La princesa cautiva por Ramón González Reverter

Relato

Prólogo

En el año 334 a.C. Alejandro Magno cruzó el Helesponto al frente del ejército macedonio, un contingente de aliados griegos y una pequeña flota de refuerzo ateniense. Tras la batalla de Issos, en la que derrotó a los persas del rey Darío, mientras asediaban la ciudad fenicia de Tiro, el general Parmenio atacó por sorpresa Damasco y se apoderó del tesoro que el Gran Rey tenía para pagar a la soldadesca, y capturó a la totalidad de la familia real y a Barsine, la viuda de Memnón de Rodas, comandante de las fuerzas persas en Asia Menor, con fama de ser la mujer más hermosa del mundo y considerada descendiente de Afrodita, aunque fuese hija de Artabazo, sátrapa de la región de Frigia.

Barsine era de noble cuna, ingeniosa, seductora y risueña. Incluso Alejandro había quedado prendado de ella, pero durante los meses que duraba el sitio a Tiro se limitaba a tratarla con galantería.

La atractiva viuda solía pasear sin excesivo pudor por el campamento de los macedonios. Aquel había sido un día especialmente bochornoso, con un elevado grado de humedad. Con objeto de aliviarse del calor, Barsine, después de bañarse completamente desnuda en el mar, para escándalo de los soldados más veteranos, enfiló hacia el pabellón de las esposas de los oficiales de alta graduación, los taxiarcas del ejército.


Como siempre vestía a la griega, con un quitón blanco con una franja púrpura que a su vez estaba ribeteada de pan de oro. El grácil tejido de lino plisado insinuaba un cuerpo perfecto de miembros esbeltos y dejaba entrever unos senos erguidos y unas nalgas redondeadas. Abierto por los costados, asomaban unos muslos perfectamente torneados. Llevaba la frente ceñida por una preciosa diadema, los brazos adornados con intrincados brazaletes de oro forjados por los mejores artesanos locales, los labios rojos y los ojos pintados con bistre. Barsine estaba soberbia.

Al entrar en la tienda, se encontró con que Casandra, embarazada de seis meses, permanecía recostada en un triclinio mientras una pareja de esclavos la abanicaban y una doncella libia servía pasteles y vino. La recién llegada hizo una reverencia, el usual gesto de cortesía. Barsine se movía con la elegancia de una sílfide, las estatuas de mármol que constituyen las columnas de algunos templos griegos. Sus delicadas manos revelaban una vida de ocio y placer.

—¿Es un buen momento para una visita?

—Adelante, Barsine. Ya sabes que tu compañía siempre me place.


—Pero en tu estado…

—No te preocupes —manifestó Casandra afable. —Estoy soportando los rigores del embarazo y me vendrá bien un rato de asueto.

—Pues yo también he de confesar que necesito un poco de diversión. Soy una cautiva aburrida de vivir rodeada de tropas codiciosas de botín, listas para asesinar y violar.

—La guerra se reduce a eso, crueldad e injusticia. Debido al peso de la responsabilidad que agobia a los maridos, es lógico que nosotras sirvamos de esparcimiento para aligerarles de la pesada carga. De hecho, es lo mínimo que se espera de cualquier esposa, que les relajemos en el tálamo antes del reposo cotidiano. Amor con total devoción, ese es nuestro sino.

—Exacto, tú misma lo has dicho. Se nos exige aplacar su lujuria, por ese motivo siempre he procurado mostrarme voluptuosa a fin de provocar el deseo en mi esposo. En cambio, tú estás dispuesta a correr el riesgo de parir otro hijo. Tú que tenías fama de ser tan hermosa como una vestal.

La aludida no pudo evitar soltar una carcajada, sin malicia alguna.

—Exageraciones. Me temo que mi belleza nunca ha sido comparable con la tuya. Es obvio que detesto estar encinta, pero…

Casandra se encogió de hombros. Las mujeres, sobre todo las de alta alcurnia y noble cuna, que competían por los varones aristócratas de la corte, se llevaban como el perro y el gato. Sin embargo, ellas parecían mantener una sincera amistad.


—Eres muy valiente, ¿sabes?

—¿Por quedarme preñada? ¿Acaso tú no lo harías?

—No tuve hijos con Memnón —confesó Barsine apesadumbrada, aunque con suma entereza.

—Perdona mi torpeza. No tenía intención de herir tus sentimientos.

—No te preocupes. Has sido muy considerada, de veras… Déjame que te explique. La vida en la Corte Real de Darío podía resultar muy aburrida, pero debías lidiar con una jauría de jóvenes dispuestas a abrirse de piernas con tal de cazar la pieza más codiciada de la nobleza.

Su voz tenía un timbre y un tono de una sensualidad irresistible, a la par que una cadencia exótica añadía un plus de fascinación. Casandra entendió por qué aquella mujer enamoraba a cualquiera que hubiera tenido la ventura de conocerla y escucharla.

—De hecho mi vida se reducía a vivir en lujosos palacios atestados de nobles ambiciosos capaces de devorarse mutuamente con tal de ascender. En teoría, todos formaban parte de la élite, pero trepaban unos sobre otros y se comportaban con una crueldad asombrosa. Y las mujeres eran peores porque actuaban en las sombras. Casada con un mercenario griego al servicio de los persas, aunque fuera el comandante de sus fuerzas armadas, me sentía como una forastera en mi propio hogar.


—Penoso dilema. Comprendo tu estado de ánimo.

