La muerte contemplada. Breve acercamiento a su percepción en la Baja Edad Media.

Lic. Prof. Damián L. Sarro

 

El tema de la muerte, y de todas sus problematizaciones derivadas, se ha convertido en materia recurrente entre historiadores y filólogos del siglo XX, principalmente luego del célebre trabajo de Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media[1], donde configura un terreno propicio para la lectura de la imagen de la muerte desde el ideal caballeresco medieval y sus vinculaciones con el pathos o espíritu de la vida. Si tuviéramos que realizar un somero estado de la cuestión, y sabiendo de la arbitrariedad del recorte por las exigencias de extensión de la presente comunicación, debemos mencionar los aportes de Alberto Tenenti[2], Philip Ariès[3] y Georges Duby[4], los de Michel Vovelle[5] y los de Jacques Le Goff[6], entre otros trabajos, por cierto muy importantes, cuya influencia permitió delinear lo que claramente podría denominarse una historiografía de la muerte; en el ámbito hispanoamericano, las publicaciones de Rafael Lapesa[7], María Rosa Lida de Malkiel[8], Susana Royer de Cardinal[9], Emilio Mitre Fernández[10][11], Fernando Martínez Gil[12][13], Ariel Guiance[14] y Jaume Aurell y Julia Pavón[15], entre otros estudiosos, dan cuenta de la importancia y profundización de esta temática en ámbitos académicos, donde se entrelazan perspectivas históricas, artísticas, lingüísticas, filológicas y teológicas.

Presenciamos, por ende, un profundo interés por las percepciones comunitarias respecto al fenómeno de la muerte entendida como acontecimiento religioso y social; interés académico que busca captar las distintas actitudes y manifestaciones en torno a la muerte y su dualidad implícita: las lamentaciones por la naturaleza efímera de la existencia carnal y terrenal y el acceso a la salvación del alma en la órbita celestial y eterna, ampliando así el espectro temático de la llamada historia de las mentalidades[16].

La Iglesia de Roma buscó, a través de un amplio abanico de manifestaciones artísticas, literarias, confesionales, sociales y políticas, inculcar una sólida y convincente explicación en torno a la muerte física de las personas presentándola como el pasaje de la vida terrenal, viciada y corrompible, a la vida celestial, previa estancia por el Purgatorio y la redención de los pecados. La divulgación, aceptación y reproducción del dogma cristiano se basó en un discurso místico afianzado por un sistema simbólico tendiente a flexibilizar, o bien domesticar, el trauma de la muerte carnal contrarrestando su crueldad bajo el modelo de aquel que había logrado vencer a esta muerte: Jesucristo. En este sentido, se configuró toda una idea sobre otra muerte, la segunda, que implicaría ya no la carne, su putrefacción ni la desaparición física de las personas, sino la muerte del alma, su perdición por la caída en pecado y su consiguiente descenso a los infiernos para sufrir en el fuego eterno. Así, la cosmovisión medieval, sustentada por el discurso oficial de la Iglesia, la literatura mística y todo el ornamento cultural circundante, sostuvo la existencia de estas dos muertes: la física-terrenal y la del alma y condenación eterna.

En el Occidente medieval, y a partir del siglo XII, la imagen del Purgatorio[17] será crucial a la hora de arraigar la doctrina cristiana y el sometimiento a los dogmas de la Iglesia. La emergencia del Purgatorio, como lugar físico, se produce en concomitancia a un cambio lingüístico: la transformación del adjetivo purgatorias en sustantivo purgatorium, conjuntamente con la consolidación de esquemas ternarios o tripartitos en la mentalidad medieval, donde el Purgatorio ocuparía la zona intermedia entre el Cielo y el Infierno, categorías ya afianzadas en la Alta Edad Media. A esto se agrega la idea de un ars bene vivendi cuyas implicancias serían reflejadas en el momento de aquel pasaje existencial en un ars bene moriendi[18], y es aquí donde se erigen los modelos o guías espirituales a seguir (San Martín de Tours, San Agustín, Benito de Nursia, Bernardo de Claraval, Santo Domingo de Guzmán, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Asís, Egidio Romano y sigue la lista) bajo la esfera de los grandes centros monacales, cuyos amanuenses benedictinos, dominicos, cistercienses y cluniacenses, entre otros, desarrollaron y difundieron las distintas concepciones religiosas alineadas dentro del dogma cristiano sobre la percepción y aceptación de la muerte como el tránsito para la redención de los pecados y la posterior vida eterna, aunque bajo el sometimiento del ars bene vivendi que la persona tuviera en su haber a la hora de dar cuenta de sus actos. El ejemplo literario al respecto lo encontramos, por supuesto, en la Divina Comedia (principios del siglo XIV) de Dante Alighieri. Sobre estas conceptualizaciones cristianas, se afirma que:

Su mayor consecuencia es que hacen preceder al Juicio Final un juicio individual situado, para que cual, en el artículo de la muerte: el fiel podrá verse proyectado al Infierno si persiste en sus faltas y en su falta de esperanza en la misericordia divina; o ir directamente al Paraíso si muestra todos los signos de la perfección; o lo más seguro, encontrarse en el Purgatorio para cumplir la penitencia necesaria (Corbin, 2008: 217).

