La princesa cautiva por Ramón González Reverter

Relato

Prólogo

En el año 334 a.C. Alejandro Magno cruzó el Helesponto al frente del ejército macedonio, un contingente de aliados griegos y una pequeña flota de refuerzo ateniense. Tras la batalla de Issos, en la que derrotó a los persas del rey Darío, mientras asediaban la ciudad fenicia de Tiro, el general Parmenio atacó por sorpresa Damasco y se apoderó del tesoro que el Gran Rey tenía para pagar a la soldadesca, y capturó a la totalidad de la familia real y a Barsine, la viuda de Memnón de Rodas, comandante de las fuerzas persas en Asia Menor, con fama de ser la mujer más hermosa del mundo y considerada descendiente de Afrodita, aunque fuese hija de Artabazo, sátrapa de la región de Frigia.

Barsine era de noble cuna, ingeniosa, seductora y risueña. Incluso Alejandro había quedado prendado de ella, pero durante los meses que duraba el sitio a Tiro se limitaba a tratarla con galantería.

La atractiva viuda solía pasear sin excesivo pudor por el campamento de los macedonios. Aquel había sido un día especialmente bochornoso, con un elevado grado de humedad. Con objeto de aliviarse del calor, Barsine, después de bañarse completamente desnuda en el mar, para escándalo de los soldados más veteranos, enfiló hacia el pabellón de las esposas de los oficiales de alta graduación, los taxiarcas del ejército.


Como siempre vestía a la griega, con un quitón blanco con una franja púrpura que a su vez estaba ribeteada de pan de oro. El grácil tejido de lino plisado insinuaba un cuerpo perfecto de miembros esbeltos y dejaba entrever unos senos erguidos y unas nalgas redondeadas. Abierto por los costados, asomaban unos muslos perfectamente torneados. Llevaba la frente ceñida por una preciosa diadema, los brazos adornados con intrincados brazaletes de oro forjados por los mejores artesanos locales, los labios rojos y los ojos pintados con bistre. Barsine estaba soberbia.

Al entrar en la tienda, se encontró con que Casandra, embarazada de seis meses, permanecía recostada en un triclinio mientras una pareja de esclavos la abanicaban y una doncella libia servía pasteles y vino. La recién llegada hizo una reverencia, el usual gesto de cortesía. Barsine se movía con la elegancia de una sílfide, las estatuas de mármol que constituyen las columnas de algunos templos griegos. Sus delicadas manos revelaban una vida de ocio y placer.

—¿Es un buen momento para una visita?

—Adelante, Barsine. Ya sabes que tu compañía siempre me place.


—Pero en tu estado…

—No te preocupes —manifestó Casandra afable. —Estoy soportando los rigores del embarazo y me vendrá bien un rato de asueto.

—Pues yo también he de confesar que necesito un poco de diversión. Soy una cautiva aburrida de vivir rodeada de tropas codiciosas de botín, listas para asesinar y violar.

—La guerra se reduce a eso, crueldad e injusticia. Debido al peso de la responsabilidad que agobia a los maridos, es lógico que nosotras sirvamos de esparcimiento para aligerarles de la pesada carga. De hecho, es lo mínimo que se espera de cualquier esposa, que les relajemos en el tálamo antes del reposo cotidiano. Amor con total devoción, ese es nuestro sino.

—Exacto, tú misma lo has dicho. Se nos exige aplacar su lujuria, por ese motivo siempre he procurado mostrarme voluptuosa a fin de provocar el deseo en mi esposo. En cambio, tú estás dispuesta a correr el riesgo de parir otro hijo. Tú que tenías fama de ser tan hermosa como una vestal.

La aludida no pudo evitar soltar una carcajada, sin malicia alguna.

—Exageraciones. Me temo que mi belleza nunca ha sido comparable con la tuya. Es obvio que detesto estar encinta, pero…

Casandra se encogió de hombros. Las mujeres, sobre todo las de alta alcurnia y noble cuna, que competían por los varones aristócratas de la corte, se llevaban como el perro y el gato. Sin embargo, ellas parecían mantener una sincera amistad.


—Eres muy valiente, ¿sabes?

—¿Por quedarme preñada? ¿Acaso tú no lo harías?

—No tuve hijos con Memnón —confesó Barsine apesadumbrada, aunque con suma entereza.

—Perdona mi torpeza. No tenía intención de herir tus sentimientos.

—No te preocupes. Has sido muy considerada, de veras… Déjame que te explique. La vida en la Corte Real de Darío podía resultar muy aburrida, pero debías lidiar con una jauría de jóvenes dispuestas a abrirse de piernas con tal de cazar la pieza más codiciada de la nobleza.

Su voz tenía un timbre y un tono de una sensualidad irresistible, a la par que una cadencia exótica añadía un plus de fascinación. Casandra entendió por qué aquella mujer enamoraba a cualquiera que hubiera tenido la ventura de conocerla y escucharla.

—De hecho mi vida se reducía a vivir en lujosos palacios atestados de nobles ambiciosos capaces de devorarse mutuamente con tal de ascender. En teoría, todos formaban parte de la élite, pero trepaban unos sobre otros y se comportaban con una crueldad asombrosa. Y las mujeres eran peores porque actuaban en las sombras. Casada con un mercenario griego al servicio de los persas, aunque fuera el comandante de sus fuerzas armadas, me sentía como una forastera en mi propio hogar.


—Penoso dilema. Comprendo tu estado de ánimo.

—Con franqueza, mi corazón se hallaba desgarrado por dos sentimientos contradictorios. Por un lado el instinto maternal y por otro el mundanal placer. Como a toda mujer, la maternidad me atraía –alegó con voz harto seductora—. Sin embargo, me asustaba la posibilidad que Memnón se cansara de mí y me relegara en pos de alguna concubina. O peor aún, que me repudiara por otra. En esa época mi prioridad era impedir que olvidase mis encantos.

Casandra la contempló de hito en hito apreciando su belleza. Su cabello de color miel enmarcaba unos ojos verde esmeralda ligeramente sesgados. Su aspecto era imponente y su porte regio.

—El típico comportamiento de una esposa apasionada.

—Por eso hice cuanto pude para evitar quedarme embarazada —murmuró Barsine abrumada por la melancolía, bajando la mirada hacia la alfombra que cubría el suelo de la tienda.

—No seas ingenua. El tiempo pasa para todos. Siempre habrá candidatas al lecho conyugal cuando no estés en la flor de la vida.

—He sacrificado mi juventud en aras al placer de mi esposo, siguiéndole en sus campañas, allí donde fuera hasta que murió luchando contra Alejandro durante el asedio de Mitilene. ¿Aunque quién sabe? Admito que algunas veces me arrepiento de no haberle dado un heredero a su estirpe.

Su habitual vivacidad se había esfumado sustituida por una expresión compungida. Casandra notó una oleada de pena por aquella doncella solitaria en un mundo de hombres violentos.

Entonces entró una sierva de piel cetrina acompañando a una chiquilla. La niña se acercó a Casandra mientras observaba con curiosidad a la extraña. A sus cuatro años era muy espabilada. Alborozada, la anfitriona estrechó a la pequeña entre sus brazos y luego la aupó radiante de felicidad hasta que ésta protestó con candor pueril:

—¡Mamiii!

—Se llama Eunice, como una de las nereidas, las ninfas del mar hijas del dios Nereo y Doris —dijo la madre orgullosa.

Conmovida por aquella tierna escena de amor filial, Barsine exclamó:

—Un nombre precioso para una niña preciosa. Ser madre ha de ser toda una experiencia.

—Y también un maravilloso privilegio —puntualizó Casandra. —Saluda a la princesa, Eunice

—¡Oh! —suspiró la chiquilla excitada con la cara iluminada por una sonrisa contemplando a Barsine. —Una princesa de verdad.

Ambas rieron con desenvoltura y Barsine tendió los brazos hacia la niña, que fue hacia ella sin temor alguno. Un hecho asombroso en las criaturas de tan corta edad. Se abrazó a la cortesana persa con la inocencia pintada en el rostro. Ésta aprovechó la ocasión para acariciar sus rizos oscuros con ternura y luego la besó en la frente.

—Has sido bendecida por una princesa, cariño —declaró Barsine en un tono que era la encarnación del deseo.

Reconfortada por la experiencia de haber sido ungida por una dama de la nobleza, la vivaracha criatura dio las gracias y le pidió a su nodriza:

—Vamos a jugar, tata.

A continuación la niña abandonó la tienda en busca de nuevas aventuras seguida por su aya. Casandra, como perfecta anfitriona, ordenó a la criada libia que sirviera vino en dos copas y se la ofreció a su invitada.

—Los placeres de la riqueza —comentó señalando la deliciosa bebida. —Como te iba diciendo, la belleza tarde o temprano acaba por marchitarse.

—Intento prepararme para cuando eso ocurra —manifestó Barsine cuyos ojos brillaban como ascuas, empañados con lágrimas de envidia— aunque me guste hacer gala de mi hermosura.

—Las apariencias no son tan importantes. La verdadera belleza reside en el corazón de cada cual.

—Tienes razón, Casandra. Quizá me haya equivocado.


—Pues todavía estás a tiempo de revertir la situación. Aún eres joven y conservas la fama de ser la mujer más bella del mundo. Puedes consultar a los dioses del Olimpo en busca de consejo.

—¿No podrías dármelo tú en calidad de amiga?

—De acuerdo. Yo te recomendaría buscar un nuevo amor y cuando lo halles no dudes en engendrar un hijo. Luego afronta tu destino con dignidad.

—¿Afrontar el destino con dignidad? Bien, eso es lo que haré. Me siento afortunada por tener amigas que me proporcionan tan sabios consejos.

Epílogo:

El asedio de Tiro duró casi ocho meses. Al final, como la mítica Troya, Tiro fue pasto de las llamas y sus habitantes, por orden de Alejandro Magno sediento de venganza, masacrados ya fueran hombres, mujeres o niños. El horror de la guerra en su máxima expresión. Por lo que respecta a la princesa Barsine, siguió el consejo al pie de la letra. Mientras duró el sitio, aprovechó la oportunidad para estrechar su relación con Alejandro Magno. Cuando su padre Artabazo se rindió en Hicarnia, no es de extrañar que el conquistador macedonio la condujera hasta su lecho y la convirtiera en su amante. Luego le acompañó en la conquista de la región de Sogdiana. En el 327 a.C., al finalizar la pacificación de aquellas tierras, dio a luz un hijo al que llamaron Heracles. Pero cuando Alejandro tomó por esposa a Roxana, la despechada Barsine abandonó la Corte, marchándose con su hijo a Pérgamo, donde fueron ejecutados en el 309 a.C. por Poliperconte, su valedor, a cambio del rango de general y gobernador del Peloponeso que le concedió un diádoco, los sucesores de Alejandro que se disputaban su vasto imperio tras su repentina muerte a los 33 años de edad sin haber dejado ningún heredero.


Sobre el autor

Ramón González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.


Imagen: Preparations for the festivities – Alma Tadema.

La novena ola por Marta Mariño Mexuto

Relato

La encontró muy temprano, cuando todavía no había amanecido del todo, en uno de sus paseos por las calas del acantilado, que quedaban al descubierto con la marea baja. Estaba tendida boca abajo en la arena húmeda y compacta de la orilla, y las olas rozaban sus pies. Sobre sus piernas aún quedaba alguna mota plateada. Cuando la cogió, ella entreabrió los ojos y movió los labios, pero de ellos no salió ningún sonido: todavía se encontraba demasiado débil. El cabello de la joven se enredaba en sus brazos como algas oscuras y viscosas. Le sorprendió la ligereza de su cuerpo, que le hizo pensar que sus huesos eran, en realidad, delicadas espinas. Al sentir su respiración, le pareció tan frágil como un pez recién pescado, todavía palpitante.

Los pescadores que acudían al trabajo cuando la luna aún no se había retirado vieron al marqués llevando en brazos a una mujer desnuda, en dirección al castillo, y no les fue difícil intuir lo que había ocurrido. No es que sucediera con frecuencia, pero todos habían oído alguna vez historias parecidas de boca de sus padres o abuelos, y esta vez había sido él el que la había encontrado. Les resultaba algo cómico, ya que el marqués tenía tal fama de ermitaño que, de haber sido preguntado antes, cualquiera diría que, si encontrara una de ellas, la hubiera dejado yaciendo en la playa sin mirarla siquiera.

No obstante, la recogió, y se la llevó al castillo, apenas merecedor de ese nombre, donde vivía solo, con un único criado anciano que llevaba toda la vida sirviendo a la familia y que a duras penas podía administrar una propiedad de tal tamaño. Pero el marqués quiso ocuparse personalmente de ella: la instaló en la mejor habitación y la dejó acostada, a la espera de que se recuperara. Cuando lo hizo, se asustó al verse en un lugar desconocido y, además, encerrada. Estaba bastante alterada y se negó a ponerse el vestido que el marqués le había dejado junto a la cama, por lo que éste se vio obligado a llamar a su criado para, entre los dos, vestirla a la fuerza. Él, cuya voz hasta entonces era siempre ronca, ya que podía permanecer semanas enteras sin dirigirle la palabra a nadie, le hablaba a la recién llegada con una afabilidad y delicadeza insólitas en su persona. La única palabra que pronunció fue “Nei”, cuando se le preguntó por su nombre, de modo que así fue como la llamó a partir de ese momento. No llegó a saber si ella le comprendía o no, porque nunca le contestaba, por más que se esforzaba por hacérsele agradable. Nei se limitaba a mirarle con sus grandes ojos acuosos, sin parpadear; pero de vez en cuando sus labios se curvaban en una sonrisa enigmática, que asombraba al marqués, que no sabía si considerarlo un leve gesto irónico, muestra de que comprendía más de lo que aparentaba, o solamente una mueca involuntaria, como las de los que han perdido el juicio. A pesar de los múltiples baños, su cuerpo seguía oliendo a sal.

Pasado el desasosiego de los primeros días, la existencia de Nei en el castillo se hizo más tranquila. Se limitaba a permanecer sentada mirando a su alrededor con desgano, como si ese nuevo escenario que ella se había imaginado más interesante hubiera acabado decepcionándola. Al principio, pasaba largas horas peinando sus largos cabellos en actitud ausente con un peine de marfil, lo único que utilizaba de todos los artículos que su anfitrión le había proporcionado. Poco a poco, fue pasando cada vez más tiempo frente a una de las ventanas de la mansión, que daba directamente al acantilado. Permanecía allí ajena a lo demás, con la vista clavada en el mar. Sus días favoritos eran aquellos en los que se desataban tormentas que cubrían el cielo de nubes densas y oscuras, y el sonido del mar agitado se unía al silbido constante del viento. Si además se oían los truenos, era el espectáculo perfecto. La mirada de Nei denotaba su deseo de hallarse en el medio de la tempestad, y su leve sonrisa recordaba a la de una de esas antiguas esculturas de diosas griegas de cuya alegría se desconocen las razones.

