Gisela y la loba

Relato

Eran cuatro los lobitos, jugaban en el bosque felices con su madre. Tres machos y una hembra  esperaban la llegada de su padre. Pero, de pronto, la madre levantó las orejas, prestando atención a un extraño sonido. En breve vio a su lobo caer rendido en un mar de sangre.

Madre y pequeños corrieron asustados, la hembrita se perdió del grupo y asustada corrió sin mirar atrás. Sin saber cómo llegó a una casa, se escondió entre las flores del jardín y se durmió hasta que, al día siguiente, una niña le tocó la cabeza con su pequeña y temblorosa mano. La lobita quiso alejarse, pero al notar que ambas eran cachorritas se quedó tranquila. Luego del hallazgo, la niña fue rápidamente hacia su casa, llamó a su madre y ambas le dieron agua, comida y un nombre. Soy Celeste, quédate tranquila, nosotras nunca te haríamos daño, le dijo la mujer viéndola comer.

La lobita crecía día a día en aparente calma, pero su madre adoptiva temía que fuera un peligro para ella y su otra hija, así que fue a consultar a un hechicero que le dio un libro. Gracias a este instrumento, Mercedes, la niña que encontró a la loba, ayudó a su mamá a preparar una poción que prometía que su hermana jamás sería peligrosa. Celeste le dio tres gotas de la poción en su alimento y su pequeña las ingirió.

Al día siguiente, cuando fueron a ver a su mascota no la encontraron. En su lugar, junto al plato de comida, dormía una joven desnuda. Mercedes le picó el hombro con un dedo. Entonces, la chica despertó, se apoyó en sus codos y le sonrió.

—¿Dónde está Gisela? —preguntó Mercedes.

—Soy yo —dijo la muchacha.

Entonces, Mercedes corrió a traer a su madre. Celeste, que pensaba que el conjuro era nada más para que Gisela estuviera siempre tranquila, por lo que se sorprendió muchísimo y salió corriendo al patio. Las tres entraron, vistieron a la jovencita y le preguntaron qué había pasado el día anterior.

Gisela respondió que estuvo jugando con Mercedes en el jardín, que vio a mamá leer un libro y que luego le dieron su comida, la cual le dio mucho sueño.

Como seguían sin entender bien la situación, Celeste corrió a ver al hechicero, quien le dijo que entre todos los conjuros había elegido el más complejo y jamás probado para el cual creía tener una solución.

—Gisela será la muchachita que me describes durante casi todo el mes, excepto las noches de luna llena. Cuando suba la marea, ella volverá a su forma original. Volver será difícil y doloroso, la hará muy agresiva, así que van a necesitar esto un día al mes —dijo, ofreciéndole unas cadenas plateadas.

Al llegar la luna llena, el hechicero fue a visitarlas. Gisela, ya enterada, aceptó ser encadenada y los tres presenciaron su primera transformación, un proceso que se repetiría cada mes. Sin embargo, Gisela fue feliz con su familia, vivió como humana sabiéndose una loba. No olvidó sus orígenes, pero cada luna llena se encadenó a la cama esperando que pasara la noche.

Gisela siguió con su vida, se enamoró de un humano y su descendencia generó lo que hoy conocemos como licantropía.

Sobre la autora

Andrea Pereira (28-06-1983). Escritora uruguaya, fue alumna del taller literario de María de la Cuadra en el año 2016. Sus cuentos fueron en varias ocasiones seleccionados por revistas literarias o galardonados en concursos. Sus obras han sido publicadas en México, Perú, Chile, Argentina, Alemania, Colombia, España y Uruguay

blog: https://lolitadejunio.wixsite.com/misitio


Imagen: Le Loup d’Aggubio – Luc Olivier Merson

El error no fue mío por José A. García

Relato

El error no fue mío

Sabía que no tendríamos que haber abandonado aquel quinquerreme en esa isla perdida. Debimos haberlo incendiado. Fácil resulta ahora imaginar que los perros romanos lo encontrarían y podrían copiarlo. Porque sólo de ese modo lograrían realizar una obra de ingeniería siquiera similar a la nuestra.

Seremos eternos aliados, prometieron para arrastrarnos a la guerra contra los helenos. Nunca olvidaremos su ayuda, repitieron en su apestoso Senado más de una vez; lo sé, yo estaba allí. Y, en cuando lograron salir de la sucia ciénaga donde vivían, comenzaron a conquistarlo todo. Debimos haber previsto que no se contentarían con derrotar a sus vecinos más cercanos.

¿Cómo es posible que estos toscos hombres, poco imaginativos, carentes de toda grandeza y que sólo sirven para luchar se atrevan siquiera a atacarnos?

Y todo por un barco abandonado.

Los veo avanzar veloces hacia nuestras costas, orgullosos con sus estandartes flameando al viento, creyéndose capaces de superar a nuestra numerosa flota, a nuestros marinos nacidos en el agua, de llegar hasta nuestras fortificaciones. Ellos, que recién ayer han aprendido a flotar fuera del pantano en el que nacieron.

Nuestros gloriosos barcos abandonan el puerto para encontrarse con los ladrones de inventos, prestos a defender lo que nos pertenece y demostrar que, aún con las fuerzas diezmadas por los años de constantes enfrentamientos, no nos derrotarán. A pesar del fuego griego que lanzan contra nosotros, seremos quienes al final triunfarán. Pero, ¿qué son esos gritos?

¿Acaso aún veo más barcos romanos, allí, en el horizonte, sobre el mar? ¿Será posible que sean tantos? ¡Es inaudito! ¿Han talado hasta el último árbol de su tierra?

¡Te maldigo romano por imponernos ésta guerra! ¡Te maldigo capitán, por abandonar aquél barco cuando lo mejor era destruirlo! ¡Me maldigo por no haber impuesto mi voluntad como Embajador en ese momento!

Las lágrimas nublan mi visión, el odio mi razonamiento. Sé que el error no fue mío, pero, con mucho pesar, sólo llamas puedo discernir en el futuro de la gloriosa, inigualable y nunca superada Cartago…


Sobre el autor

José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza.

Página web personal: http://www.proyectoazucar.com.ar


Imagen: The Battle of Actium2 September 31 BC – Lorenzo A. Castro

La última vela por Tiziana Palandrani

Relato

La última vela

Las palabras del médico bordean frágilmente la almohada de Domínikos.

Y de todos los verbos de su vida, ahora solo queda en su memoria una pregunta.

Por qué pintar tantas veces aquel tema singular de un niño soplando, y con un mono.

Que no es un niño.

Es un recuerdo, lo quiero explicar antes de morirme.

Intento hablar pero solo me salen mis antiguas palabras forasteras.

Que no es un niño; es el secreto de un hombre recién llegado, alumbrado por el fulgor del atardecer.

Y entre todas las estrellas florecidas, un destello llama la atención de mis ojos de pintor.

Detrás de una ventana entreabierta, una mocita; los rasgos transformados por el centelleo de la vela que iba encendiendo, tal que en principio no pude entender si fuese un niño, un ángel o un sueño.

Y así pinté mi indecisión.

Ese rostro explotaba de luz quedando el resto atrapado en el abismo, como el hombre que se asomaba, burlándose de un encanto tan bello cuanto insoportable.

En cambio, por un instante, se le quedó en el semblante la misma marca de eternidad, mientras que la niña susurraba al tiempo de inflamar otras siete velas clandestinas.

Palabras que me perseguían por todo el callejón verde asediando mi curiosidad de simio insatisfecho.

Sin embargo, el deseo de cautivar sobre el lienzo aquella carita carmesí, cada vez estaba más lejos de la realidad.

Pero ahora sigue atrapándome, y por fin me encontró.

Espero que me salve, aquella oración con la cual me quedo en esta última cama.

Yo, El Greco, lo confieso ahora.

Pinté tantas veces esa vela para que no se me apague; ya no puedo más.

Y se apagó.


Sobre la autora

Tiziana Palandrani. Nacida en Cerdeña (Italia), es profesora y etnomusicóloga.

Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras y licenciada en Etnomusicología en el Conservatorio de Música de Sassari (ambas titulaciones cum laude).

Dedicada desde hace años a la investigación del material biográfico sobre Fryderyk Chopin; su ensayo sobre el compositor ha sido editado en el 2020 por Brepols.

Desde el 2010 lleva a cabo una sistemática encuesta de campo en varios pueblos de Andalucía para estudiar las saetas y las evidencias musicales de la Semana Santa andaluza.

Ha presentado resultados y materiales de su búsqueda en diferentes convenios internacionales.

Se dedica también a la poesía y prosa en italiano, sardo y castellano; sus composiciones han sido premiadas en Italia y España.

En el 2019 su documental etnográfico ‘Colmena mística’, dedicado a la polifonía de Montoro (Córdoba), resulta finalista en Italia en la «Rassegna internazionale Vittorio De Seta».


Imagen: Una fábula – El Greco

Impresión de las distancias por José Arturo Monroy

Relato

Impresión de las distancias

A Rosse Cuadra

Gustaba caminar por la avenida, en especial, entre la calle catorce y quince. Despertaba la primavera, su estación preferida, pues las jacarandas siempre estaban en flor: púrpuras caricias que ornamentan los cielos y endulzan todos los caminos. Gustaba, sobre todo, pasar sobre la calle quince, cuidando siempre de pisar las baldosas. Cuando el tiempo no tiraba de su corbata, subía al Parque Gómez Carrillo a tomar el café matutino y conciliar sus penas y preocupaciones con el Príncipe de los cronistas[1].

Una mañana, de camino al trabajo y con una hora extra en el bolsillo, decidió llevar el conteo de las baldosas que pisaba día a día en ese tramo al que le tenía tanto afán. Andaba, como un niño con zapatos nuevos, viendo hacia abajo mientras contaba las baldosas cuando uno de los cálices purpúreos cayó danzando con peculiar elegancia frente a su rostro. Alzó entonces la mirada y toda la avenida comenzó a perderse a la distancia en una suerte de perspectiva fragmentada.

El sendero, anteriormente derecho, dejaba ver ahora una ligera inclinación ascendente que se iba pronunciando más y más. El errante, sin embargo, no bajó ya la mirada. Continuó caminando. De cuando en cuando, volteaba a ver, pero no por mucho tiempo. La realidad era ahora lo que se quedaba a la distancia. El camino continuaba empinándose y la acera, que hasta entonces acompañaba sus pasos, comenzó a desaparecer bajo sus pies. Encontró sumamente extraño el hecho de que no sentía terror… ni siquiera miedo, sino todo lo contrario, lo invadía un sentimiento de familiaridad.

Lo que hace poco era una avenida pavimentada, era ahora una suerte de baldosas dispersas que daban a la nada: un espacio negro, en apariencia infinito, que se extendía frente a él; un espacio vasto, frío, silencioso e intermitentemente iluminado por nebulosas que cambiaban de azul a naranja, de verde a escarlata, de gris a rosado. Conforme más se adentraba, las estrellas se hacían más evidentes. Algunas, como faros distantes, se apagan y encendían, llegando a lastimar sus ojos al contacto directo con el fulgor; otras, como hadas juguetonas, serpenteaban por la bóveda y orbitaban alrededor de su cuerpo para perderse después en el oscuro e inexistente horizonte.

Volteó a ver su muñeca y el reloj, que mecánicamente se ponía todas las mañanas, era un algo ajeno a su imaginario. Tal concepto resultaba difuso e irreconocible en su mente. Cuando reparó en ello, este comenzó a desbaratarse y a deshacerse hasta las cenizas. No sintió miedo, solo extrañeza, porque todo le resultaba familiar. Volteó a ver su mano derecha, la que siempre cargaba el maletín, y lo desconoció también… se hizo polvo cuando intentó apretar con mayor firmeza el mango. Al tener sus manos libres, tanteó su cabello. Antes, estaba recortado a la manera clásica, mas ahora portaba una melena vigorosa y desordenada, sintió en esta un olor ocre, a humo. Vio sus manos después de examinar su cabeza ¡y se habían tornado más finas!, más blancas, ligeras. Un nuevo peso se anunciaba en sus muñecas y vio cómo, lentamente, se materializaron unos brazaletes metálicos. Sintió una fuerte presión en el pecho, su corazón latía como un caballo desbocado e intentó aflojar la corbata. Cuando arrastró el nudo hasta la mitad, se tornó en una serpiente y estuvo a punto de entrar en pánico cuando notó que estaba muerta, degollada. La soltó y cayó al vació. No se hizo ceniza, ni polvo, solo se quedó allí, flotando a la deriva del espacio. Sus pies nunca cesaron de andar.

¿Qué ocurría? Su mente intentaba dar con la respuesta, ¡sabía que la tenía!, pero se estaba escondiendo entre la borrasca de la confusión. Volteó a ver el camino andado y la lumbre de la realidad era solo un punto parpadeante en la lejanía. Al ver que los significantes poco o nada respondían, intentó penetrar en el significado de lo que estaba ocurriendo y se hizo la luz. La bóveda oscura comenzó a agrietarse, un estruendo horrible se apoderó del espacio y comenzó a temblar. Todo cuanto sus ojos percibían se quebró, emitiendo un grito como el del cristal que impacta con el suelo.


Cada fragmento que se venía abajo era una pieza del tiempo. En cada una de estas piezas, el hombre, su civilización y los sucesos que componen la Historia estaba albergado en ellas. El fuego, las huellas de Altamira, el número, las ciencias y las artes, las hazañas homéricas, el Partenón, las enseñanzas de Sócrates, Platón, las esculturas de Praxíteles, Roma y su ascenso y caída, el Gran Jaguar, las Catedrales, la Peste, ¡la Inquisición!, el exilio de Dante, el Renacimiento, Notre-Dâme, las revoluciones, el vapor, el reloj, la corbata, las reformas, la Independencia de América, la Primera Guerra, la Teoría de la relatividad, la Segunda Guerra, la disputa del alma, los Beatles, Vietnam, hasta el Parque Gómez Carrillo… todo, todo aquello que la mente de usted, lector, pueda colocar en cada uno de estos lienzos, y que figura un momento clave, una vida ilustre dentro del curso de la Historia –oficial y no oficial–, caía ahora como las piezas que son devueltas por una tosca mano a la caja de un viejo rompecabez

Con la vista al frente, continuó caminando. Caminó mientras todo aquello que alguna vez creyó conocer, y hasta disfrutar, se desplomaba a sus espaldas.

Otro punto de lumbre se hizo presente en su camino. Estaba lejano, pero no aceleró el paso. Mientras más cerca estaba de la luz, más familiar era todo… iba comprendiendo. Alcanzó el portal: ese enorme círculo dorado y palpitante; escuchó una voz, percibió un incienso y… suspiró. Antes de entregarse a las áureas fauces, volteó una vez más. «Todo está claro» murmuró para sí, y prosiguió.

—¿Qué quiere decir eso? ¿Qué quiso decir Apolo? —le preguntó un joven de blonda cabellera y pálido semblante, mientras dejaba a un lado su escudo, a la pitonisa que intentaba recuperar el aliento.

[1] Enrique Gómez Carrillo (Guatemala 1873 – París 1927). Célebre prosista guatemalteco al que se le nombró “el Príncipe de los cronistas” gracias a sus múltiples impresiones de viajes: textos en los cuales se aprecia un notable trabajo poético de corte modernista. Entre la quince y catorce calle, sobre la sexta avenida del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, se encuentra el Parque Gómez Carrillo, y en el parque, un busto de mármol en honor al cosmopolita y bohemio más recordado de la nación.


Sobre el autor

José Arturo Monroy (Guatemala, 1995) Humanista y escritor. Miembro del Atheneo de América y cofundador del Taller de Poesía Castalia. Desde temprana edad siente inclinación por las artes gracias a la dirección de su abuelo Oscar Cajas (pintor guatemalteco), quien lo guio en sus primeros tanteos líricos. Estudió Bachillerato en Diseño Gráfico en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura Guatemala, Guitarra Clásica en el Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara y el Profesorado en Lengua y Literatura en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente cursa la Licenciatura en Letras.

Sus poemarios Exposición a corazón abierto (2018)y Sueño de amor interrumpido (2019) fueron premiados por la Editorial Universitaria y por la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala. En noviembre de 2020 el Atheneo de América publicó su primer poemario: Clara Luz.


Imagen: Alexander Consulting the Oracle of Apollo – Louis-Jean-François Lagrenée

El llanto de la madre por Ramón Patricio García Gebauer

Relato

El llanto de la madre

Lloro por mis hijos en la soledad de mi cueva. Lloro porque un salvaje los ha estado asesinando uno por uno. Lloro porque solo puedo hundirme en mi dolor y esperar lo peor.

Mi primer hijo en sucumbir a manos de ese asesino vivía tranquilamente en un bosque. Era grande y fuerte y temible; siempre quiso vivir en soledad, alejado de los hombres, y por eso podía ser algo agresivo con aquellos que se adentraban en su territorio. El salvaje lo atacó dentro de su propio hogar y asfixió a mi pobre hijo. Y no solo eso: el salvaje no estaba satisfecho con haber matado a mi hijo, no, tenía que llevarse un recuerdo de su atrocidad. Entonces desolló a mi hijo y desde entonces el salvaje usa su piel como vestidura.

Le siguió mi hija. Yo creí que estaría a salvo por vivir en un lejano lago y por mantener buenas relaciones con los pobladores (aunque de vez en cuando devoró una que otra oveja). Aquello no detuvo a ese monstruo, quien viajó hasta su lago para matarla. Mi hija se defendió y luchó ferozmente, pero al final el salvaje logró asesinarla, mutilando y quemando el cuerpo de mi querida hija. El salvaje siguió profanando el cuerpo, bañando sus flechas en la sangre de mi hija.

Me sentí aliviada al saber que mis otros hijos no vivían solos: ellos eran guardias, defendiendo la propiedad de seres imponentes y poderosos. Pensé que el criminal no intentaría robarle a aquellos seres temibles, pero me equivoqué. Uno de mis hijos protegía un rebaño, y el salvaje lo asesinó para robarse los animales. Otro de mis hijos custodiaba un jardín, y el salvaje, para robarse unas frutas, le dio muerte. Mis pobres hijos estaban cumpliendo con su deber, un deber que ellos ni siquiera eligieron, y aun así el salvaje no tuvo compasión con ellos.

Y ahora me he enterado que ese bastardo ha secuestrado a uno de mis hijos, uno de los pocos que aún viven. No entiendo cómo pudo hacer esto… Mi hijo es guardián de una tierra lejana a la que pocos mortales han podido ir y regresar sin daños… Mi hijo, pobre de mi hijo, ha de estar tan asustado ahora, y quién sabe lo que este monstruo piense hacerle…

Mi llanto ya no es de tristeza sino de ira, y las lágrimas me queman las mejillas al pensar en él: salvaje, asesino, monstruo, criminal, bastardo…  Y lo peor es que se cree un héroe. ¿Qué hay de heroico en atentar contra el que no te ha hecho ningún mal? ¿Qué hay de heroico en masacrar familias enteras? ¿Qué hay de heroico en hacer llorar a una madre? Te maldigo, te maldigo por arrebatarme a mis hijos, te maldigo, te maldigo a ti y a tu falso heroísmo, te maldigo, Heracles.


Sobre el autor

Ramón Patricio García Gebauer nació en México y es candidato del Bachillerato Internacional. Le ha interesado la literatura desde muy joven y recientemente ha decidido empezar a participar en convocatorias y concursos de escritura.


Imagen: Hércules y el Cancerbero – Francisco de Zurbarán

El ritual, Mar Adentro, La reencarnación y El acto, cuatro relatos cortos de Jaime Alberto Cabrera

Relato

El ritual

A Leidy

Abstraído en la incisión, el sacerdote miraba fijamente el cuerpo. Las ofrendas habían sido preparadas con días de anterioridad con los mejores perfumes y ungüentos de las profundidades de la selva. En los códices estaba la fecha exacta de la maldición que nublaría el cielo y sólo la dádiva a los dioses los podría salvar. Empezó la incisión. La joven temblaba al ver la obsidiana penetrar su tierna carne en medio de las oraciones y la humarada asfixiante. El corazón reluciente era exhibido con algarabía por el pueblo devoto. El segundo joven fue conducido poco a poco a la cúspide de la pirámide donde lo esperaba el altar ceremonial. Sin ninguna resistencia, y siendo plenamente consciente de su destino fatal se dejó sujetar las manos y los pies. El divino sacerdote sudoroso y jadeante se fijó la máscara de jaguar y con las oraciones rituales sujetó fuertemente la obsidiana con la sangre goteante que cayó con tibieza en el pecho del joven que empezaba a asomar vellosidad. El alba irrumpió con sus primeros rayos la pirámide sagrada y el sacerdote entendió que era la señal del Padre Sol. En ese preciso instante recibió un disparo en la frente. Siguieron otros. La multitud observó atónita la lluvia de fuego de aquellos dioses vengadores mitad hombre, mitad bestia que habían predicho los ancianos y los códices.


Mar adentro

Llevan meses navegando por las aguas del Pacífico en lo que ellos creían los mares de la India. Agua y comida empezaban a escasear. El capitán genovés les había asegurado que en pocos días pisarían tierra firme. Su palabra tenía un sólido valor en la tripulación; años de navegación le daban una autoridad irrefutable. Tarde tras tarde el vigía observaba meticulosamente en las alturas del mástil.

El 21 de marzo de 1526 el hombre gritó:

“! Tierra ¡ ¡Tierra!”

Todos lanzaron gritos de júbilo y bebieron con frenesí el escaso vino.   En pocos minutos el barco se encalló contundentemente en el cristal; mientras los marineros, atónitos, observaban a hombres gigantes pasar de mano en mano la botella.


La reencarnación

Cuando abrió los ojos  confirmó  que la reencarnación era real. Recordaba vanamente una pira de fuego  y  dos monedas  en los ojos consumiendo su humanidad. Una batalla donde los aqueos destruían la ciudad sagrada de Troya; un caballo  de madera que llevaba  en las entrañas la perdición.

Ahora sus brazos eran alas  y su razonamiento  se reducía al consumo obsesivo de una flor.


El acto

Habían preparado el acto con meses de anterioridad. Su cómplice lo esperaría en el lugar acordado.  Él llegó y vio a la multitud dispersa en el desierto, alrededor de las aguas.

Entró a las aguas del riachuelo y empezó la función.

“He aquí de quien han hablado los profetas”, dijo  el cómplice. Los hombres se arrodillaron confiando en absoluto de sus conocimientos astronómico. El cielo empezó a nublarse, y la  gente  entró en un frenesí total.

Esa noche el par de   prestidigitadores   celebran con vino y prostitutas el éxito de la función.


Sobre el autor

Jaime Alberto Cabrera. Licenciado en Lengua Castellana, universidad Surcolombiana, Neiva, Huila, Colombia. Especialista en Comunicación y Creatividad para la Docencia. Magister en Educación con énfasis en docencia e investigación universitaria. Primer puesto en el Concurso Departamental de minicuento Rodrigo Díaz Castañeda, Palermo, Huila, 2009. Tercer puesto en los años 2011, 2012, 2013. Jurado en el mismo concurso en el 2018. Publicado en las revistas “Sur versiones” Pitalito, Huila 2018. “Memorias” 2017-2018, Palermo, Huila. “Alborismos”, Trujillo Venezuela 2020 número I, II, III y IV. Seleccionado como ponente en el Primer coloquio internacional del cuento latinoamericano, Universidad del Valle, Cali, Colombia.

Imagen: pixabay.es

El Septentrión por Jia Kim

Relato

El Septentrión

Mi madre me contó alguna vez que los jóvenes que mueren de mal de amores a una temprana edad se convierten en septentriones, espíritus del viento que recorren la tierra siempre hacia adelante, besando con sus alas de nieve las bellas flores primaverales y posando sus gélidos labios sobre las mejillas de aquellos que esperan en vano a sus seres queridos, quienes ya no volverán.

Mi madre murió en invierno. Para aquel entonces yo llevaba cuatro años fuera de mi Perusia natal, luchando contra los romanos en una consecutiva guerra samnita, yendo de un lado a otro, donde se me necesitara, siempre preservando la paz en nombre de Laran. De todos los dioses era a él al que le rezaba más, no por amor a las contiendas sino, al contrario, porque él siempre luchaba por el amor de la alada Turan, la dama más hermosa de los cielos. Yo también tenía el corazón desbordado con la imagen de mi Arunthia. Mientras estaba de campaña podía prescindir de la comida sí esta se agotaba o del descanso, pero no había ni un día en el que no pensara en ella. Era todo lo que necesitaba para seguir respirando y cuando nos vimos por última vez juré a su familia y a la mía, y a cada dios que estaba siendo testigo de aquella velada, que volvería sin demora y uniríamos nuestras vidas y destinos para siempre. Tan solo le pedí que me aguardara.

Sin embargo, no pude cumplir nunca mi promesa, pues me hirieron gravemente en la orilla del lago Vadimón, en donde perecí al cabo de un tiempo. Un legionario me hirió en el abdomen y allí me quedé, maldiciendo a aquel romano, de cuyo rostro no me acordaré nunca. Puede que la herida no fuera tan grande como mi culpa. Estaba tumbado cerca del agua, carmín de tantos cuerpos que flotaban en ella, y no podía deshacerme del sentimiento de haberme convertido en un hombre que falta a su palabra. No podía entregar mi alma a Eita y bajar a su reino sombrío, no sin cumplir antes mi promesa.

Me acordé, en última instancia, del canto a Turan que entonaban mis hermanas. Le pedí, con los ojos ardiendo de dolor que me convirtiera en viento, y así algún día podría regresar a la tierra desde el norte y quedarme para siempre al lado de Arunthia. La benévola diosa me permitió morir de la forma de la que más ansiaba: por amor y no por la guerra. Se posó radiante ante mí, más clara que el sol, tapando el cielo con sus alas y extendiéndome su mano me dijo: levántate. Yo me alcé y me dijo vuela y yo volé. Ligero me vi de todas las cadenas del mundo. Al cielo me elevé en forma de humo y abracé la extensión del universo con mi nueva forma celeste.

Ahora sobrevuelo la tierra todos los días con mis hermanos septentriones, alentando los valles y las praderas con nuestra presencia, pero azotando el corazón de las personas que esperan noticias mejores. Al principio me quedaba junto a ellos para consolarles, aunque con el tiempo vi que mi presencia fría solo les afligía más. Mi conmiseración era inútil. Sé que la diosa me hizo inmortal como ella, atado por el resto de la eternidad a la ardua tarea de traer noticias sombrías, porque vio en mí la sinceridad de nuestro amor. He visto cada rincón del mundo y toda su fealdad. He presenciado pestes, hambre, odio, guerras que arrebataban sollozos hasta a los señores de los dos mundos. Y eso ha petrificado mi corazón, que no siente más ese dolor ajeno, pero no por ello dejaré de buscar a mi amada. Estoy seguro de que está allí, en algún lado, esperándome para regalarme una de sus sonrisas que me arrebatan el aliento, recogiendo flores silvestres que crecen en los campos y trenzándolas en su corona. Lo sé, sé que algún día la encontraré.


Sobre la autora

Jia Kim. Escritora y poetisa de origen eslavo. Sus relatos breves Cassandra y Su amor no tenía remedio fueron respectivamente galardonados en la segunda y tercera edición de Premis Ballein: llança’t a escriure. Asimismo, su poema Memoria ha sido publicado en la cuarta edición de la Revista Alborismos. Actualmente estudia cinematografía en Cataluña para ser guionista.


Imagen: Combat de Romains et de Gaulois, Évariste Vital Luminais

El arúspice y la soñadora por Maximiliano Sacristán

Relato

El arúspice y la soñadora

Le tocó vivir en una época desencantada, donde la fantasía brillaba por su ausencia. No obstante, supo darles un uso práctico a sus virtudes adivinatorias. Déjenme que les cuente.

