hasta la fecha descatalogado. Del monte Ida pastoreando a los tribunales griegos. De hijo de reyes a pastor, pasando por juez y terminando como guerrero.

La radiante luz de Apolo perlaba el rostro del joven de barba corta y cabellera enmarañada, rozándole la nuca húmeda. Tomó asiento a la espera de su llamada en un alargado banco de pulido mármol. En otra habitación, una imponente sala abierta a la luz acogía a cada vez más gentío hasta rellenar todos los espacios en los bancos. Un viejo heraldo subió al estrado de gruesa piedra gris. Alzó los brazos y elevando la voz, clamó al cielo:

―Que se levanten los justos y desfilen los injustos por nuestro laberinto a la justicia para que este antiguo tribunal escuche, pregunte y juzgue.

―Ahora, todos los presentes dispuestos para ovacionar a nuestro ilustre juez Paris seleccionado por el gran Zeus.

Una oleada de vítores estremecieron los cimientos del Partenón. De haber cristales se hubieran partido en mil pedazos ante tal recibimiento.

Paris tomó asiento en la alta tribuna de piedra, colocando la manzana dorada a su vera. En la fruta, una inscripción rezaba: A la más bella.

A un lado se situó un escribano y al otro el heraldo.

―Tomen asiento, todos ―ordenó Paris―. Comencemos, heraldo.

El anciano asintió antes de volver a levantar la voz para afirmar:

―Todos expectantes para dar la más calurosa de las bienvenidas a nuestras hermosas, sabias y poderosas diosas que desean enzarzarse por el título de “La más bella“.

―Bienvenida, Hera, Reina del Olimpo.

Las puertas del tribunal se abrieron de par en par por un soberbio vendaval que barrió la tierra de la entrada y deslumbró a los espectadores más cercanos a la puerta principal.

El hijo del rey troyano Príamo agudizó su mirada al entrar la primera de las diosas.

Arqueros escitas alzaron sus armas desde la planta alta para la protección de la tribuna.

Con el cuello erguido y un severo rostro bajo una diadema, avanzó por el pasillo chasqueando su cetro contra el suelo hasta situarse a la izquierda en un cómodo trono. Levantó ligeramente su manto de plumas de pavo real antes de arrellanarse en el sillón. La faz de treintañera confrontaba con su expresión dura como el mármol de Carrara.

Paris contempló a Hera con curiosa atención. Era bella, sin duda alguna. Pero fría como el Tártaro, pensó.

El heraldo volvió a hablar:

―Bienvenida, Atenea, diosa de la inteligencia y las artes bélicas.

Hera se levantó al instante.

El rugido de las espadas al chocar llamó la atención de nuevo hacia la puerta principal. Atenea avanzó hasta situarse a la derecha, lo más lejos posible de Hera. Sus miradas fulgentes se entrecruzaron.

―Bienvenida, a la última de las diosas nominadas. Que pase la excelentísima Afrodita, diosa del amor.

Una hondonada de luz rosada resplandeció por toda la estancia. La hermosa diosa penetró bajo un áurea de luz, tras un niño pequeño que lanzaba pétalos sobre el suelo que la diosa pisaba.

Antes de que Afrodita llegara a su posición central entre Atenea y Hera, ésta última reclamó la atención de Paris.

―Mi ambicioso troyano, yo te ofrezco todo el poder que desees y me comprometo a otorgarte el título de Gran Emperador de Asia. Te convertirás en Sultán de Oriente y Rey de Asia, un hombre que controlará el inhóspito reino más allá de Grecia. Tierra de especias y ricas sedas. Serás más grande que tu padre y que cualquier otro rey y emperador de occidente. Tu poder no tendrá parangón. Ni siquiera el mar te pondrá límites.

Demóstenes con el ceño fruncido, escuchaba a su clienta mientras contemplaba la ligeramente ruborizaba mirada de Paris. A cambio de este servicio, al logógrafo se le concedería después del juicio, el poder suficiente para convertirse en político.

Tras un breve silencio en la alta tribuna, Paris volvió la mirada a Atenea. Era su turno.

Isócrates, el logógrafo de Atenea, le tendió a ésta una hoja. La diosa le echó un rápido vistazo y después la volvió a dejar caer en los brazos de su orador, aunque en este caso, un simple escriba.

―Mi heroico guerrero, yo te concedo la sabiduría, la prudencia y la posibilidad de vencer todas las batallas en las que combatas. Tus hazañas serán contadas por todos los rincones de este mundo y del siguiente. La astucia y el arte bélico que te concedo te permitirá adelantarte a tus enemigos por numerosos que sean y vencerlos con tan sólo un puñado de hombres. Tu padre se enorgullecerá y brindará con su corte a tu llegada de cada campaña en que te embarques. No tendrás rival ni tan siquiera en el Olimpo.

El público entró en revuelo, acrecentándose los cuchicheos. Isócrates escudriñó en los ojos de Paris un fulgor chispeante.

―Orden, pido orden, silencio y disciplina para esas lenguas ―vociferó el heraldo poniéndose en pie. Las sandalias zumbaron un extraño silbido. El juez palideció al descubrir que tras la apariencia de aquel viejo heraldo se escondía Hermes por petición de Zeus para controlar que Paris cumpliera como juez los designios del Rey del Olimpo.

Lisias susurró algo en el oído de su cliente, Afrodita. Ésta asintió con un sutil movimiento de cabeza.

―Mi seductor joven, yo te entrego lo que todo hombre desea en este mundo: el amor de la mortal más bella de este reino terrenal.

El reloj de agua sobre el podio más elevado del estrado descontaba gota a gota el turno de la dulce Afrodita. La Clepsidra contenía agua pura donada por el mismísimo Poseidón para la ocasión.

―Nadie os podrá dañar ―siguió la diosa―. Seréis enviados a través de la luna y las estrellas a un mundo onírico en el que el placer, la pasión y vuestros cuerpos se unirán culminando en un eterno orgasmo de ambrosía. Vuestro amor será inmortal.

Lisias sonrió. Este sería su texto más literario de toda su carrera como logógrafo.

Paris paseó la mirada entre las diosas.

―Dime Afrodita, ¿Cuál es el nombre de la presunta hermosa mujer? ¿Es griega? ―preguntó.

―Su nombre es Helena y es de Esparta. Y vuestro amor será causa de grandes acontecimientos. Todos conocerán el amor entre Paris y Helena. La historia de un verdadero amor.

El banquillo del jurado estaba atestado de pulcros ancianos de túnica y decrépitos rostros. Pero su opinión no importaba. Las diosas no deseaban el veredicto de aquellos sabios y viejos ancianos. Los seis ojos ansiosos de la tríada de diosas anhelaban por conocer el veredicto del juez pastor.

La última gota de agua cayó. Un extraño trueno a plena luz del día sorprendió a los asistentes al juicio. El heraldo se puso en pie y volviéndose hacia Paris, afirmó:

―Se acabó tu tiempo, troyano. Reflexiona, decide y ejecuta. Escoge a la diosa más hermosa y recompensa su belleza con la manzana dorada.

Paris suspiró. Cogió fuerzas y se irguió ante el estrado de piedra.

―He tomado una decisión.

Las diosas posaron, retorciendo sus cuerpos bajo largas túnicas de seda y gasa de distintos colores.

―Mi sentencia es a favor del amor. Acepto la proposición de Afrodita que a mi juicio es la diosa más bella de todo el Olimpo.

Los ojos encolerizados de Hera parecieron herir al joven pastor dentro de su cuerpo.

―El amor será tu destrucción, Paris. El poder que caerá sobre tu ser será recordado toda la historia ―sentenció Hera.

La diosa desapareció en una pompa de humo púrpura.

Atenea retomó la amenaza de la Reina del Olimpo.

―Te has rebajado a las pasiones humanas, oh Paris… Zeus te eligió por tu buen juicio, pero tu imparcialidad se ha visto fragmentada por las pasiones de la carne. Tu amor sea causa de penas y dichas que la humanidad no podrá perdonar jamás.

El silbido de un corcel resquebrajó los oídos de los presentes y Atenea se deshizo en el aire, dejando partículas blancas suspendidas en el aire.

Afrodita sonrió, satisfecha.

―Viajarás a la Corte de Menelao, rey de Esparta, y cuando Helena te mire a los ojos, se quedará perdidamente henchida de tu ser. Vuestras almas se entremezclarán en una amorosa red de cegador amor.

Paris asintió, agradecido con la diosa del amor. El heraldo golpeó ligeramente el hombro del juez.

―Has hecho un buen trabajo, pastor. Zeus estará satisfecho. Has cumplido con tu cometido.

El zumbido de las sandalias se intensificó cuando Hermes desapareció tras una columna tras la tribuna.

Afrodita pasó a ser considerada como la diosa del amor y la belleza. Y Paris, ese príncipe, pastor y juez, se condenó a vivir una de las guerras más cruentas e ingeniosas que la historia conoce.

Con la sangre de troyanos y griegos se saciaría la esencia más pura de la existencia: el amor.

 


Sobre el autor.

Luis Hernández Sánchez. El escribir lo configuro como un pasatiempo divertido y muy entretenido, que mejora mis redacciones y mi forma de escritura. También me ayuda a expandir mis sentimientos más profundos y exteriorizarlos de una manera tan inofensiva pero puntiaguda como es la escritura. Creo en la literatura como forma de expresión independientemente de lo bonito o bella que pueda ser el texto escrito. No todos logran ver belleza donde otros sí la ven.

He sido ganador y seleccionado para formar parte de antologías y otros concursos literarios como: II Premio de relatos cortos APDPE, VII Concurso Internacional Inspiraciones Nocturnas y VI Concurso Internacional La Primavera la sangre altera, entre otras antologías.

Egipto

Relato

Cleopatra se había quedado sola.

Primero murió César. En aquella época lamentó mucho su pérdida.

Ayer le dijeron que Marco Antonio, sintiendo la derrota, se había suicidado. Le extrañaría intensamente.

Ahora era su turno.

Se miró largamente en el espejo. Quería recordarse con precisión en la otra vida. Después se clavó una larga aguja. La ponzoña llegó a su corazón en minutos.

Cuando los sirvientes la encontraron, la incineraron, guardaron sus cenizas en una urna y se la enviaron a Octavio con una nota:

            “Esta es la única forma en que podrás exhibirme.

              Cleopatra, por siempre, Reina de Egipto”.

 


Sobre la autora.

Isabel María Lobato Jiménez. Me encantan las palabras desde que era una niña. Conocer sus significados, escuchar su musicalidad, contar historias con ellas. Cuando tomé la comunión me regalaron un diario y en él comencé a escribir mis pensamientos  y a crear cuentos.

Desde entonces he seguido escribiendo siempre de una u otra forma. Me gusta contar historias. Es una hermosa manera de viajar a otros mundos y a otras vidas. Y también una manera de compartir.

