La biblioteca

Relato

El quejido de las sillas arañando el suelo, los golpes de libros y carpetas sobre los tableros, las voces de los alumnos que se dirigían a la puerta de salida del aula me despertaron. La clase de Literatura Medieval había terminado. Mientras el aula se iba vaciando, yo también comencé a ordenar los folios sin anotaciones, y a colocar confusamente mis libros en la bolsa.

Un contenido bostezo me obligó a colocar la mano sobre la boca y a alzar la vista hacia la mesa del profesor que continuaba sentado y mantenía los ojos clavados en mi cara. Don Alonso siempre abandonaba la clase por la puerta lateral cercana a su mesa, pero esta vez se acercó a mí entre las filas de pupitres de los alumnos y me habló con gesto severo.

‒La espero en mi despacho en cinco minutos  ‒me dijo con sus finos labios de metal y sus características cejas pobladas, que ahora resultaban más amenazadoras con el ceño fruncido.

Sentí un retorcijón en el estómago. El profesor era conocido por su  poca  cordialidad y su escasa generosidad a la hora de puntuar los exámenes.

A los cuatro minutos me encontraba ante el despacho del doctor Alonso Roldán. Golpee suavemente la puerta, pero no me contestó. Volví a golpear de nuevo con más contundencia. El profesor no estaba, pensé que probablemente se había entretenido con algún colega charlando por los pasillos de la Facultad.

Mientras le esperaba, pergeñaba excusas creíbles que justificaran mi grave falta. Don Alonso debía comprender que el turno de tarde era para alumnos que trabajaban por la mañana, que era viernes, que había sido un día especialmente difícil, que su clase era de la última de la tarde para mí, que mi agotamiento no me dejaba concentrarme a aquellas horas. Pero lo que no podía era expresarle el verdadero motivo de mi desinterés: lo mucho que me aburría el tema principal de ese trimestre: los libros de caballerías.

Esperé diez minutos más y comprendí que el profesor Roldán se había olvidado de mí y casi con seguridad se había dirigido a la siguiente clase. Decidí esperar en la biblioteca y volver al despacho después de media hora.

Me sorprendió no encontrar a nadie allí. Eran las siete y muchos alumnos solían quedarse estudiando hasta las ocho y media, la hora en que cerraban la biblioteca. El bibliotecario tampoco estaba en su puesto. Solo aquella enorme cantidad de libros que tapizaba las paredes bajo las altas lámparas, reflejaban sus lomos brillantes sobre las tristes mesas grisáceas.

Tomé al azar un libro de las estanterías y me senté en una de las mesas a leerlo. El Amadís de Gaula. ¡Qué casualidad!: era una de las lecturas obligatorias de la que debíamos examinarnos en breve, pero yo aún no había pasado del primer capítulo. Abrí el libro justo en una de esas tediosas escenas en las que el caballero pone en riesgo su vida para defender el nombre de su dama… “Entonces fueron al más correr de sus caballos, el uno contra el otro, e hiriéronse en los escudos y el caballero falsó el escudo a Amadís, mas detúvose en el arnés y la lanza quebró y Amadís lo encontró tan duramente que lo lanzó por cima de las ancas del caballo… y el caballero…valiente, tiró por las riendas… y llevólas en las manos y dio de espaldas en el suelo y fue tan maltratado… Amadís descendió a él y quitóle el yelmo de la cabeza… y tomándole por el brazo… tiróle contra sí y el caballero abrió los ojos…”

Yo también abrí los ojos: me había vuelto a dormir. Consulté mi reloj: ¡las nueve menos cuarto! Recogí mis cosas y me apresuré a salir de la biblioteca.

Súbitamente las luces se apagaron. Me asusté y caminé a tientas hacia la salida. ¡La puerta estaba cerrada! La golpeé fuertemente con los puños y los pies, pero no conseguí abrirla. Grité y grité llamando a alguien que me socorriera. Desesperada, lancé una de las sillas mientras gritaba. Después otra y luego otra. Solamente el silencio de la oscuridad me respondió.

Los minutos transcurrían lentos, amenazadores. El miedo se apoderó de mí. Me senté en el suelo contra la pared estrechando mis piernas entre los brazos. Escuché el intenso latir de mi corazón y no pude evitar el débil sollozo que inundó mi garganta.

En medio de la espantosa oscuridad, una luz parpadeante apareció sobre el libro que había dejado abierto en la mesa. La luz creció y tomó la forma de un hombre. Su cuerpo metálico reflejaba la llama anaranjada de la antorcha que portaba en una mano. Sentí terror al escuchar las fuertes pisadas, que se acercaban lentamente.

Pero cuando se aproximó a mí, reconocí su hermoso rostro.

‒Mi señora Oriana, nada temáis. He venido a rescataros –me dijo sonriendo y ofreciéndome su mano.

Sobre la autora

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en Universidades de India y África.

Sus relatos y poemas han aparecido en varias revistas y antologías. Con el relato “Alondra de fuego” fue finalista en el Primer Certamen de la Hispanic Culture Review de la George Mason University y con “La casa de las afueras” en el XXIX Premio Ana María Matute de la editorial Torremozas.

Libros publicados: Lihaf: Cuentos de mujeres de la India, Los confabuladores nocturnos: Relatos contemporáneos de la India y Cuentos a la luz de la hoguera.

El caso Clitemnestra

Relato

José Rodríguez sumaba los suficientes casos ganados, muchos de antemano imposibles, para afirmarlo entre los principales abogados criminalistas del país. Pasaba horas tras la mesa de su despacho, y allí respondió a la pregunta que acababa de formularle la hija de su clienta:

  —Sí, señorita, en mi cara se expresa que el caso se complica, pero no desesperemos… Las nuevas pruebas son concluyentes… Volveré a serle sincero: El fiscal empieza a frotarse las manos. Resulta que en el cuchillo que mató a su padre no hay huella alguna del amante de su madre…

  —¿Tan solo de ella?

  —Eso es. Sus huellas son las únicas que aparecen.

  —Entonces…

  —No veo como vamos a cargarle el muerto, señorita.

  —Le pagamos para eso.

  —Cobro una minuta razonable para evitarle un mal mayor a su querida madre, no lo olvide.

  —Mamá nunca tenía que haberle dado aquel primer beso… Estoy segura de que fue él quien la convenció para acabar con papá.

  —No es lo que he leído…

  —También habrá leído que quiso sacrificarme… Los mitos se cuentan cómo se cuentan, señor Rodríguez. Papá tenía sus cosas… También lo habrá leído.

  —Señorita, antes convertir en reina a su madre, Agamenón le mató a su hijito recién nacido y a su primer marido… Conozco bien a ese fiscal: Si le fallara el móvil pasional, tiraría de la venganza como argumento motivador, y lo haría a discreción, no lo dude.

  —Papa era un hombre espinoso, de discusión rápida, pero era querido y se hacía respetar. Recuerde que Agamenón no fue un héroe de pacotilla —apostilló sonriéndole.

  —Me place que se lo tome con cierto humor, Ifigenia. Debería sopesarlo…  Los dos sabemos cómo acabará la historia… ¿No cree que a su mamá le conviene entrar en la cárcel? Allí dentro estaría protegida de Orestes. Quizás el paso del tiempo acabe disipando su vengativa obsesión…

  —¿Y no la acabe matando? No conoce a mi hermanito, señor Rodríguez. Es un cabezota y nada le impedirá cumplir su papel en el mito. Ni tan siquiera que la víctima sea su propia madre. Usted lo ha dicho. Sabemos como acaba la historia. Solo si lográramos demostrar su inocencia… ¿Cree que podríamos servirnos de la enajenación mental transitoria? Tenía entendido que se trata de uno de sus recursos fetiches, ¿no?

José Rodríguez sonrió antes de encender un puro. Ifigenia contaba con la virtud de la obstinación. No fue cuestión de suerte. Empezaba a entender por qué aquella sacerdotisa había logrado salvar el pescuezo en el último suspiro.

Sobre el autor

Rubén Martín Camenforte. Nacido en España, licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ganador del III Certamen de Relato Corto ‘Fundación Villa de Pedraza’ 2008, ganador del II Certamen Literario de Cuentos y Relatos de Montaña ‘Cuentamontes’ 2009, primer premio en castellano del IV Concurso literario de relato breve El Laurel 2009, ganador del III Concurso Literario de Relato Corto ‘Manuel Rivas’ de la Irmandade Galega de Rubí 2019.

Muerte del verano celta

Relato

La oscuridad estaba abriendo sus postigones espectrales para poderse expandir por todo el universo boreal; era 31 de octubre y hasta esa aldea perdida en los confines de la tierra, llegaron los brazos de la tiniebla para someterla en penurias y dolor. Era tan difícil vivir sin el sol, sin la claridad, sin el fogoneo de sus rayos, sin la esperanza del mañana, sin la calidez con que lo impregna todo.

Mary, la joven huérfana del poblado, acababa de levantarse para encaminarse hacia la ventanita desvencijada de su habitación y  asomarse entre soñolienta y triste. Qué absurdo querer mirar, si la negrura del más allá, ya la había invadido. Serían largos meses de angustia, soledad, desamparo y frío. Tenía que prepararse, otra vez, para soportar las hordas del inframundo. Caminó hasta la cocina; las maderas crujían lastimosas bajos sus pies; quizás, de viejas; o tal vez, de frío; o sólo por la nostalgia del tiempo pasado; la  añoranza de otra época, cuando la pequeña casa estaba colmada de habitantes: sus abuelos maternos, sus padres y sus tres hermanos. Todos hacían milagros, diariamente, para compartir la morada. Los matrimonios tenían asignada una habitación para cada uno, mientras que los pequeños rotaban el lugar donde pernoctar; a veces, dos dormían en el desván y dos, en la salita sobre discretos sillones hasta que los que estaban en las alturas reclamaban su turno de bajar y se mudaban. Así, repartían el cobijo familiar entre ascensos y descensos.

El desván no ocupaba un lugar deseado en el corazón de los pequeños; decían que allí, el viento soplaba más fuerte y que se les metía entre las sábanas helándoles, primero, los pies hasta no sentirlos; luego, la espalda y finalmente, la cara. Junto con el frío, entraba el recuerdo de las historias celtas, que narraba el abuelo al lado del calor del hogar. La más temida, la de Samhain.

El anciano comentaba que Samhain aparecía la noche del 31 de octubre, anunciando el final del verano, y que los días previos a dicha celebración, los aldeanos recorrían los campos para arrear el ganado hacia las casas; allí,   ubicaban en los graneros a  los ejemplares que deberían procrear en la próxima temporada; los demás eran sacrificados, adobados y cocidos para ser comidos durante el intenso invierno. Por esos días, los pueblerinos hacían sus labores cantando entre dientes canciones tormentosas y tristes, casi incomprensibles. No era fácil despedirse del sol por unos meses y quedar a expensas de la oscuridad, de las garras gélidas del invierno.

A pesar de todo, se preparaban para celebrar la fiesta de Samonios, pues deseaban fervientemente homenajear la muerte del verano porque entraban en una etapa peligrosa, donde las fuerzas ocultas del más allá se apoderaban de todo, para poder reinar libremente. El abuelo les había dicho que  sus padres lo llevaban de pequeño al cementerio durante esas noches, porque se celebraba “la noche de los muertos”, noche de reencuentro con los familiares fallecidos, oportunidad para verse con abuelos, tíos y primos.

Recordaba que sus padres lo guiaban junto con sus hermanos de la mano hasta el fosal, y que allí, se sentaban sobre unas rocas a esperar el desenterramiento. Los días de luna llena, los haces luminosos se dirigían hacia las lápidas y las iluminaban convirtiendo el espectáculo en una tortuosa escena fantasmagórica. Primero, se escuchaba una especie de susurro, como un rodar de piedras, lejano y doliente; a medida que el ruido iba abrazando el lugar con mayor intensidad, se divisaba el desplazamiento de cientos de losetas de las fosas. Como estaban a distintas alturas, cuando las más altas perdían el equilibrio producían un estruendo ensordecedor al caer unas sobre otras, despidiendo un polvo blanquecino que se aferraba a los rostros de los visitantes. Una vez liberadas las fauces de la tierra, emergía otro sonido, más blando y crujiente; eran las tapas de los ataúdes que se abrían, algunas con un chillido lastimero, emanado desde las golas de las bisagras, oxidadas y mohosas por la humedad. Al final, aparecerían ellos, con sus esqueletos a cuesta; algunos asomaban las calaveras; otros, extendían sus brazos y a medida que los familiares los iban reconociendo, se acercaban y le extendían sus manos para ayudarlos a incorporarse; luego, se enredaban en macabros abrazos.

Abuelo decía que la sensación de besar las calaveras húmedas, sucias, a veces con algún colgajo seco de piel que todavía se aferraba al hueso, le provocaba asco, tanto asco y miedo, que solía correr a esconderse detrás de un árbol para vomitar. Pero, ese período de escape duraba muy poco porque enseguida escuchaba la voz ronca de su padre llamándolo.

Entre los muertos había dos que llamaban poderosamente su atención: uno que había sido saponificado, vagaba desnudo y decapitado. El cuerpo de este hombre  había sido hallado por la policía de un vecindario cercano, a la orilla de un camino, debajo de un montículo de tierra. Lo habían desenterrado y llevado a la morgue de la aldea porque en su localidad no disponían de depósitos de cadáveres. A pesar del esmero, de todo el trabajo policial por esclarecer el caso e identificar al muerto; no lo lograron  y ante la ausencia de reclamo del cuerpo cadavérico, terminaron   enterrándolo como NN, en el cementerio local.