Ante el ansia que manifestaba Nei por salir de los muros del castillo, el marqués no pudo evitar mostrarse conmovido, porque parecía un animal enjaulado, que languidece contemplando el exterior. Así que le permitió dar breves paseos, siempre bajo su supervisión, generalmente al alba o al crepúsculo para evitar ser vistos.

Un día se desató una tormenta colosal. Durante toda la jornada el cielo había estado cubierto por un denso manto de nubes, que había oscurecido la tierra como si el sol nunca hubiera salido. Finalmente, empezó a llover por la tarde. Las olas se fueron haciendo más grandes a medida que avanzaba el tiempo; mientras los pescadores, que contemplaban el mar desde sus casas, juraban por la memoria de sus antepasados, quienes jamás habían visto olas de tamaño semejante, y que era imposible que aumentaran, éstas seguían haciéndose más fuertes. Los rayos rompían la oscuridad del cielo y las gaviotas, incapaces de luchar contra el viento, se arrastraban rodando por la arena.

En el castillo, los muros no servían en absoluto para silenciar el ruido constante del viento y de los truenos: cada uno que sonaba retumbaba de manera tremenda, y hacía parecer que las enormes vigas de madera que sujetaban el edificio se desmoronaban. Nei, frente al alféizar de su ventana favorita, manifestaba su nerviosismo arrancando y retorciendo entre sus manos mechones de cabello. El marqués, para evitar que continuara haciéndolo, la agarró del brazo con cierta brusquedad. En ese momento, se dio cuenta de lo imprudente de su acción, porque no sabía cómo iba a reaccionar la joven. Pero ella no se mostró violenta, sino que miró a la ventana y después a él con una expresión de ruego y a la vez, de fiereza, que hacía innecesarias las palabras. Él no tuvo más remedio que soltarla y dejarla ir, aunque la vigilaría desde la ventana.

La vio frente al acantilado, empapada por la lluvia. Con su vestido blanco destacando en medio del entorno grisáceo, se asemejaba a una aparición de otro mundo. El viento hacía volar el pelo a su alrededor como si tuviera vida propia; a veces los rizos se enredaban alrededor de su cuello con fines perversos. El marqués advirtió que Nei movía los labios y tenía la vista fija en las olas, pero le resultaba imposible distinguir palabra alguna. Las olas llegaban ahora incluso a salpicar el acantilado, cuando normalmente rompían varios metros abajo. La primera ola mojó a Nei y la hizo retroceder, pero mientras la tercera golpeaba las rocas, se fue acercando hasta el mismo borde del precipicio. Al tiempo que estallaban la cuarta y la quinta, el marqués volvió a fijarse en que la joven parecía decir algo y un incontenible temor se apoderó de él. Cuando, con la novena ola, la vio arrojarse al abismo con una leve sonrisa en los labios, se dio cuenta del error que había cometido al consentir que saliese.

Desde que desapareció aquella joven desconocida, el marqués no volvió al castillo, ni su viejo criado intentó que lo hiciera, porque sabía que sería imposible. Se pasaba los días junto al acantilado, dormía a la intemperie y no miraba hacia otro sitio que no fuera el mar. Llevaba ropas harapientas y el cabello enmarañado; nadie se atrevía a hablarle, pero él estaba continuamente farfullando palabras ininteligibles y contando con los dedos. De vez en cuando se enfadaba y tiraba alguna piedra al mar, pero enseguida reanudaba sus cálculos de manera obsesiva. Se decía que pasaba todo el tiempo enumerando las olas, esperando a que llegase la novena y pudiera reencontrarse con la criatura que una vez encontró varada en la playa.


Sobre la autora

Marta Mariño Mexuto es graduada en Estudios Clásicos por la Universidad de Valladolid, Máster en Literatura Hispanoamericana, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca, y Máster en Formación de Profesorado de Educación Secundaria por la Universidad de A Coruña. Actualmente, se encuentra finalizando su tesis en la Universidad de Santiago de Compostela, y cuenta con varias publicaciones de carácter académico, además del libro de relatos La mano fría (Charleston, SC, Amazon, 2016, ISBN: 9781519310132).


Imagen: The Land Baby – John Collier

Élafos por Penélope Gamboa Barahona

Relato

Acteón se escondió tras un árbol, sacó su cabeza y arrojó la jabalina. El ciervo que sus perros tenían acorralado, un macho de cornamenta fabulosa, profirió un chillido y cayó muerto sobre el césped.

Quirón se acercó a su discípulo, sonriendo alegremente.

―¡Enhorabuena, joven Acteón, ha cazado un animal magnífico!

―Artemisa ha sido benévola conmigo, maestro.

Los perros rodearon el cadáver del ciervo y abrieron sus hocicos salivosos. Acteón los espantó con un grito, se echó el cadáver al hombro y tomó el camino de regreso a Tebas. “Este ciervo no formará parte de los festines de mi padre o de mis perros”, se dijo a sí mismo, “lo ofrendaré a la diosa, de este modo ella verá que no soy ningún desagradecido.”

Aristeo lo reprendió en las afueras del templo.

―Es tiempo de que dejes la caza, hijo mío, me estoy haciendo viejo y muy pronto tendrás que hacerte cargo de este templo en mi lugar. Cambia las flechas por la túnica sacerdotal.

―¡Extrañas palabras salen de tu boca, padre! ¿No fuiste tú uno de los mejores cazadores de Beocia? ¿No fue la abuela Cirene la misma que despreció las artes de su sexo y prefirió dedicarse a pasear por los bosques con su jabalina? La caza está en mi sangre, forma parte de mi linaje y me siento orgulloso de ella.

―No te vanaglories de tu herencia, no sabes cuándo te tocará a ti ser la presa en vez del cazador.

Acteón ignoró las palabras de su padre y se sentó a limpiar su jabalina, tarareando en voz baja una canción antigua. Melampo, el más fiel de sus perros, se echó a sus pies y aulló al ritmo de la tonada.

Al día siguiente, se levantó muy temprano y sacó a los perros de su encierro. En el bosque, la manada persiguió a un jabalí hasta la orilla de un río caudaloso, más allá de la frontera tebana. En ese lugar escuchó risas femeninas y, curioso, movió los arbustos frente a él.

Las risas provenían de un grupo de ninfas que jugaban a echarse agua del río con candidez infantil. Algunas estaban sentadas sobre las rocas de la ribera, otras zambullidas en la corriente y, las más osadas, al otro lado del cauce.

Acteón las observó en silencio, cautivado por la belleza de aquellas criaturas. Su mirada lujuriosa prestó atención a cada detalle de los cuerpos desnudos ante él: los senos, las caderas, los cabellos largos pegados a la espalda. Pero no fue sino hasta que vio al centro del cauce que tembló con deseo y sintió la dureza de su miembro.

Allí, bañándose en el agua de la corriente, estaba una mujer bellísima; más hermosa, incluso, que las ninfas que la acompañaban. Se movía con la agilidad de una amazona, esquivando el vaivén de la corriente y equilibrándose con ayuda de las rocas. En su cabeza tenía un adorno peculiar, una tiara hecha con astas de ciervos.

Acteón vio el adorno y suspiró asombrado. La diosa Artemisa era muy reservada con su desnudez y su cuerpo en general. Poder observarla en la intimidad de su baño matinal, un espectáculo que ni los mismos dioses conocían, era un regalo de Tique que no iba a desaprovechar.

Metió la mano dentro de su túnica y se masturbó hasta el clímax, sin notar la rama seca a un lado de sus pies. Una de las ninfas miró en su dirección al escuchar el crujido y gritó, las demás cubrieron a su señora con sus cuerpos.

Artemisa, al verlo, montó en cólera, ¡qué atrevimiento el de ese mortal mirón! Sus misterios virginales eran suyos y de nadie más, cualquier profanador debía ser castigado de inmediato. Con el ceño fruncido, lo señaló y pronunció al aire unas palabras.

Acteón no entendió nada de lo que la diosa dijo, pero algo en su interior se retorció, tripas saliéndose de su lugar y acomodándose en otras partes de su cuerpo. Completamente aterrorizado, echó a correr y, en medio de su huida, vio cómo sus dos piernas se transformaban en patas de ciervo.

Un dolor punzante en su espalda lo dobló en dos y lo obligó a poner sus manos en el suelo, una posición cuadrúpeda que no correspondía a su condición de hombre. De su frente nacieron dos protuberancias, inicios de astas largas.

Sus intentos desesperados por llamar a Quirón se esfumaron en el aire, todo lo que salió de su boca fue un chillido animal que alertó a sus perros. Melampo lo vio y corrió hacia él con el hocico abierto, el resto de la manada también hizo lo mismo.

Acteón trató de decirles que no era un ciervo verdadero, sino su amo convertido en uno, pero sus palabras entrecortadas se transformaron en balidos. Melampo le clavó los colmillos en el cuello y los otros, en el lomo y las patas. Antes de morir, pidió disculpas a Artemisa por su imprudencia.

Los perros despedazaron al ciervo y, durante horas, buscaron a su amo por todo el bosque. Quirón escuchó los ladridos, se acercó al cadáver del ciervo y reconoció enseguida a su discípulo. Lleno de tristeza, enterró sus restos en un claro y construyó una estatua sobre la tumba para consolar a los afligidos canes.


Sobre la autora

Penélope Gamboa Barahona nació en San José, Costa Rica y es amante de la literatura y el cine. Actualmente estudia Bibliotecología en la Universidad Estatal a Distancia.


Imagen: Diana and Actaeon – Autor desconocido

La leyenda del Machuca por Calú Cruz

Relato

A Jeannette Rodríguez.
Plena te sentís, avecilla, al contemplar cada amanecer
desde la rama del más alto de los árboles

Ella era una indígena fecundada por las entrañas de la tierra y parida a través de sus afluentes. Su cabellera negra era tan hermosa y larga, que, cuando estaba húmeda, le llegaba a media nalga. Tenía las piernas tan bien esculpidas como dos perfectos mástiles de carabelas españolas, y sus ojos avellanados poco a poco se fueron pintando del color musgo claro del río. Era hermosa: diabólicamente hermosa para cualquier cristiano; por eso, su corazón siempre debió ser para otro indio…
Pero él… él sintió que de pronto la amaba. Caprichosamente la deseó. Tal vez fue el demonio quien quiso pintarle aquel hermoso paraje: el remanso de las aguas moviendo entre sus ondulaciones las hojas doradas que cayeran desde la copa de los árboles, un tumulto de arcilla blanca al fondo haciendo contraste para un cuerpo laqueado de canela o las libélulas multicolor apareándose sobre el hombro de la bella mujer; y de vuelta el río que ahora sujetaba los pechos de la india meciéndolos ligeramente de un lado al otro dejando salir del agua sus pezones punteados de vez en cuando. Verla bajo aquel claro de luz debió ser una terrible maldición, pero sentir que sus manos varoniles eran las del río, ese fue su delito.
Aún siendo india, ella era caprichosa como muchas mujeres del mundo. Estaba cansada de ser una más entre las compañeras de Garabito y sumamente hastiada de las constantes rencillas de este con el namapume chorotega. Se quedaba viendo las pisadas de su hombre como una que no sabría qué esperar del futuro y sentíase perdida entre las líneas de cada hoja.
Pero este otro era distinto. Él era un hombre viajero y atrevido, uno que podría traer un poco de sorpresa a sus labios… Ella se llamaba Dulcehe y él, Antonio Álvarez Pereyra. El hombre hizo un ademán con su mano izquierda a los veinte del regimiento que lo acompañaban y estos, bajo un entendimiento malicioso de compadrazgo, se fueron quedando rezagados al margen de las aguas; quizá custodiando a su señor o haciendo de vigías desde puntos más estratégicos, parados sobre las piedras del río o subidos en algún árbol.
Él se quitó la ropa en la orilla y fue adentrando su cuerpo lentamente entre las aguas, con cada paso iba acercándose a Dulcehe; quien aún no había escuchado el chapoteo. De pronto la naturaleza dejó de escucharse: las aves silenciaron su festejo, las chicharras modularon sus chirridos escandalosos y la ventisca dejó de resoplar por encima de los árboles quedando solo las hojas doradas que ya estaban circulando en torno al cuerpo de Dulcehe.
La mujer sintió la presencia varonil a sus espaldas, o quién sabe si llevaba rato viendo el reflejo que en las aguas se proyectaba… Fue volteándose con la suave caricia del río, y ladeando sus nalgas como si su trasero fuese un gran navío, quedó de frente a Antonio Álvarez Peryra y luego clavó sus enormes ojos avellanados en la mirada de él.

Ya antes la habían deseado; bien se conocía la mirada pícara de los hombres. Coyoche estuvo al acecho de su cintura, incluso en una ocasión pretendió sorprender al gran Garabito con tal de llevársela como botín de guerra. Gurutiña había hecho lo propio colmándola de alhajas en forma de animales míticos, pero ella seguía coitando en el abandono con las aguas; tal vez por temor se había negado a cualquier hombre que no fuese aguerrido como el suyo, aunque este fuera distante con ella.
Cuando Garabito partía en sus temerarias expediciones Dulcehe se iba descalza entre la vegetación silvestre, pisando las flores amarillas con la planta de los pies y sacándole, con ello, varias heridas a su piel y, por dentro, a sus entrañas.
Pero ahora estaban ahí de frente, él desnudo y ella desnuda… Quizá la mujer se dejó impresionar por la imagen, poco usual, de Garabito preocupado por su propia vida. Ella sabía que la causa de esa preocupación era este hombre que ahora, desnudo entre el río, la miraba de frente…
Dulcehe, guerrera de las Britecas, abrió su boca hasta ese momento sellada y dejó salir, apaciblemente, varias palabras en su lengua nativa.



