Representación poética y epifanía del mármol: “Gladiador Borghese” por Beatriz Saavedra Gastélum

Poesía

Gladiador Borghese

I

En el último resquicio

el tiempo se ha empeñado a la penumbra.

El hombre gladiador

liberado con los dones de la ciudad ficticia

incendia todo nuevamente,

viaja por las aguas silenciosas 

en su inagotable travesía.

Es el sueño de Artemisa 

cuando cruza el sombrío comienzo

de tierras prometidas

y sus dedos abren contra el cielo

el movimiento franco de llama figurada.

La noche aquieta la memoria 

tras las columnas

que recluyen a la diosa nívea,

afuera el recinto estalla bajo el atisbo.

II

Tras la puerta el dios impone su imperio

de raíz honda en el deber puntual del abandono.

Hay en el aire un grito que se esparce en el templo,

el guerrero temerario 

vela el reflejo largo tras la penumbra

para contemplar a la distancia el mito.

El hombre humano hecho de piedra blanca

vuelve al guerrero

Aquiles.

Antes que el enigma 

la historia,

el pensamiento sólo

hiere a la efigie

donde el viento golpea apenas

el cerviz que desgrana.

Tierra adentro en Éfeso

pulsa más profundo la orilla marítima

en su carne viva doblegada,

sofoca la voz

con el agua salobre en la garganta

mientras camina por el atrio hacia el encuentro

de la diosa blanca que despliega

en el cíngulo abierto de lo etéreo.

Irrumpe de lo informe

el relámpago pétreo

en la estirpe vertical 

que atraviesa el fuego

porque no hay nada ajeno a su presencia.

Es la desnuda forma 

afanosa ideología,

movimiento que sigue al movimiento.

La conciencia anticipa la quietud,

el núcleo levísimo 

en el encuentro de dioses.


Gladiador Borghese, escultura en mármol de época helenística que estuvo durante el siglo XVII en la romana Villa Borghese y que actualmente se conserva en el Museo del Louvre. Fue una obra particularmente admirada por su estudio anatómico.

Sobre la autora

Nació en Culiacán, Sinaloa (6 Mayo 1971), actualmente radica en la Ciudad de México. Es egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha realizado estudios en Literatura, poesía y Filosofía. Realizó una Maestría en estudios avanzados de literatura española e hispanoamericana en la Universitat de Barcelona, España (2015-2016). Realizó un diplomado en alta dirección de empresas en la Universidad Panamericana (2008), además, un diplomado de novela Erótica en el Centro de la cultura Casa Lamm (2012) y un diplomado de los diferentes géneros literarios a través de la obra de Julio Cortázar, UNAM (2018), recibió un Doctorado Honoris causa por el Instituto Mexicano de líderes de excelencia (2018).
Actualmente es codirectora de la Editorial Floricanto A.C. (Editorial Independiente) en donde ha participado como editora en más de 21 libros desde 2004, además es directora de La Casa Estudio de Crítica Literaria CDMX.

Imagen de portada: Gladiador Borghese, Schloss Charlottenburg

La mujer que cantaba, un inquietante relato de Daniel Frini

Relato

La mujer que cantaba

Ocurrió cuando el Mandato Celeste bendecía a Shun Zhi, el segundo emperador Quing. 

Más allá de la Gran Muralla, y antes de llegar a las tierras manchúes de los ancestros del Hijo del Cielo, en la provincia de Kansu y en el desierto de Badnjinlin vivía Xiao Chen Sying, la Estrella del Amanecer. 

Por esos años, Sying era apenas una jovencita que habitaba junto a sus padres ―míseros agricultores― una franja angosta de tierra, en la orilla meridional de uno de los Lagos Misteriosos. Apenas lograban subsistir, a base del poco maíz o trigo que podían arrancarle al suelo, y de la crianza de cinco o seis cabras. Vivían en una yurta que tenía más de choza o de cueva que de casa; a incontables días de viaje de cualquiera de los Cuatro Caminos del Emperador.

La familia era inculta y temían a los espíritus de la arena; que, según decían los shunshis, no soportaban la alegría del canto de las mujeres. Entonces, Xiao Chen cantaba. Y su voz era un milagro. 

Sus canciones volaban entre las dunas altísimas; y el eco rebotaba en la arena quieta y congelada del invierno, en las paredes de piedra de las altas montañas o en la superficie queda de los lagos. El desierto devolvía las mismas y hermosísimas canciones de Xiao Chen, días o semanas después de que ella las cantase. 

Eran los primeros días del Descenso de la Escarcha del año del Gato; y un guwai, mercader venido desde Ashkhabad en viaje a Loyang en busca de seda, perdió el camino luego de atravesar las montañas Tian. Mientras afrontaba un sinfín de penurias ―el acoso de ladrones nómades que diezmaron su caravana en gentes y bienes, el desconocimiento de los dialectos de los pueblos que encontraron, la falta de mapas y las puñaladas del hambre y el frío―, llegó a los bordes del desierto y acampó a orillas de una laguna. Una noche fría y de viento escaso, un vigía lo llamó para que escuchase, muy clara, una voz que cantaba. El guwai conocía, de los labios de un viejo contador de historias, que una duna dorada en el desierto del Tenggeli sonaba como campana cuando soplaba el viento frio del norte, pero esto era diferente: era una hermosa, dulce y embriagante canción de cuna, más bella y límpida que cualquier otra que hubiesen escuchado nunca los hombres de su caravana. En un momento, la voz parecía venir de muy cerca, al oriente y todos buscaban a alguien que se acercase, cantando, desde allí. Un segundo después, la canción sonaba lejos hacia occidente y la voz se callaba de a ratos; para renacer, otra vez, llegando desde la mismísima laguna. Sin embargo, nadie le temía, puesto que algo tan maravilloso sólo podía ser regalo de dioses y no engaño de los demonios. 

La voz los visitó varias veces, de día o de noche. Les traía historias en palabras que desconocían, pero que los hacía llorar recordando las familias queridas y los sabores lejanos; o reír, pintándoles aromas de primavera y de aventuras de niños. Algunas veces, las canciones eran alegres e invitaban al baile. Otras eran suaves, casi tristes y llevaban añoranzas que dolían. Unos días después, el guwai siguió viaje.

Mediando el Despertar de los Insectos del siguiente año del Dragón, la caravana entró en la provincia de Shanxi, gobernada, entonces, por Zheng Shikai, Señor de la Guerra, antiguo súbdito de los depuestos Ming, y ahora, su más ferviente exterminador. El guwai fue detenido, acusado de espionaje. Lo que quedaba de sus mercancías y animales fueron decomisados. Los hombres comenzaron a ser torturados en busca de informes sobre el enemigo. Uno de ellos, con la esperanza de salvar su vida, contó a los hombres de Zheng que en el viaje que acababan de hacer, en un desierto que estaba hacia occidente y hacia el norte, habían escuchado cantar a una joven; y su voz era capaz de acallar el piar de los pájaros o aquietar los vapores del dragón; y que al oír sus canciones de cuna los ejércitos se dormían. El Señor de la Guerra vislumbró un arma letal y un adecuado presente para el Emperador. Todos los hombres de la caravana, incluso el guwai, fueron interrogados en busca de más precisiones; y luego asesinados. 

Zheng envió al general Shen Li y a sus quinientos mejores hombres en busca de la mujer que cantaba. 

Así nació el Ejército de los Quinientos, y la Expedición. 

Siguieron los años de la Serpiente, el Caballo y la Oveja; y los soldados iban de un desierto a otro, desgastándose y sin noticias en su búsqueda. Fueron al Taklimakan y al Kumtag, recorrieron el Lop Nor, atravesaron el Badnjinlin dos o tres veces e, incluso, llegaron hasta Zungaria. Decidieron volver hacia el sur, hacia el Mu Us y pasaron, una vez más, por el desierto en el que había vivido Xiao Chen. Eran los días de la Germinación del Cereal del año del Mono y acamparon en una laguna similar a la que describieron los hombres del mercader. Y esa noche, la oyeron.

Los Quinientos lloraron con una canción que les hablaba de su madre anciana y rieron con otra que les contaba las aventuras de un camello loco. El único que permaneció inmutable, fue Shen Li. La voz venía desde no muy lejos al norte, cruzando la laguna. Ordenó a sus hombres que levantasen el campamento de inmediato, y encontrasen a la mujer. El ruido de los Quinientos marchando, calló la voz.

Después de un día de camino, El general ordenó un nuevo alto y el más absoluto silencio. Ahora la canción sonaba, lejana, hacia occidente. Otra vez la marcha, sin descanso y un nuevo alto que duró varios días hasta que escucharon otra canción, pero ahora desde el sur. 

Así pasó ese año, y el del Gallo, el del Lobo y el del Jabalí. Algunos de los Quinientos fueron muriendo y Shen Li los reemplazó con levas que hizo entre las gentes que encontraron a su paso. Fue otra vez el año del Gato y el orgulloso ejército se transformó en una horda exasperada que arrasó aldeas en busca de información, primero, y por el simple saqueo, después. Cada cierto tiempo, escuchaban la voz que cantaba, cerca o lejos, a derecha o izquierda, tras las dunas o en el valle próximo. Shen Li y los suyos partían tras ella de inmediato, pero jamás la encontraron.

Hubo otro año del Gato y los Quinientos no eran más de cien, andrajosos, preocupados por llevar las riquezas de tantos años de rapiña, y no desertaban más que por el temor a la ira de su general, que era al único que le interesaba, aún, encontrar a la dueña de la hermosa voz. 

Más o menos una vez cada luna, oían cantar a Xiao Chen

Eventualmente, pasaron a la vista de las tierras que ella había habitado. Eran, ahora, un páramo con rastros apenas visibles de algún viejo asentamiento. Nadie, siquiera, miró las ruinas. 

La mujer que cantaba había sido dada en matrimonio a un hombre de la lejana Kashi en los tiempos del comienzo de la Expedición; y había muerto, hacía muchos años, al dar a luz a su primer hijo.

Cerca del amanecer de un día cercano al Solsticio de Invierno de un año del Tigre, Shen Li, casi ciego, oyó una canción que hablaba de gloriosos ejércitos con armaduras brillantes y banderas de seda, del honor del combate y la lealtad del enemigo; del filo de la espada, la punta de la lanza y la belleza de la flecha en el aire. Entonces, lloró. Vistió lo que imaginó eran sus mejores ropas de guerra y caminó hacia el sol, hacia la voz de Xiao Chen.

El Badnjinlin se tragó a los Quinientos. Nunca más, alguien supo algo de ellos.

Muchísimo tiempo después habían pasado siete u ocho años de finalizada la Segunda Guerra del Opio, un rico gentleman inglés con aspiraciones de arqueólogo, se internó en el desierto acicateado por leyendas populares, en busca de antiquísimas ciudades en ruinas que, por supuesto, no encontró. Sin embargo, a orillas de una pequeña laguna salada sus porteadores desenterraron algunos huesos de camellos. A falta de nada mejor que hacer, el caballero ordenó un alto, acampó y se dedicó durante tres días a estudiar esos huesos. Para su sorpresa, encontró dos alforjas llenas de piezas de porcelana, algunas telas raídas, una estatuilla, no más alta que un pulgar, de un Buda de oro; y dos vasos de plata impura; junto a tres esqueletos humanos que parecían de soldados. Las pocas armas y unas monedas sueltas le permitieron aventurar que esos cadáveres tenían más de doscientos años. 

La noche antes de partir, fría y de viento escaso, un porteador lo llamó para que escuchase, muy clara, una voz que cantaba. El inglés no le dio importancia.


Sobre el autor

Daniel Frini (Argentina, 1963). Participó en varias antologías en diversos idiomas. Publicó “Poemas de Adriana”, “Manual de autoayuda para fantasmas”, “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” y “Nueve hombres que murieron en Borneo”. Obtuvo varios premios, el último el 1er Premio del III Concurso Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén.

Imagen: Zhao Shao’ang, Skull in a faded dream.

Mirando el abismo, un poema de Dayliana Carranza Méndez

Poesía, Vox fabulae

Mirando el abismo

Viene el miedo detrás de su aliado

conquistando las ruinas

que visitó de la muerte.

Flotan hacia el risco

donde las venas se abren.

《Invoquemos a la niña 

que sale de la tierra》

Aconsejan arrojarse al viento

para despertar serenamente

del sueño abrumador.


Serva me, servabo te:

el susurro que del fondo brotó


Sobre la autora

Dayliana Carranza Méndez nace el 6 de septiembre de 1996. Reside en Costa Rica, en el cantón de Grecia desde su infancia. A los doce años de edad se interesa por el mundo de las letras. Finaliza sus estudios en el Bachillerato en la Enseñanza del Castellano y la Literatura en la Universidad de Costa Rica y actualmente cursa estudios en el Bachillerato y Licenciatura en Geología de la misma universidad. Además, aspira a estudios de posgrado en la Maestría en Lingüística. Su poema Inmarcesibles fue seleccionado para la antología “Los gritos de Medea: violencia de género en la poesía feminista costarricense (2020)” y fue seleccionada en la Antología Latinoamericana “Voces en el aire” de la Red Némesis con sus poemas Espejo negro en mano y Defensa.

Imagen: Alphonse Mucha, Podobizna Josephine Crane Bradley jako Slávie (detalle).

La muerte contemplada. Breve acercamiento a su percepción en la Baja Edad Media.

Ágora

Lic. Prof. Damián L. Sarro

 

El tema de la muerte, y de todas sus problematizaciones derivadas, se ha convertido en materia recurrente entre historiadores y filólogos del siglo XX, principalmente luego del célebre trabajo de Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media[1], donde configura un terreno propicio para la lectura de la imagen de la muerte desde el ideal caballeresco medieval y sus vinculaciones con el pathos o espíritu de la vida. Si tuviéramos que realizar un somero estado de la cuestión, y sabiendo de la arbitrariedad del recorte por las exigencias de extensión de la presente comunicación, debemos mencionar los aportes de Alberto Tenenti[2], Philip Ariès[3] y Georges Duby[4], los de Michel Vovelle[5] y los de Jacques Le Goff[6], entre otros trabajos, por cierto muy importantes, cuya influencia permitió delinear lo que claramente podría denominarse una historiografía de la muerte; en el ámbito hispanoamericano, las publicaciones de Rafael Lapesa[7], María Rosa Lida de Malkiel[8], Susana Royer de Cardinal[9], Emilio Mitre Fernández[10][11], Fernando Martínez Gil[12][13], Ariel Guiance[14] y Jaume Aurell y Julia Pavón[15], entre otros estudiosos, dan cuenta de la importancia y profundización de esta temática en ámbitos académicos, donde se entrelazan perspectivas históricas, artísticas, lingüísticas, filológicas y teológicas.

Presenciamos, por ende, un profundo interés por las percepciones comunitarias respecto al fenómeno de la muerte entendida como acontecimiento religioso y social; interés académico que busca captar las distintas actitudes y manifestaciones en torno a la muerte y su dualidad implícita: las lamentaciones por la naturaleza efímera de la existencia carnal y terrenal y el acceso a la salvación del alma en la órbita celestial y eterna, ampliando así el espectro temático de la llamada historia de las mentalidades[16].

La Iglesia de Roma buscó, a través de un amplio abanico de manifestaciones artísticas, literarias, confesionales, sociales y políticas, inculcar una sólida y convincente explicación en torno a la muerte física de las personas presentándola como el pasaje de la vida terrenal, viciada y corrompible, a la vida celestial, previa estancia por el Purgatorio y la redención de los pecados. La divulgación, aceptación y reproducción del dogma cristiano se basó en un discurso místico afianzado por un sistema simbólico tendiente a flexibilizar, o bien domesticar, el trauma de la muerte carnal contrarrestando su crueldad bajo el modelo de aquel que había logrado vencer a esta muerte: Jesucristo. En este sentido, se configuró toda una idea sobre otra muerte, la segunda, que implicaría ya no la carne, su putrefacción ni la desaparición física de las personas, sino la muerte del alma, su perdición por la caída en pecado y su consiguiente descenso a los infiernos para sufrir en el fuego eterno. Así, la cosmovisión medieval, sustentada por el discurso oficial de la Iglesia, la literatura mística y todo el ornamento cultural circundante, sostuvo la existencia de estas dos muertes: la física-terrenal y la del alma y condenación eterna.

En el Occidente medieval, y a partir del siglo XII, la imagen del Purgatorio[17] será crucial a la hora de arraigar la doctrina cristiana y el sometimiento a los dogmas de la Iglesia. La emergencia del Purgatorio, como lugar físico, se produce en concomitancia a un cambio lingüístico: la transformación del adjetivo purgatorias en sustantivo purgatorium, conjuntamente con la consolidación de esquemas ternarios o tripartitos en la mentalidad medieval, donde el Purgatorio ocuparía la zona intermedia entre el Cielo y el Infierno, categorías ya afianzadas en la Alta Edad Media. A esto se agrega la idea de un ars bene vivendi cuyas implicancias serían reflejadas en el momento de aquel pasaje existencial en un ars bene moriendi[18], y es aquí donde se erigen los modelos o guías espirituales a seguir (San Martín de Tours, San Agustín, Benito de Nursia, Bernardo de Claraval, Santo Domingo de Guzmán, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Asís, Egidio Romano y sigue la lista) bajo la esfera de los grandes centros monacales, cuyos amanuenses benedictinos, dominicos, cistercienses y cluniacenses, entre otros, desarrollaron y difundieron las distintas concepciones religiosas alineadas dentro del dogma cristiano sobre la percepción y aceptación de la muerte como el tránsito para la redención de los pecados y la posterior vida eterna, aunque bajo el sometimiento del ars bene vivendi que la persona tuviera en su haber a la hora de dar cuenta de sus actos. El ejemplo literario al respecto lo encontramos, por supuesto, en la Divina Comedia (principios del siglo XIV) de Dante Alighieri. Sobre estas conceptualizaciones cristianas, se afirma que:

Su mayor consecuencia es que hacen preceder al Juicio Final un juicio individual situado, para que cual, en el artículo de la muerte: el fiel podrá verse proyectado al Infierno si persiste en sus faltas y en su falta de esperanza en la misericordia divina; o ir directamente al Paraíso si muestra todos los signos de la perfección; o lo más seguro, encontrarse en el Purgatorio para cumplir la penitencia necesaria (Corbin, 2008: 217).

El modelo de la buena muerte implica un delineamiento estrictamente cristiano, conventual y místico, por lo tanto, idealizado. De aquí que la primera muerte, la terrenal, no tenía por qué soportar con un peso negativo ni ser considerada mala o cruel[19] ya que lo importante era evitar la segunda muerte, la del alma y su perdición. La muerte física era, entonces, el comienzo, más que el final, de una existencia en otro orden, de una auténtica vida bajo la misericordia de Dios, y he aquí lo transcendental del Purgatorio, su imposición:

[…] estado nada benigno, pues muy pronto tendió a su infernalización, constituirá una revolución en la escatología y en las actitudes ante la muerte, pero que no sólo estará interrelacionada con un cambio de mentalidades, sino también con profundas transformaciones económicas y sociales que se dejarán notar desde fines del siglo XIII. (Martínez Gil, 1996: 57).

Y esta revolución aludida permitió, por un lado, controlar el momento de la primera muerte como la llave hacia la verdadera contemplación divina de Dios en el Juicio Final, instancia concedida gracias a ese ars bene vivendi y a la existencia del Purgatorio como demostración de la infinita misericordia de Jesucristo; por otro lado, el concepción del Purgatorio vino a suplir el intersticio entre la primera muerte, la física, y la llegada del Juicio Final. De esta manera, el ars bene vivendi se convertía, en la cosmovisión cristiana medieval de Occidente, en una garantía para el orden social, la consolidación de un status quo conveniente para las jerarquías eclesiásticas y políticas y la adhesión de fidelidad de las conciencias.

Podría hablarse, entonces, de una paideía del Purgatorio en la Baja Edad Media, en donde se concibe a la literatura y a la arquitectura (principalmente de catedrales, iglesias, monasterios y tumbas) como los principales exponentes para su difusión social. Esta paideía mística tenía como fuente original las Sagradas Escrituras y, entre muchas alusiones que podríamos referir, la siguiente resulta muy significativa:

Acción elevada y noble, inspirada en el pensamiento de la resurrección. Puesto que si él no hubiera esperado que aquellos muertos habían de resucitar, vano y superfluo fuera orar por ellos. Mas, creyendo firmemente que está reservada una gran recompensa a los que mueren piadosamente, idea santa y piadosa, por eso ofreció el sacrificio propiciatorio: para que fuesen libres de sus culpas (II Macabeos, 12, 43-46).

Según Le Goff (1981), la sociedad cristiana entendió en este texto bíblico, por intermediación de la Iglesia, las dos virtudes del Purgatorio para los practicantes y adherentes al ars bene vivendi: primero, la posibilidad del perdón de los pecados luego de la muerte; segundo, el poder de las plegarias y la sumisión de las prácticas de los fieles para los muertos.

Por último, y retomando el título de nuestra exposición, podemos decir que la muerte en el Occidente medieval tuvo, entre otras particularidades, una contemplación dual sustentada por el dogma cristiano y difundida por la Iglesia: una primera muerte, física y terrenal, y una segunda muerte, ya trágica y deshonrosa, la del alma y su caída a los infiernos. En el medio, la presencia del Purgatorio tuvo un rol trascendental en aquella cosmovisión, tanto desde la órbita mística como social: el correlato ternario luego de la muerte con el esquema de la Divina Trinidad y con los tres órdenes de la sociedad feudal (los bellatores, los oratores y los laboratores), el mantenimiento del orden estamental, el afianzamiento del credo y de las prácticas cristianas. Toda una paideía consolidada e incuestionable hasta la Reforma del siglo XVI, pero esa ya es otra historia, y apasionante por cierto.