Don Antonio Valerio era el carnicero del vecindario de mi infancia, un comerciante más, atento a las minucias de la supervivencia pequeñoburguesa. Regordete y de cara bonachona (tal vez por sus mofletes), este cincuentón, hijo de inmigrantes italianos como tantos de por aquí, atendía su negocio de nueve a veinte, siempre redituable en un país lleno de vacunos y habitantes carnívoros. Visto desde la calle, la carnicería Espurina no parecía guardar ningún secreto, salvo ese nombre extraño para el común de los mortales. Pero para unos pocos elegidos, don Antonio se destacaba por dos cualidades más: era arúspice y “levantador” de quiniela clandestina.

A mi abuela Amelia le gustaba apostar, y su única distracción de jubilada era la de jugarse un numerito en sintonía con la interpretación de su sueño más reciente. Aquel chico que fui supo ser el confidente de su teatro onírico, y aún recuerdo un listado pegado en la puerta del refrigerador que desplegaba su simbología popular para los cien números de la lotería, o mejor dicho para su terminación de dos dígitos. Lejos de lo esotérico, esta numerología que iba del 00 al 99 era de vox populi: El veintidós, por ejemplo, representaba al loco; el cuarenta y ocho, al muerto que habla; el sesenta y dos, a la inundación… Abuela despertaba y me llamaba desde su cuarto, antes de que el sueño se diluyera en las urgencias de la vigilia. Doña Amelia, también hija de inmigrantes italianos, le confesaba a su nieto cosas como: “Anoche soñé que volvía a la escuela y tenía piojos. La maestra me retaba porque yo me rascaba la cabeza a cuatro manos. Andá a ver la lista”. Yo corría a consultarla y si encontraba alguna coincidencia regresaba al dormitorio con la noticia: “Los piojos es el ochenta y siete”. Sin darse cuenta, el nieto que fui hacía las veces de intermediario oracular.

En esos días de revelaciones oníricas, abuela se levantaba con una energía especial, porque sabía que cuando saliera a hacer las compras para el almuerzo pasaría por la carnicería para ilusionarse con una modesta apuesta. Y esa noche nos quedaríamos despiertos hasta tarde escuchando la radio: la transmisión en directo desde la sede de la Lotería nacional nos informaría si el sueño de la abuela había sido premonitorio. No siempre el oráculo adherido al refrigerador era generoso con sus respuestas.

Pero si doña Amelia no recordaba haber soñado y aún así quería despuntar su vicio de apostadora, había que recurrir a los servicios de don Antonio. Porque para su séquito de unos pocos cofrades, este comerciante se hacía llamar Spurinna, como el famoso adivino romano, y aseguraba ser descendiente de la gens etrusca. De sus lejanos antepasados tribales había heredado el poder de predecir el futuro leyendo las reses que él mismo despostaba. Estaba en su sangre, y sus clientes especiales, los apostadores, aseguraban que sus sugerencias casi nunca fallaban:

―Juéguele al treinta y dos sin temor ―recuerdo haberle escuchado decir a mi abuela, mientras el carnicero cortaba a cuchillo filetes de bola de lomo para las milanesas del almuerzo. Visto en contrapicado (yo tendría unos ocho años de edad) todavía recuerdo sus manazas rebanando la carne vacuna con gran parsimonia. Y entre feta y feta, demorarse observando bien de cerca el misterio en la trama de lo que hasta hacía unos días habían sido las entrañas de un rumiante que pastaba parsimonioso por la llanura pampeana.

Tal era su “servicio”, si los sueños freudianos no se comedían a señalar el futuro en forma de guarismo. Luego don Antonio cobraba por partida doble: por la carne vendida y por su servicio de augur. Total, si su cliente (y connivente apostador) ganaba a la quiniela, el que pagaba el premio no era él sino su jefe, el “capomafia” del juego clandestino que organizaba la actividad en el barrio. Como “levantador” de apuestas, el inocente carnicero ganaba su comisión sin revelarle a sus “colegas” sobre estas destrezas proféticas que lo convertían en el “asesor” más buscado por los tahúres del barrio. No obstante, yo creo que el comerciante hacía lo que hacía no por el dinero extra, sino porque en verdad sentía poseer los genes proféticos de los adivinos de Etruria. Mi abuela, puedo dar fe de ello, ganaba bastante seguido, aunque sus ganancias no sumaban mucho a su devaluada jubilación pues la soñadora no confiaba en su suerte y siempre apostaba “a los premios”, es decir del segundo al vigésimo puesto: tenía más chances, pero el premio era mucho menor que acertarle “a la cabeza”.

Mercader habilidoso y operador de apuestas famoso, así podríamos retratar a don Antonio por el lado de afuera. No obstante, un puñado de íntimos sabía que en ese comercio cuyo nombre sonaba a sustancia de su enemigo declarado, la dietética, había algo de sagrado. Una sacralidad profana, si vale el oxímoron, una magia menor diluida con el barro de la cotidianidad más pedestre y en un tiempo de banalidades al por mayor… Pese a todo, una partícula del arcano aún titilaba en ese reducto como el púlsar de una galaxia distante. Y nuestro anacrónico vate, con su delantal blanco maculado de sangre seca, auguraba en el rojo comestible la suerte de sus creyentes. Como corolario diremos que la clausura de la carnicería del “Tano” Valerio no tuvo nada de sobrenatural. Su éxito como “levantador” de apuestas ilegales le ganó el encono de sus “colegas”, y una denuncia anónima a las autoridades llevaron a los investigadores policiales a allanar el local. En un cajón brilloso de grasa vacuna los pesquisas encontraron la evidencia que necesitaban: una libreta con anotaciones manuscritas donde se encolumnaban apodos, montos y fechas (abuela habitaría esa lista). Y el arúspice de entrecasa fue detenido no por traficar con la magia de un pasado añorado, no por aportarle algo de sal a un tiempo desabrido; sino por cometer un delito mucho más terrenal: el de burlarle el monopolio de las apuestas “oficiales” al poder de turno.


Sobre el autor

Maximiliano Sacristán nació en Buenos Aires en 1974. Publicó la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, Literaturas.com Libros, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento breve organizado por la Asociación cultural “El Coloquio de los perros” de Montilla, España.

En 2017 recibió el primer premio del Quinto Certamen de relato corto “Tabarca Cultural” de Murcia y el segundo premio de cuento del Tercer concurso organizado por la Asociación cultural Letras Cascabeleras (Cáceres, España) por el volumen “Tripalium”.

En 2018 ganó el primer premio del concurso de poesía “Mujer y madre” organizado por la Asociación de Escritores de Asturias (España).

En 2020 obtuvo el Primer premio de cuento de la XVIII edición del Certamen de Poesía y Cuento de humor Jara Carrillo (Murcia, España). Asimismo, se alzó con el Primer premio de relatos “Escribir en tiempos de pandemia” organizado por la Universidad de Avellaneda (Argentina).


Imagen: Dice-players and a bird-seller gathered around a stone slab – Master of the Gamblers

La leyenda de El Dorado por Ramon González Reverter

Relato

La leyenda de El Dorado

Cientos de miembros de una tribu del altiplano se reunieron a orillas del lago sagrado. Un murmullo recorrió la multitud mientras se realizaba la solemne ceremonia. El jefe fue despojado de sus vestiduras por varios ayudantes, embadurnado de arcilla y se le roció con polvo de oro hasta convertirlo en El Dorado. Luego fue conducido hasta una balsa, donde se le unieron otros caciques. Después de ser cuidadosamente cargada con ofrendas de oro y esmeraldas, se empujó la balsa hacia el lago Guatavita. Los cantos y la música reverberaron desde las cumbres vecinas conforme el ritual llegaba a su apogeo. Entonces se hizo el silencio más absoluto. Los caciques arrojaron las ofrendas a la laguna y luego el jefe se sumergió, surgiendo entre las aguas con el cuerpo limpio de su capa áurea. La música se reanudó hasta llegar a un nuevo crescendo en aquel remoto lago, oculto entre los valles cercanos. Ya fuese un hecho real o un simple mito, esa historia caló hondo entre los ávidos conquistadores. El Dorado entró en los anales del Nuevo Mundo y con el tiempo pasó de ser la leyenda de un rito tradicional al objetivo de los buscadores de tesoros.

Verano del 1534.

Una fila de soldados españoles encabezados por el capitán Diego Quesada se aventuró en el infinito verdor de la selva tropical del este, más allá de la cordillera andina. Cuanto más se adentraban, más densa se volvía la jungla en un entramado natural de troncos, lianas y enredaderas que crecían hasta ocultar el sol. A duras penas conseguían abrirse paso entre el follaje, por lo que aprovechaban las trochas seguidas desde antiguo por los animales para ir desde sus guaridas hasta los arroyos cercanos. Los recios soldados, embutidos en sus armaduras de metal, avanzaban en silencio, sufriendo con estoicismo el intenso calor y las picaduras de mosquitos. De vez en cuando el oficial hacía un alto para permitir un descanso a la maltrecha tropa y reponer fuerzas bebiendo y comiendo un poco de carne seca. Su determinación era inflexible. El propio Francisco Pizarro le había ordenado encarecidamente que localizara El Dorado aunque tuviera que recurrir a la violencia para conseguirlo.

La expedición, tras partir de las montañas peruanas, hacía más de un mes que padecía el infierno de la selva. Hasta que un día llegaron a un valle más abierto con flores exóticas y el sol luciendo sobre la foresta. Allí se encontraron con los muiscas, una primitiva tribu de indígenas armados con arcos y cerbatanas que arrojaban dardos venenosos. En un principio los nativos se acercaron con temor y respeto, pero el capitán Quesada supo ganarse su confianza entregándoles cuentas de vidrio y otras fruslerías. El trato cordial hizo surgir a las mujeres y niños de la aldea que permanecían ocultos. Los recién llegados fueron acogidos como amigos. El oficial quería confraternizar con los indios para arrancarles el secreto que escondían sus tierras. La armonía duró apenas una semana, pero durante ese período ambos pueblos convivieron en paz. Pasaban las horas aprendiendo unos de otros, ayudándose mutuamente y regodeándose con los presentes intercambiados. Si bien los nativos les ofrecían cuencos de arroz con trozos de cerdo, a cambio ellos les cedían espejos que hacían las delicias de grandes y pequeños, pero sobre todo de las mujeres del poblado. Siguieron aguardando y los aborígenes pronto empezaron a fiarse de los españoles y a mostrarles pequeños objetos de oro, que con cautela y esmero habían ocultado al principio. Aparecieron brazaletes, collares, figuras de culto y saquitos de cuero que algunos llevaban alrededor del cuello. Quesada intuía que pronto aquella jovial tribu compartiría con ellos la ubicación de la fuente de sus riquezas, sin verse obligado a ordenar un cruel derramamiento de sangre. No obstante, también intuía que la codicia de sus hombres desataría los problemas.

Un soldado de naturaleza brutal, que se había unido a la expedición para escapar del castigo por haber asesinado a una inocente chiquilla inca, ciego de ambición, una noche intentó embriagar a un anciano y dado que rehusaba explicar nada acerca de sus tesoros, acabó torturándolo. Cuando los miembros de la tribu descubrieron el cuerpo destrozado del viejo, atacaron a la adormilada tropa con saña y sin previo aviso. El asalto fue tan letal que los españoles perdieron una docena de soldados y la mayor parte de las armas de fuego. Los supervivientes se reagruparon en la espesura y se internaron en la floresta tratando de ocultarse. Se detuvieron a varias leguas junto a una laguna alimentada por un afluente del Amazonas. En aquella improvisada zona de reposo, el capitán Quesada se quitó el casco y se enjugó el sudor de la cara mientras se preguntaba si hacer frente a los indios o huir por el verde infinito de la selva tropical.

No podía imaginar hasta dónde llegaba la sandez de ciertos hombres que actúan movidos por la codicia. El atisbo de culpabilidad quedó enterrado bajo preocupaciones mucho más acuciantes. Aunque le atormentaba, ya no había vuelta atrás. Por mucho que le pesara, necesitaba a aquel bastardo para salir airoso del apuro. Ya ajustarían cuentas más tarde. Su despropósito había desencadenado la batalla contra los lugareños y su posterior huida por la jungla.

De pronto cesaron todos los ruidos de la noche, como si la selva hubiera enmudecido por arte de magia. Se oyó un chapoteo en las oscuras aguas de la laguna seguido por gritos de terror y varios disparos de pistola. El rugido fue similar al clamor de un demonio furibundo salido de una pesadilla. El bramido reverberó en la oscuridad y experimentaron un escalofrío que les heló la sangre y se llevarían hasta la tumba. De repente los gritos se cesaron con la misma velocidad con la que se habían producido. Los centinelas. Enseguida la noche recuperó su habitual sosiego. Poco después una ominosa figura emergió de las profundidades. Una criatura anfibia surgida del infierno acuático. Los escasos supervivientes contemplaban aterrorizados la laguna. La bestia rebasaba los dos metros y medio de altura, tenía el cuerpo recubierto de escamas, en el cuello poseía agallas y por la espalda corría una larga fila de espinas quitinosas. Sus poderosos brazos terminaban en manos palmeadas con dedos acabados en garras de veinte centímetros. Unas largas aletas surgían de sus brazos y unían sus tobillos a los pies. Dos grandes ojos destacaban en un rostro de tonalidad cenicienta. Aquel leviatán había aparecido entre las aguas iniciando un feroz asalto mutilando y segando vidas. El capitán Quesada reaccionó ordenando reanudar la partida hacia el oeste y abandonar aquel maldito lugar para siempre.

Un poco después, justo cuando emprendían el marcha, la noche estalló a su alrededor. En esa ocasión, la sanguinaria alimaña no los atacó desde el agua, sino desde la floresta. La oscuridad fue su aliada. El infierno se desató sobre los hombres apostados en la orilla. La escaramuza fue encarnizada. La criatura agarró al soldado que tenía más cerca, lo alzó en vilo y lo arrojó sobre los restantes miembros de la expedición como si fuera un muñeco de tela. Los españoles gritaban a medida que eran desgarrados por la enfurecida bestia. Otro hombre murió cuando las poderosas zarpas le rasgaron la cara y le atravesaron el peto. Las espadas refulgieron y sonaron varios tiros, quizás acertando a la fiera. Sin embargo el monstruo no se detuvo, sino que emitió un alarido de furia y redobló la brutalidad de su ataque. Los curtidos soldados caían como espigas de trigo segadas por una guadaña gigante. A raíz de la inusitada velocidad y violencia empleada, aquel espécimen del averno se comportaba como si fuera el guardián de aquel edén. Con ágiles movimientos Quesada desató las correas que ceñían la armadura y se la quitó para poder huir sin impedimento alguno, esperando que aquel demonio justiciero no fuera tras él. Emprendió una loca carrera por la jungla mientras oía el lamento de los moribundos. Achacaba sus males a lo que habían hecho a los muiscas. Consciente de su culpabilidad, rogaba por el perdón de sus pecados. Pasaron unos minutos hasta que se detuvo jadeante para recobrar el resuello. Agazapado pudo atisbar el leve fulgor del destrozado campamento junto a la laguna. Sentía un miedo atávico que le recorría las venas. Luego se escabulló en la espesura de la selva.

Dos meses después, el capitán Diego Quesada, único superviviente del grupo, llegó a la civilización. Estaba agotado, famélico y enfermo. Mientras examinaba sus heridas y atendía sus dolencias, un capellán escuchó su absurdo relato acerca del ataque de una diabólica criatura a la tropa y lo atribuyó a delirios de alguien que había perdido el juicio debido a las penalidades sufridas. Jadeando por el dolor y el cansancio, el agonizante oficial le confesó el secreto de la expedición y le confió una gruesa pepita de oro y un cuaderno de notas con un mapa del tesoro. Al límite de sus fuerzas, Quesada reclamó la extremaunción y murió. El cura se santiguó y creyendo que obraba según la voluntad del Señor, pues abrigaba la esperanza que no despertasen de nuevo la codicia de los exploradores, optó por esconder las pruebas evitando así masacres de indios como la de Cajamarca, perpetrada el año anterior por Pizarro y sus secuaces. Su misión consistiría en refrenar el afán de saqueo de los aventureros españoles por la avaricia que arraigaba en sus corazones. Aquellos objetos del legendario tesoro jamás volverían a ver la luz. Encubriría aquel asunto con un velo de silencio para impedir la infamia que se cebaba con los nativos desde la llegada de los conquistadores y dejaría que el mito de El Dorado cayera en el olvido. Nacería así uno de los grandes misterios del Nuevo Mundo con el fin de preservar aquel paraíso de la ambición de los hombres.


Sobre el autor

Ramon González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.

La princesa cautiva por Ramon González Reverter

Relato

La princesa cautiva

Prólogo

En el año 334 a.C. Alejandro Magno cruzó el Helesponto al frente del ejército macedonio, un contingente de aliados griegos y una pequeña flota de refuerzo ateniense. Tras la batalla de Issos, en la que derrotó a los persas del rey Darío, mientras asediaban la ciudad fenicia de Tiro, el general Parmenio atacó por sorpresa Damasco y se apoderó del tesoro que el Gran Rey tenía para pagar a la soldadesca, y capturó a la totalidad de la familia real y a Barsine, la viuda de Memnón de Rodas, comandante de las fuerzas persas en Asia Menor, con fama de ser la mujer más hermosa del mundo y considerada descendiente de Afrodita, aunque fuese hija de Artabazo, sátrapa de la región de Frigia.

Barsine era de noble cuna, ingeniosa, seductora y risueña. Incluso Alejandro había quedado prendado de ella, pero durante los meses que duraba el sitio a Tiro se limitaba a tratarla con galantería.

La atractiva viuda solía pasear sin excesivo pudor por el campamento de los macedonios. Aquel había sido un día especialmente bochornoso, con un elevado grado de humedad. Con objeto de aliviarse del calor, Barsine, después de bañarse completamente desnuda en el mar, para escándalo de los soldados más veteranos, enfiló hacia el pabellón de las esposas de los oficiales de alta graduación, los taxiarcas del ejército.
Como siempre vestía a la griega, con un quitón blanco con una franja púrpura que a su vez estaba ribeteada de pan de oro. El grácil tejido de lino plisado insinuaba un cuerpo perfecto de miembros esbeltos y dejaba entrever unos senos erguidos y unas nalgas redondeadas. Abierto por los costados, asomaban unos muslos perfectamente torneados. Llevaba la frente ceñida por una preciosa diadema, los brazos adornados con intrincados brazaletes de oro forjados por los mejores artesanos locales, los labios rojos y los ojos pintados con bistre. Barsine estaba soberbia.

Al entrar en la tienda, se encontró que Casandra, embarazada de seis meses, permanecía recostada en un triclinio mientras una pareja de esclavos la abanicaban y una doncella libia servía pasteles y vino. La recién llegada hizo una reverencia, el usual gesto de cortesía. Barsine se movía con la elegancia de una sílfide, las estatuas de mármol que constituyen las columnas de algunos templos griegos. Sus delicadas manos revelaban una vida de ocio y placer.

—¿Es un buen momento para una visita?

—Adelante, Barsine. Ya sabes que tu compañía siempre me place.
—Pero en tu estado…

—No te preocupes —manifestó Casandra afable. —Estoy soportando los rigores del embarazo y me vendrá bien un rato de asueto.

—Pues yo también he de confesar que necesito un poco de diversión. Soy una cautiva aburrida de vivir rodeada de tropas codiciosas de botín, listas para asesinar y violar.

—La guerra se reduce a eso, crueldad e injusticia. Debido al peso de la responsabilidad que agobia a los maridos, es lógico que nosotras sirvamos de esparcimiento para aligerarles de la pesada carga. De hecho, es lo mínimo que se espera de cualquier esposa, que les relajemos en el tálamo antes del reposo cotidiano. Amor con total devoción, ese es nuestro sino.

—Exacto, tú misma lo has dicho. Se nos exige aplacar su lujuria, por ese motivo siempre he procurado mostrarme voluptuosa a fin de provocar el deseo en mi esposo. En cambio, tú estás dispuesta a correr el riesgo de parir otro hijo. Tú que tenías fama de ser tan hermosa como una vestal.

La aludida no pudo evitar soltar una carcajada, sin malicia alguna.

—Exageraciones. Me temo que mi belleza nunca ha sido comparable con la tuya. Es obvio que detesto estar encinta, pero…

Casandra se encogió de hombros. Las mujeres, sobre todo las de alta alcurnia y noble cuna, que competían por los varones aristócratas de la Corte, se llevaban como el perro y el gato. Sin embargo, ellas parecían mantener una sincera amistad.
—Eres muy valiente, ¿sabes?

—¿Por quedarme preñada? ¿Acaso tú no lo harías?

—No tuve hijos con Memnón —confesó Barsine apesadumbrada, aunque con suma entereza.

—Perdona mi torpeza. No tenía intención de herir tus sentimientos.

—No te preocupes. Has sido muy considerada, de veras… Déjame que te explique. La vida en la Corte Real de Darío podía resultar muy aburrida, pero debías lidiar con una jauría de jóvenes dispuestas a abrirse de piernas con tal de cazar la pieza más codiciada de la nobleza.

Su voz tenía un timbre y un tono de una sensualidad irresistible, a la par que una cadencia exótica añadía un plus de fascinación. Casandra entendió por qué aquella mujer enamoraba a cualquiera que hubiera tenido la ventura de conocerla y escucharla.

—De hecho mi vida se reducía a vivir en lujosos palacios atestados de nobles ambiciosos capaces de devorarse mutuamente con tal de ascender. En teoría, todos formaban parte de la élite, pero trepaban unos sobre otros y se comportaban con una crueldad asombrosa. Y las mujeres eran peores porque actuaban en las sombras. Casada con un mercenario griego al servicio de los persas, aunque fuera el comandante de sus fuerzas armadas, me sentía como una forastera en mi propio hogar.
—Penoso dilema. Comprendo tu estado de ánimo.

—Con franqueza, mi corazón se hallaba desgarrado por dos sentimientos contradictorios. Por un lado el instinto maternal y por otro el mundanal placer. Como a toda mujer, la maternidad me atraía –alegó con voz harto seductora—. Sin embargo, me asustaba la posibilidad que Memnón se cansara de mí y me relegara en pos de alguna concubina. O peor aún, que me repudiara por otra. En esa época mi prioridad era impedir que olvidase mis encantos.

Casandra la contempló de hito en hito apreciando su belleza. Su cabello de color miel enmarcaba unos ojos verde esmeralda ligeramente sesgados. Su aspecto era imponente y su porte regio.

—El típico comportamiento de una esposa apasionada.

—Por eso hice cuanto pude para evitar quedarme embarazada —murmuró Barsine abrumada por la melancolía, bajando la mirada hacia la alfombra que cubría el suelo de la tienda.

—No seas ingenua. El tiempo pasa para todos. Siempre habrá candidatas al lecho conyugal cuando no estés en la flor de la vida.

—He sacrificado mi juventud en aras al placer de mi esposo, siguiéndole en sus campañas, allí donde fuera hasta que murió luchando contra Alejandro durante el asedio de Mitilene. ¿Aunque quién sabe? Admito que algunas veces me arrepiento de no haberle dado un heredero a su estirpe.

Su habitual vivacidad se había esfumado sustituida por una expresión compungida. Casandra notó una oleada de pena por aquella doncella solitaria en un mundo de hombres violentos.

Entonces entró una sierva de piel cetrina acompañando a una chiquilla. La niña se acercó a Casandra mientras observaba con curiosidad a la extraña. A sus cuatro años era muy espabilada. Alborozada, la anfitriona estrechó a la pequeña entre sus brazos y luego la aupó radiante de felicidad hasta que ésta protestó con candor pueril:

—¡Mamiii!

—Se llama Eunice, como una de las nereidas, las ninfas del mar hijas del dios Nereo y Doris —dijo la madre orgullosa.

Conmovida por aquella tierna escena de amor filial, Barsine exclamó:

—Un nombre precioso para una niña preciosa. Ser madre ha de ser toda una experiencia.

—Y también un maravilloso privilegio —puntualizó Casandra. —Saluda a la princesa, Eunice

—¡Oh! —suspiró la chiquilla excitada con la cara iluminada por una sonrisa contemplando a Barsine. —Una princesa de verdad.

Ambas rieron con desenvoltura y Barsine tendió los brazos hacia la niña, que fue hacia ella sin temor alguno. Un hecho asombroso en las criaturas de tan corta edad. Se abrazó a la cortesana persa con la inocencia pintada en el rostro. Ésta aprovechó la ocasión para acariciar sus rizos oscuros con ternura y luego la besó en la frente.

—Has sido bendecida por una princesa, cariño —declaró Barsine en un tono que era la encarnación del deseo.

Reconfortada por la experiencia de haber sido ungida por una dama de la nobleza, la vivaracha criatura dio las gracias y le pidió a su nodriza:

—Vamos a jugar, tata.

A continuación la niña abandonó la tienda en busca de nuevas aventuras seguida por su aya. Casandra, como perfecta anfitriona, ordenó a la criada libia que sirviera vino en dos copas y se la ofreció a su invitada.

—Los placeres de la riqueza —comentó señalando la deliciosa bebida. —Como te iba diciendo, la belleza tarde o temprano acaba por marchitarse.

—Intento prepararme para cuando eso ocurra —manifestó Barsine cuyos ojos brillaban como ascuas, empañados con lágrimas de envidia— aunque me guste hacer gala de mi hermosura.

—Las apariencias no son tan importantes. La verdadera belleza reside en el corazón de cada cual.

—Tienes razón, Casandra. Quizá me haya equivocado.
—Pues todavía estás a tiempo de revertir la situación. Aún eres joven y conservas la fama de ser la mujer más bella del mundo. Puedes consultar a los dioses del Olimpo en busca de consejo.

—¿No podrías dármelo tú en calidad de amiga?

—De acuerdo. Yo te recomendaría buscar un nuevo amor y cuando lo halles no dudes en engendrar un hijo. Luego afronta tu destino con dignidad.

—¿Afrontar el destino con dignidad? Bien, eso es lo que haré. Me siento afortunada por tener amigas que me proporcionan tan sabios consejos.

Epílogo:

El asedio de Tiro duró casi ocho meses. Al final, como la mítica Troya, Tiro fue pasto de las llamas y sus habitantes, por orden de Alejandro Magno sediento de venganza, masacrados ya fueran hombres, mujeres o niños. El horror de la guerra en su máxima expresión. Por lo que respecta a la princesa Barsine, siguió el consejo al pie de la letra. Mientras duró el sitio, aprovechó la oportunidad para estrechar su relación con Alejandro Magno. Cuando su padre Artabazo se rindió en Hicarnia, no es de extrañar que el conquistador macedonio la condujera hasta su lecho y la convirtiera en su amante. Luego le acompañó en la conquista de la región de Sogdiana. En el 327 a.C., al finalizar la pacificación de aquellas tierras, dio a luz un hijo al que llamaron Heracles. Pero cuando Alejandro tomó por esposa a Roxana, la despechada Barsine abandonó la Corte, marchándose con su hijo a Pérgamo, donde fueron ejecutados en el 309 a.C. por Poliperconte, su valedor, a cambio del rango de general y gobernador del Peloponeso que le concedió un diádoco, los sucesores de Alejandro que se disputaban su vasto imperio tras su repentina muerte a los 33 años de edad sin haber dejado ningún heredero.


Sobre el autor

Ramon González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.


Imagen: The weddings at Susa – Autor desconocido

La novena ola por Marta Mariño Mexuto

Relato

La novena ola

La encontró muy temprano, cuando todavía no había amanecido del todo, en uno de sus paseos por las calas del acantilado, que quedaban al descubierto con la marea baja. Estaba tendida boca abajo en la arena húmeda y compacta de la orilla, y las olas rozaban sus pies. Sobre sus piernas aún quedaba alguna mota plateada. Cuando la cogió, ella entreabrió los ojos y movió los labios, pero de ellos no salió ningún sonido: todavía se encontraba demasiado débil. El cabello de la joven se enredaba en sus brazos como algas oscuras y viscosas. Le sorprendió la ligereza de su cuerpo, que le hizo pensar que sus huesos eran, en realidad, delicadas espinas. Al sentir su respiración, le pareció tan frágil como un pez recién pescado, todavía palpitante.