Varios días habían transcurrido desde el fortuito encuentro de la pareja en la poza del Machuca. Hasta Tivives se hubiera podido seguir la huella de Antonio tratando de dar caza al rey Garabito.
Con el mismo regimiento de 20 hombres, pero una nube de la codicia en sus ojos ideó la estrategia, y fue así como confabulado contra su propia dicha apresó a Dulcehe, y después de hacerla suya incalculable cantidad de veces —perpetrando con ello la semilla incorruptible e indígena—, la presentó ante Juan de Cavallón como punto clave para la caída del cacique mayor.
Pero cerca de su lecho, y durante las noches en que había entregado a la mujer para que se sometiera a interrogatorios, seres amorfos fueron visitándolo de uno en uno hasta formar el grupo completo que lo atormentara varias veces y hasta las tres de la madrugada…
Se aparecían primero en sus sueños lejanos, iban degollando a los españoles que poco a poco vertían su mirada azabache hacia cualquier ramada; luego, aparecían los cuerpos tirados cerca de los trillos mientras él intentaba, a duras penas, no triturar con su caelzado los rostros mutilados de sus amigos de expedición que se contaban por montones.
De pronto estos cadáveres abrían su boca dejando al descubierto una risa frenética de maíz amarillo, y posteriormente, una llamarada se adueñaba de aquellos ojos hasta regresarlos a la vida, pero adoptando formas grotescas. Volvían sus ojos llenos de furia y, tiznados en su piel con el color purpúreo, se halaban los cabellos; luego corrían con las puntas de sus lanzas hechas de piedra pulida en una sola dirección: su humanidad.
Luego, bañado en el sudor de su propia congoja, abría sus ojos abruptamente y tenía a esos espíritus ahí… Cubiertos por un claro de luna se dejaban ver al pie de su cama con sus enormes hocicos de lagarto, varias manos de escama de serpiente halaban los pies del conquistador y las frazadas, mientras otros, con cara de mono, se subían a su cama por los bordes o caían desde el techo, o desde el ropero de madera que había dentro de la habitación.
Y justo antes de que el reloj acariciara la hora en que debía terminar el suplicio aparecería un último ser con rostro de jaguar —y dejando que de sus cuerdas vocales salieran atronadoras voces al unísono— apuñaba su mano de gorila y gritaba:

“¿Lo recuerda, Antonio Pereyra? ¿Lo recuerda?… ¡Quien haya metido su cuerpo en estas aguas no vuelve a salir!… ¿Lo recuerda!”

A la mañana siguiente, Antonio abría la puerta de su estancia y encontró un pozo de sangre, y, en medio de él, una enorme cabeza degollada de jabalí.
Pronto, el portugués fue perdiendo la razón y de vez en cuando de su boca brotaban palabras en lengua huetar. Constantemente vociferaba “Quien haya metido su cuerpo en las aguas no vuelve a salir” y cuando se le preguntaba, de dónde había sacado tal estribillo, su cuerpo y su espíritu emanaban una calentura vertiginosa. Ataque similar habían vivido los hombres del capitán Ignacio Cota cuando, en el pasado, se procedió a interrogar a un grupo de cinco mujeres indígenas que encontraron bañándose en el río. Todos comenzaron a balbucear palabras no propias de la lengua española.
Omitieron los historiadores que, a Antonio Álvarez Pereyra hubo que llevarlo ante un cura por encargo de don Juan de Cavallón, y que por recomendación del cura —una vez que reunió las pruebas testimoniales de los hombres que presenciaron el amorío entre el portugués y la indígena— se sugirió que solo podría librarse de la maldición de Dulcehe si se quedara con ella por siempre.
Se dice que el portugués murió en la ciudad de Esparza en 1599, que no hubo registro de matrimonio alguno, pero que sí dejó descendencia extramatrimonial con una mujer de la que, curiosamente, no se tiene dato alguno. Sé que ustedes me preguntarán que por qué no existe un registro de todo cuanto he narrado, pero vamos, seamos sinceros, y perdonen que cuestione tanta incredulidad en voz alta… ¿Cuál registro brotado de la mano de los españoles habría de hacer quedar al prestigioso Antonio Álvarez Pereyra, el explorador y conquistador de varios poblados, como un hombre fuera de juicio? ¡Ninguno! Pero cierto es que sí hay registro escrito para decir que el aguerrido Garabito tuvo que bautizarse junto con tres mil de sus súbditos en una quebrada poco honrosa.
Así que mi estimado lector y futuro visitante… ¡Cuidado con bañarse en el río Machuca pensando que sus aguas transparentes solo tienen la ingenua cualidad de ser curativas o servir para refrescar! Más le valdría hacer caso a la advertencia que escupen los lugareños como eterna letanía “Que quien se bañe en el Machuca se queda en Orotina”; porque del río al embrujamiento hay un solo paso y la verdad que hay cada mujer orotinense que pareciera tener su cuerpo bastante endiablado, igual a como lo tuviera la bella Dulcehe.


Sobre el autor

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela. Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

Isolda y el cóndor, un relato de amor en tierras bonaerenses durante la segunda mitad del siglo XIX

Relato

La historia la narró una tardecita el ingeniero Demarchi, apasionado historiador de la Campaña del Desierto. Nos habló de Isolda de la Santísima Trinidad Gómez Velazco, capturada a los catorce años por un capitanejo del cacique Coliqueo en las cercanías de Cañuelas, hacia 1860. Isolda vivió en los toldos dos veranos, hasta que una colecta para la redención de los cautivos la trajo de regreso. Ya no quedan rastros de la estancia de Morón donde vivía, pero Demarchi la imaginó recostada en las suaves lomas al sur de un arroyo, donde hoy hay chalets de tejas rojas y plazas con juegos para niños. La casa desapareció hace décadas, pero una leyenda pervivió: la de un indio joven, prendado de amor por el cutis de perla y los ojos de ensueño de Isolda. Dos lluvias después de la partida de la mujer, el indio —¿cuál sería su nombre?— sujetó sus crenchas con una vincha roja, montó un zaino nervioso y tomó el camino de las carretas. Dos hermanos lo acompañaron. Lo hicieron por instinto, quizás nunca supieron qué fin perseguían. Hicieron noche en montes escondidos, vadearon el Salado cerca de Alberti, o de lo que después se llamaría Alberti. Cerca de Luján los sorprendió una partida de milicos que perseguía a un cuatrero conocido como El Chileno. Encerrados entre una laguna barrosa y una cañada, los hermanos no pudieron escapar a las balas de las tercerolas. Los uniformados incautaron los caballos, que no tardaron en retobarse y huir, y abandonaron los cuerpos en el fachinal de la orilla.

Aseguran que aquella misma noche el indio llegó hasta la ventana de Isolda, y la llamó con voz de zorzal herido para confesarle su amor eterno. La niña le abrió su ventana y su corazón. Al amanecer, después de aquella única noche de amor, el indio le mostró su pecho horadado por el plomo. Isolda se desvaneció. Al tercer día despertó sin color, como si el fantasma del indio le hubiera contagiado su palidez. Al cuarto día ingresó en el convento donde vivió hasta su muerte, en 1902. El ingeniero Demarchi comentó que hasta mediados de los cuarenta aún se asustaba a los niños con el cuento del fantasma de un indio feroz, que se aparecía flotando en los bañados que se formaban en los bajos cerca del arroyo. Después todo se perdió, como todo se pierde en la memoria de los hombres.

Pero una fantasía alternativa nació de la anterior. En ella el indio sobrevivió a las balas y tuvo su noche de amor antes de escapar de las partidas que lo acechaban. Dicen que murió cerca del Río Negro, cargando a puro coraje y chuza contra la puntería, esta vez acertada, de los fusiles del ejército del general Roca.

Otros, en cambio, cuentan que no murió en la carga, sino que, malherido, cabalgó hasta las cumbres nevadas de los Andes, donde se tendió a descansar de cara al sol y al frío. Y en la noche patagónica, una noche aterradora de estrellas y misterios, se convirtió en cóndor.

—Quién sabe —comentó Demarchi antes de despedirse —cuál de todos estos fue su verdadero destino.

Sobre el autor

Osvaldo Aníbal Martínez nace en Buenos Aires en 1956. Ha publicado “El color del cielo” (novela, 1995), “La escritura del Niño” (novela, 1999), “Siempre” (poesía, 2000), “El cobrador y otros cuentos” (relatos, 2014). También figura en la 1ra. y 2da. antología de la editorial Casa de Papel de los años 2014 y 2015. Cuenta con varias distinciones en el ámbito de la escritura.

Nuestro Señor Jhain

Relato

En enero de 1581 llegó a la Ciudad de los Reyes el capitán Diego de Peralta, vecino de Oropesa e hijodalgo de primera clase. Ávido de fortuna y fama. Muy decidido a servir a la Corona y acrecentar la gloria familiar. Portador de la promesa que le hiciera a la Señora de la Asunción, de regresar con el caudal necesario para erigir una capilla en la casa señorial, donde poder venerar su divina imagen.

Gracias a sus vínculos con el saliente Virrey del Perú, y atendiendo a la necesidad de tener presencia en las tierras de frontera, amenazadas por los nativos y por los portugueses, se agenció de una autorización para una entrada y posterior asentamiento más allá del territorio de los antis, también llamados chunchos; que por cierto era empresa muy temida entre naturales y peninsulares.

Acompañado de veintiocho castellanos, diez de ellos a caballo (entre los que se contaban un escribano, y un clérigo), cinco mulas, dos negros angoleños, un armero griego, un herrero vasco y cuarenta indígenas (que incluían a dos “lenguas”), el 08 de abril de 1582, partieron con rumbo a los dominios de la extinta Gobernación de Nueva Toledo, de Almagro El Viejo, para seguir más adelante el camino Inca, bordeando el gran lago, pacarina de los Uros, y de los Collas y Lupacas, que también llaman Aymaras. Empresa que los llevaría hasta el inicio de la tierra de los Moxos.

El camino inicial tomaba una ruta ya recorrida largamente por indígenas y arrieros peninsulares, que los acercó, luego de varias semanas de travesía, hasta la recién fundada Villa de Oropesa, donde se asentaron por tres jornadas, para cumplir el día de ayuno y oración que le prometiera a su mentor el Virrey Francisco Álvarez de Toledo en el altar de la modesta iglesia que se venía edificando en el poblado, dedicada a la Virgen. Allí también se aprovechó para que la tropa cristiana pasase el control del médico Rodrigo Gómez Renedo, sobrino del afamado protomédico Francisco Sánchez Renedo, quien ejerciera el cargo de presidente del Tribunal del Protomedicato. Don Rodrigo, joven de rancia nobleza vino a estas tierras movido por una gran vocación, que lo llevó a especializarse en el oficio de médico de minas. Sus prescripciones contentaron a los expedicionarios, aunque no tanto como las bendiciones del cura doctrinero Alonso de Trinidad, hombre santo y juicioso.    

Ese fue el punto de partida de la que sería una de las entradas más lejanas realizadas hasta la fecha, por la cual los hombres que acompañaban al capitán Diego de Peralta, esperaban obtener fama, fortuna y reconocimiento, con los cuales regresar a la península, como antes lo habían hecho sus mayores.

El viaje desde aquella población fue penoso, más por las enfermedades que las emanaciones de la tierra provocaban y por lo accidentado del territorio, que por el ataque de los nativos, quienes se limitaron a seguir a prudente distancia y ocultos entre la enmarañada vegetación al grupo de invasores que portaban armas de cuyo daño ya conocían, lo cual no fue obstáculo para que al caer la noche eliminaran con dardos venenosos a dos indígenas que debieron resguardar el campamento pero a los que venció el sueño, del que ya no salieron más.

Luego de seis semanas, en las que se produjo la muerte de tres peninsulares y nueve indígenas, que se enterraron en el camino con gran pesar, llegaron a un gran río que cruzaron con alguna dificultad, pues si bien estaban en época de vaciante, el cauce llevaba mucha agua que ahogó a dos indígenas, hermanos ambos, que no supieron mantenerse a flote, yéndose con ellos los últimos varones de su ayllu. Al cabo de tres semanas de cruzar el río y seguir con rumbo sur oriente, el capitán Diego de Peralta, sin mayor dificultad ni resistencia, hizo su entrada en una población nativa bastante poblada y muy bien construida con barro y piedra pulida pintada de blanco, lo que resultaba extraño en una región así.

Esta era una etnia bien organizada, de gente pacífica, aunque un tanto desconfiada, que tenía algo parecido a una religión monoteísta, que el escribano percibió como similar a la cristiana, pero calló, porque decir aquello hubiese significado una blasfemia que probablemente le hubiese costado el puesto, una multa y varios azotes al llegar a Cuzco. Se trataba de una religión cuyo conocimiento empezó a generar confusión en la soldadesca hispana, que prefirió guardarse sus comentarios, pero no su asombro ante las semejanzas.

Sus gentes eran monógamas y muy temerosas de su Dios. Tenían un templo con techo a dos aguas y una torre en el centro, coronada con un largo palo de madera roja muy pulida, y por los alrededores de la edificación se veía pasear a un grupo de individuos que parecían sacerdotes, emitiendo sonidos guturales, mientras caminaban; todos ellos cubiertos por una tela gris de algodón silvestre, fijada con cuerdas que daban varias vueltas alrededor de su cuerpo, las mismas que además usaban para autoflagelarse, de cuando en cuando en la plaza central del pueblo. Estos gordos personajes andaban descalzos y sus cabezas siempre las tenían cubierta con un velo.

Tales costumbres hacían recordar a los franciscanos, pero buscando no hallaron ni uno solo, ni vestigios de su presencia y se asombraron mucho más al saber que habían logrado toda esa riqueza espiritual que denotaba una bondad salvaje, sin escritura, sin tiranía o buen gobierno, y sin presencia alguna de guerreros o armas poderosas.

Pero pasada la sorpresa y superada la curiosidad, los castellanos recordaron que el objetivo de su empresa era el de conquistar, fundar y obtener riquezas de estas tierras; someter a los naturales a la corona y evangelizarlos, con miras a pedir una encomienda, si ameritaba el caso. Sin embargo se encontraron con que la captura del pueblo había resultado demasiado fácil y con que la empresa de evangelización podía resultar tarea sencilla ya de realizar.

Y así fue que, a pesar de no haber entendimiento de palabras, no hubo mayores reparos para aceptar la presencia extranjera en el poblado nativo y menos aún para aceptar lo que ellos veían como una variante de su cosmovisión mágico-religiosa. Pero no pasó mucho tiempo para que empezaran los problemas. Primero fue resistirse a ser bautizados y perder su nombre por otro cristiano; luego fue el cambio de nombres a sus símbolos sagrados; el rechazo que obtuvo que se les pretendiera imponer una autoridad ajena a la suya.