La noche de Samhain, el hombre sin cabeza vagaba sin destino, solitario, daba la sensación que estaba esclavizado en su propio enigma. El otro muerto,  era una momia perteneciente a una joven y bella mujer que había fallecido al dar a luz a su primer hijo. Su marido   desesperado, no podía resignarse a su ausencia y recorrió cuanto médico, curandero, mano-santa, que le hubieron recomendado para llevar a cabo la resucitación. A pesar de los diversos intentos, todo fue inútil y, aún así,  se negaba a enterrarla; entonces los amigos le sugirieron realizar sobre el cadáver una momificación natural. Objetivo que logró a través de un experto forense. El viudo  mantuvo a su esposa sentada en una mecedora, en su cuarto, por muchos años, hasta que finalmente, él murió y el hijo los enterró juntos.

Ellos, durante esa noche, caminaban tomados de la mano, unidos en su infinito  amor; ella, mostrando la belleza de la juventud preservada a lo largo del tiempo, y él  blandiendo su esqueleto cubierto con algunas roídas prendas.

Una vez que estaban  todos  reunidos, vivos y muertos – muertos y vivos, salían a recorrer la aldea para recoger los dulces y la comida que habían colocado los lugareños afuera de las casas, para evitar que algún alma maligna penetrase en el hogar.

La nocturnidad estaba arropada de luto, de dolor y de reencuentro; los vivos perdían su temporalidad y por momentos, no sabían si estaban vivos o no. La tiniebla reinante pertenecía al Reino de Don, el dios irlandés de la muerte, ser sombrío y agresivo que sin piedad manejaba el consciente colectivo del pueblo.

Durante la peregrinación, los cánticos se enredaban con los sonidos óseos de mandíbulas atascadas entre cartílagos resecos. El silencio tomaba cuerpo cuando los organizadores principales encendían  inmensas fogatas y todos se sentaban alrededor. Los vivos se alimentaban con la esperanza de poder persuadir al sol para que volviese a aparecer una vez que hubiese cumplido con su período de huida invernal y los muertos, con el deseo de que las sombras  perpetuaran su existencia eterna.

Pasadas unas horas, cuando los fuegos empezaban a languidecer, los aldeanos acompañaban a sus muertos hasta las tumbas, los ayudaban a ingresar y una vez que cada uno se hallaba en su fosa, procedían a cubrirla.

Sobre la autora

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata.

Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.


Fuente de la imagen: Matt Cardy/Getty Images

Ariadna y Junto al estanque, dos relatos de Kalton Harold Bruhl

Relato

ARIADNA

Alguien ha empezado a tirar del hilo y de inmediato sabe que su amante ha triunfado. Aguarda impaciente hasta que escucha los pasos que se acercan. Corre a su encuentro y cae de rodillas al ver su rostro. Ariadna se muerde los labios mientras Teseo le extiende la mano y rompe a llorar al imaginar el cuerpo sin vida de su amado Minotauro.

 

JUNTO AL ESTANQUE

Adonis, el más hermoso de los hombres, murió a causa de las heridas infligidas por Ares transformado en un temible jabalí. Afrodita, su amante, recuperó su cuerpo y lo depositó en el fondo de un estanque. Cierto día, un hombre contrahecho y repulsivo se acercó a beber de sus cristalinas aguas. Al inclinarse, sus ojos se llenaron de lágrimas. —Todas las burlas, todos los escarnios estuvieron siempre motivados por la envidia —se dijo. Ahora que conocía la verdad, ya nada podría alejarlo de aquel lugar. Cuentan que Narciso se consumió de orgullo, creyendo suya la inefable belleza del otro.

 


Sobre el autor

Kalton Harold Bruhl (Honduras, 1976) ha publicado los libros de relatos El último vagón (2013), Un nombre para el olvido (2014), La dama en el café y otros misterios (2014), Donde le dije adiós (2014), Sin vuelta atrás (2015),  La intimidad de los Recuerdos (2017), El visitante y otros cuentos de terror (2018), La llamada (2019); Novela: La mente dividida (2014).  Es premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua. 

El asado

Relato

Y mientras río
mi valor se desmorona ante sus burlas.

Amy Lowell

—Querida, no pasa nada. Es lo normal, cuando una recibe por primera vez, tener dificultades… El acompañamiento es importante, sí. Pero la clave es el asado, que se quema o que queda crudo en algunas partes. Las orejas y las patitas, en general son lo más difícil de que salga bien en el asado, y para que estén crocantes pero no quemadas, hace falta mucha práctica… Ánimo, querida, tu chutney se deja comer —la consoló tía Celia.

Ana sonrió, avergonzada. Desde que se mudaron con Walter a la colina, era la primera vez que recibía visitas. Se había hecho mucha ilusión de agasajar a las tres viejas que dirigían el comité, y estuvo preparando el chutney desde varios días atrás, uno especial, una receta de la India, con hierbas silvestres que, según el libro que le prestara tía Celia, tonificaban la musculatura y daban sensación de energía. Ahora el chutney no servía más que para untar las galletitas de queso que ella había puesto sobre un bol, para calmar el hambre.

—La clave es el asado —siguió Tía Celia—; el mejor acompañamiento no salva un asado… imperfecto. Cuando tengas una presa, nos avisas y te guiamos en la preparación.

Tía Susana se ajustó el rodete y se acomodó unas guedejas que le colgaban del cabello; le gustaba mucho estar presentable: nunca se sabía quién podía caer de repente en una reunión. Hay que recordar que ella seguía soltera, que después de aquella malhadada oportunidad con un novio del pasado, nunca se le había presentado un candidato potable: tenía su bolso pegado al lado, lo abrió y sacó una polvera; estaba dispuesta a empolvarse la nariz cuando tía Águeda le echó una mirada fulminante.

—Es absolutamente ridículo, tía Susana, que…

—Lo sé, lo sé, tía Águeda, es una vieja costumbre que sigo desde que era una joven casadera.

Tía Águeda suspiró y pareció caldear el aire de la sala.

—Igual, las galletitas están muy sabrosas —murmuró tía Celia: no iría al Infierno por mentir, después de todo, no ella. Trató de tomar una galleta más como muestra de confianza, y llevársela rápido a la boca; el exceso de sal se le quedó pegado en los dedos y el gusto a ajo y queso parmesano le pasó con dificultad por la garganta. Estaba acostumbrada a sabores mucho más leves, o salvajes, según quiera verse, pero de ninguna manera a sabores así de groseros. De todos modos, no iba a ser ella quien pusiera a rodar la manzana de la discordia en la reunión, una reunión organizada por una chica tan joven, y que era su primera vez. Tía Susana y ella se habían resistido a la idea de que fuera la joven Ana la que… En fin, que ninguna de las otras les había hecho caso y después de todo era tía Águeda, la que presidía el comité, y como presidente era tía Águeda la que levantaba o bajaba el pulgar acerca del sitio adonde se organizaban las reuniones, fuera cual fuera el resultado de las elecciones en el comité.

—Me alegro de que te gusten, tía Celia. Donde termina la colina, y empieza la urbanización, a un lado de la carretera hay un almacén y ahí hornean las galletas. Son galletas caseras, hechas por los mismos dueños. Me gusta comprar en ese almacén, sobre todo los frascos de tomate al natural y…

Por fin tía Águeda abrió la boca para observar algo sobre la comida, pero lo hizo con tanta rapidez que el sonido se asemejó al de una puerta que cierra de repente una fuerte corriente de viento sur.

—Es el almacén donde tienen las vacas atrás.

—¡Sí! Tienen tres vacas manchadas y…

Tía Águeda se dirigió a las otras dos viejas:

—Ya saben cuál almacén es.

Tía Susana hizo que no.

—Aquel que tuvo problemas porque se le cortaba la leche y la manteca.

Tía Susana enarcó las cejas; tía Celia se quedó con la galleta a mitad de camino hacia la boca.

—¿Aquel que tía Marta le echó la maldición…?

—Exacto, ese —escupió tía Águeda.

—¿Tía Marta no vendrá?

Tía Águeda movió la cabeza negativamente.

—Tuvo un ataque cerebral, pobre tía Marta.

—Hace poco pasé por su casa y la vi desde la ventana -comentó con tristeza tía Celia-; estaba sentada en la silla mecedora, y tenía al minino negro encima de la falda y lo acariciaba a contrapelo y una y otra vez, una y otra vez, con la mirada perdida…

—¡Las comilonas que hacía tía Marta! ¡Los asados!

—¡Qué mano exquisita para la cocina!

—¡Usaba el libro de recetas de Julia Child, siempre!

—¡Cebaba las presas por lo menos tres semanas! ¡Qué fuente servía después!

—No puedo acostumbrarme a la idea de que ya no vendrá más a las reuniones -se quejó tía Susana- apuesto a que debe existir algo, una cirugía de la cabeza o un conjuro tal vez que…

—Tuvo un ataque cerebral, tía Susana. Segunda vez que lo digo y ya saben que no me gusta repetir las cosas, es señal de chochez.

—Hay cosas peores que un ataque cerebral —insistió tía Susana.

Tímida, Ana metió un bocadillo:

—¿Qué puede haber de peor que un ataque cerebral?

—…

Nadie le contestó.

Tía Águeda se dirigió hacia la ventana con pasos lentos, tambaleándose sobre sus tacos. Parecía que caminaba guiada por el olfato y Ana sintió un sudor frío correrle espalda abajo. ¿Cuál sería la peor cosa que le podían hacer?, pensó, y recordó a un filósofo antiguo que decía que para paliar el miedo, una debería calcular qué es lo peor que le puede ocurrir, para hacerle frente. ¿Acaso tía Águeda la fulminaría? ¿La metería dentro del cuerpo de otra bestia como ella había leído en los cuentos que…? Pero eso, de eso se trataba, que eran cuentos de hadas, cuentos de viejas. Quizá había un punto en que la realidad y la ficción se tocaban, y a ese punto, a la presa, ella le había dado órdenes claras de que no hiciera un solo ruido, que evitara respirar si fuera necesario, y así ella salvaría su vida y lo devolvería a la madre, al otro lado del lago. Tía Águeda se volvió y dijo con sequedad:

—Dentro de esta casa huele mal. Abre la ventana, Ana, que está trabada.

Ana lo hizo en un instante y una oleada de la fragancia de los pinos la trajo a la realidad.

—No sé para qué le hiciste abrir la ventana, tía Águeda —se lamentó tía Celia frotándose los hombros —vamos a pescar una pulmonía y ya sabes que a esta edad no se sale tan fácil de…

—Hay luces en la cabaña de tía Cristina, al otro lado del lago —explicó tía Águeda. —Todavía es temprano, podemos cruzar en el último ferry e ir a cenar allá…

—¡Pero si casi son las nueve de la noche! —rezongó tía Susana.

—Es temporada de pesca, están todos pescando pejerreyes. También por la noche; así que podremos cruzar con tranquilidad. Ya sé que la gula es mala consejera, pero hoy es viernes y no hemos cenado. Tía Cristina siempre tiene alguna presa adobada en el freezer.

Era inútil discutir con tía Águeda. Las viejas tomaron su bolso, y tía Susana, apenas quedó fuera de la vista de tía Águeda, sacó su polvera con rapidez y se empolvó la nariz. “Nunca se sabe…”, murmuró en voz baja. Tía Águeda tomó su cartera negra, tenía allí dentro los documentos, las actas del comité, plata para los billetes del ferry y una receta de quinientos años, firmada por una tal tía Ester que a esta altura de los tiempos era una leyenda, sobre cómo debe hornearse la presa dentro de un pastel. Las tres saludaron a Ana con gesto de la cabeza, excepto tía Celia, que le dio un beso en cada mejilla. Tía Celia olía a té verde y a carne cruda.

Ana se quedó en el umbral de la puerta, viéndolas partir, colina abajo hasta dársela desde donde partía la lancha. Quería asegurarse de que llegaran sanas y salvas hasta allí, que no se tropezaran y doblaran un tobillo, o que alguno de los perros vagabundos que les ladraban con rabia a su paso, finalmente, lograra atraparlas y regresaran a la casa de Ana en busca de refugio. Pasó un buen rato así, casi olvidada de sí misma, oliendo los pinos, ¡esa maravilla de la Naturaleza!, la prueba de que hay un dios que es capaz de hacer bellos regalos a los hombres. El olor de los pinos, eso, que se le metía bajo la piel, le recordaba que debería hacer un largo trabajo para recuperar su alma de los extravíos.

—Señora… —oyó desde el corral.

Ana recordó la presa en su jaula, entre las tres o cuatro gallinas ponedoras, escondida.

—¿Cuánto falta hasta que se vayan sus amigas?

Ana corrió a liberarla: contaba cuatro años, dos colitas rubias y muchas pecas. La había robado de la sala de pediatría del Hospital Central; le había curado el dolor de panza y la había llenado de golosinas, como las viejas le aconsejaron hacer con las presas. La presa no tenía ningún miedo, se había limitado a pedirle que apartara los chocolates rellenos con menta y los caramelos de menta y todo lo que tuviera mentol y menta porque le daban náuseas. Lo demás, bienvenido sea.

—¿Cuánto dura el campeonato de loba, señora? —preguntó intrigada desde la jaula.

El resto, es historia. Abrió la puerta de la jaula y la hizo salir; le ordenó que corriera sin mirar hacia atrás, veloz como si el demonio le pisara los talones, colina arriba, hasta donde el cura párroco tenía su iglesia. Que nunca contara nada a nadie de lo sucedido, que nunca, de ser posible, la recordara. Que dijera que se perdió, eso solo. Tantas chicas se pierden en la actualidad y a nadie se le ocurre pensar que se las llevan las brujas por las montañas.