Bibliografía consultada

Aurell, Jaume & Pavón, Julia (eds.) (2002).Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España Medieval. Pamplona: EUNSA.

Corbin, Alain (dir.) (2008). Historia del cristianismo. Ariel: Barcelona.

Le Goff, J. (1981). El nacimiento del Purgatorio. Madrid: Taurus.

Martínez Gil, F. (1996). La muerte vivida. Muerte y sociedad en Castilla durante la Baja Edad Media. Toledo: Diputación Provincial de Toledo – Universidad de Castilla-La Mancha.

Mitre Fernández, E. (1988). La muerte vencida. Imágenes e historia en el Occidente Medieval (1200-1348). Madrid: Encuentro.

Sebreli, J. J. (2016). Dios en el laberinto. Crítica de las religiones. Bs. As.: Sudamericana.


NOTAS

[1] Huizinga, J. (1985 [1929]). El otoño de la Edad Media. Madrid: Alianza.

[2] Tenenti, A. (1952). La vie et la mort à travers l’art du XVe siècle. París: Armand Colin.

[3] Ariès, Ph. (1977). L’homme devant la mort. París: Seuil.

[4] Ariès, Ph. & Duby, G. (1989). Historia de la vida privada. Madrid: Taurus.

[5] Vovelle, M. (1983). La mort et l’Occident, de 1300 à nous jours. París: Gallimard.

[6] Le Goff, J. (1981). La naissance du Purgatoire. París: Gallimard.

[7] Lapesa, R. (1967). De la Edad Media a nuestros días: estudios de historia literaria. Madrid: Gredos.

[8] Lida de Malkiel, M.R. (1952). La idea de la fama en la Edad Media Castellana. México: Fondo de Cultura Económica.

[9] Royer de Cardinal, S. (1992). Morir en España (Castilla Baja Edad Media). Bs. As.: Universidad Católica Argentina.

[10] Mitre Fernández, E (1988). La muerte vencida. Imágenes e historia en el Occidente Medieval (1200-1348). Madrid: Encuentro.

[11] Mitre Fernández, E. (2019). Morir en la Edad Media. Los hechos y los sentimientos. Madrid: Cátedra.

[12] Martínez Gil, F. (1996). La muerte vivida. Muerte y sociedad en Castilla durante la Baja Edad Media.  Toledo: Diputación Provincial de Toledo – Universidad de Castilla-La Mancha.

[13] Martínez Gil, F. (2000). Muerte y sociedad en la España de los Austrias. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha. Constituye un exhaustivo trabajo sobre el tema aunque fuera del alcance de nuestro propósito.

[14] Guiance, A. (1998). Los discursos sobre la muerte en la Castilla medieval (siglo VII-XV). Valladolid: Junta de Castilla y León.

[15] Aurell, J. & Pavón, J. (eds.) (2002). Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España medieval. Pamplona: EUNSA.

[16] Dentro de la Escuela de los Annales, principalmente de los integrantes de la “tercera generación”.

[17] Véase el célebre libro de Jacques Le Goff, El nacimiento del purgatorio (bibliografía). También la biografía de Odilón de Souvigny o de Cluny (siglo XI) y su promoción de la conmemoración de los Fieles Difuntos.

[18] Para mayor desarrollo del Ars moriendi o Artes moriendi véase Martínez Gil (1996), Cap. IX.

[19] Aunque ya en el siglo XIV las hambrunas y catástrofes epidemiológicas (Peste Negra de 1348) irán erosionando la idealización de la muerte, más aún a partir de las transformaciones del Humanismo y el movimiento reformista del siglo XVI. Véase bibliografía Mitre Fernández, E. (1988).

 


SOBRE EL AUTOR

Damián Leandro Sarro es profesor y Licenciado en Letras (Universidad Nacional de Rosario). Becado por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación (P.N.B.U.) 1999 – 2001. Presentó trabajos de crítica literaria en congresos nacionales e internacionales. Publicó trabajos de investigación en revistas académicas nacionales y extranjeras. Obtuvo el III Premio Nacional Ensayo Breve Año 2011 (CFI – Bs. As.). Publicó el ensayo La refulgencia del Bicentenario o el mito de Pigmalión (CFI, 2011), el Manual de Lengua I de Educación Secundaria para Adultos (coautoría, Dunken, 2015) y la novela Flagelos íntimos (Alción, 2018). Participó en la Antología de Poetas y Narradores Contemporáneos 2012 (De los Cuatro Vientos); coordinó talleres de lectura para adultos y es jurado literario de la Feria del Libro de Villa Constitución. Docente en el Taller de Sexualidad y Salud Sexual de la Extensión de Adultos Mayores (UNR) y catedrático en el Instituto Superior de Profesorado Nº 3 (Villa Constitución). Actualmente realiza un posgrado de Escritura Creativa (FLACSO).

El concepto de “ilimitado” en Anaximandro de Mileto

Ágora

El concepto de “ilimitado” en Anaximandro de Mileto

 

Prof. Juan Brando

 

Se cree que Tales de Mileto fue el primer filósofo occidental: perteneció a la escuela jónica, que se ocupó principalmente de estudiar los orígenes o fundamentos del mundo natural.  Para Tales, el principio de la naturaleza era el agua o lo húmedo. Pero su sucesor Anaximandro consideró que no  podía sostenerse sin problemas que una sustancia o elemento entre los demás tuviese sobre ellos una primacía arbitraria. Por eso, sustituyó el agua por algo indefinido, carente de propiedades, y capaz de incluir en sí a los opuestos. De este indefinido metafísico surgían aparentemente las cosas del mundo de la experiencia, y retornaban a él toda vez que eran destruidos.[1]  Además era preciso que, para no agotarse en el curso de las creaciones, esta sustancia fuese infinita, por lo cual recibió el nombre de apeiron que quiere decir “lo ilimitado”. [2]

Por primera vez en la historia de la metafísica occidental se busca para el mundo concreto o tangible una explicación procedente del orden abstracto o conceptual. Este ente no experimentable a que se reduce el mundo de la experiencia sensible es caracterizado como algo inmortal, imperecedero, inengendrado e incorruptible, que abarca e imprime movimiento a todas las cosas.

Los intérpretes de Anaximandro se han preguntado cuál sería el contenido de ese primer concepto metafísico. Si algunos sostuvieron que se trataba de una quinta esencia corpórea, a medio camino entre los elementos, otros han postulado que podía ser la mezcla de las materias empíricas; e incluso se ha pensado la posibilidad de que se tratase de un ser indefinido en cuanto a su cualidad, la materia como algo todavía indeterminado, es decir como posibilidad de ser o ser en potencia; tal vez, se supone a veces, una expresión filosófica de la antigua representación mitológica del Caos.

Aristóteles creyó que el sentido de esta palabra, Apeiron, debe ser entendida como el infinito e inagotable stock o depósito de virtualidades de que se alimenta el Devenir, y ha aclarado que no se trataba de lo indeterminado. La etimología de la palabra Apeiron conlleva el sentido de ilimitación.

Aristóteles pensó que lo que era ilimitado no podía tener principio. Es decir que había dos tipos de entidades: las que son principio o las que tienen principio. Lo Ilimitado, se dice que no puede tener principio, pues de ese modo tendría algún límite. Así, sólo lo Ilimitado satisface los requisitos de un principio absoluto.

En el libro tercero de la Física, Aristóteles afirma que el apeiron, puesto que es principio, debe ser algo que no se genere ni se corrompa, además es principio de todo lo demás, abraza y gobierna todas las cosas, y se denomina “lo divino”, ya que es inmortal e indestructible.

Hay quienes se preguntan cuál es la vinculación entre este ente ser ilimitado e inengendrado y la idea de un Dios supremo. Efectivamente parece que ésta acepción de un Dios como aquello que no consta de principio ni fin era frecuente en la tradición antigua a la hora de referirse a la naturaleza divina.

Aristóteles considera que el apeiron de la vieja filosofía de la naturaleza es la materia de las cosas sensibles. Pero esto sería aparentemente algo incompatible con la afirmación de que “abraza todas las cosas”.

También pertenece a Aristóteles la expresión según la cual ese apeiron es lo Divino en tanto inmortal e indestructible, atribuyendo ese pensamiento a Anaximandro y otros filósofos de la naturaleza.

Parece, por lo tanto, que se encontrase en el propio Aristóteles la controversia entre dos formas de entender el apeiron: como materia indeterminada y como entidad eterna que gobierna y abraza todas las cosas.

Algunos autores defienden la postura de que el apeiron debe ser identificado con la divinidad. La expresión “lo Divino” entendida como sustantivo denota un concepto independiente al que se califica como lo Ilimitado, y se le adjudica un carácter esencialmente religioso. Esta idea es contraproducente para quienes pretendemos decir que el apeiron es más bien lo Indeterminado, o sea, una esencia que todavía no posee determinación formal, el ser común sin ningún atributo, e incluso la materia aristotélica.

Da la impresión sin embargo de que la definición por parte de Anaximandro según la cual lo Ilimitado abraza y gobierna todas las cosas, da plena satisfacción a los requerimientos que desde antiguo el pensamiento religioso ha hecho a la divinidad.

Esto presenta un problema, aunque todavía no podamos describirlo con claridad. Si el apeiron fuese “el sujeto del sumo poder y dominio”, no podría llegar a ser, sino que estaría siendo constantemente actual.  Pero si el apeiron es el trasfondo de todas las otras cosas del mundo, como por ejemplo los elementos, cuando se transforma o se expresa en ellos experimenta una especie de cambio: pasaje a la actualidad. En este caso no podría ser lo perfecto o perfectamente acabado, ya que sería más bien la potencialidad para una posterior perfección.

Por otra parte, podría pensarse que la materia indeterminada o una entidad de carácter potencial sería un mejor candidato para aquella calificación de “el infinito e inagotable stock o depósito de virtualidades de que se alimenta el devenir”.

Por consiguiente, es posible cuestionar la atribución al apeiron de las cualidades propias de una divinidad, alegando que los intereses de Anaximandro habrían pertenecido a una órbita estrictamente filosfófica y no religiosa. Esto concuerda con la idea según la cual los pensadores jónicos fueron pioneros en el arte de construir las explicaciones racionales sobre el mundo emancipándose del avasallante y aterrador poderío de los Mitos.

Todo esto conduce probablemente a una meditación acerca de qué clase de Ser es un Dios y cuál es la relación o situación entre este Ser y el resto de los seres.

Parece que Anaximandro creía en la existencia de innumerables mundos o cielos a los que denominaba “dioses”, y que no siendo inmortales, vivían mucho más que lo que dura la existencia de un hombre. Estos dioses no son lo mismo que lo apeiron sino que serían probablemente entidades mortales y subalternas. Incluso podría decirse que estos mundos o dioses surgen de lo apeiron  y retornan a él.

Pero francamente no hay constancia de que Anaximandro haya llamado al apeiron “lo Divino”, sino que esa vinculación parece más propia de los intereses de Aristóteles, que habitualmente buscaba una causa final que ordene la cadena de las causas.

En pocas palabras, podría aceptarse que Anaximandro se refería a un dios aunque no lo llamase así, un dios como Zeus, del que surgen y al que retornan todas las cosas.

Pero nosotros nos preguntamos si será más bien el apeiron lo Indeterminado, la materia, la pura potencia, o bien, una esencia indeterminada.

Deberíamos entonces pensar en cómo sería posible un Dios que sea principio y fin de todas las cosas y que no esté sometido a ningún principio de determinación, sino que sea él mismo la causa de todas las determinaciones, y sin que las tenga en sí.

¿Qué es algo perfecto y por qué se diría que es perfecto?¿Cómo podría ser lo perfecto, algo que no posee ninguna forma? O dicho de otro modo, ¿Cómo podría adjudicarse a él la perfección? Parece que no es lo mismo hablar de la perfección de una cosa del mundo y de la perfección de la entidad última que todo lo gobierna y lo abarca. Realmente, no conocemos la perfección entre las cosas del mundo: lo estrictamente perfecto debe ser algo que está más allá del horizonte de nuestras experiencias.

 


NOTAS

[1] H.D.F. KITTO, Los griegos, Buenos Aires, Eudeba, 1962, p. 248.

[2] W. WINDELBAND, Historia de la Filosofía Antigua, Buenos Aires, Nova, 1955, p.44

 


BIBLIOGRAFÍA

Kitto, H.D.F. (1962) Los griegos. Buenos Aires:  Eudeba.

Windelband, W. (1955) Historia de la Filosofía Antigua, Buenos Aires: Nova.

 


SOBRE EL AUTOR

Juan Alejandro Brando es profesor en filosofía por la Universidad Nacional de Mar del Plata, Doctor en Filosofía por la Universidad de Lanús. Ha publicado el libro Agresión y política. Obtuvo el Premio Literario Osvaldo Soriano edición 2009.

Arqueología de la alimentación: ¿qué comían los seres de ultratumba en el imaginario de Mesoamérica?

Ágora

Arqueología de la alimentación: ¿qué comían los seres de ultratumba en el imaginario de Mesoamérica?

En el siglo V AC, el poeta griego Simónides de Ceos, encontró un cadáver en una playa desierta y  lo enterró en una tumba improvisada. Durante la noche el alma de aquel ahogado se presentó ante Simónides y le advirtió que no se embarcara porque el navío zozobraría. A la mañana siguiente, atendiendo la recomendación del muerto, Simónides permaneció en tierra y con horror vio cómo el presagio del difunto se cumplía pues el navío fue engullido por las olas ante sus propios ojos matando a todos los tripulantes. En agradecimiento Simónides edificó un hermoso cenotafio en aquella playa y construyó también un poema que inmortalizara el suceso con el aparecido. El pasar implacable del tiempo disolvió en el olvido a aquella hermosa edificación, sin embargo el poema quedó inscrito para la posteridad, salvando nuevamente la memoria de aquel desafortunado hombre al que Simónides ayudó.

Sirva esta anécdota para sugerir que cuando los vestigios físicos han sido dañados o han desaparecido por los embates de los siglos, los escritos pueden arrojar luz sobre la lengua, las costumbres, las tradiciones, la alimentación y el pensamiento de los pueblos antiguos.

Es el caso de este breve artículo que, a partir de los testimonios conservados en las crónicas de Indias del siglo XV y XVI, exponemos cómo la alimentación superaba la frágil vida humana, constituyendo el vínculo de comunicación con los seres de ultratumba dentro de las civilizaciones precolombinas. Además es la alimentación la que establece una diferencia genealógica entre los seres del más allá separándolos en reinos: el de los muertos y el de los fantasmas. En este escrito exponemos las tres funciones de los alimentos y cómo relacionan al mundo de los vivos con el de los muertos.

Respectos al reino de los fantasmas la relación que se establece con los vivos es diferente puesto que los fantasmas en las tradiciones post mortem de los pueblos antiguos, no comen. Y por cuestiones de extensión escapa a la intención de nuestro artículo.

Muertos y fantasmas: reinos aparte

Dentro de las crónicas indianas se puede advertir una cuestión de suma importancia: los muertos y los fantasmas pertenecer a reinos diferentes. Esta distinción podría explicar ciertas inconsistencias de su concepción no sólo en el ámbito literario y cultural, explicaría también su paradigmática presencia y conducta en el pensamiento de tantos pueblos. Esta hipótesis se fundamenta en el siguiente cuadro:

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El reino de los muertos y las funciones de la alimentación

Con respecto a cómo los muertos sacian el hambre, el trabajo de investigación ha resultado arduo, ha sido necesario constatar dicha hipótesis no sólo en fuentes amerindias, también en otras tradiciones antiguas. La creencia en que los muertos siguen estando vivos a pesar de la tumba y el temor a que éstos regresen de ella es algo que ha ocupado la mente de muchas civilizaciones. Una manera general de contenerlos –entiéndase mantenerlos contentos− ha sido otorgándoles agua y comida. Es un modo de protección, de proporcionarles lo necesario para el largo viaje que deben emprender a los distintos reinos de los muertos y así mantenerlos bien lejos y evitar que regresen a atormentar o a causar algún daño en el mundo de los vivos. Este temor ha generado un culto a los ancestros. Honor y alimento es lo que los mantiene satisfechos.

El alimento como modo de contención

Ninguna civilización tan elaborada, en este aspecto, como la china, que pensaba que existían dos almas: po y hun. La primera se originaba por el esperma en el momento de la concepción; la otra, por el aire que se respiraba en el momento del nacimiento. Después de que alguien moría, el alma po se disolvía junto con la tierra, pero el alma hun debía ser alimentada por sus descendientes en su travesía al mundo inferior. De no ser así, se tornaba en un ente sumamente peligroso.[1]

Entre griegos y romanos también estaba ampliamente difundida la idea de que los muertos −aun enterrados− seguían vivos de cierto modo. Y para prevenir posibles apariciones se practicaban complejos procesos de exorcismos: se llamaba por su nombre al difunto tres veces, y se agregaba la fórmula “que te sea leve la tierra”,[2] pero la más importante era la introducción de un largo tubo que iba directo al fondo de la sepultura, de esa manera los deudos podían verter sin complicaciones líquidos y alimentos especiales durante el aniversario luctuoso del difunto y durante los tres días de la apertura de los inframundos grecorromanos .[3]

En la región sudamericana de Demerara, la actual Guyana   holandesa, vivió un pequeño niño que había adquirido el terrible hábito de comer arena y murió a causa de ello. Sus padres y abuelos lo conminan a que no regrese a buscarlos, que por eso le han puesto un saquito de arena en su tumba, para que coma.[4]

En el pueblo tarahumara también se teme el retorno de los difuntos. Similar al caso de Demerara es el del narrado por Lumholtz, quien describe cómo una madre que ha perdido a su hijo pequeño le dice: “no vuelvas de noche a buscarme el pecho, ¡vete y no vuelvas más!”, y le coloca un pocillo con leche. También presenció el entierro de un ahorcado cuyo padre le gritaba al tiempo que le ponía un recipiente con cierta bebida: “ya no vuelvas a beber tesgüino con nosotros, quédate ahí”.[5]

Ofrecerles esa cerveza de maíz tostado y toda clase de alimento es un modo de suponer que necesitan todo lo que consumían aquí. Ejemplo de ello son las mujeres muertas en el parto que “en la noche bajan del cielo en busca de sus usos y sus útiles para tejer”.[6] Y también el hecho de que en el inframundo se sigan consumiendo tamales y atole, aunque, en este caso, de pinacates y pus.[7]

Fray Bartolomé de las Casas narra que las ofrendas de comida para los muertos se extendían hasta por cuatro años con tal de que entendieran que no debían volver.[8] En Sahagún está descrita una plegaria pronunciada por un anciano ante el cadáver de un joven a quien se le ofrece un jarro con agua para que parta y no regrese.[9] El agua derramada sobre las tumbas mantiene en un estado de confort al difunto y por lo tanto lejos.

Los habitantes del Coaibai, inframundo descrito en las crónicas indianas del Caribe se diferencian completamente de las huestes de los muertos convencionales porque comen solos, no necesitan ofrendas del ser humano. Por lo tanto no pueden ser contenidos con alimentos, la tenue membrana del día es la única frontera que los separa del mundo de los vivos.

El alimento como modo de obtención de información sustantiva

El alimento no sólo contiene a los muertos dentro de sus tumbas, es el medio más efectivo de trueque para obtener información sustantiva sobre el rumbo de una civilización e incluso de la humanidad misma.

Es muy importante aclarar que sólo los héroes iniciados o los dioses tienen la posibilidad de convertirse en héroes buscadores que bajan a los distintos inframundos para conseguir información. Ningún ser humano normal tiene dicho privilegio. Basta mencionar el caso de Odiseo, quien ofrenda sangre al alma de Tiresias a cambio de información que le permita regresar a Ítaca[10] y convertirse en uno de los héroes con más fama no sólo de todas las literaturas, sino de todos los tiempos. Pueden citarse tantos héroes más: Orfeo, Eneas, Heracles…

En los mitos Asirios, la diosa Ishtar no sólo baja por información crucial, sino por un objeto maravilloso, el agua de la vida, que será indispensable para resucitar al dios Damuzu.[11]

En la mitología mesoamericana está contenido el ejemplo claro de cómo los muertos poseen información determinante, en este caso, el surgimiento de la humanidad. En la leyenda de los Soles, Quetzalcóatl camina a Mictlán para consultar a Mictlantecutli sobre cómo formar a los macehuales, que somos todos los seres humanos.[12] Y no sólo eso, una vez formados, viajará nuevamente al inframundo para saber cómo alimentarnos. Otra vez, la presencia del dios o héroe cultural, al igual que en otros mitos, ha de buscar a través de su astucia el destino común.

Los muertos del Soraya  no están interesados en revelar ninguna información sustantiva a los vivos, los medios alimenticios de persuasión de los seres humanos les tienen sin cuidado.

El alimento como modo de retribución de los muertos a los vivos

Los muertos no son sólo proveedores de información ni entes que requieren ser contenidos, son la materia de la que se han conformado y se conformarán todas las cosas, son el alimento del pasado y el futuro, su certeza.