Los pescadores que acudían al trabajo cuando la luna aún no se había retirado vieron al marqués llevando en brazos a una mujer desnuda, en dirección al castillo, y no les fue difícil intuir lo que había ocurrido. No es que sucediera con frecuencia, pero todos habían oído alguna vez historias parecidas de boca de sus padres o abuelos, y esta vez había sido él el que la había encontrado. Les resultaba algo cómico, ya que el marqués tenía tal fama de ermitaño que, de haber sido preguntado antes, cualquiera diría que, si encontrara una de ellas, la hubiera dejado yaciendo en la playa sin mirarla siquiera.

No obstante, la recogió, y se la llevó al castillo, apenas merecedor de ese nombre, donde vivía solo, con un único criado anciano que llevaba toda la vida sirviendo a la familia y que a duras penas podía administrar una propiedad de tal tamaño. Pero el marqués quiso ocuparse personalmente de ella: la instaló en la mejor habitación y la dejó acostada, a la espera de que se recuperara. Cuando lo hizo, se asustó al verse en un lugar desconocido y, además, encerrada. Estaba bastante alterada y se negó a ponerse el vestido que el marqués le había dejado junto a la cama, por lo que éste se vio obligado a llamar a su criado para, entre los dos, vestirla a la fuerza. Él, cuya voz hasta entonces era siempre ronca, ya que podía permanecer semanas enteras sin dirigirle la palabra a nadie, le hablaba a la recién llegada con una afabilidad y delicadeza insólitas en su persona. La única palabra que pronunció fue “Nei”, cuando se le preguntó por su nombre, de modo que así fue como la llamó a partir de ese momento. No llegó a saber si ella le comprendía o no, porque nunca le contestaba, por más que se esforzaba por hacérsele agradable. Nei se limitaba a mirarle con sus grandes ojos acuosos, sin parpadear; pero de vez en cuando sus labios se curvaban en una sonrisa enigmática, que asombraba al marqués, que no sabía si considerarlo un leve gesto irónico, muestra de que comprendía más de lo que aparentaba, o solamente una mueca involuntaria, como las de los que han perdido el juicio. A pesar de los múltiples baños, su cuerpo seguía oliendo a sal.

Pasado el desasosiego de los primeros días, la existencia de Nei en el castillo se hizo más tranquila. Se limitaba a permanecer sentada mirando a su alrededor con desgano, como si ese nuevo escenario que ella se había imaginado más interesante hubiera acabado decepcionándola. Al principio, pasaba largas horas peinando sus largos cabellos en actitud ausente con un peine de marfil, lo único que utilizaba de todos los artículos que su anfitrión le había proporcionado. Poco a poco, fue pasando cada vez más tiempo frente a una de las ventanas de la mansión, que daba directamente al acantilado. Permanecía allí ajena a lo demás, con la vista clavada en el mar. Sus días favoritos eran aquellos en los que se desataban tormentas que cubrían el cielo de nubes densas y oscuras, y el sonido del mar agitado se unía al silbido constante del viento. Si además se oían los truenos, era el espectáculo perfecto. La mirada de Nei denotaba su deseo de hallarse en el medio de la tempestad, y su leve sonrisa recordaba a la de una de esas antiguas esculturas de diosas griegas de cuya alegría se desconocen las razones.

Ante el ansia que manifestaba Nei por salir de los muros del castillo, el marqués no pudo evitar mostrarse conmovido, porque parecía un animal enjaulado, que languidece contemplando el exterior. Así que le permitió dar breves paseos, siempre bajo su supervisión, generalmente al alba o al crepúsculo para evitar ser vistos.

Un día se desató una tormenta colosal. Durante toda la jornada el cielo había estado cubierto por un denso manto de nubes, que había oscurecido la tierra como si el sol nunca hubiera salido. Finalmente, empezó a llover por la tarde. Las olas se fueron haciendo más grandes a medida que avanzaba el tiempo; mientras los pescadores, que contemplaban el mar desde sus casas, juraban por la memoria de sus antepasados, quienes jamás habían visto olas de tamaño semejante, y que era imposible que aumentaran, éstas seguían haciéndose más fuertes. Los rayos rompían la oscuridad del cielo y las gaviotas, incapaces de luchar contra el viento, se arrastraban rodando por la arena.

En el castillo, los muros no servían en absoluto para silenciar el ruido constante del viento y de los truenos: cada uno que sonaba retumbaba de manera tremenda, y hacía parecer que las enormes vigas de madera que sujetaban el edificio se desmoronaban. Nei, frente al alféizar de su ventana favorita, manifestaba su nerviosismo arrancando y retorciendo entre sus manos mechones de cabello. El marqués, para evitar que continuara haciéndolo, la agarró del brazo con cierta brusquedad. En ese momento, se dio cuenta de lo imprudente de su acción, porque no sabía cómo iba a reaccionar la joven. Pero ella no se mostró violenta, sino que miró a la ventana y después a él con una expresión de ruego y a la vez, de fiereza, que hacía innecesarias las palabras. Él no tuvo más remedio que soltarla y dejarla ir, aunque la vigilaría desde la ventana.

La vio frente al acantilado, empapada por la lluvia. Con su vestido blanco destacando en medio del entorno grisáceo, se asemejaba a una aparición de otro mundo. El viento hacía volar el pelo a su alrededor como si tuviera vida propia; a veces los rizos se enredaban alrededor de su cuello con fines perversos. El marqués advirtió que Nei movía los labios y tenía la vista fija en las olas, pero le resultaba imposible distinguir palabra alguna. Las olas llegaban ahora incluso a salpicar el acantilado, cuando normalmente rompían varios metros abajo. La primera ola mojó a Nei y la hizo retroceder, pero mientras la tercera golpeaba las rocas, se fue acercando hasta el mismo borde del precipicio. Al tiempo que estallaban la cuarta y la quinta, el marqués volvió a fijarse en que la joven parecía decir algo y un incontenible temor se apoderó de él. Cuando, con la novena ola, la vio arrojarse al abismo con una leve sonrisa en los labios, se dio cuenta del error que había cometido al consentir que saliese.

Desde que desapareció aquella joven desconocida, el marqués no volvió al castillo, ni su viejo criado intentó que lo hiciera, porque sabía que sería imposible. Se pasaba los días junto al acantilado, dormía a la intemperie y no miraba hacia otro sitio que no fuera el mar. Llevaba ropas harapientas y el cabello enmarañado; nadie se atrevía a hablarle, pero él estaba continuamente farfullando palabras ininteligibles y contando con los dedos. De vez en cuando se enfadaba y tiraba alguna piedra al mar, pero enseguida reanudaba sus cálculos de manera obsesiva. Se decía que pasaba todo el tiempo enumerando las olas, esperando a que llegase la novena y pudiera reencontrarse con la criatura que una vez encontró varada en la playa.


Sobre la autora

Marta Mariño Mexuto es graduada en Estudios Clásicos por la Universidad de Valladolid, Máster en Literatura Hispanoamericana, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca, y Máster en Formación de Profesorado de Educación Secundaria por la Universidad de A Coruña. Actualmente, se encuentra finalizando su tesis en la Universidad de Santiago de Compostela, y cuenta con varias publicaciones de carácter académico, además del libro de relatos La mano fría (Charleston, SC, Amazon, 2016, ISBN: 9781519310132).


Imagen: The Land Baby – John Collier

Élafos por Penélope Gamboa Barahona

Relato

Élafos

Acteón se escondió tras un árbol, sacó su cabeza y arrojó la jabalina. El ciervo que sus perros tenían acorralado, un macho de cornamenta fabulosa, profirió un chillido y cayó muerto sobre el césped.

Quirón se acercó a su discípulo, sonriendo alegremente.

―¡Enhorabuena, joven Acteón, ha cazado un animal magnífico!

―Artemisa ha sido benévola conmigo, maestro.

Los perros rodearon el cadáver del ciervo y abrieron sus hocicos salivosos. Acteón los espantó con un grito, se echó el cadáver al hombro y tomó el camino de regreso a Tebas. “Este ciervo no formará parte de los festines de mi padre o de mis perros”, se dijo a sí mismo, “lo ofrendaré a la diosa, de este modo ella verá que no soy ningún desagradecido.”

Aristeo lo reprendió en las afueras del templo.

―Es tiempo de que dejes la caza, hijo mío, me estoy haciendo viejo y muy pronto tendrás que hacerte cargo de este templo en mi lugar. Cambia las flechas por la túnica sacerdotal.

―¡Extrañas palabras salen de tu boca, padre! ¿No fuiste tú uno de los mejores cazadores de Beocia? ¿No fue la abuela Cirene la misma que despreció las artes de su sexo y prefirió dedicarse a pasear por los bosques con su jabalina? La caza está en mi sangre, forma parte de mi linaje y me siento orgulloso de ella.

―No te vanaglories de tu herencia, no sabes cuándo te tocará a ti ser la presa en vez del cazador.

Acteón ignoró las palabras de su padre y se sentó a limpiar su jabalina, tarareando en voz baja una canción antigua. Melampo, el más fiel de sus perros, se echó a sus pies y aulló al ritmo de la tonada.

Al día siguiente, se levantó muy temprano y sacó a los perros de su encierro. En el bosque, la manada persiguió a un jabalí hasta la orilla de un río caudaloso, más allá de la frontera tebana. En ese lugar escuchó risas femeninas y, curioso, movió los arbustos frente a él.

Las risas provenían de un grupo de ninfas que jugaban a echarse agua del río con candidez infantil. Algunas estaban sentadas sobre las rocas de la ribera, otras zambullidas en la corriente y, las más osadas, al otro lado del cauce.

Acteón las observó en silencio, cautivado por la belleza de aquellas criaturas. Su mirada lujuriosa prestó atención a cada detalle de los cuerpos desnudos ante él: los senos, las caderas, los cabellos largos pegados a la espalda. Pero no fue sino hasta que vio al centro del cauce que tembló con deseo y sintió la dureza de su miembro.

Allí, bañándose en el agua de la corriente, estaba una mujer bellísima; más hermosa, incluso, que las ninfas que la acompañaban. Se movía con la agilidad de una amazona, esquivando el vaivén de la corriente y equilibrándose con ayuda de las rocas. En su cabeza tenía un adorno peculiar, una tiara hecha con astas de ciervos.

Acteón vio el adorno y suspiró asombrado. La diosa Artemisa era muy reservada con su desnudez y su cuerpo en general. Poder observarla en la intimidad de su baño matinal, un espectáculo que ni los mismos dioses conocían, era un regalo de Tique que no iba a desaprovechar.

Metió la mano dentro de su túnica y se masturbó hasta el clímax, sin notar la rama seca a un lado de sus pies. Una de las ninfas miró en su dirección al escuchar el crujido y gritó, las demás cubrieron a su señora con sus cuerpos.

Artemisa, al verlo, montó en cólera, ¡qué atrevimiento el de ese mortal mirón! Sus misterios virginales eran suyos y de nadie más, cualquier profanador debía ser castigado de inmediato. Con el ceño fruncido, lo señaló y pronunció al aire unas palabras.

Acteón no entendió nada de lo que la diosa dijo, pero algo en su interior se retorció, tripas saliéndose de su lugar y acomodándose en otras partes de su cuerpo. Completamente aterrorizado, echó a correr y, en medio de su huida, vio cómo sus dos piernas se transformaban en patas de ciervo.

Un dolor punzante en su espalda lo dobló en dos y lo obligó a poner sus manos en el suelo, una posición cuadrúpeda que no correspondía a su condición de hombre. De su frente nacieron dos protuberancias, inicios de astas largas.

Sus intentos desesperados por llamar a Quirón se esfumaron en el aire, todo lo que salió de su boca fue un chillido animal que alertó a sus perros. Melampo lo vio y corrió hacia él con el hocico abierto, el resto de la manada también hizo lo mismo.

Acteón trató de decirles que no era un ciervo verdadero, sino su amo convertido en uno, pero sus palabras entrecortadas se transformaron en balidos. Melampo le clavó los colmillos en el cuello y los otros, en el lomo y las patas. Antes de morir, pidió disculpas a Artemisa por su imprudencia.

Los perros despedazaron al ciervo y, durante horas, buscaron a su amo por todo el bosque.     Quirón escuchó los ladridos, se acercó al cadáver del ciervo y reconoció enseguida a su discípulo. Lleno de tristeza, enterró sus restos en un claro y construyó una estatua sobre la tumba para consolar a los afligidos canes.


Sobre la autora

Penélope Gamboa Barahona nació en San José, Costa Rica y es amante de la literatura y el cine. Actualmente estudia Bibliotecología en la Universidad Estatal a Distancia.


Imagen: Diana and Actaeon – Autor desconocido

La leyenda del Machuca por Calú Cruz

Relato

La leyenda del Machuca

A Jeannette Rodríguez.
Plena te sentís, avecilla, al contemplar cada amanecer
desde la rama del más alto de los árboles

Ella era una indígena fecundada por las entrañas de la tierra y parida a través de sus afluentes. Su cabellera negra era tan hermosa y larga, que, cuando estaba húmeda, le llegaba a media nalga. Tenía las piernas tan bien esculpidas como dos perfectos mástiles de carabelas españolas, y sus ojos avellanados poco a poco se fueron pintando del color musgo claro del río. Era hermosa: diabólicamente hermosa para cualquier cristiano; por eso, su corazón siempre debió ser para otro indio…
Pero él… él sintió que de pronto la amaba. Caprichosamente la deseó. Tal vez fue el demonio quien quiso pintarle aquel hermoso paraje: el remanso de las aguas moviendo entre sus ondulaciones las hojas doradas que cayeran desde la copa de los árboles, un tumulto de arcilla blanca al fondo haciendo contraste para un cuerpo laqueado de canela o las libélulas multicolor apareándose sobre el hombro de la bella mujer; y de vuelta el río que ahora sujetaba los pechos de la india meciéndolos ligeramente de un lado al otro dejando salir del agua sus pezones punteados de vez en cuando. Verla bajo aquel claro de luz debió ser una terrible maldición, pero sentir que sus manos varoniles eran las del río, ese fue su delito.
Aún siendo india, ella era caprichosa como muchas mujeres del mundo. Estaba cansada de ser una más entre las compañeras de Garabito y sumamente hastiada de las constantes rencillas de este con el namapume chorotega. Se quedaba viendo las pisadas de su hombre como una que no sabría qué esperar del futuro y sentíase perdida entre las líneas de cada hoja.
Pero este otro era distinto. Él era un hombre viajero y atrevido, uno que podría traer un poco de sorpresa a sus labios… Ella se llamaba Dulcehe y él, Antonio Álvarez Pereyra. El hombre hizo un ademán con su mano izquierda a los veinte del regimiento que lo acompañaban y estos, bajo un entendimiento malicioso de compadrazgo, se fueron quedando rezagados al margen de las aguas; quizá custodiando a su señor o haciendo de vigías desde puntos más estratégicos, parados sobre las piedras del río o subidos en algún árbol.
Él se quitó la ropa en la orilla y fue adentrando su cuerpo lentamente entre las aguas, con cada paso iba acercándose a Dulcehe; quien aún no había escuchado el chapoteo. De pronto la naturaleza dejó de escucharse: las aves silenciaron su festejo, las chicharras modularon sus chirridos escandalosos y la ventisca dejó de resoplar por encima de los árboles quedando solo las hojas doradas que ya estaban circulando en torno al cuerpo de Dulcehe.
La mujer sintió la presencia varonil a sus espaldas, o quién sabe si llevaba rato viendo el reflejo que en las aguas se proyectaba… Fue volteándose con la suave caricia del río, y ladeando sus nalgas como si su trasero fuese un gran navío, quedó de frente a Antonio Álvarez Peryra y luego clavó sus enormes ojos avellanados en la mirada de él.

Ya antes la habían deseado; bien se conocía la mirada pícara de los hombres. Coyoche estuvo al acecho de su cintura, incluso en una ocasión pretendió sorprender al gran Garabito con tal de llevársela como botín de guerra. Gurutiña había hecho lo propio colmándola de alhajas en forma de animales míticos, pero ella seguía coitando en el abandono con las aguas; tal vez por temor se había negado a cualquier hombre que no fuese aguerrido como el suyo, aunque este fuera distante con ella.
Cuando Garabito partía en sus temerarias expediciones Dulcehe se iba descalza entre la vegetación silvestre, pisando las flores amarillas con la planta de los pies y sacándole, con ello, varias heridas a su piel y, por dentro, a sus entrañas.
Pero ahora estaban ahí de frente, él desnudo y ella desnuda… Quizá la mujer se dejó impresionar por la imagen, poco usual, de Garabito preocupado por su propia vida. Ella sabía que la causa de esa preocupación era este hombre que ahora, desnudo entre el río, la miraba de frente…
Dulcehe, guerrera de las Britecas, abrió su boca hasta ese momento sellada y dejó salir, apaciblemente, varias palabras en su lengua nativa.



Varios días habían transcurrido desde el fortuito encuentro de la pareja en la poza del Machuca. Hasta Tivives se hubiera podido seguir la huella de Antonio tratando de dar caza al rey Garabito.
Con el mismo regimiento de 20 hombres, pero una nube de la codicia en sus ojos ideó la estrategia, y fue así como confabulado contra su propia dicha apresó a Dulcehe, y después de hacerla suya incalculable cantidad de veces —perpetrando con ello la semilla incorruptible e indígena—, la presentó ante Juan de Cavallón como punto clave para la caída del cacique mayor.
Pero cerca de su lecho, y durante las noches en que había entregado a la mujer para que se sometiera a interrogatorios, seres amorfos fueron visitándolo de uno en uno hasta formar el grupo completo que lo atormentara varias veces y hasta las tres de la madrugada…
Se aparecían primero en sus sueños lejanos, iban degollando a los españoles que poco a poco vertían su mirada azabache hacia cualquier ramada; luego, aparecían los cuerpos tirados cerca de los trillos mientras él intentaba, a duras penas, no triturar con su caelzado los rostros mutilados de sus amigos de expedición que se contaban por montones.
De pronto estos cadáveres abrían su boca dejando al descubierto una risa frenética de maíz amarillo, y posteriormente, una llamarada se adueñaba de aquellos ojos hasta regresarlos a la vida, pero adoptando formas grotescas. Volvían sus ojos llenos de furia y, tiznados en su piel con el color purpúreo, se halaban los cabellos; luego corrían con las puntas de sus lanzas hechas de piedra pulida en una sola dirección: su humanidad.
Luego, bañado en el sudor de su propia congoja, abría sus ojos abruptamente y tenía a esos espíritus ahí… Cubiertos por un claro de luna se dejaban ver al pie de su cama con sus enormes hocicos de lagarto, varias manos de escama de serpiente halaban los pies del conquistador y las frazadas, mientras otros, con cara de mono, se subían a su cama por los bordes o caían desde el techo, o desde el ropero de madera que había dentro de la habitación.
Y justo antes de que el reloj acariciara la hora en que debía terminar el suplicio aparecería un último ser con rostro de jaguar —y dejando que de sus cuerdas vocales salieran atronadoras voces al unísono— apuñaba su mano de gorila y gritaba:

“¿Lo recuerda, Antonio Pereyra? ¿Lo recuerda?… ¡Quien haya metido su cuerpo en estas aguas no vuelve a salir!… ¿Lo recuerda!”

A la mañana siguiente, Antonio abría la puerta de su estancia y encontró un pozo de sangre, y, en medio de él, una enorme cabeza degollada de jabalí.
Pronto, el portugués fue perdiendo la razón y de vez en cuando de su boca brotaban palabras en lengua huetar. Constantemente vociferaba “Quien haya metido su cuerpo en las aguas no vuelve a salir” y cuando se le preguntaba, de dónde había sacado tal estribillo, su cuerpo y su espíritu emanaban una calentura vertiginosa. Ataque similar habían vivido los hombres del capitán Ignacio Cota cuando, en el pasado, se procedió a interrogar a un grupo de cinco mujeres indígenas que encontraron bañándose en el río. Todos comenzaron a balbucear palabras no propias de la lengua española.
Omitieron los historiadores que, a Antonio Álvarez Pereyra hubo que llevarlo ante un cura por encargo de don Juan de Cavallón, y que por recomendación del cura —una vez que reunió las pruebas testimoniales de los hombres que presenciaron el amorío entre el portugués y la indígena— se sugirió que solo podría librarse de la maldición de Dulcehe si se quedara con ella por siempre.
Se dice que el portugués murió en la ciudad de Esparza en 1599, que no hubo registro de matrimonio alguno, pero que sí dejó descendencia extramatrimonial con una mujer de la que, curiosamente, no se tiene dato alguno. Sé que ustedes me preguntarán que por qué no existe un registro de todo cuanto he narrado, pero vamos, seamos sinceros, y perdonen que cuestione tanta incredulidad en voz alta… ¿Cuál registro brotado de la mano de los españoles habría de hacer quedar al prestigioso Antonio Álvarez Pereyra, el explorador y conquistador de varios poblados, como un hombre fuera de juicio? ¡Ninguno! Pero cierto es que sí hay registro escrito para decir que el aguerrido Garabito tuvo que bautizarse junto con tres mil de sus súbditos en una quebrada poco honrosa.
Así que mi estimado lector y futuro visitante… ¡Cuidado con bañarse en el río Machuca pensando que sus aguas transparentes solo tienen la ingenua cualidad de ser curativas o servir para refrescar! Más le valdría hacer caso a la advertencia que escupen los lugareños como eterna letanía “Que quien se bañe en el Machuca se queda en Orotina”; porque del río al embrujamiento hay un solo paso y la verdad que hay cada mujer orotinense que pareciera tener su cuerpo bastante endiablado, igual a como lo tuviera la bella Dulcehe.


Sobre el autor

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela. Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

La mujer que cantaba, un inquietante relato de Daniel Frini

Relato

La mujer que cantaba

Ocurrió cuando el Mandato Celeste bendecía a Shun Zhi, el segundo emperador Quing. 

Más allá de la Gran Muralla, y antes de llegar a las tierras manchúes de los ancestros del Hijo del Cielo, en la provincia de Kansu y en el desierto de Badnjinlin vivía Xiao Chen Sying, la Estrella del Amanecer. 

Por esos años, Sying era apenas una jovencita que habitaba junto a sus padres ―míseros agricultores― una franja angosta de tierra, en la orilla meridional de uno de los Lagos Misteriosos. Apenas lograban subsistir, a base del poco maíz o trigo que podían arrancarle al suelo, y de la crianza de cinco o seis cabras. Vivían en una yurta que tenía más de choza o de cueva que de casa; a incontables días de viaje de cualquiera de los Cuatro Caminos del Emperador.

La familia era inculta y temían a los espíritus de la arena; que, según decían los shunshis, no soportaban la alegría del canto de las mujeres. Entonces, Xiao Chen cantaba. Y su voz era un milagro. 

Sus canciones volaban entre las dunas altísimas; y el eco rebotaba en la arena quieta y congelada del invierno, en las paredes de piedra de las altas montañas o en la superficie queda de los lagos. El desierto devolvía las mismas y hermosísimas canciones de Xiao Chen, días o semanas después de que ella las cantase. 

Eran los primeros días del Descenso de la Escarcha del año del Gato; y un guwai, mercader venido desde Ashkhabad en viaje a Loyang en busca de seda, perdió el camino luego de atravesar las montañas Tian. Mientras afrontaba un sinfín de penurias ―el acoso de ladrones nómades que diezmaron su caravana en gentes y bienes, el desconocimiento de los dialectos de los pueblos que encontraron, la falta de mapas y las puñaladas del hambre y el frío―, llegó a los bordes del desierto y acampó a orillas de una laguna. Una noche fría y de viento escaso, un vigía lo llamó para que escuchase, muy clara, una voz que cantaba. El guwai conocía, de los labios de un viejo contador de historias, que una duna dorada en el desierto del Tenggeli sonaba como campana cuando soplaba el viento frio del norte, pero esto era diferente: era una hermosa, dulce y embriagante canción de cuna, más bella y límpida que cualquier otra que hubiesen escuchado nunca los hombres de su caravana. En un momento, la voz parecía venir de muy cerca, al oriente y todos buscaban a alguien que se acercase, cantando, desde allí. Un segundo después, la canción sonaba lejos hacia occidente y la voz se callaba de a ratos; para renacer, otra vez, llegando desde la mismísima laguna. Sin embargo, nadie le temía, puesto que algo tan maravilloso sólo podía ser regalo de dioses y no engaño de los demonios. 

La voz los visitó varias veces, de día o de noche. Les traía historias en palabras que desconocían, pero que los hacía llorar recordando las familias queridas y los sabores lejanos; o reír, pintándoles aromas de primavera y de aventuras de niños. Algunas veces, las canciones eran alegres e invitaban al baile. Otras eran suaves, casi tristes y llevaban añoranzas que dolían. Unos días después, el guwai siguió viaje.

Mediando el Despertar de los Insectos del siguiente año del Dragón, la caravana entró en la provincia de Shanxi, gobernada, entonces, por Zheng Shikai, Señor de la Guerra, antiguo súbdito de los depuestos Ming, y ahora, su más ferviente exterminador. El guwai fue detenido, acusado de espionaje. Lo que quedaba de sus mercancías y animales fueron decomisados. Los hombres comenzaron a ser torturados en busca de informes sobre el enemigo. Uno de ellos, con la esperanza de salvar su vida, contó a los hombres de Zheng que en el viaje que acababan de hacer, en un desierto que estaba hacia occidente y hacia el norte, habían escuchado cantar a una joven; y su voz era capaz de acallar el piar de los pájaros o aquietar los vapores del dragón; y que al oír sus canciones de cuna los ejércitos se dormían. El Señor de la Guerra vislumbró un arma letal y un adecuado presente para el Emperador. Todos los hombres de la caravana, incluso el guwai, fueron interrogados en busca de más precisiones; y luego asesinados. 

Zheng envió al general Shen Li y a sus quinientos mejores hombres en busca de la mujer que cantaba. 

Así nació el Ejército de los Quinientos, y la Expedición. 

Siguieron los años de la Serpiente, el Caballo y la Oveja; y los soldados iban de un desierto a otro, desgastándose y sin noticias en su búsqueda. Fueron al Taklimakan y al Kumtag, recorrieron el Lop Nor, atravesaron el Badnjinlin dos o tres veces e, incluso, llegaron hasta Zungaria. Decidieron volver hacia el sur, hacia el Mu Us y pasaron, una vez más, por el desierto en el que había vivido Xiao Chen. Eran los días de la Germinación del Cereal del año del Mono y acamparon en una laguna similar a la que describieron los hombres del mercader. Y esa noche, la oyeron.

Los Quinientos lloraron con una canción que les hablaba de su madre anciana y rieron con otra que les contaba las aventuras de un camello loco. El único que permaneció inmutable, fue Shen Li. La voz venía desde no muy lejos al norte, cruzando la laguna. Ordenó a sus hombres que levantasen el campamento de inmediato, y encontrasen a la mujer. El ruido de los Quinientos marchando, calló la voz.

Después de un día de camino, El general ordenó un nuevo alto y el más absoluto silencio. Ahora la canción sonaba, lejana, hacia occidente. Otra vez la marcha, sin descanso y un nuevo alto que duró varios días hasta que escucharon otra canción, pero ahora desde el sur. 

Así pasó ese año, y el del Gallo, el del Lobo y el del Jabalí. Algunos de los Quinientos fueron muriendo y Shen Li los reemplazó con levas que hizo entre las gentes que encontraron a su paso. Fue otra vez el año del Gato y el orgulloso ejército se transformó en una horda exasperada que arrasó aldeas en busca de información, primero, y por el simple saqueo, después. Cada cierto tiempo, escuchaban la voz que cantaba, cerca o lejos, a derecha o izquierda, tras las dunas o en el valle próximo. Shen Li y los suyos partían tras ella de inmediato, pero jamás la encontraron.

