Gisela y la loba

Relato

Eran cuatro los lobitos, jugaban en el bosque felices con su madre. Tres machos y una hembra  esperaban la llegada de su padre. Pero, de pronto, la madre levantó las orejas, prestando atención a un extraño sonido. En breve vio a su lobo caer rendido en un mar de sangre.

Madre y pequeños corrieron asustados, la hembrita se perdió del grupo y asustada corrió sin mirar atrás. Sin saber cómo llegó a una casa, se escondió entre las flores del jardín y se durmió hasta que, al día siguiente, una niña le tocó la cabeza con su pequeña y temblorosa mano. La lobita quiso alejarse, pero al notar que ambas eran cachorritas se quedó tranquila. Luego del hallazgo, la niña fue rápidamente hacia su casa, llamó a su madre y ambas le dieron agua, comida y un nombre. Soy Celeste, quédate tranquila, nosotras nunca te haríamos daño, le dijo la mujer viéndola comer.

La lobita crecía día a día en aparente calma, pero su madre adoptiva temía que fuera un peligro para ella y su otra hija, así que fue a consultar a un hechicero que le dio un libro. Gracias a este instrumento, Mercedes, la niña que encontró a la loba, ayudó a su mamá a preparar una poción que prometía que su hermana jamás sería peligrosa. Celeste le dio tres gotas de la poción en su alimento y su pequeña las ingirió.

Al día siguiente, cuando fueron a ver a su mascota no la encontraron. En su lugar, junto al plato de comida, dormía una joven desnuda. Mercedes le picó el hombro con un dedo. Entonces, la chica despertó, se apoyó en sus codos y le sonrió.

—¿Dónde está Gisela? —preguntó Mercedes.

—Soy yo —dijo la muchacha.

Entonces, Mercedes corrió a traer a su madre. Celeste, que pensaba que el conjuro era nada más para que Gisela estuviera siempre tranquila, por lo que se sorprendió muchísimo y salió corriendo al patio. Las tres entraron, vistieron a la jovencita y le preguntaron qué había pasado el día anterior.

Gisela respondió que estuvo jugando con Mercedes en el jardín, que vio a mamá leer un libro y que luego le dieron su comida, la cual le dio mucho sueño.

Como seguían sin entender bien la situación, Celeste corrió a ver al hechicero, quien le dijo que entre todos los conjuros había elegido el más complejo y jamás probado para el cual creía tener una solución.

—Gisela será la muchachita que me describes durante casi todo el mes, excepto las noches de luna llena. Cuando suba la marea, ella volverá a su forma original. Volver será difícil y doloroso, la hará muy agresiva, así que van a necesitar esto un día al mes —dijo, ofreciéndole unas cadenas plateadas.

Al llegar la luna llena, el hechicero fue a visitarlas. Gisela, ya enterada, aceptó ser encadenada y los tres presenciaron su primera transformación, un proceso que se repetiría cada mes. Sin embargo, Gisela fue feliz con su familia, vivió como humana sabiéndose una loba. No olvidó sus orígenes, pero cada luna llena se encadenó a la cama esperando que pasara la noche.

Gisela siguió con su vida, se enamoró de un humano y su descendencia generó lo que hoy conocemos como licantropía.

Sobre la autora

Andrea Pereira (28-06-1983). Escritora uruguaya, fue alumna del taller literario de María de la Cuadra en el año 2016. Sus cuentos fueron en varias ocasiones seleccionados por revistas literarias o galardonados en concursos. Sus obras han sido publicadas en México, Perú, Chile, Argentina, Alemania, Colombia, España y Uruguay

blog: https://lolitadejunio.wixsite.com/misitio


Imagen: Le Loup d’Aggubio – Luc Olivier Merson

¿Usted me quiere, mí̱na̱?, un poema de María Pérez-Yglesias

Poesía

¿Usted me quiere, mí̱na̱ ?

A ellas, mis amigas de Talamanca,

cabécares y bribris,

con las que compartí trabajo y afecto

Las hojas  memoria,

estremecidas

por  si̱wá̱,

el viento de la cordillera,

me escoltan.

Talamanca

en el filo del aire.

—Sá Rö kabéklawá.

Somos  cabécares,

frase cantora

de río manso,

montaña verde,

remolino de sentimientos

mudos.

Acabo de regresar.

de tierras nuevas.

Vine a encontrarme

con mi gente,

conmigo,

con los muertos.

Me raptaron

un día por la noche

y el Telire revoloteó sus aguas

gritó sus piedras

y guardó la calma.

Me llevaron lejos

de la tierra de Sibö,  

allá donde no quieren

a oló, zopilote

y la culebra no cuida a los niños

de las ratas,

del hambre,

de los  jayë́w a bëchi

“los hombres diablo”.

Mí̱na̱-mamá.   

¿Sabe quién soy?

¿Me reconoce, chichi-perro?

¿Huelen la esperanza,

en la punta

de mis dedos rotos?

No sé hablar cabécar, mí̱na̱.

Perdí tté,

la palabra de  táchi-abuelo,

du-pájaro,

tulu-luna,

de los ríos que inundan,  

del na̱má̱-tigre

ko̱nó̱ tepezcuintle,

chá̱mó̱ avispa.

De sál, mi mono colorado.

Perdí el olor a ka̱ yaka-selva

la espesura de mil colores.

Olor a lluvia,

a barro pegajoso,

a danta recién parida,

a kuö —maíz blanco y cascado

a maíz-daláibö amarillo

y a tortilla nueva.

Mí̱na̱ ,

no sé cómo se siente

correr a pie desnudo,

mecerse en la hamaca,

abrazar hermanos,

subir a un kal-árbol de corteza fuerte  

y ramas anchas.

— A klö tiö, a bailar, klö tiö,  a bailar.

Káne, káne,

mína-madre

estoy de regreso,

vamos al ju-rancho, a nuestra casa.

Apenas siento el sabor

a jobo,

a sancocho  de chá̱mó̱,  

de plátano, banano o guineo.

A cacao virgen, mí̱na̱

a nuestra “gallina de  palo”,

al diká, pejibaye.

Te miro,  mí̱na̱.

y las sombras me esconden

tu recuerdo de vestido batsë́-rojo.

Batsë́,

la sangre de tu  piel herida,

molida a golpes,

a insultos y tristezas.

Me arrebataron

de tus brazos, mí̱na̱-mamá.

De tu perfume a tierra mojada, 

de tu pecho moreno,

lechoso,

cálido.

— ¡Ká, ká, ká, nooooo!

¿ Me recuerda, mí̱na̱?

Soy su hija,

su ya̱ba

su pequeña yabalá.

Corriste,  mí̱na̱

tropezaste con diglö-río,

de agua buena y,

a lo lejos,

solo escuchaste un bote,

un llanto,

unas risas de triunfo vengador…

— Sá rö distö kuö wö gepi…

Lo aprendí, mí̱na̱,

“somos semilla

como los granos del maíz”.

La tormenta

fractura la tarde.

Siwá-aire sopla violento,

Sixaola desafía las orillas

de la esperanza

y llega a la choza

abandonada en la ladera…

Un pequeño chichi negro,

con el rabo entre las piernas,

se refugia en el tronco de un gigante

de la selva. 

Un rayo escandaliza

y enciende el cerro.

Me abandonaron, mamá.

Escúcheme mína:

quemaron mi muñeca

y mi trapito compañero.

Rodé de mano en mano,

de promesa en burla,

de lugar en lugar.

Triste,

sola,

callada.

—¿Usted me quiere, mamá? 

Mí̱na̱,  acaricia su trenza.

Me observa,

extraña niña

a la que ni conoce,

ni quiere recordar,

ni puede asumir.  

El aguacero amaina,

diglö-río  vuelve a su cauce.

Una familia de aulladores

retoma los saltos de rama en rama

y  un pizote solo

irrumpe en un claro de un bosque.

Con el pequeño colgando del chal,

toma a sus dos  hijas de la mano,

kuta ei kuta,

mis hermanas y,

dándome  la espalda,

camina hacia el rancho.


Sobre la autora

María Pérez Yglesias, Catedrática jubilada, Dra. en Comunicación y Semiótica (Bélgica), Decana de Posgrado y Vicerrectora de Acción Social de la UCR (96-2012), escribe columnas en La Nación y La Extra (catorce años) y le han publicado más de un centenar de artículos y libros académicos. Entre sus publicaciones, además de seis libros de la serie de Mapy, se cuentan:

Las fronteras de la luna y el sol (novela, 2008)

Boleros nos volvemos tango (novela, 2008)

Silencio, el mundo tiene el ala rota (novela, 2010)

Cerro pelón, lágrimas de barro (novela, 2013)

Te voy a recordar. Relatos de ciencia ficción (coautora) (cuentos, 2015)

Anclas sin poema (cuento, 2015)

Cuenta con más de veinte libros inéditos, es directiva de la ACE, participa en talleres del Grupo Literario Poiesis y Noche de Letras; además, es conductora de radio en los programas de Radio Universidad Compartiendo la palabra y En primera persona.

Dos poemas del libro “Las lunas del mal” de Lucía Alfaro Araya

Poesía

Tregua

Necesito reconstruir su rostro,
su círculo perfecto
cada treinta de octubre
y no morir de mar en el intento.

Necesito llegar a ese puerto
donde llegan los pájaros
que perdieron el rastro
y hacer de este corazón
un muelle silencioso

en desventaja idónea,
para que copulen las ballenas,
los naufragios, los delfines,
y que el fin de las sirenas
no sea la extinción de los sueños.

Necesito encontrarla flameando
en los faros de los barcos de infancia
sin cobardía o valor,
simplemente mirarla de cinco años
en las latas urgentes de los techos
y lavarle los ojos con la sal
de mis aguas ocultas,
cauterizar la sangre,
la mentira, la arena
con la grafía rebelde
que palpita debajo de esta huella.


luna en minúscula

Imaginó ser un satélite invencible
pero es solo una gota de sudor
que cae del gran astro.
Yo la encontré en el fondo de mí misma
porque el mar no le fue suficiente.

La conozco y no puede mentirme.
Caminé por los zaguanes tristes de su psique
y entonces la nombré luna en minúscula.

Nunca más dominará este océano.
La playa está sitiada
con valeriana y otras hierbas santas,
para que no martille la memoria
del ángel de las aguas.

Su huella fue borrada

por los mismos cangrejos
que devoró en su cena.
Ahora está floreciendo el cactus
que sembré entre manglares
y la señal que dejó en mi costado
cicatrizó bendita.
¿Qué inteligencia extraña le ordenó vigilarnos?

El devenir opaco de la cara que oculta
la obliga a alejarse.
No aumentará su órbita.
Todos saben que no tiene luz propia.
Los ancestros ya lo han demostrado:
nadie es indispensable
en la raíz volátil de las piedras.

Las lunas del mal (2020), Editorial Summa, Perú.

Sobre la autora

Lucía Alfaro nace en San José, Costa Rica. Es graduada en Administración de Empresas y Bachiller en Filología Española de la UCR y egresada de la Maestría en Literatura Latinoamericana. Es gestora cultural y tallerista desde 2007, año de la fundación del Grupo Literario Poiesis, del cual es miembro fundadora.

Obtuvo el segundo lugar de poesía en el certamen Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica – Sede Pérez Zeledón (2013), y el primer lugar en el certamen Hispanoamericano de Hikus organizado por Némesis Perú (2019).  Parte de su obra se ha publicado en varias antologías, periódicos y revistas nacionales e internacionales, tanto virtuales como impresas. Su poesía ha sido traducida al portugués y al inglés y antologada en Costa Rica y en las compilaciones de los Festivales Internacionales a los que ha sido invitada: México, Nicaragua, Panamá, Cuba, Colombia, Uruguay y Perú.

Publicaciones:

  • Inevitable travesía (2008).
  • Nocturno de presagios (2010, EUNED).
  • La soledad del ébano (2015, UCR).
  • Antagonía (2016, Editorial Torremozas – España).
  • Vocación de herida (2016, EUNED – POIESIS).
  • Las lunas del mal (2020, Editorial Summa – Perú).
  • Antología personal Líneas insurrectas (2020, Editorial Summa – Perú).

Imagen: The Spirit of the Southern Cross (1888) por Artur Loureiro.