Quetzalcóatl conforma a los humanos a partir de los huesos de los muertos. Los lleva a Tamoanchán, el “lugar del origen” donde son molidos en el metate por la diosa de la tierra; Quetzalcóatl y Tezcatlipoca fecundan la masa que echan en un lebrillo con sangre que se sacan de todas las partes del cuerpo.[13] Los muertos son los responsables de la antropogénesis. Tezcatlipoca tiene un muñón sangriento en vez de pierna. Cipactli, símbolo de la tierra, tiene en el hocico el pie que, al ponerse el sol, le arrancó al dios de un mordisco. Del pie muerto hundido en el vientre de la tierra, el inframundo, surge una planta de maíz. Junto a ella se encuentra el técplat, cuchillo de pedernal, alusión al hecho de que el grano de maíz tuvo que morir primero y que el brotar de la mata es su resurrección.[14]

En el mito peruano, el Ukju-Pacha, el mundo inferior es donde estaban guardados los gérmenes de la vida, las semillas y las raíces de las plantas. Y eran los muertos los mensajeros para pedir alimento y que los hombres, las plantas y los animales pudieran subsistir.[15]

Los muertos son también la fuente para la generación de almas[16]: “El que moría muy niñito y era aún una criatura que estaba en la cama se decía que no iba allá al mundo de los muertos, sólo iba allá al Xochatlapán”.[17] También se conoce  a este lugar como Chihihuacuauhco. Ahí los niñitos maman de un árbol nodriza y pueden volver a reencarnar.[18]

En el imaginario del Caribe, hubo un ser llamado Maquetaurie Guayaba[19], fue el primer habitante del Coaibai o inframundo caribeño, y se transformó no sólo en su regente, también en la materia de la que se nutre su población: las guayabas. Los muertos consumían estos aromáticos y exóticos frutos, cuyo interior, al igual que el de la tierra, está atiborrado de semillas. Es su vínculo con la vida. Los muertos son capaces de transformar su carne en pulpa jugosa. Pueden transmutarse durante la noche en dulce fruta para ser ingeridos por los vivos, infiltrándose en su interior palpitante. El fruto es alegoría del punto donde convergen la luz amarilla de sol y su fertilidad con la sustancia obscura de la muerte.

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Entierro “I Osario 2TB2” Proyecto de investigación  y conservación de la Zona Arqueológica Cerro El Tlatoani, Morelos, México. 2014.


NOTAS

[1] E. Canetti, Masa y poder, 2002. p. 320

[2] “Sit tibi terra levis” y variantes, véase Marcial, Epigramas, V, 34, 10; VI, 52; IX, 29, 11

[3] A.Toynbee, Death and Burial in the Roman World, 1971. p. 201.

[4] Canetti, op. cit. p. 310.

[5] C. Lumzholt,  El México desconocido,  trad. de Balbino Dávalos, New York, Charles Scribner’s Sons, 1986. p. 200.

[6] Seler, Códice Fejérváry-Mayer, en Westheim, La calavera, 1985, p. 41.

[7]  Sahagún, Primeros memoriales, segundo capítulo, párrafos 6 y 7.

[8] De las Casas, Bartolomé, Los Indios de México y la Nueva España, 2004. p. 185.

[9] Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, p. 293.

[10] Hom. Od. XI.

[11] M. Mauss, Lo sagrado y lo profano,  Barcelona,  Barral, 1970. p. 23.

[12] Westheim, op.cit., p.33.

[13] Westheim, Idem.

[14] Códice Fejérváry-Meyer, lámina 14.

[15] Valcárcel, Historia de la cultura antigua del Perú, en Westheim, op. cit. p. 31.

[16] “La masa de los muertos es el arca de agua de la que surgen las almas de los nuevos vástagos,” dice Canetti, op.cit. p. 75. En la Eneida, libro VI, también Virgilio hace referencia sobre los muertos que han de ser las nuevas almas de los seres humanos.

[17] Sahagún, op. cit. cap. III.

[18] Códice vaticano A 3738.

[19] Hernando Colón, op. cit., LXI. cap.12.

 


BIBLIOGRAFÍA

CANETTI, ELIAS, Masa y Poder, Barcelona, Galaxia Guttenberg, 2002.
COLÓN, HERNANDO, Historia del almirante, ed. Luis Arranz, http://www.artehistoria.es
DE LAS CASAS, BARTOLOMÉ, Los Indios de México y la Nueva España, México, Porrúa 2004.
HOMERO, Odisea, Barcelona, Gredos, 2002.
LUMZHOLT, C, El México desconocido, trad. de Balbino Dávalos, New York, Charles
Scribers Son´s. 1996.
MAUSS, M., Lo sagrado y lo profano, Barcelona, Barral, 1970.
MARCIAL, Epigramas, Barcelona, Gredos, 2001.
SELER, Códice Fejérváry-Mayer, en Westheim, La calavera, 1985,
SAHAGÚN, SAN BERNARDINO DE, Historia general de las cosas de la Nueva España, ed. Juan
Carlos Temprano, Madrid, Dastin, 2001.
__________, Primeros memoriales, Oklahoma, University of Oklahoma Press, 1997.
TOYNBEE, A., Death and Burial in the Roman World, NewYork , Cornell University Press,
1971.
VIRGILIO, Eneida, ed. Javier Echave-Sustaeta, Madrid, Instituto. “Antonio Nebrija”, 1962.
WESTHEIM, La calavera, México, FCE, 1985.

 


SOBRE LOS AUTORES

Jorge Alberto Linares Ramírez es arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Arqueólogo en el Proyecto de Investigación y Conservación de la Zona Arqueológica Cerro del Tlatoani. Tlayacapan, Morelos, México.

Mariana Pablo Norman es licenciada en Letras Clásicas por la FFyL de la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra y doctora en Filología Medieval por la Universidad Autónoma Metropolitana. Profesora de Griego y Latín en la ENP, UNAM. Miembro de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada.

Centros de investigación: Instituto Nacional de Antropología e Historia. UNAM/UAMI posgrado en Humanidades.

Concibiendo el enfoque mitológico de una pandemia

Ágora

Los tiempos de pandemia nos remontan a la mitología.  La mitología concedía a todo acontecimiento el poder revelado de los dioses y representó un contexto de la historia.  Los dioses residían en la montaña más elevada de Grecia. ¡El Olimpo! Lo más alto de lo más alto. Un conglomerado de divinidades era reconocido en las grandes ciudades. Vivían en mansiones de cristal rodeados de grandes muros que no podían ser escalados. Los tronos estaban decorados con piedras preciosas y mármol.  La Ilíada estampó las grandes hazañas, desgracias de los dioses y los humanos que le servían al plasmar la vida del dios Aquiles al llenarse de hybris

La mitología romana estaba cimentada en los ritos, mitos y cultos del pueblo. La expansión del territorio romano y sus conquistas trajo la asimilación de los dioses de la mitología griega. El primer emperador de Roma, Augusto, sediento de gloria y reconocimiento asignó a Virgilio escribir las hazañas de Roma en La Eneida. Virgilio glorificaba a Roma dándole un origen místico, mediante el personaje de Eneas, héroe de Troya, siendo sus descendientes Rómulo y Remo, los fundadores de la ciudad. 

Igualmente, China cimentó su mitología en relatos fantásticos que se cohesionaban a su antigua cultura. Mucha de su mitología es compartida con Japón y Corea, producto de conquistas durante la dinastía Han. La interpretación de los relatos estaba impregnada de la filosofía de la época. Consecuentemente cada Dinastía, promovía las ideas filosóficas del momento en sus relatos, mitos y leyendas.

Pero no hay comparable con la concepción de hybris como una de las causas de las pandemias. La pandemia era el producto de castigos provocados por el hombre o los dioses mismos. Hybris se refiere a la violencia de los poderosos hacia los débiles. Se aplica a todo aquel que se considera superior, personificando la insolencia y falta de moderación e instinto. Es desmesura, exceso, un orgullo o confianza en uno mismo exagerado. El soberbio Edipo, lleno de hybris, estaba convencido que podría escapar del Hado; Cometo y Melnipo se llenaron de hybris durante su relación amorosa, por lo que los dioses se enfurecieron provocando pestilencia y sufrimiento.

Tucídides en su libro la Historia de la guerra del Peloponeso, atribuye la peste de Atenas a la hybris. Atenas en su época de oro fomentó la construcción de grandes obras públicas, mejoró la calidad de vida de los atenienses y dio un gran impulso a todas las manifestaciones artísticas y culturales bajo el mandato de Pericles. Sin embargo, la floreciente Atenas albergaba una cantidad ingente de esclavos. Vivían en la miseria, en barriadas hacinadas, sin derechos, aunque se los tratara en general con humanidad. Fue en esta población marginada donde prendió con mayor saña la pandemia. La fatalidad no fue una escena de teatro sino espantosamente la realidad. Atenas era substantivamente una democracia. La democracia de Atenas es la primera documentada en la historia. Al sobrevenir la muerte de Pericles, el régimen democrático ateniense fue interrumpido dos veces por la revolución oligárquica hacia el final de la Guerra del Peloponeso. Las actitudes de los habitantes marcaron un giro histórico. Cada habitante anhelaba ser el primero, sacrificaban todo por la lisonja. Durante la pandemia el anhelo de superioridad se apoderó de ellos. Se apoderaban de la riqueza de los muertos, en un afán de vivir la vida y conseguir el placer inmediato. El verano de 430 a.C, la pandemia avanzaba y los delitos también. Los perpetradores pensaban que iban a morir y no habría que esperar por la justicia. Sus corazones llenos de hybris, únicamente pretendían sacar provecho de la vida. Atenas fue derrotada por Esparta. El estallido de la plaga, el hacinamiento y un tercio de las muertes en la población consumió la ciudad. Hermosa Andújar dice… 

La peste ha transformado de un plumazo a la sociedad ateniense, zénit de la civilización humana, en el reino de la necesidad. Le ha bastado tan sólo con diezmarla y amenazarla de extinción para sacar de su órbita a ese astro rey civilizatorio y devolverlo a las cavernas (1970, p.125).

En el siglo 21 debería existir el conocimiento más allá del mito y la leyenda para poder explicar la pandemia. Sin embargo, la única explicación de cada muerte es la invasión de una extraña pero ignota enfermedad declarada pandemia. Hasta su nombre describe adjetivos de poder, dominio, majestuosidad parecida a los dioses. ¿Cómo presentar un enfoque mitológico a la pandemia del COVID- 19 en el año 2020?

Concibiendo el enfoque mitológico de una pandemia

El 19 de diciembre de 2019 los dioses de la mitología China se sentían confundidos. Era un pandemonio de sentimientos. Sentados sobre los tronos tallados en oro y piedras preciosas con empuñadoras semejantes a las cabezas de las serpientes y dragones, recostando su cabeza en lienzos acolchonados de seda fina sus facciones se distorsionaban y sus cuerpos intranquilos dirigían su mirada a la provincia de Wuhan. Los dioses de la compasión, Guanyin y Wong Tai Sin hablaban acaloradamente. Largas filas de las almas que iban a reencarnar aquejaban a Meng Po. La vieja señora Meng como todos la conocen estaba exhausta. El número de almas que ha tenido que adiestrar en su labor de hacer olvidar es interminable y difícil. Su trabajo consiste en asegurarse de que las almas listas para reencarnarse en algún reino superior no recuerden sus vidas pasadas ni su estancia en el infierno (Di Yu). Meng recolecta hierbas de diferentes estanques y arroyos en la Tierra, para crear su té de los cinco sabores del olvido. Esta bebida se le ofrece a cada alma antes de abandonar el DiYu. Además, Wong Tai Sin (el dios de la curación) ha estado buscando en todos los confines de la Tierra y ha consultado todos dioses y seres vivos existentes. Sus ánimos han mermado y su corazón melancólico y afligido no le han permitido descansar. Wong no encuentra el remedio a la plaga que aqueja al mundo. 

Informes de afectados por una enfermedad inhabitable procedían de la ciudad de Wuhan. Es la ciudad más poblada de la zona central de la República Popular China. El clima es condicionado por los monzones. Tiene las cuatro estaciones plenamente diferenciadas. Los inviernos secos y fríos mientras que los veranos son húmedos y calurosos. Es una de las ciudades de China con las temperaturas más altas durante el verano. Los ríos Yangtsé y Han la abrazan con sus aguas. La historia ha marcado su trayectoria. El levantamiento de Wuchang en la ciudad, el 10 de octubre de 1911, produjo la caída de la dinastía Qing y al establecimiento de la República de China. Hoy, los corazones de sus habitantes están trémulos y llenos de dolor. El llanto se ha convertido en alarido. Retumban los puntos cardinales de la Tierra por el número de muertes. Las voces de los hombres han llegado a los dioses. Sus gemidos ensordecen el Universo. 

El Mercado Mayorista de Mariscos del Sur de China de Wuhan se convirtió en el centro de la pandemia. El 1 de diciembre de 2019 la Comisión Municipal de Salud de Wuhan reporta un sinnúmero de casos de neumonía en la ciudad, específicamente en el Mercado. Ulteriormente se determina que los casos son causados por un nuevo coronavirus. Luego se confirma oficialmente un caso de COVID-19 en Tailandia, el primero registrado fuera de China. Varios países comienzan a informar casos. Los dioses tailandeses, figuras míticas, están espantados. Los dioses habitantes del bosque de Himmapan, situado en algún lugar entre el Himalaya, cerca de la frontera entre India y Nepal están estupefactos. El bosque está bajo el cielo de los budistas e invisible a los ojos de los mortales que no pueden acercarse. La enfermedad no da señales de su procedencia ni su cura. El pánico se apodera del mundo. Li T’eih-kuai afanosamente busca en los poderes de su calabaza el remedio. El anciano cojo de mal aspecto físico, con la cara sucia, la barba desaliñada y el cabello sucio recogido con una banda dorada que representa su inmortalidad visita los confines del Cosmos en busca de la cura. Muchos se extrañan de su afán por ayudar ya que generalmente es un dios iracundo y malhumorado. Lo que no saben es que en realidad es compasivo con los enfermos. La calabaza de T’eih-kuai contiene un elixir mágico capaz de curar todas las enfermedades. Li T’eih-kuai está fuertemente relacionado a la medicina gracias a los poderes de su calabaza. Sin embargo, esta vez el elixir no ha trabajado para detener la enfermedad. Los seguidores de Li T’eih-kuai plasman en los pórticos y salones el símbolo de su muleta para atraer la cura. La muleta es uno de los símbolos que se sigue utilizando en la actualidad y generalmente se encuentra en las boticas más tradicionales de la medicina china. 

El dios Kuan Kung interviene para ayudar a la humanidad. ¿Quién es? Las escuelas de artes marciales estampan en sus edificios una figura de porte serio, larga barba, cara roja y que enarbola un arma de gran tamaño. Es el dios protector por excelencia de la mitología China. Se afirma en la literatura que no sólo aparece en la mitología, los budistas lo convirtieron en guardián de uno de sus templos por primera vez en el siglo VII y los taoístas reconocieron su fuerza como protector contra los demonios. Kuan Kung promueve medidas extremas para detener la pandemia. Impulsa cubre bocas y distanciamiento, además del aislamiento social. Otros místicos se han unido a sus propuestas.

La pandemia ni es cuestión de uno o varias deidades, sino de la humanidad misma.  Se ha convertido en una cuestión moral y mundial.  Un cónclave de dioses mitológicos podrá llegar a acuerdos, pero es el Homo sapiens el gestor de su propio destino. Amortiguar la hybris, es parte de la solución.  El propósito principal perpetuar la raza humana. Los resultados se reflejarán en los próximos años.

Referencias

Arias Antoranz M.(s.f.). kuan kung, el dios de la protección y de las artes marciales. Escuela de Artes Marciales Tin Sing Kwun. Recuperado de https://aaktdragonblanco.blogspot.com/2013/10/kuan-kung-el-dios-de-la-proteccion-y-de.html. Published October 28, 2013. 

Blancas, E. (11 de marzo de 2020). El coronavirus no es la primera pandemia de la humanidad, conoce las que casi nos extinguen. VIX. Recuperado de https://www.vix.com/es/mundo/224613/el-coronavirus-no-es-la-primer-pandemia-de-la-humanidad-conoce-las-que-casi-nos-extinguen.

Campos, A. (27 de marzo de 2020). 10 mitos antiguos sobre la muerte y la enfermedad. Historia – Historia. Recuperado de https://culturacolectiva.com/historia/10-mitos-antiguos-sobre-la-muerte-y-la-enfermedad.

García Martínez M. A.(s.f.) Idénticas funciones de dioses con el mismo nombre, en el común origen espiritual de oriente y occidente. Universidad Tamkang De Taipei 1. Recuperado de https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe /pdf/congreso_47/congreso_47_25.pdf.

Hermosa Andújar, A. (1 de enero de 1970). ¿Civilización o barbarie?: la peste de Atenas o el retorno de la historia a la naturaleza (Ensayo sobre Tucídides). Recuperado de https://www.researchgate.net/publication/309892046

‌ Mitología.info. (2018, 31 de mayo).  Descubre las Mitologías del mundo, su origen e historia. Mitología. Recuperado de https://www.mitologia.info/.

 


SOBRE LA AUTORA

Elizabeth Diaz Rodriguez es puertorriqueña. Su pasatiempo es escribir. Entre las labores se incluyen, diseñadora de módulos, tallerista, educadora, mentora de proyectos de investigación. En 2017 fue parte de los premios de Lima Claro Internacional con el artículo “Sublevación, desobediencia y cambio”.

Pandemia capital

Poesía

Trajiste el llanto

que cae sobre las mejillas de la atmósfera;

el movimiento sísmico

provocado por el choque entre dos generaciones;

espejos y ventanas

donde se asoman las brujas, los cíclopes, las gárgolas y las quimeras

danzantes sobre la pista de la noche.

 

Entraste a la fiesta multicultural

sin permiso e invitación;

llegaste sin tocar timbres

ni enviar mensajes de texto.

Solo llegaste

sin importar que Edipo no estuviera en la fiesta

porque ya no nos interesa

saber la respuesta al enigma.

 

Vinieron contigo

correcciones filológicas sobre los mandamientos mosaicos.

Nos hiciste ver que no hemos aprendido a amar y a ser.

 

Viniste a castigarnos nuevamente

bajo el sello del bronce,

solo que hoy

no debemos cargar rocas una y otra vez,

sino tener computadoras y tabletas

para poder llenar

los vacíos dejados

por la imposibilidad de abrazarnos.

 


SOBRE EL AUTOR

Yordan Arroyo Carvajal es estudiante de posgrado en el área de Filología, Lingüística y Literatura de la Universidad de Costa Rica. Fue galardonado con el Premio Mundial a la Excelencia Cultural, 2019. Además, cuenta con el Certificado de Oro 2019 del Liceo de Magallanes, Ministerio de Educación Pública.

Ha participado en distintos congresos y simposios nacionales e internacionales sobre literatura en países como España, México, Cuba y Argentina. Trabajó como asesor literario durante todo el proyecto Letras de Arenas. Palabras de Nuestra Gente, 2019, del Ministerio de Cultura y Juventud. En relación con este proyecto, realizó además el prólogo y el análisis de los poemas en la Antología de poesía puntarenense 1990-2019.

Es poeta miembro de la Unión Hispanomundial De Escritores, miembro de la revista española De Dioses y Hombres y miembro de la Asociación de Desarrollo Lisímaco Chavarría Palma, barrio donde hoy, sin esperarlo vive. Pues curiosamente, muy cerca de su actual vivienda, creció y murió el apreciado poeta Lisímaco Chavarría.

Realizó actividades de acción social en Religiosos Mercedarios, Centro de Alcance por mi Barrio El Chorrillo, Panamá.

Otros.

Mythos y logos. El discurso de Pausanias en el Banquete de Platón

Ágora

Por Victoria Marín

El tratamiento de este tema que involucra mythos y logos surge ante el interés de señalar, con un ejemplo mítico, las características y las funciones que se les han atribuido a ambos elementos como términos opuestos, similares o complementarios dentro de un contexto, o en este caso, dentro de un texto en específico. Para esto, es necesario remontarnos brevemente al mito en los tiempos de algunos de sus más antiguos exponentes helénicos: Homero y Hesíodo, los cuales, sin duda, influenciaron el discurso de Pausanias en el escrito de Platón.

En Homero, el mito no pasó de ser un término que hacía referencia al discurso religioso y poético, el cual tuvo gran influencia en la formación de las creencias griegas, sin embargo, carecía de la duda de su certeza, mientras que, según Hesíodo, los relatos míticos presentes podían estar sujetos a la verdad o a la mentira. Sin embargo, no estaban definidos por las atribuciones del mythos como lo conocemos hoy en día, en oposición al logos. Gadamer, en el siguiente fragmento, hace hincapié en esto:

La palabra mythos es una palabra griega. En el antiguo uso lingüístico homérico no quiere decir otra cosa que “discurso”, “proclamación”, “notificación”, “dar a conocer una noticia”. En el uso lingüístico nada indica que ese discurso llamado mythos fuese acaso particularmente poco fiable o que fuese mentira o pura invención, pero mucho menos que tuviese algo que ver con lo divino. Allí donde la mitología (en el significado tardío de la palabra) se convierte en tema expreso, en la Teogonía de Hesíodo, el poeta es elegido por las musas para realizar su obra, y éstas son plenamente conscientes de la ambigüedad de sus dones: “Sabemos contar muchas falsedades que se parecen a lo verdadero…, pero también lo verdadero” (Theog. 26). No obstante, la palabra “mito” no se encuentra en absoluto en este contexto. Solo siglos después, en el curso de la ilustración griega, el vocabulario épico de mythos y mythein cae en desuso y es suplantado por el campo semántico de logos y legein. Pero justamente con ello se establece el perfil que acuña el concepto de mito y resalta el mythos como un tipo particular de discurso frente al logos, frente al discurso explicativo y demostrativo. La palabra designa en tales circunstancias todo aquello que solo puede ser narrado, las historias de los dioses y de los hijos de los dioses.” (1997:24)

Y es justamente gracias a los filósofos y a algunos poetas como Jenófanes de Colofón, que el mito comienza a ser cuestionado antes de Platón, allanando el camino para que surja este enfrentamiento de conceptos, el discurso en tanto mito (aquel que justifica y legitima) y el discurso en tanto logos (aquel que explica y da cuenta de).