Esa resistencia fue el pretexto para empezar la matanza, con eliminación de todo símbolo pagano. En el informe que presentaron el capitán y el padre dominico decía entre otras cosas que “… habían hallado entre la población indígena de la región, que los naturales aymaras denominaban chiriguanos, mucha resistencia a someterse a la autoridad real y asimismo, la práctica de un culto pagano que ofendía grandemente a Dios y a la Santa Iglesia Católica, porque resultaba una vulgar parodia de la religión verdadera y de sus sagrados símbolos, siendo imposible la evangelización en gentes tan primitivas, similares a bestias salvajes…”.   

Y ello porque resultaba que entre la parafernalia ritual de esta etnia había objetos y conceptos que se asemejaban mucho a los cristianos, pero que por ello mismo fueron considerados insultantes “…entre las cosas abominables que hallamos, entre estos indios llamados Jhaivas, es que usaban de dos palos de un rojo natural, que en sus ceremonias juntaban, asemejando a cruces sin imagen alguna. Su dios que tiene el nombre de Einyee, (que significaba el que es) no tiene forma y nadie lo ha visto, no tienen escritura ni leyes escritas, pero tienen unos troncos embutidos en la tierra, con símbolos paganos en relieve que sus jefes tocan y producto de ello convulsionan y emiten sonidos, como poseídos por demonios. Tienen además imágenes en las paredes de su templo pagano, de hombres a quienes consideran santos, pero que se muestran horrendamente desnudos, pintados todos de rojo y con rostros fieros, que asemejan imágenes demoniacas…”.

Haciendo uso de estos argumentos, los castellanos se deshicieron de la mayoría de hombres de esta etnia y se hicieron de estas tierras, de sus animales y de sus canteras de sal colorada; esclavizando a los sobrevivientes, bajo la posterior licencia de la encomienda evangelizadora, que obligaba a la extirpación de idolatrías y sometimiento de los naturales a la única y verdadera fe. Y así lo contaron, para quien quisiera escucharlo, en Cuzco, en Lima o en la Metrópoli… pero no contaron toda la verdad.

Que, cuando llegaron los veinticinco castellanos, aquella tarde fresca de julio a ese poblado llamado Behanya, en el corazón de la región de los Chiriguanos, en la frontera entre Paraguay y Bolivia, encontraron un pueblo pacífico que tenía una organización social compleja y similares creencias religiosas que los cristianos, que además estaba muy dispuesto a someterse a cambio que se respetasen sus creencias. Pero para los invasores no cabía posibilidad de acuerdo con estos salvajes, que se hacían llamar jhaivas, y a quienes los nativos aimaras llamaban chanes. Ellos estaban ocupando el espacio que consideraban suyo por justo merecimiento, y debían someterse sin condición.

Los avenidos no contaron además que Jhain les había enseñado a los jhaivas que el hombre no debe humillarse ante el hombre y debe luchar por lo que es justo, sobre todo cuando ya se ha ofrecido amor y éste no es correspondido o es defraudado. Y que este Jhain, a quien llamaban el hijo de Dios, estaba vivo al momento de su llegada, pues había salido a visitar a los otros pueblos jhaivas de la región, envuelto en su túnica blanca, descalzo, sin armas y seguido de un pequeño grupo de sacerdotes.       

No contaron finalmente que Jhain fue condenado a morir, luego de un juicio sumarísimo, en el que un castellano iletrado fungió de abogado defensor y el padre dominico de fiscal acusador, sin que el condenado entendiera palabra alguna ni pudiera defenderse de las acusaciones de conspiración, blasfemia y herejía. Contrariando las recomendaciones de la Audiencia del Cusco y las cédulas sobre entradas a este reino, que diera el virrey Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera.

Aquella vez la masa indígena, percibiendo la injusticia, se sublevó y alzó sus armas contra los peninsulares, introduciéndose al monte como manera de protección. Pero la decisión del capitán Diego de Peralta, por recomendación de uno de los lenguas, de cambiar la hoguera por la crucifixión a Jhain, contra la negativa del padre dominico y de muchos castellanos, calmó al gentío, que consideraba esta forma de muerte como un digno paso a la eternidad y una señal de respeto, que incluso el mismo Jhain tomó con incomprensible aceptación y gozo. Que era ésta una etnia muy dada a manifestar sus estados de ánimo.

Después de este hecho, del que los conjurados peninsulares decidieron no contar jamás, la masa sublevada volvió al pueblo con la promesa que no habría represalias contra ellos, y empezó a recibir con menor resistencia la nueva religión y el nuevo gobierno, que creció en importancia y poder, mientras iba disminuyendo la población, producto de las enfermedades y el desarraigo a que se les sometió luego de la creación de los obrajes y reducciones.  

Hasta inicios del siglo XIX se pudo apreciar aún, en el que fuera el poblado de Behanya, los restos de una iglesia construida sobre los cimientos del templo indígena, y a unos cuantos descendientes de nativos, que usaban algo similar a una sotana. Y podía escucharse aún que estos descendientes de los chanes, de vez en cuando confundían la palabra Jesús por la palabra Jhain. Y como ocurrió con muchos pueblos invadidos por españoles, cuando acudían al templo cristiano, en realidad le estaban rezando a sus ídolos, escondidos tras los santos y altares del culto oficial. A pesar de la intensa extirpación de idolatrías que el padre doctrinario Juan Gil de Palencia efectuara a mediados del siglo XVII.

Incluso los cuadros pintados por mestizos, en los que se ve a Cristo crucificado en los templos de la región se dice que tienen la cara de Jhain, y las leyendas nativas narran que el hijo de Dios resucito al tercer día y se fue hacia el levante, por donde habían venido los sacerdotes de Jhain muchos años atrás, cruzando el gran lago furioso, en un trono de madera y grandes lienzos de algodón, donde estaba pintado el futuro de la humanidad…

 


Sobre el autor

Carlos Rojas Sifuentes: Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Derecho en la Universidad de Lima, y una maestría en la Universidad Tecnológica del Perú. Trabaja en investigación y docencia universitaria, pero su principal oficio es escribir.

La Universidad de Lima imprimió sus primeros cuentos y poemas. Ha publicado un libro de cuentos: “Crónica de Híbridos”, en 1992, y un libro de historia del derecho: “La introducción del Derecho Occidental en el territorio andino central”, en 2003.

En el año 2018, el grupo literario español Poémame y la institución BARCELONACTUA, publicaron el poemario “Versos de Acogida” en favor de los refugiados, con un poema de su autoría. El año 2019 esa misma institución publicó uno de sus relatos en el libro “Estat Civil? Voluntari@”. Ese mismo año 2019, Cuenta Artes: Revista de Arte y Literatura, publicó un cuento del cual es autor.

Fundación Perséfone

Relato

Orfeo era un músico amateur y atelier, que vivía en una pequeña casa a las afueras de la gran ciudad de New Hades, en el año 20XX. Nunca acostumbrado a la vida en la ciudad, se había retirado con su pareja Eurídice a los suburbios. Hacía unos años se habían conocido en un festival de otoño organizado por la escuela local, al que habían invitado a distintos artistas de la localidad. Subió y tocó en su guitarra, no pudiendo mantener su concentración en las notas, pues su mente se desviaba para intentar encontrar la voz que su canción coraba. Tocó una canción y otra, pero exhausto por los sentimientos que tal voz le producía, se detuvo a secas en el medio de un punteo, para pedir por los micrófonos ayuda, rompiendo el trance que había producido su música.

―Tengo que vocalizar una queja –dijo, llamando la atención de todos los que estaban allí―. No puedo continuar este concierto sin la increíble voz que todos estamos escuchando… así que, si me hace los honores de subir a acompañarme….

Orfeo encontró con su mirada a una joven alta, de vestido ámbar, rodeada de niños con uniformes escolares, con el color rojizo en sus mejillas. Imprimió seguridad a su estado dando un paso al frente, tras la seña que el artista con la guitarra le había hecho.

La rutina era apacible en aquella casa. Orfeo trabajaba alegremente, componía y arreglaba instrumentos mientras Eurídice trabajaba en el colegio los días de semana; excepto los viernes, cuando sus alumnos veían llegar en bicicleta a pie al “profe de música”. Sin embargo, lo que más amaba Orfeo era los fines de semana, cuando con su pareja se retiraba al atelier del fondo y componían música juntos.

Un sábado, en el que Eurídice había salido para buscar algo que tomar, Orfeo se extrañó al notar que su amada demoraba en su regreso. Empezó a sentirse nervioso, y, cuando el tiempo había excedido lo lógico y su cuerpo empezó a transmitir malas vibras, salió a buscarla.

Vio luces azules asomarse a su tranquilo paraje y nervioso empezó a correr.

Meses más tarde, Orfeo se dirigía a aquel lugar que había evitado por mucho tiempo. Triste y melancólico, caminaba hacia a un juzgado a declarar en el caso de un homicidio por robo. Habían encontrado al culpable, pero Orfeo no sentía nada por ello, ni un deseo de justicia, ni alegría por saber la verdad. Le habían robado a la persona más importante en su vida por papeles de colores. Él sólo iba a cumplir con su deber cuando una mujer se atravesó en su camino con un folleto.

― ¿Ha oído hablar de la Fundación Perséfone?

Orfeo la miró extrañada.

― Yo soy miembro de la Fundación Perséfone. Ayudamos a cumplir sueños, y bueno, mucha gente quería que le ayudáramos con el suyo. Usted es Orfeo, ¿verdad?

― ¿Quién lo pregunta?

― Mi nombre es Recatón. Soy una miembro de la Fundación. Mucha gente oyó su historia por las noticias, no sé si sabía.

― No, no tengo idea.

― Bueno, esa gente y nosotros queremos ayudar a… inmortalizar a su esposa. Sabemos que nunca pudieron publicar lo que componían. Tenemos aliados en empresas de música, disqueras, incluso algunos cantantes famosos querían formar parte…

La impetuosa joven le entregó un panfleto llamado “Proyecto Eurídice”, y Orfeo lo guardó cuidadosamente en su bolsillo, su mente divagando por música más alegre que la banda sonora de los últimos días. Música nostálgica, y solemne, pero alegre, y no pudo evitar que una sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, llegará a su rostro.


Sobre el autor.

Matías German Rodríguez Romero. Estudiante, bibliófilo y cinéfilo obsesionado por la auto superación y por la búsqueda de nuevas experiencias, acompañado por las letras desde los cuatro, receptor de reseñas y sugerencias por mis colaterales que comparten este mismo amor por el género literario y cinematográfico, en todos sus estilos y formatos.  Sus escritos son una suerte de ventana a quien es como persona, el resultado de atreverse a soltar los libros y tomar la pluma.

Makeda, reina de Saba

Relato

Makeda se ha despertado de una siesta de espuma de mar. Tiene el cabello revuelto por las olas del ensueño y en sus oídos aún siente rubor de aguas profundas. Baja las plantas hasta las baldosas gélidas del suelo de la alcoba y se estremece al incorporarse: sus pies parecen todavía cubiertos por la arena acuosa del fondo marino y sus músculos no responden al oxígeno del aire, entumecidos a la espera de la libertad de los océanos. Llega hasta el baño y la sacude un hastío aniñado, vigoroso, con vida propia: las órdenes de mamá no se han cumplido y sabe que habrá consecuencias, pero como no pretende corromper el presente con huracanes de futuro, se mira en el espejo y busca a Afrodita, como cada vez. La acaba de ver en la narcosis añil de la siesta y ha vuelto a desaparecer, como cada vez. Indaga en sus pupilas de tinieblas, en el reflejo de su tez morena, pero nada, Afrodita ya no está, como cada vez.

Adís Abeba refulge por encima de los matorrales secos y del verdegal de copas de árbol. Makeda sabe que esa ciudad no es más que un invento y la mira a través de la ventana con la mirada tramposa de los que han aprendido a distinguir algo de luz entre las sombras. Una existencia consagrada a una ventana, a la espera interminable de un hombre, como Penélope. Pero ella no quiere ser Penélope: ella quiere ser Afrodita. Lo recuerda y con el ánimo enloquecido vuelve al espejo del baño y agarra el bote de maquillaje con fuerza de tormenta de verano. Dos dedos en el bote, ahora tres, los que sean necesarios para embadurnarse toda la cara y hacerse mayor. Afrodita no tuvo infancia y por eso ella no quiere la suya, no le sirve. Si por ella fuese, la pondría a la venta en el Merkato de la ciudad entre patatas y berbere, al mejor postor. O se la daría a alguna anciana de esas que siempre andan pesarosas y que envidian su niñez con lamentos inagotables cada vez que la miran. Sí, se la daría a ellas para que se pusieran alegres y la dejaran tranquila de una vez por todas.

Makeda se pasa los tres dedos por la frente, luego por la mejilla izquierda y luego por la derecha. Lo hace con parsimonia, con ese regusto que deja hacer lo que a uno le apetece hacer. Y a ella, claro, lo que le apetece es convertirse en Afrodita y confesar que, de todos sus amores, Ares es el favorito porque es el más valiente y eso le recuerda a papá, a quien esperaba en la ventana. Pensar en él en ese momento le parece un infortunio, con esas tres tildes de maquillaje acentuando su rostro, como si fuera uno de esos indios de las películas americanas, pero le ha brotado en la mente como una cala blanca y ya no hay manera de sacárselo de allí. Papá regresará un día, eso es lo que mamá siempre dice, y entonces todo será como antes. Makeda no sabe si quiere que todo sea o no como antes porque no tiene recuerdos de aquellos entonces. Para ella, no son más que una quimera oceánica, como lo son los sueños.

Utiliza ahora la palma de su mano al completo. Sabe que el resultado de su rostro cubierto de nácar es la razón por la que mamá no permite que la acompañe a comprar, pero esa es una decisión que ya ha tomado. El maquillaje es fresco primero, cuando baña con él sus pómulos, pero su piel es rauda y lo caldea con velocidad de guepardo. Ya está casi lista y toma con la otra mano su foto predilecta, la de esa Afrodita que encontraron en un volcán llamado Milo y que ahora vive en París. Tan lejos. Escudriña su rostro de mármol y siente un escalofrío. Ella siempre vuelve. Se mira en el espejo, comprueba los detalles: Afrodita renace y las entrañas se le agitan por la impresión. No le dura mucho. Un golpe seco acaba con su presente: mamá ha regresado y ella tiene la casa y el rostro sucios. El futuro trae un huracán. Le parece curioso que, aunque ella ya lo sabía, eso no le hace sentir mejor, y entonces vuelve a convencerse de que no existe cosa mejor que el presente.