    *Finalista III Certamen de relatos Fundación pintor Julio Visconti 2018.

    *Segundo premio Concurso Nacional de cartas de amor de Mengíbar 2019.

    * Finalista IX certamen Picapedreros de Poesía, microrrelato y guión 2019.

    *Publicación  de un cuento  en ladoberlin.com (1/Nov/2019).

*Publicación de un microrrelato en libro digital “Cuidando los finales” Editado por RedPAL (Marzo  2020).

*Finalista  X Concurso de microrrelatos Leyendo a la luz de la luna 2020

Un rey fachoso

Poesía

Iba el rey con su caballo

a matar a su adversario

A quien mataba a diario

de hambre, era a sus vasallos.

Con zafiedad, sin desmayo,

con impuestos y aranceles,

para pagar sus corceles

y sus ropajes más bellos.

Abrumaba a todos ellos

y también a sus mujeres.

 

No era en la lucha el primero.

Era el rey muy elegante

siempre que fuera delante

con su yegua su escudero.

También el maestro armero

el cocinero y el mago

que embrujaba previo pago

al enemigo más fiero

más grande o más traicionero.

Siempre hacía algún estrago.

 

Llamaba bramando un cuerno

a unos dos mil caballeros

que pagaba con dineros

expoliados de sus siervos.

Su enseña lucia dos cuervos.

Con su pesada armadura

que le daba calentura

aguantaba la mañana

y solo el fin de semana

mas nadie estaba a su altura.

Iba pues el rey ¿delante?

tan feliz a la batalla

en su pecho las medallas

porque tenía bastantes

colgadas de sus estantes.

A veces la lanza en ristre,

pero le ponía triste

lancear y no ver sangre.

Y le hacía malasangre

matar solo en un despiste.

 

Era una fiera batallando

y un día llego a un castillo

de almenas bien protegido

Defensores aguerridos

tenían un buen caudillo.

Manso como un corderillo

se acercó hasta las murallas

y ofreció no hacer batalla

si la plaza se rendía.

Las vidas perdonaría

si se jurara vasalla.

 

El barón que allí mandaba

le dijo en tono valiente

si quieres hincarme el diente

ven a luchar con tu espada.

Si vences tendrás ganadas

estas tierras y esta plaza.

Muéstranos pues que tu raza

merece mandar mi almena

sentiría mucha pena

que cumplas con tu amenaza.

 

El desafío ha elegido

y el rey le pide a su brujo

una pócima, un embrujo,

que al rey deje convertido

en campeón aguerrido,

por otra espada invencible,

terrorífico y terrible.

El brujo le hace un brebaje

aunque duda que el potaje

dé un resultado temible.

 

Ya llegó el amanecer,

la pelea ha de empezar,

el rey vuelve a amenazar

y el barón a responder.

El rey cree que va a vencer

y provoca a su rival.

Tropezando lo hace mal

y el barón le da un gran golpe

Ridículo el rey se esconde.

Necesita un orinal.

 

Si eras un rey criminal

y te creíste un soldado

ten presto mucho cuidado

puede vencerte un rival.

En el mundo medieval,

y en el mundo del futuro,

no te creas tan seguro

si no eres algo especial.

Nadie es un rey ideal

si no fuere el rey Arturo.

 


Sobre el autor.

Federico Baena Lorenzo. Lleida, 31/05/1952. Licenciado en Historia. Licenciado en Documentación. Director Retirado de biblioteca municipal Pardinyes-Lleida.  Labor literaria: Organizador de actividades literarias para adultos e infantiles y La hora del Cuento; director de Club de Lectura y del grupo de Rapsodia Pardinyes.

Premios y Publicaciones recientes (año 2020):

Primer Premio en el 10º Certamen “Picapedreros” de Poesía y Microrrelato, convocado por Revista La Oca Loca (Zaragoza).

2º Premio del 4to. Concurso de nanorrativa “Un Párrafo un Mundo” 2020. Ed. Letramargo de Cochabanba (Bolivia).

Finalista del IX Certamen de Poesía ASEAPO 2020 (España);

Finalista del Concurso “Versos en el aire X. (mayo, 2020) de Ed. Diversidad Literaria

8 Publicaciones en diversas antologías en micronarrativa y poesía en el año 2020, y en revistas literarias (por ejemplo relato en la XX convocatoria literaria La Sirena Varada (México) en junio de 2020.

Declaración del caballero de los bosques

Poesía

He visto las cosas mientras dentro de las fortalezas
duermes entre finas telas,
al cobijo del imperio,
cuidada y descuidada.

He sido el favorito de los gigantes,
quien despreció el cetro de la rapiña.
Sólo yo. Solo yo.

Porque fui yo quien en el bosque
convivió con los seres de la luz
y hundió su espada en las bestias de la noche,

Está bien si bajas a ver la luna llena conmigo,
entre los lobos.

 


Sobre el autor.

Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, 1986). Es autor de varios títulos de poesía, entre los cuales figuran Abyección (2003) y El niño que vendió su alma al Diablo (2017). También se desempeña como periodista cultural. Actualmente es maestrante en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato, ciudad en la que reside.

Perdonadnos

Poesía

Oh mis dioses,

os pido perdón por estos perros sucios impíos.

Les daré sangre de mi sangre,

cortadme y llevadme a los hermosos parajes que os pertenecen.

 

Dulce es la savia de sus cuerpos mis señores,

me entrego a ustedes con mis humildes harapos roñosos.

me sumerjo y me rindo ante sus semblantes, imponencias.

 

Heme aquí como un pecador en su humildad.

¿Os basta con mi desgracia para el perdón de mi pueblo?

¿Os sirve mi pagana sangre para convertir esta tierra maldita en el cielo?

 

Y a vosotros, estúpidos arrogantes,

Sino os maldicen nuestros dioses, os maldigo yo.

Que sus simientes sean podridas por la misma diosa Freyja,

porque vosotros sois la miseria bajo el manto de Odín.

 

Amarga será vuestra partida.

Yo, voz de los dioses, os condeno a este mundo terrenal.

Yo, os niego vuestra entrada al Valhalla.

 


Sobre el autor.

Javier Alexis Ramos González. Nací el 20 de octubre de 1998. Terminé mis estudios secundarios en el norte de Chile, en Iquique. Fue en esa ciudad que me fasciné por la escritura. Ella fue testigo de mis primeros poemas, los que nunca llegaron a la luz. Actualmente estudio Ingeniería Civil Industrial en la universidad Adolfo Ibáñez en Santiago de Chile. Ya estoy en cuarto año y fue este mismo año que quise lanzarme a participar en concursos de diferentes países. No me importa ganar, me importa que el mundo pueda volver a soñar con poetas que escriben con amor, dejando sus sentimientos en ello.

Entrevista con el dragón

Relato

―Y usté me lo dice a mí, señorita periodista ―dijo el dragón, resignado―. Hace seiscientos treinta y dos años que cuido princesas. Pero nunca me tocó una como ésta. Uno se preparó para trabajar acá. No le voy a decir que, de joven, fuese mi vocación. Me hubiera gustado asolar Northumbria o las costas de Carelia, como aún suelen hacer mis primos; pero uno viene de una familia de cierta cultura, señorita periodista. Hubo ancestros míos cuidando princesas chinas en la dinastía Han, por poner un caso. Mi padre mismo custodió en Tolosa a Tindigota, la hija de Alarico; y a la Santa Berta, hija de Cariberto de París. Yo he cuidado a Ana, la Hermana de Basilio el Matabúlgaros; a Emma, hija de Richard de Normandía; a Isabel, Hermana de Casimiro el Grande. ¡Hasta fui contratado por Hakam, califa de Córdoba, para cuidar a su hija Fátima! Estudié Teología en Cracovia con el Santo Cancio, Magisterio en Cambridge con Scotus, Medicina en Padua con Pietro d’Abano, Derecho en Bolonia con Guarnerio, Trivium y Quadrivium en París; y aquí me tiene, cuidando a esta mocosa maleducada, atrevida, obscena y descarada.

―No es fácil mi trabajo, señorita periodista ―dijo el dragón, didáctico―. No se trata solo de custodiar la castidad de una doncella. Hay que educarla en la prudencia, el trabajo, la honradez y el silencio; mostrarle las bondades de una vida cristiana, los buenos modales y el buen trato. Se requiere transmitirle cultura; que reconozca sus privilegios y haga uso correcto de ellos; enseñarle a cuidar y educar a quienes serán sus hijos, administrar el hogar y mandar sobre los criados y sirvientes con responsabilidad y prudencia. Ilustrarlas en el arte de la escritura, la lectura, el dominio de idiomas, la ciencia y prepararlas para tañer aceptablemente un rabel o una zanfonía. Se debe instruirlas en el manejo de la rueca, en la costura y el hilado; en las tareas del huerto y el cuidado del ganado.

Luego, para ejercer su trabajo de custodio, uno debe dominar todas las escuelas de esgrima, el combate sin armas, saber enfrentarse a un caballero y conocer los puntos débiles de su armadura, superar la defensa de un broquel y la amenaza de una spada longa, conocer las técnicas de defensa de una plaza fuerte y, claro, ejercitarse constantemente en esto de echar fuego por las fauces.

Además, un torreón como éste no se mantiene solo: debo dominar las técnicas de albañilería y plomería; reparar roturas de paredes y techos, combatir la humedad, mantenerlo calefaccionado y habitable; y todo eso sin contar con sirviente alguno.

Con esta voluble, indecente, deslenguada y palurda: por otra parte, debí aprender a maquillarla, acicalarle el pelo y bajar al mercado a comprarle vestidos y zapatos hasta tres veces por semana. ¡Habrase visto!

―¡Ah, señorita periodista! ¡Absolutamente caprichosa, consentida, grosera, malcriada, y malhablada! ―dijo el dragón, enojado― Mire que con algunas he renegado bastante. Gailtergrima, hija de Gaimar de Salerno era tosca y ordinaria; y necesité quince años para que resultase en algo parecido a una dama, señorita periodista. Pero con ésta, ¡válgame Dios! No sé si es que uno ya está grande y ha pasado tres cuartos de su vida en climas inhóspitos, donde la soledad de esos parajes olvidados se hace insoportable; entonces, la paciencia mengua; pero esta insolente, jactanciosa y desconsiderada; le juro, me saca escamas verdes.

Antes, era normal que viniesen cuatro o cinco caballeros por año para liberar a la dama de turno. Los viajes eran largos, los caminos inexistentes y los salteadores gobernaban los páramos. Pero acá estamos a un par de leguas de la ciudad, el Camino Real se ve desde esa ventana y no se recuerda la última vez que nevó en esta sierra. Sin embargo, señorita periodista, hace como dos años que nadie viene a esta Torre. ¡No hay quién se preocupe por venir a salvar a esta desvergonzada, descortés, arrogante y desatenta! Y estoy seguro que de no haber sido por los escándalos de la corte; usté tampoco se hubiese apersonado por acá.