Ricardo López, citando a Hegel, habla del carácter ineludible de esta oposición gracias a la interacción cultural y al paso del tiempo: “el logos no provino de la nada, tanto como el mythos debe su existencia a las influencias que tenían entre sí todas las civilizaciones antiguas, que se fueron desarrollando, dando a luz así a unos sistemas de pensamiento que con el desarrollo de uno y el ocaso del otro, iban a llegar a oponerse.” (2005:19)

Sin embargo, a pesar de la diferenciación que se hace de los términos y de una aparente incompatibilidad, Platón une ambos en una obra enteramente filosófica, con el fin de ascender hacia la contemplación de la idea de la belleza y la naturaleza del amor.

Sobre el autor y su posición con respecto al mythos

Se dice que Platón (c. 428a. C.- 427 a. C.) pudo haber nacido en la ciudad de Atenas o en Egina y que su nombre de pila fue Aristocles. Fue alumno y seguidor de Sócrates, quien ejerció una gran influencia sobre él, hasta el punto de aparecer constantemente en su obra como maestro y referente filosófico y moral. Posteriormente, después de la muerte de Sócrates, Platón se retiró de Atenas y viajó por Megara, Egipto y Cirene, para luego volver a su ciudad de origen y fundar allí la Academia (que era muy similar a las escuelas pitagóricas, pues se enfocaba en los saberes filosóficos, matemáticos, astronómicos y físicos).

Sobre su pensamiento, podemos decir que este se inclina por una orientación antropológica, al mismo tiempo que ponía de manifiesto la preocupación por lo trascendente, pues, se enfocaba en problemas que atañen al ser humano, tales como la división de los mundos, el ser, el sentido de la vida, la organización socio-política, las virtudes y los valores inmutables que deben caracterizar al filósofo, al resto de los hombres y a la misma polis.

Antes de entrar de lleno en la posición de este sabio con respecto al mythos, es importante señalar que la Grecia de Platón difiere en mucho de la Grecia homérica y hesiódica, debido al surgimiento de la polis, seceso que aumentó la importancia de la palabra y la razón como medios para posibilitar la participación activa de los ciudadanos en la vida pública; lo cual vino a significar “el surgimiento de una tensión fundamental de repercusiones duraderas para nuestra cultura: mito en oposición a logos” (López, 2005:7). Con el pasar de los años, la curiosidad intelectual y artística de los griegos encumbró al teatro e incentivó la reflexión filosófica, permitiendo el desarrollo de temas que respondieron a las necesidades y vivencias de la época, por parte de personalidades como los sofistas, Sócrates y Platón.

Sin embargo, todavía en el siglo V, a pesar de que gracias a los cambios políticos, económicos y sociales, el mythos se opone al logos como una narración libre frente a otra que debe argumentar y probar, podemos notar que el mito aún se encuentra muy presente en ciertos discursos. Sobre esto nos dice Badía Serrá: “Los grandes trágicos casi siempre recurrían a la mitología para el desarrollo de sus obras, y de la misma manera y probablemente con más fuerza, los filósofos. Platón es uno de ellos.” ( 2007:42)

Como se pone de manifiesto en la cita anterior, al igual que trágicos y filósofos de su época, Platón no rechaza totalmente al mito que sigue siendo parte de la cultura Griega, sino que, aunque lo considera inferior al logos y le da la categoría de una especie de “cuento de viejas” que debe ser monitoreado y a veces censurado para la formación de la juventud, lo utiliza para acercar a los demás a sus ideas, tal y como menciona García Gual en el prólogo a los Diálogos de Platón.

“A pesar de la inferioridad del estatuto que le otorga, Platón reconoce al mythos una utilidad cierta en los dominios de la ética y la política, en los que constituye, para el político y el legislador, un notable instrumento de persuasión y eso independientemente de toda interpretación alegórica.” (2004: 25)

Y es justamente porque el filósofo reconoce el poder del mito para penetrar en las mentes e influenciar el comportamiento del hombre a través de figuras retóricas como el exemplum y la alegoría, que lo usa para sembrar la duda, exponer comportamientos indeseables y virtuosos y expresar una idea compleja por medio de varias metáforas con fines didácticos. Es decir, para el filósofo el mito es una técnica narrativa y argumentativa que posibilita la ascensión de lo múltiple a lo uno, lo verdadero, imperecedero e inmutable.

El mito de Afrodita y su función en la intervención de Pausanias en el Banquete de Platón

En primer lugar, es importante mencionar que en la Grecia clásica y, específicamente en ciudades como Atenas, el culto de Afrodita se dividía en dos vertientes, las cuales pudieron haber influenciado el discurso de Pausanias: El culto a Afrodita Urania, como protectora de la ciudad, especialmente en su santuario de Iliso y en el ágora bajo el nombre de Hegemone, y el culto a Afrodita Pandemos (de todo el pueblo) en la ladera oeste de la Acrópolis, en donde se asociaba a lugares marginales como los prostíbulos. Sin embargo, a pesar de esto y en general, el culto a la diosa fue bastante homogéneo en cuanto a la vinculación con el amor, el deseo, la unión sexual, el matrimonio, la fertilidad y la fecundidad. (Valdés,2009:5-11)

Ahora bien, en la parte de la charla en torno al banquete que corresponde a Pausanias, Platón expone uno de los argumentos sobre el amor que posibilitan el desarrollo de El Banquete y con éste, las particularidades de los grandes tópicos cuyas nuevas interpretaciones se gestan dentro de la filosofía. Comienza diciendo que el amor no puede existir sin Afrodita (sin la belleza) y a raíz de esto desarrolla los dos tipos de Eros, al tiempo que menciona a la diosa a partir de la tradición homérica y hesiódica:

Todos sabemos, en efecto, que no hay Afrodita sin Eros. Por consiguiente, si Afrodita fuera una, uno sería también Eros. Mas como existen dos, existen también necesariamente dos Eros. ¿Y cómo negar que son dos las diosas?  Una sin duda más antigua y sin madre, es hija de Urano, a la que por esto llamamos también Urania; la otra, más joven, es hija de Zeus y Dione y la llamamos Pandemo. En consecuencia, es necesario también que el Eros que colabora con la segunda se llame, con razón, Pandemo y el otro Uranio. Bien es cierto que se debe elogiar a todos los dioses, pero hay que intentar decir, naturalmente, lo que a cada uno le ha correspondido en suerte. […] Por tanto, el Eros de Afrodita Pandemo es en verdad, vulgar y lleva a cabo lo que se presente. Éste es el amor con el que aman los hombres ordinarios. Tales personas aman en primer lugar, no menos a las mujeres que a los mancebos, en segundo lugar, aman en ellos más sus cuerpos que sus almas y, finalmente, aman a los menos inteligentes posible, con vistas solo a conseguir su propósito, despreocupándose de si la manera de hacerlo es bella o no. De donde les acontece que realizan lo que se les presente al azar, tanto si es bueno como si es lo contrario. Pues tal amor proviene de la diosa que es mucho más joven que la otra y que participa en su nacimiento de hembra y varón.

El otro, en cambio, procede de Urania, que, en primer lugar, no participa de hembra, sino únicamente de varón y es éste el amor de los mancebos  y, en segundo lugar, es más vieja y está libre dé violencia. De aquí que los inspirados por este amor se dirijan precisamente a lo masculino, al amar lo que es más fuerte por naturaleza y posee más inteligencia […] (El Banquete, 180c-181c)

Es por medio de esta intervención que Platón hace una clara partición de la figura de la diosa (quien ya contaba ya con dos orígenes), e interpreta estos de manera que las cualidades más importantes para Pausanias se asocien con Urania, ya que el amor que de ella procede une a los hombres por medio de la virtud a nivel espiritual e intelectual, poniendo de manifiesto la supremacía en la perfección moral. Por otro lado, a Afrodita Pandemos le confiere la cualidad de brindar el amor inconstante (propio de la contingencia de lo sensible) que es motivado solamente por la belleza física y el ímpetu de los amantes en la manifestación del deseo sexual. Esta concepción recuerda a la Afrodita de Homero, que une con un pasajero y desenfrenado vínculo a Paris y a Helena y que, además, incurre en la infidelidad dentro del matrimonio.

Sin embargo, es menester tener en cuenta que la intervención de Pausanias no condensa una especie de verdad platónica en su totalidad, pues es solo un escalón más que permitirá ir sustrayendo las ideas más generales con el fin de llegar a la realidad plena y total que se ubica en el mundo de las ideas y que permea, de una u otra forma, esta multiplicidad de elementos que son considerados como bellos y buenos a lo largo del diálogo.

Pero, ¿cuáles son los postulados de este logos o discurso de Pausanias (El Banquete, 180c-185c) que se encuentra ligado al mito, y que da cuenta del Eros y lo bello, incluso mencionando hechos políticos?

  • Que el Eros Pandemo, al igual que la diosa de esta belleza superflua, es vulgar, inmaduro e impulsivo y equivale a una especie de hybris; pues es un amor del cuerpo que se presenta entre hombres y mujeres y que no puede impulsar acciones bellas ni buenas, puesto que no contempla la virtud; por el contrario, incita a obrar feamente al conceder favores al pérfido.
  • Que el Eros Uranio viene de la diosa celeste y, por consiguiente, es más sabio, porque ama la belleza del alma, la sabiduría y el carácter. Tiende a la inteligencia y se da entre varones con rasgos de madurez (aunque el amor se dé entre uno más viejo y otro más joven). Además, está en condiciones de ser más constante y justo, porque amante y amado reciben lo que merecen en cuanto a la virtud. Por ejemplo, el amado hace sabio y bueno al amante a través de su vínculo, pues esto es lo que corresponde a quien busca de manera natural la virtud.
  • Que es lícito complacer en todo por obtener la virtud y realizar las acciones propias de una relación, así como sufrir sus consecuencias si se está impulsado por el amor a la sabiduría.

Ahora bien, considerando las dos primeras afirmaciones, se puede encontrar gran similitud con los postulados de Platón expuestos en otras de sus obras, como la supremacía de lo bueno que necesariamente es bello y que está ligado a la moral y a la virtud y que, como mayor bien, se alcanza por medio del amor a la sabiduría; sin embargo, la figura de Afrodita, aún como Urania, no puede desligarse de los placeres corporales que, aunque en este contexto se unen a los del alma, no dejan de ser placeres menores ligados a la parte apetitiva del alma, a los cuales no ha de tender el sabio por naturaleza. Pues, aunque Pausanias no aluda a lo meramente sexual de manera explicita, la narración de los orígenes de la diosa ambivalente permea su discurso, trayendo consigo, como todo mito, una carga estereotípica cultivada por años que trae a colación los apetitos corporales. Incluso, la pederastia misma que defiende Pausanias, hace referencia a esto.

Pero esto no es un error en el planteamiento del texto, sino que contribuye a la dialéctica de Platón, un método muy similar a la mayéutica socrática, la cual propiciaba una “búsqueda en común” en donde quienes se comunican entre sí, por medio del diálogo, se acercan a la verdad, yendo desde la multiplicidad a la unidad y desechando concepciones falsas para alcanzar el saber. Es por medio de la exposición de diferentes tesis y antítesis que se llega a la síntesis o conclusión del diálogo luego de subir todos los escalones necesarios.  La síntesis de este diálogo no es otra que la idea de que el amor es un eterno apasionado de la sabiduría, cuya figura se asemeja al ideal platónico y socrático del filósofo. Pero, volviendo al papel de la diosa del amor y a la función del mito, Platón refuerza una idea que no debe ser desechada. Esa de que la belleza inmanente acompaña a lo bueno (kalos y agathos).

Por otro lado, aunque en el banquete de Platón el mythos es utilizado como un método de enseñanza y persuasión que cumple con la función de ser el vehículo por el cual se comunican las ideas de los comensales y las del mismo Platón, no se podría hablar realmente de una relación en términos de inferioridad y superioridad (dejando de lado la opinión del filósofo), porque, si nos centramos en la utilidad de la narración mitológica en este contexto, veremos que “el mito no está subordinado al logos en sí mismo, sino que trata de estimularlo, fecundarlo, enriquecerlo.” (Badía, 2007:62)

Como dice Badía, “Platón usa el mito como un recurso ante la imposibilidad de manifestar ideas de difícil conceptualización, o de hacerlo mediante el logos. El mito, pues, es un recurso para llenar las insuficiencias del discurso lógico-racional apoyado en la dialéctica.” (2007:62)

Pero, exactamente, ¿por qué se afirma que el mito cumple una labor tan importante en Platón? Yendo más allá del atractivo del relato mítico, la respuesta la encontramos en dos aspectos fundamentales de este tipo de narración:

La función del mito como estímulo: Según Grondin, la función de los diálogos platónicos es principalmente la de incitar las mentes de los que poseían una disposición natural a la filosofía para perfeccionar su formación a partir de lo cercano ligado a la tradición (2006:59); es por esto que el mito es un recurso ideal, ya que en El Banquete nos lleva a realizar un ejercicio de imaginación, creatividad y razonamiento que permite vincular la situación humana y lo trascendente con elementos simbólicos, los cuales pueden desentrañarse gracias a las capacidades intelectuales, las experiencias personales y el bagaje cultural, con el fin de utilizar estos elementos para acceder a la Idea. Eso sí, se debe tener en cuenta que, aunque el mito está sujeto al contexto y a la interpretación, para Platón la idea no es subjetiva, sino plena y total, lo que nos ayuda a distinguir de manera clara en el texto los medios del fin.

Su relación con los estereotipos: Entendemos al estereotipo como una opinión ya hecha que se impone sobre una comunidad a lo largo del tiempo (López, Encabo, Moreno y Jerez, 2003:126), la cual puede verse reflejada en diversas manifestaciones culturales y es transmitida principalmente por medio del lenguaje, vinculándose a las diversas mitologías e, incluso, a las religiones y a otras producciones sociales. Sobre esto dicen López, Encabo, Moreno y Jerez, citando a Green y a Burke: “Cada personaje mitológico estaba asociado con una forma de explicar el mundo y representaba un comportamiento convirtiéndose este último en algo estereotípico, que era susceptible a ser imitado por el resto de los habitantes de una zona geográfica.” (2003: 127)

 Es así que, al igual que el mito, el estereotipo ha dirigido el comportamiento de los miembros de una sociedad, las actitudes de rechazo o aceptación y las opiniones de estos, y durante este proceso, lamentablemente, ambos han estado vinculados a prejuicios nocivos; pero, esto no significa que a través de este conocimiento no podamos hacer una reflexión crítica de lo que se nos presenta para desechar esas concepciones dañinas que a lo largo de nuestra vida se nos han presentado como valores positivos. De hecho, este es el objetivo que Platón persigue por medio de la dialéctica y que ejemplifica con los aportes de los comensales. Se debe tener en cuenta que del estereotipo y del mito también se pueden extraer nociones positivas para beneficiar a las almas y a la convivencia, tales como la idea de lo bello, lo justo y lo bueno, de las cuales se desprenden otros valores como la constancia (en la virtud) y en la sabiduría.

En resumidas cuentas, el mito de Afrodita en el discurso de Pausanias atrae, estimula e incita la criticidad, sin alejarse de la carga semántica del mito de la diosa, mientras que el logos desarrolla los conceptos, explica, interpreta y le da seguridad al discurso, por lo que ambos resultan igualmente importantes para comunicar, explicar y asimilar conceptos desde una perspectiva didáctica.

Bibliografía

Badía, E. (2007) El mito en la obra de Platón. El Salvador: Editorial Universidad Don Bosco.

Grondin, J. (2006) Introducción a la Metafísica. Traducción de A. Martínez Riu. Barcelona: Herder Editorial.

López, A., Encabo, E., Moreno, C., Jerez, I. (2003) Cómo enseñar a través de los mitos. La Didáctica de la Lengua y la Literatura en una fábula alegórica. Didáctica y Literatura. Recuperado de: file:///C:/Users/Victoria%20B43994/Downloads/20321-20361-1-PB.PDF. [Consulta 7 de diciembre 2018]

López, R. (2005) El mito griego como antecedente de la racionalidad filosófica (Tesis de Doctorado en Filosofía, Universidad de Chile). Recuperado de

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Platón (1988) Diálogos. Traducción de Carlos García Gual, M. Martinez Hernandez, Lledó Iñigo. Madrid: Editorial Gredos.

Platón (1998) Mitos. Traducción de Carlos García Gual, J. Calonge, M. Martínez, E. Lledó, C.E. Lan, Mª I. Santa Cruz, Francisco Lisi, J.M. Pabón, M. Fernández-Galiano. Madrid: Siruela.

Rodríguez E., Lama C., De Lara A. (2013) Ocho Filósofos. Andalucía: Editorial Alegoría.

Valdés, M. (2009) Los espacios de Afrodita en la Polis Arcaica de Atenas. ARYS. Recuperado de:

file:///C:/Users/Victoria%20B43994/DownloadsSEPARATALOSESPACIOSDEAFRODITA.pdf. [Consulta 10 de diciembre 2018]

En el Aqueronte

Relato

Sin saber cómo, sin recordar por dónde ni por qué, la sombra de lo que una vez fuera un hombre llegó hasta la punta del muelle en lo que semejaba el último confín del mundo, y allí, ignorante del motivo y siguiendo acaso un encargo ancestral, hizo sonar la campana que pendía a uno de los lados del malecón. Los últimos ecos del bronce no se habían extinguido todavía, cuando la figura escuálida de Caronte y su fúnebre barca emergían de las espesas nieblas, como flotando sobre la nada inasible. Apenas arrimarse al muelle la nave, la sombra de lo que una vez fuera un hombre tomó asiento en ella, aunque sin emitir palabra, y Caronte, sin pronunciar palabras tampoco, volvió a balancear el largo y pesado remo.

Navegaban solos las aguas negras y las neblinas que alrededor semejaban extenderse hasta lo infinito acrecentaban el sentimiento de soledad. Entonces, acaso por efecto del denso chapoteo del remo al paladear las negras aguas, la sombra de lo que una vez fuera un hombre recordó, sin saber cómo, que una vez, en una vida pasada y ya lejana, vivida hacía tantísimo tiempo y que también databa apenas de un instante, él había sido poeta. Y como si sus manos sostuviesen una lira ideal y su emoción dormida hubiese recibido el mágico beso de un último despertar, la sombra de lo que una vez fuera un hombre y un poeta comenzó a entonar una canción evocadora de sensaciones hacía tanto tiempo perdidas… y hacía tan poco tiempo sentidas.

Cantó sobre el primer amor, sobre el primer beso, la primera ilusión y el primer desencanto. Cantó sobre un ideal tan alto como las estrellas y sobre el reflejo de ese ideal y esas estrellas cristalizado en los lodosos barrizales. Cantó sobre crepúsculos solemnes bajo cuyos fulgores encantados se realizaran solemnes juramentos. Cantó sobre la gran meta, sobre la ambición homérica y sobre la soledad de una búsqueda magnífica y la injuria de un destino burlón. Cantó sobre conquistas en terrenos vírgenes y sobre el fracaso y caída en suelos de agravio. Cantó sobre el esfuerzo, la lucha, la entrega absoluta a una causa noble y sobre la absoluta incomprensión de una casta sometida al innoble afán. Cantó sobre la pasión del hombre inspirado por la magia y los hechizos, parodiado y despreciado siempre por una realidad escéptica y descreída. Cantó todo ello, sí, y cantó mucho más aún. Y el amor era grande en la canción; y el amor era la canción misma siempre; y aun entre las lágrimas, y bajo el peso de un sufrimiento infinito, el amor lo era todo, y el amor cantaba a todo.

Hasta que finalmente la barca de Caronte puso proa en la orilla sombría de la que nada se sabe puesto que de ella nadie vuelve, y la sombra de lo que una vez fuera un hombre y un poeta dejó de tañer con dedos hábiles su lira ideal para desaparecer bajo la densa niebla por siempre jamás.

Y cuando Caronte volvió a batir las negras aguas con su largo y pesado remo, antes de que las últimas notas de la canción que acababa de hender el silencio infinito se desvaneciesen en sus proverbiales oídos, masculló lo que siempre mascullaba en esa hora sin tiempo del lúgubre trayecto, lo que era su sola filosofía, aquello único que había logrado concluir del hado inefable al que él también se hallaba sometido:

“Y todo para nada”.

Sobre el autor

Ricardo Giraldez nació en 1970 en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sus relatos han sido seleccionados para integrar diversas antologías, tanto en el ámbito local como en España, Italia, Colombia, México y Estados Unidos. Ha colaborado con diferentes revistas literarias de prestigio. Tiene varios cuentos premiados y una novela de ficción histórica publicada por la editorial española E-ditarx.