Mamá entra en la sala primero y Makeda se petrifica. Quiere sentir miedo, pero no lo consigue: así, inmóvil, es más Afrodita que nunca. Más incluso que en sus sueños. Minutos de desconcierto y cavilaciones salvajes resbalan por su cuerpo estático hasta que mamá entra en el baño y da un brinco colérico. No está contenta, pero esto era lo que Makeda ya sabía. La escasez de sorpresas de la vida es lo que le lleva a evadirse entre los nimbos mullidos del Olimpo, pero mamá eso no lo quiere entender.

Con los brazos en jarra y los ojos de vidrio, inicia su rosario de reproches en una regañina infinita que comenzó en algún momento que Makeda ya no recuerda y que terminará en ese futuro al que voltea la cara. Vuelve a recriminar que se ande cubriendo el azabache de su piel con esos polvos. Dice que parece un disfraz de mujer blanca y a Makeda todo esto le parece una bobada: ¿para qué iba a querer ella ser una mujer blanca y nada más, si ella lo que quiere es ser una diosa de mármol? Pero mamá continúa irritada y habla de asuntos que ella no entiende, de cosas que va a decir la gente si la ve convertida en Afrodita. Makeda no sabe de quién habla. Las niñas de la escuela saben que ella se convierte en diosa algunas veces y las ancianas de al lado serán un alborozo de alegrías cuando vaya y les regale su infancia toda entera. No encuentra el problema, por más que lo busca, pero no le gusta ver a mamá así, por lo que guiña el ojo a la Afrodita del espejo y comienza a retirarse el maquillaje.

Cuando el semblante regresa al que le obligan a pensar que es su estado natural, Makeda se encamina hacia la sala, donde mamá la está esperando con la sonrisa lozana de los buenos momentos. Extiende sus brazos largos para que puedan fundirse en uno de esos abrazos que ellas se regalan en todos los ocasos, cuando los rayos del sol se guarecen de la hojarasca tras la ventana. Es su premio por haber superado un día más y Makeda corre a recibirlo. Después de tocar a Afrodita en sus sueños, ese es su momento favorito del día. Mamá siempre huele a rosas de seda y sabe que su aroma acariciará su piel durante toda la noche.

Se separan un momento, pero permanecen sentadas muy juntas, la una al lado de la otra. Mamá quiere contarle un secreto y ella atiende con los ojos tan abiertos como dos lunas. Dice que su nombre esconde un misterio más hermoso que Afrodita y ella duda, pues no hay nada más hermoso, pero escucha con atención porque mamá es más sabia que cualquier otra mujer que haya conocido. Ella es mamá y no hay nadie más así.

Narra que su nombre perteneció millones de atardeceres atrás a una monarca antigua que gobernaba las tierras donde ellas ahora viven: la reina de Saba, una soberana poderosa que se casó con un rey del lejano Jerusalén llamado Salomón, con quien tuvo un hijo que regresó a esas mismas tierras para también reinar en ellas. Makeda tiene nombre de realeza y ella nunca lo había sabido. Se emociona y tiembla en deseos por conocer a esa mujer de Saba en sus próximos sueños, por renacerla. Así lo comparte rauda con mamá, que se pone bien contenta y le asegura que, como para eso no hará falta maquillaje, podrá entonces acompañarla al mercado cuando se convierta en reina, tras las siestas, si así lo quiere.

Makeda no comprende bien el mundo, por lo que asiente y acepta el trato sin rechistar: ser la reina de Saba dentro de la casa y también en el Merkato para que esa gente que tanto preocupa a mamá no se revuelva en enojos.

En silencio, sin embargo, jura por los dioses que Afrodita vivirá en su interior con o sin maquillaje, pues nada tiene que ver para ella el color de su rostro con esparcir la belleza por el mundo y se marcha a la cama envuelta en un sedoso perfume de rosas, como cada vez.

 


Sobre el autor.

Luis López Galán (Talavera de la Reina, España), es un autor que mezcla sus dos pasiones, la literatura y los viajes, en la mayor parte de sus publicaciones. En el pasado, ha publicado una guía de viajes sobre Isla Mauricio, publicada por la Editorial Ecos Travel Books, ha participado en guías de negocios sobre países como Zambia y Rwanda y ha colaborado con artículos en medios como Travel National Geographic, Matador Network o la Revista Buen Viaje. Además, ha publicado una novela corta, ‘Los ojos de Jawara’, que transcurre entre Senegal y Madrid.

Microficciones

Relato

HISTORIA DEL REINO, DEL VIRREINO, DEL REY, DE LA REINA, DE LA DUQUESA Y DE TODO LO QUE SIGUE

Cuenta la leyenda (y todas las leyenda son puro cuento) que el rey (que no es el de España) al pasar por aquí (pero de este lado) se quedó tan impresionado (pero de los bien impresionado) que dijo (hubo testigos) que por estos lares iba a fundar un virreino (un reino de segunda mano) y que en los primeros tiempos (es decir cuando lo creara) mandaría a la reina a gobernarlo.

La leyenda sigue más o menos como ya la conocemos pero lo que no dice la historia (y eso sí que ahora se ha comprobado) es que aquel rey lo que quería era sacarse la reina de encima porque (también se ha comprobado) parece que le gustaba la duquesa de al lado (del otro lado de su reino) y la duquesa ya lo tenía enduquesado. El asunto es que después, todo sigue como lo sabemos. Y ya sabemos que lo que sigue es una leyenda. Y las leyendas, como ya sabemos, son puro cuento.

JUEGOS DE SALÓN

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo, hastiadas de conversaciones de salón, decidieron extender las fronteras y enviaron comunicados a los más diversos reinos. Las respuestas no se dejaron esperar. De diversas regiones comenzaron a llegar delegaciones portadoras de propuestas. Cada postulante, a la noble usanza, hizo llegar su iluminado retrato. Los hubo de muy diversas confecciones pero todos respetaron las indicaciones de ser tamaño natural. Los más osados agregaron presentes personales como fue el caso de arcones portadores de mechones de cabellos, manitos de nácar, prendas íntimas abundantes de lazos y hasta se recibió un lunar extirpado.

Seis meses duró la exposición de retratos en las salas dispuestas para la evaluación. Guillermina y Fermina pasábanse las tardes en inquisitorios conciliábulos colocando cada propuesta bajo las más variadas luces examinadoras. Seis meses intensos llevó la regia decisión.

Las propuestas eran interesantes pero el futuro se preveía aburrido. Se reunió a los más aptos de los artistas del reino y se confeccionaron copias manuables de cada postulante. Cerrada la decisión, todos los retratos fueron arrumbados en el caserón anexo al palacio y las copias manuables se convirtieron en barajas.

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo pasan las tardes en entretenidas mesas de juego.

PEDRO, EL SEÑALADO

Venían caminando cuando uno de los más apuestos caballeros, señalando hacia el horizonte cercano, dice: sobre esa roca podríamos edificar un nuevo emblema para los hombres. El más pequeño, el casi silencioso caballero de la izquierda sonríe y, señalando a uno de sus compañeros, dice: Señor, si por roca se necesita, podríamos edificar el nuevo emblema sobre él. Y me señala con su índice.


Sobre el autor.

Ricardo Bugarín. (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural.

Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en el género de la Microficción: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) ,  “Inés se turba sola” (Macedonia,  Buenos Aires,2015),  “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile,  2016), “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017)  y “Anecdotario” (Quarks,Perú,2020).

Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Integra las ediciones:  “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina);  “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minifición Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México), las reediciones de “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” realizadas por el Gobierno de Mendoza (2018) y “La mirada del cóndor”, Microficciones mendocinas (Mendoza, 2018); “Hokusai. Antología de Microrrelatos” (Santiago de Chile, 2018) y “Los pescadores de perlas. Antología de microrrelatos de Quimera” (Barcelona, 2019).


Ilustración: Collage / Mixta de Sebastián Chillemi

Quetzalcóatl: El dios de maíz

Relato

“Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo.

Y aconteció que estando ellos en el campo,

Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató”

(Gén.4:8. RVR. 1960)

 

Pulque le dieron a la serpiente emplumada ¡Qué vergüenza y qué deshonra ver a un dios ebrio! Los timos no son solo para los mortales, dicen algunos historiadores y estudiosos del mito; pero tampoco la envidia, el engaño o las emociones humanas.

En el monte Coatepec, las voces seguían perforando al desventurado Quetzalcóatl: copiosas y estridentes por ratos o como gorjeos de las aves; diluidas entre las sombras de los árboles y, otras, como el ronroneo que dormita estático en el cielo después de un destello. Frecuencias acusadoras nacidas de las propias entrañas inflexibles de nuestro dios cuasi perfecto.

Tiempo atrás, la serpiente emplumada había caído con los huesos más preciados que antes fueran tesoro de su padre. Tuvo la desdicha de pulverizarlos contra el suelo y que esto le costara su propio aliento. “De aquí los verdaderos hombres: del polvo de los huesos y la sangre de mi propio miembro”. Lo trascendente emerge entre el dolor y de la vergüenza del autoflagelo, Quetzalcóatl añade a este pensamiento que el origen del hombre, y para que este se precie de serlo, tendrá como ingredientes sus huesos rotos y, también, su propio sufrimiento.

Tonacatecuhtli lo ve todo con agrado desde la eternidad de su morada. Allá donde nada gravita.  Había estado distante y un tanto escéptico, pero, ahora, el gran señor y padre de la serpiente emplumada, no puede eludir que su hijo, quien había nacido en medio de tan solo un soplido, sea quien esté tomando las riendas al ejecutar sus propios designios. ¡Cuánto se regocija en silencio Tonacatecuhtli! ¡Cuánto de *amor y complacencia siente por su hijo!

Quetzalcóatl sigue en sus propias cavilaciones. Ha garabateado el bien y lo ha ejecutado incesantemente. Nada se le escapa a nuestro príncipe Mesoamericano. Nadie se lo ha pedido entre los dioses, pero tampoco requirió instrucción alguna para ser modelo.

Un día transita, vestido de hormiga negra, hasta el Monte de los Sustentos para traer consigo el maíz multicolor y, al otro, funda la ciudad de Tula.

Héroe y civilizador, guerrero o ¡lucero de la mañana! esas son algunas alabanzas que diariamente recibe a gusto y con el pecho henchido, la serpiente emplumada.

Pero su suerte ya da con el hastío de alguno entre sus 1600 dioses hermanos, sí, uno que piensa que Quetzalcóatl no merece tomar la batuta en todo cuanto se dice o se hace, y quien cree que ya son suficientes elogios tras haber dado muerte a Cipactli. Y  así, su hermano Tezcatlipoca, cegado por el coraje de no ver su pierna —carnada y sacrificio que sirviera para dar caza a esta criatura oceánica mitad cocodrilo y mitad pez—, se dirige ennegrecido a los otros dioses desde el escozor  de sus propias pataletas: “Yo digo que vayamos a darle su cuerpo a ese… a ese… incorruptible y buen dios que se entrega diariamente a las reflexiones y  las buenas acciones, y a la vida espiritual del sacerdocio que hace pregonar como suya, entre todos los hombres”.

La serpiente emplumada recuerda, con su mirada turbia hacia el horizonte, la vez que entre varios dioses le sugirieron hacer sacrificio humano de aquellos que él mismo había moldeado.  Masculla un “No” en su boca. Ahora permite que la abertura de sus labios suelte el enérgico “¡No!”. Todo lo ve vago, delineado a ratos con fuertes trazos dominantes, pero difuso se pierde entre cada zancada hacia su pueblo. Todo es agua revuelta y colorida que escurre podrida a través de sus ojos: una acuarela amarga. ¡Qué vergüenza, Quetzalcóatl, y cuánta deshonra saber a un dios ebrio de pulque y, luego, echado en el lecho amatorio con su propia hermana!

El místico dios, hacía mucho que había descendido a los nueve planos del inframundo. Pero hoy, recuerda la vez que estuvo pidiendo a Mictlantecuhtli los huesos dados por su padre para forjar a esos nuevos hombres: los suyos. Puesto a prueba fue contra cerros vibrantes en el interior de la tierra, corrió aprisa y esquivó las piedras que caían contra su ser, a la vez que rehuyó de enormes fieras que tenían por costumbre alimentarse de corazones vivos.

¡Quetzalcóatl, despierta! ¡Esos huesos son tuyos, vos los pagaste con tu propia vida! Los ecos le arremolinan la caracola de su oreja. Mueve su cabeza buscando una respuesta en alguna parte del cosmos… en el sabor del pulque. “¿Qué querés de mí, Tonacatecuhtli? ¿Y ahora qué hago ante esta deshonra que he perpetrado?”

Apenas ayer, la serpiente emplumada estuvo enferma; pero un hombre de pelo canoso y sonrisa bonachona lo envolvió en sus tretas hasta darle el remedio…

—Tomala, Quetzalcóatl nuestro, y ya verás que te sentirás mejor.

—No, esto es normal que lo padezca, yo ya estoy viejo y endeble.

—Pero andá, bebé y no seás persistente, señor bueno, y ya verás que te sentirás mejor con el beso de la aurora en tu frente.

—Bueno, acepto un trago, noble anciano, pero advertido que con solo una medida tendré más que suficiente.

Y bebió… y bebió… una tras otra medida hasta las cuatro, y su sangre se hizo de pulque, y su ser se hizo pulque amargo y no dulce hasta que sus pies reptaron confundidos de izquierda a derecha, y volvió el vigor; pero con él sendos apetitos que antes no conocía.

“Estoy muy enfermo

por todas partes,

en ninguna parte están

bien mis brazos o mis pies;

bien desmayado está mi cuerpo,

así como que se deshace”.

Quetzalcóatl anduvo el pueblo con su mirada marañosa y pies abatidos. Hizo destrozos en todo lo habido y profirió, entre su raza, palabras injuriosas quebrantando, de este modo, las normas que él mismo había dictado. Cuánto desea, ahora, esconderse de Tula; pero no halla cómo ni dónde… no encuentra razón ni excusa.  No es digno para su pueblo y mucho menos lo es del lugar que ocupa. Llora, la serpiente emplumada, y por sobre la montaña que pisa da su último vistazo. Coatepec lo ve partir. Se echa en su barca y entre las aguas toma rumbo hacia el horizonte justo a la salida del sol. La serpiente emplumada se difumina entre los tonos ambarinos hasta transformarse en la estrella más brillante.