Sobre la autora

Patricia Suárez nació en Argentina en 1969. Es dramaturga y narradora. Publicó los libros Perdida en el momento (Premio Clarín de Novela 2003) y Esta no es mi noche (Alfaguara, 2005). En 2007 recibió el Primer Premio Cosecha EÑE de la revista homónima por su relato Anna Magnani. En 2008 publicó la nouvelle Album de polaroids por la editorial LA FABRICA, de Madrid y en 2010 la novela LUCY por Plaza y Janés, Argentina. En 2012, por el El Árbol de Limón, ganó el Premio Cortes de Cádiz correspondiente a la rama de relato, otorgado por la ciudad española de Cádiz. Posteriormente, en 2013 publicó en Ross Editorial (Rosario) la novela La prueba viviente, en 2016, en la ciudad de Santa Fe, el libro de cuentos Siempre caigo en los mismos errores y en 2017 en Editorial Galerna la novela La renguera del perro.

La tragicomedia de la mascotita del diablo y la angelita

Relato

¿Qué le pasó a la angelita de alas de nieve cálida? Creyó que civilizar a la mascotita del diablo era cosa de un Ya o de un Así. Si el mismo Jung, cuando la tuvo en sus manos, no supo ubicar los arquetipos de los que procedía ni dilucidar nítidamente los símbolos que emanaban de su comportamiento. Se auxilió de exorcistas y gurús y no concluyó nada que se acercase a la verdad. La hipótesis menos desorbitada fue la de un monje tibetano converso; señaló que el energúmeno era descendiente directo de Caín y de Judas Iscariote. Por eso consideró que una cruz de ceniza en la frente lo libraría de Belcebú. Procedieron y de inmediato la bestia pegó un relincho, le creció una barba de erizo más larga que la de Moisés, los hombros y las extremidades se le llenaron de cerdas, y los pies y las manos se le volvieron pezuñas. Y el primer pezuñazo fue directo a la frente de Jung. Los místicos, desde el suelo, atestiguaron el vuelo de esa bestia sin alas que se estrelló contra un ventanal atravesándolo y dejando en el laboratorio el eco de un berrido.

La mascotita anduvo errando por el mundo; pasaba desapercibida porque las pezuñas y las cerdas le surgían en los días fértiles que le corresponderían a la madre de Jesús. Llegó a tierras árabes y en un área desértica que los beduinos llamaban Dubai, encontró restos de Babel, y en la profundidad de sus cimientos, halló una galería infinita de imágenes que registraban el transcurrir del Tiempo. En cada milenio nace una mascotita del diablo; él había nacido en 1666. Como ya había recorrido todo su milenio, valiéndose de otras puertas al Tiempo, se internó en la primera década del tercero. De las lenguas originadas en esa antigua torre, eligió la más rústica, la que se conoce como la lengua de Cervantes, y en la región más modernizada de la Tierra, le fue fácil conseguir trabajo enseñándola. Las pezuñas no representaron ningún problema; la transformación le acontecía cada cuatro domingos. Lo que nunca pudo controlar fue la compulsión de sus actividades de trogloditas.

En el lugar donde enseñaba, conoció a la angelita, quien sentía una gran devoción por su papá (enfermo ahora de Alzheimer). Como la mascotita tenía un carácter idéntico al de su progenitor, se obsesionó por las clases, pues la colmaban de muy gratos recuerdos.

La angelita era una psicóloga de éxito y se dio el lujo de contratarlo como maestro particular. Una noche, mientras en la sesión la mascotita se disponía a descorchar la segunda botella de vino tinto, ella le rozó el brazo tenuemente con sus yemas de plumas. La mascotita volteó y frente a él tenía unos labios carnosos de psicoanalista y, como toda bestia, los lamió y los mordió.

Vamos a la cama.

¿Por qué? preguntó ella.

Porque así son las cosas.

Con el tiempo, la angelita descubrió lo que la mascotita intentaba ocultar: que procedía del Infierno y que su conducta correspondía a la del pitecántropo. Notó también en él la ausencia total de reglas.

Creciste sin superyó, actúas en función de tus instintos.

Se empinaba todo alcohol, se zampaba toda comida y se echaba a toda mujer o muchacho que lo pareciera. Era un caso único para estudiar y quizá, con el tiempo, civilizar. En eso estaba la angelita, cuando en la madrugada de año nuevo, por debajo de los ronquidos de la bestia, sintió la vibración del iphone de la mascotita. Lo tomó, leyó el número y se metió a los textos; el más reciente era de su mascotita para alguna epsilona cautivada por sus encantos salvajes. Le deseaba año nuevo, y la angelita no se irritó; pero al leer la segunda frase de telenovela de cuarta categoría, “amor del alma”, le dieron ganas de dejar a su bestia dormida para siempre. Y mientras su dedo índice recorría en la pantalla un “mi vida”, un “cariño”, un “mi cielo”, no comprendía este furor que le hacía bullir el corazón como un iphone silente, en el que entra una llamada.

¿Cómo? Si ya sé que esta asquerosidad se mete con lo que se le ponga enfrente.

¿Por qué lloras, estúpida? dijo la angelita racional y objetiva. Deja los sentimentalismo para Univisión y Telemundo. Tu propósito es científico: civilizar al eslabón perdido que viajó a través del Tiempo.

Mas sus sentimientos desmoronaban su razón, y no le importó el Nobel ni nada.

En cuanto despierte este cínico degenerado, lo pongo de pezuñas en la calle.

Ya no pudo dormir; el iphone enterrado debajo de su seno izquierdo vibraba y vibraba. Por fin la bestia se estiró como despertándose; ella se puso a roncar ligeramente; él se levantó, se dirigió a la cocina, aplastó el botoncito de la cafetera y se encendió un foquito rojo. Cuando el gorgoteo indicó que el café estaba listo, ella se puso una bata, cosa que nunca hacía, y salió de la recámara. En la sala encontró un simio desnudo, gacho, cenizo, meditabundo…

La mascotita tomó su café, su agua y su vino, pócimas fundamentales para su ritual de las cochinadas, y se acomodó en la cama en actitud de espera. La angelita entró, se recostó sobre el hombro bestial y sollozó.

¿Qué te pasa?

Algo terrible sucedió esta madrugada.

Murió el del Alzheimer”, pensó la bestia.

Cuando dijo el motivo de su llanto, él la acusó de fisgona.

Fue la primera vez y la última porque no volverás a meterte en esta cama.

La mascotita no entendía el melodrama del cual él era el galán. Trató de abrazarla, de besarla pero fue inútil; la angelita tenía un ala muy herida.

La bestia se empinó el café, se vistió, se encaminó a la cocina y se sirvió más café.

Es para despertar.

Ella lo acompañó al ascensor y presionó la palabra Lobby. Se corrieron las dos hojas y por vez primera la mascotita viajó solo en ese cubo.


Sobre el autor

Febronio Zatarain  (México, 1958) emigró a Chicago en 1989, donde se ha dedicado a la promoción cultural y a la creación de revistas literarias. Sus más recientes libros, En Guadalajara fue (novela), Veinte canciones en desamor y un poema sosegado, y Febrónimos fueron publicados bajo el sello de La Zonámbula. Ha colaborado en diversas publicaciones de las que destacan la revista Crítica y el suplemento cultural La Jornada Semanal. En 2015 ganó el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora organizado por la editorial Verso Destierro con el poemario El ojo de Bacon publicado por la misma editorial en 2017.

La espera y otras microficciones de Ricardo Bugarín

Relato

LA ESPERA


Dejó sus ojos en el alféizar de la ventana y, a fuerza de memoria, tejió y destejió su tarea cotidiana. Sabemos que al final, hubo un encuentro. Los aedos cuentan de un tálamo y otras minucias.


(Texto inédito en libro)

PASEOS A LA HORA DE LA SIESTA


Dulce Prudencia caminaba apaciblemente por los apretados senderos que formaban las enhiestas y tupidas enredaderas. Al volver, en un recodo, se encontró de frente con el fauno que estaba durmiendo su siesta. Nunca había observado un cuerpo con tales proporciones y su púber corazón le dio un vuelco. Desanduvo despaciosamente los senderos transitados, en una especie de levitación, procurando no hacer notar su presencia y se refugió en su alcoba de siete trabas.
Desde aquella visión, las noches de Dulce Prudencia no se aquietan contando cervatillos para conciliar el sueño y la vida se la ha convertido en una afiebrada vigilia. Se la ve lívida y sonámbula, soñando todo el tiempo con un laberinto que está del otro lado de su puerta.


De: “Inés se turba sola” (2015)

RECORDATORIO


El cirujano dijo que esa nariz era perfecta, que los pómulos eran los adecuados y que el mentón había adquirido la personalidad deseada. Hicimos las inspecciones de rutina y aceptamos, en un todo, los logros alcanzados. Ayer comenzaron a hacer las copias numeradas y mañana estarán a su disposición para entregarlas. Testó que quería una para usted en oro fino. El resto se confeccionará en bronce dorado y todas tienen una pequeña peana con la inscripción en caracteres de la fuente Trajana. Ella adoró siempre aquel lejano imperio y por ello usted verá esa honorable tipografía en la base de la máscara.

De: “Benignas insanias” (2016)

Sobre el autor

RICARDO ALBERTO BUGARÍN (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962) es escritor, investigador y promotor cultural. Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en microficciones: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) , “Inés se turba sola” (Macedonia, Buenos Aires, 2015), “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile, 2016) y “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017). Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia). Su obra integra diversas compilaciones, del género de minificción, editadas en diversos países.

Moritura

Relato

Todavía no han terminado de sacar los cuerpos de la lucha anterior cuando las tubas vuelven a sonar: otro combate. Esta vez un duelo a muerte, pero uno muy especial, de los que pocas veces se permiten y que nunca había sido visto antes en el Coliseo.

Solo uno de los dos combatientes cree que ha tenido suerte, que será una victoria fácil. Saluda al público, que ruge ante la situación tan excepcional de la que van a ser testigos, listo para matar; ya lo hizo muchas veces, en el ejército, antes de la deserción.

Las tubas suenan y, de inmediato, se lanza al ataque; pincha solo aire, pero se cubre con el escudo ante un posible golpe que, al final, no llega. Continúa la ofensiva y levanta el arma en un arco elevado para descargarla sobre su contrincante, que de nuevo esquiva sin contraatacar. Avanza con rapidez, los ojos apenas por encima del borde del escudo, y busca el choque, el cuerpo a cuerpo en distancia corta donde sabe que se impondrá su mayor fuerza.

Falla el contacto y se lleva un corte en el muslo. Su rival mantiene la separación entre ambos mientras hace fintas con la espada curva y la daga, una en cada mano, mirándolo a los ojos. La herida sangra. Ataca de nuevo, sin poner todo el peso en la pierna adelantada, y rasga cuatro veces la nada; pero a la quinta sí se lanza a fondo y su hoja casi alcanza el objetivo. Hace calor y empieza a jadear.

Busca el impacto otra vez, falla de nuevo y se lleva otro corte, ahora en el hombro. Maldice y escupe mientras la sangre chorrea por el brazo. Vuelve a prepararse para el choque contra el cuerpo del rival que, como las veces anteriores, se dispone a esquivarlo.

Pero en esta ocasión, a medio impulso, cambia el sentido del desplazamiento y estira el brazo de la espada. Roza a su rival, que debe dar un paso atrás. Sin dejar que se reponga, lanza golpes cortos. La punta del arma rasga la carne, a la altura de la mano, y la espada curva cae al suelo.

Es su oportunidad.

Con los pulmones ardiendo, corta y pincha en busca del final del combate, pero su contrincante no se rinde y, todavía ágil, evita todos los ataques. Necesita aire, necesita parar un instante, pero no lo hace porque sabe que está cerca de vencer. El escudo pesa y lo deja caer en la arena, seguro de su ventaja.

Entonces la daga vuela tan rápido que ni la ve; solo nota un golpe en la garganta. El sabor a metal lo ahoga y cae de rodillas. La gladiatrix mantiene las distancias.

Solo se acerca cuando él trata de asir, con las dos manos, la vida que se escapa por el cuello abierto. Lo rodea sin darle la espalda y toma su espada curva del suelo.

Responde a la señal de los pulgares y finaliza el duelo con un giro de muñeca. El primer combate de una mujer contra un hombre en el Coliseo termina de manera inesperada, al menos para su rival y los asistentes.

No para ella.

Entrenó durante años para este momento y sonríe mientras disfruta de la victoria, arropada por los vítores. Nota que los aplausos de las mujeres entre el público son más fuertes, más sentidos.

Su sonrisa crece.

 


Sobre el autor

Minibio (Lisardo Suárez [Gijón, 1970]), antes se amparaba en la discreción de los seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi siempre. Cuenta con varios trabajos de narrativa breve que han recibido diferentes reconocimientos en concursos, convocatorias, certámenes, antologías y revistas.

Cassandra (Κασσάνδρα)

Relato

Cassandra caminaba por bosques sin final alguno, bosques llenos de magia y de criaturas maravillosas, pero no se sentía perdida. Analizaba todo, lo observaba detenidamente. Creía escuchar a las Ninfas a los lejos merodeando por las dulces montañas. Notaba cómo los árboles se tornaban de colores oscuros y sombríos mientras ella pasaba, y cómo sus hojas se secaban una por una, como perdiendo los ánimos de repente. La naturaleza estaba indudablemente a su disposición, pues todo lo que la rodeaba, parecía querer inclinarse hacia ella y hacia las sombras que la seguían como fieles compañeras.