Sincretismo

Relato

Cuba, siglo XIX. El ingenio azucarero estaba de fiesta, los ricos en la mansión y los negros en el batey. Arriba los trajes elegantes y abajo los cuerpos semidesnudos. El Vals competía con la conga, las joyas con los grilletes y las falsas apariencias con la lujuria desenfrenada. En el cielo nocturno brillaba una inmensa luna.

Algunos blancos abandonaban el salón y salían al balcón atraídos por los quejidos eróticos de las negras bailarinas. El corazón se les aceleraba al presenciar el espectáculo de los esclavos eufóricos, secaban el sudor de sus frentes y se apretaban el bulto del pantalón con sus manos.

Los negros no se interesaban en ellos, solo bailaban y sudaban con ojos desorbitados al compás de los tambores apostados en un rincón de la plaza. Un inmenso altar, repleto de velas, ofrendas y santos, seducía e impresionaba a cuantos lo observaban. Los cantos, salían de las gargantas saturadas de ron y carne, hechizando las piernas a un eterno baile. Los olores humanos se mezclaban con el aroma del tabaco, la comida y las flores de colores cálidos.

El grotesco grito de un ovino en agonía arrastró al gentío multicolor hasta la fuente sanguinolenta, donde saciaron su vampirismo los más osados, salpicando sus caras y miembros de un púrpura festivo.

El espectáculo se tornó erótico, promiscuo y faunesco al resplandor amarillento de la fogata nocturna. Los seres fueron dotados de fantasmagóricas caretas de formas diversas: unas tétricas-desdentadas; otras bellas-sensuales; también las había diabólicas-salvajes, pero las más comunes eran las de animal en celo con ojos retorcidos y lenguas fuera.

Arriba los blancos disimulaban sus erecciones y se miraban avergonzados unos a otros, buscando en las conversaciones vacías un pretexto para no mirar insistentemente los eróticos cuerpos de ébano.

—Son animales —dijo el señor de la casa, desabrochándose un par de botones de la camisa.

—Sí, es asqueroso verlos —le respondió un enrojecido hacendado que sudaba a borbotones.

—¿Hace calor, verdad?

—Es como estar en el infierno, rodeados de perversiones.

Ambos deseaban estar allí, frente a aquellos senos saltarines, oscuros como granos tostados de café, custodiados por un fuerte grajo y coronados con decenas de gotitas de sudor que caían constantes en el abdomen firme llenando el ombligo diseñado para beber en él.

Los blancos sorbían los tragos de vino e imaginaban a las negras danzando sobre ellos, dejándoles probar aquellos duros pezones. A medida que la noche transcurría eran más los blancos que salían al balcón quejándose del intenso calor, hasta que llegó el momento en que en el salón solo quedaron las señoras, los ancianos, los niños y los músicos.

En uno de los aposentos de la planta alta una joven blanca chillaba de dolores de parto mientras afuera seguía el bullicio y la alegría. De pronto, la amalgama de razas y sexos cansada de danzar, cantar y beber, fue poseída al unísono por el calor de las brasas entre las piernas, y se derrumbó en el polvo reagrupándose por parejas, tríos y cuartetos, atadas por la risa y el placer. Las manos se exploraban y los ojos indefensos se adormilaban iniciando un acople de cuerpos sudorosos.

—Deberíamos volver al salón —dijo el señor de la casa visiblemente afectado.

—Váyase usted si lo desea.

—Entonces buscaré unos tés fríos para todos.

Un eco salvaje de quejidos subía y descendía a intervalos. Las diosas de ébano,  mecían sus nalgas de montañas y sus pechos puntiagudos, cual puñales afilados, desgarraban vestimentas y huían erizados ante las lenguas sedientas que les perseguían salivando.

Los torpes falos pidieron ayuda a los dedos, a las lenguas y a las frutas, para poder calmar la rebelión de las babosas vulvas de pelo ensortijado. El repiquetear de tambores se hizo más intenso, tratando de ocultar la sinfonía de espasmos, mientras el fuego se elevaba queriendo prender el firmamento. Al fin, los falos penetraron por doquier los géiseres cálidos y los quejidos se transformaron en aullidos que erizaban la piel y aceleraban la respiración.

Envuelto en humo de tabaco brotó un chorro de aguardiente, escupido con rabia por una boca ancestral sobre la tierra agradecida. Luego brotaron palabras pronunciadas en lengua misteriosa y lentamente los cuerpos tambaleantes se irguieron y partieron cabizbajos y desmemoriados hacia sus barracones.

El silencio reinó en la llanura y hasta la fogata dejó de chisporrotear ante el denso manto neblinoso y frío que descendió calmando la excitación de hombres y mujeres. Varios gritos de bebe rasgaron el mutismo de la madrugada. Un niño negro venido de vientre blanco había nacido en sabanas bordadas de oro y tres niños blancos venidos de vientre negro habían salido al mundo entre la mugre del barracón.

Al amanecer, un gallo canto tres veces sobre el negro crucificado en el batey, mientras los rostros oscuros marchaban como cada día hacia el cañaveral, con las mochas descolgadas y soñando con la libertad. El amo blanco mandó a desaparecer a su nieto oscuro y a internar de por vida en un convento a su desheredada hija. Minutos después cargaba a sus bastardos en el barracón, orgulloso de su nueva prole.

Los perros ladraban a lo lejos y el sonido de disparos los enmudecía a intervalos.

Sobre el autor

Pedro Rafael Fonseca Tamayo es sociólogo, periodista y escritor. Ha  ganado en varias ocasiones el concurso literario Mangle en cuento infantil y para adultos. Tiene varios cuentos incluidos en selecciones de editoriales españolas, entre ellos, los cuentos infantiles Imaginación, en el libro Microcuentos para niños, de la Colección Verbum y El tesoro del Abuelo, incluido en el Libro del concurso Sin fronteras de Otxarkoaga.

En literatura para adultos, el cuento Fotosíntesis integró la antología De sueños y visiones de Lunaria Ediciones, México, y decenas de cuentos cortos han sido editados por Letras con arte y Letras como espada.

Varias poesías, epigramas y aforismos de su autoría han sido incluidos en antologías, como el IV Certamen Literario Enrique Segovia Rocaberti. Además de colaborar con Revistas literarias como Culturamas y AWEN.

Fue finalista del Premio Anubis 2017, Argentina,  con el cuento El precio de la inmortalidad, mientras que El  Regalo obtuvo mención en el concurso LETRA D´ KMBIO 2017, Cuba.

Aquel día en Kemet de Felix Alejandro Cristiá

Relato

I

El sentido de alerta no apacigua mis latidos. La tranquilidad, el sepulcral silencio impera. Pero al mirar hacia arriba todo pequeño vestigio de esperanza se esfuma, como arrebatar un trozo de pan de las manos de un niño hambriento: el Sol todavía no se ha movido. ¿Qué acaso el fulgor de su mirada no ha sido suficiente para aniquilarnos a todos todavía? La tierra ya había sido asolada por la suprema corrección: cuando ni el látigo ni el cayado funcionan para conducir al rebaño por los caminos de la rectitud, el arado es el siguiente paso, pero no sin antes haber desprendido todas las raíces. ¿Seré acaso yo un escogido? Los habitantes de la “la tierra entre ríos” se regocijaban cantando durante las cálidas noches de cómo su muy sabio antepasado logró sobrevivir a los días en que las aguas se tragaron todo suelo impuro y profanado por el humano embriagado de soberbia. ¿Acaso el destino me habrá seleccionado para un nuevo comienzo?

Es el instinto de supervivencia el que guía mi recorrido a través del desierto perpetuo sin importar los deseos de mi corazón, prueba de que desde hace mucho he dejado de ser hombre. Ahora soy sólo un animal, y cabe aclarar, una presa. He recorrido innumerables distancias sobre arenas inagotables. Me he escondido tras numerosas rocas que me han extendido la vida, protegiéndome de las llamas que en un principio caían desde el cielo. Pero cada vez que me detengo a descansar por un breve momento el terrible recuerdo del fuego invade mi mente, y los gritos se apoderan de mi cabeza junto a las imágenes de los rostros humanos, cuyos gestos clamando redención quedaron inmortalizados sobre un suelo carbonizado. Vinimos a este mundo para ser uno, y aunque ahora separados, los pecados de los pocos se pesarán junto a la prudencia de los virtuosos. Más denso es el corazón de la humanidad que la pluma de Maat; no tengo la menor duda, Dios sabe de la existencia de los que todavía intentamos sobrevivir, y un dios no puede fallar. La arrogante humanidad, ¡blasfema!, reducida al orden jerárquico del roedor.

Y entonces vi su ojo caer a la tierra, desprendiéndose del radiante disco. El impacto vino acompañado de un rugido capaz de volver piedra a todo lo que alguna vez tuvo el milagro de andar.

Y la hija emergió de las montañas, volviendo ceniza todo a su alrededor.

Y la devoradora hizo temblar la tierra, haciendo caer los pocos árboles que se erguían con dificultad.

Y la depredadora brinca ahora, de pueblo en pueblo, devastando cualquier intento de siembra, de restablecimiento.

Y la gran leona escupe fuego, se fortalece con la rabia y exhala vapor.

A la cautela me entrego, agachado, gateando, ocultándome una y otra vez en un intento de no ser visto por el ojo omnisciente… ¿Quién podría creer mi ingenuidad? La sequedad de mi piel casi hace ver mis huesos, oh embalsamamiento prematuro que se presenta antes de que pueda escuchar los cánticos del viaje hacia el oeste. Mis músculos, piezas de bronce atascadas. Dejo a mi voluntad reinar y detrás de una nueva roca me oculto. El sueño se apodera de mí, el cansancio excitado por la vigilia de la desesperación. Me digo que estoy preparado para perderme en lo desconocido, para que se cumpla la voluntad de los regentes del cielo. Es nuestro castigo… por habernos creído superiores. Es nuestra penitencia, por creernos inmortales. Nuestra sentencia, por no haber sido agradecidos. Y fue nuestra bendición por un momento, creernos Dios.

Esta será posiblemente la última vez que duerma, o bien, lo haré para siempre. Mis párpados ceden a la arena inmiscuida; le ruegan que los sellen como la cera en una sisa. Con mis últimos momentos de lucidez algo alcanzo a observar, una visión, ¿será? El sol se aleja, pero ¿quién viene en su lugar?, y ¿quiénes son los que se quedan?

Ya no siento calor… No en la oscuridad.

II

Lejanos ruidos del exterior me atormentan peor que una pesadilla, despertándome. Chasquidos, destrucción, gritos; sonidos que emite la carne de muchos tejidos al ser despedazada por garras. El Sol ha bajado su intensidad: los últimos ya no le haremos esperar mucho tiempo más.

La oigo acercarse, la vibración que acompañan sus enormes pasos podría atravesar miles de codos reales.

Me aferro con fuerza al otro lado de esta roca, oh ridículo intento de no ser visto. Gastando mis últimas fuerzas me asomo a contemplar.

Y la señora del poniente se muestra en el horizonte, y todas las aves partieron.

Y la gran leona respira profundamente, llevándose consigo casi todo el aire que queda.

Lluvia roja comienza a caer. Lluvia roja, espesa, melosa. Da nuevo color a la tierra, la ofrenda final del cielo para motivar a la aniquiladora. Que la embriaguez de sangre le de fuerzas para completar la obra y que su ira transforme el mundo de nuevo en orden.

Me vuelvo a asomar.

Y la gran leona salta hacia la tierra una vez más, llevándose consigo varias nubes.

Y la gran leona bebe la energía vital transmutada en el líquido rojizo, el tributo que el dios esparció sobre la tierra para enaltecer su implacabilidad.

Todo se salpica, traga y escupe, las grandes gotas se levantan y caen cubriendo por fugaces momentos los inamovibles rayos anaranjados del crepúsculo paralizado.

Se yergue y el suelo tiembla.

Me oculto tras la roca de nuevo, ¿sería acaso la última vez?

Pero el humano no puede evitar observar.

Y la gran leona camina, bebe, corre, salta, bebe, ruge y bebe.

Me oculto de nuevo, cuerpo necio.

Me asomo una vez más.

Y la gran leona está…

¿Durmiendo?


Sobre el Autor

Felix Alejandro Cristiá, es un autor puertorriqueño criado en Costa Rica. Ha publicado relatos en varias revistas literarias y colaborado con artículos sobre mujeres de la historia, filosofía y literatura para distintos medios.

Un cuento de amor de Boccaccio

Βίβλος

El siguiente texto evidencia la importancia de la suerte y del ingenio para vencer un infortunio. Esta es la octava narración de la quinta jornada que figura en la colección de cuentos medievales El Decameron, escrita por el humanista Giovanni Boccaccio en el siglo XIV.

Al leer este libro nos encontramos con un ingenioso y lúdico retrato de la época, que se sirve de la coincidencia de los opuestos (corrupción y pureza, por ejemplo) para ofrecernos una narración convincente y entretenida dentro del ámbito de la ficción.

CUENTO OCTAVO

Al callarse Laureta, así (por orden de la reina) comenzó Filomena:

Amables señoras, tal como nuestra piedad se alaba, así es castigada también nuestra crueldad por la justicia divina; para demostraros lo cual y daros materia de desecharla para siempre de vosotras, me place contaros una historia no menos lamentable que deleitosa.

En Rávena, antiquísima ciudad de Romaña, ha habido muchos nobles y ricos hombres, entre los cuales un joven llamado Nastagio de los Onesti, que por la muerte de su padre y de un tío suyo quedó riquísimo sin medida, el cual, así como ocurre a los jóvenes, estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Paolo Traversaro, joven mucho más noble de lo que él era, cobrando esperanza de poder inducirla a amarlo con sus obras. Las cuales, aunque grandísimas, buenas y loables fuesen, no solamente de nada le servían sino que parecía que le perjudicaban, tan cruel y arisca se mostraba la jovencita amada, tan altiva y desdeñosa (tal vez a causa de su singular hermosura o de su nobleza) que ni él ni nada que él hiciera le agradaba; la cual cosa le era tan penosa de soportar a Nastagio, que muchas veces por dolor, después de haberse lamentado, le vino el deseo de matarse; pero refrenándose, sin embargo, se propuso muchas veces dejarla por completo o, si pudiera, odiarla como ella le odiaba a él.

Pero en vano tal decisión tomaba porque parecía que cuanto más le faltaba la esperanza tanto más se multiplicaba su amor. Perseverando, pues, el joven en amar y en gastar desmesuradamente, pareció a algunos de sus amigos y parientes que él mismo y sus haberes por igual iban a consumirse; por la cual cosa muchas veces le rogaron y aconsejaron que se fuera de Rávena y a algún otro sitio durante algún tiempo se fuese a vivir, porque, haciéndolo así, haría disminuir el amor y los gastos. De este consejo muchas veces se burló Nastagio; mas, sin embargo, siendo requerido por ellos, no pudiendo decir tanto que no, dijo que lo haría, y haciendo hacer grandes preparativos, como si a Francia o a España o a algún otro lugar lejano ir quisiese, montado a caballo y acompañado por algunos de sus amigos, de Rávena salió y se fue a un lugar a unas tres millas de Rávena, que se llamaba Chiassi; y haciendo venir allí pabellones y tiendas, dijo a quienes le habían acompañado que quería quedarse allí y que ellos a Rávena se volvieran. Quedándose aquí, pues, Nastagio, comenzó a darse la mejor vida y más magnífica que nunca nadie se dio, ahora a éstos y ahora a aquéllos invitando a cenar y a almorzar, como acostumbraba. Ahora, sucedió que un viernes, casi a la entrada de mayo, haciendo un tiempo buenísimo, y empezando él a pensar en su cruel señora, mandando a todos sus criados que solo le dejasen, para poder pensar más a su gusto, echando un pie delante de otro, pensando se quedó abstraído.

Y habiendo pasado ya casi la hora quinta del día, y habiéndose adentrado ya una medía milla por el pinar, no acordándose de comer ni de ninguna otra cosa, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y ayes altísimos dados por una mujer, por lo que, rotos sus dulces pensamientos, levantó la cabeza por ver qué fuese, y se maravilló viéndose en el pinar; y además de ello, mirando hacia adelante vio venir por un bosquecillo bastante tupido de arbustillos y de zarzas, corriendo hacia el lugar donde estaba, una hermosísima joven desnuda, desmelenada y toda arañada por las ramas y las zarzas, llorando y pidiendo piedad a gritos; y además de esto, vio a sus flancos dos grandes y feroces mastines, los cuales, corriendo tras ella rabiosamente, muchas veces cruelmente donde la alcanzaban la mordían; y detrás de ella vio venir sobre un corcel negro a un caballero moreno, de rostro muy sañudo, con un estoque en la mano, amenazándola de muerte con palabras espantosas e injuriosas. Esto a un tiempo maravilla y espanto despertó en su ánimo y, por último, piedad por la desventurada mujer, de lo que nació deseo de librarla de tal angustia y muerte, si pudiera. Pero encontrándose sin armas, recurrió a coger una rama de un árbol en lugar de bastón y comenzó a salir al encuentro a los perros y contra el caballero.

Pero el caballero que esto vio, le gritó desde lejos:

—Nastagio, no te molestes, deja hacer a los perros y a mí lo que esta mala mujer ha merecido.

Y diciendo así, los perros, cogiendo fuertemente a la joven por los flancos, la detuvieron, y alcanzándolos el caballero se bajó del caballo; acercándose al cual Nastagio, dijo:

—No sé quién eres tú que así me conoces, pero sólo te digo que gran vileza es para un caballero armado querer matar a una mujer desnuda y haberle echado los perros detrás como si fuese una bestia salvaje; ciertamente la defenderé cuanto pueda.

El caballero entonces dijo:

—Nastagio, yo fui de la ciudad que tú, y eras todavía un muchacho pequeño cuando yo, que fui llamado micer Guido de los Anastagi, estaba mucho más enamorado de ésta que lo estás tú ahora de la de los Traversari; y por su fiereza y crueldad de tal manera anduvo mi desgracia que un día, con este estoque que me ves en la mano, desesperado me maté, y estoy condenado a las penas eternas. Y no había pasado mucho tiempo cuando ésta, que con mi muerte se había alegrado desmesuradamente, murió, y por el pecado de su crueldad y la alegría que sintió con mis tormentos no arrepintiéndose, como quien no creía con ello haber pecado sino hecho méritos, del mismo modo fue (y está) condenada a las penas del infierno; en el cual, al bajar ella, tal fue el castigo dado a ella y a mí: que ella huyera delante, y a mí, que la amé tanto, seguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada, y cuantas veces la alcanzo, tantas con este estoque con el que me maté la mato a ella y le abro la espalda, y aquel corazón duro y frío en donde nunca el amor ni la piedad pudieron entrar, junto con las demás entrañas (como verás incontinenti) le arranco del cuerpo y se las doy a comer a estos perros. Y no pasa mucho tiempo hasta que ella, como la justicia y el poder de Dios ordena, como si no hubiera estado muerta, resurge y de nuevo empieza la dolorosa fuga, y los perros y yo a seguirla, y sucede que todos los viernes hacia esta hora la alcanzo aquí, y aquí hago el destrozo que verás; y los otros días no creas que reposamos sino que la alcanzo en otros lugares donde ella cruelmente contra mí pensó y obró; y habiéndome de amante convertido en su enemigo, como ves, tengo que seguirla de esta guisa cuantos meses fue ella cruel enemigo. Así pues, déjame poner en ejecución la justicia divina, y no quieras oponerte a lo que no podrías vencer.

Nastagio, oyendo estas palabras, muy temeroso y no teniendo un pelo encima que no se le hubiese erizado, echándose atrás y mirando a la mísera joven, se puso a esperar lleno de pavor lo que iba a hacer el caballero, el cual, terminada su explicación, como un perro rabioso, con el estoque en mano se le echó encima a la joven que, arrodillada, y sujetada fuertemente por los dos mastines, le pedía piedad; y con todas sus fuerzas le dio en medio del pecho y la atravesó hasta la otra parte. Cuando la joven hubo recibido este golpe cayó boca abajo, siempre llorando y gritando; y el caballero, echando mano al cuchillo, le abrió los costados y sacándole fuera el corazón, y todas las demás cosas de alrededor, a los dos mastines las arrojó; los cuales, hambrientísimos, incontinenti las comieron; y no pasó mucho hasta que la joven, como si ninguna de estas cosas hubiesen pasado, súbitamente se levantó y empezó a huir hacia el mar, y los perros siempre tras ella hiriéndola, y el caballero volviendo a montar a caballo y cogiendo de nuevo su estoque, comenzó a seguirla, y en poco tiempo se alejaron, de manera que ya Nastagio no podía verlos. El cual, habiendo visto estas cosas, largo rato estuvo entre piadoso y temeroso, y luego de un tanto le vino a la cabeza que esta cosa podía muy bien ayudarle, puesto que todos los viernes sucedía; por lo que, señalado el lugar, se volvió con sus criados y luego, cuando le pareció, mandando a por muchos de sus parientes y amigos, les dijo:

—Muchas veces me habéis animado a que deje de amar a esta enemiga mía y ponga fin a mis gastos: y estoy presto a hacerlo si me conseguís una gracia, la cual es ésta: que el viernes que viene hagáis que micer Paolo Traversari y su mujer y su hija y todas las damas parientes suyas, y otras que os parezca, vengan aquí a almorzar conmigo. Lo que quiero con esto lo veréis entonces.