Hubo otro año del Gato y los Quinientos no eran más de cien, andrajosos, preocupados por llevar las riquezas de tantos años de rapiña, y no desertaban más que por el temor a la ira de su general, que era al único que le interesaba, aún, encontrar a la dueña de la hermosa voz. 

Más o menos una vez cada luna, oían cantar a Xiao Chen

Eventualmente, pasaron a la vista de las tierras que ella había habitado. Eran, ahora, un páramo con rastros apenas visibles de algún viejo asentamiento. Nadie, siquiera, miró las ruinas. 

La mujer que cantaba había sido dada en matrimonio a un hombre de la lejana Kashi en los tiempos del comienzo de la Expedición; y había muerto, hacía muchos años, al dar a luz a su primer hijo.

Cerca del amanecer de un día cercano al Solsticio de Invierno de un año del Tigre, Shen Li, casi ciego, oyó una canción que hablaba de gloriosos ejércitos con armaduras brillantes y banderas de seda, del honor del combate y la lealtad del enemigo; del filo de la espada, la punta de la lanza y la belleza de la flecha en el aire. Entonces, lloró. Vistió lo que imaginó eran sus mejores ropas de guerra y caminó hacia el sol, hacia la voz de Xiao Chen.

El Badnjinlin se tragó a los Quinientos. Nunca más, alguien supo algo de ellos.

Muchísimo tiempo después habían pasado siete u ocho años de finalizada la Segunda Guerra del Opio, un rico gentleman inglés con aspiraciones de arqueólogo, se internó en el desierto acicateado por leyendas populares, en busca de antiquísimas ciudades en ruinas que, por supuesto, no encontró. Sin embargo, a orillas de una pequeña laguna salada sus porteadores desenterraron algunos huesos de camellos. A falta de nada mejor que hacer, el caballero ordenó un alto, acampó y se dedicó durante tres días a estudiar esos huesos. Para su sorpresa, encontró dos alforjas llenas de piezas de porcelana, algunas telas raídas, una estatuilla, no más alta que un pulgar, de un Buda de oro; y dos vasos de plata impura; junto a tres esqueletos humanos que parecían de soldados. Las pocas armas y unas monedas sueltas le permitieron aventurar que esos cadáveres tenían más de doscientos años. 

La noche antes de partir, fría y de viento escaso, un porteador lo llamó para que escuchase, muy clara, una voz que cantaba. El inglés no le dio importancia.


Sobre el autor

Daniel Frini (Argentina, 1963). Participó en varias antologías en diversos idiomas. Publicó “Poemas de Adriana”, “Manual de autoayuda para fantasmas”, “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” y “Nueve hombres que murieron en Borneo”. Obtuvo varios premios, el último el 1er Premio del III Concurso Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén.

Imagen: Zhao Shao’ang, Skull in a faded dream.

Isolda y el cóndor por Osvaldo Aníbal Martínez, un relato de amor en tierras bonaerenses durante la segunda mitad del siglo XIX

Relato

Isolda y el cóndor

La historia la narró una tardecita el ingeniero Demarchi, apasionado historiador de la Campaña del Desierto. Nos habló de Isolda de la Santísima Trinidad Gómez Velazco, capturada a los catorce años por un capitanejo del cacique Coliqueo en las cercanías de Cañuelas, hacia 1860. Isolda vivió en los toldos dos veranos, hasta que una colecta para la redención de los cautivos la trajo de regreso. Ya no quedan rastros de la estancia de Morón donde vivía, pero Demarchi la imaginó recostada en las suaves lomas al sur de un arroyo, donde hoy hay chalets de tejas rojas y plazas con juegos para niños. La casa desapareció hace décadas, pero una leyenda pervivió: la de un indio joven, prendado de amor por el cutis de perla y los ojos de ensueño de Isolda. Dos lluvias después de la partida de la mujer, el indio (¿cuál sería su nombre?) sujetó sus crenchas con una vincha roja, montó un zaino nervioso y tomó el camino de las carretas. Dos hermanos lo acompañaron. Lo hicieron por instinto, quizás nunca supieron qué fin perseguían. Hicieron noche en montes escondidos, vadearon el Salado cerca de Alberti, o de lo que después se llamaría Alberti. Cerca de Luján los sorprendió una partida de milicos que perseguía a un cuatrero conocido como El Chileno. Encerrados entre una laguna barrosa y una cañada, los hermanos no pudieron escapar a las balas de las tercerolas. Los uniformados incautaron los caballos, que no tardaron en retobarse y huir, y abandonaron los cuerpos en el fachinal de la orilla.

Pero aseguran que aquella misma noche el indio llegó hasta la ventana de Isolda, y la llamó con voz de zorzal herido para confesarle su amor eterno. La niña le abrió su ventana y su corazón. Al amanecer, después de aquella única noche de amor, el indio le mostró su pecho horadado por el plomo. Isolda se desvaneció. Al tercer día despertó sin color, como si el fantasma del indio le hubiera contagiado su palidez. Al cuarto día ingresó en el convento donde vivió hasta su muerte, en 1902. El ingeniero Demarchi comentó que hasta mediados de los cuarenta aún se asustaba a los niños con el cuento del fantasma de un indio feroz, que se aparecía flotando en los bañados que se formaban en los bajos cerca del arroyo. Después todo se perdió, como todo se pierde en la memoria de los hombres.

Pero una fantasía alternativa nació de la anterior. En ella el indio (¿cuál sería su nombre?) sobrevivió a las balas y tuvo su noche de amor antes de escapar de las partidas que lo acechaban. Dicen que murió cerca del Río Negro, cargando a puro coraje y chuza contra la puntería, esta vez acertada, de los fusiles del ejército del general Roca.

Otros, en cambio, cuentan que no murió en la carga, sino que, malherido, cabalgó hasta las cumbres nevadas de los Andes, donde se tendió a descansar de cara al sol y al frío. Y en la noche patagónica, una noche aterradora de estrellas y misterios, se convirtió en cóndor.

“Quién sabe”, comentó Demarchi antes de despedirse, “cuál de todos estos fue su verdadero destino”.


Sobre el autor

Osvaldo Aníbal Martínez nace en Buenos Aires en 1956. Ha publicado “El color del cielo” (novela, 1995), “La escritura del Niño” (novela, 1999), “Siempre” (poesía, 2000), “El cobrador y otros cuentos” (relatos, 2014). También figura en la 1ra. y 2da. antología de la editorial Casa de Papel de los años 2014 y 2015.
Cuenta con las siguientes distinciones:

  • Año 2015: “El piano encantado” (cuento) 2do. Concurso Literario Cámara Española de Comercio “De Quevedo a Cortázar”.
  • Año 2016: “Isolda y el cóndor” (cuento) 1er. Concurso de Narrativa y Poesía Sociedad de Escritores Surbonaerenses; “Un accidente” (cuento) 2016; “Las murallas de Bizancio” (novela) 1er. Premio Concurso La Verónica Cartonera, Barcelona.
  • Año 2017: “Nunca hablamos de Brahms” (cuento) Concurso de poesía y narrativa “Premioa la Palabra”; “De batallas y fantasmas” (cuento) Concurso de Literatura Federación de Sociedades Españolas; “Gaby” (cuento) en el VII Concurso de Cuento y Poesía Isidro Quesada de la Municipalidad de 25 de Mayo.
  • Año 2018: “La tumba de Alarico” 1er. Premio Nacional de Novela “Marco Denevi” 2017/2018, Municipalidad de Tres de Febrero; “La paradoja de Zaid” (cuento) Premio Literatura SADE Tres de Febrero.
  • Año 2019: “El muelle” (novela corta) Concurso Literario Villa Colindres
    Inéditos: novelas: “La Peste y La Tempestad”; “Un sueño hermoso”; “Relatos de un crimen”; “Fugitivos”; “Legenda”; libros de cuentos: “Gabriel y otros relatos”; “Forasteros”.

Imagen: The Condor (1922) by Cooper Ornithological Club

Nuestro Señor Jhain

Relato

En enero de 1581 llegó a la Ciudad de los Reyes el capitán Diego de Peralta, vecino de Oropesa e hijodalgo de primera clase. Ávido de fortuna y fama. Muy decidido a servir a la Corona y acrecentar la gloria familiar. Portador de la promesa que le hiciera a la Señora de la Asunción, de regresar con el caudal necesario para erigir una capilla en la casa señorial, donde poder venerar su divina imagen.

Gracias a sus vínculos con el saliente Virrey del Perú, y atendiendo a la necesidad de tener presencia en las tierras de frontera, amenazadas por los nativos y por los portugueses, se agenció de una autorización para una entrada y posterior asentamiento más allá del territorio de los antis, también llamados chunchos; que por cierto era empresa muy temida entre naturales y peninsulares.

Acompañado de veintiocho castellanos, diez de ellos a caballo (entre los que se contaban un escribano, y un clérigo), cinco mulas, dos negros angoleños, un armero griego, un herrero vasco y cuarenta indígenas (que incluían a dos “lenguas”), el 08 de abril de 1582, partieron con rumbo a los dominios de la extinta Gobernación de Nueva Toledo, de Almagro El Viejo, para seguir más adelante el camino Inca, bordeando el gran lago, pacarina de los Uros, y de los Collas y Lupacas, que también llaman Aymaras. Empresa que los llevaría hasta el inicio de la tierra de los Moxos.

El camino inicial tomaba una ruta ya recorrida largamente por indígenas y arrieros peninsulares, que los acercó, luego de varias semanas de travesía, hasta la recién fundada Villa de Oropesa, donde se asentaron por tres jornadas, para cumplir el día de ayuno y oración que le prometiera a su mentor el Virrey Francisco Álvarez de Toledo en el altar de la modesta iglesia que se venía edificando en el poblado, dedicada a la Virgen. Allí también se aprovechó para que la tropa cristiana pasase el control del médico Rodrigo Gómez Renedo, sobrino del afamado protomédico Francisco Sánchez Renedo, quien ejerciera el cargo de presidente del Tribunal del Protomedicato. Don Rodrigo, joven de rancia nobleza vino a estas tierras movido por una gran vocación, que lo llevó a especializarse en el oficio de médico de minas. Sus prescripciones contentaron a los expedicionarios, aunque no tanto como las bendiciones del cura doctrinero Alonso de Trinidad, hombre santo y juicioso.    

Ese fue el punto de partida de la que sería una de las entradas más lejanas realizadas hasta la fecha, por la cual los hombres que acompañaban al capitán Diego de Peralta, esperaban obtener fama, fortuna y reconocimiento, con los cuales regresar a la península, como antes lo habían hecho sus mayores.

El viaje desde aquella población fue penoso, más por las enfermedades que las emanaciones de la tierra provocaban y por lo accidentado del territorio, que por el ataque de los nativos, quienes se limitaron a seguir a prudente distancia y ocultos entre la enmarañada vegetación al grupo de invasores que portaban armas de cuyo daño ya conocían, lo cual no fue obstáculo para que al caer la noche eliminaran con dardos venenosos a dos indígenas que debieron resguardar el campamento pero a los que venció el sueño, del que ya no salieron más.

Luego de seis semanas, en las que se produjo la muerte de tres peninsulares y nueve indígenas, que se enterraron en el camino con gran pesar, llegaron a un gran río que cruzaron con alguna dificultad, pues si bien estaban en época de vaciante, el cauce llevaba mucha agua que ahogó a dos indígenas, hermanos ambos, que no supieron mantenerse a flote, yéndose con ellos los últimos varones de su ayllu. Al cabo de tres semanas de cruzar el río y seguir con rumbo sur oriente, el capitán Diego de Peralta, sin mayor dificultad ni resistencia, hizo su entrada en una población nativa bastante poblada y muy bien construida con barro y piedra pulida pintada de blanco, lo que resultaba extraño en una región así.

Esta era una etnia bien organizada, de gente pacífica, aunque un tanto desconfiada, que tenía algo parecido a una religión monoteísta, que el escribano percibió como similar a la cristiana, pero calló, porque decir aquello hubiese significado una blasfemia que probablemente le hubiese costado el puesto, una multa y varios azotes al llegar a Cuzco. Se trataba de una religión cuyo conocimiento empezó a generar confusión en la soldadesca hispana, que prefirió guardarse sus comentarios, pero no su asombro ante las semejanzas.

Sus gentes eran monógamas y muy temerosas de su Dios. Tenían un templo con techo a dos aguas y una torre en el centro, coronada con un largo palo de madera roja muy pulida, y por los alrededores de la edificación se veía pasear a un grupo de individuos que parecían sacerdotes, emitiendo sonidos guturales, mientras caminaban; todos ellos cubiertos por una tela gris de algodón silvestre, fijada con cuerdas que daban varias vueltas alrededor de su cuerpo, las mismas que además usaban para autoflagelarse, de cuando en cuando en la plaza central del pueblo. Estos gordos personajes andaban descalzos y sus cabezas siempre las tenían cubierta con un velo.

Tales costumbres hacían recordar a los franciscanos, pero buscando no hallaron ni uno solo, ni vestigios de su presencia y se asombraron mucho más al saber que habían logrado toda esa riqueza espiritual que denotaba una bondad salvaje, sin escritura, sin tiranía o buen gobierno, y sin presencia alguna de guerreros o armas poderosas.

Pero pasada la sorpresa y superada la curiosidad, los castellanos recordaron que el objetivo de su empresa era el de conquistar, fundar y obtener riquezas de estas tierras; someter a los naturales a la corona y evangelizarlos, con miras a pedir una encomienda, si ameritaba el caso. Sin embargo se encontraron con que la captura del pueblo había resultado demasiado fácil y con que la empresa de evangelización podía resultar tarea sencilla ya de realizar.

Y así fue que, a pesar de no haber entendimiento de palabras, no hubo mayores reparos para aceptar la presencia extranjera en el poblado nativo y menos aún para aceptar lo que ellos veían como una variante de su cosmovisión mágico-religiosa. Pero no pasó mucho tiempo para que empezaran los problemas. Primero fue resistirse a ser bautizados y perder su nombre por otro cristiano; luego fue el cambio de nombres a sus símbolos sagrados; el rechazo que obtuvo que se les pretendiera imponer una autoridad ajena a la suya.

Esa resistencia fue el pretexto para empezar la matanza, con eliminación de todo símbolo pagano. En el informe que presentaron el capitán y el padre dominico decía entre otras cosas que “… habían hallado entre la población indígena de la región, que los naturales aymaras denominaban chiriguanos, mucha resistencia a someterse a la autoridad real y asimismo, la práctica de un culto pagano que ofendía grandemente a Dios y a la Santa Iglesia Católica, porque resultaba una vulgar parodia de la religión verdadera y de sus sagrados símbolos, siendo imposible la evangelización en gentes tan primitivas, similares a bestias salvajes…”.   

Y ello porque resultaba que entre la parafernalia ritual de esta etnia había objetos y conceptos que se asemejaban mucho a los cristianos, pero que por ello mismo fueron considerados insultantes “…entre las cosas abominables que hallamos, entre estos indios llamados Jhaivas, es que usaban de dos palos de un rojo natural, que en sus ceremonias juntaban, asemejando a cruces sin imagen alguna. Su dios que tiene el nombre de Einyee, (que significaba el que es) no tiene forma y nadie lo ha visto, no tienen escritura ni leyes escritas, pero tienen unos troncos embutidos en la tierra, con símbolos paganos en relieve que sus jefes tocan y producto de ello convulsionan y emiten sonidos, como poseídos por demonios. Tienen además imágenes en las paredes de su templo pagano, de hombres a quienes consideran santos, pero que se muestran horrendamente desnudos, pintados todos de rojo y con rostros fieros, que asemejan imágenes demoniacas…”.

Haciendo uso de estos argumentos, los castellanos se deshicieron de la mayoría de hombres de esta etnia y se hicieron de estas tierras, de sus animales y de sus canteras de sal colorada; esclavizando a los sobrevivientes, bajo la posterior licencia de la encomienda evangelizadora, que obligaba a la extirpación de idolatrías y sometimiento de los naturales a la única y verdadera fe. Y así lo contaron, para quien quisiera escucharlo, en Cuzco, en Lima o en la Metrópoli… pero no contaron toda la verdad.

Que, cuando llegaron los veinticinco castellanos, aquella tarde fresca de julio a ese poblado llamado Behanya, en el corazón de la región de los Chiriguanos, en la frontera entre Paraguay y Bolivia, encontraron un pueblo pacífico que tenía una organización social compleja y similares creencias religiosas que los cristianos, que además estaba muy dispuesto a someterse a cambio que se respetasen sus creencias. Pero para los invasores no cabía posibilidad de acuerdo con estos salvajes, que se hacían llamar jhaivas, y a quienes los nativos aimaras llamaban chanes. Ellos estaban ocupando el espacio que consideraban suyo por justo merecimiento, y debían someterse sin condición.

Los avenidos no contaron además que Jhain les había enseñado a los jhaivas que el hombre no debe humillarse ante el hombre y debe luchar por lo que es justo, sobre todo cuando ya se ha ofrecido amor y éste no es correspondido o es defraudado. Y que este Jhain, a quien llamaban el hijo de Dios, estaba vivo al momento de su llegada, pues había salido a visitar a los otros pueblos jhaivas de la región, envuelto en su túnica blanca, descalzo, sin armas y seguido de un pequeño grupo de sacerdotes.       

No contaron finalmente que Jhain fue condenado a morir, luego de un juicio sumarísimo, en el que un castellano iletrado fungió de abogado defensor y el padre dominico de fiscal acusador, sin que el condenado entendiera palabra alguna ni pudiera defenderse de las acusaciones de conspiración, blasfemia y herejía. Contrariando las recomendaciones de la Audiencia del Cusco y las cédulas sobre entradas a este reino, que diera el virrey Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera.

Aquella vez la masa indígena, percibiendo la injusticia, se sublevó y alzó sus armas contra los peninsulares, introduciéndose al monte como manera de protección. Pero la decisión del capitán Diego de Peralta, por recomendación de uno de los lenguas, de cambiar la hoguera por la crucifixión a Jhain, contra la negativa del padre dominico y de muchos castellanos, calmó al gentío, que consideraba esta forma de muerte como un digno paso a la eternidad y una señal de respeto, que incluso el mismo Jhain tomó con incomprensible aceptación y gozo. Que era ésta una etnia muy dada a manifestar sus estados de ánimo.

Después de este hecho, del que los conjurados peninsulares decidieron no contar jamás, la masa sublevada volvió al pueblo con la promesa que no habría represalias contra ellos, y empezó a recibir con menor resistencia la nueva religión y el nuevo gobierno, que creció en importancia y poder, mientras iba disminuyendo la población, producto de las enfermedades y el desarraigo a que se les sometió luego de la creación de los obrajes y reducciones.  

Hasta inicios del siglo XIX se pudo apreciar aún, en el que fuera el poblado de Behanya, los restos de una iglesia construida sobre los cimientos del templo indígena, y a unos cuantos descendientes de nativos, que usaban algo similar a una sotana. Y podía escucharse aún que estos descendientes de los chanes, de vez en cuando confundían la palabra Jesús por la palabra Jhain. Y como ocurrió con muchos pueblos invadidos por españoles, cuando acudían al templo cristiano, en realidad le estaban rezando a sus ídolos, escondidos tras los santos y altares del culto oficial. A pesar de la intensa extirpación de idolatrías que el padre doctrinario Juan Gil de Palencia efectuara a mediados del siglo XVII.

Incluso los cuadros pintados por mestizos, en los que se ve a Cristo crucificado en los templos de la región se dice que tienen la cara de Jhain, y las leyendas nativas narran que el hijo de Dios resucito al tercer día y se fue hacia el levante, por donde habían venido los sacerdotes de Jhain muchos años atrás, cruzando el gran lago furioso, en un trono de madera y grandes lienzos de algodón, donde estaba pintado el futuro de la humanidad…

 


Sobre el autor

Carlos Rojas Sifuentes: Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Derecho en la Universidad de Lima, y una maestría en la Universidad Tecnológica del Perú. Trabaja en investigación y docencia universitaria, pero su principal oficio es escribir.

La Universidad de Lima imprimió sus primeros cuentos y poemas. Ha publicado un libro de cuentos: “Crónica de Híbridos”, en 1992, y un libro de historia del derecho: “La introducción del Derecho Occidental en el territorio andino central”, en 2003.

En el año 2018, el grupo literario español Poémame y la institución BARCELONACTUA, publicaron el poemario “Versos de Acogida” en favor de los refugiados, con un poema de su autoría. El año 2019 esa misma institución publicó uno de sus relatos en el libro “Estat Civil? Voluntari@”. Ese mismo año 2019, Cuenta Artes: Revista de Arte y Literatura, publicó un cuento del cual es autor.

Fundación Perséfone

Relato

Orfeo era un músico amateur y atelier, que vivía en una pequeña casa a las afueras de la gran ciudad de New Hades, en el año 20XX. Nunca acostumbrado a la vida en la ciudad, se había retirado con su pareja Eurídice a los suburbios. Hacía unos años se habían conocido en un festival de otoño organizado por la escuela local, en la que habían invitado a distintos artistas de la localidad, a la que él no habría de faltar. Subió y tocó en su guitarra una clásica canción, no pudiendo mantener su concentración en las notas, pues su mente se desviaba a intentar encontrar la voz que su canción coraba. Tocó una canción, y otra, y exhausto por los sentimientos que tal voz le producía, se detuvo a secas en el medio de un punteo, para pedir por los micrófonos ayuda, rompiendo el trance que había producido por su música.

― Tengo que vocalizar una queja –dijo, llamando la atención de todos los que estaban allí―. No puedo continuar este concierto sin la increíble voz que todos estamos escuchando… así que, si me hace los honores de subir a acompañarme….

Orfeo encontró con su mirada a una joven alta, de vestido ámbar, rodeada de niños con uniformes escolares, a quien el color rojizo había llegado a sus mejillas. Imprimió seguridad a su estado dando un paso al frente, tras la seña que el artista con la guitarra le había hecho con la mirada.

La rutina era apacible en aquella casa. Orfeo trabajaba, componía y arreglaba instrumentos mientras Eurídice trabajaba en el colegio los días de semana; excepto los viernes, cuando los alumnos de Eurídice veían llegar en bicicleta a pie al “profe de música”. Sin embargo, lo que más amaba Orfeo era los fines de semana, cuando con su pareja se retiraba al atelier del fondo, y componían música juntos.

Un sábado, en el que Eurídice había salido para buscar algo que tomar, Orfeo se extrañó al notar que su amada demoraba en su regreso. Empezó a sentirse nervioso, y, cuando el tiempo había excedido lo lógico y su cuerpo empezó a transmitir malas vibras, salió a buscarla.

Vio luces azules asomarse a su tranquilo paraje y nervioso empezó a correr.

Meses más tarde, Orfeo se dirigía a aquel lugar que había evitado por mucho tiempo. Triste, y melancólico, caminaba hacia a un juzgado a declarar en el caso de un homicidio en ocasión de robo. Habían encontrado al culpable, pero Orfeo no sentía nada por ello. Ni un deseo de justicia, ni alegría por saber la verdad, le habían robado a la persona más importante en su vida por papeles de colores. Él sólo iba a cumplir con su deber cuando una mujer se atravesó en su camino con un folleto.

― ¿Ha oído hablar de la Fundación Perséfone?

Orfeo la miró extrañada.

― Yo soy miembro de la Fundación Perséfone. Ayudamos a cumplir sueños, y bueno, mucha gente quería que le ayudáramos con el suyo. Usted es Orfeo, ¿verdad?

― ¿Quién lo pregunta?

― Mi nombre es Recatón. Soy una miembro de la Fundación. Mucha gente oyó su historia, por las noticias, no sé si sabía.

― No, no tengo idea.

― Bueno, esa gente y nosotros queremos ayudar a… inmortalizar a su esposa. Sabemos que nunca pudieron publicar lo que componían. Tenemos aliados en empresas de música, disqueras, incluso algunos cantantes famosos querían formar parte…

La impetuosa joven le entregó un panfleto llamado “Proyecto Eurídice”, y Orfeo lo guardó cuidadosamente en su bolsillo, su mente divagando por música más alegre que la banda sonora de los últimos días. Música nostálgica, y solemne, pero alegre, y no pudo evitar que una sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, llegará a su rostro.

 


Sobre el autor.

Matias German Rodriguez Romero. Estudiante, bibliófilo y cinéfilo, obsesionado por la auto superación y por la búsqueda de nuevas experiencias, acompañado por las letras desde los cuatro, receptor de reseñas y sugerencias por mis colaterales que comparten este mismo amor por el género literario y cinematográfico, en todos sus estilos y formatos.  Mis escritos son una suerte de ventana a quien soy como persona, lo que me hace ser yo; el resultado de atreverme a soltar los libros y tomar la pluma.

Héroe con bufanda

Relato

Luego de matar al Minotauro, Teseo no pudo encontrar la salida del laberinto. Llegar al centro fue fácil, la propia bestia con sus gemidos guiaba a su asesino, pero la salida se presentó como un acertijo imposible de resolver. Teseo no acertaba el camino correcto. De noche se le complicó. No veía nada, de modo que se chocaba contra todas las paredes. Ingenuamente, a veces lo hacía a propósito. Tomaba carrera y trataba de empujarlas, pues pensaba que así podría derribarlas. Al final, se dio por vencido e hizo lo que había tratado de evitar: empezó a gritar pidiendo auxilio. Ariadna, que se encontraba a la entrada del laberinto —para él, la salida—, lo llamaba. La voz de la mujer que lo amaba fue su lazarillo. Al salir, Ariadna se lamentó por cómo se encontraba: su cuerpo estaba cubierto de moretones y chichones. Para disimularlos, le puso la bufanda que tejió mientras él se internaba en el laberinto para matar al medio hermano de ella. Al principio, Teseo se negó a ponerse la bufanda —Alíprites de Salónica, en Odas al pequeño Calipio, afirma que cerca de unos de los extremos, Ariadna había hecho un simpático perrito celeste—, pero accedió ante la vergüenza de ser visto con tales marcas, testimonio de su falta de pericia. ¿Quién vio alguna vez un héroe con moretones y chichones? Ariadna lo ayudó más al decirle que inventarían la historia del ovillo mágico, historia que también le aseguraría a ella que su nombre sería inmortal.

Pero a Ariadna le gustó tanto cómo le quedaba la bufanda que siguió tejiéndole otras. Para desgracia de Teseo, ella no hacía como Penélope, la otra tejedora famosa. Ariadna las terminaba y no las deshacía; de inmediato pasaba a tejer otra.

Teseo siempre debía ponérselas, por temor a que ella contase la verdad de lo sucedido en el laberinto. Alíprites sólo dice que todas tenían animales de colores cerca de una de sus puntas, pero el ínclito historiador y poeta —imagino que por descuido— no detalló cuáles eran, ni de qué color, esos singulares animalitos.

Esta habría sido la verdadera razón por la cual luego Teseo abandonó a Ariadna en la isla de Naxos. Harto de que Aquiles, Héctor, Paris, Ulises y otros héroes lo vieran con tan particulares bufandas y se burlaran de él, y con la esperanza de desterrar de su corazón el temor a que la mujer hablara y contara la verdad, un día le dijo que irían a pasear, y la abandonó en semejante lugar, pensando que nunca nadie la encontraría.

Ariadna se entristeció, pero como todo el mundo sabe, al tiempo fue rescatada por Dioniso, con quien se casó. A partir de entonces, el dios y los cuatro hijos de la pareja se paseaban por el Olimpo con sendas bufandas con animalitos tejidos. Les gustaban tanto que incluso las usaban cuando hacía calor. Ariadna estaba muy feliz.