***

—¿Lo creerán, ustedes? —dijo Tezcatlipoca a sus hermanos y con una sonrisa en el rostro—. A Quetzalcóatl lo arruinó su propio corazón.

—¿Nos decís, entonces, que fuiste vos quien se disfrazó de aquel noble anciano a quien todos en el pueblo ahora buscan?

—Sí, mas lo cierto es que mi cántaro no contenía más que agua, ya que el pulque del desenfreno fermentaba en su propio corazón hasta entonces inquebrantable.

—Nadie es tan bueno para siempre.

—Verdaderamente, nadie lo es…


Sobre el autor.

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela.

Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

Lilith

Relato

Todavía desconozco el por qué, pero decidieron llamarme Lilith. Las arcas del olvido estaban repletas desde los albores del tiempo, así que mi nombre no nació para ser recordado por los hombres.

Lo primero que recuerdo fue un atardecer de verano en una pequeña playa de arena centelleante, casi blanca, bajo un sol tan hiriente como el escudo de Júpiter. Algunas nubes carmín, recortadas sobre un manto azul cerúleo, a duras penas tapaban aquel implacable estío. Recuerdo haber visto por el rabillo del ojo algunos humanos caminando por la orilla. Se protegían con turbantes primorosamente enroscados y unas túnicas blancas de lino que los céfiros, caprichosos, hacían revolotear a su antojo. Yo (eso sí que permanece aún vivo en mi memoria) tan sólo miraba aquel horizonte. Silencioso, limpio, incólume. Como si la eternidad se detuviera por unos instantes para contemplar aquella inconmensurable quietud antes de que su muerte anunciada, se fundiera con aquel ocaso enrojecido.

Recuerdo perfectamente que yo sonreía. Sí, aún me veo a mí misma, allí de pie, sonriendo, pensando cuán eterno era aquel azul cobalto que contemplaba por primera vez. ¡Cuán diferente de los juncos y malezas del río de la Babilonia de mi infancia! Quizá ya sabía de su belleza antes de venir aquí, por eso nací sonriendo. Aunque eso, mucho después, los hombres lo olvidaron.

Me fijé en mis pies. Unos extraños montículos negruzcos de conchas, algas resecas y fragmentos rotos de estrellas de mar me rodeaban. Creo que llevaban allí desde el principio de los tiempos. Al principio vi que una burbujeante espuma de color lechoso emergía del mar justo debajo de mí. Observé cómo se creaban mis piernas. Luego la espuma ascendió un poco más y se formaron mis caderas y mis muslos. Al poco, el ombligo y el cuerpo. Era del color de la sal sucia. Quise tocarlo para cerciorarme de que aquella amalgama de salitre, roca y agua de mar era yo. Lo noté duro, pétreo, con el rugoso tacto que tienen los recuerdos. Al ascender más allá de mi vientre, aquella blanca efervescencia tomó forma de mujer, henchida, nutricia, enorme. Casi colosal. Recordé la descomunal sombra de los Atlantes, más allá del océano. Y, con la mirada, recorrí mis brazos torneados por el viento y mi pubis desnudo.

Entorné los ojos. Emborronado por las brumas del mar y la calima, apenas logré ver el mundo; un océano infinito salpicado de blanca espuma y, a lo lejos, moteadas entre la inmensidad azul, unas leves rocas parduzcas.

Cada tarde, el viento despeinaba mis cabellos, se ensortijaba entre las telas de mi peplo. La gente me miraba al pasar. Me adoraban, me reverenciaban. Es un regalo de la Madre Tierra, decían. Pero se sucedieron los lustros, las décadas y, atardecer tras atardecer, tan sólo presenciaba el mismo horizonte, una y otra vez. Las mismas nubes y el mismo tinte carmín en el cielo. Mi destino era la impertérrita inmovilidad. En aquel instante me di cuenta. Había nacido condenada a repetir el mismo inicio, la misma eternidad. Así, más allá de los días y las noches, mientras durasen todas las eras del hombre, como Ticio desde el oscuro Tártaro.

Allí de pie, apenas podía prestar atención a la arena, las conchas o a los hombres que, de vez en cuando, se acercaban movidos por la curiosidad. Pero aquello me bastaba. Sentía su presencia, oía sus risas y voces a lo lejos y eso era todo lo que necesitaba.

Una tarde incierta, un pequeño niño de ojos desmesurados, se acercó hasta mí. Su madre lo contemplaba como quien observa un frágil prodigio llamado a ser tan efímero como un susurro al viento. Aquella criatura menuda me retiró con sus manitas un papel que tenía adherido en un párpado, desde hacía días. Me miró con ternura y, con sumo cuidado, me desprendió tres o cuatro colillas que la gente me había incrustado en los pechos.

Recuerdo que no pude articular palabra. El niño me miró por un instante más, se encogió de hombros y, a la llamada de su madre, corrió despreocupado hacia ella. Jamás les volví a ver.

Aquella noche saludé a la Luna. Dije hola a las estrellas y los planetas y me dispuse a charlar con ellos como hacía siempre. De no sé por qué rincón, aparecieron más astros y la noche se tornó fosca y profunda. El viento sopló frío. Debí de quedarme dormida. No recuerdo haber soñado.

Cuando desperté, los puntos incandescentes del cielo estaban en silencio, como no queriendo molestar con su presencia y el viento caminaba de puntillas para no hacer ruido. Fue entonces cuando presté atención al Océano.

Venía por la derecha. Se acercaba implacable, con una furia que destruía todo a su paso. Titán era así, devastador y cruel como los ojos desorbitados de la Quimera.  Sin duda se había percatado de mi presencia. Hablaba con infinidad de voces, rumores y estruendos de gritos lejanos. Voceaba palabras desconocidas. Eran las voces del tiempo.

De pronto aquel océano cobalto de tamaño inconmensurable se movió en oleadas gigantescas de una espuma blanca y rizada que empezaron a avanzar hacia mí. Antes de darme cuenta me besó los pies, subió por los tobillos y se enroscó furioso por los muslos. Sin poder hacer nada, me envolvió con violencia, yendo y viniendo, con embistes de mar largos y lentos. El olor a salitre empapó mi cuerpo y me deshice en él, me impregné de él serpenteada en su espuma blanca, ardiendo de deseo, consumida en aquella efervescencia hirviente que me quemaba.

Y dejé de ser Lilith.

Fui invitada a reinar en el mundo de los atlantes como una diosa poderosa, omnipresente, perdida en la inmensidad de las aguas negras. Obtuve el favor del mar y de las oscuras profundidades y, aún hoy, hasta las díscolas sirenas parecen respetarme, las ballenas me cuentan la historia ancestral del mundo, y aunque perdí el recuerdo de los humanos y sus voces, yazgo con el dios Mar cuando nadie nos molesta. Solos, eternos.

 


Sobre la autora.

Silvia Tena. Doctora en Historia del Arte. Crítica de arte, investigadora, curator de proyectos expositivos y escritora. Ha trabajado para el MACBA, el MNCARS, Guggenheim, la Tate Modern o el IVAM. Ha sido profesora de Historia del Arte y de Estética y Teoría del Arte en diversas universidades. Es profesora invitada del Master de Gestión de Patrimonio de la Universitat Pompeu Fabra y Universitat Autònoma de Barcelona. Ha comisariado varias exposiciones de artistas contemporáneos. Colabora en diferentes revistas nacionales y en los últimos años ha publicado diversos ensayos y monografías sobre arte, estética, mitología, teoría crítica y diseño.

Como escritora, algunos de sus relatos han sido publicados en revistas literarias como La Lluna en un Cove y Noviembre. En la actualidad prepara su primera novela.

Las aves en cautiverio

Relato

Tito, Emperador del Imperio Romano, segundo de la Dinastía Flavia, quería imponer orden en los primeros años conocidos como después de Cristo (d. C.) y en la primera revuelta judía, instauró implacable la crucifixión. Castigo cuyo fin era intentar persuadir a través del escarnio público.

Cada viernes, daba instrucciones sumariales sobre quienes serían crucificados al día siguiente. De forma general le eran leídos los cargos de los enjuiciados por su gendarme de confianza.  Tito, ordenaba quién iba a sufrir por horas crucificado hasta la muerte, en un sitio establecido para este fin. Fue premeditada la selección del lugar del suplicio; visible para todo ciudadano en un terreno que hacía de berma a un cerro.

A la seis de la tarde de ese sábado, cuatro hombres fueron amarrados a sus cruces de purga. Un hombre saludable y joven podía soportar crucificado veinticuatro horas ya que no eran clavados cómo Cristo. Pero en términos generales, a las doce horas moría cualquier hombre.

Tito creó, tiempo atrás, un sistema para colectar aves. Lo perfeccionó y al sonido de un arpa ciertas aves acudían al llamado y permanecían en cautiverio, muy cerca del sitio seleccionado para la crucifixión colectiva.

El Emperador, se presentó a medianoche de ese sábado ante los hombres fijados en dos tablas. Hizo un recorrido lento por el corredor de muerte sólo iluminado por antorchas.

Los hombres suplicaban:

¡Piedad o muerte!

El Emperador, con una señal hizo soltar a las aves enjauladas desde el día anterior, que revolotearon por algunos minutos, liberadas al fin. Lentamente como danza aprendida se iban posando sobre las cruces.

Esa madrugada en que cuatro hombres estaban siendo ajusticiados, las aves volaron sobre ellos, se acercaron a cada uno desplegando las alas. A los minutos, muy pocos como siempre, fueron rodeando a los pecadores. Al primer hombre en la fila, lo rodearon casi todos los cuervos. Al segundo, al piso de su cruz se posaron los buitres. Al tercer hombre en la fila, las golondrinas aleteaban a su alrededor. Al cuarto, las lechuzas le querían sacar los ojos.

Tito caminó solemne delante de los condenados. Una delegación muy pequeña de la oficialidad lo acompañaba a prudente distancia.

Miró las aves.

Miró a los crucificados.

No se detuvo en su caminata de ida. Al desandar, se ubicó ante el hombre con las golondrinas y le preguntó:

―¿Por qué estás aquí?―

El hombre en principio no quiso contestar hasta que la punta de la lanza de un oficial del Emperador hizo sangrar su vientre y entonces dijo:

―Robé, Mi Emperador―

―¿Qué robaste?― preguntó Tito el Emperador

―Panes para mi familia― contestó el agonizante

―¿Cuantos componen tú familia?―

―Mis cuatro hijos mi mujer y yo― dijo con apenas aliento el crucificado.

―¿Cuantos panes robaste?― se interesó el Emperador.

―Cinco mi Emperador―.

El emperador lo miró y preguntó a su oficialidad si era cierto. Estos asintieron. Desvió la mirada a los otros hombres amarrados quienes suplicaban rodeados por buitres, cuervos y lechuzas.

Observó al ladrón de panes, al que silbaban las golondrinas y ordenó a sus hombres:

―Bajad a ese hombre de la cruz―

 


Sobre la autora.

Ana Estela González Angulo. Nace en la Provincia de Panamá, República de Panamá, en 1966.

Cursó estudios primarios y secundarios hasta el V año en el Instituto Alberto Einstein, en dónde en 1981,  ganó el IIº Lugar en concurso de cuentos de los Juegos Florales a nivel nacional, con un cuento corto titulado: “Imágenes”.

Licenciada en Química.

Luego de una larga suspensión de actividad literaria reinicio un nuevo ciclo en 2009 y ha participado en concursos vía internet y logrado:  2º Puesto, Diario Perú 21, República de Perú( 2010). Finalista en cuento erótico “Blog Diario de Meretriz de Lujo”, España (2014). Como parte de una antología en Editorial Literarte, República de Chile (2013).

Se mantiene activa como auditora ambiental y regente química en una empresa privada. Presta servicios como investigadora en la Universidad de Panamá.

El sueño eterno de Endimión

Relato

Ya los caballos de mi hermano Apolo conducen su refulgente carro hacia las tranquilas aguas jónicas. Quizá ni él mismo conoce los colores que ha desplegado sobre el cielo del ocaso.

Siempre, en el refugio de mis bosques, fui dueña de mis noches colmadas de solaz, de cacerías y rituales. Mas, ahora, al observar este cuerpo dormido, que reposa al amparo de los robles, presiento el fin de mi libertad. Mis labios me arrastran: desean rozar la piel que mis manos se niegan a tocar.

Aquel ardor vengativo que se apoderaba de mí se va desvaneciendo. Aquella ira, que a mi querida Calisto transformó en osa por abandonar su castidad, que al valiente Acteón convirtió en ciervo para que fuera devorado por su propia jauría, se ha debilitado.

Mi arco y mis flechas yacen abandonados sobre el follaje. Los ladridos de mis perros se pierden entre los árboles. Mis ninfas se retiran a sus cuevas cansadas de esperarme.

Hoy no quiero castigar a los amantes que buscan mi luz en medio de la noche. No deseo cazar, ni presidir sacrificios, ni bañarme en el río cristalino que se transforma en plata a la luz de mis senos. Esta noche quiero estar aquí, a su lado. Quiero acariciar su pelo negro y su pecho duro, besar sus labios rojos y su hermoso rostro brillante.

Ruego a mi padre que jamás lo despierte, que mantenga sus párpados cerrados en un sueño infinito, que toda esta belleza se conserve intacta y no acabe mezclándose con el barro donde, inocentes, los jabalíes retozan.

 


Sobre la autora.

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en universidades de Asia y África. En esos años investigó la literatura india y africana y publicó Los confabuladores nocturnos: relatos contemporáneos de la India, Lihaf: cuentos de mujeres de la India  y Cuentos a la luz de la hoguera.

Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas antologías y revistas de  literatura. Ha recibido premios y ha resultado finalista en varios certámenes literarios.

Actualmente reside en Valencia, donde se dedica la enseñanza y a la escritura creativa.

El Caso Paris

Relato

Un juicio hasta la fecha descatalogado. Del monte Ida pastoreando a los tribunales griegos. De hijo de reyes a pastor, pasando por juez y terminando como guerrero.