A ellos les pareció una cosa bastante fácil de hacer y se lo prometieron; y vueltos a Rávena, cuando fue oportuno invitaron a quienes Nastagio quería, y aunque fue difícil poder llevar a la joven amada por Nastagio, sin embargo allí fue junto con las otras. Nastagio hizo preparar magníficamente de comer, e hizo poner la mesa bajo los pinos en el pinar que rodeaba aquel lugar donde había visto el destrozo de la mujer cruel; y haciendo sentar a la mesa a los hombres y a las mujeres, los dispuso de manera que la joven amada fue puesta en el mismo lugar frente al cual debía suceder el caso. Habiendo, pues, venido ya la última vianda, he aquí que el alboroto desesperado de la perseguida joven empezó a ser oído por todos, de lo que maravillándose mucho todos y preguntando qué era aquello, y nadie sabiéndolo decir, poniéndose todos en pie y mirando lo que pudiese ser, vieron a la doliente joven y al caballero y a los perros, y poco después todos ellos estuvieron aquí entre ellos.

Se hizo un gran alboroto contra los perros y el caballero, y muchos a ayudar a la joven se adelantaron; pero el caballero, hablándoles como había hablado a Nastagio, no solamente los hizo retroceder, sino que a todos espantó y llenó de maravilla; y haciendo lo que la otra vez había hecho, cuantas mujeres allí había (que bastantes habían sido parientes de la doliente joven y del caballero, y que se acordaban del amor y de la muerte de él), todas tan miserablemente lloraban como si a ellas mismas aquello les hubieran querido hacer. Y llegando el caso a su término, y habiéndose ido la mujer y el caballero, hizo a los que aquello habían visto entrar en muchos razonamientos; pero entre quienes más espanto sintieron estuvo la joven amada por Nastagio; la cual, habiendo visto y oído distintamente todas las cosas, y sabiendo que a ella más que a ninguna otra persona que allí estuviera tocaban tales cosas, pensando en la crueldad siempre por ella usada contra Nastagio, ya le parecía ir huyendo delante de él, airado, y llevar a los flancos los mastines.

Y tanto fue el miedo que de esto sintió que para que no le sucediese a ella, no veía el momento (que aquella misma noche se le presentó) para, habiéndose su odio cambiado en amor, a una fiel camarera mandar secretamente a Nastagio, que de su parte le rogó que le pluguiera ir a ella, porque estaba pronta a hacer todo lo que a él le agradase. Nastagio hizo responderle que aquello le era muy grato, pero que, si le placía, quería su placer con honor suyo, y esto era tomándola como mujer.

La joven, que sabía que no dependía más que de ella ser la mujer de Nastagio, le hizo decir que le placía; por lo que, siendo ella misma mensajera, a su padre y a su madre dijo que quería ser la mujer de Nastagio, con lo que ellos estuvieron muy contentos; y el domingo siguiente, Nastagio se casó con ella, y, celebradas las bodas, con ella mucho tiempo vivió contento. Y no fue este susto ocasión solamente de este bien sino que todas las mujeres ravenenses sintieron tanto miedo que fueron siempre luego más dóciles a los placeres de los hombres que antes lo habían sido.

Bibliografía

Boccaccio, Giovanni. Decamerón. Recuperado de

https://thevirtuallibrary.org/index.php/es/libros/literatura/book/literatura-italiana-233/cuentos-de-boccaccio-el-decameron-2625

Tarpeya, dos visiones de un mito: Tito Livio y Propercio

Artículos

Este artículo que nos ofrece Daniel Río pretende comparar dos versiones del mito en el que aparece el oscuro personaje de Tarpeya. Además, el autor toma en cuenta el momento histórico de la producción de los textos y nos habla sobre la función e importancia del mito.

Enlace del artículo:

TARPEYA DOS VISIONES DE UN MITO TITO LIVIO Y PROPERCIO

Sobre el autor

Daniel Río Lago nació en la ciudad de Santander en el año 1991. Se formó en Filología Clásica en la Universidad de Valladolid, cursando posteriormente el master en Estudios Filológicos Superiores. Actualmente, prepara su maestría en Formación del Profesorado con especialidad en Latín en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, con la finalidad de poder comenzar y desarrollar la carrera docente en el ámbito de la Filología Clásica en la Enseñanza Media.

Ariadna y Junto al estanque, dos relatos de Kalton Harold Bruhl

Relato

ARIADNA

Alguien ha empezado a tirar del hilo y de inmediato sabe que su amante ha triunfado. Aguarda impaciente hasta que escucha los pasos que se acercan. Corre a su encuentro y cae de rodillas al ver su rostro. Ariadna se muerde los labios mientras Teseo le extiende la mano y rompe a llorar al imaginar el cuerpo sin vida de su amado Minotauro.

 

JUNTO AL ESTANQUE

Adonis, el más hermoso de los hombres, murió a causa de las heridas infligidas por Ares transformado en un temible jabalí. Afrodita, su amante, recuperó su cuerpo y lo depositó en el fondo de un estanque. Cierto día, un hombre contrahecho y repulsivo se acercó a beber de sus cristalinas aguas. Al inclinarse, sus ojos se llenaron de lágrimas. —Todas las burlas, todos los escarnios estuvieron siempre motivados por la envidia —se dijo. Ahora que conocía la verdad, ya nada podría alejarlo de aquel lugar. Cuentan que Narciso se consumió de orgullo, creyendo suya la inefable belleza del otro.

 


Sobre el autor

Kalton Harold Bruhl (Honduras, 1976) ha publicado los libros de relatos El último vagón (2013), Un nombre para el olvido (2014), La dama en el café y otros misterios (2014), Donde le dije adiós (2014), Sin vuelta atrás (2015),  La intimidad de los Recuerdos (2017), El visitante y otros cuentos de terror (2018), La llamada (2019); Novela: La mente dividida (2014).  Es premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua. 

La tragicomedia de la mascotita del diablo y la angelita

Relato

¿Qué le pasó a la angelita de alas de nieve cálida? Creyó que civilizar a la mascotita del diablo era cosa de un Ya o de un Así. Si el mismo Jung, cuando la tuvo en sus manos, no supo ubicar los arquetipos de los que procedía ni dilucidar nítidamente los símbolos que emanaban de su comportamiento. Se auxilió de exorcistas y gurús y no concluyó nada que se acercase a la verdad. La hipótesis menos desorbitada fue la de un monje tibetano converso; señaló que el energúmeno era descendiente directo de Caín y de Judas Iscariote. Por eso consideró que una cruz de ceniza en la frente lo libraría de Belcebú. Procedieron y de inmediato la bestia pegó un relincho, le creció una barba de erizo más larga que la de Moisés, los hombros y las extremidades se le llenaron de cerdas, y los pies y las manos se le volvieron pezuñas. Y el primer pezuñazo fue directo a la frente de Jung. Los místicos, desde el suelo, atestiguaron el vuelo de esa bestia sin alas que se estrelló contra un ventanal atravesándolo y dejando en el laboratorio el eco de un berrido.

La mascotita anduvo errando por el mundo; pasaba desapercibida porque las pezuñas y las cerdas le surgían en los días fértiles que le corresponderían a la madre de Jesús. Llegó a tierras árabes y en un área desértica que los beduinos llamaban Dubai, encontró restos de Babel, y en la profundidad de sus cimientos, halló una galería infinita de imágenes que registraban el transcurrir del Tiempo. En cada milenio nace una mascotita del diablo; él había nacido en 1666. Como ya había recorrido todo su milenio, valiéndose de otras puertas al Tiempo, se internó en la primera década del tercero. De las lenguas originadas en esa antigua torre, eligió la más rústica, la que se conoce como la lengua de Cervantes, y en la región más modernizada de la Tierra, le fue fácil conseguir trabajo enseñándola. Las pezuñas no representaron ningún problema; la transformación le acontecía cada cuatro domingos. Lo que nunca pudo controlar fue la compulsión de sus actividades de trogloditas.

En el lugar donde enseñaba, conoció a la angelita, quien sentía una gran devoción por su papá (enfermo ahora de Alzheimer). Como la mascotita tenía un carácter idéntico al de su progenitor, se obsesionó por las clases, pues la colmaban de muy gratos recuerdos.

La angelita era una psicóloga de éxito y se dio el lujo de contratarlo como maestro particular. Una noche, mientras en la sesión la mascotita se disponía a descorchar la segunda botella de vino tinto, ella le rozó el brazo tenuemente con sus yemas de plumas. La mascotita volteó y frente a él tenía unos labios carnosos de psicoanalista y, como toda bestia, los lamió y los mordió.

Vamos a la cama.

¿Por qué? preguntó ella.

Porque así son las cosas.

Con el tiempo, la angelita descubrió lo que la mascotita intentaba ocultar: que procedía del Infierno y que su conducta correspondía a la del pitecántropo. Notó también en él la ausencia total de reglas.

Creciste sin superyó, actúas en función de tus instintos.

Se empinaba todo alcohol, se zampaba toda comida y se echaba a toda mujer o muchacho que lo pareciera. Era un caso único para estudiar y quizá, con el tiempo, civilizar. En eso estaba la angelita, cuando en la madrugada de año nuevo, por debajo de los ronquidos de la bestia, sintió la vibración del iphone de la mascotita. Lo tomó, leyó el número y se metió a los textos; el más reciente era de su mascotita para alguna epsilona cautivada por sus encantos salvajes. Le deseaba año nuevo, y la angelita no se irritó; pero al leer la segunda frase de telenovela de cuarta categoría, “amor del alma”, le dieron ganas de dejar a su bestia dormida para siempre. Y mientras su dedo índice recorría en la pantalla un “mi vida”, un “cariño”, un “mi cielo”, no comprendía este furor que le hacía bullir el corazón como un iphone silente, en el que entra una llamada.

¿Cómo? Si ya sé que esta asquerosidad se mete con lo que se le ponga enfrente.

¿Por qué lloras, estúpida? dijo la angelita racional y objetiva. Deja los sentimentalismo para Univisión y Telemundo. Tu propósito es científico: civilizar al eslabón perdido que viajó a través del Tiempo.

Mas sus sentimientos desmoronaban su razón, y no le importó el Nobel ni nada.

En cuanto despierte este cínico degenerado, lo pongo de pezuñas en la calle.

Ya no pudo dormir; el iphone enterrado debajo de su seno izquierdo vibraba y vibraba. Por fin la bestia se estiró como despertándose; ella se puso a roncar ligeramente; él se levantó, se dirigió a la cocina, aplastó el botoncito de la cafetera y se encendió un foquito rojo. Cuando el gorgoteo indicó que el café estaba listo, ella se puso una bata, cosa que nunca hacía, y salió de la recámara. En la sala encontró un simio desnudo, gacho, cenizo, meditabundo…

La mascotita tomó su café, su agua y su vino, pócimas fundamentales para su ritual de las cochinadas, y se acomodó en la cama en actitud de espera. La angelita entró, se recostó sobre el hombro bestial y sollozó.

¿Qué te pasa?

Algo terrible sucedió esta madrugada.

Murió el del Alzheimer”, pensó la bestia.

Cuando dijo el motivo de su llanto, él la acusó de fisgona.

Fue la primera vez y la última porque no volverás a meterte en esta cama.

La mascotita no entendía el melodrama del cual él era el galán. Trató de abrazarla, de besarla pero fue inútil; la angelita tenía un ala muy herida.

La bestia se empinó el café, se vistió, se encaminó a la cocina y se sirvió más café.

Es para despertar.

Ella lo acompañó al ascensor y presionó la palabra Lobby. Se corrieron las dos hojas y por vez primera la mascotita viajó solo en ese cubo.


Sobre el autor

Febronio Zatarain  (México, 1958) emigró a Chicago en 1989, donde se ha dedicado a la promoción cultural y a la creación de revistas literarias. Sus más recientes libros, En Guadalajara fue (novela), Veinte canciones en desamor y un poema sosegado, y Febrónimos fueron publicados bajo el sello de La Zonámbula. Ha colaborado en diversas publicaciones de las que destacan la revista Crítica y el suplemento cultural La Jornada Semanal. En 2015 ganó el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora organizado por la editorial Verso Destierro con el poemario El ojo de Bacon publicado por la misma editorial en 2017.

Mitología personal: Dos poemas inéditos de Nathalie Cruz Mora.

Poesía

Ícaro

Ostentó en el omóplato severas soldaduras, danzó entre acantilados, hubo pasos de plomo sobre el agua. Demasiado ruido, gruñó el León, bufó el Tigre, ofreció sus garras como escudo, como dagas para herir o matar. Sus sentidos trastocaron el lamento, con sus piezas construyeron artefactos inútiles, afilaron las rocas que dieron fin a su vuelo.

Jamás será un ángel. Nosotros tampoco.

 


 

Alejandría, 400 d.C.

 

Hipatia

 

quería lamerte los pies

los pliegues del cerebro

 

chupar tu belleza

hasta podrirla

 

que usaras un collar

de calaveras

 

la corona

de flores enfermizas

 

moriste asfixiada

 

lapidada de escupas

 

Él se petrificó al mirarme

lo mordió

cada serpiente de mi pelo

 

no lo llores

Hipatia,

nos tenemos.

 


Sobre la autora

Nathalie Cruz Mora (Costa Rica, 1987) es ingeniera biotecnóloga, empresaria, gestora cultural y editora en la página web Repertorio Americano.org. Ha participado en actividades literarias como el XV Festival Internacional de Poesía de Costa Rica (2016) y el Festival de Poesía de Aguacatán, Guatemala (2017).

El filósofo Atenodoro y el espectro de Atenas. Un relato de Plinio el Joven.

Βίβλος

Plinio dirige una carta a Licinio Sura con el objetivo de conocer su opinión sobre la existencia de los fantasmas. Además, aprovecha para contarle algunas historias que justifican su creencia en lo sobrenatural y en los tan temidos espectros o lemuria. El siguiente relato forma parte de este corpus tan peculiar.

Había en Atenas una casa grande y espaciosa, pero de mala fama y peligrosa para vivir en ella. En medio del silencio de la noche se oía el sonido del hierro y, si escuchabas mas atentamente, el ruido de cadenas, primero lejos, luego más cerca; después aparecía un espectro, un anciano extenuado por la delgadez y la suciedad, con una larga barba y cabellos hirsutos, que llevaba grilletes en las piernas y cadenas en las manos, que movía al caminar. Por ello los ocupantes pasaban en vela a causa del miedo unas noches terribles y siniestras; la falta de sueño conducía a la enfermedad y, al crecer el miedo, a la muerte, pues, incluso durante el día, aunque el espectro se había marchado, su imagen permanecía clavada en sus pupilas y el temor permanecía mas tiempo que las causas de ese temor. Por ello la casa quedó desierta, condenada a la soledad y abandonada por entero al espectro; sin embargo fue puesta en venta, por si alguien que no tuviese conocimiento de tal maldición quisiese comprarla o alquilarla. Llegó a Atenas el filósofo Atenodoro, leyó el anuncio y, cuando escuchó el precio, como la baja cantidad le parecía sospechosa, pregunta y se entera de toda la verdad, pero a pesar de ello, mejor diría, precisamente por ello, alquila la casa. Cuando empezó a oscurecer, ordena que le sea preparado un lecho en la parte delantera de la casa, pide unas tablillas, un estilete y una lámpara, y envía a sus sirvientes al fondo de la casa; él mismo se concentra por completo —mente, ojos y manos, en escribir —, para que su mente, al no estar desocupada, no oyese falsos ruidos, ni se inventase vanos temores. Al principio, como siempre, el silencio de la noche; después, los golpes sobre hierro y el arrastrar de cadenas. Él ni levantaba los ojos, ni dejaba de escribir, sino que se concentraba aún mas en el trabajo y en mantener sus oídos sordos. Entonces, el estruendo continuaba creciendo, se aproximaba y se oía como si ya estuviese en el umbral, como si ya estuviese dentro de la habitación. Levanta la vista, mira y reconoce el espectro que le habían descrito. Allí estaba de pie y hacía señas con un dedo como si le llamase. Atenodoro, por su parte, le hace señas con la mano de que espere un poco y de nuevo se inclina sobre las tablillas y el estilete; el espectro mientras tanto hacia resonar sus cadenas por encima de la cabeza mientras escribía. De nuevo levantó la vista y vio que el espectro hacia el mismo signo que antes; no se detiene más tiempo, coge la lampara y le sigue. Caminaba con paso lento, como si le pesasen las cadenas. Después que salió al patio de la casa, desvaneciéndose repentinamente abandonó a su acompañante. Una vez solo, este arranca unas hierbas y hojas y las coloca en el lugar como una señal. Al día siguiente se dirige a los magistrados y les pide que ordenen realizar una excavación en aquel lugar. Se encontraron unos huesos, incrustados y mezclados con las cadenas, que el cuerpo putrefacto por la acción del tiempo y la humedad de la tierra había dejado desnudos y consumidos por los grilletes; los huesos fueron recogidos y se les dio una sepultura pública. En lo sucesivo, la casa se vio libre de los Manes, debidamente sepultados.

El texto es un fragmento de la epístola 27 del Libro VII.

Fuente: Plinio el Joven (2005) Cartas. (Julián González, trad.) Madrid: Editorial Gredos.


Sobre el autor

Caius Plinius Caecilius Secundus fue un escritor, abogado y científico romano. Nació en Como (Italia), en el año 61, y murió en Bitinia en el 112 d. C. Se dio a conocer por haber utilizado un estilo modesto, pero de gran calidad artística que sobresale gracias a la variedad de temas y formas que presenta, muchas veces, en pro de un interés didáctico.

Coloquio de los Centauros, un poema esotérico de Rubén Darío

Βίβλος

Nota del autor:

“El «Coloquio de los centauros» es otro mito que exalta las fuerzas naturales, el misterio de la vida universal, la ascensión perpetua de Psique y luego plantea el arcano fatal y pavoroso de nuestra ineludible fatalidad. Mas recordando un concepto pagano, Thanatos no se presenta como en la visión católica, armado de guadaña, larva o esqueleto, la medieval reina de la peste y emperatriz de la guerra, antes surge bella, casi atrayente, sin rostro angustioso, sonriente, pura, casta, y con el amor dormido a sus pies. Y bajo un principio pánico, exalta la unidad del universo, en la ilusoria Isla de Oro, ante la vasta mar. Pues como dice el divino visionario Juan: «hay tres cosas que dan testimonio en la tierra: el espíritu, el agua y la sangre, y estos tres no son más que uno.”

(1991) La vida de Ruben Darío escrita por él mismo. Caracas, Venezuela: Biblioteca Ayacucho.


Coloquio de los Centauros

a Paul Groussac

En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha —isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol— un día
se oye un tropel vibrante de fuerza y de armonía.
Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente
la montaña. De lejos, forman son de torrente
que cae; su galope al aire que reposa
despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa,
Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros
alegres y saltantes como jóvenes potros;
unos con largas barbas como los padres-ríos;
otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos,
y de robustos músculos, brazos y lomos aptos
para portar las ninfas rosadas en los raptos.
Van en galope rítmico. Junto a un fresco boscaje,
frente al gran Océano, se paran. El paisaje
recibe de la urna matinal luz sagrada
que el vasto azul suaviza con límpida mirada.
Y oyen seres terrestres y habitantes marinos
la voz de los crinados cuadrúpedos divinos.
Quirón

Calladas las bocinas a los tritones gratas,
calladas las sirenas de labios escarlatas,
los carrillos de Eolo desinflados, digamos
junto al laurel ilustre de florecidos ramos
la gloria inmarcesible de las Musas hermosas
y el triunfo del terrible misterio de las cosas.
He aquí que renacen los lauros milenarios;
vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios;
y anímase en mi cuerpo de Centauro inmortal
la sangre del celeste caballo paternal.

Reto

Arquero luminoso, desde el Zodíaco llegas;
aún presas en las crines tienes abejas griegas;
aún del dardo herakleo muestras la roja herida
por do salir no pudo la esencia de tu vida.
¡Padre y Maestro excelso! Eres la fuente sana
de la verdad que busca la triste raza humana:
aun Esculapio sigue la vena de tu ciencia;
siempre el veloz Aquiles sustenta su existencia
con el manjar salvaje que le ofreciste un día,
y Herakles, descuidando su maza, en la armonía
de los astros, se eleva bajo el cielo nocturno…

Quirón

La ciencia es flor del tiempo: mi padre fue Saturno.

Abantes

Himnos a la sagrada Naturaleza; al vientre
de la tierra y al germen que entre las rocas y entre
las carnes de los árboles, y dentro humana forma,
es un mismo secreto y es una misma norma,
potente y sutilísimo, universal resumen
de la suprema fuerza, de la virtud del Numen.

Quirón

¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital; las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de cada árbol canta un propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
el vate, el sacerdote, suele oír el acento
desconocido; a veces enuncia el vago viento
un misterio; y revela una inicial la espuma
o la flor; y se escuchan palabras de la bruma;
y el hombre favorito del Numen, en la linfa
o la ráfaga encuentra mentor —demonio o ninfa.