―Entre nos, señorita periodista ―dijo el dragón, confidente―, no se podía esperar otra cosa. Esta veleidosa, descocada, impúdica, desobediente e impertinente; es digna hija de su madre. No se entiende, señorita periodista, cómo un joven tan educado como el ahora Rey puede haberse enamorado de una suripanta que fue corista en los burdeles de Brüssel. Se dice que, en realidad, su padre, el viejo Rey, pagó una deuda de juego llevándola a Palacio y entregándole a su hijo en matrimonio. Se cuenta, también, que esta insumisa, rebelde, díscola y petulante no es hija del Rey, si no del dueño de una Casa de Juegos de Katowice. Y a uno no es que le importe, pero esta presumida, desaprensiva, caradura y sinvergüenza no se parece en nada a Su Alteza. Usté debe saber más sobre eso, señorita periodista. Yo digo lo que leí en las revistas. Porque yo no tengo contacto con nadie de la Corte.

Acá llega un carruaje con escolta de soldados, bajan a la doncella, me la entregan junto con una carta de puño y letra del Señor, con su sello, donde se hace constar que la ponen a mi custodia hasta la aparición de un Caballero que la rescate. Puedo mostrarle, en mi archivo privado, todas las misivas que guardo de quienes me han confiado a sus hijas o hermanas. En ellas ―es norma ancestral― se detalla qué características debe satisfacer aquel que quiera liberar a la prisionera: qué debo ver en ellos, cómo debo enfrentarlos o en qué punto debo dejarme ganar en el combate. Algunas de estas cartas acotan consideraciones más específicas: nacionalidad, religión o apariencia del pretendiente.  Incluso, Rodrigo Díaz el Campeador escribió, y cito de memoria: «Confíese mi hija María sólo al Caballero Ramón Berenger, Conde de Barcelona.». En cambio, mire usté esta carta del Rey. ¿Vé?: «Entregue mi hija al primero que aparezca». No se acota que deba ser un Caballero, ni Noble, ni nada. Ni siquiera debo luchar en su nombre. La última vez que vino alguien a preguntar por ella fue un cartero, que le trajo un Sirope de Rosas comprado, por correo, en la ciudad de Gabrovo. Intenté que se llevara a la princesa, pero él se negó; y llegó a batirse en encarnizado combate conmigo. Era muy valiente. Una pena haberlo matado.

―Esta desfachatada, procaz, indecorosa, frívola y chabacana; señorita periodista ―dijo el dragón, enumerativo―, ignora las más elementales normas de etiqueta. Le voy a contar una infidencia: Ha sido la única de las más de doscientas que he custodiado que me ha sacado de las casillas. Cierta vez estuvimos estudiando, durante dos meses, Protocolo y Comportamiento en la Mesa; y repasando las cien reglas del Menanger de París: mantener la boca cerrada mientras se mastica, tomar la ración más pequeña de la fuente; mantener el meñique limpio y seco si se va a usar para condimentar la comida, no limpiarse las manos en el mantel, no usar los cubiertos para higiene personal, limpiarse la boca antes de beber, y así las demás. Finalmente, cierto día le tomé el examen de rigor.  Me vi sorprendido por unos resultados razonables; hasta que, mientras estaba sentada a la mesa repasando la Regla Sesenta y Dos, inclinó su cuerpo hacia la derecha, levantó su pierna izquierda y dejó escapar una sonorísima flatulencia que movió hasta los velos de su ajuar. No pude contenerme. Me paré sobre mis dos patas traseras, abrí mis alas hasta que estuvieron extendidas de pared a pared, saqué pecho y sentí el fuego subiendo desde mis entrañas. El cabello tardó más de ocho meses en crecerle.

 


Sobre el autor.

Daniel Frini (Argentina, 1963) es Ingeniero de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de varios países. Publicó varios libros, siendo el último “La vida sexual de las arañas pollito” (2019). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010), , Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019).

 


Ilustración de David Demaret, compartida bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

Todas las mañanas de verano

Relato

Cuántos caminos polvorientos recorridos. Cuántas playas holladas con los pies desnudos. Cuántas risas, sonrisas: las mías, las de mis seres amados, las del hijo que contemplo esta mañana. Cuántas lágrimas, sollozos. Cuánta alegría; cuánto dolor. Cuántas briznas de trigo segadas a nuestros pies. Cuántos arroyos de los que fluye el agua clara, donde refrescar el cuerpo cansado después de la carrera, que, ahora, serpentean carmesíes de sangre. Cuántas monturas sobre las que cabalgar a galope tendido por las llanuras de Ilión. Cuántas las conchas recogidas a la orilla de este mar. Cuánta la sal que lo desborda. Cuántos los peces que lo surcan. Cuántas las naves que descubren su frágil velo y manchan este azul y verde y gris y negro inmenso, con sus velas coloreadas. Cuánto el brillo del oro, la plata, las joyas. Cuántos los aromas del incienso, que colman la atmósfera de este desolado palacio. Cuantos los olores que se cuelan por sus rendijas: vacas, estiércol, hierba, algas y brisa y sudor y sangre y cuero y metal y carne quemada en las piras funerarias y grasa del banquete. Cuántos sonidos: una fuente, un grito, una carcajada, un poema, una oración, un sorbo, un graznido, un relincho, una persecución, un silbido, una pugna, unos dados, una forja. Cuántos los recuerdos: de tantos años atrás, de ayer mismo. Cuántos los deseos que no se cumplirán. Cuántas esperanzas, cuántas premoniciones, cuántas decepciones. Cuánta la tersura del cuello de mi mujer, que descansa sobre ese lecho. Cuánta la dulzura en los bucles de su melena: reflejan los rayos de un sol que se desliza, perezoso, dentro de la habitación.

            Está dormida.

            Llora dormida.

            Duerme, amor mío, duerme.

            Nuestro hijo está en su cuna. Este hijo al que no veré crecer.

Querría estar a su lado para enseñarle; para aprender. Cuando diese su primer paso; cuando pronunciase sus primeros balbuceos; cuando domase su primer caballo; cuando cazase por primera vez; cuando acudiese a su primer convite; cuando se enamorase por vez primera.

            Amanece.

Es el alba de rosados dedos que acaricia apenas nuestras retinas, los tejados de la ciudad; que despierta, como una tierna amante, en sus lechos, al fornido herrero, a la afligida viuda, al pío sacerdote, al triste príncipe.

Respiro el soplo de la alborada. Es cálido, fragante, angustioso; está lleno de sombras.

Puedo discernir ya los muros, construidos por El que hiere de lejos, proyectando inmensas sombras sobre el campamento aqueo. También allí reviven los espíritus exhaustos. También allí hay uno que no duerme, envuelto en pesadillas en lugar de mantas. También allí hay, al menos, uno que no volverá a ver a su mujer y a su hijo.

Mi armadura: preparada. Tomo con cuidado cada pieza: la coraza magullada, las pesadas grebas, las densas crines satinadas que acarician el casco. Las miro como si nunca antes las hubiera tenido entre mis manos, como si pertenecieran a otro. Me las ciño al cuerpo con cuidado, sin prisa, moviéndome aún como si anadease entre la neblina del sueño.

Espero una señal, una revelación, un guiño divino que deslíe mis temores, que desanude este presentimiento de mis vísceras, que aplaste esta certeza, y me devuelva las fuerzas. Pero, delante de mí, solo se extienden los mismos paisajes. Noche tras noche; día tras día; lucha tras lucha.

En lontananza: firmes columnas de humo. Un cuerno llama al combate. Responden gritos.

            Andrómaca despierta.

            Me aparto de la ventana.

Mire adonde mire no acierto a encontrar reposo ni valor… salvo en este templo, que es sólo mío.

En tus párpados cuajados de lánguidas pestañas, en los rizos que coronan tu hermosura, en tu piel de alabastro del encantado Egipto, en tus labios de miel, en el deleite de tu cuerpo de gacela abatida, se reflejan todas las mañanas de verano; todas las cumbres, morada de halcones; todas las travesías hacia los lejanos emporios de Oriente; toda la madreperla y todo el ámbar; todos los manantiales cristalinos; todos los charcos de lluvia; todas las lunas llenas; todas las grutas secretas de la divinidad; todas las hojas, todas las flores; todos los poemas de todos los aedos; todas las melodías del arpa; todos los exquisitos sabores que han colmado nuestros paladares; todas las copas de vino especiado que no nos restan por beber; todas las noches que hemos yacido juntos y todas las que dormirás sola; todo el aliento; toda la vida; toda nuestra vida; todos mis recuerdos.

            Es mañana.

            Es hora.

            Parto.

 


Sobre la autora

Verónica Barrasa Ramos nació en Madrid (España), ciudad en la que actualmente reside, en el año 1978.

Licenciada en Historia, con especialidad en Historia Antigua, por la UCM, después de unos primeros años dedicados a la Arqueología, se ha desarrollado alrededor de la «arquitectura de contenidos», la formación, los RRHH y la tecnología, en diferentes empresas españolas y de ámbito internacional.

Durante todo este tiempo, ha compatibilizado su trabajo con proyectos personales de escritura creativa, habiendo sido agraciada con diferentes premios literarios y publicaciones.

Bestiario marino

Relato

Eran las dos de la madrugada. El mar se mecía tranquilo, acompañado en el cielo por nubes que disfrazaban la luna. Marcos, biólogo marino de la región de Magallanes, arrastró por la arena un bote pesquero hasta la orilla. Su hijo, Pedro, de doce años, le observaba a cierta distancia con curiosidad.

—Sube —le pidió Marcos.

El joven subió y de inmediato Marcos empujó el bote hasta internarlo en el agua. Entonces abordó y, tomando ambos remos, guió el bote hacia alta mar.

—¿Viniste a trabajar?

—No. No, hijo. Quiero conversar contigo algo importante.

A lo lejos se distinguía la silueta de una isla, acariciada por leves rayos de luna. El sonido de las aguas chocando contra las rocas, creaba un inquietante coro. Parecían murmullos acurrucando el silencio nocturno.

—¿Alguna vez te hablé de los bestiarios medievales?

Pedro negó con la cabeza.

—Eran recopilaciones de historias ilustradas acerca de bestias y animales extraños. Antes que la ciencia se perfeccionara, era la única forma de la gente antigua para describir a las criaturas que desconocían. Había uno que siempre llamó mi atención, creo que se titulaba Physiologus, escrito en Grecia, y en él había el dibujo de un enorme monstruo marino devorando una embarcación fenicia. ¿Sabes, hijo?, parece curioso, pero fueron esas historias las que me llevaron a trabajar en lo que hago ahora.