La radiante luz de Apolo perlaba el rostro del joven de barba corta y cabellera enmarañada, rozándole la nuca húmeda. Tomó asiento a la espera de su llamada en un alargado banco de pulido mármol. En otra habitación, una imponente sala abierta a la luz acogía a cada vez más gentío hasta rellenar todos los espacios en los bancos. Un viejo heraldo subió al estrado de gruesa piedra gris. Alzó los brazos y elevando la voz, clamó al cielo:

―Que se levanten los justos y desfilen los injustos por nuestro laberinto a la justicia para que este antiguo tribunal escuche, pregunte y juzgue.

―Ahora, todos los presentes dispuestos para ovacionar a nuestro ilustre juez Paris seleccionado por el gran Zeus.

Una oleada de vítores estremecieron los cimientos del Partenón. De haber cristales se hubieran partido en mil pedazos ante tal recibimiento.

Paris tomó asiento en la alta tribuna de piedra, colocando la manzana dorada a su vera. En la fruta, una inscripción rezaba: A la más bella.

A un lado se situó un escribano y al otro el heraldo.

―Tomen asiento, todos ―ordenó Paris―. Comencemos, heraldo.

El anciano asintió antes de volver a levantar la voz para afirmar:

―Todos expectantes para dar la más calurosa de las bienvenidas a nuestras hermosas, sabias y poderosas diosas que desean enzarzarse por el título de “La más bella“.

―Bienvenida, Hera, Reina del Olimpo.

Las puertas del tribunal se abrieron de par en par por un soberbio vendaval que barrió la tierra de la entrada y deslumbró a los espectadores más cercanos a la puerta principal.

El hijo del rey troyano Príamo agudizó su mirada al entrar la primera de las diosas.

Arqueros escitas alzaron sus armas desde la planta alta para la protección de la tribuna.

Con el cuello erguido y un severo rostro bajo una diadema, avanzó por el pasillo chasqueando su cetro contra el suelo hasta situarse a la izquierda en un cómodo trono. Levantó ligeramente su manto de plumas de pavo real antes de arrellanarse en el sillón. La faz de treintañera confrontaba con su expresión dura como el mármol de Carrara.

Paris contempló a Hera con curiosa atención. Era bella, sin duda alguna. Pero fría como el Tártaro, pensó.

El heraldo volvió a hablar:

―Bienvenida, Atenea, diosa de la inteligencia y las artes bélicas.

Hera se levantó al instante.

El rugido de las espadas al chocar llamó la atención de nuevo hacia la puerta principal. Atenea avanzó hasta situarse a la derecha, lo más lejos posible de Hera. Sus miradas fulgentes se entrecruzaron.

―Bienvenida, a la última de las diosas nominadas. Que pase la excelentísima Afrodita, diosa del amor.

Una hondonada de luz rosada resplandeció por toda la estancia. La hermosa diosa penetró bajo un áurea de luz, tras un niño pequeño que lanzaba pétalos sobre el suelo que la diosa pisaba.

Antes de que Afrodita llegara a su posición central entre Atenea y Hera, ésta última reclamó la atención de Paris.

―Mi ambicioso troyano, yo te ofrezco todo el poder que desees y me comprometo a otorgarte el título de Gran Emperador de Asia. Te convertirás en Sultán de Oriente y Rey de Asia, un hombre que controlará el inhóspito reino más allá de Grecia. Tierra de especias y ricas sedas. Serás más grande que tu padre y que cualquier otro rey y emperador de occidente. Tu poder no tendrá parangón. Ni siquiera el mar te pondrá límites.

Demóstenes con el ceño fruncido, escuchaba a su clienta mientras contemplaba la ligeramente ruborizaba mirada de Paris. A cambio de este servicio, al logógrafo se le concedería después del juicio, el poder suficiente para convertirse en político.

Tras un breve silencio en la alta tribuna, Paris volvió la mirada a Atenea. Era su turno.

Isócrates, el logógrafo de Atenea, le tendió a ésta una hoja. La diosa le echó un rápido vistazo y después la volvió a dejar caer en los brazos de su orador, aunque en este caso, un simple escriba.

―Mi heroico guerrero, yo te concedo la sabiduría, la prudencia y la posibilidad de vencer todas las batallas en las que combatas. Tus hazañas serán contadas por todos los rincones de este mundo y del siguiente. La astucia y el arte bélico que te concedo te permitirá adelantarte a tus enemigos por numerosos que sean y vencerlos con tan sólo un puñado de hombres. Tu padre se enorgullecerá y brindará con su corte a tu llegada de cada campaña en que te embarques. No tendrás rival ni tan siquiera en el Olimpo.

El público entró en revuelo, acrecentándose los cuchicheos. Isócrates escudriñó en los ojos de Paris un fulgor chispeante.

―Orden, pido orden, silencio y disciplina para esas lenguas ―vociferó el heraldo poniéndose en pie. Las sandalias zumbaron un extraño silbido. El juez palideció al descubrir que tras la apariencia de aquel viejo heraldo se escondía Hermes por petición de Zeus para controlar que Paris cumpliera como juez los designios del Rey del Olimpo.

Lisias susurró algo en el oído de su cliente, Afrodita. Ésta asintió con un sutil movimiento de cabeza.

―Mi seductor joven, yo te entrego lo que todo hombre desea en este mundo: el amor de la mortal más bella de este reino terrenal.

El reloj de agua sobre el podio más elevado del estrado descontaba gota a gota el turno de la dulce Afrodita. La Clepsidra contenía agua pura donada por el mismísimo Poseidón para la ocasión.

―Nadie os podrá dañar ―siguió la diosa―. Seréis enviados a través de la luna y las estrellas a un mundo onírico en el que el placer, la pasión y vuestros cuerpos se unirán culminando en un eterno orgasmo de ambrosía. Vuestro amor será inmortal.

Lisias sonrió. Este sería su texto más literario de toda su carrera como logógrafo.

Paris paseó la mirada entre las diosas.

―Dime Afrodita, ¿Cuál es el nombre de la presunta hermosa mujer? ¿Es griega? ―preguntó.

―Su nombre es Helena y es de Esparta. Y vuestro amor será causa de grandes acontecimientos. Todos conocerán el amor entre Paris y Helena. La historia de un verdadero amor.

El banquillo del jurado estaba atestado de pulcros ancianos de túnica y decrépitos rostros. Pero su opinión no importaba. Las diosas no deseaban el veredicto de aquellos sabios y viejos ancianos. Los seis ojos ansiosos de la tríada de diosas anhelaban por conocer el veredicto del juez pastor.

La última gota de agua cayó. Un extraño trueno a plena luz del día sorprendió a los asistentes al juicio. El heraldo se puso en pie y volviéndose hacia Paris, afirmó:

―Se acabó tu tiempo, troyano. Reflexiona, decide y ejecuta. Escoge a la diosa más hermosa y recompensa su belleza con la manzana dorada.

Paris suspiró. Cogió fuerzas y se irguió ante el estrado de piedra.

―He tomado una decisión.

Las diosas posaron, retorciendo sus cuerpos bajo largas túnicas de seda y gasa de distintos colores.

―Mi sentencia es a favor del amor. Acepto la proposición de Afrodita que a mi juicio es la diosa más bella de todo el Olimpo.

Los ojos encolerizados de Hera parecieron herir al joven pastor dentro de su cuerpo.

―El amor será tu destrucción, Paris. El poder que caerá sobre tu ser será recordado toda la historia ―sentenció Hera.

La diosa desapareció en una pompa de humo púrpura.

Atenea retomó la amenaza de la Reina del Olimpo.

―Te has rebajado a las pasiones humanas, oh Paris… Zeus te eligió por tu buen juicio, pero tu imparcialidad se ha visto fragmentada por las pasiones de la carne. Tu amor sea causa de penas y dichas que la humanidad no podrá perdonar jamás.

El silbido de un corcel resquebrajó los oídos de los presentes y Atenea se deshizo en el aire, dejando partículas blancas suspendidas en el aire.

Afrodita sonrió, satisfecha.

―Viajarás a la Corte de Menelao, rey de Esparta, y cuando Helena te mire a los ojos, se quedará perdidamente henchida de tu ser. Vuestras almas se entremezclarán en una amorosa red de cegador amor.

Paris asintió, agradecido con la diosa del amor. El heraldo golpeó ligeramente el hombro del juez.

―Has hecho un buen trabajo, pastor. Zeus estará satisfecho. Has cumplido con tu cometido.

El zumbido de las sandalias se intensificó cuando Hermes desapareció tras una columna tras la tribuna.

Afrodita pasó a ser considerada como la diosa del amor y la belleza. Y Paris, ese príncipe, pastor y juez, se condenó a vivir una de las guerras más cruentas e ingeniosas que la historia conoce.

Con la sangre de troyanos y griegos se saciaría la esencia más pura de la existencia: el amor.

 


Sobre el autor.

Luis Hernández Sánchez. El escribir lo configuro como un pasatiempo divertido y muy entretenido, que mejora mis redacciones y mi forma de escritura. También me ayuda a expandir mis sentimientos más profundos y exteriorizarlos de una manera tan inofensiva pero puntiaguda como es la escritura. Creo en la literatura como forma de expresión independientemente de lo bonito o bella que pueda ser el texto escrito. No todos logran ver belleza donde otros sí la ven.

He sido ganador y seleccionado para formar parte de antologías y otros concursos literarios como: II Premio de relatos cortos APDPE, VII Concurso Internacional Inspiraciones Nocturnas y VI Concurso Internacional La Primavera la sangre altera, entre otras antologías.

Egipto

Relato

Cleopatra se había quedado sola.

Primero murió César. En aquella época lamentó mucho su pérdida.

Ayer le dijeron que Marco Antonio, sintiendo la derrota, se había suicidado. Le extrañaría intensamente.

Ahora era su turno.

Se miró largamente en el espejo. Quería recordarse con precisión en la otra vida. Después se clavó una larga aguja. La ponzoña llegó a su corazón en minutos.

Cuando los sirvientes la encontraron, la incineraron, guardaron sus cenizas en una urna y se la enviaron a Octavio con una nota:

            “Esta es la única forma en que podrás exhibirme.

              Cleopatra, por siempre, Reina de Egipto”.

 


Sobre la autora.

Isabel María Lobato Jiménez. Me encantan las palabras desde que era una niña. Conocer sus significados, escuchar su musicalidad, contar historias con ellas. Cuando tomé la comunión me regalaron un diario y en él comencé a escribir mis pensamientos  y a crear cuentos.

Desde entonces he seguido escribiendo siempre de una u otra forma. Me gusta contar historias. Es una hermosa manera de viajar a otros mundos y a otras vidas. Y también una manera de compartir.

    *Finalista III Certamen de relatos Fundación pintor Julio Visconti 2018.

    *Segundo premio Concurso Nacional de cartas de amor de Mengíbar 2019.

    * Finalista IX certamen Picapedreros de Poesía, microrrelato y guión 2019.

    *Publicación  de un cuento  en ladoberlin.com (1/Nov/2019).

*Publicación de un microrrelato en libro digital “Cuidando los finales” Editado por RedPAL (Marzo  2020).

*Finalista  X Concurso de microrrelatos Leyendo a la luz de la luna 2020

Tres Hermanicas Eran

Relato

‘Tres hermanicas eran, blancas de roz, Ay ramas de flor!

tres hermanicas eran, tres hermanicas son’[1]

 

Las tres damas llegaron sin nada consigo, ni bultos, ni paños, ni casi palabras.

Ya que las que tenían, nadie podía entenderlas.

Llegaron arropadas de su nobleza, enmarcadas en la forma de los ojos,

almendrados.

Y por cierto llegaron con los bolsillos vacíos.

Menos una llave.

Tal que la gente del pueblo le atribuía algo misterioso a las tres, incluso alguien afirmaba con cierta persuasión, que procedían de un cuento de la Biblia, siendo tan judíos sus nombres.

Sea como fuese, llegaron y se quedaron.

‘En medio del camino un castillo le fraguó

de piedra menudita y laja alrededor’

 

Encerradas, pasaban los días rememorando sus antepasados, sus riquezas desperdiciadas, su tierra sobre todo.

Y soñando en esa tierra perdida.

Así que solamente en los días de mistral se le podía notar algún aliento de vida, en aquella casa donde habitaban.

Las dos hermanas mayores se escondían, cuando el techo parecía escaparse, mientras que la joven iba corriendo por todos lados, intentando cerrar ventanas y puertas.

Una lucha impar con muy pocas armas, debido a la débil madera de los marcos.

Ya que el viento, como huésped sin invitación, entraba por los portillos líberos de cristales, desde hacía años ya.

Y por despecho le tiraba el pelo hacia arriba, casi por llevárselo en su viaje de aire.

A la pequeña solamente.

Porque a las demás ya las dejaba en paz, con sus melenas bien recogidas bajo el broche del siglo XVI.

‘Ventanas hizo altas porque no suba varón’

 

Odiaba al viento, la joven, pero aguantaba las ráfagas con resignación.

La misma de cada día.

Aunque morando en aquella tierra cien años, siempre le recordaría que no le pertenecía.

Por tanto, las damas vivían alejadas de los demás, con la única preocupación

de cuidar lo poco que tenían.

¿Y que tenían?

Dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La llave.

Guardada en un lienzo de seda.

Rodeado por los cuatro costados, de un lazo verde.

Empaquetado en un papel polvoriento, en el que apenas se leían los letreros, si

alguna vez había tenido.

Muy antigua la llave.

Aunque ni se sabía que iba abrir, porque tres puertas tenía la casa.

Tres, una para cada hermanica.

Pero la llave existía desde antes.

Y por cuanto hurgaban las tres en su memoria, no lograban recordar.

Una amnesia onírica se había apoderado de ellas.

En la duda, la cuidaban como si fuese de la puertecita de las hadas hiladoras.

Pero la llave seguía guardando su secreto.

Desde el lienzo de seda, rodeado de un lazo verde, en un papel polvoriento, dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La hermana chica, que era la más fuerte, se encargó de vigilar la llave.

‘Por allí pasó un caballero, tres besicos le dio.

En el besico de alcabo, la niña se despertó’

 

Con el caballero la dama chica por fin se casó.

Saliendo de su casa para empezar la vida de esposa, miraba atrás de su espalda, como si el pasado le quedase pegado a la sombra.

Entonces quiso ver por última vez la llave.

Ya el cortijo quedaba en silencio, como abandonado.

Subió la escalera crujiente, alcanzó la habitación y la cajita de la mesilla de noche, el lienzo de seda, rodeado por los cuatro costados de un lazo verde, en un papel polvoriento.

Y al abrirlo, un torbellino con perfume de jazmines la envolvió toda.

Pero la llave no estaba.