El modelo de la buena muerte implica un delineamiento estrictamente cristiano, conventual y místico, por lo tanto, idealizado. De aquí que la primera muerte, la terrenal, no tenía por qué soportar con un peso negativo ni ser considerada mala o cruel[19] ya que lo importante era evitar la segunda muerte, la del alma y su perdición. La muerte física era, entonces, el comienzo, más que el final, de una existencia en otro orden, de una auténtica vida bajo la misericordia de Dios, y he aquí lo transcendental del Purgatorio, su imposición:

[…] estado nada benigno, pues muy pronto tendió a su infernalización, constituirá una revolución en la escatología y en las actitudes ante la muerte, pero que no sólo estará interrelacionada con un cambio de mentalidades, sino también con profundas transformaciones económicas y sociales que se dejarán notar desde fines del siglo XIII. (Martínez Gil, 1996: 57).

Y esta revolución aludida permitió, por un lado, controlar el momento de la primera muerte como la llave hacia la verdadera contemplación divina de Dios en el Juicio Final, instancia concedida gracias a ese ars bene vivendi y a la existencia del Purgatorio como demostración de la infinita misericordia de Jesucristo; por otro lado, el concepción del Purgatorio vino a suplir el intersticio entre la primera muerte, la física, y la llegada del Juicio Final. De esta manera, el ars bene vivendi se convertía, en la cosmovisión cristiana medieval de Occidente, en una garantía para el orden social, la consolidación de un status quo conveniente para las jerarquías eclesiásticas y políticas y la adhesión de fidelidad de las conciencias.

Podría hablarse, entonces, de una paideía del Purgatorio en la Baja Edad Media, en donde se concibe a la literatura y a la arquitectura (principalmente de catedrales, iglesias, monasterios y tumbas) como los principales exponentes para su difusión social. Esta paideía mística tenía como fuente original las Sagradas Escrituras y, entre muchas alusiones que podríamos referir, la siguiente resulta muy significativa:

Acción elevada y noble, inspirada en el pensamiento de la resurrección. Puesto que si él no hubiera esperado que aquellos muertos habían de resucitar, vano y superfluo fuera orar por ellos. Mas, creyendo firmemente que está reservada una gran recompensa a los que mueren piadosamente, idea santa y piadosa, por eso ofreció el sacrificio propiciatorio: para que fuesen libres de sus culpas (II Macabeos, 12, 43-46).

Según Le Goff (1981), la sociedad cristiana entendió en este texto bíblico, por intermediación de la Iglesia, las dos virtudes del Purgatorio para los practicantes y adherentes al ars bene vivendi: primero, la posibilidad del perdón de los pecados luego de la muerte; segundo, el poder de las plegarias y la sumisión de las prácticas de los fieles para los muertos.

Por último, y retomando el título de nuestra exposición, podemos decir que la muerte en el Occidente medieval tuvo, entre otras particularidades, una contemplación dual sustentada por el dogma cristiano y difundida por la Iglesia: una primera muerte, física y terrenal, y una segunda muerte, ya trágica y deshonrosa, la del alma y su caída a los infiernos. En el medio, la presencia del Purgatorio tuvo un rol trascendental en aquella cosmovisión, tanto desde la órbita mística como social: el correlato ternario luego de la muerte con el esquema de la Divina Trinidad y con los tres órdenes de la sociedad feudal (los bellatores, los oratores y los laboratores), el mantenimiento del orden estamental, el afianzamiento del credo y de las prácticas cristianas. Toda una paideía consolidada e incuestionable hasta la Reforma del siglo XVI, pero esa ya es otra historia, y apasionante por cierto.


Bibliografía consultada

Aurell, Jaume & Pavón, Julia (eds.) (2002).Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España Medieval. Pamplona: EUNSA.

Corbin, Alain (dir.) (2008). Historia del cristianismo. Ariel: Barcelona.