 


Sobre el autor.

Claudio Mamud. Escritor argentino nacido en 1965. Desde 1996 dicta clases de apreciación musical de música clásica y ópera. En 2017 presentó su primer libro de ficción: Sólo para ella y otros cuentos.

Varios de sus cuentos recibieron distinciones en su país y en el exterior. Sus cuentos y microcuentos han sido narrados por diversos narradores en espectáculos. En 2019 presentó su segundo libro de cuentos, Eterna Clarisa.

Makeda, reina de Saba

Relato

Makeda se ha despertado de una siesta de espuma de mar. Tiene el cabello revuelto por las olas del ensueño y en sus oídos aún siente rubor de aguas profundas. Baja las plantas hasta las baldosas gélidas del suelo de la alcoba y se estremece al incorporarse: sus pies parecen todavía cubiertos por la arena acuosa del fondo marino y sus músculos no responden al oxígeno del aire, entumecidos a la espera de la libertad de los océanos. Llega hasta el baño y la sacude un hastío aniñado, vigoroso, con vida propia: las órdenes de mamá no se han cumplido y sabe que habrá consecuencias, pero como no pretende corromper el presente con huracanes de futuro, se mira en el espejo y busca a Afrodita, como cada vez. La acaba de ver en la narcosis añil de la siesta y ha vuelto a desaparecer, como cada vez. Indaga en sus pupilas de tinieblas, en el reflejo de su tez morena, pero nada, Afrodita ya no está, como cada vez.

Adís Abeba refulge por encima de los matorrales secos y del verdegal de copas de árbol. Makeda sabe que esa ciudad no es más que un invento y la mira a través de la ventana con la mirada tramposa de los que han aprendido a distinguir algo de luz entre las sombras. Una existencia consagrada a una ventana, a la espera interminable de un hombre, como Penélope. Pero ella no quiere ser Penélope: ella quiere ser Afrodita. Lo recuerda y con el ánimo enloquecido vuelve al espejo del baño y agarra el bote de maquillaje con fuerza de tormenta de verano. Dos dedos en el bote, ahora tres, los que sean necesarios para embadurnarse toda la cara y hacerse mayor. Afrodita no tuvo infancia y por eso ella no quiere la suya, no le sirve. Si por ella fuese, la pondría a la venta en el Merkato de la ciudad entre patatas y berbere, al mejor postor. O se la daría a alguna anciana de esas que siempre andan pesarosas y que envidian su niñez con lamentos inagotables cada vez que la miran. Sí, se la daría a ellas para que se pusieran alegres y la dejaran tranquila de una vez por todas.

Makeda se pasa los tres dedos por la frente, luego por la mejilla izquierda y luego por la derecha. Lo hace con parsimonia, con ese regusto que deja hacer lo que a uno le apetece hacer. Y a ella, claro, lo que le apetece es convertirse en Afrodita y confesar que, de todos sus amores, Ares es el favorito porque es el más valiente y eso le recuerda a papá, a quien esperaba en la ventana. Pensar en él en ese momento le parece un infortunio, con esas tres tildes de maquillaje acentuando su rostro, como si fuera uno de esos indios de las películas americanas, pero le ha brotado en la mente como una cala blanca y ya no hay manera de sacárselo de allí. Papá regresará un día, eso es lo que mamá siempre dice, y entonces todo será como antes. Makeda no sabe si quiere que todo sea o no como antes porque no tiene recuerdos de aquellos entonces. Para ella, no son más que una quimera oceánica, como lo son los sueños.

Utiliza ahora la palma de su mano al completo. Sabe que el resultado de su rostro cubierto de nácar es la razón por la que mamá no permite que la acompañe a comprar, pero esa es una decisión que ya ha tomado. El maquillaje es fresco primero, cuando baña con él sus pómulos, pero su piel es rauda y lo caldea con velocidad de guepardo. Ya está casi lista y toma con la otra mano su foto predilecta, la de esa Afrodita que encontraron en un volcán llamado Milo y que ahora vive en París. Tan lejos. Escudriña su rostro de mármol y siente un escalofrío. Ella siempre vuelve. Se mira en el espejo, comprueba los detalles: Afrodita renace y las entrañas se le agitan por la impresión. No le dura mucho. Un golpe seco acaba con su presente: mamá ha regresado y ella tiene la casa y el rostro sucios. El futuro trae un huracán. Le parece curioso que, aunque ella ya lo sabía, eso no le hace sentir mejor, y entonces vuelve a convencerse de que no existe cosa mejor que el presente.

Mamá entra en la sala primero y Makeda se petrifica. Quiere sentir miedo, pero no lo consigue: así, inmóvil, es más Afrodita que nunca. Más incluso que en sus sueños. Minutos de desconcierto y cavilaciones salvajes resbalan por su cuerpo estático hasta que mamá entra en el baño y da un brinco colérico. No está contenta, pero esto era lo que Makeda ya sabía. La escasez de sorpresas de la vida es lo que le lleva a evadirse entre los nimbos mullidos del Olimpo, pero mamá eso no lo quiere entender.

Con los brazos en jarra y los ojos de vidrio, inicia su rosario de reproches en una regañina infinita que comenzó en algún momento que Makeda ya no recuerda y que terminará en ese futuro al que voltea la cara. Vuelve a recriminar que se ande cubriendo el azabache de su piel con esos polvos. Dice que parece un disfraz de mujer blanca y a Makeda todo esto le parece una bobada: ¿para qué iba a querer ella ser una mujer blanca y nada más, si ella lo que quiere es ser una diosa de mármol? Pero mamá continúa irritada y habla de asuntos que ella no entiende, de cosas que va a decir la gente si la ve convertida en Afrodita. Makeda no sabe de quién habla. Las niñas de la escuela saben que ella se convierte en diosa algunas veces y las ancianas de al lado serán un alborozo de alegrías cuando vaya y les regale su infancia toda entera. No encuentra el problema, por más que lo busca, pero no le gusta ver a mamá así, por lo que guiña el ojo a la Afrodita del espejo y comienza a retirarse el maquillaje.

Cuando el semblante regresa al que le obligan a pensar que es su estado natural, Makeda se encamina hacia la sala, donde mamá la está esperando con la sonrisa lozana de los buenos momentos. Extiende sus brazos largos para que puedan fundirse en uno de esos abrazos que ellas se regalan en todos los ocasos, cuando los rayos del sol se guarecen de la hojarasca tras la ventana. Es su premio por haber superado un día más y Makeda corre a recibirlo. Después de tocar a Afrodita en sus sueños, ese es su momento favorito del día. Mamá siempre huele a rosas de seda y sabe que su aroma acariciará su piel durante toda la noche.

Se separan un momento, pero permanecen sentadas muy juntas, la una al lado de la otra. Mamá quiere contarle un secreto y ella atiende con los ojos tan abiertos como dos lunas. Dice que su nombre esconde un misterio más hermoso que Afrodita y ella duda, pues no hay nada más hermoso, pero escucha con atención porque mamá es más sabia que cualquier otra mujer que haya conocido. Ella es mamá y no hay nadie más así.

Narra que su nombre perteneció millones de atardeceres atrás a una monarca antigua que gobernaba las tierras donde ellas ahora viven: la reina de Saba, una soberana poderosa que se casó con un rey del lejano Jerusalén llamado Salomón, con quien tuvo un hijo que regresó a esas mismas tierras para también reinar en ellas. Makeda tiene nombre de realeza y ella nunca lo había sabido. Se emociona y tiembla en deseos por conocer a esa mujer de Saba en sus próximos sueños, por renacerla. Así lo comparte rauda con mamá, que se pone bien contenta y le asegura que, como para eso no hará falta maquillaje, podrá entonces acompañarla al mercado cuando se convierta en reina, tras las siestas, si así lo quiere.

Makeda no comprende bien el mundo, por lo que asiente y acepta el trato sin rechistar: ser la reina de Saba dentro de la casa y también en el Merkato para que esa gente que tanto preocupa a mamá no se revuelva en enojos.

En silencio, sin embargo, jura por los dioses que Afrodita vivirá en su interior con o sin maquillaje, pues nada tiene que ver para ella el color de su rostro con esparcir la belleza por el mundo y se marcha a la cama envuelta en un sedoso perfume de rosas, como cada vez.

 


Sobre el autor.

Luis López Galán (Talavera de la Reina, España), es un autor que mezcla sus dos pasiones, la literatura y los viajes, en la mayor parte de sus publicaciones. En el pasado, ha publicado una guía de viajes sobre Isla Mauricio, publicada por la Editorial Ecos Travel Books, ha participado en guías de negocios sobre países como Zambia y Rwanda y ha colaborado con artículos en medios como Travel National Geographic, Matador Network o la Revista Buen Viaje. Además, ha publicado una novela corta, ‘Los ojos de Jawara’, que transcurre entre Senegal y Madrid.

Microficciones

Relato

HISTORIA DEL REINO, DEL VIRREINO, DEL REY, DE LA REINA, DE LA DUQUESA Y DE TODO LO QUE SIGUE

Cuenta la leyenda (y todas las leyenda son puro cuento) que el rey (que no es el de España) al pasar por aquí (pero de este lado) se quedó tan impresionado (pero de los bien impresionado) que dijo (hubo testigos) que por estos lares iba a fundar un virreino (un reino de segunda mano) y que en los primeros tiempos (es decir cuando lo creara) mandaría a la reina a gobernarlo.

La leyenda sigue más o menos como ya la conocemos pero lo que no dice la historia (y eso sí que ahora se ha comprobado) es que aquel rey lo que quería era sacarse la reina de encima porque (también se ha comprobado) parece que le gustaba la duquesa de al lado (del otro lado de su reino) y la duquesa ya lo tenía enduquesado. El asunto es que después, todo sigue como lo sabemos. Y ya sabemos que lo que sigue es una leyenda. Y las leyendas, como ya sabemos, son puro cuento.

JUEGOS DE SALÓN

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo, hastiadas de conversaciones de salón, decidieron extender las fronteras y enviaron comunicados a los más diversos reinos. Las respuestas no se dejaron esperar. De diversas regiones comenzaron a llegar delegaciones portadoras de propuestas. Cada postulante, a la noble usanza, hizo llegar su iluminado retrato. Los hubo de muy diversas confecciones pero todos respetaron las indicaciones de ser tamaño natural. Los más osados agregaron presentes personales como fue el caso de arcones portadores de mechones de cabellos, manitos de nácar, prendas íntimas abundantes de lazos y hasta se recibió un lunar extirpado.

Seis meses duró la exposición de retratos en las salas dispuestas para la evaluación. Guillermina y Fermina pasábanse las tardes en inquisitorios conciliábulos colocando cada propuesta bajo las más variadas luces examinadoras. Seis meses intensos llevó la regia decisión.

Las propuestas eran interesantes pero el futuro se preveía aburrido. Se reunió a los más aptos de los artistas del reino y se confeccionaron copias manuables de cada postulante. Cerrada la decisión, todos los retratos fueron arrumbados en el caserón anexo al palacio y las copias manuables se convirtieron en barajas.

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo pasan las tardes en entretenidas mesas de juego.

PEDRO, EL SEÑALADO

Venían caminando cuando uno de los más apuestos caballeros, señalando hacia el horizonte cercano, dice: sobre esa roca podríamos edificar un nuevo emblema para los hombres. El más pequeño, el casi silencioso caballero de la izquierda sonríe y, señalando a uno de sus compañeros, dice: Señor, si por roca se necesita, podríamos edificar el nuevo emblema sobre él. Y me señala con su índice.


Sobre el autor.

Ricardo Bugarín. (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural.

Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en el género de la Microficción: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) ,  “Inés se turba sola” (Macedonia,  Buenos Aires,2015),  “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile,  2016), “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017)  y “Anecdotario” (Quarks,Perú,2020).

Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Integra las ediciones:  “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina);  “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minifición Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México), las reediciones de “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” realizadas por el Gobierno de Mendoza (2018) y “La mirada del cóndor”, Microficciones mendocinas (Mendoza, 2018); “Hokusai. Antología de Microrrelatos” (Santiago de Chile, 2018) y “Los pescadores de perlas. Antología de microrrelatos de Quimera” (Barcelona, 2019).


Ilustración: Collage / Mixta de Sebastián Chillemi

Quetzalcóatl: El dios de maíz

Relato

“Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo.

Y aconteció que estando ellos en el campo,

Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató”

(Gén.4:8. RVR. 1960)

 

Pulque le dieron a la serpiente emplumada ¡Qué vergüenza y qué deshonra ver a un dios ebrio! Los timos no son solo para los mortales, dicen algunos historiadores y estudiosos del mito; pero tampoco la envidia, el engaño o las emociones humanas.

En el monte Coatepec, las voces seguían perforando al desventurado Quetzalcóatl: copiosas y estridentes por ratos o como gorjeos de las aves; diluidas entre las sombras de los árboles y, otras, como el ronroneo que dormita estático en el cielo después de un destello. Frecuencias acusadoras nacidas de las propias entrañas inflexibles de nuestro dios cuasi perfecto.

Tiempo atrás, la serpiente emplumada había caído con los huesos más preciados que antes fueran tesoro de su padre. Tuvo la desdicha de pulverizarlos contra el suelo y que esto le costara su propio aliento. “De aquí los verdaderos hombres: del polvo de los huesos y la sangre de mi propio miembro”. Lo trascendente emerge entre el dolor y de la vergüenza del autoflagelo, Quetzalcóatl añade a este pensamiento que el origen del hombre, y para que este se precie de serlo, tendrá como ingredientes sus huesos rotos y, también, su propio sufrimiento.

Tonacatecuhtli lo ve todo con agrado desde la eternidad de su morada. Allá donde nada gravita.  Había estado distante y un tanto escéptico, pero, ahora, el gran señor y padre de la serpiente emplumada, no puede eludir que su hijo, quien había nacido en medio de tan solo un soplido, sea quien esté tomando las riendas al ejecutar sus propios designios. ¡Cuánto se regocija en silencio Tonacatecuhtli! ¡Cuánto de *amor y complacencia siente por su hijo!

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*Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. (Mateo 3:17. Reina-Valera 1960).

Quetzalcóatl sigue en sus propias cavilaciones. Ha garabateado el bien y lo ha ejecutado incesantemente. Nada se le escapa a nuestro príncipe Mesoamericano. Nadie se lo ha pedido entre los dioses, pero tampoco requirió instrucción alguna para ser modelo.

Un día transita, vestido de hormiga negra, hasta el Monte de los Sustentos para traer consigo el maíz multicolor y, al otro, funda la ciudad de Tula.

Héroe y civilizador, guerrero o ¡lucero de la mañana! esas son algunas alabanzas que diariamente recibe a gusto y con el pecho henchido, la serpiente emplumada.

Pero su suerte ya da con el hastío de alguno entre sus 1600 dioses hermanos, sí, uno que piensa que Quetzalcóatl no merece tomar la batuta en todo cuanto se dice o se hace, y quien cree que ya son suficientes elogios tras haber dado muerte a Cipactli. Y  así, su hermano Tezcatlipoca, cegado por el coraje de no ver su pierna —carnada y sacrificio que sirviera para dar caza a esta criatura oceánica mitad cocodrilo y mitad pez—, se dirige ennegrecido a los otros dioses desde el escozor  de sus propias pataletas: “Yo digo que vayamos a darle su cuerpo a ese… a ese… incorruptible y buen dios que se entrega diariamente a las reflexiones y  las buenas acciones, y a la vida espiritual del sacerdocio que hace pregonar como suya, entre todos los hombres”.

La serpiente emplumada recuerda, con su mirada turbia hacia el horizonte, la vez que entre varios dioses le sugirieron hacer sacrificio humano de aquellos que él mismo había moldeado.  Masculla un “No” en su boca. Ahora permite que la abertura de sus labios suelte el enérgico “¡No!”. Todo lo ve vago, delineado a ratos con fuertes trazos dominantes, pero difuso se pierde entre cada zancada hacia su pueblo. Todo es agua revuelta y colorida que escurre podrida a través de sus ojos: una acuarela amarga. ¡Qué vergüenza, Quetzalcóatl, y cuánta deshonra saber a un dios ebrio de pulque y, luego, echado en el lecho amatorio con su propia hermana!

El místico dios, hacía mucho que había descendido a los nueve planos del inframundo. Pero hoy, recuerda la vez que estuvo pidiendo a Mictlantecuhtli los huesos dados por su padre para forjar a esos nuevos hombres: los suyos. Puesto a prueba fue contra cerros vibrantes en el interior de la tierra, corrió aprisa y esquivó las piedras que caían contra su ser, a la vez que rehuyó de enormes fieras que tenían por costumbre alimentarse de corazones vivos.

¡Quetzalcóatl, despierta! ¡Esos huesos son tuyos, vos los pagaste con tu propia vida! Los ecos le arremolinan la caracola de su oreja. Mueve su cabeza buscando una respuesta en alguna parte del cosmos… en el sabor del pulque. “¿Qué querés de mí, Tonacatecuhtli? ¿Y ahora qué hago ante esta deshonra que he perpetrado?”

Apenas ayer, la serpiente emplumada estuvo enferma; pero un hombre de pelo canoso y sonrisa bonachona lo envolvió en sus tretas hasta darle el remedio…

—Tomala, Quetzalcóatl nuestro, y ya verás que te sentirás mejor.

—No, esto es normal que lo padezca, yo ya estoy viejo y endeble.

—Pero andá, bebé y no seás persistente, señor bueno, y ya verás que te sentirás mejor con el beso de la aurora en tu frente.

—Bueno, acepto un trago, noble anciano, pero advertido que con solo una medida tendré más que suficiente.

Y bebió… y bebió… una tras otra medida hasta las cuatro, y su sangre se hizo de pulque, y su ser se hizo pulque amargo y no dulce hasta que sus pies reptaron confundidos de izquierda a derecha, y volvió el vigor; pero con él sendos apetitos que antes no conocía.

“Estoy muy enfermo

por todas partes,

en ninguna parte están

bien mis brazos o mis pies;

bien desmayado está mi cuerpo,

así como que se deshace”.

Quetzalcóatl anduvo el pueblo con su mirada marañosa y pies abatidos. Hizo destrozos en todo lo habido y profirió, entre su raza, palabras injuriosas quebrantando, de este modo, las normas que él mismo había dictado. Cuánto desea, ahora, esconderse de Tula; pero no halla cómo ni dónde… no encuentra razón ni excusa.  No es digno para su pueblo y mucho menos lo es del lugar que ocupa. Llora, la serpiente emplumada, y por sobre la montaña que pisa da su último vistazo. Coatepec lo ve partir. Se echa en su barca y entre las aguas toma rumbo hacia el horizonte justo a la salida del sol. La serpiente emplumada se difumina entre los tonos ambarinos hasta transformarse en la estrella más brillante.

***

—¿Lo creerán, ustedes? —dijo Tezcatlipoca a sus hermanos y con una sonrisa en el rostro—. A Quetzalcóatl lo arruinó su propio corazón.

—¿Nos decís, entonces, que fuiste vos quien se disfrazó de aquel noble anciano a quien todos en el pueblo ahora buscan?

—Sí, mas lo cierto es que mi cántaro no contenía más que agua, ya que el pulque del desenfreno fermentaba en su propio corazón hasta entonces inquebrantable.

—Nadie es tan bueno para siempre.

—Verdaderamente, nadie lo es…


Sobre el autor.

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela.

Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

La leyenda de Bargas

Relato

Cuenta la leyenda, que hace cientos de años, el rey Felipe II dictó una ordenanza en tierras españolas, que según la tradición oral decía:

“Las prostitutas que habitan la Casa de Mancebía en Bargas, deben ser trasladadas fuera de la ciudad durante la Cuaresma, para que los hombres, sin la presencia de las busconas, eviten las tentaciones del pecado de la lujuria y en su lugar acompañen a sus mujeres a la iglesia”.

Por eso, a partir del miércoles de Ceniza, todas las meretrices eran llevadas al Arrabal del Puente, al otro lado del río Guadarrama y allí permanecían bajo la custodia del padre Putas hasta que llegase el primer lunes, después de Pascua, en que el padre las regresaba a la ciudad.

Este alejamiento permitía que en Semana Santa todos los pueblerinos, compartieran el sagrado recogimiento y la pasión del Señor con la Cofradía de Jesús de Medinaceli, quienes portaban hasta la iglesia de San Esteban de Protomártir las imágenes de Jesús de Medinaceli con la cruz a cuesta, atado a una columna en el sepulcro y la de la Virgen de las Dolores.

Pasado el ritual religioso, al lunes siguiente, la vuelta de las meretrices era aclamada por grupos de hombres viciosos y por algunos estudiantes madrileños que esperaban ansiosos celebrar el regreso de las cortesanas con una fastuosa fiesta, que se realizaba en las riberas del río Guadarrama con barcas engalanadas.

Las mujeres, enjambre de seducción, avanzaban en las barcazas con sus atuendos multicolores, despertando desde su embarco los eróticos instintos masculinos. A medida que las gabarras se acercaban a la costa, los vítores y aplausos de los presentes aumentaban hasta convertirse en un alboroto bacanal.

Las cortesanas descendían ayudadas por manos viriles que pujaban unas entre otras para asirlas y conducirlas hasta las mesas, donde serían homenajeadas.

Allí, estaba a disposición de las fauces hambrientas: el homazo, el pan de escanda, los bollos preñaos, las setas de cardos, las tortas, las castañas y las nueces.  Estos tradicionales manjares estaban secundados con abundante vino y sidra.

Primero, los presentes comían, bebían, hablaban atropelladamente y reían. Después de haber saciado los estómagos, los hombres emparejados con las meretrices se dirigían a la Casa de Mancebía para satisfacer sus deseos carnales y   zambullirse en el pecado.

Una noche, un joven estudiante no regresó al colegio después del bacanal y a la mañana siguiente el viejo celador dio cuenta de su ausencia al director, quien le ordenó que lo fuese a buscar.

El mozuelo estaba sentado sobre la grana, en la ribera del río, con los ojos ensangrentados de tanto llorar y con el corazón herido. El frágil núbil, lleno de pasión por el abrasante calor del primer amor, le había confesado a la cortesana, durante la noche, el loco sentimiento que lo consumía. Cuando la ingrata lo escuchó, se burló sarcástica de su sincero sentir. Ante esa situación, el joven inundado de dolor decidió permanecer en el lugar hasta que la meretriz cambiase de actitud.

Si bien el celador intentó consolarlo y convencerlo de volver al colegio, todo fue en vano, el estudiante permaneció a la intemperie, helado, cubierto de escarcha, esperando que la pérfida aceptase amarlo algún día.

Con el tiempo, el desgraciado se convirtió en una sombra; abandonó los estudios y no se supo más de él; hasta que una tenebrosa noche, unos mozos encontraron su cuerpo inerte a la orilla del río Guadarrama con la única compañía de una rana, que posaba sobre su cabeza.

La noticia perturbó tanto a sus compañeros que, por temor, se dedicaron a ser buenos estudiantes y no volver a la Mancebía.

 


Sobre la autora.

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata. Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.

Lilith

Relato

Todavía desconozco el por qué, pero decidieron llamarme Lilith. Las arcas del olvido estaban repletas desde los albores del tiempo, así que mi nombre no nació para ser recordado por los hombres.

Lo primero que recuerdo fue un atardecer de verano en una pequeña playa de arena centelleante, casi blanca, bajo un sol tan hiriente como el escudo de Júpiter. Algunas nubes carmín, recortadas sobre un manto azul cerúleo, a duras penas tapaban aquel implacable estío. Recuerdo haber visto por el rabillo del ojo algunos humanos caminando por la orilla. Se protegían con turbantes primorosamente enroscados y unas túnicas blancas de lino que los céfiros, caprichosos, hacían revolotear a su antojo. Yo (eso sí que permanece aún vivo en mi memoria) tan sólo miraba aquel horizonte. Silencioso, limpio, incólume. Como si la eternidad se detuviera por unos instantes para contemplar aquella inconmensurable quietud antes de que su muerte anunciada, se fundiera con aquel ocaso enrojecido.

Recuerdo perfectamente que yo sonreía. Sí, aún me veo a mí misma, allí de pie, sonriendo, pensando cuán eterno era aquel azul cobalto que contemplaba por primera vez. ¡Cuán diferente de los juncos y malezas del río de la Babilonia de mi infancia! Quizá ya sabía de su belleza antes de venir aquí, por eso nací sonriendo. Aunque eso, mucho después, los hombres lo olvidaron.

Me fijé en mis pies. Unos extraños montículos negruzcos de conchas, algas resecas y fragmentos rotos de estrellas de mar me rodeaban. Creo que llevaban allí desde el principio de los tiempos. Al principio vi que una burbujeante espuma de color lechoso emergía del mar justo debajo de mí. Observé cómo se creaban mis piernas. Luego la espuma ascendió un poco más y se formaron mis caderas y mis muslos. Al poco, el ombligo y el cuerpo. Era del color de la sal sucia. Quise tocarlo para cerciorarme de que aquella amalgama de salitre, roca y agua de mar era yo. Lo noté duro, pétreo, con el rugoso tacto que tienen los recuerdos. Al ascender más allá de mi vientre, aquella blanca efervescencia tomó forma de mujer, henchida, nutricia, enorme. Casi colosal. Recordé la descomunal sombra de los Atlantes, más allá del océano. Y, con la mirada, recorrí mis brazos torneados por el viento y mi pubis desnudo.

Entorné los ojos. Emborronado por las brumas del mar y la calima, apenas logré ver el mundo; un océano infinito salpicado de blanca espuma y, a lo lejos, moteadas entre la inmensidad azul, unas leves rocas parduzcas.

Cada tarde, el viento despeinaba mis cabellos, se ensortijaba entre las telas de mi peplo. La gente me miraba al pasar. Me adoraban, me reverenciaban. Es un regalo de la Madre Tierra, decían. Pero se sucedieron los lustros, las décadas y, atardecer tras atardecer, tan sólo presenciaba el mismo horizonte, una y otra vez. Las mismas nubes y el mismo tinte carmín en el cielo. Mi destino era la impertérrita inmovilidad. En aquel instante me di cuenta. Había nacido condenada a repetir el mismo inicio, la misma eternidad. Así, más allá de los días y las noches, mientras durasen todas las eras del hombre, como Ticio desde el oscuro Tártaro.

Allí de pie, apenas podía prestar atención a la arena, las conchas o a los hombres que, de vez en cuando, se acercaban movidos por la curiosidad. Pero aquello me bastaba. Sentía su presencia, oía sus risas y voces a lo lejos y eso era todo lo que necesitaba.

Una tarde incierta, un pequeño niño de ojos desmesurados, se acercó hasta mí. Su madre lo contemplaba como quien observa un frágil prodigio llamado a ser tan efímero como un susurro al viento. Aquella criatura menuda me retiró con sus manitas un papel que tenía adherido en un párpado, desde hacía días. Me miró con ternura y, con sumo cuidado, me desprendió tres o cuatro colillas que la gente me había incrustado en los pechos.

Recuerdo que no pude articular palabra. El niño me miró por un instante más, se encogió de hombros y, a la llamada de su madre, corrió despreocupado hacia ella. Jamás les volví a ver.

Aquella noche saludé a la Luna. Dije hola a las estrellas y los planetas y me dispuse a charlar con ellos como hacía siempre. De no sé por qué rincón, aparecieron más astros y la noche se tornó fosca y profunda. El viento sopló frío. Debí de quedarme dormida. No recuerdo haber soñado.

Cuando desperté, los puntos incandescentes del cielo estaban en silencio, como no queriendo molestar con su presencia y el viento caminaba de puntillas para no hacer ruido. Fue entonces cuando presté atención al Océano.

Venía por la derecha. Se acercaba implacable, con una furia que destruía todo a su paso. Titán era así, devastador y cruel como los ojos desorbitados de la Quimera.  Sin duda se había percatado de mi presencia. Hablaba con infinidad de voces, rumores y estruendos de gritos lejanos. Voceaba palabras desconocidas. Eran las voces del tiempo.