Así la dama reconoció el único recuerdo inestimable.

El perfume de su tierra perdida.

España.

[1] Canción sefardí.


Sobre la autora.

Tiziana Palandrani. Nacida en Cerdeña (Italia), es profesora y etnomusicóloga.

Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras y licenciada en Etnomusicología en el Conservatorio de Música de Sassari (ambas titulaciones cum laude).

Dedicada desde hace años a la investigación del material biográfico sobre Fryderyk Chopin; su ensayo sobre el compositor será editado en el 2020 por Brepols.

Desde el 2010 lleva a cabo una sistemática encuesta de campo en varios pueblos de Andalucía para estudiar las saetas y las evidencias musicales de la Semana Santa andaluza.

Ha presentado resultados y materiales de su búsqueda en diferentes convenios internacionales.

Se dedica también a la poesía y prosa en italiano, sardo y castellano; sus composiciones han sido premiadas en Italia y España.

En el 2019 su documental etnografico ‘Colmena mística’, dedicado a la polifonía de Montoro (Córdoba), resulta finalista en Italia en la «Rassegna internazionale Vittorio De Seta».

Entrevista con el dragón

Relato

―Y usté me lo dice a mí, señorita periodista ―dijo el dragón, resignado―. Hace seiscientos treinta y dos años que cuido princesas. Pero nunca me tocó una como ésta. Uno se preparó para trabajar acá. No le voy a decir que, de joven, fuese mi vocación. Me hubiera gustado asolar Northumbria o las costas de Carelia, como aún suelen hacer mis primos; pero uno viene de una familia de cierta cultura, señorita periodista. Hubo ancestros míos cuidando princesas chinas en la dinastía Han, por poner un caso. Mi padre mismo custodió en Tolosa a Tindigota, la hija de Alarico; y a la Santa Berta, hija de Cariberto de París. Yo he cuidado a Ana, la Hermana de Basilio el Matabúlgaros; a Emma, hija de Richard de Normandía; a Isabel, Hermana de Casimiro el Grande. ¡Hasta fui contratado por Hakam, califa de Córdoba, para cuidar a su hija Fátima! Estudié Teología en Cracovia con el Santo Cancio, Magisterio en Cambridge con Scotus, Medicina en Padua con Pietro d’Abano, Derecho en Bolonia con Guarnerio, Trivium y Quadrivium en París; y aquí me tiene, cuidando a esta mocosa maleducada, atrevida, obscena y descarada.

―No es fácil mi trabajo, señorita periodista ―dijo el dragón, didáctico―. No se trata solo de custodiar la castidad de una doncella. Hay que educarla en la prudencia, el trabajo, la honradez y el silencio; mostrarle las bondades de una vida cristiana, los buenos modales y el buen trato. Se requiere transmitirle cultura; que reconozca sus privilegios y haga uso correcto de ellos; enseñarle a cuidar y educar a quienes serán sus hijos, administrar el hogar y mandar sobre los criados y sirvientes con responsabilidad y prudencia. Ilustrarlas en el arte de la escritura, la lectura, el dominio de idiomas, la ciencia y prepararlas para tañer aceptablemente un rabel o una zanfonía. Se debe instruirlas en el manejo de la rueca, en la costura y el hilado; en las tareas del huerto y el cuidado del ganado.

Luego, para ejercer su trabajo de custodio, uno debe dominar todas las escuelas de esgrima, el combate sin armas, saber enfrentarse a un caballero y conocer los puntos débiles de su armadura, superar la defensa de un broquel y la amenaza de una spada longa, conocer las técnicas de defensa de una plaza fuerte y, claro, ejercitarse constantemente en esto de echar fuego por las fauces.

Además, un torreón como éste no se mantiene solo: debo dominar las técnicas de albañilería y plomería; reparar roturas de paredes y techos, combatir la humedad, mantenerlo calefaccionado y habitable; y todo eso sin contar con sirviente alguno.

Con esta voluble, indecente, deslenguada y palurda: por otra parte, debí aprender a maquillarla, acicalarle el pelo y bajar al mercado a comprarle vestidos y zapatos hasta tres veces por semana. ¡Habrase visto!

―¡Ah, señorita periodista! ¡Absolutamente caprichosa, consentida, grosera, malcriada, y malhablada! ―dijo el dragón, enojado― Mire que con algunas he renegado bastante. Gailtergrima, hija de Gaimar de Salerno era tosca y ordinaria; y necesité quince años para que resultase en algo parecido a una dama, señorita periodista. Pero con ésta, ¡válgame Dios! No sé si es que uno ya está grande y ha pasado tres cuartos de su vida en climas inhóspitos, donde la soledad de esos parajes olvidados se hace insoportable; entonces, la paciencia mengua; pero esta insolente, jactanciosa y desconsiderada; le juro, me saca escamas verdes.

Antes, era normal que viniesen cuatro o cinco caballeros por año para liberar a la dama de turno. Los viajes eran largos, los caminos inexistentes y los salteadores gobernaban los páramos. Pero acá estamos a un par de leguas de la ciudad, el Camino Real se ve desde esa ventana y no se recuerda la última vez que nevó en esta sierra. Sin embargo, señorita periodista, hace como dos años que nadie viene a esta Torre. ¡No hay quién se preocupe por venir a salvar a esta desvergonzada, descortés, arrogante y desatenta! Y estoy seguro que de no haber sido por los escándalos de la corte; usté tampoco se hubiese apersonado por acá.

―Entre nos, señorita periodista ―dijo el dragón, confidente―, no se podía esperar otra cosa. Esta veleidosa, descocada, impúdica, desobediente e impertinente; es digna hija de su madre. No se entiende, señorita periodista, cómo un joven tan educado como el ahora Rey puede haberse enamorado de una suripanta que fue corista en los burdeles de Brüssel. Se dice que, en realidad, su padre, el viejo Rey, pagó una deuda de juego llevándola a Palacio y entregándole a su hijo en matrimonio. Se cuenta, también, que esta insumisa, rebelde, díscola y petulante no es hija del Rey, si no del dueño de una Casa de Juegos de Katowice. Y a uno no es que le importe, pero esta presumida, desaprensiva, caradura y sinvergüenza no se parece en nada a Su Alteza. Usté debe saber más sobre eso, señorita periodista. Yo digo lo que leí en las revistas. Porque yo no tengo contacto con nadie de la Corte.

Acá llega un carruaje con escolta de soldados, bajan a la doncella, me la entregan junto con una carta de puño y letra del Señor, con su sello, donde se hace constar que la ponen a mi custodia hasta la aparición de un Caballero que la rescate. Puedo mostrarle, en mi archivo privado, todas las misivas que guardo de quienes me han confiado a sus hijas o hermanas. En ellas ―es norma ancestral― se detalla qué características debe satisfacer aquel que quiera liberar a la prisionera: qué debo ver en ellos, cómo debo enfrentarlos o en qué punto debo dejarme ganar en el combate. Algunas de estas cartas acotan consideraciones más específicas: nacionalidad, religión o apariencia del pretendiente.  Incluso, Rodrigo Díaz el Campeador escribió, y cito de memoria: «Confíese mi hija María sólo al Caballero Ramón Berenger, Conde de Barcelona.». En cambio, mire usté esta carta del Rey. ¿Vé?: «Entregue mi hija al primero que aparezca». No se acota que deba ser un Caballero, ni Noble, ni nada. Ni siquiera debo luchar en su nombre. La última vez que vino alguien a preguntar por ella fue un cartero, que le trajo un Sirope de Rosas comprado, por correo, en la ciudad de Gabrovo. Intenté que se llevara a la princesa, pero él se negó; y llegó a batirse en encarnizado combate conmigo. Era muy valiente. Una pena haberlo matado.

―Esta desfachatada, procaz, indecorosa, frívola y chabacana; señorita periodista ―dijo el dragón, enumerativo―, ignora las más elementales normas de etiqueta. Le voy a contar una infidencia: Ha sido la única de las más de doscientas que he custodiado que me ha sacado de las casillas. Cierta vez estuvimos estudiando, durante dos meses, Protocolo y Comportamiento en la Mesa; y repasando las cien reglas del Menanger de París: mantener la boca cerrada mientras se mastica, tomar la ración más pequeña de la fuente; mantener el meñique limpio y seco si se va a usar para condimentar la comida, no limpiarse las manos en el mantel, no usar los cubiertos para higiene personal, limpiarse la boca antes de beber, y así las demás. Finalmente, cierto día le tomé el examen de rigor.  Me vi sorprendido por unos resultados razonables; hasta que, mientras estaba sentada a la mesa repasando la Regla Sesenta y Dos, inclinó su cuerpo hacia la derecha, levantó su pierna izquierda y dejó escapar una sonorísima flatulencia que movió hasta los velos de su ajuar. No pude contenerme. Me paré sobre mis dos patas traseras, abrí mis alas hasta que estuvieron extendidas de pared a pared, saqué pecho y sentí el fuego subiendo desde mis entrañas. El cabello tardó más de ocho meses en crecerle.

 


Sobre el autor.

Daniel Frini (Argentina, 1963) es Ingeniero de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de varios países. Publicó varios libros, siendo el último “La vida sexual de las arañas pollito” (2019). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010), , Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019).

 


Ilustración de David Demaret, compartida bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

Todas las mañanas de verano

Relato

Cuántos caminos polvorientos recorridos. Cuántas playas holladas con los pies desnudos. Cuántas risas, sonrisas: las mías, las de mis seres amados, las del hijo que contemplo esta mañana. Cuántas lágrimas, sollozos. Cuánta alegría; cuánto dolor. Cuántas briznas de trigo segadas a nuestros pies. Cuántos arroyos de los que fluye el agua clara, donde refrescar el cuerpo cansado después de la carrera, que, ahora, serpentean carmesíes de sangre. Cuántas monturas sobre las que cabalgar a galope tendido por las llanuras de Ilión. Cuántas las conchas recogidas a la orilla de este mar. Cuánta la sal que lo desborda. Cuántos los peces que lo surcan. Cuántas las naves que descubren su frágil velo y manchan este azul y verde y gris y negro inmenso, con sus velas coloreadas. Cuánto el brillo del oro, la plata, las joyas. Cuántos los aromas del incienso, que colman la atmósfera de este desolado palacio. Cuantos los olores que se cuelan por sus rendijas: vacas, estiércol, hierba, algas y brisa y sudor y sangre y cuero y metal y carne quemada en las piras funerarias y grasa del banquete. Cuántos sonidos: una fuente, un grito, una carcajada, un poema, una oración, un sorbo, un graznido, un relincho, una persecución, un silbido, una pugna, unos dados, una forja. Cuántos los recuerdos: de tantos años atrás, de ayer mismo. Cuántos los deseos que no se cumplirán. Cuántas esperanzas, cuántas premoniciones, cuántas decepciones. Cuánta la tersura del cuello de mi mujer, que descansa sobre ese lecho. Cuánta la dulzura en los bucles de su melena: reflejan los rayos de un sol que se desliza, perezoso, dentro de la habitación.

            Está dormida.

            Llora dormida.

            Duerme, amor mío, duerme.

            Nuestro hijo está en su cuna. Este hijo al que no veré crecer.

Querría estar a su lado para enseñarle; para aprender. Cuando diese su primer paso; cuando pronunciase sus primeros balbuceos; cuando domase su primer caballo; cuando cazase por primera vez; cuando acudiese a su primer convite; cuando se enamorase por vez primera.

            Amanece.

Es el alba de rosados dedos que acaricia apenas nuestras retinas, los tejados de la ciudad; que despierta, como una tierna amante, en sus lechos, al fornido herrero, a la afligida viuda, al pío sacerdote, al triste príncipe.

Respiro el soplo de la alborada. Es cálido, fragante, angustioso; está lleno de sombras.

Puedo discernir ya los muros, construidos por El que hiere de lejos, proyectando inmensas sombras sobre el campamento aqueo. También allí reviven los espíritus exhaustos. También allí hay uno que no duerme, envuelto en pesadillas en lugar de mantas. También allí hay, al menos, uno que no volverá a ver a su mujer y a su hijo.

Mi armadura: preparada. Tomo con cuidado cada pieza: la coraza magullada, las pesadas grebas, las densas crines satinadas que acarician el casco. Las miro como si nunca antes las hubiera tenido entre mis manos, como si pertenecieran a otro. Me las ciño al cuerpo con cuidado, sin prisa, moviéndome aún como si anadease entre la neblina del sueño.

Espero una señal, una revelación, un guiño divino que deslíe mis temores, que desanude este presentimiento de mis vísceras, que aplaste esta certeza, y me devuelva las fuerzas. Pero, delante de mí, solo se extienden los mismos paisajes. Noche tras noche; día tras día; lucha tras lucha.

En lontananza: firmes columnas de humo. Un cuerno llama al combate. Responden gritos.

            Andrómaca despierta.

            Me aparto de la ventana.

Mire adonde mire no acierto a encontrar reposo ni valor… salvo en este templo, que es sólo mío.

En tus párpados cuajados de lánguidas pestañas, en los rizos que coronan tu hermosura, en tu piel de alabastro del encantado Egipto, en tus labios de miel, en el deleite de tu cuerpo de gacela abatida, se reflejan todas las mañanas de verano; todas las cumbres, morada de halcones; todas las travesías hacia los lejanos emporios de Oriente; toda la madreperla y todo el ámbar; todos los manantiales cristalinos; todos los charcos de lluvia; todas las lunas llenas; todas las grutas secretas de la divinidad; todas las hojas, todas las flores; todos los poemas de todos los aedos; todas las melodías del arpa; todos los exquisitos sabores que han colmado nuestros paladares; todas las copas de vino especiado que no nos restan por beber; todas las noches que hemos yacido juntos y todas las que dormirás sola; todo el aliento; toda la vida; toda nuestra vida; todos mis recuerdos.

            Es mañana.

            Es hora.

            Parto.

 


Sobre la autora

Verónica Barrasa Ramos nació en Madrid (España), ciudad en la que actualmente reside, en el año 1978.

Licenciada en Historia, con especialidad en Historia Antigua, por la UCM, después de unos primeros años dedicados a la Arqueología, se ha desarrollado alrededor de la «arquitectura de contenidos», la formación, los RRHH y la tecnología, en diferentes empresas españolas y de ámbito internacional.

Durante todo este tiempo, ha compatibilizado su trabajo con proyectos personales de escritura creativa, habiendo sido agraciada con diferentes premios literarios y publicaciones.