Así era ella: una belleza encantadora, tan hermosa y delicada que hasta los mismos seres místicos tenían miedo de no seguirla. Cassandra, hija de Hécuba y Príamo, vivía bajo la sombra de sus encantos y bajo la excelente luz de un exquisito palacio en Ilión. Sabía que era afortunada, pues poseía más que cualquiera y podía deslumbrar hasta al ser más brillante.

Su cabello rojo, como el mismísimo fuego, revoloteaba por todos lados cuando la brisa le acariciaba para obtener una probada de tan magnífica creación. Aún así, mientras el viento se aprovechaba de su presencia, todo el bosque iba tornando oscuro.

De repente, pareció que alguien había raptado el sol. La princesa se escondió en la placentera oscuridad. Pero no duró mucho para que esta oscuridad fuera suplantada por una luz tan pura como la más divina gracia, luz que solo una deidad en persona podía producir. Cassandra juró estar viendo a un dios. Entonces, se escondió detrás de un árbol, inmediatamente tímida. Observó cómo las sombras se marchaban, pues el dios las alejaba. Con solo su desplazamiento, alejaba cualquier sombra y dejaba atrás ráfagas de luz como una huella infinita, como un rastro de donde había pisado, de donde había estado. Cassandra siguió admirando de lejos, escondida, Se fascinó por su altura y enmudeció por su belleza.

La imagen del hombre perfecto. El dios perfecto para la princesa perfecta. —Seremos hermosos juntos—, pensó Cassandra, aún anonadada por la figura que se había presentado frente a ella y a la que no quería dejar ir. —Seremos hermosos eternamente.

***

Entrelazados, disfrutaban del amanecer. El sol salía a gran distancia, pero aún así con una esplendorosa potencia, como únicamente el sol mismo podía hacer. Este iba subiendo y naciendo de nuevo cada mañana, como todas las emociones de los enamorados: al mismo tiempo y, sorprendentemente, con igual intensidad. Sus cuerpos se sumergían, se fusionaban. Ambos se convertían en uno solo, y entre el todo frenesí y los abrumadores sentimientos, se hicieron promesas repentinas, promesas eternas.

Entonces, parecía importante para Cassandra conocer el nombre de aquel dios cuando estaban siendo hermosos juntos, cuando estaban sintiendo y viviendo todo al mismo tiempo. Apolo era su nombre.

—Cassandra, mi Cassandra —le cantaba el dios suavemente en el oído y parecía crear poesía con sus palabras, como si fuera compuesta solo para ella. Para su Cassandra.

Sus cabellos se mezclaban, el rojo de ella y el dorado de él, y formaban una sensación de otoño que cualquier humano hubiera querido tener el honor de presenciar por lo menos una vez en la vida. Sus pieles combinaban y sus extremidades chocaban. Creaban juntos enlaces inseparables.

Sería su Cassandra el tiempo que el dios quisiera que lo fuera. Iba a ser su Cassandra, pues ser su Cassandra era todo lo que alguien con su grandeza estaba destinada a ser. Ser su Cassandra era quien ella quería ser. Su Cassandra.

***
—Cassandra, puedo darte el Universo y eso aún no sería suficiente —susurró Apolo—. Entonces, dime tú, mi Cassandra, dime tus mayores sueños y yo los cumpliré. La princesa sintió los ojos de Apolo penetrando en lo más profundo de su alma y se atrevió a hablar después de mucho silencio. —Apolo, dios del sol, ¿me darías de verdad todo eso, sin recibir nada a cambio?

De cantos se llenaba el bosque, donde Cassandra era la sombra y Febo Apolo, la luz.

—Oh, mi querida ingenua, si supieras que todo lo que pido a cambio no es mucho más que tu amor eterno, entonces no me estarías cuestionando —murmuró Apolo, y pasó una mano por el cabello flamante de la princesa—. Pero, como oyes, quiero que sepas de mi propia boca que te daré todo lo que me pidas a cambio solamente de tu fidelidad y amor eterno.

Y Cassandra, perseguida por las sombras y por sus propios demonios, le pidió a Apolo uno de los mayores dones, uno tan fascinante que dejó atónito hasta al mismo dios, ¡con lo que costaba sorprender a un ser supremo! Su petición se convirtió en un suspiro y viajó con el viento hacia tierras que nadie conocía y que se escondían más allá del bosque, bosque que había sido testigo de la promesa eterna.

***

La predicción había sido su deseo, el don que Apolo le iba a otorgar. Cassandra quería ser como los dioses, con poderes inimaginables y fuera del alcance de los seres en la Tierra. Deseaba tener ese rango superior a todos los demás mortales, pues su belleza tenía que valer por algo. Por lo menos eso pensaba ella, constantemente. Soñaba a diario con ver más allá de lo humanamente posible y encontrar en sus visiones los misterios del mañana. ¿Cómo no podía encontrarse más feliz, si iba a igualar a los dioses, si iba a ser parte de ellos?

Cada vez que se encontraba con Febo, esperaba que el sempiterno dios le otorgara el don. Aún así, cada vez que le formulaba la pregunta a Apolo, —mucho después de que el dios hubiera descendido del Olimpo, pues no quería ser indiscreta—, él siempre la callaba suavemente y ella lo dejaba.

—No, mi querida Cassandra, no tan pronto —le susurraba, y le besaba la cabeza tiernamente.

Cassandra entonces cerraba los ojos brevemente, para luego abrirlos y continuar soñando despierta. Se escondían entre los arbustos del bosque y caminaban por todos los alrededores, ambos consumidos el uno en el otro. Mientras el dios admiraba la inigualable belleza de Cassandra, Cassandra admiraba la supremacía de Apolo. Juntos deseaban cosas distintas. Juntos se perdían. Juntos volvían a encontrarse. Incluso en estos momentos de expectativa y espera, Cassandra ya sentía que compartía con los dioses y no como alguien de afuera, sino como uno de ellos. Ella no sabía qué había hecho para merecer todo eso, para merecer que se cumplieran sus deseos más profundos. Claro que era hermosa, la más bella entre las teucras, y contaba con un par electrizante de ojos verdes que contrastaba maravillosamente con su cabello rojo flamante. Pero, aparte de ser hermosa, ¿por qué más la querría Febo, el que hiere de lejos?

Cesaron las risas. Cassandra veía por todos lados y su mirada solo podía contemplar la fuerte luz del dios flechador. La princesa, por dentro, se hallaba apagada.

***

Había llegado el día. Cassandra por fin había recibido el don de la profecía. Fue mágico y poderoso y no se podía explicar. Quería saltar, y reír y llorar. Sentía tantas cosas y a la vez no sentía nada. Estaba llena y a la vez vacía. ¿Qué hacía alguien como ella con tanta luz dentro de sí? La respuesta yacía en otro lugar, estaba empeñada en buscarla y encontrarla, aunque corriera el riesgo de perderse a ella misma en el camino sin ser capaz de regresar.

Los ojos de Cassandra se habían abierto y le permitían ver más allá de lo visible. Al inicio era confuso y hasta agotador. Muy agotador. Aún así, este pesar se sustituía por la satisfacción que el conocimiento le traía.

Cassandra era bendecida. Tenía el don de la predicción. Febo Apolo, el flechador, estaba siempre de su lado.

***

Contando con el don, y lo abrumador que podía ser el saber mucho, Cassandra había regresado al hábito de perderse entre la oscuridad, lo cual siempre se le había hecho fácil. Solo tenía que cerrar los ojos y las sombras la bañaban y la llenaban. Ella se deslizaba por puentes sin final a través de lugares negros y prohibidos. Le encantaba, amaba dejarse llevar por las sombras. Por eso, cuando una un tanto atractiva la sedujo, ella lo permitió. Se dejó llevar nuevamente.

Quería justificarse, decir que había sido solo un impulso. Pero no todos los opuestos se atraían y no todos los iguales se repelían. Vagas excusas. Tontas ciencias. La atracción y la repulsión iban más allá de lo que cualquier humano podría llegar a entender algún día. Pero ella, Cassandra, bendecida con los ojos del futuro, sabía cómo eran las cosas. Sabía que aquel individuo con nombre noble, y cuerpo aún más noble, se había acercado a ella, y ella, la ingenua Cassandra, se había perdido y no quería ser encontrada.

Día tras día, sola en su lecho, comparaba la luz con la oscuridad. Febo, la hacía sentir cosas increíbles y hasta buenas, pero el hombre noble, oh el hombre noble —de cabello carbón, caminar seguro y ojos verdes como las hojas de los árboles frescos y jóvenes—, la hacía sentir

innegable,

inevitable,

insaciable.

Danzó con el hombre noble hasta que ninguno de los dos podía más. Danzaron sus cuerpos noche y día y día y noche, y Cassandra se sentía eterna como toda una diosa. Solo que no lo era y no lo quería ver. Porque miraba el futuro, pero decidía no ver.

Se mantuvieron juntos entre las sombras, donde nadie podía juzgarlos, verlos. Donde no existía nadie que no fueran ellos mismos. Donde no podía entrar ningún dios olímpico. Donde Apolo dejaba de ser Apolo y se convertía en una de esas brisas pasajeras, ya olvidadas después de segundos de haber sido sentidas.

***

Pero no pasó mucho antes de que Apolo volviera, pues los sagrados dioses de todo se daban cuenta y todo lo veían, y solo la ingenua Cassandra no era consciente de eso. En ese momento, estaba Febo frente a ella. Su luz la cegaba y la encadenaba. Era como estar cerca del fuego, de la llama resplandeciente que este producía. Ya no aguantaba ni un minuto más ahí.

Apolo no quería a Cassandra ni un minuto más ahí. Apolo, ardiendo en cólera, arrastró a su querida Cassandra por todo el bosque, cuyas esquinas más recónditas habían sido testigos de cada acto de traición que había sido cometido en contra del dios flechador. Llevaba en su mano izquierda envuelto el cabello de Cassandra, de su otro hombro colgaba el carcaj lleno de flechas y en su otra mano, su sagrado arco, el cual nunca le fallaba, pues le resultaba muy certero en cada tiro.

En este instante, y justo en este instante, Cassandra, que había sido bendecida con los ojos del futuro, no podía ver nada. Posiblemente eso era lo que le aseguraba su muerte. Ya no podía ver nada más. Nada más aparte del hombre noble, que también estaba ahí, justo frente a ella. Siempre tan serio y seguro. Como si un dios cólerico no estuviera ahí, justo frente a él. Como si ese dios no fuera Febo, el que podía quemarlo como lo haría el propio sol.

Cassandra respiraba repetidamente, muy repetidamente. Jadeaba. Gruñía. Se quejaba. Estaba dolida. Estaba perdida. Estaba abandonada por las mismas sombras, ¡traidoras!

El hombre noble solo estaba ahí de pie. Resignado y dolido. Pero lleno de un sentimiento cálido y abrasador, que ni el mismo Febo podía soñar con tener. No estaba arrepentido de ninguno de sus actos. ¿Lo estaba Cassandra? ¿Arrepentida de sus actos?

La furia de Apolo crecía, serpientes los rodeaban, flamas los amenazaban. Incluso, cayó sobre ellos la cólera de Artemisa, quien se encontraba encima de una roca gigante. Artemisa, la que hiere de lejos. La diosa se veía amenazadora con su arco siempre listo y a la par de un temible lobo gris. Pero las manos de los amantes seguían juntas, ellos permanecían unidos. Todo resonó en el bosque, cuando Febo Apolo, hijo querido de Zeus, pronunció palabra:

—Ustedes, que osaron jugar con la magnanimidad de un dios, sucios de mente y de corazón, no pidan merced, pues no la merecen y tampoco voy a concederla. Arrodíllense ante mí, Apolo, queridísimo por Zeus, dios de los inmortales y de los mortales. —Las luces los cegaban. Segundos después, como impulsados por una orden divina, ambos amantes estaban de rodillas, con las cabezas apuntadas por la flechadora Artemisa.

El suelo crujía. La noche lloraba. Los árboles se lamentaban.

—Cassandra —llamó, mientras la veía con ojos penetrantes y encolarizados, ¡pero qué bellos que eran!— Mi Cassandra como solía llamarte. Te conviertes hoy en una desconocida frente a mí, sin rostro alguno, y tan hermoso que me parecía tu rostro. Así como te fui bondadoso, así voy a castigarte.

—Vas a seguir observando cómo sucederán los acontecimientos, pero siempre serás incapaz de actuar en contra de la voluntad del destino. Tus palabras se convertirán en mentiras para los oídos de los demás, pues todos oirán solo engaños cuando hables de tus predicciones. Te conocerán los dioses como Cassandra, la bendecida por los ojos del futuro y maldita por el mismísimo Febo Apolo. Así le habló el dios a la desdichada princesa de Ilión.

—Y tú, hombre noble, que te atreviste a quitarle la mujer a un dios, no obtendrás jamás el descanso que reciben las almas y vivirás cuantas vidas yo decida que vivas, siempre sufriendo y lamentándote, como el desdichado mortal que eres. Porque a pesar de ser noble, eres débil, sin ser tu culpa, pues la debilidad es característica de los inferiores mortales. Esta misma debilidad te va a llevar a tomar decisiones que nadie podrá detener. Ni siquiera la bella y maldita Cassandra.

Truenos resonaban como un espectáculo maravilloso. Todo se llenaba de una luz que en lugar de causar alivio, provocaba angustias.