El error no fue mío por José A. García

Relato

El error no fue mío

Sabía que no tendríamos que haber abandonado aquel quinquerreme en esa isla perdida. Debimos haberlo incendiado. Fácil resulta ahora imaginar que los perros romanos lo encontrarían y podrían copiarlo. Porque sólo de ese modo lograrían realizar una obra de ingeniería siquiera similar a la nuestra.

Seremos eternos aliados, prometieron para arrastrarnos a la guerra contra los helenos. Nunca olvidaremos su ayuda, repitieron en su apestoso Senado más de una vez; lo sé, yo estaba allí. Y, en cuando lograron salir de la sucia ciénaga donde vivían, comenzaron a conquistarlo todo. Debimos haber previsto que no se contentarían con derrotar a sus vecinos más cercanos.

¿Cómo es posible que estos toscos hombres, poco imaginativos, carentes de toda grandeza y que sólo sirven para luchar se atrevan siquiera a atacarnos?

Y todo por un barco abandonado.

Los veo avanzar veloces hacia nuestras costas, orgullosos con sus estandartes flameando al viento, creyéndose capaces de superar a nuestra numerosa flota, a nuestros marinos nacidos en el agua, de llegar hasta nuestras fortificaciones. Ellos, que recién ayer han aprendido a flotar fuera del pantano en el que nacieron.

Nuestros gloriosos barcos abandonan el puerto para encontrarse con los ladrones de inventos, prestos a defender lo que nos pertenece y demostrar que, aún con las fuerzas diezmadas por los años de constantes enfrentamientos, no nos derrotarán. A pesar del fuego griego que lanzan contra nosotros, seremos quienes al final triunfarán. Pero, ¿qué son esos gritos?

¿Acaso aún veo más barcos romanos, allí, en el horizonte, sobre el mar? ¿Será posible que sean tantos? ¡Es inaudito! ¿Han talado hasta el último árbol de su tierra?

¡Te maldigo romano por imponernos ésta guerra! ¡Te maldigo capitán, por abandonar aquél barco cuando lo mejor era destruirlo! ¡Me maldigo por no haber impuesto mi voluntad como Embajador en ese momento!

Las lágrimas nublan mi visión, el odio mi razonamiento. Sé que el error no fue mío, pero, con mucho pesar, sólo llamas puedo discernir en el futuro de la gloriosa, inigualable y nunca superada Cartago…


Sobre el autor

José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza.

Página web personal: http://www.proyectoazucar.com.ar


Imagen: The Battle of Actium2 September 31 BC – Lorenzo A. Castro

La reina indómita de Aquitania por Ana María de Obesso Grijalvo

Poesía

La reina indómita de Aquitania 

Ese instante, ¿dónde está?

Aquel que me convirtió en el Roble Rojo

enseñándome a cubrir con corteza

mis anillos de lengua de oc.

En silencio me extravío

hasta la raíz de días perfumados

de naranjas y membrillos,

entre pies descalzos y laúdes,

repletos de risas y de parloteo.

Me vi forzada a crecer,

a regentar este cuerpo

sin domar mi espíritu.

Entregué la luz a las tinieblas sordas.

Sin sosiego, moldeé trueques de reinos,

parí hijos, sudé lágrimas y aullé mi fuego.

Mi corazón estuvo vagando entre

amores juglares y jaulas doradas,

hasta que tambores y trompetas

lo hicieron nuevamente vibrar.

Me alcé enarbolando todo el tallo de mi altura

y penetré de nuevo en el juego

de arañas, para vivir

mil despedidas crueles.

Presa de tiempos opacos, mi alma

se ha erguido como un muro

frente al azote del viento.

Ahora solo busco el descanso

de mis huesos blancos y astillados

por donde sangra mi vida.


Sobre la autora

Ana María de Obesso Grijalvo. nacida en Burgos, España, desde verano de 2018 soy escritora nobel y me decidí a iniciar mi periplo poético escribiendo algunos poemas en Instagram y presentándome a varios concursos en 2020, año en el que uno de mis poemas fue seleccionado en el X Concurso de Poesía Libre “Versos en el Aire”. Actualmente trabajo en la creación de un poemario ilustrado, en formato libro objeto.


Imagen: Queen Eleanor & Fair Rosamund – Evelyn de Morgan

Mucho más en contra por Rolando Reyes López

Poesía

Mucho más en contra 

¿Dónde viven los hombres como yo?

No salí de las arenas limpias del Kollam

ni el Meenam tuvo que ver con el calendario de mi madre;

Deví no fue la diosa sobre mi cuna:

ELLA me había eliminado de los círculos

mucho antes que existiera mi familia.

La creadora no me ofreció las novias de Krisna.

sin embargo, yo amé los dos espíritus del hombre.

No asistí al Baile de las Flores,

nunca olvidé las virtudes de mi cuerpo

o la sabiduría de los Dioses del pasado.

Mi historia no apareció en De orbe novo decades,

porque no pude ocultarme a tiempo en las Efebias.

Los demonios de la muerte

me dieron esta prisión inmediatamente después

que pude sostenerme sin ayudas;

Hades espera mi último minuto,

dice que soy su causa pendiente con el Rah.

La calle donde vivo no está al norte del Vesubio,

la lista en la que estoy nunca será revelada,

muchos creen que no soy de esta civilización,

que más bien parezco un tabú

y que mi nombre no aparece

en la nomenclatura antigua de especies verdaderas.

Mi vida es limitada, discreta, clandestina

como salida de mundos anteriores.

Tengo la impresión de ser

lo que no se ha podido crear;

la violencia, el odio, la venganza y la muerte

viven persiguiéndome

porque soy un símbolo irreal de este tiempo.

Ellos no preguntan por los terremotos,

ellos preguntan por mí,

y avisan sobre las consecuencias de imitarme:

No hacer contacto conmigo,

es la frase de orden.

Fui privado de mi origen étnico,

de mi nacionalidad, del sexo con que nací,

de mi condición plebeya;

me quitaron la salud, la edad,

el idioma, las necesidades afectivas,

la religión y mis pertenencias sexuales.

Otros dicen que mi rostro no será reproducido

por los artistas de las pirámides,

que, por suerte, no recuperaré mi lugar

en las profundidades,

y que

por tanto

tienen la orden de impedir

que mis ideas se divulguen.


Sobre el autor

Rolando Reyes López. (Pedro Betancourt, Matanzas, 1969). Reside desde el año 1971 en el Municipio de Jovellanos, Matanzas, Cuba. Bachiller, jubilado por Baja visión. Finalistas en el XII Certamen Poético “Luna Azul” del 2015 en Zaragoza, España. La Editorial Vigía publicó su poema “Zona de paz”, en el 2016.
Poemas suyos están en varias antologías de la editorial chilena “Isla Negra” en el 2017 y 2018. Así como en la editorial Letras con Arte, España, 2019 y 2020.


Imagen: Demon sittingMikhail Vrubel

La última vela por Tiziana Palandrani

Relato

La última vela

Las palabras del médico bordean frágilmente la almohada de Domínikos.

Y de todos los verbos de su vida, ahora solo queda en su memoria una pregunta.

Por qué pintar tantas veces aquel tema singular de un niño soplando, y con un mono.

Que no es un niño.

Es un recuerdo, lo quiero explicar antes de morirme.

Intento hablar pero solo me salen mis antiguas palabras forasteras.

Que no es un niño; es el secreto de un hombre recién llegado, alumbrado por el fulgor del atardecer.

Y entre todas las estrellas florecidas, un destello llama la atención de mis ojos de pintor.

Detrás de una ventana entreabierta, una mocita; los rasgos transformados por el centelleo de la vela que iba encendiendo, tal que en principio no pude entender si fuese un niño, un ángel o un sueño.

Y así pinté mi indecisión.

Ese rostro explotaba de luz quedando el resto atrapado en el abismo, como el hombre que se asomaba, burlándose de un encanto tan bello cuanto insoportable.

En cambio, por un instante, se le quedó en el semblante la misma marca de eternidad, mientras que la niña susurraba al tiempo de inflamar otras siete velas clandestinas.

Palabras que me perseguían por todo el callejón verde asediando mi curiosidad de simio insatisfecho.

Sin embargo, el deseo de cautivar sobre el lienzo aquella carita carmesí, cada vez estaba más lejos de la realidad.

Pero ahora sigue atrapándome, y por fin me encontró.

Espero que me salve, aquella oración con la cual me quedo en esta última cama.

Yo, El Greco, lo confieso ahora.

Pinté tantas veces esa vela para que no se me apague; ya no puedo más.

Y se apagó.


Sobre la autora

Tiziana Palandrani. Nacida en Cerdeña (Italia), es profesora y etnomusicóloga.

Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras y licenciada en Etnomusicología en el Conservatorio de Música de Sassari (ambas titulaciones cum laude).

Dedicada desde hace años a la investigación del material biográfico sobre Fryderyk Chopin; su ensayo sobre el compositor ha sido editado en el 2020 por Brepols.

Desde el 2010 lleva a cabo una sistemática encuesta de campo en varios pueblos de Andalucía para estudiar las saetas y las evidencias musicales de la Semana Santa andaluza.

Ha presentado resultados y materiales de su búsqueda en diferentes convenios internacionales.

Se dedica también a la poesía y prosa en italiano, sardo y castellano; sus composiciones han sido premiadas en Italia y España.

En el 2019 su documental etnográfico ‘Colmena mística’, dedicado a la polifonía de Montoro (Córdoba), resulta finalista en Italia en la «Rassegna internazionale Vittorio De Seta».


Imagen: Una fábula – El Greco

Para que no muera el sol por María Graciela Kebani

Poesía

Para que no muera el sol

Para que el sol alumbrase era necesario que comiese corazones y bebiese sangre, y para ello hicieron la guerra.

—Se apaga, se nos apaga el sol.

—¿Qué haremos?

—Guerra, solo la guerra nos salvará.

—Necesitamos corazones para nuestro sol.

—Y sangre para que sacie su sed.

—Nos cubrirán las tinieblas.

—Nos devorarán las sombras.

—Llamemos a la guerra.

—Nueva vida para el sol.

¡Guerra! ¡Guerra!

—La muerte nos dará los corazones y la sangre para que renazca.

—Para que triunfe sobre la noche.

—¡Oh, Edificador! ¡Oh, Manifestador!

—¡Míranos y óyenos!

—No nos abandones.

—Tú, el que ve en la sombra, en el cielo y en la tierra.

—Danos la señal de tu palabra.

—Muéstranos el camino.

—Brindamos la paz para nosotros y nuestro descendientes.

—¡Que tu luz no se extinga!

—Muéstrate en todo tu esplendor.

— Si quieres corazones, corazones tendrás.

—Si deseas sangre, sangre beberás.

—Descúbrenos tu rostro radiante.

—Yérguete en medio de la oscuridad.

—Incendia con tu fuego el cielo.

—Mira que si tú desapareces, nosotros también desapareceremos.


Sobre la autora

María Graciela Kebani nació en Buenos Aires, Argentina,  en 1960. Trabajó en la docencia (nivel medio) durante más de treinta años como profesora de Lengua y Literatura  enseñando y leyendo cuentos, poemas, leyendas, etc.  Esta dedicación a la literatura y a la lectura le llevó escribir. Escribió poemas, cuentos, teatro y una novela. También escribió poemas y cuentos para niños. Publicó tres libros en Ediciones del Dock: “En algún lugar el paraíso” (poemas) (2006), “Para que no muera el sol”  (cuentos) (2006) y “De sombras y obsesiones” (poemas y cuentos), (2008). Pasiones: la lectura, la mitología y  el arte en todas sus variables.


Imagen: Piedra del Sol

Impresión de las distancias por José Arturo Monroy

Relato

A Rosse Cuadra

Gustaba caminar por la avenida, en especial, entre la calle catorce y quince. Despertaba la primavera, su estación preferida, pues las jacarandas siempre estaban en flor: púrpuras caricias que ornamentan los cielos y endulzan todos los caminos. Gustaba, sobre todo, pasar sobre la calle quince, cuidando siempre de pisar las baldosas. Cuando el tiempo no tiraba de su corbata, subía al Parque Gómez Carrillo a tomar el café matutino y conciliar sus penas y preocupaciones con el Príncipe de los cronistas[1].