Polo

El biforme ixionida comprende de la altura,
por la materna gracia, la lumbre que fulgura,
la nube que se anima de luz y que decora
el pavimento en donde rige su carro Aurora,
y la banda de Iris que tiene siete rayos
cual la lira en sus brazos siete cuerdas, los mayos
en la fragante tierra llenos de ramos bellos,
y el Polo coronado de candidos cabellos.
El ixionida pasa veloz por la montaña
rompiendo con el pecho de la maleza huraña
los erizados brazos, las cárceles hostiles;
escuchan sus orejas los ecos más sutiles:
sus ojos atraviesan las intrincadas hojas
mientras sus manos toman para sus bocas rojas
las frescas bayas altas que el sátiro codicia;
junto a la oculta fuente su mirada acaricia
las curvas de las ninfas del séquito de Diana;
pues en su cuerpo corre también la esencia humana
unida a la corriente de la savia divina
y a la salvaje sangre que hay en la bestia equina.
Tal el hijo robusto de Ixión y de la Nube.

Quirón

Sus cuatro patas bajan; su testa erguida sube.

Orneo

Yo comprendo el secreto de la bestia. Malignos
seres hay y benignos. Entre ellos se hacen signos
de bien y mal, de odio o de amor, o de pena
o gozo: el cuervo es malo y la torcaz es buena.

Quirón

Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo:
son formas del Enigma la paloma y el cuervo.

Astilo

El Enigma es el soplo que hace cantar la lira.

Neso

¡El Enigma es el rostro fatal de Deyanira!
Mi espalda aún guarda el dulce perfume de la bella;
aún mis pupilas llaman su claridad de estrella.
¡Oh aroma de su sexo! ¡Oh rosas y alabastros!
¡Oh envidia de las flores y celos de los astros!

Quirón

Cuando del sacro abuelo la sangre luminosa
con la marina espuma formara nieve y rosa,
hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena.
Al cielo alzó los brazos la lírica sirena,
los curvos hipocampos sobre las verdes ondas
levaron los hocicos; y caderas redondas
tritónicas melenas y dorsos de delfines
junto a la Reina nueva se vieron. Los confines
del mar llenó el grandioso clamor; el universo
sintió que un nombre armónico sonoro como un verso
llenaba el hondo hueco de la altura; ese nombre
hizo gemir la tierra de amor: fue para el hombre
más alto que el de Jove; y los númenes mismos
lo oyeron asombrados; los lóbregos abismos
tuvieron una gracia de luz. ¡VENUS impera!
Ella es entre las reinas celestes la primera,
pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura.
¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!
Ella es la más gallarda de las emperatrices;
princesa de los gérmenes, reina de las matrices,
señora de las savias y de las atracciones,
señora de los besos y de los corazones.

Eurito

¡No olvidaré los ojos radiantes de Hipodamia!

Hipea

Yo sé de la hembra humana la original infamia.
Venus anima artera sus máquinas fatales;
tras sus radiantes ojos ríen traidores males;
de su floral perfume se exhala sutil daño;
su cráneo obscuro alberga bestialidad y engaño.
Tiene las formas puras del ánfora, y la risa
del agua que la brisa riza y el sol irisa;
mas la ponzoña ingénita su máscara pregona:
mejores son el águila, la yegua y la leona.
De su húmeda impureza brota el calor que enerva
los mismos sacros dones de la imperial Minerva;
y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte,
hay un olor que llena la barca de Caronte.

Odites

Como una miel celeste hay en su lengua fina;
su piel de flor aún húmeda está de agua marina.
Yo he visto de Hipodamia la faz encantadora,
la cabellera espesa, la pierna vencedora;
ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto;
ante su rostro olímpico no habría rostro adusto;
las Gracias junto a ella quedarían confusas,
y las ligeras Horas y las sublimes Musas
por ella detuvieran sus giros y su canto.

Hipea

Ella la causa fuera de inenarrable espanto:
por ella el ixionida dobló su cuello fuerte
La hembra humana es hermana del Dolor y la Muerte.

Quirón

Por suma ley un día llegará el himeneo
que el soñador aguarda: Cinis será Ceneo;
claro será el origen del femenino arcano:
la Esfinge tal secreto dirá a su soberano.

Cuto

Naturaleza tiende sus brazos y sus pechos
a los humanos seres; la clave de los hechos
conócela el vidente; Homero con su báculo,
en su gruta Deifobe, la lengua del Oráculo.

Caumantes

El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe,
en el Centauro el bruto la vida humana absorbe,
el sátiro es la selva sagrada y la lujuria,
une sexuales ímpetus a la armoniosa furia.
Pan junta la soberbia de la montaña agreste
al ritmo de la inmensa mecánica celeste;
la boca melodiosa que atrae en Sirenusa
es de la fiera alada y es de la suave musa;
con la bicorne bestia Pasifae se ayunta,
Naturaleza sabia formas diversas junta,
y cuando tiende al hombre la gran Naturaleza,
el monstruo, siendo el símbolo, se viste de belleza.

Grineo

Yo amo lo inaminado que amó el divino Hesiodo.

Quirón

Grineo, sobre el mundo tiene un ánima todo

Grineo

He visto, entonces, raros ojos fijos en mí:
los vivos ojos rojos del alma del rubí;
los ojos luminosos del alma del topacio
y los de la esmeralda que del azul espacio
la maravilla imitan; los ojos de las gemas
de brillos peregrinos y mágicos emblemas.
Amo el granito duro que el arquitecto labra
y el mármol en que duermen la línea y la palabra…

Quiron

A Deucalión y a Pirra, varones y mujeres
las piedras aún intactas dijeron: “¿Qué nos quieres?”

Lícidas

Yo he visto los lémures flotar, en los nocturnos
instantes, cuando escuchan los bosques taciturnos
el loco grito de Atis que su dolor revela
o la maravillosa canción de Filomela.
El galope apresuro, si en el boscaje miro
manes que pasan, y oigo su fúnebre suspiro.
Pues de la Muerte el hondo, desconocido Imperio,
guarda el pavor sagrado de su fatal misterio.

Arneo

La Muerte es de la Vida la inseparable hermana.

Quirón

La Muerte es la victoria de la progenie humana.

Medón

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua del olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

Amico

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.

Quirón

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

Eurito

Si el hombre —Prometeo— pudo robar la vida,
la clave de la muerte serále concedida.

Quirón

La virgen de las vírgenes es inviolable y pura.
Nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba oscura,
ni beberá en sus labios el grito de victoria,
ni arrancará a su frente las rosas de su gloria.

Mas he aquí que Apolo se acerca al meridiano.
Sus truenos prolongados repite el Océano.
Bajo el dorado carro del reluciente Apolo
vuelve a inflar sus carrillos y sus odres Eolo.
A lo lejos, un templo de mármol se divisa
entre laureles-rosa que hace cantar la brisa.
Con sus vibrantes notas de Céfiro desgarra
la veste transparente la helénica cigarra,
y por el llano extenso van en tropel sonoro
los Centauros, y al paso, tiembla la Isla de Oro.

En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha —isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol— un día
se oye un tropel vibrante de fuerza y de armonía.
Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente
la montaña. De lejos, forman son de torrente
que cae; su galope al aire que reposa
despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa,
Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros
alegres y saltantes como jóvenes potros;
unos con largas barbas como los padres-ríos;
otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos,
y de robustos músculos, brazos y lomos aptos
para portar las ninfas rosadas en los raptos.
Van en galope rítmico. Junto a un fresco boscaje,
frente al gran Océano, se paran. El paisaje
recibe de la urna matinal luz sagrada
que el vasto azul suaviza con límpida mirada.
Y oyen seres terrestres y habitantes marinos
la voz de los crinados cuadrúpedos divinos.
Quirón

Calladas las bocinas a los tritones gratas,
calladas las sirenas de labios escarlatas,
los carrillos de Eolo desinflados, digamos
junto al laurel ilustre de florecidos ramos
la gloria inmarcesible de las Musas hermosas
y el triunfo del terrible misterio de las cosas.
He aquí que renacen los lauros milenarios;
vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios;
y anímase en mi cuerpo de Centauro inmortal
la sangre del celeste caballo paternal.

Reto

Arquero luminoso, desde el Zodíaco llegas;
aún presas en las crines tienes abejas griegas;
aún del dardo herakleo muestras la roja herida
por do salir no pudo la esencia de tu vida.
¡Padre y Maestro excelso! Eres la fuente sana
de la verdad que busca la triste raza humana:
aun Esculapio sigue la vena de tu ciencia;
siempre el veloz Aquiles sustenta su existencia
con el manjar salvaje que le ofreciste un día,
y Herakles, descuidando su maza, en la armonía
de los astros, se eleva bajo el cielo nocturno…

Quirón

La ciencia es flor del tiempo: mi padre fue Saturno.

Abantes

Himnos a la sagrada Naturaleza; al vientre
de la tierra y al germen que entre las rocas y entre
las carnes de los árboles, y dentro humana forma,
es un mismo secreto y es una misma norma,
potente y sutilísimo, universal resumen
de la suprema fuerza, de la virtud del Numen.

Quirón

¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital; las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de cada árbol canta un propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
el vate, el sacerdote, suele oír el acento
desconocido; a veces enuncia el vago viento
un misterio; y revela una inicial la espuma
o la flor; y se escuchan palabras de la bruma;
y el hombre favorito del Numen, en la linfa
o la ráfaga encuentra mentor —demonio o ninfa.

Polo

El biforme ixionida comprende de la altura,
por la materna gracia, la lumbre que fulgura,
la nube que se anima de luz y que decora
el pavimento en donde rige su carro Aurora,
y la banda de Iris que tiene siete rayos
cual la lira en sus brazos siete cuerdas, los mayos
en la fragante tierra llenos de ramos bellos,
y el Polo coronado de candidos cabellos.
El ixionida pasa veloz por la montaña
rompiendo con el pecho de la maleza huraña
los erizados brazos, las cárceles hostiles;
escuchan sus orejas los ecos más sutiles:
sus ojos atraviesan las intrincadas hojas
mientras sus manos toman para sus bocas rojas
las frescas bayas altas que el sátiro codicia;
junto a la oculta fuente su mirada acaricia
las curvas de las ninfas del séquito de Diana;
pues en su cuerpo corre también la esencia humana
unida a la corriente de la savia divina
y a la salvaje sangre que hay en la bestia equina.
Tal el hijo robusto de Ixión y de la Nube.

Quirón

Sus cuatro patas bajan; su testa erguida sube.

Orneo

Yo comprendo el secreto de la bestia. Malignos
seres hay y benignos. Entre ellos se hacen signos
de bien y mal, de odio o de amor, o de pena
o gozo: el cuervo es malo y la torcaz es buena.

Quirón

Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo:
son formas del Enigma la paloma y el cuervo.

Astilo

El Enigma es el soplo que hace cantar la lira.

Neso

¡El Enigma es el rostro fatal de Deyanira!
Mi espalda aún guarda el dulce perfume de la bella;
aún mis pupilas llaman su claridad de estrella.
¡Oh aroma de su sexo! ¡Oh rosas y alabastros!
¡Oh envidia de las flores y celos de los astros!

Quirón

Cuando del sacro abuelo la sangre luminosa
con la marina espuma formara nieve y rosa,
hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena.
Al cielo alzó los brazos la lírica sirena,
los curvos hipocampos sobre las verdes ondas
levaron los hocicos; y caderas redondas
tritónicas melenas y dorsos de delfines
junto a la Reina nueva se vieron. Los confines
del mar llenó el grandioso clamor; el universo
sintió que un nombre armónico sonoro como un verso
llenaba el hondo hueco de la altura; ese nombre
hizo gemir la tierra de amor: fue para el hombre
más alto que el de Jove; y los númenes mismos
lo oyeron asombrados; los lóbregos abismos
tuvieron una gracia de luz. ¡VENUS impera!
Ella es entre las reinas celestes la primera,
pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura.
¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!
Ella es la más gallarda de las emperatrices;
princesa de los gérmenes, reina de las matrices,
señora de las savias y de las atracciones,
señora de los besos y de los corazones.

Eurito

¡No olvidaré los ojos radiantes de Hipodamia!

Hipea

Yo sé de la hembra humana la original infamia.
Venus anima artera sus máquinas fatales;
tras sus radiantes ojos ríen traidores males;
de su floral perfume se exhala sutil daño;
su cráneo obscuro alberga bestialidad y engaño.
Tiene las formas puras del ánfora, y la risa
del agua que la brisa riza y el sol irisa;
mas la ponzoña ingénita su máscara pregona:
mejores son el águila, la yegua y la leona.
De su húmeda impureza brota el calor que enerva
los mismos sacros dones de la imperial Minerva;
y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte,
hay un olor que llena la barca de Caronte.

Odites

Como una miel celeste hay en su lengua fina;
su piel de flor aún húmeda está de agua marina.
Yo he visto de Hipodamia la faz encantadora,
la cabellera espesa, la pierna vencedora;
ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto;
ante su rostro olímpico no habría rostro adusto;
las Gracias junto a ella quedarían confusas,
y las ligeras Horas y las sublimes Musas
por ella detuvieran sus giros y su canto.

Hipea

Ella la causa fuera de inenarrable espanto:
por ella el ixionida dobló su cuello fuerte
La hembra humana es hermana del Dolor y la Muerte.

Quirón

Por suma ley un día llegará el himeneo
que el soñador aguarda: Cinis será Ceneo;
claro será el origen del femenino arcano:
la Esfinge tal secreto dirá a su soberano.

Cuto

Naturaleza tiende sus brazos y sus pechos
a los humanos seres; la clave de los hechos
conócela el vidente; Homero con su báculo,
en su gruta Deifobe, la lengua del Oráculo.

Caumantes

El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe,
en el Centauro el bruto la vida humana absorbe,
el sátiro es la selva sagrada y la lujuria,
une sexuales ímpetus a la armoniosa furia.
Pan junta la soberbia de la montaña agreste
al ritmo de la inmensa mecánica celeste;
la boca melodiosa que atrae en Sirenusa
es de la fiera alada y es de la suave musa;
con la bicorne bestia Pasifae se ayunta,
Naturaleza sabia formas diversas junta,
y cuando tiende al hombre la gran Naturaleza,
el monstruo, siendo el símbolo, se viste de belleza.

Grineo

Yo amo lo inaminado que amó el divino Hesiodo.

Quirón

Grineo, sobre el mundo tiene un ánima todo

Grineo

He visto, entonces, raros ojos fijos en mí:
los vivos ojos rojos del alma del rubí;
los ojos luminosos del alma del topacio
y los de la esmeralda que del azul espacio
la maravilla imitan; los ojos de las gemas
de brillos peregrinos y mágicos emblemas.
Amo el granito duro que el arquitecto labra
y el mármol en que duermen la línea y la palabra…

Quiron

A Deucalión y a Pirra, varones y mujeres
las piedras aún intactas dijeron: “¿Qué nos quieres?”

Lícidas

Yo he visto los lémures flotar, en los nocturnos
instantes, cuando escuchan los bosques taciturnos
el loco grito de Atis que su dolor revela
o la maravillosa canción de Filomela.
El galope apresuro, si en el boscaje miro
manes que pasan, y oigo su fúnebre suspiro.
Pues de la Muerte el hondo, desconocido Imperio,
guarda el pavor sagrado de su fatal misterio.

Arneo

La Muerte es de la Vida la inseparable hermana.

Quirón

La Muerte es la victoria de la progenie humana.

Medón

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua del olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

Amico

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.

Quirón

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

Eurito

Si el hombre —Prometeo— pudo robar la vida,
la clave de la muerte serále concedida.

Quirón

La virgen de las vírgenes es inviolable y pura.
Nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba oscura,
ni beberá en sus labios el grito de victoria,
ni arrancará a su frente las rosas de su gloria.

Mas he aquí que Apolo se acerca al meridiano.
Sus truenos prolongados repite el Océano.
Bajo el dorado carro del reluciente Apolo
vuelve a inflar sus carrillos y sus odres Eolo.
A lo lejos, un templo de mármol se divisa
entre laureles-rosa que hace cantar la brisa.
Con sus vibrantes notas de Céfiro desgarra
la veste transparente la helénica cigarra,
y por el llano extenso van en tropel sonoro
los Centauros, y al paso, tiembla la Isla de Oro.

921px-Eugène_Ferdinand_Victor_Delacroix_036

La educación de Aquiles, por Delacroix (fresco de Palacio Borbón de París).


Rubén Darío nació en Metapa, Nicaragua, el 18 de enero de 1867 y falleció en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916. Fue un prodigioso poeta, periodista y diplomático conocido como el máximo representante del modernismo literario en lengua española. Además, se le atribuye el haber renovado la poesía castellana del siglo XX gracias a una importante producción cargada de sincretismo, erotismo, y musicalidad.

 

 

Camila, virgen guerrera y líder de los volscos

Βίβλος
Los volscos ocupaban el centro de la península itálica y, aunque eran de un pueblo distinto al del de los latinos, Virgilio cuenta en la Eneida que se unieron a ellos en la lucha contra los invasores troyanos, quienes estaban bajo el mando de Eneas. Además ,relata que los volscos eran liderados por Camila, una virgen guerrera inspirada en el prototipo de la amazona griega. Camila era hija de Metabo, rey depuesto de la ciudad de Triverno, quien logró salvarla de la muerte con el favor divino.
Se dice que padre e hija se encontraron en apuros en medio del bosque, pues, mientras huían de sus enemigos, sus pasos se vieron impedidos por el río Amaseno. En medio de la difícil situación en la que se encontraban, Metabo piensa en escapar sólo a nado, pero no es capaz de abandonar a su hija, por lo que toma la resolución de atar a Camila a la robusta lanza que solía llevar en batalla. Habiendo realizado esto, toma el arma con la mano derecha para lanzarla sobre el río con el objetivo de hacer cruzar a la niña y llegar a salvo a la otra orilla, nadando sin su peso.
Mientras se prepara para realizar el peligroso acto, el antiguo rey ora a Diana diciendo:
¡Oh alma virgen, hija de Latona, moradora de las selvas, yo te consagro esta niña, de quien soy padre; pendiente por primera vez de tus armas, te implora huyendo de sus enemigos por el viento; acoge, oh diosa, yo te lo ruego, acoge esta prenda tuya, que ahora se confía a las inseguras auras!¹.
Al finalizar su plegaria, Metabo arroja la lanza. Entonces, la diosa accede a sus plegarias, la niña atraviesa el río y ambos llegan a tierra sanos y salvos. Pero, pasado el peligro nadie les da refugio, por lo que la niña es criada en los montes, libre de las labores del hogar y alimentándose de la leche de una yegua, siendo adiestrada por su padre en el uso de las armas (especialmente del arco y la flecha). Con el paso de los años Camila se convierte en una joven muy hermosa y de gran valor para su pueblo, por lo que es codiciada por muchos, sin embargo, la doncella rechaza aún a los mejores pretendientes para dedicarse enteramente a las ocupaciones de Marte.
Virgilio la describe como una altiva y ágil guerrera que nunca había sido vencida en batalla hasta que luchó con el etrusco Arrunte (era tan rápida que cuando corría sus pies parecían no tocar la tierra), quien la mata y  muere a manos de la ninfa Opis, enviada de Diana para vengar a su protegida.

C20

La muerte de Camila, Pinelli (1781 – 1835).

 

¹Virgilio, Eneida, 11, vv. 555-560

El poeta Ziryab y sus aportes a la música en la Edad Media

Βίβλος

Por Victoria Marín

Abandona tu cuerpo al laúd, 

que el aleteo de sus cuerdas

 es el aleteo de las arterias. 1

A pesar del conflicto armado que significó la expansión del islam y del choque contra los intereses de otras religiones y pueblos, de las consecuencias negativas de la dominación de un grupo sobre otro, los aportes de los musulmanes a la cultura de Occidente son innegables. Los seguidores de Mahoma se dieron a conocer por innovar durante la Edad Media en áreas como la filosofía, la astronomía, el arte, la gastronomía y la medicina; sin embargo, también realizaron importantes avances musicales al sentar las bases sonoras y técnicas que influyeron en varios géneros a lo largo y ancho del globo.

Algunos dicen que todo esto comenzó gracias al poeta persa Abu al-Hasan Ibn Ali Ibn Nafi (789 d.C. – 857 d.C), mejor conocido como Ziryab, quien fue acogido en el Califato de Córdoba por el monarca Abd ar-Rahmán II (Abderramán II). En este lugar Ziryab se desempeñó como músico, maestro y jefe de los cantores del palacio. Como algunas de sus contribuciones al pueblo de Al-Ándalus se reconocen: la fundación del primer conservatorio musical en el mundo islámico, con el visto bueno y el apoyo de Abderramán II, la introducción del sistema árabe-pérsico a las escuelas musicales andalusíes y la invención de una quinta cuerda para el laúd. Ziryab fundamentó esta modificación en la naturaleza y los humores o temperamentos del hombre que en algún momento fueron muy aceptados por la medicina antigua. La primera cuerda era roja y se asociaba a la sangre; la segunda era blanca y representa la flema, la tercera, de color amarillo, tenía correspondencia con la bilis, la cuarta era negra y se vinculaba con la atrabilis y la quinta cuerda tenía que ver con el alma. Además, el músico sustituyó la laminilla de madera que se utilizaba como plectro en el laud por una pluma de águila, lo cual le dio un sonido más agradable.