—Ahora vayan y vivan cientos de vidas, encontrándose el uno al otro y perdiéndose cuando yo crea oportuno. Sean eternos e infelices y arrepiéntanse de haber desafiado a un dios olímpico, que cuando llegue su momento, te encontrará a ti, Cassandra, la diosa Artemisa para darte muerte.

De esta forma sucedió la maldición de la desdichada Cassandra, la princesa de Ilión, hija de Hécuba y Príamo, hermana del deiforme Alejandro y del valeroso Héctor.

 


Sobre la autora

Angie Bolívar Macías nació en Ecuador, pero ha vivido en Costa Rica la mayor parte de su vida. Siempre ha tenido una gran pasión por las letras. Actualmente estudia Filología Clásica en la Universidad de Costa Rica.

Carta a Rodrigo Escobedo sobre las sirenas

Relato

Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.

Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocefálos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y Pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que el pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descubriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.

Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: ”Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvistéis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consolaós, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la passión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacistéis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la formosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos será vuestro desatino, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginabáis que vos no ibais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójadte a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”

Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.

Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.

Palabras del Almirante.

Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.

El documento es de dudosa autenticidad, según algunos expertos. Se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid.

 


Sobre la autora

Patricia Suárez nació en Argentina en 1969. Es dramaturga y narradora. Publicó los libros Perdida en el momento (Premio Clarín de Novela 2003) y Esta no es mi noche (Alfaguara, 2005). En 2007 recibió el Primer Premio Cosecha EÑE de la revista homónima por su relato Anna Magnani. En 2008 publicó la nouvelle Album de polaroids por la editorial LA FABRICA, de Madrid y en 2010 la novela LUCY por Plaza y Janés, Argentina. En 2012, por el El Arbol de Limón, ganó el Premio Cortes de Cádiz correspondiente a la rama de relato, otorgado por la ciudad española de Cádiz. Posteriormente, en 2013 publicó en Ross Editorial (Rosario) la novela La prueba viviente, en 2016, en la ciudad de Santa Fe, el libro de cuentos Siempre caigo en los mismos errores y en 2017 en Editorial Galerna la novela La renguera del perro.

Fe de Errata y otras microficciones de Ricardo Bugarín

Relato

FE DE ERRATA

El egiptólogo me dijo que lo mío era un problema de jeroglíficos. Una falta ortográfica, digamos. Parece que hay que eliminar, por ahí, algunas líneas de un ojo y hay que subsanar, por allí, algunas asperezas técnicas porque de lo contrario, cuando me descifren, en lugar de un canto de amor del limo y del ibis en arrullo, se van a encontrar con un exabrupto ontológico.

De Inés se turba sola (2015)

Un puñado de sol

Relato

Por Luis Antonio Beauxis Cónsul.


La noche se había cerrado sobre el Istmo. Negros nubarrones velaban la luna y las estrellas, las tinieblas reinaban fuera y dentro de la gruta.

Veinte cuerpos yacían apiñados en el fondo, cada hombre buscaba el calor que podían proporcionarle sus vecinos. Sólo Deucalión permanecía despierto, velando junto a la entrada, para dar la alarma si alguna alimaña se atrevía a acercarse.

De pronto, un tenue resplandor rosado comenzó a filtrarse por entre las ramas que obstruían la boca de la gruta, como si la Aurora hubiese comenzado ya su diario paseo, pero era demasiado temprano para ello.

La luminosidad continuó aumentando; cuando Deucalión consiguió identificar, al fin, su origen, retiró apresuradamente las espinosas ramas y llamó a gritos a sus hermanos:

  —¡Despertad! ¡Despertad todos ya! ¡Es nuestro Padre que ha vuelto! ¡Y trae un puñado de sol en lo alto de una rama!

Los otros entreabrieron los ojos somnolientos y, como mejor pudieron, comprobaron la veracidad de lo afirmado: Prometeo penetró en la caverna y las tinieblas se tornaron en día.

— ¡Bienvenido, Padre! — saludó Deucalión y todos los demás le hicieron coro — ¿Qué es lo que te trae hasta aquí en medio de la noche?

—Tengo un regalo para vosotros — sonrió Prometeo —¿Acaso no lo estáis viendo?

—Claro que sí, Padre — afirmó Quimereo, incorporándose — Pero, ¿qué cosa es?

—Pues, justamente lo que ha dicho vuestro hermano: “un puñado de sol” que he tomado para vosotros

—¿Y qué haremos con él? — preguntó Lico, perplejo.

—Os iluminaréis en las noches y os calentaréis durante el invierno — respondió Prometeo. —Pero además, os reuniréis en torno a él y os narraréis historias. ¡Acerca esas ramas!

El aludido obedeció con presteza, Prometeo aproximó su antorcha y, muy pronto, una hoguera chisporroteó en el centro de la caverna. El Titán tomó asiento sobre una roca; los Hombres se acuclillaron, formando un círculo en derredor de la tibieza que irradiaba el nuevo don.

—Esto os unirá aún más — continuó Prometeo, mientras la veintena de rostros barbados le otorgaba toda su atención — Cada vez que un hombre entregue a otro una rama encendida, será un signo de fraternidad similar al de estrechar su diestra.

Todos asintieron, en respetuoso silencio.

—Aunque también podréis darle otros usos más prácticos — rió el Titán — ¿No

tendréis por allí algo de comida que os haya sobrado?

Menecio corrió hacia el fondo de la gruta, regresó cargando un cuarto trasero de uro.

—Hasta ahora —explicó Prometeo — sólo comíais la carne caliente cuando la arrancabais, aún palpitante, de la presa recién muerta. ¡Ahora podréis comer caliente siempre que así lo queráis! Y será mucho más sabroso, os lo prometo.

Tomando una de las toscas lanzas que descansaban contra la pared de roca, ensartó en ella la carne e hincando vigorosamente la punta en la tierra, dejó que las llamas comenzasen su tarea. A poco, un apetitoso aroma inundó toda la gruta y los Hombres experimentaron una agradable sensación que les colmó las bocas. La grasa goteaba, lanza abajo, chisporroteando alegremente. Las sombras danzaban en las paredes.

—¿Y qué otra cosa podríamos hacer, Padre? —quiso saber Jápeto.

Prometeo meditó un instante antes de responder.

—Podréis mejorar vuestras armas — suspiró — Para empezar, endureceréis los extremos aguzados de las varas que ahora os sirven como lanzas. Luego arrancaréis, de las entrañas de la Madre Gea, rocas que, una vez expuestas a un intenso calor, podréis trabajar para obtener mejores utensilios para cazar y descuartizar vuestras presas… ¡Epimeteo! Trae más ramas. ¡Por favor, no dejéis que se extinga!

El mencionado, echó a la hoguera las ramas espinosas que habían cerrado la entrada de la cueva.

—¿Qué has hecho? — protestó Deucalión — ¿Cómo haremos ahora para

mantener alejadas a las fieras?

—No te preocupes, hijo mío, para ese menester también será útil mi regalo.

Prometeo tomó un tizón encendido y, con un movimiento rápido y certero, lo arrojó contra una pareja de lobos, que habían sido atraídos por el olor de la carne asada y que se alejaron, aullando, en medio de la noche.

Los Hombres festejaron con risas. El Titán giró el trozo de uro, para que se cociera del otro lado, y prosiguió:

—Fabricaréis recipientes donde podréis preparar éste y otros alimentos de maneras diferentes; también podréis extraer los jugos de los frutos de Démeter para aliviar las enfermedades. Además, haréis herramientas que os permitirán cortar y tallar las rocas, para construir con ellas casas, templos y… —su mirada pareció atravesar los muros de piedra y las edades — llegará el día en que este elemento os dará el poder de surcar la tierra, los mares y los cielos.

—¡Entonces, seremos Dioses! — exclamó Atlas, alborozado.

—No — replicó el Titán, frunciendo el ceño — Seréis Hombres, ni más ni menos.

Comieron.

El silencio que se apoderó de la caverna apenas si era quebrado por la masticación y el crepitar de los leños.

—Hijos míos — declaró Prometeo al fin — os amo. Yo mismo os he creado, con mis propias manos… con mis propias lágrimas… Porque os amo, persuadí a Palas Atenea para que os concediese el don del entendimiento, ese mismo don que deberéis usar para comprender que este último regalo que hoy os he hecho puede dar vida, pero también quitarla. Puede ayudaros a construir, pero también puede arrasar todo cuanto hayáis edificado. ¡Tenedlo bien presente! Estad alertas, de vosotros depende, únicamente, la forma en que utilizaréis el fuego que os he traído, desafiando la cólera del propio Zeus…

El rayo abrió su sendero de devastación a través del firmamento; un trueno furibundo se precipitó, como un tornado, en el interior de la caverna, estremeciendo Hombres y rocas.

Con gesto adusto, Prometeo se puso de pie y se encaminó hacia afuera.

—¿Dónde vas, Padre? — la voz de Deucalión expresó la interrogante general.

—Al encuentro de mi Destino. El vuestro, Hombres, queda en vuestras propias

manos.


Sobre el autor

Luis Antonio Beauxis Cónsul es un escritor montevideano de 58 años. Publicó su primer relato en 1980, desde entonces ha obtenido premios y menciones en concursos de narrativa y poesía, nacionales e internacionales. Ha colaborado en medios de prensa, participado en antologías y lleva publicados cuatro libros de cuentos:

FICCIONES EN SU TINTA

CUENTICULARIO

OTRAS MEMORIAS

UN PUÑADO DE SOL…

En los últimos años se ha dedicado también a la Poesía habiendo obtenido, entre otras distinciones:

Ganador del II Certamen “Un Soneto Para Soria” (Soria, España, 2014)

Finalista “Premio Platero de Poesía” (Ginebra, Suiza, 2015)

Finalista “Poesías con Fondo Sonoro” (Palencia, España, 2018)

Primer Premio Poesía “Habla de Mí” Casa de Ceuta (Barcelona, España, 2015)

Primer Premio Poesía “Centenario Natalicio Ermelinda Díaz” (Quilpué, Chile, 2015)

Primer Premio Poesía “Centro Cultural Andaluz” (Valparaíso, Chile, 2017)

Primer Premio Poesía “Hermandad Nacional Monárquica” (Madrid, España, 2018)

Actualmente Luis Antonio Beauxis está casado con Leonor Díaz de Vivar y tiene dos hijos (Rodrigo y Joaquín). Es empleado bancario y cursó estudios en la Facultad de Medicina.

El rey leproso, un relato breve de Leopoldo Orozco

Relato

            El día ya se había terminado cuando me fue posible la entrada en los aposentos del Rey Leproso. Al percatarse de la forma de mi nariz y la tonalidad de mi piel, los guardias auscultaron mi túnica en busca de cuchillos o pócimas letales, pensando que tal vez podría ser un enviado del rey sarraceno. A pesar de mi salvoconducto y mis buenas intenciones, fui despojado de mi pluma de oro y mi cartapacio lleno de folios en blanco: ahora sólo me quedan las memorias de este encuentro fugaz.

            El rey estaba exhausto. Habían terminado de vendarlo y de cubrirlo de medicamentos. Yacía, como una pluma recién caída, sobre una almohada de finísimos contornos. El aire tenía un ligero olor a podredumbre enmascarado por los más bellos y penetrantes perfumes. A través del mosquitero pude ver un rostro deforme y santo, unos ojos profundos que no me veían. Dime lo que buscas, viajero.

            Le pedí que me hablara de la guerra, de su nacimiento prodigioso, de su maldición. A pesar de tener sólo veintiún años, lo percibía infinitamente más sabio que yo. Me hizo pensar en una especie de Alejandro Magno en descomposición, cayéndose a pedazos al igual que su reino.

            En mi tierra se hablaba del Rey Leproso como si fuera un santo, y en muchos sitios le habían hecho altares y figuras. Se decía de él que portaba siempre una máscara de hierro, inexpresiva, y que ahuyentaba a los musulmanes con sólo mirarlos, que una batalla la había peleado usando un sólo brazo, pues el otro se le había caído durante su cabalgata.

           Yo lo consideraba un santo también. Se lo comenté. Él se acercó a mí y dejó ver una mueca permanente, una sonrisa extrañaEs bueno ser un santo y un leproso a la vez, me dijo, con cada paso que doy dejo en el suelo una reliquia.


Sobre el autor

Leopoldo Orozco (Ensenada, Baja California, 1996) es un narrador mexicano egresado de la carrera de Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad Nacional Autónoma de México. Además, es fundador y colaborador de la revista De-lirio y del taller que lleva el mismo nombre.

Los últimos minutos de Bérenger de Lacroisille – Daniel Frini

Relato

Fray Bérenguer de Lacroisille ha sido torturado.

Hoy es sábado, el día once antes de las calendas de noviembre del año de Gracia del Señor de 1307.

Hasta hace diez días, Bérenger era Turcoplier de los Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici, la Orden de los Caballeros Templarios; sin embargo, ahora no es más que un preso en las manos de los verdugos que dirige Guillaume Imbert, Inquisidor General de la Fe en Francia y confesor de Felipe IV, el Hermoso.

Fray Bérenger ha sido sometido al strappardo; le ataron dos grandes campanillas de bronce a sus testículos, a modo de burla; y también pasó por la squassation, con lo que le han dislocado hombros y brazos, y quebrado las piernas en varias partes. Ha sido fustigado y le han arrancado tiras de piel y carne con garras de gato. Le han sacado las uñas de los dedos y en su lugar han colocado clavos candentes; y le han quemado las plantas de los pies con planchas de metal al rojo.

Fray Bérenger ya se reconoció sacrílego, hereje, apóstata, idólatra, sodomita y simoníaco. Ha declarado que él y sus hermanos del Temple escupieron sobre la Santa Cruz, renegaron e insultaron a Cristo, rindieron culto a dioses paganos, veneraron a vírgenes negras, adoraron al Bafometo y practicaron ritos obscenos, incluso el Osculum Infame.