Pedro sonrió nostálgico. Se dio vuelta y en la punta del bote, opuesta a donde estaba su padre, se afirmó dejando los brazos sueltos con las manos hundidas en el mar. Su rostro no se reflejaba, las aguas le respondían con un color oscuro solo pincelado de tanto en tanto por la luna, cuando las nubes la desenvolvían. Marcos paró de remar. Levantó la cabeza y miró la bóveda celeste. Más allá de la capa nubosa, se distinguían estrellas que pestañeaban como si fuesen espectadoras de algo único e importante.

—Deben haber allá abajo, en el fondo del mar, tantas o más criaturas extrañas, que el número de estrellas que hay en el espacio.

Pedro se dio vuelta. Miró con extrañeza a su padre. Luego, también levantó la cabeza. Volvió a sonreír con melancolía. Una estrella fugaz pasó, pero no pudieron percibirla.

—¿Has visto algo extraño allá abajo?— la voz de Pedro era suave. Parecía despertar de un letargo que ya duraba años.

—Sí, hijo. He visto muchas cosas extrañas… En el fondo abisal existen criaturas que te hacen pensar que todas las leyendas y todos los mitos acerca del mar son reales. ¿Te cuento algo que sucedió aquí mismo, en el mar chileno?

Pedro hizo una mueca. Regresó a su posición en la punta del bote, con la cabeza hacia el mar y las manos siendo arrastradas.

—Bueno, cuéntame.

Entonces, Marcos reinició su tarea de remar.

—Aquí hubo batallas entre corsarios y soldados españoles. Los corsarios trabajaban para la Corona de Inglaterra y la de Holanda. Eran una especie de piratas, con la diferencia que los reyes de sus países los protegían y ayudaban con armamento. Pues bien, esto que te contaré muy pocos lo saben, pero antes de que el corsario Francis Drake se dirigiese a atacar el norte de Chile, tuvo una pequeña escaramuza en estas aguas contra una flota española. Sucede que era 1578 y aunque había una tregua entre Inglaterra y España, Drake rompió con las reglas. Lo interesante es que esta pelea no se definió por el poder bélico de uno y otro bando. Se dice que tanto las embarcaciones de Drake como las de los españoles fueron destruidas por una enorme bestia con forma de pez pero con piel de lobo marino. La criatura destrozó a los españoles. Solo Drake logró escapar y ante el destrozo de sus víveres se vio en la obligación de asaltar Valparaíso y La Serena.

Pedro oteó el horizonte. Una brisa helada llegó hasta su rostro. Cerró los ojos. El eco inquietante adormecía sus sentidos. Las palabras de su padre se escuchaban como un monocorde canto de sirena.

—Existe otra historia, también del mar chileno. Corría el año 1587. El corsario Thomas Cavendish circunnavegaba las tierras chilenas. Al atravesar el Estrecho de Magallanes, su embarcación fue víctima de los coletazos dados por una criatura, según dijeron los tripulantes, con forma de pez pero cuya piel era muy parecida a la de un perro. Esta vez pudieron observar sus extremidades. Según dijeron, tenía dedos casi humanos. Cavendish, asustado, recaló en el puerto San Felipe II. Aquí se llevó una sorpresa al encontrarse con un grupo de personas famélicas. Por ello cambió el nombre del puerto al de Puerto del Hambre. Luego escucharía, de la boca de esa gente, que había una criatura que por las noches destrozaba sus sembrados y devoraba sus alimentos. Sí, era aquella misma bestia.

Pedro abrió los ojos. Suspiró. Nuevas islas aparecían en derredor. El mar aumentaba su movimiento. El eco, de a poco, iba tomando la forma de un grito. Aún así, Marcos avanzaba.

—¿Y tú, hijo? ¿Te sabes alguna historia?

Pedro, siempre mirando hacia el horizonte, negó con la cabeza. El bote se bamboleó.

—En ese caso te contaré una historia más, ocurrida en estas aguas. El año 1600 una embarcación de un corsario holandés, llamado Baltasar De Cordes, zarpó desde Chiloé al encuentro de una nave dirigida por el español Francisco Del Campo. Si bien el triunfo de los españoles se dio en tierra firme, la batalla marítima fue la que marcó el suceso: una bestia marina apareció del mar hundiendo la embarcación holandesa. Los soldados que vieron a la criatura, dijeron que esta tenía forma de pez, piel humana, y su cabeza era del porte de un elefante. Su rostro horrible parecía el de una calavera.

Al terminar el relato, Pedro se dio vuelta y se sentó de frente a su padre. Lo observó fijo a los ojos. Marcos detuvo su remar. El bote quedó presa de las olas que de a poco surgían a medida que la luna se iba deshaciendo de su ropaje nebuloso.

—Nunca había escuchado esas historias.

Marcos se puso serio. Observó hacia lontananza. De una isla emergió una figura. Dio una ronda y de nuevo se perdió en la oscuridad. La brisa marina llegó en forma de un silbido antediluviano.

—Por eso te las cuento, hijo. Porque yo las sé…

—Creo que ya no estoy para ese tipo de historias.

Un golpe fuerte se escuchó en una de las islas. Era como el desprendimiento de una roca. Era como la caída de una estrella.

—Papá. Dime por qué estamos aquí.

Marcos se llevó una mano a la cabeza. Luego suspiró.

—Una vez, llegué con mi equipo de trabajo al fondo abisal. Aquí mismo, bajo el mar chileno. Descubrimos un enorme pez del género Melanocetus. Y eso es raro porque este animal es del trópico, no del sur. Debió medir al menos unos cinco metros. Poseía dientes afilados y los mostraba en señal de amenaza. Además tenía en su cabeza una antena bioluminiscente  para guiarse en la oscuridad y para conseguir sus presas. El caso es que cuando lo vimos, cada uno de nosotros se imaginó algo distinto. Esa bestia tomó la forma de nuestros miedos más ocultos. Para mí, esa criatura era la misma de las historias que te he contado.

—Papá. Cuéntame la verdad.

Un sonido muy parecido al del canto de una ballena se escuchó de forma lejana. El bote se bamboleaba con más intensidad.

—Hijo… Las cosas con tu madre no van bien. Voy a tener que irme de la casa… Piensa en las historias que te acabo de contar. Cuando dos flotas enemigas o cuando dos personas se enfrentan, nadie triunfa. Los dos salen heridos.

Un grupo de animales asomó en una isla y miraron hacia el cielo. Pedro volvió a tomar su lugar en la punta, mirando el mar y arrastrando las manos.

—No sé, papá… Yo creo que sí triunfó alguien: el monstruo.

Las nubes dejaron desnuda la luna. La marea subió. Un eco y una serie de silbidos iban y venían, acompañados por las olas inquietas. El bote giró a uno y otro lado. Dentro de él, padre e hijo se sumieron en un silencio solo roto por el bramido del mar.

Sobre el autor

Rodrigo Guillermo Torres Quezada es chileno, Licenciado en Historia de la Universidad de Chile. Tiene 33 años y ha publicado los libros Antecesor (editorial Librosdementira, 2014), El sello del Pudú (Aguja Literaria, 2016), Nueva Narrativa Nueva (Santiago-Ander, 2018) y Filosofía Disney (Librosdementira, 2018). Además ha publicado en diversas revistas y hace reseñas de cine en la página ExperimentalLunch.cl

La balada de Duir y su amor galante

Relato

Mi amado me habla siempre con palabras suaves. Acostumbra describirme, dulcemente, alabando mi tersura al contacto de sus manos, mi perfil marcado, mi aroma «a majestuosidad de la madera del roble» como suele decir, y razón por la cual me llama Duir; que es la palabra con que los viejos druidas nombraban al Árbol.  Él dice que tengo su energía, su nobleza y su fuerza, y también dice que soy resistente, flexible y ágil como el acero de Mondragón, el mismo con el que hacen las espadas toledanas los tenaceros de las ferrerías de Soraluze y Tolosa.

Con voz cansina, me cuenta de su pasado en las filas del ejército del Rey Carlos, cuando participó en el incendio a  Medina del Campo, bajo las órdenes de Adriano de Utrecht; y las victorias sobre los comuneros en Tordesillas y Villalar; y de su intervención en las ejecuciones de Padilla, Maldonado y Bravo; de sus cabezas expuestas durante nueve días en el garavato de la Plaza Mayor; y cómo después el mismísimo Rey lo elevó al cargo que mi dulce caballero ocupa hoy.

Me habla con los ojos empañados en lágrimas de emoción. Dice que así se siente al verme y acariciarme; y yo me veo transportada a la gloria de la felicidad. Dice, también, que cuando me abraza es el hombre más poderoso del mundo; más aún que Carlos, aunque éste reine sobre Castilla y Sicilia y Nápoles y las Indias y todo el Sacro Imperio. Entonces, me siento una princesa y brillo aún más para él.

Él me sujeta con sus brazos fuertes y seguros. Recorre mi figura con sus manos ásperas y siento, sin embargo, sus suaves caricias. Me toma firmemente y eleva mi cuerpo en el aire. Allí quedo estática, por un instante que es toda una eternidad. La visión es hermosa: yo, en lo alto, sostenida por el hombre que es mi razón de existir; él, gigante, con su cuerpo atlético tensado hasta el punto en que parece estallar, su melena azabache apenas movida por la brisa veraniega; su torso desnudo, sudoroso; parado sobre los dos pilares que son sus piernas, separadas apenas para lograr un correcto equilibrio; en una danza que hemos repetido cientos de veces. A los pies de mi amado, arrodillado y con su cabeza en el cadalso, está el Maestre Condestable Don Martín de Cardés, reo acusado de pecado nefando por el Santo Oficio de la Inquisición, y relajado a la Justicia del Rey que lo condena a morir decapitado bajo el hacha, en esta muy noble y leal Villa de Calahorra. Alrededor nuestro, en los tablados y las ventanas, los muchos asistentes venidos de todos los lugares de esta comarca, se desgañitan gritando groserías.

La eternidad se acaba y mi querido me impulsa para caer con fuerza. Su destreza en estas artes y mi filo separan, limpiamente, la cabeza del cuerpo. Me apoya suavemente a su lado y toma  por el cabello a la cabeza del ajusticiado que aún abre y cierra sus ojos de pupilas dilatadas. La muestra al populacho, que  estalla en una explosión de regocijo.