Le Goff, J. (1981). El nacimiento del Purgatorio. Madrid: Taurus.

Martínez Gil, F. (1996). La muerte vivida. Muerte y sociedad en Castilla durante la Baja Edad Media. Toledo: Diputación Provincial de Toledo – Universidad de Castilla-La Mancha.

Mitre Fernández, E. (1988). La muerte vencida. Imágenes e historia en el Occidente Medieval (1200-1348). Madrid: Encuentro.

Sebreli, J. J. (2016). Dios en el laberinto. Crítica de las religiones. Bs. As.: Sudamericana.


NOTAS

[1] Huizinga, J. (1985 [1929]). El otoño de la Edad Media. Madrid: Alianza.

[2] Tenenti, A. (1952). La vie et la mort à travers l’art du XVe siècle. París: Armand Colin.

[3] Ariès, Ph. (1977). L’homme devant la mort. París: Seuil.

[4] Ariès, Ph. & Duby, G. (1989). Historia de la vida privada. Madrid: Taurus.

[5] Vovelle, M. (1983). La mort et l’Occident, de 1300 à nous jours. París: Gallimard.

[6] Le Goff, J. (1981). La naissance du Purgatoire. París: Gallimard.

[7] Lapesa, R. (1967). De la Edad Media a nuestros días: estudios de historia literaria. Madrid: Gredos.

[8] Lida de Malkiel, M.R. (1952). La idea de la fama en la Edad Media Castellana. México: Fondo de Cultura Económica.

[9] Royer de Cardinal, S. (1992). Morir en España (Castilla Baja Edad Media). Bs. As.: Universidad Católica Argentina.

[10] Mitre Fernández, E (1988). La muerte vencida. Imágenes e historia en el Occidente Medieval (1200-1348). Madrid: Encuentro.

[11] Mitre Fernández, E. (2019). Morir en la Edad Media. Los hechos y los sentimientos. Madrid: Cátedra.

[12] Martínez Gil, F. (1996). La muerte vivida. Muerte y sociedad en Castilla durante la Baja Edad Media.  Toledo: Diputación Provincial de Toledo – Universidad de Castilla-La Mancha.

[13] Martínez Gil, F. (2000). Muerte y sociedad en la España de los Austrias. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha. Constituye un exhaustivo trabajo sobre el tema aunque fuera del alcance de nuestro propósito.

[14] Guiance, A. (1998). Los discursos sobre la muerte en la Castilla medieval (siglo VII-XV). Valladolid: Junta de Castilla y León.

[15] Aurell, J. & Pavón, J. (eds.) (2002). Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España medieval. Pamplona: EUNSA.

[16] Dentro de la Escuela de los Annales, principalmente de los integrantes de la “tercera generación”.

[17] Véase el célebre libro de Jacques Le Goff, El nacimiento del purgatorio (bibliografía). También la biografía de Odilón de Souvigny o de Cluny (siglo XI) y su promoción de la conmemoración de los Fieles Difuntos.

[18] Para mayor desarrollo del Ars moriendi o Artes moriendi véase Martínez Gil (1996), Cap. IX.

[19] Aunque ya en el siglo XIV las hambrunas y catástrofes epidemiológicas (Peste Negra de 1348) irán erosionando la idealización de la muerte, más aún a partir de las transformaciones del Humanismo y el movimiento reformista del siglo XVI. Véase bibliografía Mitre Fernández, E. (1988).

 


SOBRE EL AUTOR

Damián Leandro Sarro es profesor y Licenciado en Letras (Universidad Nacional de Rosario). Becado por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación (P.N.B.U.) 1999 – 2001. Presentó trabajos de crítica literaria en congresos nacionales e internacionales. Publicó trabajos de investigación en revistas académicas nacionales y extranjeras. Obtuvo el III Premio Nacional Ensayo Breve Año 2011 (CFI – Bs. As.). Publicó el ensayo La refulgencia del Bicentenario o el mito de Pigmalión (CFI, 2011), el Manual de Lengua I de Educación Secundaria para Adultos (coautoría, Dunken, 2015) y la novela Flagelos íntimos (Alción, 2018). Participó en la Antología de Poetas y Narradores Contemporáneos 2012 (De los Cuatro Vientos); coordinó talleres de lectura para adultos y es jurado literario de la Feria del Libro de Villa Constitución. Docente en el Taller de Sexualidad y Salud Sexual de la Extensión de Adultos Mayores (UNR) y catedrático en el Instituto Superior de Profesorado Nº 3 (Villa Constitución). Actualmente realiza un posgrado de Escritura Creativa (FLACSO).

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