De pronto aquel océano cobalto de tamaño inconmensurable se movió en oleadas gigantescas de una espuma blanca y rizada que empezaron a avanzar hacia mí. Antes de darme cuenta me besó los pies, subió por los tobillos y se enroscó furioso por los muslos. Sin poder hacer nada, me envolvió con violencia, yendo y viniendo, con embistes de mar largos y lentos. El olor a salitre empapó mi cuerpo y me deshice en él, me impregné de él serpenteada en su espuma blanca, ardiendo de deseo, consumida en aquella efervescencia hirviente que me quemaba.

Y dejé de ser Lilith.

Fui invitada a reinar en el mundo de los atlantes como una diosa poderosa, omnipresente, perdida en la inmensidad de las aguas negras. Obtuve el favor del mar y de las oscuras profundidades y, aún hoy, hasta las díscolas sirenas parecen respetarme, las ballenas me cuentan la historia ancestral del mundo, y aunque perdí el recuerdo de los humanos y sus voces, yazgo con el dios Mar cuando nadie nos molesta. Solos, eternos.

 


Sobre la autora.

Silvia Tena. Doctora en Historia del Arte. Crítica de arte, investigadora, curator de proyectos expositivos y escritora. Ha trabajado para el MACBA, el MNCARS, Guggenheim, la Tate Modern o el IVAM. Ha sido profesora de Historia del Arte y de Estética y Teoría del Arte en diversas universidades. Es profesora invitada del Master de Gestión de Patrimonio de la Universitat Pompeu Fabra y Universitat Autònoma de Barcelona. Ha comisariado varias exposiciones de artistas contemporáneos. Colabora en diferentes revistas nacionales y en los últimos años ha publicado diversos ensayos y monografías sobre arte, estética, mitología, teoría crítica y diseño.

Como escritora, algunos de sus relatos han sido publicados en revistas literarias como La Lluna en un Cove y Noviembre. En la actualidad prepara su primera novela.

Las aves en cautiverio

Relato

Tito, Emperador del Imperio Romano, segundo de la Dinastía Flavia, quería imponer orden en los primeros años conocidos como después de Cristo (d. C.) y en la primera revuelta judía, instauró implacable la crucifixión. Castigo cuyo fin era intentar persuadir a través del escarnio público.

Cada viernes, daba instrucciones sumariales sobre quienes serían crucificados al día siguiente. De forma general le eran leídos los cargos de los enjuiciados por su gendarme de confianza.  Tito, ordenaba quién iba a sufrir por horas crucificado hasta la muerte, en un sitio establecido para este fin. Fue premeditada la selección del lugar del suplicio; visible para todo ciudadano en un terreno que hacía de berma a un cerro.

A la seis de la tarde de ese sábado, cuatro hombres fueron amarrados a sus cruces de purga. Un hombre saludable y joven podía soportar crucificado veinticuatro horas ya que no eran clavados cómo Cristo. Pero en términos generales, a las doce horas moría cualquier hombre.

Tito creó, tiempo atrás, un sistema para colectar aves. Lo perfeccionó y al sonido de un arpa ciertas aves acudían al llamado y permanecían en cautiverio, muy cerca del sitio seleccionado para la crucifixión colectiva.

El Emperador, se presentó a medianoche de ese sábado ante los hombres fijados en dos tablas. Hizo un recorrido lento por el corredor de muerte sólo iluminado por antorchas.

Los hombres suplicaban:

¡Piedad o muerte!

El Emperador, con una señal hizo soltar a las aves enjauladas desde el día anterior, que revolotearon por algunos minutos, liberadas al fin. Lentamente como danza aprendida se iban posando sobre las cruces.

Esa madrugada en que cuatro hombres estaban siendo ajusticiados, las aves volaron sobre ellos, se acercaron a cada uno desplegando las alas. A los minutos, muy pocos como siempre, fueron rodeando a los pecadores. Al primer hombre en la fila, lo rodearon casi todos los cuervos. Al segundo, al piso de su cruz se posaron los buitres. Al tercer hombre en la fila, las golondrinas aleteaban a su alrededor. Al cuarto, las lechuzas le querían sacar los ojos.

Tito caminó solemne delante de los condenados. Una delegación muy pequeña de la oficialidad lo acompañaba a prudente distancia.

Miró las aves.

Miró a los crucificados.

No se detuvo en su caminata de ida. Al desandar, se ubicó ante el hombre con las golondrinas y le preguntó:

―¿Por qué estás aquí?―

El hombre en principio no quiso contestar hasta que la punta de la lanza de un oficial del Emperador hizo sangrar su vientre y entonces dijo:

―Robé, Mi Emperador―

―¿Qué robaste?― preguntó Tito el Emperador

―Panes para mi familia― contestó el agonizante

―¿Cuantos componen tú familia?―

―Mis cuatro hijos mi mujer y yo― dijo con apenas aliento el crucificado.

―¿Cuantos panes robaste?― se interesó el Emperador.

―Cinco mi Emperador―.

El emperador lo miró y preguntó a su oficialidad si era cierto. Estos asintieron. Desvió la mirada a los otros hombres amarrados quienes suplicaban rodeados por buitres, cuervos y lechuzas.

Observó al ladrón de panes, al que silbaban las golondrinas y ordenó a sus hombres:

―Bajad a ese hombre de la cruz―

 


Sobre la autora.

Ana Estela González Angulo. Nace en la Provincia de Panamá, República de Panamá, en 1966.

Cursó estudios primarios y secundarios hasta el V año en el Instituto Alberto Einstein, en dónde en 1981,  ganó el IIº Lugar en concurso de cuentos de los Juegos Florales a nivel nacional, con un cuento corto titulado: “Imágenes”.

Licenciada en Química.

Luego de una larga suspensión de actividad literaria reinicio un nuevo ciclo en 2009 y ha participado en concursos vía internet y logrado:  2º Puesto, Diario Perú 21, República de Perú( 2010). Finalista en cuento erótico “Blog Diario de Meretriz de Lujo”, España (2014). Como parte de una antología en Editorial Literarte, República de Chile (2013).

Se mantiene activa como auditora ambiental y regente química en una empresa privada. Presta servicios como investigadora en la Universidad de Panamá.

El Lecho de Chacuey

Relato

Tomás iba siguiendo a Chacuey por aquel laberinto subterráneo y cada segundo le pareció una década. Tenía una extraña sensación de ligereza en el cuerpo, sin embargo se le dificultaba cada paso de aquel extraño paseo. Chacuey iba delante de él, y su antorcha expedía una luz azul verdosa que dejaba entrever, sin mucho detalle, escenas pasajeras a través de los umbrales que pasaban: una madre con el pecho desnudo trenzando el pelo de su pequeña hija, hombres con enormes peces en canastas tejidas y lanzas en las manos, un burén cociendo grandes discos de casabe… todo sumido en una semipenumbra tan solo alivianada por la antorcha de Chacuey …

Sin voltear, el muchacho le comunicó a Tomás que pronto llegarían a su destino y por fin podría descansar. El viajero suspiró con alivio. Podré descansar, repetía su corazón fatigado. Confiaba en su guía, el muchacho era su amigo y lo había sido por innumerables años, pero ¿cuántos exactamente? Cuando intentaba visualizar su rostro, le sobrevenía una confusa tribulación. ¿Hacia dónde lo llevaba? Chacuey, que parecía leer su pensamiento, le dijo no le eches más peso a tu cansado corazón. No pienses. Pronto descansarás en mi lecho… pero por más que intentara evitarlo, una de estas preguntas se clavó en la mente de Tomás más profundamente que las demás: ¿qué tipo de nombre era Chacuey?

Una luz acuarelada distrajo la vista del viajero, quien se desvió momentaneamente de su camino, impulsado por la curiosidad. A través de uno de los corredores de aquel pasaje subterraneo, la luz parecía atraerle magnéticamente. Tomás dio unos pocos pasos, subiendo escasos peldaños de piedras pulidas. De la luz manaba un ruido de voces, de agua, de vida.

Tomás, no te separes de mi, dijo Chacuey. Pronto vas a descansar.

Pero ya era tarde, le había perdido. Atraido por la luz, Tomás salió a la superficie. Tras varios intentos de reanimación cardiopulmonar y respiración artificial, expulsó toda el agua que había tragado. Quiso contar sobre su travesía pero le dijeron que no hablara, cuando llegó la ambulancia, ya lo había olvidado todo.

 


Sobre la autora.

Isis Aquino (Santo Domingo, República Dominicana, 1986). Poeta, narradora, gestora cultural y youtuber. Como gestora cultural cabe destacar su labor como fundadora del Círculo Literario “El Viento Frío” del cual fue coordinadora desde 2007 hasta 2017. Sus poemas aparecen en varias antologías nacionales e internacionales. Es autora de los poemarios Quod Scripsi (2011) y Balas Perdidas (2014), y la novela En la Cuerda Floja (2016). Actualmente dirige el “Ateneo Itinerante” (2019- a la fecha), proyecto con el cual busca fomentar la lectura entre niños y niñas de edad escolar.

El sueño eterno de Endimión

Relato

Ya los caballos de mi hermano Apolo conducen su refulgente carro hacia las tranquilas aguas jónicas. Quizá ni él mismo conoce los colores que ha desplegado sobre el cielo del ocaso.

Siempre, en el refugio de mis bosques, fui dueña de mis noches colmadas de solaz, de cacerías y rituales. Mas, ahora, al observar este cuerpo dormido, que reposa al amparo de los robles, presiento el fin de mi libertad. Mis labios me arrastran: desean rozar la piel que mis manos se niegan a tocar.

Aquel ardor vengativo que se apoderaba de mí se va desvaneciendo. Aquella ira, que a mi querida Calisto transformó en osa por abandonar su castidad, que al valiente Acteón convirtió en ciervo para que fuera devorado por su propia jauría, se ha debilitado.

Mi arco y mis flechas yacen abandonados sobre el follaje. Los ladridos de mis perros se pierden entre los árboles. Mis ninfas se retiran a sus cuevas cansadas de esperarme.

Hoy no quiero castigar a los amantes que buscan mi luz en medio de la noche. No deseo cazar, ni presidir sacrificios, ni bañarme en el río cristalino que se transforma en plata a la luz de mis senos. Esta noche quiero estar aquí, a su lado. Quiero acariciar su pelo negro y su pecho duro, besar sus labios rojos y su hermoso rostro brillante.

Ruego a mi padre que jamás lo despierte, que mantenga sus párpados cerrados en un sueño infinito, que toda esta belleza se conserve intacta y no acabe mezclándose con el barro donde, inocentes, los jabalíes retozan.

 


Sobre la autora.

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en universidades de Asia y África. En esos años investigó la literatura india y africana y publicó Los confabuladores nocturnos: relatos contemporáneos de la India, Lihaf: cuentos de mujeres de la India  y Cuentos a la luz de la hoguera.

Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas antologías y revistas de  literatura. Ha recibido premios y ha resultado finalista en varios certámenes literarios.

Actualmente reside en Valencia, donde se dedica la enseñanza y a la escritura creativa.

El Caso Paris

Relato

Un juicio hasta la fecha descatalogado. Del monte Ida pastoreando a los tribunales griegos. De hijo de reyes a pastor, pasando por juez y terminando como guerrero.

La radiante luz de Apolo perlaba el rostro del joven de barba corta y cabellera enmarañada, rozándole la nuca húmeda. Tomó asiento a la espera de su llamada en un alargado banco de pulido mármol. En otra habitación, una imponente sala abierta a la luz acogía a cada vez más gentío hasta rellenar todos los espacios en los bancos. Un viejo heraldo subió al estrado de gruesa piedra gris. Alzó los brazos y elevando la voz, clamó al cielo:

―Que se levanten los justos y desfilen los injustos por nuestro laberinto a la justicia para que este antiguo tribunal escuche, pregunte y juzgue.

―Ahora, todos los presentes dispuestos para ovacionar a nuestro ilustre juez Paris seleccionado por el gran Zeus.

Una oleada de vítores estremecieron los cimientos del Partenón. De haber cristales se hubieran partido en mil pedazos ante tal recibimiento.

Paris tomó asiento en la alta tribuna de piedra, colocando la manzana dorada a su vera. En la fruta, una inscripción rezaba: A la más bella.

A un lado se situó un escribano y al otro el heraldo.

―Tomen asiento, todos ―ordenó Paris―. Comencemos, heraldo.

El anciano asintió antes de volver a levantar la voz para afirmar:

―Todos expectantes para dar la más calurosa de las bienvenidas a nuestras hermosas, sabias y poderosas diosas que desean enzarzarse por el título de “La más bella“.

―Bienvenida, Hera, Reina del Olimpo.

Las puertas del tribunal se abrieron de par en par por un soberbio vendaval que barrió la tierra de la entrada y deslumbró a los espectadores más cercanos a la puerta principal.

El hijo del rey troyano Príamo agudizó su mirada al entrar la primera de las diosas.

Arqueros escitas alzaron sus armas desde la planta alta para la protección de la tribuna.

Con el cuello erguido y un severo rostro bajo una diadema, avanzó por el pasillo chasqueando su cetro contra el suelo hasta situarse a la izquierda en un cómodo trono. Levantó ligeramente su manto de plumas de pavo real antes de arrellanarse en el sillón. La faz de treintañera confrontaba con su expresión dura como el mármol de Carrara.

Paris contempló a Hera con curiosa atención. Era bella, sin duda alguna. Pero fría como el Tártaro, pensó.

El heraldo volvió a hablar:

―Bienvenida, Atenea, diosa de la inteligencia y las artes bélicas.

Hera se levantó al instante.

El rugido de las espadas al chocar llamó la atención de nuevo hacia la puerta principal. Atenea avanzó hasta situarse a la derecha, lo más lejos posible de Hera. Sus miradas fulgentes se entrecruzaron.

―Bienvenida, a la última de las diosas nominadas. Que pase la excelentísima Afrodita, diosa del amor.

Una hondonada de luz rosada resplandeció por toda la estancia. La hermosa diosa penetró bajo un áurea de luz, tras un niño pequeño que lanzaba pétalos sobre el suelo que la diosa pisaba.

Antes de que Afrodita llegara a su posición central entre Atenea y Hera, ésta última reclamó la atención de Paris.

―Mi ambicioso troyano, yo te ofrezco todo el poder que desees y me comprometo a otorgarte el título de Gran Emperador de Asia. Te convertirás en Sultán de Oriente y Rey de Asia, un hombre que controlará el inhóspito reino más allá de Grecia. Tierra de especias y ricas sedas. Serás más grande que tu padre y que cualquier otro rey y emperador de occidente. Tu poder no tendrá parangón. Ni siquiera el mar te pondrá límites.

Demóstenes con el ceño fruncido, escuchaba a su clienta mientras contemplaba la ligeramente ruborizaba mirada de Paris. A cambio de este servicio, al logógrafo se le concedería después del juicio, el poder suficiente para convertirse en político.

Tras un breve silencio en la alta tribuna, Paris volvió la mirada a Atenea. Era su turno.

Isócrates, el logógrafo de Atenea, le tendió a ésta una hoja. La diosa le echó un rápido vistazo y después la volvió a dejar caer en los brazos de su orador, aunque en este caso, un simple escriba.

―Mi heroico guerrero, yo te concedo la sabiduría, la prudencia y la posibilidad de vencer todas las batallas en las que combatas. Tus hazañas serán contadas por todos los rincones de este mundo y del siguiente. La astucia y el arte bélico que te concedo te permitirá adelantarte a tus enemigos por numerosos que sean y vencerlos con tan sólo un puñado de hombres. Tu padre se enorgullecerá y brindará con su corte a tu llegada de cada campaña en que te embarques. No tendrás rival ni tan siquiera en el Olimpo.

El público entró en revuelo, acrecentándose los cuchicheos. Isócrates escudriñó en los ojos de Paris un fulgor chispeante.

―Orden, pido orden, silencio y disciplina para esas lenguas ―vociferó el heraldo poniéndose en pie. Las sandalias zumbaron un extraño silbido. El juez palideció al descubrir que tras la apariencia de aquel viejo heraldo se escondía Hermes por petición de Zeus para controlar que Paris cumpliera como juez los designios del Rey del Olimpo.

Lisias susurró algo en el oído de su cliente, Afrodita. Ésta asintió con un sutil movimiento de cabeza.

―Mi seductor joven, yo te entrego lo que todo hombre desea en este mundo: el amor de la mortal más bella de este reino terrenal.

El reloj de agua sobre el podio más elevado del estrado descontaba gota a gota el turno de la dulce Afrodita. La Clepsidra contenía agua pura donada por el mismísimo Poseidón para la ocasión.

―Nadie os podrá dañar ―siguió la diosa―. Seréis enviados a través de la luna y las estrellas a un mundo onírico en el que el placer, la pasión y vuestros cuerpos se unirán culminando en un eterno orgasmo de ambrosía. Vuestro amor será inmortal.

Lisias sonrió. Este sería su texto más literario de toda su carrera como logógrafo.

Paris paseó la mirada entre las diosas.

―Dime Afrodita, ¿Cuál es el nombre de la presunta hermosa mujer? ¿Es griega? ―preguntó.

―Su nombre es Helena y es de Esparta. Y vuestro amor será causa de grandes acontecimientos. Todos conocerán el amor entre Paris y Helena. La historia de un verdadero amor.

El banquillo del jurado estaba atestado de pulcros ancianos de túnica y decrépitos rostros. Pero su opinión no importaba. Las diosas no deseaban el veredicto de aquellos sabios y viejos ancianos. Los seis ojos ansiosos de la tríada de diosas anhelaban por conocer el veredicto del juez pastor.

La última gota de agua cayó. Un extraño trueno a plena luz del día sorprendió a los asistentes al juicio. El heraldo se puso en pie y volviéndose hacia Paris, afirmó:

―Se acabó tu tiempo, troyano. Reflexiona, decide y ejecuta. Escoge a la diosa más hermosa y recompensa su belleza con la manzana dorada.

Paris suspiró. Cogió fuerzas y se irguió ante el estrado de piedra.

―He tomado una decisión.

Las diosas posaron, retorciendo sus cuerpos bajo largas túnicas de seda y gasa de distintos colores.

―Mi sentencia es a favor del amor. Acepto la proposición de Afrodita que a mi juicio es la diosa más bella de todo el Olimpo.

Los ojos encolerizados de Hera parecieron herir al joven pastor dentro de su cuerpo.

―El amor será tu destrucción, Paris. El poder que caerá sobre tu ser será recordado toda la historia ―sentenció Hera.

La diosa desapareció en una pompa de humo púrpura.

Atenea retomó la amenaza de la Reina del Olimpo.

―Te has rebajado a las pasiones humanas, oh Paris… Zeus te eligió por tu buen juicio, pero tu imparcialidad se ha visto fragmentada por las pasiones de la carne. Tu amor sea causa de penas y dichas que la humanidad no podrá perdonar jamás.

El silbido de un corcel resquebrajó los oídos de los presentes y Atenea se deshizo en el aire, dejando partículas blancas suspendidas en el aire.

Afrodita sonrió, satisfecha.

―Viajarás a la Corte de Menelao, rey de Esparta, y cuando Helena te mire a los ojos, se quedará perdidamente henchida de tu ser. Vuestras almas se entremezclarán en una amorosa red de cegador amor.

Paris asintió, agradecido con la diosa del amor. El heraldo golpeó ligeramente el hombro del juez.

―Has hecho un buen trabajo, pastor. Zeus estará satisfecho. Has cumplido con tu cometido.

El zumbido de las sandalias se intensificó cuando Hermes desapareció tras una columna tras la tribuna.

Afrodita pasó a ser considerada como la diosa del amor y la belleza. Y Paris, ese príncipe, pastor y juez, se condenó a vivir una de las guerras más cruentas e ingeniosas que la historia conoce.

Con la sangre de troyanos y griegos se saciaría la esencia más pura de la existencia: el amor.

 


Sobre el autor.

Luis Hernández Sánchez. El escribir lo configuro como un pasatiempo divertido y muy entretenido, que mejora mis redacciones y mi forma de escritura. También me ayuda a expandir mis sentimientos más profundos y exteriorizarlos de una manera tan inofensiva pero puntiaguda como es la escritura. Creo en la literatura como forma de expresión independientemente de lo bonito o bella que pueda ser el texto escrito. No todos logran ver belleza donde otros sí la ven.

He sido ganador y seleccionado para formar parte de antologías y otros concursos literarios como: II Premio de relatos cortos APDPE, VII Concurso Internacional Inspiraciones Nocturnas y VI Concurso Internacional La Primavera la sangre altera, entre otras antologías.

Egipto

Relato

Cleopatra se había quedado sola.

Primero murió César. En aquella época lamentó mucho su pérdida.

Ayer le dijeron que Marco Antonio, sintiendo la derrota, se había suicidado. Le extrañaría intensamente.

Ahora era su turno.

Se miró largamente en el espejo. Quería recordarse con precisión en la otra vida. Después se clavó una larga aguja. La ponzoña llegó a su corazón en minutos.

Cuando los sirvientes la encontraron, la incineraron, guardaron sus cenizas en una urna y se la enviaron a Octavio con una nota:

            “Esta es la única forma en que podrás exhibirme.

              Cleopatra, por siempre, Reina de Egipto”.

 


Sobre la autora.

Isabel María Lobato Jiménez. Me encantan las palabras desde que era una niña. Conocer sus significados, escuchar su musicalidad, contar historias con ellas. Cuando tomé la comunión me regalaron un diario y en él comencé a escribir mis pensamientos  y a crear cuentos.

Desde entonces he seguido escribiendo siempre de una u otra forma. Me gusta contar historias. Es una hermosa manera de viajar a otros mundos y a otras vidas. Y también una manera de compartir.

    *Finalista III Certamen de relatos Fundación pintor Julio Visconti 2018.

    *Segundo premio Concurso Nacional de cartas de amor de Mengíbar 2019.

    * Finalista IX certamen Picapedreros de Poesía, microrrelato y guión 2019.

    *Publicación  de un cuento  en ladoberlin.com (1/Nov/2019).

*Publicación de un microrrelato en libro digital “Cuidando los finales” Editado por RedPAL (Marzo  2020).

*Finalista  X Concurso de microrrelatos Leyendo a la luz de la luna 2020

Tres Hermanicas Eran

Relato

‘Tres hermanicas eran, blancas de roz, Ay ramas de flor!

tres hermanicas eran, tres hermanicas son’[1]

 

Las tres damas llegaron sin nada consigo, ni bultos, ni paños, ni casi palabras.

Ya que las que tenían, nadie podía entenderlas.

Llegaron arropadas de su nobleza, enmarcadas en la forma de los ojos,

almendrados.

Y por cierto llegaron con los bolsillos vacíos.

Menos una llave.

Tal que la gente del pueblo le atribuía algo misterioso a las tres, incluso alguien afirmaba con cierta persuasión, que procedían de un cuento de la Biblia, siendo tan judíos sus nombres.

Sea como fuese, llegaron y se quedaron.

‘En medio del camino un castillo le fraguó

de piedra menudita y laja alrededor’

 

Encerradas, pasaban los días rememorando sus antepasados, sus riquezas desperdiciadas, su tierra sobre todo.

Y soñando en esa tierra perdida.

Así que solamente en los días de mistral se le podía notar algún aliento de vida, en aquella casa donde habitaban.

Las dos hermanas mayores se escondían, cuando el techo parecía escaparse, mientras que la joven iba corriendo por todos lados, intentando cerrar ventanas y puertas.

Una lucha impar con muy pocas armas, debido a la débil madera de los marcos.

Ya que el viento, como huésped sin invitación, entraba por los portillos líberos de cristales, desde hacía años ya.

Y por despecho le tiraba el pelo hacia arriba, casi por llevárselo en su viaje de aire.

A la pequeña solamente.

Porque a las demás ya las dejaba en paz, con sus melenas bien recogidas bajo el broche del siglo XVI.

‘Ventanas hizo altas porque no suba varón’

 

Odiaba al viento, la joven, pero aguantaba las ráfagas con resignación.

La misma de cada día.

Aunque morando en aquella tierra cien años, siempre le recordaría que no le pertenecía.

Por tanto, las damas vivían alejadas de los demás, con la única preocupación

de cuidar lo poco que tenían.

¿Y que tenían?

Dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La llave.

Guardada en un lienzo de seda.

Rodeado por los cuatro costados, de un lazo verde.

Empaquetado en un papel polvoriento, en el que apenas se leían los letreros, si

alguna vez había tenido.

Muy antigua la llave.

Aunque ni se sabía que iba abrir, porque tres puertas tenía la casa.

Tres, una para cada hermanica.

Pero la llave existía desde antes.

Y por cuanto hurgaban las tres en su memoria, no lograban recordar.

Una amnesia onírica se había apoderado de ellas.

En la duda, la cuidaban como si fuese de la puertecita de las hadas hiladoras.

Pero la llave seguía guardando su secreto.

Desde el lienzo de seda, rodeado de un lazo verde, en un papel polvoriento, dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La hermana chica, que era la más fuerte, se encargó de vigilar la llave.

‘Por allí pasó un caballero, tres besicos le dio.

En el besico de alcabo, la niña se despertó’

 

Con el caballero la dama chica por fin se casó.

Saliendo de su casa para empezar la vida de esposa, miraba atrás de su espalda, como si el pasado le quedase pegado a la sombra.

Entonces quiso ver por última vez la llave.

Ya el cortijo quedaba en silencio, como abandonado.

Subió la escalera crujiente, alcanzó la habitación y la cajita de la mesilla de noche, el lienzo de seda, rodeado por los cuatro costados de un lazo verde, en un papel polvoriento.

Y al abrirlo, un torbellino con perfume de jazmines la envolvió toda.

Pero la llave no estaba.

Así la dama reconoció el único recuerdo inestimable.

El perfume de su tierra perdida.

España.

[1] Canción sefardí.


Sobre la autora.

Tiziana Palandrani. Nacida en Cerdeña (Italia), es profesora y etnomusicóloga.

Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras y licenciada en Etnomusicología en el Conservatorio de Música de Sassari (ambas titulaciones cum laude).

Dedicada desde hace años a la investigación del material biográfico sobre Fryderyk Chopin; su ensayo sobre el compositor será editado en el 2020 por Brepols.

Desde el 2010 lleva a cabo una sistemática encuesta de campo en varios pueblos de Andalucía para estudiar las saetas y las evidencias musicales de la Semana Santa andaluza.

Ha presentado resultados y materiales de su búsqueda en diferentes convenios internacionales.

Se dedica también a la poesía y prosa en italiano, sardo y castellano; sus composiciones han sido premiadas en Italia y España.

En el 2019 su documental etnografico ‘Colmena mística’, dedicado a la polifonía de Montoro (Córdoba), resulta finalista en Italia en la «Rassegna internazionale Vittorio De Seta».

Entrevista con el dragón

Relato

―Y usté me lo dice a mí, señorita periodista ―dijo el dragón, resignado―. Hace seiscientos treinta y dos años que cuido princesas. Pero nunca me tocó una como ésta. Uno se preparó para trabajar acá. No le voy a decir que, de joven, fuese mi vocación. Me hubiera gustado asolar Northumbria o las costas de Carelia, como aún suelen hacer mis primos; pero uno viene de una familia de cierta cultura, señorita periodista. Hubo ancestros míos cuidando princesas chinas en la dinastía Han, por poner un caso. Mi padre mismo custodió en Tolosa a Tindigota, la hija de Alarico; y a la Santa Berta, hija de Cariberto de París. Yo he cuidado a Ana, la Hermana de Basilio el Matabúlgaros; a Emma, hija de Richard de Normandía; a Isabel, Hermana de Casimiro el Grande. ¡Hasta fui contratado por Hakam, califa de Córdoba, para cuidar a su hija Fátima! Estudié Teología en Cracovia con el Santo Cancio, Magisterio en Cambridge con Scotus, Medicina en Padua con Pietro d’Abano, Derecho en Bolonia con Guarnerio, Trivium y Quadrivium en París; y aquí me tiene, cuidando a esta mocosa maleducada, atrevida, obscena y descarada.