—Con franqueza, mi corazón se hallaba desgarrado por dos sentimientos contradictorios. Por un lado el instinto maternal y por otro el mundanal placer. Como a toda mujer, la maternidad me atraía –alegó con voz harto seductora—. Sin embargo, me asustaba la posibilidad que Memnón se cansara de mí y me relegara en pos de alguna concubina. O peor aún, que me repudiara por otra. En esa época mi prioridad era impedir que olvidase mis encantos.

Casandra la contempló de hito en hito apreciando su belleza. Su cabello de color miel enmarcaba unos ojos verde esmeralda ligeramente sesgados. Su aspecto era imponente y su porte regio.

—El típico comportamiento de una esposa apasionada.

—Por eso hice cuanto pude para evitar quedarme embarazada —murmuró Barsine abrumada por la melancolía, bajando la mirada hacia la alfombra que cubría el suelo de la tienda.

—No seas ingenua. El tiempo pasa para todos. Siempre habrá candidatas al lecho conyugal cuando no estés en la flor de la vida.

—He sacrificado mi juventud en aras al placer de mi esposo, siguiéndole en sus campañas, allí donde fuera hasta que murió luchando contra Alejandro durante el asedio de Mitilene. ¿Aunque quién sabe? Admito que algunas veces me arrepiento de no haberle dado un heredero a su estirpe.

Su habitual vivacidad se había esfumado sustituida por una expresión compungida. Casandra notó una oleada de pena por aquella doncella solitaria en un mundo de hombres violentos.

Entonces entró una sierva de piel cetrina acompañando a una chiquilla. La niña se acercó a Casandra mientras observaba con curiosidad a la extraña. A sus cuatro años era muy espabilada. Alborozada, la anfitriona estrechó a la pequeña entre sus brazos y luego la aupó radiante de felicidad hasta que ésta protestó con candor pueril:

—¡Mamiii!

—Se llama Eunice, como una de las nereidas, las ninfas del mar hijas del dios Nereo y Doris —dijo la madre orgullosa.

Conmovida por aquella tierna escena de amor filial, Barsine exclamó:

—Un nombre precioso para una niña preciosa. Ser madre ha de ser toda una experiencia.

—Y también un maravilloso privilegio —puntualizó Casandra. —Saluda a la princesa, Eunice

—¡Oh! —suspiró la chiquilla excitada con la cara iluminada por una sonrisa contemplando a Barsine. —Una princesa de verdad.

Ambas rieron con desenvoltura y Barsine tendió los brazos hacia la niña, que fue hacia ella sin temor alguno. Un hecho asombroso en las criaturas de tan corta edad. Se abrazó a la cortesana persa con la inocencia pintada en el rostro. Ésta aprovechó la ocasión para acariciar sus rizos oscuros con ternura y luego la besó en la frente.

—Has sido bendecida por una princesa, cariño —declaró Barsine en un tono que era la encarnación del deseo.

Reconfortada por la experiencia de haber sido ungida por una dama de la nobleza, la vivaracha criatura dio las gracias y le pidió a su nodriza:

—Vamos a jugar, tata.

A continuación la niña abandonó la tienda en busca de nuevas aventuras seguida por su aya. Casandra, como perfecta anfitriona, ordenó a la criada libia que sirviera vino en dos copas y se la ofreció a su invitada.

—Los placeres de la riqueza —comentó señalando la deliciosa bebida. —Como te iba diciendo, la belleza tarde o temprano acaba por marchitarse.

—Intento prepararme para cuando eso ocurra —manifestó Barsine cuyos ojos brillaban como ascuas, empañados con lágrimas de envidia— aunque me guste hacer gala de mi hermosura.

—Las apariencias no son tan importantes. La verdadera belleza reside en el corazón de cada cual.

—Tienes razón, Casandra. Quizá me haya equivocado.


—Pues todavía estás a tiempo de revertir la situación. Aún eres joven y conservas la fama de ser la mujer más bella del mundo. Puedes consultar a los dioses del Olimpo en busca de consejo.

—¿No podrías dármelo tú en calidad de amiga?

—De acuerdo. Yo te recomendaría buscar un nuevo amor y cuando lo halles no dudes en engendrar un hijo. Luego afronta tu destino con dignidad.

—¿Afrontar el destino con dignidad? Bien, eso es lo que haré. Me siento afortunada por tener amigas que me proporcionan tan sabios consejos.

Epílogo:

El asedio de Tiro duró casi ocho meses. Al final, como la mítica Troya, Tiro fue pasto de las llamas y sus habitantes, por orden de Alejandro Magno sediento de venganza, masacrados ya fueran hombres, mujeres o niños. El horror de la guerra en su máxima expresión. Por lo que respecta a la princesa Barsine, siguió el consejo al pie de la letra. Mientras duró el sitio, aprovechó la oportunidad para estrechar su relación con Alejandro Magno. Cuando su padre Artabazo se rindió en Hicarnia, no es de extrañar que el conquistador macedonio la condujera hasta su lecho y la convirtiera en su amante. Luego le acompañó en la conquista de la región de Sogdiana. En el 327 a.C., al finalizar la pacificación de aquellas tierras, dio a luz un hijo al que llamaron Heracles. Pero cuando Alejandro tomó por esposa a Roxana, la despechada Barsine abandonó la Corte, marchándose con su hijo a Pérgamo, donde fueron ejecutados en el 309 a.C. por Poliperconte, su valedor, a cambio del rango de general y gobernador del Peloponeso que le concedió un diádoco, los sucesores de Alejandro que se disputaban su vasto imperio tras su repentina muerte a los 33 años de edad sin haber dejado ningún heredero.


Sobre el autor

Ramón González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.


Imagen: Preparations for the festivities – Alma Tadema.