Después, cuando el cadalso queda solo y los monjes mendicantes se han llevado el cuerpo del ejecutado, me toma nuevamente con cariño y con un trapo mojado en aceites livianos; lentamente, mientras me habla otra vez con palabras tiernas, va limpiando de sangre el acero de mi hoja, venido del hierro de las laderas del Udalaitz, y fraguado a la calda en Bergara, según la antigua usanza de los maestros vascos. Cambia de trapo y seca mi mango de madera de roble quejigo nacido en la llanada de Álava, y en el que él, mi enamorado, grabó mi nombre con su daga. Luego baja la escalera del patíbulo cargándome en equilibrio sobre su hombro derecho, mi cabeza a su espalda; y toma con su mano izquierda la pequeña bolsa de cuero que contiene los dos florines con que los familiares del muerto le pagaron para asegurar que él, mi luz, me hubiese afilado adecuadamente, y que no fuesen necesarios más que un par de golpes para acabar con la vida del infortunado.

Sobre el autor

Daniel Frini (Argentina, 1963): Es ingeniero, escritor y artista visual. Publicó en revistas virtuales y en papel, blogs y antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y “Nueve hombres que murieron en Borneo” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Obtuvo, entre otros, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017, España), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España) y Premio del III Concurso Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén, (2019, España).

La biblioteca

Relato

El quejido de las sillas arañando el suelo, los golpes de libros y carpetas sobre los tableros, las voces de los alumnos que se dirigían a la puerta de salida del aula me despertaron. La clase de Literatura Medieval había terminado. Mientras el aula se iba vaciando, yo también comencé a ordenar los folios sin anotaciones, y a colocar confusamente mis libros en la bolsa.

Un contenido bostezo me obligó a colocar la mano sobre la boca y a alzar la vista hacia la mesa del profesor que continuaba sentado y mantenía los ojos clavados en mi cara. Don Alonso siempre abandonaba la clase por la puerta lateral cercana a su mesa, pero esta vez se acercó a mí entre las filas de pupitres de los alumnos y me habló con gesto severo.

‒La espero en mi despacho en cinco minutos  ‒me dijo con sus finos labios de metal y sus características cejas pobladas, que ahora resultaban más amenazadoras con el ceño fruncido.

Sentí un retorcijón en el estómago. El profesor era conocido por su  poca  cordialidad y su escasa generosidad a la hora de puntuar los exámenes.

A los cuatro minutos me encontraba ante el despacho del doctor Alonso Roldán. Golpee suavemente la puerta, pero no me contestó. Volví a golpear de nuevo con más contundencia. El profesor no estaba, pensé que probablemente se había entretenido con algún colega charlando por los pasillos de la Facultad.

Mientras le esperaba, pergeñaba excusas creíbles que justificaran mi grave falta. Don Alonso debía comprender que el turno de tarde era para alumnos que trabajaban por la mañana, que era viernes, que había sido un día especialmente difícil, que su clase era de la última de la tarde para mí, que mi agotamiento no me dejaba concentrarme a aquellas horas. Pero lo que no podía era expresarle el verdadero motivo de mi desinterés: lo mucho que me aburría el tema principal de ese trimestre: los libros de caballerías.

Esperé diez minutos más y comprendí que el profesor Roldán se había olvidado de mí y casi con seguridad se había dirigido a la siguiente clase. Decidí esperar en la biblioteca y volver al despacho después de media hora.

Me sorprendió no encontrar a nadie allí. Eran las siete y muchos alumnos solían quedarse estudiando hasta las ocho y media, la hora en que cerraban la biblioteca. El bibliotecario tampoco estaba en su puesto. Solo aquella enorme cantidad de libros que tapizaba las paredes bajo las altas lámparas, reflejaban sus lomos brillantes sobre las tristes mesas grisáceas.

Tomé al azar un libro de las estanterías y me senté en una de las mesas a leerlo. El Amadís de Gaula. ¡Qué casualidad!: era una de las lecturas obligatorias de la que debíamos examinarnos en breve, pero yo aún no había pasado del primer capítulo. Abrí el libro justo en una de esas tediosas escenas en las que el caballero pone en riesgo su vida para defender el nombre de su dama… “Entonces fueron al más correr de sus caballos, el uno contra el otro, e hiriéronse en los escudos y el caballero falsó el escudo a Amadís, mas detúvose en el arnés y la lanza quebró y Amadís lo encontró tan duramente que lo lanzó por cima de las ancas del caballo… y el caballero…valiente, tiró por las riendas… y llevólas en las manos y dio de espaldas en el suelo y fue tan maltratado… Amadís descendió a él y quitóle el yelmo de la cabeza… y tomándole por el brazo… tiróle contra sí y el caballero abrió los ojos…”

Yo también abrí los ojos: me había vuelto a dormir. Consulté mi reloj: ¡las nueve menos cuarto! Recogí mis cosas y me apresuré a salir de la biblioteca.

Súbitamente las luces se apagaron. Me asusté y caminé a tientas hacia la salida. ¡La puerta estaba cerrada! La golpeé fuertemente con los puños y los pies, pero no conseguí abrirla. Grité y grité llamando a alguien que me socorriera. Desesperada, lancé una de las sillas mientras gritaba. Después otra y luego otra. Solamente el silencio de la oscuridad me respondió.

Los minutos transcurrían lentos, amenazadores. El miedo se apoderó de mí. Me senté en el suelo contra la pared estrechando mis piernas entre los brazos. Escuché el intenso latir de mi corazón y no pude evitar el débil sollozo que inundó mi garganta.

En medio de la espantosa oscuridad, una luz parpadeante apareció sobre el libro que había dejado abierto en la mesa. La luz creció y tomó la forma de un hombre. Su cuerpo metálico reflejaba la llama anaranjada de la antorcha que portaba en una mano. Sentí terror al escuchar las fuertes pisadas, que se acercaban lentamente.

Pero cuando se aproximó a mí, reconocí su hermoso rostro.

‒Mi señora Oriana, nada temáis. He venido a rescataros –me dijo sonriendo y ofreciéndome su mano.

Sobre la autora

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en Universidades de India y África.

Sus relatos y poemas han aparecido en varias revistas y antologías. Con el relato “Alondra de fuego” fue finalista en el Primer Certamen de la Hispanic Culture Review de la George Mason University y con “La casa de las afueras” en el XXIX Premio Ana María Matute de la editorial Torremozas.

Libros publicados: Lihaf: Cuentos de mujeres de la India, Los confabuladores nocturnos: Relatos contemporáneos de la India y Cuentos a la luz de la hoguera.

El caso Clitemnestra

Relato

José Rodríguez sumaba los suficientes casos ganados, muchos de antemano imposibles, para afirmarlo entre los principales abogados criminalistas del país. Pasaba horas tras la mesa de su despacho, y allí respondió a la pregunta que acababa de formularle la hija de su clienta:

  —Sí, señorita, en mi cara se expresa que el caso se complica, pero no desesperemos… Las nuevas pruebas son concluyentes… Volveré a serle sincero: El fiscal empieza a frotarse las manos. Resulta que en el cuchillo que mató a su padre no hay huella alguna del amante de su madre…

  —¿Tan solo de ella?

  —Eso es. Sus huellas son las únicas que aparecen.

  —Entonces…

  —No veo como vamos a cargarle el muerto, señorita.

  —Le pagamos para eso.

  —Cobro una minuta razonable para evitarle un mal mayor a su querida madre, no lo olvide.

  —Mamá nunca tenía que haberle dado aquel primer beso… Estoy segura de que fue él quien la convenció para acabar con papá.

  —No es lo que he leído…

  —También habrá leído que quiso sacrificarme… Los mitos se cuentan cómo se cuentan, señor Rodríguez. Papá tenía sus cosas… También lo habrá leído.

  —Señorita, antes convertir en reina a su madre, Agamenón le mató a su hijito recién nacido y a su primer marido… Conozco bien a ese fiscal: Si le fallara el móvil pasional, tiraría de la venganza como argumento motivador, y lo haría a discreción, no lo dude.

  —Papa era un hombre espinoso, de discusión rápida, pero era querido y se hacía respetar. Recuerde que Agamenón no fue un héroe de pacotilla —apostilló sonriéndole.

  —Me place que se lo tome con cierto humor, Ifigenia. Debería sopesarlo…  Los dos sabemos cómo acabará la historia… ¿No cree que a su mamá le conviene entrar en la cárcel? Allí dentro estaría protegida de Orestes. Quizás el paso del tiempo acabe disipando su vengativa obsesión…

  —¿Y no la acabe matando? No conoce a mi hermanito, señor Rodríguez. Es un cabezota y nada le impedirá cumplir su papel en el mito. Ni tan siquiera que la víctima sea su propia madre. Usted lo ha dicho. Sabemos como acaba la historia. Solo si lográramos demostrar su inocencia… ¿Cree que podríamos servirnos de la enajenación mental transitoria? Tenía entendido que se trata de uno de sus recursos fetiches, ¿no?

José Rodríguez sonrió antes de encender un puro. Ifigenia contaba con la virtud de la obstinación. No fue cuestión de suerte. Empezaba a entender por qué aquella sacerdotisa había logrado salvar el pescuezo en el último suspiro.

Sobre el autor

Rubén Martín Camenforte. Nacido en España, licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ganador del III Certamen de Relato Corto ‘Fundación Villa de Pedraza’ 2008, ganador del II Certamen Literario de Cuentos y Relatos de Montaña ‘Cuentamontes’ 2009, primer premio en castellano del IV Concurso literario de relato breve El Laurel 2009, ganador del III Concurso Literario de Relato Corto ‘Manuel Rivas’ de la Irmandade Galega de Rubí 2019.

El asado

Relato

Y mientras río
mi valor se desmorona ante sus burlas.

Amy Lowell

-Querida, no pasa nada. Es lo normal, cuando una recibe por primera vez, tener dificultades… El acompañamiento es importante, sí. Pero la clave es el asado, que se quema o que queda crudo en algunas partes. Las orejas y las patitas, en general son lo más difícil de que salga bien en el asado, y para que estén crocantes pero no quemadas, hace falta mucha práctica… Ánimo, querida, tu chutney se deja comer -la consoló tía Celia.

Ana sonrió, avergonzada. Desde que se mudaron con Walter a la colina, era la primera vez que recibía visitas. Se había hecho mucha ilusión de agasajar a las tres viejas que dirigían el comité, y estuvo preparando el chutney desde varios días atrás, uno especial, una receta de la India, con hierbas silvestres que, según el libro que le prestara tía Celia, tonificaban la musculatura y daban sensación de energía. Ahora el chutney no servía más que para untar las galletitas de queso que ella había puesto sobre un bol, para calmar el hambre.

-La clave es el asado -siguió Tía Celia-; el mejor acompañamiento no salva un asado… imperfecto. Cuando tengas una presa, nos avisas y te guiamos en la preparación.