Fray Bérenger no sabe de las intenciones del rey Felipe, de su canciller Nogaret y de su chambelán Portier de Marigny, ni de la indecisión del Papa Clemente V.

Está solo y desnudo en una celda sin, siquiera, el confort de un poco de paja sobre la fría piedra del piso. Desconoce que su Gran Maestre Jacques de Molay ha caído, también, en desgracia y está prisionero a unos cuantos pasos de él.

Supone, sí, que no es el único cautivo. Cree haber escuchado a los verdugos cuando nombraban a sus amigos Fray Robert de Plessiez y Fray Reinald de Milly; y entre idas y venidas de los continuos desmayos, le parece haber escuchado las súplicas de su Senescal, André de Périgord, que venían desde una celda no muy lejana.

Sin embargo, el dolor que siente en algún lugar de su pecho es infinitamente más fuerte que aquel que le provoca la tortura. Fray Bérenger respondió afirmativamente a todas y cada una de las aseveraciones de sus inquisidores;  no por temor al tormento, sino como resguardo para no delatar a la única persona que le importa: Cécile de Monssac.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos participaron en orgías en las que no había mujeres, mientras pensaba en los destellos de los hermosos y grandes ojos negros de Cécile.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos reverenciaban al demonio encarnado en un gato, mientras recordaba una radiante y franca sonrisa dorada.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos quemaban niños y bebían sus cenizas mezcladas con vino consagrado, durante la celebración de la Santa Misa, mientras evocaba unas trenzas azabache, que brillaban como el ébano de Santa Helena a la luz del sol.

Dijo sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos afirmaban que Cristo había sido un falso profeta, y que no había padecido en la cruz para la redención del género humano, mientras rememoraba la tersura de una piel blanquísima y el rubor del decoro de su amada.

Pero Fray Bérenger de Lacroisille jamás vio a Cécil de Monssac. Ni siquiera sabe si existe. Hace más de diez años, en uno de sus tantos viajes por el Rousillon, oyó la cansó que trovaba Amanieu de Sescars, y se extasió ante aquella declaración de amor que imaginó suya:

 

La belleza y el bien que hay en mi dama

me tienen gentilmente atado y preso.

 

Y Bérenger imagina que no es la Inquisición quien lo tortura. Sueña que es Cécil quien maneja la fusta o arranca sus uñas, y delira que ella le canta, aunque las palabras sólo suenan en su mente afiebrada.

 

No está curada la llaga que me hiciste, amor,

cuando me heriste con tu cruel espada.

 

No le importa el Temple, ni su Maestre, ni su Senescal, ni sus compañeros. Está dispuesto a firmar cualquier confesión, y hasta renegar de la gracia del perdón ofrecido por los domínicos, si se lo ofrendasen. Está dispuesto, incluso, a inventar cuanta maldad le insinúen y ponerla en boca hasta del mismísimo Papa, si se lo ordenasen.

No sabe por qué, pero espera de manera ardiente la sesión de tortura venidera en la que le arranquen la lengua con tenazas para asegurarse de que ni en el delirio de la fiebre que lo abrasa va a nombrarla.

 

Yo ardo sin ser quemado

en vivas llamas de amor.

 

Fray Bérenger soporta todo sin desmayarse porque teme pronunciar su nombre y que sus jueces se interesen en ella, y la busquen. Le espanta la idea de que Cécil exista, y los verdugos de la inquisición la encuentren y la sometan al espanto por el puro placer de apagar su hermosura.


Sobre el autor

Daniel Frini nació en Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista, escritor y artista visual. Publicó en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Bolivia y Perú. Fue traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y “Nueve hombres que murieron en Borneo” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Obtuvo, entre otros, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España).

 

 

Entrevistas imaginarias y perfiles con artistas #1. Cneo Pompeyo Magno

Relato

Pompeyo luce incómodo en la silla curul. De su cintura cuelga el gladius en una funda de cuero desgastada, como la de cualquier soldado veterano.

Me gustaría empezar hablando de su figura en la posteridad, una imagen que muchos sospechan demasiado buena para ser cierta. ¿Qué opina al respecto?

[Carraspea] Juzgar una época desde perspectivas lejanas en el tiempo suele ser injusto [se mueve en la silla]. Roma necesitó ser reorganizada y dirigida con visión firme [carraspea]. Quizá lo vean de una manera tergiversada.

Pero la mayoría de las fuentes al respecto son contemporáneas a usted.

Tenían sus propias opiniones [carraspea]. Nunca manipulé lo que dijeron, ¿sabe?

Le creo.

Cneo Pompeyo Magno, más conocido como Pompeyo el Grande, fue posiblemente el general con mejores resultados de toda la historia de la Antigua Roma. Ganó batallas a lo largo y ancho del mundo conocido bajo toda clase de condiciones y contra todo tipo de enemigos. Sólo perdió una, pero justo la que no debió haber perdido. Fue uno de los actores principales del siglo I antes de Cristo, la época que cambió para siempre la política romana, su destino y el de Occidente.

Repasemos su juventud. Desde muy pronto demostró pericia militar y un carácter férreo en el campo de batalla; lo llamaban el «adolescente carnicero».

[Parece relajarse un poco] Hice lo que tenía que hacer. Ganar una batalla contra un enemigo no garantiza que jamás vuelva a ser una amenaza; matarlo, sí. Además, otros pueden aprender en cabeza ajena lo que les espera si se enfrentan a Roma.

Los comienzos de su formación militar fueron de la mano de su padre.

Sí. Acompañé a mi padre en lo que ustedes conocen como la Primera Guerra Civil Romana, entre los partidarios de Cayo Mario [tuerce el gesto al pronunciar su nombre] y los de Sila [no mueve ni un músculo de la cara al pronunciarlo]. Aprendí mucho.

De él heredó su riqueza y sus legiones.

En efecto. El dinero no tiene voluntad propia, pero los legionarios romanos sí [parece más cómodo ahora]. Ganarme su fidelidad y apoyo fue cosa mía.

¿Heredó también su carácter duro y estricto?

Es posible que parte de… [duda unos segundos, buscando las palabras exactas. Pompeyo nunca fue un gran orador] mi dureza frente al enemigo venga de él, pero nunca me moví por el dinero. Yo buscaba la gloria de Roma.

¿Cree que eso se debe a otra herencia de su padre? ¿No cree que él, a pesar de su riqueza como terrateniente y potentado agrícola, se sentía inferior?

Piensa su respuesta con cuidado. Aunque cometió varios errores en su carrera, no lo hizo por decisiones apresuradas; se equivocó al valorar a otros hombres.

Sé que fui un homo novus. Mi carrera fue meteórica y serví a Roma en los puestos más altos con unos nombramientos sin precedentes. No sentí lo que está sugiriendo.

Hablaremos más tarde de eso. Me gustaría volver a lo que ha dicho sobre que nunca se movió por dinero. ¿Qué sucedió con el botín del saqueo de Asculum?

[Se revuelve en la silla, inquieto] Un juez de Roma investigó las acusaciones y salí absuelto. No ocurrió nada de eso que algunos dijeron.

¿Es cierto que usted estaba comprometido con la hija del juez?

Su cuerpo está rígido, pero su mirada es viva. Veo en ella, por un momento, al adulescentulus carnifex. Ahora soy yo quien se revuelve en la silla.

No tiene nada que ver un hecho con el otro. Me ofende lo que usted sugiere. [Sus hombros caen un poco y suspira] Ambas circunstancias no están relacionadas, insisto.

Cayo Mario renovó el ejército y trató de renovar también la sociedad romana, muy clasista. Su popularidad era enorme entre los menos favorecidos, la facción más numerosa. ¿Por qué se unió usted a la rebelión de Sila contra él?

Siempre ha habido clases y siempre las habrá. ¿En su tiempo no las hay?

Podríamos decir que, al menos desde el punto de vista económico, sí; pero no se excluye de las realidades públicas y políticas a nadie por pertenecer a una clase concreta. Simplemente tienen menos oportunidades unos que otros, por desgracia.

¿Hay alguna diferencia práctica entre ambos casos? [sonríe con desgana, pero está más relajado; aprovecho la oportunidad].

¿Se rebeló usted contra Cayo Mario o apoyó la estrella ascendente de Sila?

[Carraspea y se vuelve a mover en la silla] Cayo Mario llevaba demasiado tiempo siendo cónsul; ya era muy mayor y suponía una amenaza contra el orden natural de las cosas, tanto por sus opiniones como por sus fallas de memoria y reflejos. Fue natural unirme a Sila, aunque tenía mis propias ideas.

Hablando de ideas, Sila le ordenó divorciarse de la hija del juez y casarse con su hijastra. ¿De verdad fue una idea de Sila?

[Pompeyo luce un semblante serio] Sí. El primer marido de mi esposa había criticado a Sila en público y él no perdonaba esas cosas [Pompeyo murmura algo como «y me llamaban carnicero a mí»]. Además, en Roma las alianzas se solían sellar con matrimonios. Pero ella murió más tarde…

Pompeyo fija la mirada en el infinito. ¿Cuántas cosas estarán pasando por su cabeza? Incluso con esta entrevista, cara a cara, es difícil desentrañar el laberinto de su mente y la realidad que movió los hechos en los que participó. Sospecho que tuvo que ser una persona muy emotiva, pero que ocultaba ese hecho bajo capas de dureza.

Derrota a sus enemigos… perdón, a los enemigos de Sila, en Sicilia y en el norte de África con rotundidad absoluta. ¿Por qué le costó tanto obtener el permiso para celebrar su triunfo en Roma?

[Pompeyo sonríe de manera condescendiente] Sila, a diferencia de mí, era bueno valorando a las personas. Tenía que controlar mi ambición y, sin castigarme, ponerme en mi lugar para que relativizase las cosas.

¿Por eso no pudo celebrarlo hasta Sila y Metelo tuvieron el suyo?

En efecto.

En su triunfo, intentó entrar en Roma a lomos de un elefante tan grande que no cabía por la puerta de acceso en la muralla. ¿Tiene algo que ver con ese supuesto sentimiento de inferioridad que dice no haber heredado de su padre?

No, no, claro que no [nuevos carraspeos]. Quería enseñar a la plebe cómo era un elefante de guerra, nada más.

A la muerte de Sila, el Senado le dio a usted la responsabilidad y las tropas para abortar el levantamiento de Lépido contra Roma.

Sí, así fue. Aplasté la rebelión.

¿No es cierto que usted apoyó el nombramiento de Lépido como cónsul, a pesar de las sugerencias de Sila en contra?

Sí, me equivoqué con Lépido también. Como ya he dicho, el fuerte de Sila fue valorar a las personas en su justa medida; aunque debo señalar que dejó con vida al joven Cayo Julio César, incluso adivinando que era un muchacho que prometía más actividad y fuego público que el propio Cayo Mario.

La decisión de Sila no le afectó a él, pero a usted sí.

Su mirada se ensombrece; guarda silencio. Fue un hombre orgulloso.

Cuando, camino de Hispania, se enfrenta a los partidarios de Cayo Mario que todavía luchan contra Roma ¿cree que la historia le ha hecho un favor al considerar que solo fue derrotado una vez y que no perdió la batalla del río Sucro?

[Pompeyo vuelve a revolverse en el asiento, claramente incómodo] Sabía que Metelo se acercaba a la zona con sus tropas, por lo que me permití correr riesgos.

Hay quien dice que Metelo le salvó la vida.

Estaba todo bajo control, créame [su cuerpo está envarado en la silla].

La pacificación de Hispania llevó varios años y solo la consiguió cuando el líder rebelde fue asesinado por uno de sus oficiales, no mediante batallas. ¿Fue el asesinato una herramienta usada por la voluntad del Senado de Roma?

[Pompeyo se pone muy serio. Parece crecer en la silla, su figura proyecta poder y confianza] No tuve nada que ver con eso y creo que el Senado tampoco. El oficial tomó su decisión pensando en Roma. No usé ese tipo de tácticas en toda mi vida.

Le creo. ¿Se considera a sí mismo un oportunista?

Nunca fui un jugador de ventaja ni alguien que siguiese al viento que más sopla.

Entonces, ¿cómo definiría su intervención sobre las pocas tropas de Espartaco que quedaban tras ser derrotado por los ejércitos de Craso?

[Sus ojos expresan sorpresa, pero no vacila ni un segundo en responder] Volvía a Roma con mis tropas de la campaña en Hispania y me encontré con esa amenaza. Acabé con los esclavos rebeldes, como era mi deber.

¿No es cierto que escribió que, a pesar de lo que había hecho Craso, era usted quien, y cito, «había extirpado el mal de raíz»?

Esas son cuestiones semánticas.

¿Fue esa semántica la que lo enemistó con Craso?

[Pompeyo suspira] Probablemente.

A usted le permitieron celebrar un triunfo. A Craso, solo una ovación.

Para ser justos, terminé con una rebelión de varios años y había pacificado Hispania, devolviendo su gestión y rendimiento productivo al dominio del Senado y Pueblo de Roma. Eso es más importante que derrotar a un ejército de desarrapados.

Esclavos desarrapados que tuvieron en jaque a las tropas romanas, y casi a la propia Roma, durante bastante tiempo.

Hubiese sido todo muy distinto si yo hubiese estado en la península italiana con mis tropas, créame [una sonrisa de suficiencia asoma en los labios de Pompeyo].

Consigue también ser nombrado cónsul en ese momento.