Una mañana, de camino al trabajo y con una hora extra en el bolsillo, decidió llevar el conteo de las baldosas que pisaba día a día en ese tramo al que le tenía tanto afán. Andaba, como un niño con zapatos nuevos, viendo hacia abajo mientras contaba las baldosas cuando uno de los cálices purpúreos cayó danzando con peculiar elegancia frente a su rostro. Alzó entonces la mirada y toda la avenida comenzó a perderse a la distancia en una suerte de perspectiva fragmentada.

El sendero, anteriormente derecho, dejaba ver ahora una ligera inclinación ascendente que se iba pronunciando más y más. El errante, sin embargo, no bajó ya la mirada. Continuó caminando. De cuando en cuando, volteaba a ver, pero no por mucho tiempo. La realidad era ahora lo que se quedaba a la distancia. El camino continuaba empinándose y la acera, que hasta entonces acompañaba sus pasos, comenzó a desaparecer bajo sus pies. Encontró sumamente extraño el hecho de que no sentía terror… ni siquiera miedo, sino todo lo contrario, lo invadía un sentimiento de familiaridad.

Lo que hace poco era una avenida pavimentada, era ahora una suerte de baldosas dispersas que daban a la nada: un espacio negro, en apariencia infinito, que se extendía frente a él; un espacio vasto, frío, silencioso e intermitentemente iluminado por nebulosas que cambiaban de azul a naranja, de verde a escarlata, de gris a rosado. Conforme más se adentraba, las estrellas se hacían más evidentes. Algunas, como faros distantes, se apagan y encendían, llegando a lastimar sus ojos al contacto directo con el fulgor; otras, como hadas juguetonas, serpenteaban por la bóveda y orbitaban alrededor de su cuerpo para perderse después en el oscuro e inexistente horizonte.

Volteó a ver su muñeca y el reloj, que mecánicamente se ponía todas las mañanas, era un algo ajeno a su imaginario. Tal concepto resultaba difuso e irreconocible en su mente. Cuando reparó en ello, este comenzó a desbaratarse y a deshacerse hasta las cenizas. No sintió miedo, solo extrañeza, porque todo le resultaba familiar. Volteó a ver su mano derecha, la que siempre cargaba el maletín, y lo desconoció también… se hizo polvo cuando intentó apretar con mayor firmeza el mango. Al tener sus manos libres, tanteó su cabello. Antes, estaba recortado a la manera clásica, mas ahora portaba una melena vigorosa y desordenada, sintió en esta un olor ocre, a humo. Vio sus manos después de examinar su cabeza ¡y se habían tornado más finas!, más blancas, ligeras. Un nuevo peso se anunciaba en sus muñecas y vio cómo, lentamente, se materializaron unos brazaletes metálicos. Sintió una fuerte presión en el pecho, su corazón latía como un caballo desbocado e intentó aflojar la corbata. Cuando arrastró el nudo hasta la mitad, se tornó en una serpiente y estuvo a punto de entrar en pánico cuando notó que estaba muerta, degollada. La soltó y cayó al vació. No se hizo ceniza, ni polvo, solo se quedó allí, flotando a la deriva del espacio. Sus pies nunca cesaron de andar.

¿Qué ocurría? Su mente intentaba dar con la respuesta, ¡sabía que la tenía!, pero se estaba escondiendo entre la borrasca de la confusión. Volteó a ver el camino andado y la lumbre de la realidad era solo un punto parpadeante en la lejanía. Al ver que los significantes poco o nada respondían, intentó penetrar en el significado de lo que estaba ocurriendo y se hizo la luz. La bóveda oscura comenzó a agrietarse, un estruendo horrible se apoderó del espacio y comenzó a temblar. Todo cuanto sus ojos percibían se quebró, emitiendo un grito como el del cristal que impacta con el suelo.


Cada fragmento que se venía abajo era una pieza del tiempo. En cada una de estas piezas, el hombre, su civilización y los sucesos que componen la Historia estaba albergado en ellas. El fuego, las huellas de Altamira, el número, las ciencias y las artes, las hazañas homéricas, el Partenón, las enseñanzas de Sócrates, Platón, las esculturas de Praxíteles, Roma y su ascenso y caída, el Gran Jaguar, las Catedrales, la Peste, ¡la Inquisición!, el exilio de Dante, el Renacimiento, Notre-Dâme, las revoluciones, el vapor, el reloj, la corbata, las reformas, la Independencia de América, la Primera Guerra, la Teoría de la relatividad, la Segunda Guerra, la disputa del alma, los Beatles, Vietnam, hasta el Parque Gómez Carrillo… todo, todo aquello que la mente de usted, lector, pueda colocar en cada uno de estos lienzos, y que figura un momento clave, una vida ilustre dentro del curso de la Historia –oficial y no oficial–, caía ahora como las piezas que son devueltas por una tosca mano a la caja de un viejo rompecabez

Con la vista al frente, continuó caminando. Caminó mientras todo aquello que alguna vez creyó conocer, y hasta disfrutar, se desplomaba a sus espaldas.

Otro punto de lumbre se hizo presente en su camino. Estaba lejano, pero no aceleró el paso. Mientras más cerca estaba de la luz, más familiar era todo… iba comprendiendo. Alcanzó el portal: ese enorme círculo dorado y palpitante; escuchó una voz, percibió un incienso y… suspiró. Antes de entregarse a las áureas fauces, volteó una vez más. «Todo está claro» murmuró para sí, y prosiguió.

—¿Qué quiere decir eso? ¿Qué quiso decir Apolo? —le preguntó un joven de blonda cabellera y pálido semblante, mientras dejaba a un lado su escudo, a la pitonisa que intentaba recuperar el aliento.

[1] Enrique Gómez Carrillo (Guatemala 1873 – París 1927). Célebre prosista guatemalteco al que se le nombró “el Príncipe de los cronistas” gracias a sus múltiples impresiones de viajes: textos en los cuales se aprecia un notable trabajo poético de corte modernista. Entre la quince y catorce calle, sobre la sexta avenida del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, se encuentra el Parque Gómez Carrillo, y en el parque, un busto de mármol en honor al cosmopolita y bohemio más recordado de la nación.


Sobre el autor

José Arturo Monroy (Guatemala, 1995) Humanista y escritor. Miembro del Atheneo de América y cofundador del Taller de Poesía Castalia. Desde temprana edad siente inclinación por las artes gracias a la dirección de su abuelo Oscar Cajas (pintor guatemalteco), quien lo guio en sus primeros tanteos líricos. Estudió Bachillerato en Diseño Gráfico en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura Guatemala, Guitarra Clásica en el Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara y el Profesorado en Lengua y Literatura en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente cursa la Licenciatura en Letras.

Sus poemarios Exposición a corazón abierto (2018)y Sueño de amor interrumpido (2019) fueron premiados por la Editorial Universitaria y por la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala. En noviembre de 2020 el Atheneo de América publicó su primer poemario: Clara Luz.


Imagen: Alexander Consulting the Oracle of Apollo – Louis-Jean-François Lagrenée

El ritual, Mar Adentro, La reencarnación y El acto, cuatro relatos cortos de Jaime Alberto Cabrera

Relato

El ritual

A Leidy

Abstraído en la incisión, el sacerdote miraba fijamente el cuerpo. Las ofrendas habían sido preparadas con días de anterioridad con los mejores perfumes y ungüentos de las profundidades de la selva. En los códices estaba la fecha exacta de la maldición que nublaría el cielo y sólo la dádiva a los dioses los podría salvar. Empezó la incisión. La joven temblaba al ver la obsidiana penetrar su tierna carne en medio de las oraciones y la humarada asfixiante. El corazón reluciente era exhibido con algarabía por el pueblo devoto. El segundo joven fue conducido poco a poco a la cúspide de la pirámide donde lo esperaba el altar ceremonial. Sin ninguna resistencia, y siendo plenamente consciente de su destino fatal se dejó sujetar las manos y los pies. El divino sacerdote sudoroso y jadeante se fijó la máscara de jaguar y con las oraciones rituales sujetó fuertemente la obsidiana con la sangre goteante que cayó con tibieza en el pecho del joven que empezaba a asomar vellosidad. El alba irrumpió con sus primeros rayos la pirámide sagrada y el sacerdote entendió que era la señal del Padre Sol. En ese preciso instante recibió un disparo en la frente. Siguieron otros. La multitud observó atónita la lluvia de fuego de aquellos dioses vengadores mitad hombre, mitad bestia que habían predicho los ancianos y los códices.


Mar adentro

Llevan meses navegando por las aguas del Pacífico en lo que ellos creían los mares de la India. Agua y comida empezaban a escasear. El capitán genovés les había asegurado que en pocos días pisarían tierra firme. Su palabra tenía un sólido valor en la tripulación; años de navegación le daban una autoridad irrefutable. Tarde tras tarde el vigía observaba meticulosamente en las alturas del mástil.

El 21 de marzo de 1526 el hombre gritó:

“! Tierra ¡ ¡Tierra!”

Todos lanzaron gritos de júbilo y bebieron con frenesí el escaso vino.   En pocos minutos el barco se encalló contundentemente en el cristal; mientras los marineros, atónitos, observaban a hombres gigantes pasar de mano en mano la botella.


La reencarnación

Cuando abrió los ojos  confirmó  que la reencarnación era real. Recordaba vanamente una pira de fuego  y  dos monedas  en los ojos consumiendo su humanidad. Una batalla donde los aqueos destruían la ciudad sagrada de Troya; un caballo  de madera que llevaba  en las entrañas la perdición.

Ahora sus brazos eran alas  y su razonamiento  se reducía al consumo obsesivo de una flor.


El acto

Habían preparado el acto con meses de anterioridad. Su cómplice lo esperaría en el lugar acordado.  Él llegó y vio a la multitud dispersa en el desierto, alrededor de las aguas.

Entró a las aguas del riachuelo y empezó la función.

“He aquí de quien han hablado los profetas”, dijo  el cómplice. Los hombres se arrodillaron confiando absolutamente en sus conocimientos astronómico. El cielo empezó a nublarse, y la  gente  entró en un frenesí total.

Esa noche el par de   prestidigitadores   celebran con vino y prostitutas el éxito de la función.


Sobre el autor

Jaime Alberto Cabrera. Licenciado en Lengua Castellana, universidad Surcolombiana, Neiva, Huila, Colombia. Especialista en Comunicación y Creatividad para la Docencia. Magister en Educación con énfasis en docencia e investigación universitaria. Primer puesto en el Concurso Departamental de minicuento Rodrigo Díaz Castañeda, Palermo, Huila, 2009. Tercer puesto en los años 2011, 2012, 2013. Jurado en el mismo concurso en el 2018. Publicado en las revistas “Sur versiones” Pitalito, Huila 2018. “Memorias” 2017-2018, Palermo, Huila. “Alborismos”, Trujillo Venezuela 2020 número I, II, III y IV. Seleccionado como ponente en el Primer coloquio internacional del cuento latinoamericano, Universidad del Valle, Cali, Colombia.

Imagen: pixabay.es

La princesa cautiva por Ramon González Reverter

Relato

Prólogo

En el año 334 a.C. Alejandro Magno cruzó el Helesponto al frente del ejército macedonio, un contingente de aliados griegos y una pequeña flota de refuerzo ateniense. Tras la batalla de Issos, en la que derrotó a los persas del rey Darío, mientras asediaban la ciudad fenicia de Tiro, el general Parmenio atacó por sorpresa Damasco y se apoderó del tesoro que el Gran Rey tenía para pagar a la soldadesca, y capturó a la totalidad de la familia real y a Barsine, la viuda de Memnón de Rodas, comandante de las fuerzas persas en Asia Menor, con fama de ser la mujer más hermosa del mundo y considerada descendiente de Afrodita, aunque fuese hija de Artabazo, sátrapa de la región de Frigia.

Barsine era de noble cuna, ingeniosa, seductora y risueña. Incluso Alejandro había quedado prendado de ella, pero durante los meses que duraba el sitio a Tiro se limitaba a tratarla con galantería.