―No es fácil mi trabajo, señorita periodista ―dijo el dragón, didáctico―. No se trata solo de custodiar la castidad de una doncella. Hay que educarla en la prudencia, el trabajo, la honradez y el silencio; mostrarle las bondades de una vida cristiana, los buenos modales y el buen trato. Se requiere transmitirle cultura; que reconozca sus privilegios y haga uso correcto de ellos; enseñarle a cuidar y educar a quienes serán sus hijos, administrar el hogar y mandar sobre los criados y sirvientes con responsabilidad y prudencia. Ilustrarlas en el arte de la escritura, la lectura, el dominio de idiomas, la ciencia y prepararlas para tañer aceptablemente un rabel o una zanfonía. Se debe instruirlas en el manejo de la rueca, en la costura y el hilado; en las tareas del huerto y el cuidado del ganado.

Luego, para ejercer su trabajo de custodio, uno debe dominar todas las escuelas de esgrima, el combate sin armas, saber enfrentarse a un caballero y conocer los puntos débiles de su armadura, superar la defensa de un broquel y la amenaza de una spada longa, conocer las técnicas de defensa de una plaza fuerte y, claro, ejercitarse constantemente en esto de echar fuego por las fauces.

Además, un torreón como éste no se mantiene solo: debo dominar las técnicas de albañilería y plomería; reparar roturas de paredes y techos, combatir la humedad, mantenerlo calefaccionado y habitable; y todo eso sin contar con sirviente alguno.

Con esta voluble, indecente, deslenguada y palurda: por otra parte, debí aprender a maquillarla, acicalarle el pelo y bajar al mercado a comprarle vestidos y zapatos hasta tres veces por semana. ¡Habrase visto!

―¡Ah, señorita periodista! ¡Absolutamente caprichosa, consentida, grosera, malcriada, y malhablada! ―dijo el dragón, enojado― Mire que con algunas he renegado bastante. Gailtergrima, hija de Gaimar de Salerno era tosca y ordinaria; y necesité quince años para que resultase en algo parecido a una dama, señorita periodista. Pero con ésta, ¡válgame Dios! No sé si es que uno ya está grande y ha pasado tres cuartos de su vida en climas inhóspitos, donde la soledad de esos parajes olvidados se hace insoportable; entonces, la paciencia mengua; pero esta insolente, jactanciosa y desconsiderada; le juro, me saca escamas verdes.

Antes, era normal que viniesen cuatro o cinco caballeros por año para liberar a la dama de turno. Los viajes eran largos, los caminos inexistentes y los salteadores gobernaban los páramos. Pero acá estamos a un par de leguas de la ciudad, el Camino Real se ve desde esa ventana y no se recuerda la última vez que nevó en esta sierra. Sin embargo, señorita periodista, hace como dos años que nadie viene a esta Torre. ¡No hay quién se preocupe por venir a salvar a esta desvergonzada, descortés, arrogante y desatenta! Y estoy seguro que de no haber sido por los escándalos de la corte; usté tampoco se hubiese apersonado por acá.

―Entre nos, señorita periodista ―dijo el dragón, confidente―, no se podía esperar otra cosa. Esta veleidosa, descocada, impúdica, desobediente e impertinente; es digna hija de su madre. No se entiende, señorita periodista, cómo un joven tan educado como el ahora Rey puede haberse enamorado de una suripanta que fue corista en los burdeles de Brüssel. Se dice que, en realidad, su padre, el viejo Rey, pagó una deuda de juego llevándola a Palacio y entregándole a su hijo en matrimonio. Se cuenta, también, que esta insumisa, rebelde, díscola y petulante no es hija del Rey, si no del dueño de una Casa de Juegos de Katowice. Y a uno no es que le importe, pero esta presumida, desaprensiva, caradura y sinvergüenza no se parece en nada a Su Alteza. Usté debe saber más sobre eso, señorita periodista. Yo digo lo que leí en las revistas. Porque yo no tengo contacto con nadie de la Corte.

Acá llega un carruaje con escolta de soldados, bajan a la doncella, me la entregan junto con una carta de puño y letra del Señor, con su sello, donde se hace constar que la ponen a mi custodia hasta la aparición de un Caballero que la rescate. Puedo mostrarle, en mi archivo privado, todas las misivas que guardo de quienes me han confiado a sus hijas o hermanas. En ellas ―es norma ancestral― se detalla qué características debe satisfacer aquel que quiera liberar a la prisionera: qué debo ver en ellos, cómo debo enfrentarlos o en qué punto debo dejarme ganar en el combate. Algunas de estas cartas acotan consideraciones más específicas: nacionalidad, religión o apariencia del pretendiente.  Incluso, Rodrigo Díaz el Campeador escribió, y cito de memoria: «Confíese mi hija María sólo al Caballero Ramón Berenger, Conde de Barcelona.». En cambio, mire usté esta carta del Rey. ¿Vé?: «Entregue mi hija al primero que aparezca». No se acota que deba ser un Caballero, ni Noble, ni nada. Ni siquiera debo luchar en su nombre. La última vez que vino alguien a preguntar por ella fue un cartero, que le trajo un Sirope de Rosas comprado, por correo, en la ciudad de Gabrovo. Intenté que se llevara a la princesa, pero él se negó; y llegó a batirse en encarnizado combate conmigo. Era muy valiente. Una pena haberlo matado.

―Esta desfachatada, procaz, indecorosa, frívola y chabacana; señorita periodista ―dijo el dragón, enumerativo―, ignora las más elementales normas de etiqueta. Le voy a contar una infidencia: Ha sido la única de las más de doscientas que he custodiado que me ha sacado de las casillas. Cierta vez estuvimos estudiando, durante dos meses, Protocolo y Comportamiento en la Mesa; y repasando las cien reglas del Menanger de París: mantener la boca cerrada mientras se mastica, tomar la ración más pequeña de la fuente; mantener el meñique limpio y seco si se va a usar para condimentar la comida, no limpiarse las manos en el mantel, no usar los cubiertos para higiene personal, limpiarse la boca antes de beber, y así las demás. Finalmente, cierto día le tomé el examen de rigor.  Me vi sorprendido por unos resultados razonables; hasta que, mientras estaba sentada a la mesa repasando la Regla Sesenta y Dos, inclinó su cuerpo hacia la derecha, levantó su pierna izquierda y dejó escapar una sonorísima flatulencia que movió hasta los velos de su ajuar. No pude contenerme. Me paré sobre mis dos patas traseras, abrí mis alas hasta que estuvieron extendidas de pared a pared, saqué pecho y sentí el fuego subiendo desde mis entrañas. El cabello tardó más de ocho meses en crecerle.

 


Sobre el autor.

Daniel Frini (Argentina, 1963) es Ingeniero de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de varios países. Publicó varios libros, siendo el último “La vida sexual de las arañas pollito” (2019). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010), , Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019).

 


Ilustración de David Demaret, compartida bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

Todas las mañanas de verano

Relato

Cuántos caminos polvorientos recorridos. Cuántas playas holladas con los pies desnudos. Cuántas risas, sonrisas: las mías, las de mis seres amados, las del hijo que contemplo esta mañana. Cuántas lágrimas, sollozos. Cuánta alegría; cuánto dolor. Cuántas briznas de trigo segadas a nuestros pies. Cuántos arroyos de los que fluye el agua clara, donde refrescar el cuerpo cansado después de la carrera, que, ahora, serpentean carmesíes de sangre. Cuántas monturas sobre las que cabalgar a galope tendido por las llanuras de Ilión. Cuántas las conchas recogidas a la orilla de este mar. Cuánta la sal que lo desborda. Cuántos los peces que lo surcan. Cuántas las naves que descubren su frágil velo y manchan este azul y verde y gris y negro inmenso, con sus velas coloreadas. Cuánto el brillo del oro, la plata, las joyas. Cuántos los aromas del incienso, que colman la atmósfera de este desolado palacio. Cuantos los olores que se cuelan por sus rendijas: vacas, estiércol, hierba, algas y brisa y sudor y sangre y cuero y metal y carne quemada en las piras funerarias y grasa del banquete. Cuántos sonidos: una fuente, un grito, una carcajada, un poema, una oración, un sorbo, un graznido, un relincho, una persecución, un silbido, una pugna, unos dados, una forja. Cuántos los recuerdos: de tantos años atrás, de ayer mismo. Cuántos los deseos que no se cumplirán. Cuántas esperanzas, cuántas premoniciones, cuántas decepciones. Cuánta la tersura del cuello de mi mujer, que descansa sobre ese lecho. Cuánta la dulzura en los bucles de su melena: reflejan los rayos de un sol que se desliza, perezoso, dentro de la habitación.

            Está dormida.

            Llora dormida.

            Duerme, amor mío, duerme.

            Nuestro hijo está en su cuna. Este hijo al que no veré crecer.

Querría estar a su lado para enseñarle; para aprender. Cuando diese su primer paso; cuando pronunciase sus primeros balbuceos; cuando domase su primer caballo; cuando cazase por primera vez; cuando acudiese a su primer convite; cuando se enamorase por vez primera.

            Amanece.

Es el alba de rosados dedos que acaricia apenas nuestras retinas, los tejados de la ciudad; que despierta, como una tierna amante, en sus lechos, al fornido herrero, a la afligida viuda, al pío sacerdote, al triste príncipe.

Respiro el soplo de la alborada. Es cálido, fragante, angustioso; está lleno de sombras.

Puedo discernir ya los muros, construidos por El que hiere de lejos, proyectando inmensas sombras sobre el campamento aqueo. También allí reviven los espíritus exhaustos. También allí hay uno que no duerme, envuelto en pesadillas en lugar de mantas. También allí hay, al menos, uno que no volverá a ver a su mujer y a su hijo.

Mi armadura: preparada. Tomo con cuidado cada pieza: la coraza magullada, las pesadas grebas, las densas crines satinadas que acarician el casco. Las miro como si nunca antes las hubiera tenido entre mis manos, como si pertenecieran a otro. Me las ciño al cuerpo con cuidado, sin prisa, moviéndome aún como si anadease entre la neblina del sueño.

Espero una señal, una revelación, un guiño divino que deslíe mis temores, que desanude este presentimiento de mis vísceras, que aplaste esta certeza, y me devuelva las fuerzas. Pero, delante de mí, solo se extienden los mismos paisajes. Noche tras noche; día tras día; lucha tras lucha.

En lontananza: firmes columnas de humo. Un cuerno llama al combate. Responden gritos.

            Andrómaca despierta.

            Me aparto de la ventana.

Mire adonde mire no acierto a encontrar reposo ni valor… salvo en este templo, que es sólo mío.

En tus párpados cuajados de lánguidas pestañas, en los rizos que coronan tu hermosura, en tu piel de alabastro del encantado Egipto, en tus labios de miel, en el deleite de tu cuerpo de gacela abatida, se reflejan todas las mañanas de verano; todas las cumbres, morada de halcones; todas las travesías hacia los lejanos emporios de Oriente; toda la madreperla y todo el ámbar; todos los manantiales cristalinos; todos los charcos de lluvia; todas las lunas llenas; todas las grutas secretas de la divinidad; todas las hojas, todas las flores; todos los poemas de todos los aedos; todas las melodías del arpa; todos los exquisitos sabores que han colmado nuestros paladares; todas las copas de vino especiado que no nos restan por beber; todas las noches que hemos yacido juntos y todas las que dormirás sola; todo el aliento; toda la vida; toda nuestra vida; todos mis recuerdos.

            Es mañana.

            Es hora.

            Parto.

 


Sobre la autora

Verónica Barrasa Ramos nació en Madrid (España), ciudad en la que actualmente reside, en el año 1978.

Licenciada en Historia, con especialidad en Historia Antigua, por la UCM, después de unos primeros años dedicados a la Arqueología, se ha desarrollado alrededor de la «arquitectura de contenidos», la formación, los RRHH y la tecnología, en diferentes empresas españolas y de ámbito internacional.

Durante todo este tiempo, ha compatibilizado su trabajo con proyectos personales de escritura creativa, habiendo sido agraciada con diferentes premios literarios y publicaciones.

La leyenda

Relato

Todo está a punto.

El último rescoldo del día se disemina como una telaraña por el cielo y lo tiñe de púrpura. La luz se abre paso entre los cerros y atraviesa la espesura del bosque sagrado; por las fisuras de las hojas perennes se filtra la claridad sesgada. Una bandada de color negro satinado planea con el viento y se asienta en los altos de los árboles: son grajos que se recogen antes de que el astro rey descienda.

En la planicie de la colina, una pira arde en el centro de un círculo de estacas, algunas de ellas con restos aún de anteriores vidas entregadas. En el aire vibran livianas las canciones de los asistentes: dos tribus vecinas, unidas en comunión, que participan en el rito. Juntas aguardan la ofrenda. El crepitar del fuego embriaga como una pócima y purifica la ceremonia. El nuevo año celta entrará cuando el sol duerma. Los antepasados de los arévacos y de los bellos serán rememorados, y Samhain, el dios de la muerte, se sentirá venerado.

Todo está a punto.

Apenas a unos metros de la hoguera, bajo el abrigo del roble más vetusto del carvajal, el escogido permanece delante de la pila del sacrificio. No es más que un adolescente honorado por la elección y enaltecido por aceptar la voluntad del pueblo. La nuca tatuada y los ropajes de gala, que no se llevará consigo, lo distinguen. En el escenario de la celebración, le acompaña su progenitor. Las manos desnudas del muchacho esperan de él el cinturón con la espada, el último atavío del ritual. Los ojos zarcos del padre se fijan en el hijo, con una mirada turbadora, de fondo indefinible, que atraviesa la del joven.

Del hombro paterno cuelga un zurrón donde guarda unas ramas de muérdago y un amuleto: la estatuilla en bronce del dios oso Arconi, protector durante generaciones de la unidad familiar. Bajo la atención sigilosa de un cárabo, la extrae del morral y la coloca sobre una piedra próxima al chico. Nadie dice nada, ni un murmullo; ni siquiera se percibe un chasquido del ave rapaz acomodada en el hueco del viejo roble. La quietud no se ve alterada, solo se oye cercano el beber apacible de los animales en el río Jalón antes de retirarse. La naturaleza se aplaca.

Todo está a punto.

La luna llena preside por fin la noche. No hay más luminosidad que la suya y la que desprenden el fuego de la hoguera y la de las antorchas que acaban de encender los presentes. El sacerdote que va a asistir el sacrificio se aproxima al muchacho, con el bastón de fresno en una mano y con la otra le ofrece un trago de vino para saciar la sed. Acto seguido, el místico eleva las manos al cielo estrellado, como si lo acogiera, y entorna los ojos, mientras dirige unas oraciones al firmamento.

Un silencio sordo se impone y un halo de misterio se apodera del bosque.

El elegido empieza a desnudarse. Se desata las botas, se desbotona la larga capa y la deja caer. Y antes de que se desprenda de la túnica, su procreador llega hasta él con la espada, pero no se la entrega.

Una inesperada ráfaga de viento se arremolina a los pies del privilegiado.

Samhain se estremece.

El padre se coloca detrás del sacerdote, levanta el hierro y, sin mediar palabra, le pasa el filo por la garganta. Del cuello sesgado brota la sangre, revestida de un reflejo de luna, que baña la pila y salpica el rostro y el rubio cabello del adolescente.

El cuerpo sacro se desploma, convulsiona. Raudo, el progenitor coge al vástago y la estatuilla del oso. Entonces la mirada del moribundo se le cruza, con las órbitas blancas fijas en él. Sorprendido, el hombre le golpea sin control en la cabeza con el bronce hasta que este se le cae de las manos. Con impavidez, intenta espabilar al chico, aletargado por los efectos de una pócima; mientras, el cárabo ulula. La inacción general es absoluta.

Ante el desconcierto, padre e hijo aprovechan para emprenden la fuga a tierras romanas, sin el dios oso protector, que queda olvidado y ensangrentado en la pila sacrificial. La espesura del bosque los acoge, y la luna de henchida esfera les abre camino. Los huidos se acercan al río, que embravece al notar su presencia, y limpian la espada en sus aguas, que enrojecen.

Un conjunto de estridentes graznidos alza el vuelo.

Todo el territorio de la Celtiberia siente la furia de Samhain.

La leyenda está a punto.


Sobre la autora.

May (Mª José) Flores Manzano, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona (1997). Carrera profesional: ámbitos editorial y periodístico (Parramon Ediciones y La Vanguardia de Barcelona. Actualmente: profesora de Lengua Castellana y Literatura en Barcelona, España.

Premios:

-Primer Premio Narrativa Corta en XIII Concurs de Poesia i Narrativa, (Associació Badalona Poètica), diciembre 2019, con el relato Sense alè (‘Sin aliento’).

-Accésit en el VI Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo 2020:  Mediterraneum mare.

-Premio Certamen de Cuentos Infantiles sin Fronteras de Otxarkoaga (Bilbao), abril 2020. De puntillas.

-Finalista VII Premi de Contes Tal com Sents 2019 y en VIII Premi de Contes Tal com Sents 2020. Instituto Investigador Blanxart, de Terrassa, Barcelona.

Finalista: VI Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo 2020: Huesos sin nombre.

Publicación: Contextualización de los afijos des-, in-, -ble y -do para una base XA, en el Anuario de Filología de la facultad de Filología Románica (UB).

Camino a la nada

Ficción, Relato

La lluvia, los años, el frío, “algo” me conduce a enfrentarme con mi espejo interior. ¿Espejo? ¿Conciencia? ¿Mente?  Si se te ocurre otra denominación, úsala por mí; pues no me voy a detener en ese detalle. Mi conflicto es: ¿Quién soy?

No soy lo que soy; no soy lo que parezco ser y tampoco lo que creen que soy. Un torbellino de pálidos azares me fue moldeando a su antojo desde el mismo momento que fui engendrada.

De circunstancias, dirás tú.

No, de azares. De esas casualidades externas que penetran en la esencia del ser produciendo distintos efectos para distorsionarlo, aún, cuando no eres consciente de que existes. Naces con la reencarnación de los deseos paternos, con sus frustraciones, con sus sueños incumplidos, con sus temores, con su concepto de  vida y con el proyecto que pergeñaron para ti.

Allí, van embutidas las conductas sociales, los prejuicios, las normas que debes incorporar para autoproclamarte  “un ser civilizado”.

Allí, plasmaron en tu ADN, la historia ancestral que no pediste, de generaciones y generaciones.

Y yo, ¿dónde estoy?

¿Dónde está mi esencia pura?

Si me barnizaron con el poder, la ambición, los ritos, las costumbres desde mi inicio. Por eso, no soy lo que soy; ni lo que quiero ser; tampoco lo que los otros creen que soy.

Veo una imagen que se refleja distorsionada en mi espejo. No me reconozco. Me busco, pero mi vista se pierde en el espacio y no me encuentro. Me esfuerzo por descubrirme y todo se desvanece.

No soy. Soy la nada.

En mi intento de rescatarme de la nada, comienzo a caminar por ese túnel oscuro y compacto de mi interior. Estoy deambulando a ciegas; palpo sus paredes; son rígidas y frías; sigo avanzando con mucha dificultad y a lo lejos diviso un tenue reflejo que me alienta a continuar. Apuro mi andar, el muro se ha convertido en un grueso tabique de vidrio; me acerco y miro a través del cristal. Están mis padres, son jóvenes, ríen, se abrazan. Mamá posa sus manos sobre su vientre. Hablan, pero no los puedo oír; les hago señas; golpeo el vidrio. No me ven.

Me siento mal, confundida; debo salir de esta prisión siniestra; titubeo; lloro, y mientras atravieso mi dolor, camino y entre lágrimas diviso otra ventana. No sé si es una ventana o  una pésima jugada a la que me somete mi llanto. Me asomo; hay una niña muy pequeña; está en su cuna blanca; miro la habitación y la reconozco. ¡Es el dormitorio de mis padres! ¿Y quién es la pequeña? Acaso, ¿soy yo? La observo, río, imito el movimiento de sus manitos y de nuevo la oscuridad. La espesa oscuridad.

Estoy agotada; mis piernas se niegan a avanzar;  me acurruco como puedo en el piso; la pesadez de mis párpados me obliga a cerrar los ojos. La oscuridad es la misma, hasta que me descubro parada contra una columna, mirando jugar a mis compañeros del jardín infantes; luego,  me veo en primer grado y con él, percibo el dolor familiar por la muerte del abuelo, las lágrimas desparramadas por doquier, la carroza fúnebre.

Todo transcurre como en una película en cámara lenta; se asoma mi adolescencia  y me estremezco ante el primer beso intenso que captura  mis labios; todo mi cuerpo arde y con ese frenesí, gozo. Más allá, está la graduación de maestra, los niños, las prácticas, los miedos, las fatigas. Detrás, mi carrera de profesora, las palabras, las frases, los libros que descubro y me descubren.

Las imágenes adquieren una velocidad  impetuosa, y con vertiginosa rapidez pasa el amor, mi casamiento, el nacimiento de mis hijas; quiero detener esos instantes, pero no puedo; se suceden sin descanso; no me dejan disfrutar los momentos vividos; apenas las veo crecer y de pronto, surge un sentimiento tierno, rejuvenecedor, desconocido y placentero; son mis nietos; quiero abrazarlos pero ellos me saludan, ríen y se van. Ellos, también desaparecen.

Me incorporo; no sé si soy yo o mi espectro; avanzo a tientas No sé cuánto tiempo llevo caminando porque lo hago alentada por el presentimiento de arribar al final del túnel.

Mis fuerzas se van diluyendo con el andar y con el fragor de los sentimientos revividos hasta desfallecer. Desconozco cuánto tiempo estuve inconsciente, pero al abrir los ojos, una luz resplandeciente, serena me impulsa a seguirla; me siento su esclava.

Camino y camino. Comienzo a sentirme en paz; siento haber encontrado el camino para salir de la oscuridad. El túnel desaparece y ante mí, aparece una lápida. Leo el nombre.

Es mi nombre.

 


Sobre la autora

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata. Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.

Bestiario marino

Relato

Eran las dos de la madrugada. El mar se mecía tranquilo, acompañado en el cielo por nubes que disfrazaban la luna. Marcos, biólogo marino de la región de Magallanes, arrastró por la arena un bote pesquero hasta la orilla. Su hijo, Pedro, de doce años, le observaba a cierta distancia con curiosidad.

—Sube —le pidió Marcos.

El joven subió y de inmediato Marcos empujó el bote hasta internarlo en el agua. Entonces abordó y, tomando ambos remos, guió el bote hacia alta mar.

—¿Viniste a trabajar?

—No. No, hijo. Quiero conversar contigo algo importante.

A lo lejos se distinguía la silueta de una isla, acariciada por leves rayos de luna. El sonido de las aguas chocando contra las rocas, creaba un inquietante coro. Parecían murmullos acurrucando el silencio nocturno.

—¿Alguna vez te hablé de los bestiarios medievales?

Pedro negó con la cabeza.

—Eran recopilaciones de historias ilustradas acerca de bestias y animales extraños. Antes que la ciencia se perfeccionara, era la única forma de la gente antigua para describir a las criaturas que desconocían. Había uno que siempre llamó mi atención, creo que se titulaba Physiologus, escrito en Grecia, y en él había el dibujo de un enorme monstruo marino devorando una embarcación fenicia. ¿Sabes, hijo?, parece curioso, pero fueron esas historias las que me llevaron a trabajar en lo que hago ahora.

Pedro sonrió nostálgico. Se dio vuelta y en la punta del bote, opuesta a donde estaba su padre, se afirmó dejando los brazos sueltos con las manos hundidas en el mar. Su rostro no se reflejaba, las aguas le respondían con un color oscuro solo pincelado de tanto en tanto por la luna, cuando las nubes la desenvolvían. Marcos paró de remar. Levantó la cabeza y miró la bóveda celeste. Más allá de la capa nubosa, se distinguían estrellas que pestañeaban como si fuesen espectadoras de algo único e importante.

—Deben haber allá abajo, en el fondo del mar, tantas o más criaturas extrañas, que el número de estrellas que hay en el espacio.

Pedro se dio vuelta. Miró con extrañeza a su padre. Luego, también levantó la cabeza. Volvió a sonreír con melancolía. Una estrella fugaz pasó, pero no pudieron percibirla.

—¿Has visto algo extraño allá abajo?— la voz de Pedro era suave. Parecía despertar de un letargo que ya duraba años.

—Sí, hijo. He visto muchas cosas extrañas… En el fondo abisal existen criaturas que te hacen pensar que todas las leyendas y todos los mitos acerca del mar son reales. ¿Te cuento algo que sucedió aquí mismo, en el mar chileno?

Pedro hizo una mueca. Regresó a su posición en la punta del bote, con la cabeza hacia el mar y las manos siendo arrastradas.

—Bueno, cuéntame.

Entonces, Marcos reinició su tarea de remar.

—Aquí hubo batallas entre corsarios y soldados españoles. Los corsarios trabajaban para la Corona de Inglaterra y la de Holanda. Eran una especie de piratas, con la diferencia que los reyes de sus países los protegían y ayudaban con armamento. Pues bien, esto que te contaré muy pocos lo saben, pero antes de que el corsario Francis Drake se dirigiese a atacar el norte de Chile, tuvo una pequeña escaramuza en estas aguas contra una flota española. Sucede que era 1578 y aunque había una tregua entre Inglaterra y España, Drake rompió con las reglas. Lo interesante es que esta pelea no se definió por el poder bélico de uno y otro bando. Se dice que tanto las embarcaciones de Drake como las de los españoles fueron destruidas por una enorme bestia con forma de pez pero con piel de lobo marino. La criatura destrozó a los españoles. Solo Drake logró escapar y ante el destrozo de sus víveres se vio en la obligación de asaltar Valparaíso y La Serena.

Pedro oteó el horizonte. Una brisa helada llegó hasta su rostro. Cerró los ojos. El eco inquietante adormecía sus sentidos. Las palabras de su padre se escuchaban como un monocorde canto de sirena.

—Existe otra historia, también del mar chileno. Corría el año 1587. El corsario Thomas Cavendish circunnavegaba las tierras chilenas. Al atravesar el Estrecho de Magallanes, su embarcación fue víctima de los coletazos dados por una criatura, según dijeron los tripulantes, con forma de pez pero cuya piel era muy parecida a la de un perro. Esta vez pudieron observar sus extremidades. Según dijeron, tenía dedos casi humanos. Cavendish, asustado, recaló en el puerto San Felipe II. Aquí se llevó una sorpresa al encontrarse con un grupo de personas famélicas. Por ello cambió el nombre del puerto al de Puerto del Hambre. Luego escucharía, de la boca de esa gente, que había una criatura que por las noches destrozaba sus sembrados y devoraba sus alimentos. Sí, era aquella misma bestia.

Pedro abrió los ojos. Suspiró. Nuevas islas aparecían en derredor. El mar aumentaba su movimiento. El eco, de a poco, iba tomando la forma de un grito. Aún así, Marcos avanzaba.

—¿Y tú, hijo? ¿Te sabes alguna historia?

Pedro, siempre mirando hacia el horizonte, negó con la cabeza. El bote se bamboleó.

—En ese caso te contaré una historia más, ocurrida en estas aguas. El año 1600 una embarcación de un corsario holandés, llamado Baltasar De Cordes, zarpó desde Chiloé al encuentro de una nave dirigida por el español Francisco Del Campo. Si bien el triunfo de los españoles se dio en tierra firme, la batalla marítima fue la que marcó el suceso: una bestia marina apareció del mar hundiendo la embarcación holandesa. Los soldados que vieron a la criatura, dijeron que esta tenía forma de pez, piel humana, y su cabeza era del porte de un elefante. Su rostro horrible parecía el de una calavera.