Tía Susana se ajustó el rodete y se acomodó unas guedejas que le colgaban del cabello; le gustaba mucho estar presentable: nunca se sabía quién podía caer de repente en una reunión. Hay que recordar que ella seguía soltera, que después de aquella malhadada oportunidad con un novio del pasado, nunca se le había presentado un candidato potable: tenía su bolso pegado al lado, lo abrió y sacó una polvera; estaba dispuesta a empolvarse la nariz cuando tía Águeda le echó una mirada fulminante.

-Es absolutamente ridículo, tía Susana, que…

-Lo sé, lo sé, tía Águeda, es una vieja costumbre que sigo desde que era una joven casadera.

Tía Águeda suspiró y pareció caldear el aire de la sala.

-Igual, las galletitas están muy sabrosas -murmuró tía Celia: no iría al Infierno por mentir, después de todo, no ella. Trató de tomar una galleta más como muestra de confianza, y llevársela rápido a la boca; el exceso de sal se le quedó pegado en los dedos y el gusto a ajo y queso parmesano le pasó con dificultad por la garganta. Estaba acostumbrada a sabores mucho más leves, o salvajes, según quiera verse, pero de ninguna manera a sabores así de groseros. De todos modos, no iba a ser ella quien pusiera a rodar la manzana de la discordia en la reunión, una reunión organizada por una chica tan joven, y que era su primera vez. Tía Susana y ella se habían resistido a la idea de que fuera la joven Ana la que… En fin, que ninguna de las otras les había hecho caso y después de todo era tía Águeda, la que presidía el comité, y como presidente era tía Águeda la que levantaba o bajaba el pulgar acerca del sitio adonde se organizaban las reuniones, fuera cual fuera el resultado de las elecciones en el comité.

-Me alegro de que te gusten, tía Celia. Donde termina la colina, y empieza la urbanización, a un lado de la carretera hay un almacén y ahí hornean las galletas. Son galletas caseras, hechas por los mismos dueños. Me gusta comprar en ese almacén, sobre todo los frascos de tomate al natural y…

Por fin tía Águeda abrió la boca para observar algo sobre la comida, pero lo hizo con tanta rapidez que el sonido se asemejó al de una puerta que cierra de repente una fuerte corriente de viento sur.

-Es el almacén donde tienen las vacas atrás.

-¡Sí! Tienen tres vacas manchadas y…

Tía Águeda se dirigió a las otras dos viejas:

-Ya saben cuál almacén es.

Tía Susana hizo que no.

-Aquel que tuvo problemas porque se le cortaba la leche y la manteca.

Tía Susana enarcó las cejas; tía Celia se quedó con la galleta a mitad de camino hacia la boca.

-¿Aquel que tía Marta le echó la maldición…?

-Exacto, ese -escupió tía Águeda.

-¿Tía Marta no vendrá?

Tía Águeda movió la cabeza negativamente.

-Tuvo un ataque cerebral, pobre tía Marta.

-Hace poco pasé por su casa y la vi desde la ventana -comentó con tristeza tía Celia-; estaba sentada en la silla mecedora, y tenía al minino negro encima de la falda y lo acariciaba a contrapelo y una y otra vez, una y otra vez, con la mirada perdida…

-¡Las comilonas que hacía tía Marta! ¡Los asados!

-¡Qué mano exquisita para la cocina!

-¡Usaba el libro de recetas de Julia Child, siempre!

-¡Cebaba las presas por lo menos tres semanas! ¡Qué fuente servía después!

-No puedo acostumbrarme a la idea de que ya no vendrá más a las reuniones -se quejó tía Susana- apuesto a que debe existir algo, una cirugía de la cabeza o un conjuro tal vez que…

-Tuvo un ataque cerebral, tía Susana. Segunda vez que lo digo y ya saben que no me gusta repetir las cosas, es señal de chochez.

-Hay cosas peores que un ataque cerebral -insistió tía Susana.

Tímida, Ana metió un bocadillo:

-¿Qué puede haber de peor que un ataque cerebral?

-…

Nadie le contestó.

Tía Águeda se dirigió hacia la ventana con pasos lentos, tambaleándose sobre sus tacos. Parecía que caminaba guiada por el olfato y Ana sintió un sudor frío correrle espalda abajo. ¿Cuál sería la peor cosa que le podían hacer?, pensó, y recordó un filósofo antiguo que decía que para paliar el miedo, una debería calcular qué es lo peor que le puede ocurrir, para hacerle frente. ¿Acaso tía Águeda la fulminaría? ¿La metería dentro del cuerpo de otra bestia como ella había leído en los cuentos que…? Pero eso, de eso se trataba, que eran cuentos de hadas, cuentos de viejas. Quizá había un punto en que la realidad y la ficción se tocaban, y a ese punto, a la presa, ella le había dado órdenes claras de que no hiciera un solo ruido, que evitara respirar si fuera necesario, y así ella salvaría su vida y lo devolvería a la madre, al otro lado del lago. Tía Águeda se volvió y dijo con sequedad:

-Dentro de esta casa huele mal. Abre la ventana, Ana, que está trabada.

Ana lo hizo en un instante y una oleada de la fragancia de los pinos la trajo a la realidad.

-No sé para qué le hiciste abrir la ventana, tía Águeda -se lamentó tía Celia-frotándose los hombros- vamos a pescar una pulmonía y ya sabes que a esta edad no se sale tan fácil de…

-Hay luces en la cabaña de tía Cristina, al otro lado del lago -explicó tía Águeda. -Todavía es temprano, podemos cruzar en el último ferry e ir a cenar allá…

-¡Pero si casi son las nueve de la noche! -rezongó tía Susana.

-Es temporada de pesca, están todos pescando pejerreyes. También por la noche; así que podremos cruzar con tranquilidad. Ya sé que la gula es mala consejera, pero hoy es viernes y no hemos cenado. Tía Cristina siempre tiene alguna presa adobada en el freezer.

Era inútil discutir con tía Águeda. Las viejas tomaron su bolso, y tía Susana, apenas quedó fuera de la vista de tía Águeda, sacó su polvera con rapidez y se empolvó la nariz. “Nunca se sabe…”, murmuró en voz baja. Tía Águeda tomó su cartera negra, tenía allí dentro los documentos, las actas del comité, plata para los billetes del ferry y una receta de quinientos años, firmada por una tal tía Ester que a esta altura de los tiempos era una leyenda, sobre cómo debe hornearse la presa dentro de un pastel. Las tres saludaron a Ana con gesto de la cabeza, excepto tía Celia, que le dio un beso en cada mejilla. Tía Celia olía a té verde y a carne cruda.

Ana se quedó en el umbral de la puerta, viéndolas partir, colina abajo hasta dársela desde donde partía la lancha. Quería asegurarse de que llegaran sanas y salvas hasta allí, que no se tropezaran y doblaran un tobillo, o que alguno de los perros vagabundos que les ladraban con rabia a su paso, finalmente, lograra atraparlas y regresaran a la casa de Ana en busca de refugio. Pasó un buen rato así, casi olvidada de sí misma, oliendo los pinos, ¡esa maravilla de la Naturaleza!, la prueba de que hay un dios que es capaz de hacer bellos regalos a los hombres. El olor de los pinos, eso, que se le metía bajo la piel, le recordaba que debería hacer un largo trabajo para recuperar su alma de los extravíos.

-Señora… -oyó desde el corral.

Ana recordó la presa en su jaula, entre las tres o cuatro gallinas ponedoras, escondida.

-¿Cuánto falta hasta que se vayan sus amigas?

Ana corrió a liberarla: contaba cuatro años, dos colitas rubias y muchas pecas. La había robado de la sala de pediatría del Hospital Central; le había curado el dolor de panza y la había llenado de golosinas, como las viejas le aconsejaron hacer con las presas. La presa no tenía ningún miedo, se había limitado a pedirle que apartara los chocolates rellenos con menta y los caramelos de menta y todo lo que tuviera mentol y menta porque le daban náuseas. Lo demás, bienvenido sea.

-¿Cuánto dura el campeonato de loba, señora? -preguntó intrigada desde la jaula.

El resto, es historia. Abrió la puerta de la jaula y la hizo salir; le ordenó que corriera sin mirar hacia atrás, veloz como si el demonio le pisara los talones, colina arriba, hasta donde el cura párroco tenía su iglesia. Que nunca contara nada a nadie de lo sucedido, que nunca, de ser posible, la recordara. Que dijera que se perdió, eso solo. Tantas chicas se pierden en la actualidad y a nadie se le ocurre pensar que se las llevan las brujas por las montañas.


Sobre la autora

Patricia Suárez nació en Argentina en 1969. Es dramaturga y narradora. Publicó los libros Perdida en el momento (Premio Clarín de Novela 2003) y Esta no es mi noche (Alfaguara, 2005). En 2007 recibió el Primer Premio Cosecha EÑE de la revista homónima por su relato Anna Magnani. En 2008 publicó la nouvelle Album de polaroids por la editorial LA FABRICA, de Madrid y en 2010 la novela LUCY por Plaza y Janés, Argentina. En 2012, por el El Arbol de Limón, ganó el Premio Cortes de Cádiz correspondiente a la rama de relato, otorgado por la ciudad española de Cádiz. Posteriormente, en 2013 publicó en Ross Editorial (Rosario) la novela La prueba viviente, en 2016, en la ciudad de Santa Fe, el libro de cuentos Siempre caigo en los mismos errores y en 2017 en Editorial Galerna la novela La renguera del perro.

Amado psicopompo, un poema de Maximiliano Nicolás Sacristán.

Poesía

Amado psicopompo

 

Engranaje de Tánatos,

subalterno del Hades

aunque no me escuches

déjame decirte:

me enorgullece ser tu pasajero.

Cada palada tuya

me adormece otro poco,

digno guía:

el agua negra es tu alimento.

Le hablo a tu nuca argentada:

eres justo hasta el dolor

hasta el hedor.

Indolente nos abandonas

en las puertas de la nada.

Nosotros los tripulantes

de la fatalidad

te vemos (nos vemos) cargar

tu hatajo de condenados.

Aqueronte último viaje.

Como tantos, yo también confié

en que tu aventón jamás llegaría.

Y ya en la otra orilla

escupiré mi moneda

en tu cara,

pomposo psicopompo.

Será mi última irreverencia,

mi gesto de amor,

mi última voluntad.


Sobre el autor

Maximiliano Sacristán nació en Buenos Aires en 1974. Publicó la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, Literaturas.com Libros, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento breve organizado por la Asociación cultural “El Coloquio de los perros” de Montilla, España.

En 2017 recibió el primer premio del Quinto Certamen de relato corto “Tabarca Cultural” de Murcia, el segundo premio del Segundo Concurso de relato “El baloncesto es tu palabra” organizado por el club Fuenlabrada y la editorial Entrelíneas (Madrid), y el segundo premio de cuento del Tercer concurso organizado por la Asociación cultural Letras Cascabeleras (Cáceres, España) por el volumen “Tripalium”.