La atractiva viuda solía pasear sin excesivo pudor por el campamento de los macedonios. Aquel había sido un día especialmente bochornoso, con un elevado grado de humedad. Con objeto de aliviarse del calor, Barsine, después de bañarse completamente desnuda en el mar, para escándalo de los soldados más veteranos, enfiló hacia el pabellón de las esposas de los oficiales de alta graduación, los taxiarcas del ejército.
Como siempre vestía a la griega, con un quitón blanco con una franja púrpura que a su vez estaba ribeteada de pan de oro. El grácil tejido de lino plisado insinuaba un cuerpo perfecto de miembros esbeltos y dejaba entrever unos senos erguidos y unas nalgas redondeadas. Abierto por los costados, asomaban unos muslos perfectamente torneados. Llevaba la frente ceñida por una preciosa diadema, los brazos adornados con intrincados brazaletes de oro forjados por los mejores artesanos locales, los labios rojos y los ojos pintados con bistre. Barsine estaba soberbia.

Al entrar en la tienda, se encontró que Casandra, embarazada de seis meses, permanecía recostada en un triclinio mientras una pareja de esclavos la abanicaban y una doncella libia servía pasteles y vino. La recién llegada hizo una reverencia, el usual gesto de cortesía. Barsine se movía con la elegancia de una sílfide, las estatuas de mármol que constituyen las columnas de algunos templos griegos. Sus delicadas manos revelaban una vida de ocio y placer.

—¿Es un buen momento para una visita?

—Adelante, Barsine. Ya sabes que tu compañía siempre me place.
—Pero en tu estado…

—No te preocupes —manifestó Casandra afable. —Estoy soportando los rigores del embarazo y me vendrá bien un rato de asueto.

—Pues yo también he de confesar que necesito un poco de diversión. Soy una cautiva aburrida de vivir rodeada de tropas codiciosas de botín, listas para asesinar y violar.

—La guerra se reduce a eso, crueldad e injusticia. Debido al peso de la responsabilidad que agobia a los maridos, es lógico que nosotras sirvamos de esparcimiento para aligerarles de la pesada carga. De hecho, es lo mínimo que se espera de cualquier esposa, que les relajemos en el tálamo antes del reposo cotidiano. Amor con total devoción, ese es nuestro sino.

—Exacto, tú misma lo has dicho. Se nos exige aplacar su lujuria, por ese motivo siempre he procurado mostrarme voluptuosa a fin de provocar el deseo en mi esposo. En cambio, tú estás dispuesta a correr el riesgo de parir otro hijo. Tú que tenías fama de ser tan hermosa como una vestal.

La aludida no pudo evitar soltar una carcajada, sin malicia alguna.

—Exageraciones. Me temo que mi belleza nunca ha sido comparable con la tuya. Es obvio que detesto estar encinta, pero…

Casandra se encogió de hombros. Las mujeres, sobre todo las de alta alcurnia y noble cuna, que competían por los varones aristócratas de la Corte, se llevaban como el perro y el gato. Sin embargo, ellas parecían mantener una sincera amistad.
—Eres muy valiente, ¿sabes?

—¿Por quedarme preñada? ¿Acaso tú no lo harías?

—No tuve hijos con Memnón —confesó Barsine apesadumbrada, aunque con suma entereza.

—Perdona mi torpeza. No tenía intención de herir tus sentimientos.

—No te preocupes. Has sido muy considerada, de veras… Déjame que te explique. La vida en la Corte Real de Darío podía resultar muy aburrida, pero debías lidiar con una jauría de jóvenes dispuestas a abrirse de piernas con tal de cazar la pieza más codiciada de la nobleza.

Su voz tenía un timbre y un tono de una sensualidad irresistible, a la par que una cadencia exótica añadía un plus de fascinación. Casandra entendió por qué aquella mujer enamoraba a cualquiera que hubiera tenido la ventura de conocerla y escucharla.

—De hecho mi vida se reducía a vivir en lujosos palacios atestados de nobles ambiciosos capaces de devorarse mutuamente con tal de ascender. En teoría, todos formaban parte de la élite, pero trepaban unos sobre otros y se comportaban con una crueldad asombrosa. Y las mujeres eran peores porque actuaban en las sombras. Casada con un mercenario griego al servicio de los persas, aunque fuera el comandante de sus fuerzas armadas, me sentía como una forastera en mi propio hogar.
—Penoso dilema. Comprendo tu estado de ánimo.

—Con franqueza, mi corazón se hallaba desgarrado por dos sentimientos contradictorios. Por un lado el instinto maternal y por otro el mundanal placer. Como a toda mujer, la maternidad me atraía –alegó con voz harto seductora—. Sin embargo, me asustaba la posibilidad que Memnón se cansara de mí y me relegara en pos de alguna concubina. O peor aún, que me repudiara por otra. En esa época mi prioridad era impedir que olvidase mis encantos.

Casandra la contempló de hito en hito apreciando su belleza. Su cabello de color miel enmarcaba unos ojos verde esmeralda ligeramente sesgados. Su aspecto era imponente y su porte regio.

—El típico comportamiento de una esposa apasionada.

—Por eso hice cuanto pude para evitar quedarme embarazada —murmuró Barsine abrumada por la melancolía, bajando la mirada hacia la alfombra que cubría el suelo de la tienda.

—No seas ingenua. El tiempo pasa para todos. Siempre habrá candidatas al lecho conyugal cuando no estés en la flor de la vida.

—He sacrificado mi juventud en aras al placer de mi esposo, siguiéndole en sus campañas, allí donde fuera hasta que murió luchando contra Alejandro durante el asedio de Mitilene. ¿Aunque quién sabe? Admito que algunas veces me arrepiento de no haberle dado un heredero a su estirpe.

Su habitual vivacidad se había esfumado sustituida por una expresión compungida. Casandra notó una oleada de pena por aquella doncella solitaria en un mundo de hombres violentos.

Entonces entró una sierva de piel cetrina acompañando a una chiquilla. La niña se acercó a Casandra mientras observaba con curiosidad a la extraña. A sus cuatro años era muy espabilada. Alborozada, la anfitriona estrechó a la pequeña entre sus brazos y luego la aupó radiante de felicidad hasta que ésta protestó con candor pueril:

—¡Mamiii!

—Se llama Eunice, como una de las nereidas, las ninfas del mar hijas del dios Nereo y Doris —dijo la madre orgullosa.

Conmovida por aquella tierna escena de amor filial, Barsine exclamó:

—Un nombre precioso para una niña preciosa. Ser madre ha de ser toda una experiencia.

—Y también un maravilloso privilegio —puntualizó Casandra. —Saluda a la princesa, Eunice

—¡Oh! —suspiró la chiquilla excitada con la cara iluminada por una sonrisa contemplando a Barsine. —Una princesa de verdad.

Ambas rieron con desenvoltura y Barsine tendió los brazos hacia la niña, que fue hacia ella sin temor alguno. Un hecho asombroso en las criaturas de tan corta edad. Se abrazó a la cortesana persa con la inocencia pintada en el rostro. Ésta aprovechó la ocasión para acariciar sus rizos oscuros con ternura y luego la besó en la frente.

—Has sido bendecida por una princesa, cariño —declaró Barsine en un tono que era la encarnación del deseo.

Reconfortada por la experiencia de haber sido ungida por una dama de la nobleza, la vivaracha criatura dio las gracias y le pidió a su nodriza:

—Vamos a jugar, tata.

A continuación la niña abandonó la tienda en busca de nuevas aventuras seguida por su aya. Casandra, como perfecta anfitriona, ordenó a la criada libia que sirviera vino en dos copas y se la ofreció a su invitada.

—Los placeres de la riqueza —comentó señalando la deliciosa bebida. —Como te iba diciendo, la belleza tarde o temprano acaba por marchitarse.

—Intento prepararme para cuando eso ocurra —manifestó Barsine cuyos ojos brillaban como ascuas, empañados con lágrimas de envidia— aunque me guste hacer gala de mi hermosura.

—Las apariencias no son tan importantes. La verdadera belleza reside en el corazón de cada cual.

—Tienes razón, Casandra. Quizá me haya equivocado.
—Pues todavía estás a tiempo de revertir la situación. Aún eres joven y conservas la fama de ser la mujer más bella del mundo. Puedes consultar a los dioses del Olimpo en busca de consejo.

—¿No podrías dármelo tú en calidad de amiga?

—De acuerdo. Yo te recomendaría buscar un nuevo amor y cuando lo halles no dudes en engendrar un hijo. Luego afronta tu destino con dignidad.

—¿Afrontar el destino con dignidad? Bien, eso es lo que haré. Me siento afortunada por tener amigas que me proporcionan tan sabios consejos.

Epílogo:

El asedio de Tiro duró casi ocho meses. Al final, como la mítica Troya, Tiro fue pasto de las llamas y sus habitantes, por orden de Alejandro Magno sediento de venganza, masacrados ya fueran hombres, mujeres o niños. El horror de la guerra en su máxima expresión. Por lo que respecta a la princesa Barsine, siguió el consejo al pie de la letra. Mientras duró el sitio, aprovechó la oportunidad para estrechar su relación con Alejandro Magno. Cuando su padre Artabazo se rindió en Hicarnia, no es de extrañar que el conquistador macedonio la condujera hasta su lecho y la convirtiera en su amante. Luego le acompañó en la conquista de la región de Sogdiana. En el 327 a.C., al finalizar la pacificación de aquellas tierras, dio a luz un hijo al que llamaron Heracles. Pero cuando Alejandro tomó por esposa a Roxana, la despechada Barsine abandonó la Corte, marchándose con su hijo a Pérgamo, donde fueron ejecutados en el 309 a.C. por Poliperconte, su valedor, a cambio del rango de general y gobernador del Peloponeso que le concedió un diádoco, los sucesores de Alejandro que se disputaban su vasto imperio tras su repentina muerte a los 33 años de edad sin haber dejado ningún heredero.


Sobre el autor

Ramon González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.


Imagen: The weddings at Susa – Autor desconocido

Los ojos de Sísifo, un poema de Raúl Guerrero Payo

Poesía

Los ojos de Sísifo

La misma montaña,

la misma roca,

los mismos pasos entorno al infinito.

El mismo castigo, otro día,

el mismo día pero más cerca de algo,

de la nada, tal vez, de quién sabe qué 

y hasta cuándo;

de quien sabe anudar sogas y corbatas.

Más cerca de ti, quizás,

de los ojos que Sísifo

dejó de utilizar cuando su cuerpo

comprendió el castigo.

Más cerca del absurdo que se gesta

entre Vladimir y Estragón,

mientras alguien encadena a Tánatos

para que todo cobre sentido.

La misma rutina,

el pleonasmo de siempre,

la redundancia exacerbada,

los ojos cansados frente a la montaña. 


Sobre el autor

Raúl Guerrero Payo nace en Valverde del Fresno, el 23 de agosto de 1997. Desde pequeño siente una gran curiosidad por el mundo del arte y las letras, y tarda poco en empezar a leer clásicos como La isla del tesoro o El fantasma de Carterville. También siente desde muy temprana edad una atracción especial por el cine y la música. Esto se debe en gran parte a su padre, quien le descubrió grupos como Pink Floyd o Queen.

A los 16 años publica su poemario Poesías y desacato, dibujando un retrato, una recopilación de poemas que llevaba redactando desde los 13 años. Durante su estancia en Bachillerato resulta ganador del certamen literario organizado por su instituto, el I.E.S. Al-Qazeres, con su trilogía poética El tiempo es un arma cargada de muerte. Ese mismo verano se alza con el premio literario de su pueblo al escribir un poema en A Fala, lengua propia y única de Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo. Al año siguiente sería juez del mismo.

Durante 2017, a sus 19 años, Raúl comienza a participar en certámenes literarios. El primer escrito que envía, titulado DGT: Dirección general de trágicos, es seleccionado para formar parte de la antología El vuelo de la palabra en su IXX edición de poesía y relato, que organiza el ayuntamiento de Badajoz. Esto motivó al autor a seguir escribiendo y formándose en la poesía. En noviembre del mismo año se le concede el accésit en el X Certámen de poesía organizado por el colectivo Ataecina, en Ribera del Fresno, por su participación en A Fala con el poema Poeta du contrabandu.