[El pecho de Pompeyo se hincha. El orgullo es patente] Sí: Roma me permitió el honor de representarla, dirigirla y protegerla.

¿No es cierto que jamás, en toda la historia de Roma, nadie había pasado de ciudadano particular a cónsul sin haber prestado servicio en algún cargo público?

[El orgullo en su rostro es todavía mayor, pero me mira con suspicacia] Sí.

¿Y no es cierto también que la ley romana prohibía eso?

[La mirada de Pompeyo se ensombrece] No hubo nada ilegal en mi nombramiento, nadie vio caso alguno para los tribunales. Ni entonces ni nunca fui encontrado culpable por ningún juez.

Claro. ¿Y no cree que eso lo acercó mucho más a la plebe, una facción grande en Roma pero muy lejana a la que usted y Sila parecieron representar en su momento, y en cambio muy próxima a la que Cayo Mario trató de defender?

[Pompeyo guarda silencio por unos instantes. Parece mirar algo que está muy lejos] Roma es la plebe y la plebe es soberana.

En ese momento empezó su contacto político con César y colaboró con usted.

[Su mirada se vuelve extraña] César, César… [aprieta la mandíbula y los puños].

Cambiemos de tema. No sólo vencía en tierra sino que en el mar, contra los piratas que dañaban las rutas comerciales, llevó a cabo una campaña exitosa.

[Poco a poco, el ceño fruncido de Pompeyo va desapareciendo] En realidad dista poco de una campaña terrestre, más allá de los medios y el entorno: localizar bases, destruir fuentes de suministro, cortar rutas; no hay demasiada diferencia.

Fue natural que el Senado le diese entonces el mando para conquistar, de una vez por todas, el área al oriente del Mediterráneo.

A mí me lo pareció también, sí.

Con el entusiasta apoyo del joven senador César.

Cayo Julio César fue uno más de los muchos que apoyaron mi nombramiento.

Y fue una excelente decisión porque terminó por fin con la amenaza de Mitrídates, unió Siria a la lista de provincias romanas y conquistó tanto Judea como Jerusalén a sangre y fuego, llevando Roma hasta el Caúcaso. La frontera oriental de la República se extendió muchísimo al este.

Sólo cumplí con mi deber.

Parece sincero. Quizá lo fue demasiadas veces a lo largo de su vida.

Hubo zonas, de las que reclamó para Roma, que incluso cambiaron su calendario para iniciarlo de nuevo desde el momento de su conquista.

Algo accesorio y de importancia menor frente a lo que supuso para Roma.

Está cómodo en la silla, realmente orgulloso de sí mismo. Tal vez también fue orgulloso demasiadas veces en su vida.

Las arcas romanas se vieron inundadas de riquezas procedentes de los nuevos territorios a la sombra del SPQR.

En efecto; todas las conquistas de Roma refuerzan sus finanzas.

Dicen que también las suyas.

[Pompeyo hace un gesto casual con la mano que indica desinterés. Vuelve a parecer sincero] Mis finanzas personales ya estaban muy bien saneadas antes, créame.

No lo dudo. Se celebra un fastuoso triunfo en su honor, el tercero de su vida.

Por un instante, Pompeyo parece más joven y en sus ojos hay un brillo de vida que todavía no había visto durante nuestra charla, aunque no habla.

Pero en su ausencia han pasado muchas cosas en la capital. Por ejemplo, César ha recibido dinero de Craso y sus opiniones empiezan a coincidir.

Y me preguntó usted antes si yo me consideraba oportunista… [Los dos sonreímos, una paz tácita se posa entre nosotros. Paz; algo que vio poco Pompeyo a lo largo de su vida, en varios sentidos] Antes de que me lo pregunte, le diré que licenciar mi ejército al volver fue una maniobra calculada, sí. No había conflicto inmediato que afrontar y podía usarse en mi contra alimentando rumores sobre un levantamiento armado contra Roma. Fue lo mejor que pude hacer.

Usted intentó dar tierras de los nuevos reinos conquistados a sus veteranos, como regalo por su retirada del ejército, pero el Senado no lo permitió.

Roma se estaba alejando de sus orígenes. Ahora sé que es culpa de todos, por cierto [sonríe con tristeza]. El reparto de tierras entre los ciudadanos fue lo que permitió a una diminuta aldea, fundada entre charcas y paludismo, convertirse en el centro del mundo. Traté de recuperar aquel espíritu, pero no me dejaron.

También se puede ver como algo populista, algo digno de Cayo Mario.

Las cosas se pueden interpretar de muchas formas, lo sé.

Y usted termina formando parte del Primer Triunvirato de Roma: Pompeyo, Craso y César rigen los destinos de la República. Tres personajes que representan tres tendencias políticas que parecen casi dos. ¿No fue algo antinatural?

[Pompeyo está más cómodo ahora en su silla. Contesta despacio, pero con seguridad] Cuando comienza a llover sobre una hoguera, las llamas crepitan y las gotas caen; durante un rato, ambas existen a la vez. No es hasta que deja de llover que triunfa el fuego, o hasta que la lluvia arrecia que las llamas se extinguen.

La comparación es muy visual pero, igual que la retórica, imaginación o visión artística nunca fueron algo en lo que sobresaliese; el símil debe estar ensayado.

Volvió a unirse a César: aprobó la cesión de tierras con su ayuda, aunque menos en extensión y para menos personas en número; incluso se emparentaron.

[Los ojos de Pompeyo se agitan; adivino la lágrima pugnando por salir. Ni antes ni después de este momento volveré a verlo así durante la entrevista] Julia, mi Julia…

Como parte del establecimiento de alianzas, Pompeyo se casó con la hija de César; resulta patente que para él fue mucho más que un mero movimiento político. Cierra los ojos y lucha contra la emoción.

Será mejor que cambiemos de tema. ¿No fue un escándalo que, nombrado gobernador de Hispania, se le permitiera ejercer sin moverse de Roma?

Pompeyo no contesta. Trato de bajar la tensión emocional sin alejarme del tema.

Muchas voces señalan su matrimonio, el compromiso absoluto con Julia, un hito importante en su pérdida de control político sobre la República.

[Pompeyo habla despacio. Parece repuesto en buena manera] Es cierto que me alejé mucho de la vida pública durante mi matrimonio con Julia, pero no eludí responsabilidades. Mis prioridades habían cambiado, pero sin olvidarme de Roma ni de sus necesidades [distraído, se quita una mota invisible de la toga antes de continuar]. Por ejemplo, la construcción del Teatro de Pompeyo fue un regalo para la ciudad y sus habitantes; supervisé los trabajos en persona.

Mientras, en la Galia, el hasta entonces más político que soldado Cayo Julio César entraba en la leyenda con sus increíbles hazañas y conquistas.

[Pompeyo aprieta los labios] El muchacho demostró ser lo que Sila había predicho: muchos Marios. Cuando nos juntó a Craso y a mí en una reunión con él, se notaba cuánto había madurado; ya no era un comparsa. Llegamos a compromisos políticos pero, por detrás, traición, corrupción, soborno y amenazas indicaban lo que, tarde o temprano, terminaría pasando.

¿Y no se adelantó usted a los acontecimientos? En el campo de batalla era usted implacable y se adelantaba a los movimientos enemigos. ¿Por qué no hizo lo mismo respecto a la situación política en Roma?

[Pompeyo vuelve a suspirar y sonríe, triste] Me equivoqué. Nunca creí que César tuviese una voluntad tan férrea. Además, la muerte de Craso en esa campaña en Partia tan loca como innecesaria me hizo, por un momento, sentirme seguro. Demasiado… Además, yo sólo pensaba en el bien de Roma, no en el mío.

Vuelvo a creerle. No se lo digo porque tal vez sería muy duro para él escucharlo, pero creo en su sinceridad.

Disculpe, pero debemos tratar ese tema: la muerte de Julia.

[Se endereza en la silla y mantiene la compostura digna de un líder, aunque los ojos muestren otra cosa] Murió durante el parto, y el niño también. Murió mi alianza con César, murió algo más en mí… [me mira en silencio, pero creo que no me ve].

Pudo casarse con Octavia, la sobrina-nieta de César…

Ya estábamos más allá de una nueva alianza. Las intrigas, las amenazas, las oportunidades… Muchas cosas habían pasado como para siquiera valorar esa opción.

Usted fue un paso más allá al casarse con la viuda del hijo de Craso; fue un acto simbólico de guerra.

[Pompeyo calla y mira al suelo] No valoré bien a César. Pensé que se plantaría o retrocedería ante el poder que yo representaba en Roma; pero él dobló las apuestas.

Efectivamente, usted quedó al frente de Roma, en solitario y con dudas legales al respecto para la mayoría de los expertos, mientras César volvía a la Galia para sofocar la rebelión de Vercingétorix.

Pacifiqué Roma bajo mi mandato, una ciudad que estaba al borde del enfrentamiento por las luchas entre facciones que se habían convertido en algaradas callejeras. Yo detuve eso y traje la calma.

Calma aparente.

La calma.

Y mientras, César conseguía victorias legendarias en la Galia que añadían una fama militar arrolladora a su encanto personal y pericia política.

Hice mis movimientos.

Que alertaron a César y sus partidarios con su indisimulada hostilidad. La legislación que usted contribuyó a aprobar era, obviamente, una espada en el cuello de César cuando perdiese el mando en la Galia. ¿No pensó que arrinconaba a un rival peligroso sin ofrecer una salida honrosa que no fuese agachar la cabeza?

[Pompeyo me mira fijamente] Ya he confesado varias veces que me equivoqué con César de medio a medio. ¿Qué más quiere que le diga?

En esa época, Pompeyo ya no estaba en la plenitud de la edad, ya no se sentía tan seguro como antes. Pero actuó como si eso no importara. Sus movimientos contra César, además de prevenirlo, le hicieron ver que terminaba el tiempo de Pompeyo y se animó a cruzar el Rubicón.

¿De verdad esperaba usted que César entregase tropas y poder sin rechistar?

Por encima de todos nosotros estaba Roma y debía obedecer sus leyes que…

Leyes que usted fue modificando en contra de César.

[Pompeyo levanta la voz] ¡Fue él quien quebrantó la ley primero! ¡Y además se atrevió a decir que dejaría sus tropas y mandato si yo hacía lo mismo! ¡Pero quién se creía que era! ¡Además, hizo lo impensable: avanzó con sus tropas hacia Roma!

Debió sentir que alguien lo apoyaba. De hecho, el tesoro de Roma sigue ahí, con las puertas del depósito abiertas, cuando César llega.

[Pompeyo me dirige una mirada poco amistosa] Traidores, mentirosos sin honor.

Tomaron sus decisiones, igual que usted. Por cierto: ¿por qué decide retirarse al este en lugar de presentar batalla en Italia?

[Pompeyo recupera la compostura y habla con dignidad] Sabía que estaba rodeado de gente poco fiable e interesada. En Oriente estaban mis partidarios más fieles y podría reclutar más tropas para librar esta Segunda Guerra Civil.

Pero casi no llega; César estuvo a punto de atraparlo en Brindisi.

Estaba todo previsto, ni me hizo falta escapar. Simplemente viajé con mis tropas hasta Dirraquium y desde allí preparé mi estrategia.

César no hizo ninguna de las cosas que usted había previsto que haría.

Aunque pude afrontar todas las que sí hizo. De hecho, poco le faltó para morir en Dirraquium cuando me atacó; pero consiguió escapar con el rabo entre las piernas.

Muchos dicen que usted no aprovechó la ocasión para salir en su persecución, que ya estaba viejo, que faltaba el impulso carnicero de su juventud.

Qué sabrán ellos. Luchamos contra tropas veteranas y con la moral muy alta.

Eran pocos y estaban a la fuga.

Pompeyo no me contesta. Mira el pomo de su espada.

Y llegó Farsalia.

Pompeyo no levanta la mirada del mango de su gladius.

¿Qué pasó en Farsalia, Pompeyo?

Sigue sin mirarme.

Los suyos eran muchos más. Estaban en mejor posición en el campo de batalla. Todo estaba a su favor, Pompeyo. ¿Qué sucedió?

[Pompeyo habla sin levantar la vista] César fue lo que pasó. La falta de deseo de lucha sin tregua en mi bando fue lo que pasó. Los malditos infantes a pie escondidos entre la exigua caballería que atacó mi flanco izquierdo fue lo que pasó. El pánico entre mis tropas fue lo que pasó. Fueron tantas cosas…

¿Se sintió traicionado?

Las traiciones, si las hubo, fueron producto de mis errores. Me equivoqué tanto…

Escapa con su familia y un puñado de partidarios. ¿Por qué hacia Egipto?

Encadenar errores es lo más común cuando no se piensa con claridad. Valoré que los Ptolomeos, envueltos en enfrentamientos familiares por el poder, podían unirse a mi causa, al menos alguna facción, buscando ventajas futuras en su relación con Roma.

Me cuesta preguntar sobre lo que terminó sucediendo.

Entonces ¿no lo vio venir?

[Me mira fijamente] No, no lo vi venir [sostengo su mirada sin decir ni una palabra]. Fue muy rápido. Las primeras puñaladas de los traidores terminaron conmigo y no sentí el dolor de los cuchillos ni el de la confianza vendida.

Bajo la mirada aparentando buscar algún dato en mis notas.

César lloró cuando lo supo y castigó a los asesinos.

[Una sonrisa triste y apagada es lo que me ofrece] Dicen que los cocodrilos del Nilo imitan el llanto de un niño para atraer a sus presas; algo de reptil había en César.

Sus cenizas volvieron a Roma y levantaron una estatua en su honor dentro del edificio del Senado.