En 2018 ganó el primer premio del concurso de poesía “Mujer y madre” coorganizado por la Asociación de Escritores de Asturias y MundoArti (España) y el primer premio del XII certamen de novela corta organizado por la editorial Mis Escritos (Buenos Aires).

La espera y otras microficciones de Ricardo Bugarín

Relato

LA ESPERA


Dejó sus ojos en el alféizar de la ventana y, a fuerza de memoria, tejió y destejió su tarea cotidiana. Sabemos que al final, hubo un encuentro. Los aedos cuentan de un tálamo y otras minucias.


(Texto inédito en libro)

PASEOS A LA HORA DE LA SIESTA


Dulce Prudencia caminaba apaciblemente por los apretados senderos que formaban las enhiestas y tupidas enredaderas. Al volver, en un recodo, se encontró de frente con el fauno que estaba durmiendo su siesta. Nunca había observado un cuerpo con tales proporciones y su púber corazón le dio un vuelco. Desanduvo despaciosamente los senderos transitados, en una especie de levitación, procurando no hacer notar su presencia y se refugió en su alcoba de siete trabas.
Desde aquella visión, las noches de Dulce Prudencia no se aquietan contando cervatillos para conciliar el sueño y la vida se la ha convertido en una afiebrada vigilia. Se la ve lívida y sonámbula, soñando todo el tiempo con un laberinto que está del otro lado de su puerta.


De: “Inés se turba sola” (2015)

RECORDATORIO


El cirujano dijo que esa nariz era perfecta, que los pómulos eran los adecuados y que el mentón había adquirido la personalidad deseada. Hicimos las inspecciones de rutina y aceptamos, en un todo, los logros alcanzados. Ayer comenzaron a hacer las copias numeradas y mañana estarán a su disposición para entregarlas. Testó que quería una para usted en oro fino. El resto se confeccionará en bronce dorado y todas tienen una pequeña peana con la inscripción en caracteres de la fuente Trajana. Ella adoró siempre aquel lejano imperio y por ello usted verá esa honorable tipografía en la base de la máscara.

De: “Benignas insanias” (2016)

Sobre el autor

RICARDO ALBERTO BUGARÍN (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962) es escritor, investigador y promotor cultural. Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en microficciones: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) , “Inés se turba sola” (Macedonia, Buenos Aires, 2015), “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile, 2016) y “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017). Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia). Su obra integra diversas compilaciones, del género de minificción, editadas en diversos países.

Los últimos minutos de Bérenger de Lacroisille – Daniel Frini

Relato

Fray Bérenguer de Lacroisille ha sido torturado.

Hoy es sábado, el día once antes de las calendas de noviembre del año de Gracia del Señor de 1307.

Hasta hace diez días, Bérenger era Turcoplier de los Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici, la Orden de los Caballeros Templarios; sin embargo, ahora no es más que un preso en las manos de los verdugos que dirige Guillaume Imbert, Inquisidor General de la Fe en Francia y confesor de Felipe IV, el Hermoso.

Fray Bérenger ha sido sometido al strappardo; le ataron dos grandes campanillas de bronce a sus testículos, a modo de burla; y también pasó por la squassation, con lo que le han dislocado hombros y brazos, y quebrado las piernas en varias partes. Ha sido fustigado y le han arrancado tiras de piel y carne con garras de gato. Le han sacado las uñas de los dedos y en su lugar han colocado clavos candentes; y le han quemado las plantas de los pies con planchas de metal al rojo.

Fray Bérenger ya se reconoció sacrílego, hereje, apóstata, idólatra, sodomita y simoníaco. Ha declarado que él y sus hermanos del Temple escupieron sobre la Santa Cruz, renegaron e insultaron a Cristo, rindieron culto a dioses paganos, veneraron a vírgenes negras, adoraron al Bafometo y practicaron ritos obscenos, incluso el Osculum Infame.

Fray Bérenger no sabe de las intenciones del rey Felipe, de su canciller Nogaret y de su chambelán Portier de Marigny, ni de la indecisión del Papa Clemente V.

Está solo y desnudo en una celda sin, siquiera, el confort de un poco de paja sobre la fría piedra del piso. Desconoce que su Gran Maestre Jacques de Molay ha caído, también, en desgracia y está prisionero a unos cuantos pasos de él.

Supone, sí, que no es el único cautivo. Cree haber escuchado a los verdugos cuando nombraban a sus amigos Fray Robert de Plessiez y Fray Reinald de Milly; y entre idas y venidas de los continuos desmayos, le parece haber escuchado las súplicas de su Senescal, André de Périgord, que venían desde una celda no muy lejana.

Sin embargo, el dolor que siente en algún lugar de su pecho es infinitamente más fuerte que aquel que le provoca la tortura. Fray Bérenger respondió afirmativamente a todas y cada una de las aseveraciones de sus inquisidores;  no por temor al tormento, sino como resguardo para no delatar a la única persona que le importa: Cécile de Monssac.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos participaron en orgías en las que no había mujeres, mientras pensaba en los destellos de los hermosos y grandes ojos negros de Cécile.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos reverenciaban al demonio encarnado en un gato, mientras recordaba una radiante y franca sonrisa dorada.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos quemaban niños y bebían sus cenizas mezcladas con vino consagrado, durante la celebración de la Santa Misa, mientras evocaba unas trenzas azabache, que brillaban como el ébano de Santa Helena a la luz del sol.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos afirmaban que Cristo había sido un falso profeta, y que no había padecido en la cruz para la redención del género humano, mientras rememoraba la tersura de una piel blanquísima y el rubor del decoro de su amada.

Pero Fray Bérenger de Lacroisille jamás vio a Cécil de Monssac. Ni siquiera sabe si existe. Hace más de diez años, en uno de sus tantos viajes por el Rousillon, oyó la cansó que trovaba Amanieu de Sescars, y se extasió ante aquella declaración de amor que imaginó suya:

 

La belleza y el bien que hay en mi dama

me tienen gentilmente atado y preso.

 

Y Bérenger imagina que no es la Inquisición quien lo tortura. Sueña que es Cécil quien maneja la fusta o arranca sus uñas, y delira que ella le canta, aunque las palabras sólo suenan en su mente afiebrada.

 

No está curada la llaga que me hiciste, amor,

cuando me heriste con tu cruel espada.

 

No le importa el Temple, ni su Maestre, ni su Senescal, ni sus compañeros. Está dispuesto a firmar cualquier confesión, y hasta renegar de la gracia del perdón ofrecido por los domínicos, si se lo ofrendasen. Está dispuesto, incluso, a inventar cuanta maldad le insinúen y ponerla en boca hasta del mismísimo Papa, si se lo ordenasen.

No sabe por qué, pero espera de manera ardiente la sesión de tortura venidera en la que le arranquen la lengua con tenazas para asegurarse de que ni en el delirio de la fiebre que lo abrasa va a nombrarla.

 

Yo ardo sin ser quemado

en vivas llamas de amor.

 

Fray Bérenger soporta todo sin desmayarse porque teme pronunciar su nombre y que sus jueces se interesen en ella, y la busquen. Le espanta la idea de que Cécil exista, y los verdugos de la inquisición la encuentren y la sometan al espanto por el puro placer de apagar su hermosura.


Sobre el autor

Daniel Frini nació en Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista, escritor y artista visual. Publicó en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Bolivia y Perú. Fue traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y “Nueve hombres que murieron en Borneo” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Obtuvo, entre otros, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España).

 

 

La barca de Caronte, Rey de Nadas y Palinuro de Arturo Hernández González

Poesía

La barca de Caronte
(proemio a José Benlliure)

Una cicatriz en el agua es todo cuanto ha dejado
la huella trashumante que en mis ausentes deposito.

Tallados por el hospicio flotan mármoles que guían
ésta barca, por mi condenación y otro júbilo; otro vicio.

Auspicia la noche el eco de las olas en gravamen.
Para auscultar el juicio blanco abro mis venas:
El pálido agredir; a otros más puros, me condena.

Y a la deriva algo se aleja de este místico suicidio
que en hora extraña, ausente, embrutecida precipito.

Atado a un mástil como un cristo de aguas, se me agitan
sienes turbias que contra la soledad que llueve, yo vacío.

Ampara la noche el aullido silencioso de mi crimen.
Para perder el horizonte ayuno el grito de mis venas:
Oh! Y el pálido ignorar a otros más puros, me condena


Rey de Nadas

Al volver sobre tu costado izquierdo
el peso ya sin voz de las muchas horas,
sonríes a lo inmenso del dolor fraterno
que durante los viajes aprobó tus obras.

Al llegar a Ítaca te abriste llagas purpuras
en la piel que Atenea dejó sobre tu rostro…
Y añadiste fría locura a lo que mendigabas
para ocultar tu perfil olímpico al oprobio.

Argos batió su cola saludando tu regreso:
Roto como estaba ignoró aún sus agonías
para honrar la fe infinita que tú, su amigo,
habías pactado con él, en tus despedidas.

Nada advirtió el sabueso de tus zozobras
más que una lágrima y el inaudible grito;
el llanto jamás oído, de un Rey de Nadas.

Algo supo después de ti el mundo intacto…
Veinte años sólo te dieron tristes epifanías:
¡Viste devuelta tu ciudad, al perder un reino!


Palinuro

Sigue la macula del sol sobre los mares
y préstate indiferente al canto de sirenas
que aullará en sin fin de heridas abisales
talladas por ebrio Neptuno de nostalgias.

Has de soñar con viejos puertos invisibles,
en ellos abrevan un millar de lunas blancas.
Un solo cuerpo de mujer abrazará los seres
que has dejado atrás, ahogado de nostalgias.

Cegado de soberbia advertirás entre visiones
que no volverás ya para corregir tus huellas
en la senda humilde que avecina a tus amores.

Y morirás como has visto: a mano de ladrones.
De ti no habrá ni un puñado de cenizas últimas,
en la vasta soledad de los enrojecidos arenales.

¡Insepulta la carcasa que fuiste en tus días
tu espíritu vagará ya lejos añorando nepentes
que se truequen en tu corazón por clepsidras!

Y rogarás en obscuros Tánatos al celeste Eneas
que por honor a los trabajos de los días de antes
pague al barquero su tesoro de monedas viejas.

No será, no obstante, pues la Sibila de Cumas
que acompaña a Eneas, te prometerá efemérides
que la tierna indiferencia del mundo, ya adivinas
celebrará para dar descanso a tus muchas muertes.

Nada aún comprendes ni conoces. Sobre los mares
sigue la macula del sol, desoye el canto de sirenas,
pues la hambruna de ese rumor de voces frágiles
será el patético consuelo musical de tus desgracias.

 


 

Sobre el autor

Arturo Hernández González es escritor, docente, traductor y poeta colombiano.