En marzo de 2018 recibe una mención especial del jurado en el II certámen de relatos cortos y poesía con fondo sonoro, en Palencia, por su poema Siempre estás ahí. Tras esto, en mayo, uno de sus escritos titulado Tres tristes trágicos tragan tequila en un tren es recopilado en una antología en la convocatoria del V certamen nacional Umbral de poesía, organizado por la Asociación cultural Habla, y en el cual colabora el ayuntamiento de Valladolid. El mes de agosto de 2018 consigue el primer premio en la modalidad de relato corto y el segundo en poesía tras el fallo del IV Concursu literariu du Nosu Lugal, celebrado en Valverde del Fresno y cuyos textos estaban íntegramente escritos en A Fala. La producción de textos en A Fala y traducciones a la misma lengua por parte del autor nunca se ha detenido.

El mes de enero de 2019 le comunican que su poema Convenciones surrealistas y demás sueños reales es incluído en la antología del XV concurso internacional de poesía y teatro Castello Di Duino y viaja a Trieste varios días para recitar su poema, recoger el premio y conocer a poetas de todas las partes del mundo: desde Alemania hasta México. El mes de marzo de 2019, el ayuntamiento de Valverde del Fresno, recopila todos los poemas y relatos ganadores de diferentes ediciones del certamen escritos en A Fala bajo una antología titulada Istu lo se le. Ahí tienen cabida sus poemas Poeta du contrabandu literariu, Valverdi soña y el relato Explosión de realidai, una historia real que le narró su abuelo Alfredo. En abril de 2019 recibe el tercer premio en el II concurso literario Villa de Fuente Álamo “Memorial Juan Antonio Puertas Rodriguez”, al que agradeció enviando una adaptación a rap del poema. Dicho escrito es uno de los favoritos en la
producción literaria del poeta, según sus palabras.

En octubre de ese mismo año, un texto sobre el olvido titulado Homicidas involuntarios, es seleccionada para formar parte de la segunda edición de la revista venezolana Nefelismos.

A principios de 2020, con 22 años, su poema, El creador, resulta finalista en la XVI edición del concurso internacional de poesía y teatro Castello Di Duino. Es invitado a Italia de nuevo para conocer al resto de premiados, pero el encuentro es imposible debido a la crisis sanitaria del COVID-19. Un día de mayo del mismo año llega una carta desde el centro penitenciario de Daroca, Zaragoza. Y es que el poeta es seleccionado para conformar una antología poética que se edita en la misma prisión y en cuyo jurado participan internos. El poema se titula Estrofas para una noche de insomnio, tratándose del X Certamen “Picapedreros” de Poesía, Guión y Microrrelato y la revista se edita bajo el nombre de La Oca Loca. También durante el mes de mayo le comunican que su escrito El sentido de la vida queda finalista en el IX certamen de poesía ASEAPO. En noviembre, dos buenas noticias: su poema Salvadoris es incluido en la revista Febrero, y su otro escrito, titulado martirios cotidianos, será incluido en la I Antología Poética y Prosa de la Biblioteca Popular Municipal Domingo Faustino Sarmiento.

Actualmente estudia Dirección de Escena y Dramaturgia en la E.S.A.D. de Extremadura.


Imagen: Sisyphus – Sir Edward Coley Burne-Jones

Job y su familia restaurados a la prosperidad (1805) por William Blake.

Norte sobre el vacío, un poema de Byron Ramírez

Poesía

Él extiende el norte sobre el vacío, y cuelga la tierra sobre la nada.
JOB 26:7

Aquí está Job, de nuevo, con los brazos abiertos
esperando la lluvia ácida del mes de agosto.
De llanto, han tejido tus años
una segunda piel sobre su cuerpo: caparazón de hambre y barro.

Aquí está Job
—ni mar ni monstruo marino—
tan solo un hombre pequeño y pobre que se posa sobre tu hombro
y el aire atraviesa sus llagas,
y no se inmuta la luz ante su imagen de perro inválido.

¿Has hecho tú una valla alrededor de él,
de su casa y de todo lo que tiene, por todos lados?

¡Te lo arrebato para siempre!
Lo sostengo con ímpetu de fiera amenazada. Ahora sí:
Aquí está Job sobre mi palma, tembloroso.
Nadie puede lastimarlo ahora
ni siquiera el Verbo insolente, anudado a tus costillas,
ni siquiera la espada o el diluvio que inventarás más tarde
cuando la ciudad duerma su siesta junto al Leviatán.

Nada podrá tocarlo. Cerraré la mano si te acercas
y entonces será una isla mi puño
en la cual habitará el hombre pequeño
y amanecerá el día de la nada

porque la palabra día existirá en la memoria de mi pulso
como existirán manzanos y cavernas
y una gran playa sin turistas donde Job acampará la madrugada
esperando que yo nombre a su familia
y su familia brote entonces de mi aliento,
nazcan girasoles en las piedras de los ríos,
surjan nuevas bestias que invoquen la penumbra
y construyan por la tarde un camino de agua
que llegue hasta las caravanas de Temán.

¿Quién prepara para el cuervo su alimento,
cuando sus crías claman a Dios, y vagan sin comida?

¡Aquí, aquí! Querrás luego buscarlo para ungir sus pies con aceite
y decirle hijo, has vuelto a mi regazo agradecido,
pero nadie te dejará pasar de la puerta del jardín
aunque ofrezcas a Orión como regalo
o te rasgues las ropas a la orilla del León,
porque Job, tan pequeño, estará pescando en mi huella dactilar
con una nueva Tierra de Uz a sus espaldas.

Yo te mostraré, escúchame:
aunque lo llames, no responderá,
aunque te oiga, no atenderá tu llamado.

El ojo que lo vio, no lo verá más; sus ojos estarán sobre mí,
y yo no existiré. ¡No insistas! Deja que tiemble el mundo.
Aquí estarás para siempre, atrapado en la lejanía de tu propia obra.
Y aunque ni la muerte ni la culpa puedan tocar el borde de tu manto,
el silencio del hombre pequeño envenenará tu sangre.
Será su felicidad tu peor castigo; el infierno naciendo en tu cabeza.

Sobre el autor

Byron Ramírez nace en San José, Costa Rica, en 1997. Cursa la licenciatura de Filología española en la Universidad de Costa Rica, donde también realizó estudios en Filosofía. Se ha desempeñado como editor literario y articulista para instituciones como Editorial Estudiantil UCR, Revista y editorial Liberoamérica, CulturaCR.net y Nueva York Poetry Press. Ha participado en diversos festivales de poesía como el XVI y el XVII Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, el Festival Nacional de poesía en Turrialba, Costa Rica 2019 y el Festival de poesía de Fredonia, Colombia 2020.

En el 2017 fue ganador del Certamen de Poesía joven organizado por la embajada de Estados Unidos en Costa Rica y finalista en el Certamen Emilio Prados, en España. En el 2018 obtuvo el primer lugar en el Certamen Nacional Brunca organizado por la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica (UNA) en la rama de poesía, con su libro Principio de Incertidumbre. Ha publicado Entropías (2018) con la editorial Nueva York Poetry Press en Estados Unidos. Gran cantidad de sus poemas han sido publicado en diversas revistas alrededor del mundo. Fue coordinador y editor general de la Antología de Nueva Poesía Costarricesense (2020). Su segundo poemario, Adamar (Poiesis Editores), está pronto a publicarse.

Imagen: Job y su familia restaurados a la prosperidad – William Blake

Nuestro Señor Jhain

Relato

En enero de 1581 llegó a la Ciudad de los Reyes el capitán Diego de Peralta, vecino de Oropesa e hijodalgo de primera clase. Ávido de fortuna y fama. Muy decidido a servir a la Corona y acrecentar la gloria familiar. Portador de la promesa que le hiciera a la Señora de la Asunción, de regresar con el caudal necesario para erigir una capilla en la casa señorial, donde poder venerar su divina imagen.

Gracias a sus vínculos con el saliente Virrey del Perú, y atendiendo a la necesidad de tener presencia en las tierras de frontera, amenazadas por los nativos y por los portugueses, se agenció de una autorización para una entrada y posterior asentamiento más allá del territorio de los antis, también llamados chunchos; que por cierto era empresa muy temida entre naturales y peninsulares.

Acompañado de veintiocho castellanos, diez de ellos a caballo (entre los que se contaban un escribano, y un clérigo), cinco mulas, dos negros angoleños, un armero griego, un herrero vasco y cuarenta indígenas (que incluían a dos “lenguas”), el 08 de abril de 1582, partieron con rumbo a los dominios de la extinta Gobernación de Nueva Toledo, de Almagro El Viejo, para seguir más adelante el camino Inca, bordeando el gran lago, pacarina de los Uros, y de los Collas y Lupacas, que también llaman Aymaras. Empresa que los llevaría hasta el inicio de la tierra de los Moxos.

El camino inicial tomaba una ruta ya recorrida largamente por indígenas y arrieros peninsulares, que los acercó, luego de varias semanas de travesía, hasta la recién fundada Villa de Oropesa, donde se asentaron por tres jornadas, para cumplir el día de ayuno y oración que le prometiera a su mentor el Virrey Francisco Álvarez de Toledo en el altar de la modesta iglesia que se venía edificando en el poblado, dedicada a la Virgen. Allí también se aprovechó para que la tropa cristiana pasase el control del médico Rodrigo Gómez Renedo, sobrino del afamado protomédico Francisco Sánchez Renedo, quien ejerciera el cargo de presidente del Tribunal del Protomedicato. Don Rodrigo, joven de rancia nobleza vino a estas tierras movido por una gran vocación, que lo llevó a especializarse en el oficio de médico de minas. Sus prescripciones contentaron a los expedicionarios, aunque no tanto como las bendiciones del cura doctrinero Alonso de Trinidad, hombre santo y juicioso.    

Ese fue el punto de partida de la que sería una de las entradas más lejanas realizadas hasta la fecha, por la cual los hombres que acompañaban al capitán Diego de Peralta, esperaban obtener fama, fortuna y reconocimiento, con los cuales regresar a la península, como antes lo habían hecho sus mayores.

El viaje desde aquella población fue penoso, más por las enfermedades que las emanaciones de la tierra provocaban y por lo accidentado del territorio, que por el ataque de los nativos, quienes se limitaron a seguir a prudente distancia y ocultos entre la enmarañada vegetación al grupo de invasores que portaban armas de cuyo daño ya conocían, lo cual no fue obstáculo para que al caer la noche eliminaran con dardos venenosos a dos indígenas que debieron resguardar el campamento pero a los que venció el sueño, del que ya no salieron más.

Luego de seis semanas, en las que se produjo la muerte de tres peninsulares y nueve indígenas, que se enterraron en el camino con gran pesar, llegaron a un gran río que cruzaron con alguna dificultad, pues si bien estaban en época de vaciante, el cauce llevaba mucha agua que ahogó a dos indígenas, hermanos ambos, que no supieron mantenerse a flote, yéndose con ellos los últimos varones de su ayllu. Al cabo de tres semanas de cruzar el río y seguir con rumbo sur oriente, el capitán Diego de Peralta, sin mayor dificultad ni resistencia, hizo su entrada en una población nativa bastante poblada y muy bien construida con barro y piedra pulida pintada de blanco, lo que resultaba extraño en una región así.

Esta era una etnia bien organizada, de gente pacífica, aunque un tanto desconfiada, que tenía algo parecido a una religión monoteísta, que el escribano percibió como similar a la cristiana, pero calló, porque decir aquello hubiese significado una blasfemia que probablemente le hubiese costado el puesto, una multa y varios azotes al llegar a Cuzco. Se trataba de una religión cuyo conocimiento empezó a generar confusión en la soldadesca hispana, que prefirió guardarse sus comentarios, pero no su asombro ante las semejanzas.

Sus gentes eran monógamas y muy temerosas de su Dios. Tenían un templo con techo a dos aguas y una torre en el centro, coronada con un largo palo de madera roja muy pulida, y por los alrededores de la edificación se veía pasear a un grupo de individuos que parecían sacerdotes, emitiendo sonidos guturales, mientras caminaban; todos ellos cubiertos por una tela gris de algodón silvestre, fijada con cuerdas que daban varias vueltas alrededor de su cuerpo, las mismas que además usaban para autoflagelarse, de cuando en cuando en la plaza central del pueblo. Estos gordos personajes andaban descalzos y sus cabezas siempre las tenían cubierta con un velo.