Al terminar el relato, Pedro se dio vuelta y se sentó de frente a su padre. Lo observó fijo a los ojos. Marcos detuvo su remar. El bote quedó presa de las olas que de a poco surgían a medida que la luna se iba deshaciendo de su ropaje nebuloso.

—Nunca había escuchado esas historias.

Marcos se puso serio. Observó hacia lontananza. De una isla emergió una figura. Dio una ronda y de nuevo se perdió en la oscuridad. La brisa marina llegó en forma de un silbido antediluviano.

—Por eso te las cuento, hijo. Porque yo las sé…

—Creo que ya no estoy para ese tipo de historias.

Un golpe fuerte se escuchó en una de las islas. Era como el desprendimiento de una roca. Era como la caída de una estrella.

—Papá. Dime por qué estamos aquí.

Marcos se llevó una mano a la cabeza. Luego suspiró.

—Una vez, llegué con mi equipo de trabajo al fondo abisal. Aquí mismo, bajo el mar chileno. Descubrimos un enorme pez del género Melanocetus. Y eso es raro porque este animal es del trópico, no del sur. Debió medir al menos unos cinco metros. Poseía dientes afilados y los mostraba en señal de amenaza. Además tenía en su cabeza una antena bioluminiscente  para guiarse en la oscuridad y para conseguir sus presas. El caso es que cuando lo vimos, cada uno de nosotros se imaginó algo distinto. Esa bestia tomó la forma de nuestros miedos más ocultos. Para mí, esa criatura era la misma de las historias que te he contado.

—Papá. Cuéntame la verdad.

Un sonido muy parecido al del canto de una ballena se escuchó de forma lejana. El bote se bamboleaba con más intensidad.

—Hijo… Las cosas con tu madre no van bien. Voy a tener que irme de la casa… Piensa en las historias que te acabo de contar. Cuando dos flotas enemigas o cuando dos personas se enfrentan, nadie triunfa. Los dos salen heridos.

Un grupo de animales asomó en una isla y miraron hacia el cielo. Pedro volvió a tomar su lugar en la punta, mirando el mar y arrastrando las manos.

—No sé, papá… Yo creo que sí triunfó alguien: el monstruo.

Las nubes dejaron desnuda la luna. La marea subió. Un eco y una serie de silbidos iban y venían, acompañados por las olas inquietas. El bote giró a uno y otro lado. Dentro de él, padre e hijo se sumieron en un silencio solo roto por el bramido del mar.

Sobre el autor

Rodrigo Guillermo Torres Quezada es chileno, Licenciado en Historia de la Universidad de Chile. Tiene 33 años y ha publicado los libros Antecesor (editorial Librosdementira, 2014), El sello del Pudú (Aguja Literaria, 2016), Nueva Narrativa Nueva (Santiago-Ander, 2018) y Filosofía Disney (Librosdementira, 2018). Además ha publicado en diversas revistas y hace reseñas de cine en la página ExperimentalLunch.cl

Asiria

Relato

Mi vida ha sido marcada por la gloria, y como a tal, le prosigue la caída.

No hace mucho que el pensamiento de escribir mi memoria ronda por mi mente, tal vez con la motivación de una última esperanza: que al escribir –lo único que aún no he hecho– pueda librarme por fin de mi encierro. La tarea no me ha sido fácil. Años y años he tenido que esperar acumulando hojas marchitas que se desprendían de los árboles que en algún momento mandé a sembrar y que, gracias a la ayuda de un generoso viento ocasional, me llegan a través de la diminuta ventana que con dificultad alumbra mi confinamiento en esta torre de arena. Ya perdí la cuenta de los años que he permanecido aquí: 20, tal vez 200, podrían ser 2.000. Algunos recuerdos se me hacen tan distantes que identificar su veracidad me resulta complicado, pero haré lo mejor que pueda.

Desde el instante que tuve uso de razón lo supe, tengo sangre real. Una diosa fue mi madre, salida del mar, de gran poderío como todos los grandes seres que provienen del húmedo vientre del mundo, precediendo a todos esos pseudodivinos que ahora se hacen llamar enviados del Sol. Hablo de un tiempo cuando los hombres tocaban la tierra con sus rodillas en auténtica devoción y todavía no apuntaban con soberbia su dedo hacia el cielo. Época de exploradores y místicos; de toros y de señores del mar a quienes este animal representaba, antes de que los carneros y los peces invadieran las artes.

En mi primera prueba, con escasas semanas de haber tomado la forma de retoño humano, me vi perdida, sola en el desierto; pero morir en ese instante no era lo que el destino había grabado en la piedra. Durante varios días mis respiros fueron asistidos por milagrosas criaturas aladas, de blanco plumaje como las nubes, y como mi corazón… en aquellos tiempos.

Un pastor me encontró y me hizo su niña, también completó mi existencia al ponerme nombre. A pesar de la humilde crianza, nunca menguó la preeminencia de mi temperamento irrigado por mi sangre divina. Estaba segura de que no iba a pasar mucho tiempo antes de captar la atención de un hombre poderoso, dirigente de naciones, y cuando ese momento llegó, asentí definitivamente en mi sospecha: mi destino era gobernar. Mi esposo era inteligente, fuerte, servicial; pero su razonamiento era fácilmente opacado por mis consejos. Su fuerza no era nada en comparación con mi astucia, y su necesidad de complacencia me mataba de aburrimiento. ¡Oh, simple comandante, camello débil, conformista!, ¡te pude haber convertido en rey, pero tu espíritu era el de un simple lacayo!

Recuerdo muy bien aquel día de Akitu, tenía unos escasos 20 años. Nos presentamos en el palacio del rey, en donde el reflejo del sol que acentuaba su corona hacía resaltar la infinidad del desierto en mis ojos. Me clavó con su mirada, inmediatamente. Firme monarca, con sed de tierra, vástago del fundador de la tierra de Sinar, un hombre un poco más cercano a mi altura. Vio en mí a una estratega implacable, una figura digna de venerar y el aroma de una amante insaciable, por lo que le propuso a mi marido desprenderse de mis virtudes. Este se negaba, alegando que mi ser era para él la vida misma, pero tenía que comprender tarde o temprano, por las buenas o por las malas, que mi existencia a su lado era antinatural: iba en contra del glorioso curso que los astros me tenían previsto. Finalmente cedió mi mano y posteriormente se ahorcó. ¿No les dije que era débil?

Ahora reina soy, pero aún las cartas no me convencían. Había muchas personas en el trono: dos. Varios años pasaron de expansión y poderío hasta que el rey fue herido en batalla. Me cedió poder absoluto en su nombre hasta que pudiera recuperarse, y en efecto, en su nombre lo hice asesinar.

Ahora bien, estimado lector, usted creerá que tiene el derecho de juzgarme por mis acciones, pero le ruego por su paciencia.

Estos hombres acomodados en sus sillas brillantes se niegan a ver más allá del horizonte. Mi reino y yo éramos uno y nuestro nombre no iba a morir con mi carne. Y créanme que de eso me encargaría. Testimonios en piedra levanté y mis milagros fecundaron los áridos suelos dentro y fuera de los Dos Ríos. Antes de cumplir mis 30 años había demostrado ante varios pueblos que era posible hablar con los enemigos sin despertar su furia, pero los hijos de un tal Aquemenes se quedarían con el crédito, diplomacia le llaman ahora. Casi en mis 40 vi el potencial que tenía un pueblo abandonado por el castigo del cielo, y altas murallas coronadas por leones como ninguna antes vistas erigí y fortalecí ante los celosos ojos de los caldeos; y para colorear sus austeras superficies, hice traer plantas de las orillas del mismísimo Éufrates que se esparcieron sobre los tejados esmaltados siglos antes de que un megalómano y delirante rey decidiera emular una hazaña similar. Casi a mitad de una vida hice una pequeña visita a la tierra de los faraones, y al dios-hombre de las Dos Tierras lo hice arrodillarse para que nunca se atreviera a olvidar que entre él y el Sol siempre iba a encontrar a alguien más. Llegando a mis 50 expandí mi reino más allá del desierto y al este conocí a los hijos de Rama y la ciudad de los elefantes, mucho tiempo antes de que los ancestros de un jovencito siquiera pensaran en un mundo más allá de Macedonia.

Tantos años glorificando mi nombre y el de mi tierra, que fue tarde cuando me percaté de mi único error, el que provenía de mi propio vientre. Oh, hijo débil y cobarde, como su padre el burdo rey: oportunista, traidor, ¡blasfemo! Puso a la población en mi contra, y los 40 años en que mi reino era equivalente a lo conocido se vieron amenazados. Pero mucho tiempo más he permanecido encerrada aquí desde el día que abdiqué. Y que quede claro, mi reino no me lo quitaron, yo lo cedí, al fuego y a la perdición.

No me es preciso describir la cantidad de tiempo que ha pasado desde que vi por última vez los valles y las praderas de cebada, ahora compartiendo este espacio de un qanû con las voces de los antiguos dentro de mi cabeza, única morada que les queda tras su destierro a manos del que ahora la plebe llama “el dios único”. He visto desde la ventana, casi tan pequeña como mi cabeza, árboles inmensos ser arrasados y crecer de nuevo, una infinidad de veces. He visto construcciones derrumbarse, la arcilla secarse y el ladrillo desmoronarse. Ciudades emerger de la arena y ser arrasadas por el agua desbordada de entre las venas de la tierra. He presenciado guerras y exilios, capturas y ríos de sangre fundirse con los granos de arena del desierto…, y aún espero, sigo esperando lo que en un sueño se me profetizó: mis amigas emplumadas, blancas como las nubes, como mi corazón en algún tiempo, regresarían por mí y yo volaría con ellas. Me asomo cada mañana al despertarme y cada noche antes de acostarme. He visto monumentos de roca con mi imagen y mi nombre siendo erosionados por el viento, y entonces comprendí que ni siquiera la memoria le puede ganar al tiempo.

Regresamos al comienzo, querido lector. En un intento desesperado por guardar mi cordura, para no permitir que la locura termine de ahogar mi alma, emprendo la carrera hacia mi última conquista. Ya no la de mi memoria, sino la de mi liberación. Así como el polvo proviene de lo que alguna vez fue un testimonio sólido, de la misma manera ya no recuerdo mi nombre. ¿Para qué es la vida, sino para recordarla antes de morir?, pero, ¿y el que no puede morir, de qué le sirve recordar? Escribo sobre estas hojas envejecidas para que, si en algún momento sucumbiera ante la demencia sin llegar todavía a perecer, que el mundo que intenta desintegrar todas las bases que erigí no me arrebate mi esencia.

Nacimos en una era de dioses y diosas, adornada de paisajes salidos del sueño de quienes despertaron con el mundo, en donde el milagro venía acompañando al primer rayo de sol; pero al mirar ahora por la ventana sólo veo la endeble y fétida mano del hombre. Y a los reyes de este mundo en constante cambio, mejor decir, en constante decadencia, aquellos que avalaron mi exilio, les digo, lo que les duele no es que yo haya sido ambiciosa, tampoco que haya sido pionera, lo que les duele es que haya sido mujer.

Miro por la ventana una vez más. En ocasiones menos frecuentes veo a padres de la mano con sus hijas e hijos. Grito y muevo mis brazos con furor desde la pequeña ventana; pero ellos no alcanzan a verme, no alcanzan a oírme. La torre en la que me encuentro hace mucho que fue derribada, y desde entonces las gentes ya no se logran entender.

Nota: Relato basado en la historia de Semíramis, fundadora de Babilonia.

Sobre el autor

Felix Alejandro Cristiá, puertorriqueño criado en Costa Rica. Ha publicado relatos en varias revistas literarias y ha colaborado con artículos sobre filosofía y literatura para distintos medios.

La balada de Duir y su amor galante

Relato

Mi amado me habla siempre con palabras suaves. Acostumbra describirme, dulcemente, alabando mi tersura al contacto de sus manos, mi perfil marcado, mi aroma «a majestuosidad de la madera del roble» como suele decir, y razón por la cual me llama Duir; que es la palabra con que los viejos druidas nombraban al Árbol.  Él dice que tengo su energía, su nobleza y su fuerza, y también dice que soy resistente, flexible y ágil como el acero de Mondragón, el mismo con el que hacen las espadas toledanas los tenaceros de las ferrerías de Soraluze y Tolosa.

Con voz cansina, me cuenta de su pasado en las filas del ejército del Rey Carlos, cuando participó en el incendio a  Medina del Campo, bajo las órdenes de Adriano de Utrecht; y las victorias sobre los comuneros en Tordesillas y Villalar; y de su intervención en las ejecuciones de Padilla, Maldonado y Bravo; de sus cabezas expuestas durante nueve días en el garavato de la Plaza Mayor; y cómo después el mismísimo Rey lo elevó al cargo que mi dulce caballero ocupa hoy.

Me habla con los ojos empañados en lágrimas de emoción. Dice que así se siente al verme y acariciarme; y yo me veo transportada a la gloria de la felicidad. Dice, también, que cuando me abraza es el hombre más poderoso del mundo; más aún que Carlos, aunque éste reine sobre Castilla y Sicilia y Nápoles y las Indias y todo el Sacro Imperio. Entonces, me siento una princesa y brillo aún más para él.

Él me sujeta con sus brazos fuertes y seguros. Recorre mi figura con sus manos ásperas y siento, sin embargo, sus suaves caricias. Me toma firmemente y eleva mi cuerpo en el aire. Allí quedo estática, por un instante que es toda una eternidad. La visión es hermosa: yo, en lo alto, sostenida por el hombre que es mi razón de existir; él, gigante, con su cuerpo atlético tensado hasta el punto en que parece estallar, su melena azabache apenas movida por la brisa veraniega; su torso desnudo, sudoroso; parado sobre los dos pilares que son sus piernas, separadas apenas para lograr un correcto equilibrio; en una danza que hemos repetido cientos de veces. A los pies de mi amado, arrodillado y con su cabeza en el cadalso, está el Maestre Condestable Don Martín de Cardés, reo acusado de pecado nefando por el Santo Oficio de la Inquisición, y relajado a la Justicia del Rey que lo condena a morir decapitado bajo el hacha, en esta muy noble y leal Villa de Calahorra. Alrededor nuestro, en los tablados y las ventanas, los muchos asistentes venidos de todos los lugares de esta comarca, se desgañitan gritando groserías.

La eternidad se acaba y mi querido me impulsa para caer con fuerza. Su destreza en estas artes y mi filo separan, limpiamente, la cabeza del cuerpo. Me apoya suavemente a su lado y toma  por el cabello a la cabeza del ajusticiado que aún abre y cierra sus ojos de pupilas dilatadas. La muestra al populacho, que  estalla en una explosión de regocijo.

Después, cuando el cadalso queda solo y los monjes mendicantes se han llevado el cuerpo del ejecutado, me toma nuevamente con cariño y con un trapo mojado en aceites livianos; lentamente, mientras me habla otra vez con palabras tiernas, va limpiando de sangre el acero de mi hoja, venido del hierro de las laderas del Udalaitz, y fraguado a la calda en Bergara, según la antigua usanza de los maestros vascos. Cambia de trapo y seca mi mango de madera de roble quejigo nacido en la llanada de Álava, y en el que él, mi enamorado, grabó mi nombre con su daga. Luego baja la escalera del patíbulo cargándome en equilibrio sobre su hombro derecho, mi cabeza a su espalda; y toma con su mano izquierda la pequeña bolsa de cuero que contiene los dos florines con que los familiares del muerto le pagaron para asegurar que él, mi luz, me hubiese afilado adecuadamente, y que no fuesen necesarios más que un par de golpes para acabar con la vida del infortunado.

Sobre el autor

Daniel Frini (Argentina, 1963): Es ingeniero, escritor y artista visual. Publicó en revistas virtuales y en papel, blogs y antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y “Nueve hombres que murieron en Borneo” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Obtuvo, entre otros, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017, España), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España) y Premio del III Concurso Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén, (2019, España).

En el Aqueronte

Relato

Sin saber cómo, sin recordar por dónde ni por qué, la sombra de lo que una vez fuera un hombre llegó hasta la punta del muelle en lo que semejaba el último confín del mundo, y allí, ignorante del motivo y siguiendo acaso un encargo ancestral, hizo sonar la campana que pendía a uno de los lados del malecón. Los últimos ecos del bronce no se habían extinguido todavía, cuando la figura escuálida de Caronte y su fúnebre barca emergían de las espesas nieblas, como flotando sobre la nada inasible. Apenas arrimarse al muelle la nave, la sombra de lo que una vez fuera un hombre tomó asiento en ella, aunque sin emitir palabra, y Caronte, sin pronunciar palabras tampoco, volvió a balancear el largo y pesado remo.

Navegaban solos las aguas negras y las neblinas que alrededor semejaban extenderse hasta lo infinito acrecentaban el sentimiento de soledad. Entonces, acaso por efecto del denso chapoteo del remo al paladear las negras aguas, la sombra de lo que una vez fuera un hombre recordó, sin saber cómo, que una vez, en una vida pasada y ya lejana, vivida hacía tantísimo tiempo y que también databa apenas de un instante, él había sido poeta. Y como si sus manos sostuviesen una lira ideal y su emoción dormida hubiese recibido el mágico beso de un último despertar, la sombra de lo que una vez fuera un hombre y un poeta comenzó a entonar una canción evocadora de sensaciones hacía tanto tiempo perdidas… y hacía tan poco tiempo sentidas.

Cantó sobre el primer amor, sobre el primer beso, la primera ilusión y el primer desencanto. Cantó sobre un ideal tan alto como las estrellas y sobre el reflejo de ese ideal y esas estrellas cristalizado en los lodosos barrizales. Cantó sobre crepúsculos solemnes bajo cuyos fulgores encantados se realizaran solemnes juramentos. Cantó sobre la gran meta, sobre la ambición homérica y sobre la soledad de una búsqueda magnífica y la injuria de un destino burlón. Cantó sobre conquistas en terrenos vírgenes y sobre el fracaso y caída en suelos de agravio. Cantó sobre el esfuerzo, la lucha, la entrega absoluta a una causa noble y sobre la absoluta incomprensión de una casta sometida al innoble afán. Cantó sobre la pasión del hombre inspirado por la magia y los hechizos, parodiado y despreciado siempre por una realidad escéptica y descreída. Cantó todo ello, sí, y cantó mucho más aún. Y el amor era grande en la canción; y el amor era la canción misma siempre; y aun entre las lágrimas, y bajo el peso de un sufrimiento infinito, el amor lo era todo, y el amor cantaba a todo.

Hasta que finalmente la barca de Caronte puso proa en la orilla sombría de la que nada se sabe puesto que de ella nadie vuelve, y la sombra de lo que una vez fuera un hombre y un poeta dejó de tañer con dedos hábiles su lira ideal para desaparecer bajo la densa niebla por siempre jamás.

Y cuando Caronte volvió a batir las negras aguas con su largo y pesado remo, antes de que las últimas notas de la canción que acababa de hender el silencio infinito se desvaneciesen en sus proverbiales oídos, masculló lo que siempre mascullaba en esa hora sin tiempo del lúgubre trayecto, lo que era su sola filosofía, aquello único que había logrado concluir del hado inefable al que él también se hallaba sometido:

“Y todo para nada”.

Sobre el autor

Ricardo Giraldez nació en 1970 en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sus relatos han sido seleccionados para integrar diversas antologías, tanto en el ámbito local como en España, Italia, Colombia, México y Estados Unidos. Ha colaborado con diferentes revistas literarias de prestigio. Tiene varios cuentos premiados y una novela de ficción histórica publicada por la editorial española E-ditarx.

La biblioteca

Relato

El quejido de las sillas arañando el suelo, los golpes de libros y carpetas sobre los tableros, las voces de los alumnos que se dirigían a la puerta de salida del aula me despertaron. La clase de Literatura Medieval había terminado. Mientras el aula se iba vaciando, yo también comencé a ordenar los folios sin anotaciones, y a colocar confusamente mis libros en la bolsa.

Un contenido bostezo me obligó a colocar la mano sobre la boca y a alzar la vista hacia la mesa del profesor que continuaba sentado y mantenía los ojos clavados en mi cara. Don Alonso siempre abandonaba la clase por la puerta lateral cercana a su mesa, pero esta vez se acercó a mí entre las filas de pupitres de los alumnos y me habló con gesto severo.

‒La espero en mi despacho en cinco minutos  ‒me dijo con sus finos labios de metal y sus características cejas pobladas, que ahora resultaban más amenazadoras con el ceño fruncido.

Sentí un retorcijón en el estómago. El profesor era conocido por su  poca  cordialidad y su escasa generosidad a la hora de puntuar los exámenes.

A los cuatro minutos me encontraba ante el despacho del doctor Alonso Roldán. Golpee suavemente la puerta, pero no me contestó. Volví a golpear de nuevo con más contundencia. El profesor no estaba, pensé que probablemente se había entretenido con algún colega charlando por los pasillos de la Facultad.

Mientras le esperaba, pergeñaba excusas creíbles que justificaran mi grave falta. Don Alonso debía comprender que el turno de tarde era para alumnos que trabajaban por la mañana, que era viernes, que había sido un día especialmente difícil, que su clase era de la última de la tarde para mí, que mi agotamiento no me dejaba concentrarme a aquellas horas. Pero lo que no podía era expresarle el verdadero motivo de mi desinterés: lo mucho que me aburría el tema principal de ese trimestre: los libros de caballerías.

Esperé diez minutos más y comprendí que el profesor Roldán se había olvidado de mí y casi con seguridad se había dirigido a la siguiente clase. Decidí esperar en la biblioteca y volver al despacho después de media hora.

Me sorprendió no encontrar a nadie allí. Eran las siete y muchos alumnos solían quedarse estudiando hasta las ocho y media, la hora en que cerraban la biblioteca. El bibliotecario tampoco estaba en su puesto. Solo aquella enorme cantidad de libros que tapizaba las paredes bajo las altas lámparas, reflejaban sus lomos brillantes sobre las tristes mesas grisáceas.

Tomé al azar un libro de las estanterías y me senté en una de las mesas a leerlo. El Amadís de Gaula. ¡Qué casualidad!: era una de las lecturas obligatorias de la que debíamos examinarnos en breve, pero yo aún no había pasado del primer capítulo. Abrí el libro justo en una de esas tediosas escenas en las que el caballero pone en riesgo su vida para defender el nombre de su dama… “Entonces fueron al más correr de sus caballos, el uno contra el otro, e hiriéronse en los escudos y el caballero falsó el escudo a Amadís, mas detúvose en el arnés y la lanza quebró y Amadís lo encontró tan duramente que lo lanzó por cima de las ancas del caballo… y el caballero…valiente, tiró por las riendas… y llevólas en las manos y dio de espaldas en el suelo y fue tan maltratado… Amadís descendió a él y quitóle el yelmo de la cabeza… y tomándole por el brazo… tiróle contra sí y el caballero abrió los ojos…”

Yo también abrí los ojos: me había vuelto a dormir. Consulté mi reloj: ¡las nueve menos cuarto! Recogí mis cosas y me apresuré a salir de la biblioteca.

Súbitamente las luces se apagaron. Me asusté y caminé a tientas hacia la salida. ¡La puerta estaba cerrada! La golpeé fuertemente con los puños y los pies, pero no conseguí abrirla. Grité y grité llamando a alguien que me socorriera. Desesperada, lancé una de las sillas mientras gritaba. Después otra y luego otra. Solamente el silencio de la oscuridad me respondió.

Los minutos transcurrían lentos, amenazadores. El miedo se apoderó de mí. Me senté en el suelo contra la pared estrechando mis piernas entre los brazos. Escuché el intenso latir de mi corazón y no pude evitar el débil sollozo que inundó mi garganta.

En medio de la espantosa oscuridad, una luz parpadeante apareció sobre el libro que había dejado abierto en la mesa. La luz creció y tomó la forma de un hombre. Su cuerpo metálico reflejaba la llama anaranjada de la antorcha que portaba en una mano. Sentí terror al escuchar las fuertes pisadas, que se acercaban lentamente.

Pero cuando se aproximó a mí, reconocí su hermoso rostro.

‒Mi señora Oriana, nada temáis. He venido a rescataros –me dijo sonriendo y ofreciéndome su mano.

Sobre la autora

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en Universidades de India y África.

Sus relatos y poemas han aparecido en varias revistas y antologías. Con el relato “Alondra de fuego” fue finalista en el Primer Certamen de la Hispanic Culture Review de la George Mason University y con “La casa de las afueras” en el XXIX Premio Ana María Matute de la editorial Torremozas.

Libros publicados: Lihaf: Cuentos de mujeres de la India, Los confabuladores nocturnos: Relatos contemporáneos de la India y Cuentos a la luz de la hoguera.

El caso Clitemnestra

Relato

José Rodríguez sumaba los suficientes casos ganados, muchos de antemano imposibles, para afirmarlo entre los principales abogados criminalistas del país. Pasaba horas tras la mesa de su despacho, y allí respondió a la pregunta que acababa de formularle la hija de su clienta:

  —Sí, señorita, en mi cara se expresa que el caso se complica, pero no desesperemos… Las nuevas pruebas son concluyentes… Volveré a serle sincero: El fiscal empieza a frotarse las manos. Resulta que en el cuchillo que mató a su padre no hay huella alguna del amante de su madre…

  —¿Tan solo de ella?

  —Eso es. Sus huellas son las únicas que aparecen.

  —Entonces…

  —No veo como vamos a cargarle el muerto, señorita.

  —Le pagamos para eso.

  —Cobro una minuta razonable para evitarle un mal mayor a su querida madre, no lo olvide.

  —Mamá nunca tenía que haberle dado aquel primer beso… Estoy segura de que fue él quien la convenció para acabar con papá.

  —No es lo que he leído…

  —También habrá leído que quiso sacrificarme… Los mitos se cuentan cómo se cuentan, señor Rodríguez. Papá tenía sus cosas… También lo habrá leído.

  —Señorita, antes convertir en reina a su madre, Agamenón le mató a su hijito recién nacido y a su primer marido… Conozco bien a ese fiscal: Si le fallara el móvil pasional, tiraría de la venganza como argumento motivador, y lo haría a discreción, no lo dude.

  —Papa era un hombre espinoso, de discusión rápida, pero era querido y se hacía respetar. Recuerde que Agamenón no fue un héroe de pacotilla —apostilló sonriéndole.

  —Me place que se lo tome con cierto humor, Ifigenia. Debería sopesarlo…  Los dos sabemos cómo acabará la historia… ¿No cree que a su mamá le conviene entrar en la cárcel? Allí dentro estaría protegida de Orestes. Quizás el paso del tiempo acabe disipando su vengativa obsesión…

  —¿Y no la acabe matando? No conoce a mi hermanito, señor Rodríguez. Es un cabezota y nada le impedirá cumplir su papel en el mito. Ni tan siquiera que la víctima sea su propia madre. Usted lo ha dicho. Sabemos como acaba la historia. Solo si lográramos demostrar su inocencia… ¿Cree que podríamos servirnos de la enajenación mental transitoria? Tenía entendido que se trata de uno de sus recursos fetiches, ¿no?

José Rodríguez sonrió antes de encender un puro. Ifigenia contaba con la virtud de la obstinación. No fue cuestión de suerte. Empezaba a entender por qué aquella sacerdotisa había logrado salvar el pescuezo en el último suspiro.

Sobre el autor

Rubén Martín Camenforte. Nacido en España, licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ganador del III Certamen de Relato Corto ‘Fundación Villa de Pedraza’ 2008, ganador del II Certamen Literario de Cuentos y Relatos de Montaña ‘Cuentamontes’ 2009, primer premio en castellano del IV Concurso literario de relato breve El Laurel 2009, ganador del III Concurso Literario de Relato Corto ‘Manuel Rivas’ de la Irmandade Galega de Rubí 2019.