Es posible encontrar una parte de su obra en la Revista Humus de la Universidad La Serena (Chile), en la Revista Literaria Pluma y Tintero (España), en la Revista literaria La Caída de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia), en la Revista Demencia (Colombia-México), en la Revista Monolito (México), en la Revista Cronopio (Colombia), en el Periódico Las2Orillas (Colombia), en la Revista Gregario del Centro Internacional de Estudios Literarios (México), en la Revista Cinosargo (Chile), en la Revista Elipsis (Colombia) y en la Segunda Antología de Poesía de EdicionesDeLetras (2013).

Ha traducido al castellano a autores como el poeta búlgaro Stefan Tsanev, el poeta siciliano Ibn Hamdis, al Premio Nobel de Literatura (1981) Czeslaw Milosz y a los poetas checos Vladimir Holan y Vitezslav Nezval. Prologó el libro de poesía Identidad del poeta y periodista argentino Leandro Murciego, realizó la introducción a la edición bilingüe de El Cielo Ajedrez y el prólogo del libro Altar de Luz y Luna del poeta español Antonio Agudelo. Le han sido realizado numerosas entrevistas, destacando sus intervenciones en la Feria Internacional del Libro (Colombia, 2012), en la radio argentina para el programa Noche de Letras 2.0, en la radio estadounidense en Punto y Seguido Radio para el programa Debajo del Sombrero, en la Revista Cinco Centros (México) y en la Fundación Universitaria del Área Andina (Colombia, 2016).

Es autor de los libros Olor a Muerte, publicado en un compendio por la Red Distrital de Bibliotecas Públicas (Biblored, 2011; 2012) y Breviario de lo Incierto (2017). Fue honrado con el título honorario Embajador de la Palabra (Museo de la Palabra – Fundación Cesar Egido Serrano, España, 2014; 2018). Ganador del I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (2017). Es el Director de la Revista Internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto.

Acacio, bibliotecario, inventor de la nada (El décimo signo).

Relato

El silencio domina la tarde calurosa en el monasterio eutiquiano de Deir Mar Takla, a orillas del Éufrates, en un día del año que siglos más tarde será conocido como setecientos cuarenta después del natalicio de Jesús el Cristo.

Acacio es un hombre inteligente y lector ávido de los textos griegos y árabes que enriquecen la biblioteca a su cargo, lo que le ha conferido un merecido prestigio de hombre sabio y santo.

Pasó los últimos meses abstraído en una idea apasionante, sugerida por los libros, que lo sobresalta y emociona. Hace semanas que duerme poco y nada, descuida las oraciones, apenas come y se muestra distraído y ausente. Sólo esta mañana compartió su razonamiento con los otros diez monjes, mientras comían unos mendrugos de pan ácimo, y agitó la atmósfera tranquila y centenaria de los claustros ganados a la roca. La respuesta, tal como lo esperaba, ha sido de duda, en el mejor de los casos, y de escándalo en la mayoría. Sólo el abad se mantuvo callado y meditando las palabras del bibliotecario.

Ahora, en el tiempo quieto que sigue al mediodía, Acacio decide que una buena manera de ordenar sus pensamientos es ponerlos por escrito.

Está en su kalbbia y, por el ventanuco abierto en la piedra, mira sin ver el horizonte árido, más allá del río. En un gesto mecánico, con su mano, limpia el palimpsesto sobre el que va a trabajar. Hunde el kálamos en el recipiente con tinta —hecha por el hermano especiero con leño de espino, nuez de agalla, piedra negra, miel, vino y vitriolo azul—, escurre el sobrante y lo dirige a la superficie, detiene su mano en el aire durante un segundo, dudando, y finalmente escribe:

«¿Porqué, mi Señor y Dios, me es dado hacerme esta pregunta? ¿Es el Gran Enemigo quien quiere hacerme pecar dudando de Tu Sabiduría? ¿Me he dejado ganar por la soberbia? Si has querido que algunos conocimientos permanezcan vedados a los hombres, ¿porqué encuentro que mi reflexión no es equivocada?

He conocido el ingenio sutilísimo que poseen los sabios de la India, con el que superan a los demás pueblos en aritmética y geometría, el mismo que heredaron los infieles muslimes: un valioso método de calcular, que sobrepasa toda imaginación, de manera tal que parece cosa de magos o demonios; y que manifiestan mediante nueve signos, con los que pueden indicar cualquier grado de magnitud, desde Tu Unicidad hasta la cantidad total de días de la Eternidad».

Un carraspeo lo detiene. Acacio gira la cabeza y se encuentra con la figura diminuta y encorvada del abad que se recorta en la puerta baja de la kalbbia.

―Bendiciones, hermano bibliotecario.

―Bendiciones, hermano abad

Acacio baja la cabeza en señal de sumisión y, aunque sabe por qué su superior está allí, pregunta con cortesía:

―¿A qué debo el honor de tu visita?

―Seré franco y directo, hermano. El Señor me ha dado la gracia inmerecida de una inteligencia que me permite apreciar el trabajo de hombres eruditos, como es el caso de los hombres del Panyab o de Bendosabora; o el tuyo propio, querido hermano. Me gratifico y sorprendo con la grandeza de Dios que ha negado Su Persona a los infieles, y sin embargo los ha iluminado para que con nueve trazos convenientemente ubicados resuelvan lo que ha sido un esfuerzo extraordinario para los latinos y nuestros padres griegos. Y está bien que así sea: nueve lunas necesita la madre para traer un niño a la vida, Parménides dice que el nueve es el número de las cosas absolutas, Porfirio dice, en sus Enneádes: «he tenido la alegría de hallar el producto del número perfecto, por el nueve»; nueve son las órdenes de los ángeles, hay nueve clases de demonios y nueve piedras preciosas; nueve puertas permitían el acceso al K del Templo de Jerusalén; tres mundos hay―cielo, tierra e infierno— y en cada uno de ellos hay una tríada; por ello el nueve es el número que cierra el tercer ciclo a partir de la unidad, y con ello, la creación. Pero no entiendo, querido hermano, tu empecinamiento en decir que a los sabios que nos precedieron se les ha pasado algo por alto…

―Hermano abad, en mis meditaciones me he encontrado con cierta anomalía que es la raíz de mi desasosiego. Los Padres latinos enseñan que el Hijo de Dios volvió de entre los muertos al tercer día, y así lo aceptamos. Es nuestra fe que entregó su alma a la Misericordia del Hacedor el día viernes, que contamos como el primero; transcurrió el sábado, que es el segundo día, y resucitó para la Gloria del Padre y nuestra salvación eterna, el domingo, que contamos como el tercero. Sin embargo, tal forma de contar los días jamás me resultó clara y he dado con otra, que no hallo errónea: Jesús el Cristo murió a la hora nona del viernes. Y las horas transcurridas hasta la cuarta vigilia del domingo, cuando María de Magdala descubre el sepulcro vacío, hacen apenas un día y fracción; y no tres días como nos han enseñado nuestros Padres y profesamos en nuestro Símbolo de Fe, cuando decimos «Padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras». Ahora, hagamos el mismo razonamiento contando al revés: partiendo de la última vigilia del domingo hasta la última vigilia del sábado, contamos un día; pero la cantidad de horas desde la última vigilia del sábado a la hora nona del viernes, no hacen un día. Esto quiere decir —y esta es la clave de mi agonía― que hubo un tiempo en que no hubo días. Los nueve signos de la India no contemplan este dilema ¿es necesario un signo nuevo?

―Ni los hindúes, ni los muslimes mencionan nada acerca de este acertijo.

―Es verdad. Y sólo en Ptolomeo, en el sexto tomo de su Hè Megalè Syntaxis, he encontrado un símbolo al final de una cantidad para indicar un centenar; y no puedo saber si él llegó a la misma conclusión a la que he arribado, pues nada aclara sobre el tema, y si así fuera, su notación no ha sido utilizada otra vez.

―Pero Acacio, hermano; si tal signo existiese, debería ser un signo ideado por el maligno y contrario a la Voluntad del Señor.

―Eso me inquieta, hermano abad. Tal signo representa la ausencia de cantidad. Cuando deseo adicionar a cualquier cifra la ausencia de cantidad, el resultado es la misma cifra; en cambio, cuando intento usar la tabla de Pitágoras para hacer el producto, agregando a ella el signo de la ausencia; transformo cualquier cantidad en nada. cuando repetí innumerables veces e procedimiento no encuentro equivocación en mi razonamiento…

―¿Te das cuenta, hermano, de lo que propones? De existir tal signo, Acacio, sería arquetipo de la ausencia y paradigma de la nada. Tendríamos a mano el Poder del Señor para destruir mundos mediante un simple signo.

―Lo he visto. Y me asusta este descubrimiento. Ruego por que la Sabiduría de Dios me guíe y me indique el camino. ¿Qué debo hacer? ¿Dar a conocer mi descubrimiento a los sabios para que ellos también conozcan Su Poder y nos acerquemos a Él? ¿Debo ocultar lo que me ha sido permitido vislumbrar?

El Abad respeta la erudición de Acacio y lo admira; y no puede más que asombrarse de la lógica del razonamiento del santo. Él ha recorrido todo el Oriente defendiendo la doctrina de Eutiques en disputas cristológicas desde Nicea hasta Antioquía. Es un hombre capaz y sabe reconocer el poder inmenso que ha descubierto Acacio en el décimo signo. Y esto lo asusta más que los daimones, diábolos y espíritus impuros a los que ha vencido; más que Asmodai, Choronzon o .

Acacio, que aún no ha soltado el kálamos, baja su cabeza y cierra los ojos.

El abad, veterano de mil batallas contra el Indigno, se mueve rápido. Toma el instrumento de caña de la mano del monje y lo clava, con todas sus fuerzas, en la garganta del bibliotecario que no alcanza, siquiera, a sorprenderse. Minutos después, Acacio muere.

El Abad sabe que el peligro está aún latente: él mismo ha visto el fruto del Árbol del Conocimiento que le fue prohibido al Padre Adán y desea olvidar con toda la fuerza de su viejo corazón, pero entiende que no podrá hacerlo. Sabe, también, que en el futuro podría ser engañado por el Oscuro y persuadido a revelar el misterio. Entonces, toma el recipiente de tinta  y bebe el contenido de un trago. Se acuesta en el suelo caliente del pequeño cuarto. Reza en voz inaudible pidiendo perdón. El calor de la tarde que se alarga hacia la noche lo adormece. Recuerda la melodía de una vieja canción que le cantaba su madre; y, aunque se empeña, no consigue recordar la letra. Luego, los venenos de la tinta apagan todo para él también.

 


Sobre el autor

Daniel Frini nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Libros en Red, Buenos Aires, 2000 / Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) y “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio IX Certamen Internacional de Poesía (2011, España), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España).