Gracias a la genialidad del “mirlo negro”, como también se le conoce a causa del significado del nombre que obtuvo y de su hermosa tez oscura, hoy en día mucho de su obra continua con vida, latente en las técnicas de canto españolas, pues aún se utilizan algunos de sus métodos en la enseñanza de este arte, como el comienzo por la práctica del anejir o recitado en verso. Incluso, algunos músicos todavía siguen sus instrucciones para el acompañamiento de la voz y la consecución de géneros o ritmos en cada etapa del desarrollo del cantor, enfocándose en las pautas en torno al ritmo puro, la melodía, los trémulos y el gorjeo. Además, estos avances propuestos y practicados por el artista persa, bajo la protección musulmana, todavía tienen eco en la música del mundo a través de géneros como las zambras, la zamba, el gato, el escondido, el pericón, la milonga, la chacarera, el tango, la cueca y la tonada, las llaneras, el jarabe y el danzón, ritmos que se vieron influenciados por las zambras y los moriscos.

A continuación, ponemos a su disposición una composición que pertenece al género de la nuba andalusí, creado por Ziryab.

2


1​ Frase atribuida a Ziryab en la ficción Játim de Raja Alem.

2​Arabo-andalusian 13th c. : Nuba Ushshak – mîzân qá’im wa-nisf. Fuente: https://www.youtube.com/channel/UCsnMoSjatfFU1FMlTjVSQwQ

Bibliografía

R.H. Shamsuddín Elía. (1996) Al-Ándalus I (711-1010) El califato de Córdoba. [Versión digital] Recuperado de http://islamchile.com/biblioteca/civilizacion-islamica/Al-Andalus%20I%20(711-1010)%20El%20Califato%20de%20Cordoba.pdf [Consulta 21 de setiembre. 2017]

Árgueda, M.F. (2000) La educación musical en el califato de Córdoba. [Versión digital] Recuperado de http://musica.rediris.es/leeme/revista/argueda00.pdf [Consulta 21 de setiembre. 2017]

Moritura

Relato

Todavía no han terminado de sacar los cuerpos de la lucha anterior cuando las tubas vuelven a sonar: otro combate. Esta vez un duelo a muerte, pero uno muy especial, de los que pocas veces se permiten y que nunca había sido visto antes en el Coliseo.

Solo uno de los dos combatientes cree que ha tenido suerte, que será una victoria fácil. Saluda al público, que ruge ante la situación tan excepcional de la que van a ser testigos, listo para matar; ya lo hizo muchas veces, en el ejército, antes de la deserción.

Las tubas suenan y, de inmediato, se lanza al ataque; pincha solo aire, pero se cubre con el escudo ante un posible golpe que, al final, no llega. Continúa la ofensiva y levanta el arma en un arco elevado para descargarla sobre su contrincante, que de nuevo esquiva sin contraatacar. Avanza con rapidez, los ojos apenas por encima del borde del escudo, y busca el choque, el cuerpo a cuerpo en distancia corta donde sabe que se impondrá su mayor fuerza.

Falla el contacto y se lleva un corte en el muslo. Su rival mantiene la separación entre ambos mientras hace fintas con la espada curva y la daga, una en cada mano, mirándolo a los ojos. La herida sangra. Ataca de nuevo, sin poner todo el peso en la pierna adelantada, y rasga cuatro veces la nada; pero a la quinta sí se lanza a fondo y su hoja casi alcanza el objetivo. Hace calor y empieza a jadear.

Busca el impacto otra vez, falla de nuevo y se lleva otro corte, ahora en el hombro. Maldice y escupe mientras la sangre chorrea por el brazo. Vuelve a prepararse para el choque contra el cuerpo del rival que, como las veces anteriores, se dispone a esquivarlo.

Pero en esta ocasión, a medio impulso, cambia el sentido del desplazamiento y estira el brazo de la espada. Roza a su rival, que debe dar un paso atrás. Sin dejar que se reponga, lanza golpes cortos. La punta del arma rasga la carne, a la altura de la mano, y la espada curva cae al suelo.

Es su oportunidad.

Con los pulmones ardiendo, corta y pincha en busca del final del combate, pero su contrincante no se rinde y, todavía ágil, evita todos los ataques. Necesita aire, necesita parar un instante, pero no lo hace porque sabe que está cerca de vencer. El escudo pesa y lo deja caer en la arena, seguro de su ventaja.

Entonces la daga vuela tan rápido que ni la ve; solo nota un golpe en la garganta. El sabor a metal lo ahoga y cae de rodillas. La gladiatrix mantiene las distancias.

Solo se acerca cuando él trata de asir, con las dos manos, la vida que se escapa por el cuello abierto. Lo rodea sin darle la espalda y toma su espada curva del suelo.

Responde a la señal de los pulgares y finaliza el duelo con un giro de muñeca. El primer combate de una mujer contra un hombre en el Coliseo termina de manera inesperada, al menos para su rival y los asistentes.

No para ella.

Entrenó durante años para este momento y sonríe mientras disfruta de la victoria, arropada por los vítores. Nota que los aplausos de las mujeres entre el público son más fuertes, más sentidos.

Su sonrisa crece.

 


Sobre el autor

Minibio (Lisardo Suárez [Gijón, 1970]), antes se amparaba en la discreción de los seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi siempre. Cuenta con varios trabajos de narrativa breve que han recibido diferentes reconocimientos en concursos, convocatorias, certámenes, antologías y revistas.

Cassandra (Κασσάνδρα)

Relato

Cassandra caminaba por bosques sin final alguno, bosques llenos de magia y de criaturas maravillosas, pero no se sentía perdida. Analizaba todo, lo observaba detenidamente. Creía escuchar a las Ninfas a los lejos merodeando por las dulces montañas. Notaba cómo los árboles se tornaban de colores oscuros y sombríos mientras ella pasaba, y cómo sus hojas se secaban una por una, como perdiendo los ánimos de repente. La naturaleza estaba indudablemente a su disposición, pues todo lo que la rodeaba, parecía querer inclinarse hacia ella y hacia las sombras que la seguían como fieles compañeras.

Así era ella: una belleza encantadora, tan hermosa y delicada que hasta los mismos seres místicos tenían miedo de no seguirla. Cassandra, hija de Hécuba y Príamo, vivía bajo la sombra de sus encantos y bajo la excelente luz de un exquisito palacio en Ilión. Sabía que era afortunada, pues poseía más que cualquiera y podía deslumbrar hasta al ser más brillante.

Su cabello rojo, como el mismísimo fuego, revoloteaba por todos lados cuando la brisa le acariciaba para obtener una probada de tan magnífica creación. Aún así, mientras el viento se aprovechaba de su presencia, todo el bosque iba tornando oscuro.

De repente, pareció que alguien había raptado el sol. La princesa se escondió en la placentera oscuridad. Pero no duró mucho para que esta oscuridad fuera suplantada por una luz tan pura como la más divina gracia, luz que solo una deidad en persona podía producir. Cassandra juró estar viendo a un dios. Entonces, se escondió detrás de un árbol, inmediatamente tímida. Observó cómo las sombras se marchaban, pues el dios las alejaba. Con solo su desplazamiento, alejaba cualquier sombra y dejaba atrás ráfagas de luz como una huella infinita, como un rastro de donde había pisado, de donde había estado. Cassandra siguió admirando de lejos, escondida, Se fascinó por su altura y enmudeció por su belleza.

La imagen del hombre perfecto. El dios perfecto para la princesa perfecta. —Seremos hermosos juntos—, pensó Cassandra, aún anonadada por la figura que se había presentado frente a ella y a la que no quería dejar ir. —Seremos hermosos eternamente.

***

Entrelazados, disfrutaban del amanecer. El sol salía a gran distancia, pero aún así con una esplendorosa potencia, como únicamente el sol mismo podía hacer. Este iba subiendo y naciendo de nuevo cada mañana, como todas las emociones de los enamorados: al mismo tiempo y, sorprendentemente, con igual intensidad. Sus cuerpos se sumergían, se fusionaban. Ambos se convertían en uno solo, y entre el todo frenesí y los abrumadores sentimientos, se hicieron promesas repentinas, promesas eternas.

Entonces, parecía importante para Cassandra conocer el nombre de aquel dios cuando estaban siendo hermosos juntos, cuando estaban sintiendo y viviendo todo al mismo tiempo. Apolo era su nombre.

—Cassandra, mi Cassandra —le cantaba el dios suavemente en el oído y parecía crear poesía con sus palabras, como si fuera compuesta solo para ella. Para su Cassandra.

Sus cabellos se mezclaban, el rojo de ella y el dorado de él, y formaban una sensación de otoño que cualquier humano hubiera querido tener el honor de presenciar por lo menos una vez en la vida. Sus pieles combinaban y sus extremidades chocaban. Creaban juntos enlaces inseparables.

Sería su Cassandra el tiempo que el dios quisiera que lo fuera. Iba a ser su Cassandra, pues ser su Cassandra era todo lo que alguien con su grandeza estaba destinada a ser. Ser su Cassandra era quien ella quería ser. Su Cassandra.

***
—Cassandra, puedo darte el Universo y eso aún no sería suficiente —susurró Apolo—. Entonces, dime tú, mi Cassandra, dime tus mayores sueños y yo los cumpliré. La princesa sintió los ojos de Apolo penetrando en lo más profundo de su alma y se atrevió a hablar después de mucho silencio. —Apolo, dios del sol, ¿me darías de verdad todo eso, sin recibir nada a cambio?

De cantos se llenaba el bosque, donde Cassandra era la sombra y Febo Apolo, la luz.

—Oh, mi querida ingenua, si supieras que todo lo que pido a cambio no es mucho más que tu amor eterno, entonces no me estarías cuestionando —murmuró Apolo, y pasó una mano por el cabello flamante de la princesa—. Pero, como oyes, quiero que sepas de mi propia boca que te daré todo lo que me pidas a cambio solamente de tu fidelidad y amor eterno.

Y Cassandra, perseguida por las sombras y por sus propios demonios, le pidió a Apolo uno de los mayores dones, uno tan fascinante que dejó atónito hasta al mismo dios, ¡con lo que costaba sorprender a un ser supremo! Su petición se convirtió en un suspiro y viajó con el viento hacia tierras que nadie conocía y que se escondían más allá del bosque, bosque que había sido testigo de la promesa eterna.

***

La predicción había sido su deseo, el don que Apolo le iba a otorgar. Cassandra quería ser como los dioses, con poderes inimaginables y fuera del alcance de los seres en la Tierra. Deseaba tener ese rango superior a todos los demás mortales, pues su belleza tenía que valer por algo. Por lo menos eso pensaba ella, constantemente. Soñaba a diario con ver más allá de lo humanamente posible y encontrar en sus visiones los misterios del mañana. ¿Cómo no podía encontrarse más feliz, si iba a igualar a los dioses, si iba a ser parte de ellos?

Cada vez que se encontraba con Febo, esperaba que el sempiterno dios le otorgara el don. Aún así, cada vez que le formulaba la pregunta a Apolo, —mucho después de que el dios hubiera descendido del Olimpo, pues no quería ser indiscreta—, él siempre la callaba suavemente y ella lo dejaba.

—No, mi querida Cassandra, no tan pronto —le susurraba, y le besaba la cabeza tiernamente.

Cassandra entonces cerraba los ojos brevemente, para luego abrirlos y continuar soñando despierta. Se escondían entre los arbustos del bosque y caminaban por todos los alrededores, ambos consumidos el uno en el otro. Mientras el dios admiraba la inigualable belleza de Cassandra, Cassandra admiraba la supremacía de Apolo. Juntos deseaban cosas distintas. Juntos se perdían. Juntos volvían a encontrarse. Incluso en estos momentos de expectativa y espera, Cassandra ya sentía que compartía con los dioses y no como alguien de afuera, sino como uno de ellos. Ella no sabía qué había hecho para merecer todo eso, para merecer que se cumplieran sus deseos más profundos. Claro que era hermosa, la más bella entre las teucras, y contaba con un par electrizante de ojos verdes que contrastaba maravillosamente con su cabello rojo flamante. Pero, aparte de ser hermosa, ¿por qué más la querría Febo, el que hiere de lejos?

Cesaron las risas. Cassandra veía por todos lados y su mirada solo podía contemplar la fuerte luz del dios flechador. La princesa, por dentro, se hallaba apagada.

***

Había llegado el día. Cassandra por fin había recibido el don de la profecía. Fue mágico y poderoso y no se podía explicar. Quería saltar, y reír y llorar. Sentía tantas cosas y a la vez no sentía nada. Estaba llena y a la vez vacía. ¿Qué hacía alguien como ella con tanta luz dentro de sí? La respuesta yacía en otro lugar, estaba empeñada en buscarla y encontrarla, aunque corriera el riesgo de perderse a ella misma en el camino sin ser capaz de regresar.

Los ojos de Cassandra se habían abierto y le permitían ver más allá de lo visible. Al inicio era confuso y hasta agotador. Muy agotador. Aún así, este pesar se sustituía por la satisfacción que el conocimiento le traía.

Cassandra era bendecida. Tenía el don de la predicción. Febo Apolo, el flechador, estaba siempre de su lado.

***

Contando con el don, y lo abrumador que podía ser el saber mucho, Cassandra había regresado al hábito de perderse entre la oscuridad, lo cual siempre se le había hecho fácil. Solo tenía que cerrar los ojos y las sombras la bañaban y la llenaban. Ella se deslizaba por puentes sin final a través de lugares negros y prohibidos. Le encantaba, amaba dejarse llevar por las sombras. Por eso, cuando una un tanto atractiva la sedujo, ella lo permitió. Se dejó llevar nuevamente.

Quería justificarse, decir que había sido solo un impulso. Pero no todos los opuestos se atraían y no todos los iguales se repelían. Vagas excusas. Tontas ciencias. La atracción y la repulsión iban más allá de lo que cualquier humano podría llegar a entender algún día. Pero ella, Cassandra, bendecida con los ojos del futuro, sabía cómo eran las cosas. Sabía que aquel individuo con nombre noble, y cuerpo aún más noble, se había acercado a ella, y ella, la ingenua Cassandra, se había perdido y no quería ser encontrada.

Día tras día, sola en su lecho, comparaba la luz con la oscuridad. Febo, la hacía sentir cosas increíbles y hasta buenas, pero el hombre noble, oh el hombre noble —de cabello carbón, caminar seguro y ojos verdes como las hojas de los árboles frescos y jóvenes—, la hacía sentir

innegable,

inevitable,

insaciable.

Danzó con el hombre noble hasta que ninguno de los dos podía más. Danzaron sus cuerpos noche y día y día y noche, y Cassandra se sentía eterna como toda una diosa. Solo que no lo era y no lo quería ver. Porque miraba el futuro, pero decidía no ver.

Se mantuvieron juntos entre las sombras, donde nadie podía juzgarlos, verlos. Donde no existía nadie que no fueran ellos mismos. Donde no podía entrar ningún dios olímpico. Donde Apolo dejaba de ser Apolo y se convertía en una de esas brisas pasajeras, ya olvidadas después de segundos de haber sido sentidas.

***

Pero no pasó mucho antes de que Apolo volviera, pues los sagrados dioses de todo se daban cuenta y todo lo veían, y solo la ingenua Cassandra no era consciente de eso. En ese momento, estaba Febo frente a ella. Su luz la cegaba y la encadenaba. Era como estar cerca del fuego, de la llama resplandeciente que este producía. Ya no aguantaba ni un minuto más ahí.

Apolo no quería a Cassandra ni un minuto más ahí. Apolo, ardiendo en cólera, arrastró a su querida Cassandra por todo el bosque, cuyas esquinas más recónditas habían sido testigos de cada acto de traición que había sido cometido en contra del dios flechador. Llevaba en su mano izquierda envuelto el cabello de Cassandra, de su otro hombro colgaba el carcaj lleno de flechas y en su otra mano, su sagrado arco, el cual nunca le fallaba, pues le resultaba muy certero en cada tiro.

En este instante, y justo en este instante, Cassandra, que había sido bendecida con los ojos del futuro, no podía ver nada. Posiblemente eso era lo que le aseguraba su muerte. Ya no podía ver nada más. Nada más aparte del hombre noble, que también estaba ahí, justo frente a ella. Siempre tan serio y seguro. Como si un dios cólerico no estuviera ahí, justo frente a él. Como si ese dios no fuera Febo, el que podía quemarlo como lo haría el propio sol.

Cassandra respiraba repetidamente, muy repetidamente. Jadeaba. Gruñía. Se quejaba. Estaba dolida. Estaba perdida. Estaba abandonada por las mismas sombras, ¡traidoras!

El hombre noble solo estaba ahí de pie. Resignado y dolido. Pero lleno de un sentimiento cálido y abrasador, que ni el mismo Febo podía soñar con tener. No estaba arrepentido de ninguno de sus actos. ¿Lo estaba Cassandra? ¿Arrepentida de sus actos?

La furia de Apolo crecía, serpientes los rodeaban, flamas los amenazaban. Incluso, cayó sobre ellos la cólera de Artemisa, quien se encontraba encima de una roca gigante. Artemisa, la que hiere de lejos. La diosa se veía amenazadora con su arco siempre listo y a la par de un temible lobo gris. Pero las manos de los amantes seguían juntas, ellos permanecían unidos. Todo resonó en el bosque, cuando Febo Apolo, hijo querido de Zeus, pronunció palabra:

—Ustedes, que osaron jugar con la magnanimidad de un dios, sucios de mente y de corazón, no pidan merced, pues no la merecen y tampoco voy a concederla. Arrodíllense ante mí, Apolo, queridísimo por Zeus, dios de los inmortales y de los mortales. —Las luces los cegaban. Segundos después, como impulsados por una orden divina, ambos amantes estaban de rodillas, con las cabezas apuntadas por la flechadora Artemisa.

El suelo crujía. La noche lloraba. Los árboles se lamentaban.

—Cassandra —llamó, mientras la veía con ojos penetrantes y encolarizados, ¡pero qué bellos que eran!— Mi Cassandra como solía llamarte. Te conviertes hoy en una desconocida frente a mí, sin rostro alguno, y tan hermoso que me parecía tu rostro. Así como te fui bondadoso, así voy a castigarte.

—Vas a seguir observando cómo sucederán los acontecimientos, pero siempre serás incapaz de actuar en contra de la voluntad del destino. Tus palabras se convertirán en mentiras para los oídos de los demás, pues todos oirán solo engaños cuando hables de tus predicciones. Te conocerán los dioses como Cassandra, la bendecida por los ojos del futuro y maldita por el mismísimo Febo Apolo. Así le habló el dios a la desdichada princesa de Ilión.

—Y tú, hombre noble, que te atreviste a quitarle la mujer a un dios, no obtendrás jamás el descanso que reciben las almas y vivirás cuantas vidas yo decida que vivas, siempre sufriendo y lamentándote, como el desdichado mortal que eres. Porque a pesar de ser noble, eres débil, sin ser tu culpa, pues la debilidad es característica de los inferiores mortales. Esta misma debilidad te va a llevar a tomar decisiones que nadie podrá detener. Ni siquiera la bella y maldita Cassandra.

Truenos resonaban como un espectáculo maravilloso. Todo se llenaba de una luz que en lugar de causar alivio, provocaba angustias.

—Ahora vayan y vivan cientos de vidas, encontrándose el uno al otro y perdiéndose cuando yo crea oportuno. Sean eternos e infelices y arrepiéntanse de haber desafiado a un dios olímpico, que cuando llegue su momento, te encontrará a ti, Cassandra, la diosa Artemisa para darte muerte.

De esta forma sucedió la maldición de la desdichada Cassandra, la princesa de Ilión, hija de Hécuba y Príamo, hermana del deiforme Alejandro y del valeroso Héctor.

 


Sobre la autora

Angie Bolívar Macías nació en Ecuador, pero ha vivido en Costa Rica la mayor parte de su vida. Siempre ha tenido una gran pasión por las letras. Actualmente estudia Filología Clásica en la Universidad de Costa Rica.

Carta a Rodrigo Escobedo sobre las sirenas

Relato

Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.

Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocefálos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y Pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que el pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descubriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.

Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: ”Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvistéis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consolaós, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la passión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacistéis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la formosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos será vuestro desatino, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginabáis que vos no ibais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójadte a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”

Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.

Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.

Palabras del Almirante.

Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.

El documento es de dudosa autenticidad, según algunos expertos. Se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid.

 


Sobre la autora

Patricia Suárez nació en Argentina en 1969. Es dramaturga y narradora. Publicó los libros Perdida en el momento (Premio Clarín de Novela 2003) y Esta no es mi noche (Alfaguara, 2005). En 2007 recibió el Primer Premio Cosecha EÑE de la revista homónima por su relato Anna Magnani. En 2008 publicó la nouvelle Album de polaroids por la editorial LA FABRICA, de Madrid y en 2010 la novela LUCY por Plaza y Janés, Argentina. En 2012, por el El Arbol de Limón, ganó el Premio Cortes de Cádiz correspondiente a la rama de relato, otorgado por la ciudad española de Cádiz. Posteriormente, en 2013 publicó en Ross Editorial (Rosario) la novela La prueba viviente, en 2016, en la ciudad de Santa Fe, el libro de cuentos Siempre caigo en los mismos errores y en 2017 en Editorial Galerna la novela La renguera del perro.

Fe de Errata y otras microficciones de Ricardo Bugarín

Relato

FE DE ERRATA

El egiptólogo me dijo que lo mío era un problema de jeroglíficos. Una falta ortográfica, digamos. Parece que hay que eliminar, por ahí, algunas líneas de un ojo y hay que subsanar, por allí, algunas asperezas técnicas porque de lo contrario, cuando me descifren, en lugar de un canto de amor del limo y del ibis en arrullo, se van a encontrar con un exabrupto ontológico.

De Inés se turba sola (2015)