Las formas, las apariencias; eso siempre gustó mucho en Roma.

¿Considera justicia poética que César muriera a los pies de su estatua durante el atentado?

[La sonrisa de Pompeyo se ensancha] Él sí lo sintió; vaya si lo sintió.

Sonríe para sí y murmura. Le doy unos segundos antes de la última pregunta.

¿Si pudiese cambiar algo, qué cambiaría?

Pompeyo no se lo piensa ni un instante. Bien sentado en la silla, erguido, con el porte majestuoso de un general que engrandeció Roma, contesta sin vacilar.

Hubiese pasado más tiempo con Julia.

 


Sobre el autor

Lisardo Suárez (Gijón, 1970) se amparaba antes en la discreción de los seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi siempre. Más de setenta de sus trabajos de narrativa breve han recibido diferentes reconocimientos en concursos, convocatorias, certámenes, antologías y revistas. En el apartado de narración histórica, y entre otros logros, ha sido ganador del IX Concurso Hislibris de Relato Histórico y además mención de honor en varias de sus ediciones, mención especial del IX Concurso literario “Museo L’Iber” de relato corto histórico y finalista del III Certamen de Microrrelatos de Historia “Francisco Gijón”.

Acacio, bibliotecario, inventor de la nada (El décimo signo).

Relato

El silencio domina la tarde calurosa en el monasterio eutiquiano de Deir Mar Takla, a orillas del Éufrates, en un día del año que siglos más tarde será conocido como setecientos cuarenta después del natalicio de Jesús el Cristo.

Acacio es un hombre inteligente y lector ávido de los textos griegos y árabes que enriquecen la biblioteca a su cargo, lo que le ha conferido un merecido prestigio de hombre sabio y santo.

Pasó los últimos meses abstraído en una idea apasionante, sugerida por los libros, que lo sobresalta y emociona. Hace semanas que duerme poco y nada, descuida las oraciones, apenas come y se muestra distraído y ausente. Sólo esta mañana compartió su razonamiento con los otros diez monjes, mientras comían unos mendrugos de pan ácimo, y agitó la atmósfera tranquila y centenaria de los claustros ganados a la roca. La respuesta, tal como lo esperaba, ha sido de duda, en el mejor de los casos, y de escándalo en la mayoría. Sólo el abad se mantuvo callado y meditando las palabras del bibliotecario.

Ahora, en el tiempo quieto que sigue al mediodía, Acacio decide que una buena manera de ordenar sus pensamientos es ponerlos por escrito.

Está en su kalbbia y, por el ventanuco abierto en la piedra, mira sin ver el horizonte árido, más allá del río. En un gesto mecánico, con su mano, limpia el palimpsesto sobre el que va a trabajar. Hunde el kálamos en el recipiente con tinta —hecha por el hermano especiero con leño de espino, nuez de agalla, piedra negra, miel, vino y vitriolo azul—, escurre el sobrante y lo dirige a la superficie, detiene su mano en el aire durante un segundo, dudando, y finalmente escribe:

«¿Porqué, mi Señor y Dios, me es dado hacerme esta pregunta? ¿Es el Gran Enemigo quien quiere hacerme pecar dudando de Tu Sabiduría? ¿Me he dejado ganar por la soberbia? Si has querido que algunos conocimientos permanezcan vedados a los hombres, ¿porqué encuentro que mi reflexión no es equivocada?

He conocido el ingenio sutilísimo que poseen los sabios de la India, con el que superan a los demás pueblos en aritmética y geometría, el mismo que heredaron los infieles muslimes: un valioso método de calcular, que sobrepasa toda imaginación, de manera tal que parece cosa de magos o demonios; y que manifiestan mediante nueve signos, con los que pueden indicar cualquier grado de magnitud, desde Tu Unicidad hasta la cantidad total de días de la Eternidad».

Un carraspeo lo detiene. Acacio gira la cabeza y se encuentra con la figura diminuta y encorvada del abad que se recorta en la puerta baja de la kalbbia.

―Bendiciones, hermano bibliotecario.

―Bendiciones, hermano abad

Acacio baja la cabeza en señal de sumisión y, aunque sabe por qué su superior está allí, pregunta con cortesía:

―¿A qué debo el honor de tu visita?

―Seré franco y directo, hermano. El Señor me ha dado la gracia inmerecida de una inteligencia que me permite apreciar el trabajo de hombres eruditos, como es el caso de los hombres del Panyab o de Bendosabora; o el tuyo propio, querido hermano. Me gratifico y sorprendo con la grandeza de Dios que ha negado Su Persona a los infieles, y sin embargo los ha iluminado para que con nueve trazos convenientemente ubicados resuelvan lo que ha sido un esfuerzo extraordinario para los latinos y nuestros padres griegos. Y está bien que así sea: nueve lunas necesita la madre para traer un niño a la vida, Parménides dice que el nueve es el número de las cosas absolutas, Porfirio dice, en sus Enneádes: «he tenido la alegría de hallar el producto del número perfecto, por el nueve»; nueve son las órdenes de los ángeles, hay nueve clases de demonios y nueve piedras preciosas; nueve puertas permitían el acceso al K del Templo de Jerusalén; tres mundos hay―cielo, tierra e infierno— y en cada uno de ellos hay una tríada; por ello el nueve es el número que cierra el tercer ciclo a partir de la unidad, y con ello, la creación. Pero no entiendo, querido hermano, tu empecinamiento en decir que a los sabios que nos precedieron se les ha pasado algo por alto…

―Hermano abad, en mis meditaciones me he encontrado con cierta anomalía que es la raíz de mi desasosiego. Los Padres latinos enseñan que el Hijo de Dios volvió de entre los muertos al tercer día, y así lo aceptamos. Es nuestra fe que entregó su alma a la Misericordia del Hacedor el día viernes, que contamos como el primero; transcurrió el sábado, que es el segundo día, y resucitó para la Gloria del Padre y nuestra salvación eterna, el domingo, que contamos como el tercero. Sin embargo, tal forma de contar los días jamás me resultó clara y he dado con otra, que no hallo errónea: Jesús el Cristo murió a la hora nona del viernes. Y las horas transcurridas hasta la cuarta vigilia del domingo, cuando María de Magdala descubre el sepulcro vacío, hacen apenas un día y fracción; y no tres días como nos han enseñado nuestros Padres y profesamos en nuestro Símbolo de Fe, cuando decimos «Padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras». Ahora, hagamos el mismo razonamiento contando al revés: partiendo de la última vigilia del domingo hasta la última vigilia del sábado, contamos un día; pero la cantidad de horas desde la última vigilia del sábado a la hora nona del viernes, no hacen un día. Esto quiere decir —y esta es la clave de mi agonía― que hubo un tiempo en que no hubo días. Los nueve signos de la India no contemplan este dilema ¿es necesario un signo nuevo?

―Ni los hindúes, ni los muslimes mencionan nada acerca de este acertijo.

―Es verdad. Y sólo en Ptolomeo, en el sexto tomo de su Hè Megalè Syntaxis, he encontrado un símbolo al final de una cantidad para indicar un centenar; y no puedo saber si él llegó a la misma conclusión a la que he arribado, pues nada aclara sobre el tema, y si así fuera, su notación no ha sido utilizada otra vez.

―Pero Acacio, hermano; si tal signo existiese, debería ser un signo ideado por el maligno y contrario a la Voluntad del Señor.

―Eso me inquieta, hermano abad. Tal signo representa la ausencia de cantidad. Cuando deseo adicionar a cualquier cifra la ausencia de cantidad, el resultado es la misma cifra; en cambio, cuando intento usar la tabla de Pitágoras para hacer el producto, agregando a ella el signo de la ausencia; transformo cualquier cantidad en nada. cuando repetí innumerables veces e procedimiento no encuentro equivocación en mi razonamiento…

―¿Te das cuenta, hermano, de lo que propones? De existir tal signo, Acacio, sería arquetipo de la ausencia y paradigma de la nada. Tendríamos a mano el Poder del Señor para destruir mundos mediante un simple signo.

―Lo he visto. Y me asusta este descubrimiento. Ruego por que la Sabiduría de Dios me guíe y me indique el camino. ¿Qué debo hacer? ¿Dar a conocer mi descubrimiento a los sabios para que ellos también conozcan Su Poder y nos acerquemos a Él? ¿Debo ocultar lo que me ha sido permitido vislumbrar?

El Abad respeta la erudición de Acacio y lo admira; y no puede más que asombrarse de la lógica del razonamiento del santo. Él ha recorrido todo el Oriente defendiendo la doctrina de Eutiques en disputas cristológicas desde Nicea hasta Antioquía. Es un hombre capaz y sabe reconocer el poder inmenso que ha descubierto Acacio en el décimo signo. Y esto lo asusta más que los daimones, diábolos y espíritus impuros a los que ha vencido; más que Asmodai, Choronzon o .

Acacio, que aún no ha soltado el kálamos, baja su cabeza y cierra los ojos.

El abad, veterano de mil batallas contra el Indigno, se mueve rápido. Toma el instrumento de caña de la mano del monje y lo clava, con todas sus fuerzas, en la garganta del bibliotecario que no alcanza, siquiera, a sorprenderse. Minutos después, Acacio muere.

El Abad sabe que el peligro está aún latente: él mismo ha visto el fruto del Árbol del Conocimiento que le fue prohibido al Padre Adán y desea olvidar con toda la fuerza de su viejo corazón, pero entiende que no podrá hacerlo. Sabe, también, que en el futuro podría ser engañado por el Oscuro y persuadido a revelar el misterio. Entonces, toma el recipiente de tinta  y bebe el contenido de un trago. Se acuesta en el suelo caliente del pequeño cuarto. Reza en voz inaudible pidiendo perdón. El calor de la tarde que se alarga hacia la noche lo adormece. Recuerda la melodía de una vieja canción que le cantaba su madre; y, aunque se empeña, no consigue recordar la letra. Luego, los venenos de la tinta apagan todo para él también.

 


Sobre el autor

Daniel Frini nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Libros en Red, Buenos Aires, 2000 / Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) y “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio IX Certamen Internacional de Poesía (2011, España), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España).

Defensa del Minotauro Asterión

Relato

Por Tamara Víquez Madrigal


A mí, Asterión, hijo de la reina Pasífae y del gran toro blanco, me acusan de ser una bestia, un come hombres, un monstruo insensible e incontrolable… en fin, me acusan de ser una deformidad. Pueden tal vez tener razón, pero entonces díganme: ¿cómo se comportarían si les tratan como a un animal salvaje? ¿Cómo reaccionarían si toda una vida han sido una vergüenza, un ser diferente a sus hermanos? ¿Cómo se sentirían encerrados en un lugar sin salida durante años, sin ninguna interacción más que la propia, sin ningún alimento?

Podrán imaginar, entonces, que el comportarme como un monstruo es lo único que conozco, que el sentirme diferente es algo que ya asimilé y que confiar en alguien más me es imposible, ya que tan solo me conozco a mí mismo. Pero esto no es cierto. Yo soy el castigo por la muerte de mi hermano, aunque nadie nunca me preguntó si quería vengarlo. Asimismo, debía ser un castigo para Minos por su imprudencia de no sacrificar el toro blanco a Poseidón, pero fuimos mi madre y yo los que fuimos castigados en realidad: yo al ser encerrado y ella al ser apartada de mí. Sí, me gusta pensar que es así, que su amor de madre se extiende hasta mí, pero que su enorme pena de haber yacido con un animal le impide acercarse. Mi corazón humano en mi pecho desnudo siente que es así, que al menos ella me ama.

 Sobre el alimento y mi hambre insaciable; no es que me plazca el acabar de un solo bocado la vida de esas doncellas y jóvenes a quienes aún les falta mucho por vivir, mas mi apetito voraz debe ser satisfecho. Ellos me mantienen en ayunas para que me sea imposible resistir ese delicioso aroma de carne fresca, ya que este manjar me es presentado una sola vez al año. O al menos eso dicen, ¿qué es el tiempo? ¿Cuánto tiempo es en realidad un año? Acá, dentro de mi mundo intrincado, sólo existen el sol y la oscuridad.

Ahora, ¡ay de mí!, dicen que un tal Teseo viene en camino para vengar a los atenienses, para asesinarme. ¡Ay de mí que no pedí nacer con esta condición! Que no puedo escapar ni de mi laberinto, ni de esta cabeza impulsiva, ni de este cuerpo lleno de sentimientos. Ahora me acechan pesadillas cuando duermo sobre cómo será mi muerte; tal vez sea rápida y fácil con una espada o con un golpe directo a mi pecho, o tal vez Teseo me golpee hasta morir. De la manera que sea, aún me queda una interrogante: ¿me defenderé o dejaré que me haga daño? ¿Mi impulso taurino lo atacará o mi alma cansada de esta soledad le dejará ganar?

Soy Asterión, cabeza de toro y cuerpo humano, incomprendido, acusado de miles de crímenes que me han sido adjudicados, pero la verdad, soy el único que conoce lo que he hecho, pues estos ambages no han sido transitados por nadie que haya podido salir de ellos y relatar al mundo exterior lo que sucede en este interior infinito de posibilidades.


Sobre la autora

Tamara Víquez Madrigal nació en agosto de 1993 en San José Costa Rica. Actualmente es estudiante regular de Bachillerato y Licenciatura de Filología Clásica en la Universidad de Costa Rica. Aficionada a las artes, estudió durante un semestre Dibujo en la Casa del Artista y durante tres años ballet clásico en el Taller Nacional de Danza, estudios que ha continuado al día de hoy en El Espacio.