Tales costumbres hacían recordar a los franciscanos, pero buscando no hallaron ni uno solo, ni vestigios de su presencia y se asombraron mucho más al saber que habían logrado toda esa riqueza espiritual que denotaba una bondad salvaje, sin escritura, sin tiranía o buen gobierno, y sin presencia alguna de guerreros o armas poderosas.

Pero pasada la sorpresa y superada la curiosidad, los castellanos recordaron que el objetivo de su empresa era el de conquistar, fundar y obtener riquezas de estas tierras; someter a los naturales a la corona y evangelizarlos, con miras a pedir una encomienda, si ameritaba el caso. Sin embargo se encontraron con que la captura del pueblo había resultado demasiado fácil y con que la empresa de evangelización podía resultar tarea sencilla ya de realizar.

Y así fue que, a pesar de no haber entendimiento de palabras, no hubo mayores reparos para aceptar la presencia extranjera en el poblado nativo y menos aún para aceptar lo que ellos veían como una variante de su cosmovisión mágico-religiosa. Pero no pasó mucho tiempo para que empezaran los problemas. Primero fue resistirse a ser bautizados y perder su nombre por otro cristiano; luego fue el cambio de nombres a sus símbolos sagrados; el rechazo que obtuvo que se les pretendiera imponer una autoridad ajena a la suya.

Esa resistencia fue el pretexto para empezar la matanza, con eliminación de todo símbolo pagano. En el informe que presentaron el capitán y el padre dominico decía entre otras cosas que “… habían hallado entre la población indígena de la región, que los naturales aymaras denominaban chiriguanos, mucha resistencia a someterse a la autoridad real y asimismo, la práctica de un culto pagano que ofendía grandemente a Dios y a la Santa Iglesia Católica, porque resultaba una vulgar parodia de la religión verdadera y de sus sagrados símbolos, siendo imposible la evangelización en gentes tan primitivas, similares a bestias salvajes…”.   

Y ello porque resultaba que entre la parafernalia ritual de esta etnia había objetos y conceptos que se asemejaban mucho a los cristianos, pero que por ello mismo fueron considerados insultantes “…entre las cosas abominables que hallamos, entre estos indios llamados Jhaivas, es que usaban de dos palos de un rojo natural, que en sus ceremonias juntaban, asemejando a cruces sin imagen alguna. Su dios que tiene el nombre de Einyee, (que significaba el que es) no tiene forma y nadie lo ha visto, no tienen escritura ni leyes escritas, pero tienen unos troncos embutidos en la tierra, con símbolos paganos en relieve que sus jefes tocan y producto de ello convulsionan y emiten sonidos, como poseídos por demonios. Tienen además imágenes en las paredes de su templo pagano, de hombres a quienes consideran santos, pero que se muestran horrendamente desnudos, pintados todos de rojo y con rostros fieros, que asemejan imágenes demoniacas…”.

Haciendo uso de estos argumentos, los castellanos se deshicieron de la mayoría de hombres de esta etnia y se hicieron de estas tierras, de sus animales y de sus canteras de sal colorada; esclavizando a los sobrevivientes, bajo la posterior licencia de la encomienda evangelizadora, que obligaba a la extirpación de idolatrías y sometimiento de los naturales a la única y verdadera fe. Y así lo contaron, para quien quisiera escucharlo, en Cuzco, en Lima o en la Metrópoli… pero no contaron toda la verdad.

Que, cuando llegaron los veinticinco castellanos, aquella tarde fresca de julio a ese poblado llamado Behanya, en el corazón de la región de los Chiriguanos, en la frontera entre Paraguay y Bolivia, encontraron un pueblo pacífico que tenía una organización social compleja y similares creencias religiosas que los cristianos, que además estaba muy dispuesto a someterse a cambio que se respetasen sus creencias. Pero para los invasores no cabía posibilidad de acuerdo con estos salvajes, que se hacían llamar jhaivas, y a quienes los nativos aimaras llamaban chanes. Ellos estaban ocupando el espacio que consideraban suyo por justo merecimiento, y debían someterse sin condición.

Los avenidos no contaron además que Jhain les había enseñado a los jhaivas que el hombre no debe humillarse ante el hombre y debe luchar por lo que es justo, sobre todo cuando ya se ha ofrecido amor y éste no es correspondido o es defraudado. Y que este Jhain, a quien llamaban el hijo de Dios, estaba vivo al momento de su llegada, pues había salido a visitar a los otros pueblos jhaivas de la región, envuelto en su túnica blanca, descalzo, sin armas y seguido de un pequeño grupo de sacerdotes.       

No contaron finalmente que Jhain fue condenado a morir, luego de un juicio sumarísimo, en el que un castellano iletrado fungió de abogado defensor y el padre dominico de fiscal acusador, sin que el condenado entendiera palabra alguna ni pudiera defenderse de las acusaciones de conspiración, blasfemia y herejía. Contrariando las recomendaciones de la Audiencia del Cusco y las cédulas sobre entradas a este reino, que diera el virrey Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera.

Aquella vez la masa indígena, percibiendo la injusticia, se sublevó y alzó sus armas contra los peninsulares, introduciéndose al monte como manera de protección. Pero la decisión del capitán Diego de Peralta, por recomendación de uno de los lenguas, de cambiar la hoguera por la crucifixión a Jhain, contra la negativa del padre dominico y de muchos castellanos, calmó al gentío, que consideraba esta forma de muerte como un digno paso a la eternidad y una señal de respeto, que incluso el mismo Jhain tomó con incomprensible aceptación y gozo. Que era ésta una etnia muy dada a manifestar sus estados de ánimo.

Después de este hecho, del que los conjurados peninsulares decidieron no contar jamás, la masa sublevada volvió al pueblo con la promesa que no habría represalias contra ellos, y empezó a recibir con menor resistencia la nueva religión y el nuevo gobierno, que creció en importancia y poder, mientras iba disminuyendo la población, producto de las enfermedades y el desarraigo a que se les sometió luego de la creación de los obrajes y reducciones.  

Hasta inicios del siglo XIX se pudo apreciar aún, en el que fuera el poblado de Behanya, los restos de una iglesia construida sobre los cimientos del templo indígena, y a unos cuantos descendientes de nativos, que usaban algo similar a una sotana. Y podía escucharse aún que estos descendientes de los chanes, de vez en cuando confundían la palabra Jesús por la palabra Jhain. Y como ocurrió con muchos pueblos invadidos por españoles, cuando acudían al templo cristiano, en realidad le estaban rezando a sus ídolos, escondidos tras los santos y altares del culto oficial. A pesar de la intensa extirpación de idolatrías que el padre doctrinario Juan Gil de Palencia efectuara a mediados del siglo XVII.

Incluso los cuadros pintados por mestizos, en los que se ve a Cristo crucificado en los templos de la región se dice que tienen la cara de Jhain, y las leyendas nativas narran que el hijo de Dios resucito al tercer día y se fue hacia el levante, por donde habían venido los sacerdotes de Jhain muchos años atrás, cruzando el gran lago furioso, en un trono de madera y grandes lienzos de algodón, donde estaba pintado el futuro de la humanidad…

 


Sobre el autor

Carlos Rojas Sifuentes: Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Derecho en la Universidad de Lima, y una maestría en la Universidad Tecnológica del Perú. Trabaja en investigación y docencia universitaria, pero su principal oficio es escribir.

La Universidad de Lima imprimió sus primeros cuentos y poemas. Ha publicado un libro de cuentos: “Crónica de Híbridos”, en 1992, y un libro de historia del derecho: “La introducción del Derecho Occidental en el territorio andino central”, en 2003.

En el año 2018, el grupo literario español Poémame y la institución BARCELONACTUA, publicaron el poemario “Versos de Acogida” en favor de los refugiados, con un poema de su autoría. El año 2019 esa misma institución publicó uno de sus relatos en el libro “Estat Civil? Voluntari@”. Ese mismo año 2019, Cuenta Artes: Revista de Arte y Literatura, publicó un cuento del cual es autor.

Saturno crítico

Ágora, Ensayo

INTRODUCCIÓN

Este breve ensayo, de basamento contrafáctico, pretende distender la objetivación mitológica en los causes de la crítica bajo la acepción etimológica del vocablo κρινεῖν (separar, distinguir, juzgar, explicar). Por ende, el epíteto que matiza a la divinidad depone la veleidad gráfica para develar un órgano de pensamiento que, instrumentado frente a los óbices del pensamiento, permite la proliferación de propicios cuodlibetos. Con ello, procederemos a desglosar, con celeridad, seis apartados basados en  la Θεογονία y los Ἔργα καὶ Ἡμέραι de Hesíodo, que permitan esclarecer a Saturno como alusión de la faena crítica.

DESARROLLO

a) Su acepción como tiempo proveniente de gradaciones y síntesis del mito: La condición crónica permite  que el pensamiento crítico inquiera los ejes del contexto a tratar. Es decir, Saturno funge como ordenador temporal, siendo símil al discernimiento de ordenes categoriales y conceptuales en cuanto su referente estemático. Todo nodo debe ser cuestionado, tanto en sus constitutivos causales como en los epítetos atribuidos por parte de las ablaciones agenciales.  Se niega la a- temporalidad de cualquier proposición, así como la apreciación reflexiva de un periodo histórico; el primero implica el ingente desconocimiento de la factualidad, el segundo se inscribe en la especialización de un breve fragmento y la culminación de su ignorancia supina.

IMAGEN: ALDEGREVER, HEINRICH (1533) 

b) Como dios de la agricultura: En este apartado se asume la crítica como cultivación, en el sentido latino del vocablo, es decir: “colo est studium” (Forcellini, 1771, p. 691) [cultivar es estudio] [1]. Lo anterior remite a otra formalización verbal que contiene un uso intrínseco en faenas tanto agrarias como escolásticas[2], a saber, el término arar. Donde el tránsito del arado es símil a la objetivación gráfica, “stilo per ceram enim sulcus ducitur” (Forcellini, 1771, p. 631) [ya que el surco, mediante la péndola, es conducido por la cera] [3] . Así el pensamiento crítico asume su objetivación como praxis, tensando diacrónicamente el pretérito, el futuro-pasado y la prolepsis reflexionada con anterioridad. El escrito debe ser labrado en consumadas reiteraciones para obtener constitutivos rebosantes en su concreción, estratificando las ideas formalizadas por discernimiento de causa y no por una adscripción acrítica. 

imagen: Galle, Philips (1586) 

C) Castración de Urano (“ἀπὸ μήδεα πατρὸς ἐσσυμένως ἤμησε [ Hesíodo, 1978, p. 6]” [segó, con celeridad los genitales del padre]):  El acto de ablación, por parte de Saturno a su progenitor, implica la necesidad de deslindes enunciativos, sin adscribirse a determinado autor, doctrina, ideología o ismo. La comprensión metadiegética que se introduce en determinada diégesis no implica una apelación programática de la enunciación por parte del elemento adherido. Es decir, el estudio sistemático de temáticas o autores no es nunca una prescripción, sino que participa en la distensión del pensamiento crítico. 

d) El nacimiento de las Ἐρίνυες por el cruento miembro de Urano (“γείνατ᾽ Ἐρινῦς κρατερὰς” (Hesíodo, 1978, p. 7) [[Cronos] engendró a las impetuosas Erinias][4]): A modo de las Erinias, la ejecución del órgano crítico, respecto al objeto de estudio, implica una logomaquia[5] con los autores que trataron el asunto en cuestión. Tal como las divinidades ctónicas, se confrontan los discursos que son aceptados de forma acrítica, especialmente aquellos aspectos que mitigan el discernimiento, a causa de una relación imperativa entre el lugar de enunciación y los constitutivos objetuales que formalizan selenosis autorreferenciales. 

Jacopo, Giovani (1526)

e) Destronado por Júpiter (“κάρτει νικήσας πατέρα Κρόνον” (Hesíodo, 1978, p. 3) [habiendo vencido, por la fuerza, al padre Cronos] [6]) y su expulsión al Tártaro: La reflexividad crítica consiste en el reconocimiento de la parva definición, por parte del autor, frente a determinados agentes dialógicos, permitiendo trazar, con mayor detenimiento, el discurso enunciado. Por ende, la apodiosis no funge solamente en contraposición al referente dialógico, sino que apela, como palinodia, al centro diegético del pensamiento crítico.

f) La instrucción de los hombres en el Lacio, por parte de la divinidad, como rememoración de la edad de oro mediante las saturnales (“οἳ μὲν ἐπὶ Κρόνου ἦσαν, ὅτ᾽ οὐρανῷ ἐμβασίλευεν: ὥστε θεοὶ” (Hesíodo, 1979, p. 111)[En el época de Cronos, cuando regía en el cielo, los [hombres áureos] yacían como dioses][7]: El basamento crítico es un órgano radical que exige al autognosta una remisión iterativa a las fuentes vetustas. A su vez, la ínclita anfoteroglosa apercibe la mono – referencialidad como baladí del pensamiento, exigiendo una amplificación del protogono conceptual .

Matham, Jacob (1597)

CONCLUSIONES

En conclusión, se considera a la crítica como un juicio constituido entre gradaciones de diversa índole, tal sea el caso de los presupuestos del hiperónimo en cuanto las relaciones hiponómicas, o “la aplicación de métodos específicos (ya históricos, […], ya formales)” (Reyes, 1997, p.18) en la investigación a tratar.  De ello, la limitación en el uso del ὄργανον crítico radica en la indeterminación de los conceptos, la reiterada anfibología, la indefinición de los géneros, la abulia racional y el estudio de bagatelas. De esta forma, “los contenidos objetivos importan a otras ciencias que se constituyan como conjuntos de conceptos llenos de contenido, de ninguna manera vacíos” (Serrano, 2003, p. 28) o meramente formales. Así, la concreción crítica no esta sujeta a la configuración, prescrita con anterioridad, sino que es un instrumento que trastoca tanto los constitutivos gnoseológicos como los matices gráficos. 

 

NOTAS


[1] Traducción del autor

[2] En el sentido etimológico

[3] Traducción del autor

[4] Traducción del autor

[5] Vocablo remitido a su etimología y no a su condición peyorativa.

[6] Traducción del autor

[7] Traducción del autor

 

REFERENCIAS

Forcellini (1771) Totius latinitatis lexicon. Patavii: Typis seminarii

Hesíodo (1979) Los trabajos y los días. México: UNAM / Bibliotheca scriptorum graecorum et romanorum mexicana. 

Hesíodo (1978) Teogonía. México: UNAM / Bibliotheca scriptorum graecorum et romanorum mexicana. 

Reyes, Alfonso (1997) Obras Completas de Alfonso Reyes (XIII). México: FCE

Serrano, Jorge, (2003) Pensamiento y Concepto. México: Editorial Trillas

 

SOBRE EL AUTOR

Vidzu Morales Huitzil: Mexicano. Doctorando en la FFYL – BUAP / Literatura Hispanoamericana. Ha sido profesor de griego, latín y jeroglíficos egipcios en Studium Angelopolitanum, la BUAP, la UATX y el Archivo General del Estado de Puebla. Miembro pleno de la Red Latinoamericana de Filosofía Medieval  y condiscípulo en Vivarium Novum (Italia) / Caelum (España) 

 

Fundación Perséfone

Relato

Orfeo era un músico amateur y atelier, que vivía en una pequeña casa a las afueras de la gran ciudad de New Hades, en el año 20XX. Nunca acostumbrado a la vida en la ciudad, se había retirado con su pareja Eurídice a los suburbios. Hacía unos años se habían conocido en un festival de otoño organizado por la escuela local, en la que habían invitado a distintos artistas de la localidad, a la que él no habría de faltar. Subió y tocó en su guitarra una clásica canción, no pudiendo mantener su concentración en las notas, pues su mente se desviaba a intentar encontrar la voz que su canción coraba. Tocó una canción, y otra, y exhausto por los sentimientos que tal voz le producía, se detuvo a secas en el medio de un punteo, para pedir por los micrófonos ayuda, rompiendo el trance que había producido por su música.

― Tengo que vocalizar una queja –dijo, llamando la atención de todos los que estaban allí―. No puedo continuar este concierto sin la increíble voz que todos estamos escuchando… así que, si me hace los honores de subir a acompañarme….

Orfeo encontró con su mirada a una joven alta, de vestido ámbar, rodeada de niños con uniformes escolares, a quien el color rojizo había llegado a sus mejillas. Imprimió seguridad a su estado dando un paso al frente, tras la seña que el artista con la guitarra le había hecho con la mirada.

La rutina era apacible en aquella casa. Orfeo trabajaba, componía y arreglaba instrumentos mientras Eurídice trabajaba en el colegio los días de semana; excepto los viernes, cuando los alumnos de Eurídice veían llegar en bicicleta a pie al “profe de música”. Sin embargo, lo que más amaba Orfeo era los fines de semana, cuando con su pareja se retiraba al atelier del fondo, y componían música juntos.

Un sábado, en el que Eurídice había salido para buscar algo que tomar, Orfeo se extrañó al notar que su amada demoraba en su regreso. Empezó a sentirse nervioso, y, cuando el tiempo había excedido lo lógico y su cuerpo empezó a transmitir malas vibras, salió a buscarla.

Vio luces azules asomarse a su tranquilo paraje y nervioso empezó a correr.

Meses más tarde, Orfeo se dirigía a aquel lugar que había evitado por mucho tiempo. Triste, y melancólico, caminaba hacia a un juzgado a declarar en el caso de un homicidio en ocasión de robo. Habían encontrado al culpable, pero Orfeo no sentía nada por ello. Ni un deseo de justicia, ni alegría por saber la verdad, le habían robado a la persona más importante en su vida por papeles de colores. Él sólo iba a cumplir con su deber cuando una mujer se atravesó en su camino con un folleto.

― ¿Ha oído hablar de la Fundación Perséfone?

Orfeo la miró extrañada.

― Yo soy miembro de la Fundación Perséfone. Ayudamos a cumplir sueños, y bueno, mucha gente quería que le ayudáramos con el suyo. Usted es Orfeo, ¿verdad?

― ¿Quién lo pregunta?

― Mi nombre es Recatón. Soy una miembro de la Fundación. Mucha gente oyó su historia, por las noticias, no sé si sabía.

― No, no tengo idea.

― Bueno, esa gente y nosotros queremos ayudar a… inmortalizar a su esposa. Sabemos que nunca pudieron publicar lo que componían. Tenemos aliados en empresas de música, disqueras, incluso algunos cantantes famosos querían formar parte…

La impetuosa joven le entregó un panfleto llamado “Proyecto Eurídice”, y Orfeo lo guardó cuidadosamente en su bolsillo, su mente divagando por música más alegre que la banda sonora de los últimos días. Música nostálgica, y solemne, pero alegre, y no pudo evitar que una sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, llegará a su rostro.

 


Sobre el autor.

Matias German Rodriguez Romero. Estudiante, bibliófilo y cinéfilo, obsesionado por la auto superación y por la búsqueda de nuevas experiencias, acompañado por las letras desde los cuatro, receptor de reseñas y sugerencias por mis colaterales que comparten este mismo amor por el género literario y cinematográfico, en todos sus estilos y formatos.  Mis escritos son una suerte de ventana a quien soy como persona, lo que me hace ser yo; el resultado de atreverme a soltar los libros y tomar la pluma.

Makeda, reina de Saba

Relato

Makeda se ha despertado de una siesta de espuma de mar. Tiene el cabello revuelto por las olas del ensueño y en sus oídos aún siente rubor de aguas profundas. Baja las plantas hasta las baldosas gélidas del suelo de la alcoba y se estremece al incorporarse: sus pies parecen todavía cubiertos por la arena acuosa del fondo marino y sus músculos no responden al oxígeno del aire, entumecidos a la espera de la libertad de los océanos. Llega hasta el baño y la sacude un hastío aniñado, vigoroso, con vida propia: las órdenes de mamá no se han cumplido y sabe que habrá consecuencias, pero como no pretende corromper el presente con huracanes de futuro, se mira en el espejo y busca a Afrodita, como cada vez. La acaba de ver en la narcosis añil de la siesta y ha vuelto a desaparecer, como cada vez. Indaga en sus pupilas de tinieblas, en el reflejo de su tez morena, pero nada, Afrodita ya no está, como cada vez.

Adís Abeba refulge por encima de los matorrales secos y del verdegal de copas de árbol. Makeda sabe que esa ciudad no es más que un invento y la mira a través de la ventana con la mirada tramposa de los que han aprendido a distinguir algo de luz entre las sombras. Una existencia consagrada a una ventana, a la espera interminable de un hombre, como Penélope. Pero ella no quiere ser Penélope: ella quiere ser Afrodita. Lo recuerda y con el ánimo enloquecido vuelve al espejo del baño y agarra el bote de maquillaje con fuerza de tormenta de verano. Dos dedos en el bote, ahora tres, los que sean necesarios para embadurnarse toda la cara y hacerse mayor. Afrodita no tuvo infancia y por eso ella no quiere la suya, no le sirve. Si por ella fuese, la pondría a la venta en el Merkato de la ciudad entre patatas y berbere, al mejor postor. O se la daría a alguna anciana de esas que siempre andan pesarosas y que envidian su niñez con lamentos inagotables cada vez que la miran. Sí, se la daría a ellas para que se pusieran alegres y la dejaran tranquila de una vez por todas.

Makeda se pasa los tres dedos por la frente, luego por la mejilla izquierda y luego por la derecha. Lo hace con parsimonia, con ese regusto que deja hacer lo que a uno le apetece hacer. Y a ella, claro, lo que le apetece es convertirse en Afrodita y confesar que, de todos sus amores, Ares es el favorito porque es el más valiente y eso le recuerda a papá, a quien esperaba en la ventana. Pensar en él en ese momento le parece un infortunio, con esas tres tildes de maquillaje acentuando su rostro, como si fuera uno de esos indios de las películas americanas, pero le ha brotado en la mente como una cala blanca y ya no hay manera de sacárselo de allí. Papá regresará un día, eso es lo que mamá siempre dice, y entonces todo será como antes. Makeda no sabe si quiere que todo sea o no como antes porque no tiene recuerdos de aquellos entonces. Para ella, no son más que una quimera oceánica, como lo son los sueños.

Utiliza ahora la palma de su mano al completo. Sabe que el resultado de su rostro cubierto de nácar es la razón por la que mamá no permite que la acompañe a comprar, pero esa es una decisión que ya ha tomado. El maquillaje es fresco primero, cuando baña con él sus pómulos, pero su piel es rauda y lo caldea con velocidad de guepardo. Ya está casi lista y toma con la otra mano su foto predilecta, la de esa Afrodita que encontraron en un volcán llamado Milo y que ahora vive en París. Tan lejos. Escudriña su rostro de mármol y siente un escalofrío. Ella siempre vuelve. Se mira en el espejo, comprueba los detalles: Afrodita renace y las entrañas se le agitan por la impresión. No le dura mucho. Un golpe seco acaba con su presente: mamá ha regresado y ella tiene la casa y el rostro sucios. El futuro trae un huracán. Le parece curioso que, aunque ella ya lo sabía, eso no le hace sentir mejor, y entonces vuelve a convencerse de que no existe cosa mejor que el presente.

Mamá entra en la sala primero y Makeda se petrifica. Quiere sentir miedo, pero no lo consigue: así, inmóvil, es más Afrodita que nunca. Más incluso que en sus sueños. Minutos de desconcierto y cavilaciones salvajes resbalan por su cuerpo estático hasta que mamá entra en el baño y da un brinco colérico. No está contenta, pero esto era lo que Makeda ya sabía. La escasez de sorpresas de la vida es lo que le lleva a evadirse entre los nimbos mullidos del Olimpo, pero mamá eso no lo quiere entender.

Con los brazos en jarra y los ojos de vidrio, inicia su rosario de reproches en una regañina infinita que comenzó en algún momento que Makeda ya no recuerda y que terminará en ese futuro al que voltea la cara. Vuelve a recriminar que se ande cubriendo el azabache de su piel con esos polvos. Dice que parece un disfraz de mujer blanca y a Makeda todo esto le parece una bobada: ¿para qué iba a querer ella ser una mujer blanca y nada más, si ella lo que quiere es ser una diosa de mármol? Pero mamá continúa irritada y habla de asuntos que ella no entiende, de cosas que va a decir la gente si la ve convertida en Afrodita. Makeda no sabe de quién habla. Las niñas de la escuela saben que ella se convierte en diosa algunas veces y las ancianas de al lado serán un alborozo de alegrías cuando vaya y les regale su infancia toda entera. No encuentra el problema, por más que lo busca, pero no le gusta ver a mamá así, por lo que guiña el ojo a la Afrodita del espejo y comienza a retirarse el maquillaje.

Cuando el semblante regresa al que le obligan a pensar que es su estado natural, Makeda se encamina hacia la sala, donde mamá la está esperando con la sonrisa lozana de los buenos momentos. Extiende sus brazos largos para que puedan fundirse en uno de esos abrazos que ellas se regalan en todos los ocasos, cuando los rayos del sol se guarecen de la hojarasca tras la ventana. Es su premio por haber superado un día más y Makeda corre a recibirlo. Después de tocar a Afrodita en sus sueños, ese es su momento favorito del día. Mamá siempre huele a rosas de seda y sabe que su aroma acariciará su piel durante toda la noche.

Se separan un momento, pero permanecen sentadas muy juntas, la una al lado de la otra. Mamá quiere contarle un secreto y ella atiende con los ojos tan abiertos como dos lunas. Dice que su nombre esconde un misterio más hermoso que Afrodita y ella duda, pues no hay nada más hermoso, pero escucha con atención porque mamá es más sabia que cualquier otra mujer que haya conocido. Ella es mamá y no hay nadie más así.

Narra que su nombre perteneció millones de atardeceres atrás a una monarca antigua que gobernaba las tierras donde ellas ahora viven: la reina de Saba, una soberana poderosa que se casó con un rey del lejano Jerusalén llamado Salomón, con quien tuvo un hijo que regresó a esas mismas tierras para también reinar en ellas. Makeda tiene nombre de realeza y ella nunca lo había sabido. Se emociona y tiembla en deseos por conocer a esa mujer de Saba en sus próximos sueños, por renacerla. Así lo comparte rauda con mamá, que se pone bien contenta y le asegura que, como para eso no hará falta maquillaje, podrá entonces acompañarla al mercado cuando se convierta en reina, tras las siestas, si así lo quiere.

Makeda no comprende bien el mundo, por lo que asiente y acepta el trato sin rechistar: ser la reina de Saba dentro de la casa y también en el Merkato para que esa gente que tanto preocupa a mamá no se revuelva en enojos.

En silencio, sin embargo, jura por los dioses que Afrodita vivirá en su interior con o sin maquillaje, pues nada tiene que ver para ella el color de su rostro con esparcir la belleza por el mundo y se marcha a la cama envuelta en un sedoso perfume de rosas, como cada vez.

 


Sobre el autor.

Luis López Galán (Talavera de la Reina, España), es un autor que mezcla sus dos pasiones, la literatura y los viajes, en la mayor parte de sus publicaciones. En el pasado, ha publicado una guía de viajes sobre Isla Mauricio, publicada por la Editorial Ecos Travel Books, ha participado en guías de negocios sobre países como Zambia y Rwanda y ha colaborado con artículos en medios como Travel National Geographic, Matador Network o la Revista Buen Viaje. Además, ha publicado una novela corta, ‘Los ojos de Jawara’, que transcurre entre Senegal y Madrid.

Microficciones

Relato

HISTORIA DEL REINO, DEL VIRREINO, DEL REY, DE LA REINA, DE LA DUQUESA Y DE TODO LO QUE SIGUE

Cuenta la leyenda (y todas las leyenda son puro cuento) que el rey (que no es el de España) al pasar por aquí (pero de este lado) se quedó tan impresionado (pero de los bien impresionado) que dijo (hubo testigos) que por estos lares iba a fundar un virreino (un reino de segunda mano) y que en los primeros tiempos (es decir cuando lo creara) mandaría a la reina a gobernarlo.

La leyenda sigue más o menos como ya la conocemos pero lo que no dice la historia (y eso sí que ahora se ha comprobado) es que aquel rey lo que quería era sacarse la reina de encima porque (también se ha comprobado) parece que le gustaba la duquesa de al lado (del otro lado de su reino) y la duquesa ya lo tenía enduquesado. El asunto es que después, todo sigue como lo sabemos. Y ya sabemos que lo que sigue es una leyenda. Y las leyendas, como ya sabemos, son puro cuento.

JUEGOS DE SALÓN

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo, hastiadas de conversaciones de salón, decidieron extender las fronteras y enviaron comunicados a los más diversos reinos. Las respuestas no se dejaron esperar. De diversas regiones comenzaron a llegar delegaciones portadoras de propuestas. Cada postulante, a la noble usanza, hizo llegar su iluminado retrato. Los hubo de muy diversas confecciones pero todos respetaron las indicaciones de ser tamaño natural. Los más osados agregaron presentes personales como fue el caso de arcones portadores de mechones de cabellos, manitos de nácar, prendas íntimas abundantes de lazos y hasta se recibió un lunar extirpado.

Seis meses duró la exposición de retratos en las salas dispuestas para la evaluación. Guillermina y Fermina pasábanse las tardes en inquisitorios conciliábulos colocando cada propuesta bajo las más variadas luces examinadoras. Seis meses intensos llevó la regia decisión.

Las propuestas eran interesantes pero el futuro se preveía aburrido. Se reunió a los más aptos de los artistas del reino y se confeccionaron copias manuables de cada postulante. Cerrada la decisión, todos los retratos fueron arrumbados en el caserón anexo al palacio y las copias manuables se convirtieron en barajas.

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo pasan las tardes en entretenidas mesas de juego.

PEDRO, EL SEÑALADO

Venían caminando cuando uno de los más apuestos caballeros, señalando hacia el horizonte cercano, dice: sobre esa roca podríamos edificar un nuevo emblema para los hombres. El más pequeño, el casi silencioso caballero de la izquierda sonríe y, señalando a uno de sus compañeros, dice: Señor, si por roca se necesita, podríamos edificar el nuevo emblema sobre él. Y me señala con su índice.


Sobre el autor.

Ricardo Bugarín. (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural.

Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en el género de la Microficción: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) ,  “Inés se turba sola” (Macedonia,  Buenos Aires,2015),  “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile,  2016), “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017)  y “Anecdotario” (Quarks,Perú,2020).

Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Integra las ediciones:  “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina);  “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minifición Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México), las reediciones de “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” realizadas por el Gobierno de Mendoza (2018) y “La mirada del cóndor”, Microficciones mendocinas (Mendoza, 2018); “Hokusai. Antología de Microrrelatos” (Santiago de Chile, 2018) y “Los pescadores de perlas. Antología de microrrelatos de Quimera” (Barcelona, 2019).


Ilustración: Collage / Mixta de Sebastián Chillemi

Quetzalcóatl: El dios de maíz

Relato

“Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo.

Y aconteció que estando ellos en el campo,

Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató”

(Gén.4:8. RVR. 1960)

 

Pulque le dieron a la serpiente emplumada ¡Qué vergüenza y qué deshonra ver a un dios ebrio! Los timos no son solo para los mortales, dicen algunos historiadores y estudiosos del mito; pero tampoco la envidia, el engaño o las emociones humanas.

En el monte Coatepec, las voces seguían perforando al desventurado Quetzalcóatl: copiosas y estridentes por ratos o como gorjeos de las aves; diluidas entre las sombras de los árboles y, otras, como el ronroneo que dormita estático en el cielo después de un destello. Frecuencias acusadoras nacidas de las propias entrañas inflexibles de nuestro dios cuasi perfecto.

Tiempo atrás, la serpiente emplumada había caído con los huesos más preciados que antes fueran tesoro de su padre. Tuvo la desdicha de pulverizarlos contra el suelo y que esto le costara su propio aliento. “De aquí los verdaderos hombres: del polvo de los huesos y la sangre de mi propio miembro”. Lo trascendente emerge entre el dolor y de la vergüenza del autoflagelo, Quetzalcóatl añade a este pensamiento que el origen del hombre, y para que este se precie de serlo, tendrá como ingredientes sus huesos rotos y, también, su propio sufrimiento.

Tonacatecuhtli lo ve todo con agrado desde la eternidad de su morada. Allá donde nada gravita.  Había estado distante y un tanto escéptico, pero, ahora, el gran señor y padre de la serpiente emplumada, no puede eludir que su hijo, quien había nacido en medio de tan solo un soplido, sea quien esté tomando las riendas al ejecutar sus propios designios. ¡Cuánto se regocija en silencio Tonacatecuhtli! ¡Cuánto de *amor y complacencia siente por su hijo!

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*Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. (Mateo 3:17. Reina-Valera 1960).

Quetzalcóatl sigue en sus propias cavilaciones. Ha garabateado el bien y lo ha ejecutado incesantemente. Nada se le escapa a nuestro príncipe Mesoamericano. Nadie se lo ha pedido entre los dioses, pero tampoco requirió instrucción alguna para ser modelo.

Un día transita, vestido de hormiga negra, hasta el Monte de los Sustentos para traer consigo el maíz multicolor y, al otro, funda la ciudad de Tula.

Héroe y civilizador, guerrero o ¡lucero de la mañana! esas son algunas alabanzas que diariamente recibe a gusto y con el pecho henchido, la serpiente emplumada.

Pero su suerte ya da con el hastío de alguno entre sus 1600 dioses hermanos, sí, uno que piensa que Quetzalcóatl no merece tomar la batuta en todo cuanto se dice o se hace, y quien cree que ya son suficientes elogios tras haber dado muerte a Cipactli. Y  así, su hermano Tezcatlipoca, cegado por el coraje de no ver su pierna —carnada y sacrificio que sirviera para dar caza a esta criatura oceánica mitad cocodrilo y mitad pez—, se dirige ennegrecido a los otros dioses desde el escozor  de sus propias pataletas: “Yo digo que vayamos a darle su cuerpo a ese… a ese… incorruptible y buen dios que se entrega diariamente a las reflexiones y  las buenas acciones, y a la vida espiritual del sacerdocio que hace pregonar como suya, entre todos los hombres”.

La serpiente emplumada recuerda, con su mirada turbia hacia el horizonte, la vez que entre varios dioses le sugirieron hacer sacrificio humano de aquellos que él mismo había moldeado.  Masculla un “No” en su boca. Ahora permite que la abertura de sus labios suelte el enérgico “¡No!”. Todo lo ve vago, delineado a ratos con fuertes trazos dominantes, pero difuso se pierde entre cada zancada hacia su pueblo. Todo es agua revuelta y colorida que escurre podrida a través de sus ojos: una acuarela amarga. ¡Qué vergüenza, Quetzalcóatl, y cuánta deshonra saber a un dios ebrio de pulque y, luego, echado en el lecho amatorio con su propia hermana!

El místico dios, hacía mucho que había descendido a los nueve planos del inframundo. Pero hoy, recuerda la vez que estuvo pidiendo a Mictlantecuhtli los huesos dados por su padre para forjar a esos nuevos hombres: los suyos. Puesto a prueba fue contra cerros vibrantes en el interior de la tierra, corrió aprisa y esquivó las piedras que caían contra su ser, a la vez que rehuyó de enormes fieras que tenían por costumbre alimentarse de corazones vivos.

¡Quetzalcóatl, despierta! ¡Esos huesos son tuyos, vos los pagaste con tu propia vida! Los ecos le arremolinan la caracola de su oreja. Mueve su cabeza buscando una respuesta en alguna parte del cosmos… en el sabor del pulque. “¿Qué querés de mí, Tonacatecuhtli? ¿Y ahora qué hago ante esta deshonra que he perpetrado?”

Apenas ayer, la serpiente emplumada estuvo enferma; pero un hombre de pelo canoso y sonrisa bonachona lo envolvió en sus tretas hasta darle el remedio…

—Tomala, Quetzalcóatl nuestro, y ya verás que te sentirás mejor.

—No, esto es normal que lo padezca, yo ya estoy viejo y endeble.

—Pero andá, bebé y no seás persistente, señor bueno, y ya verás que te sentirás mejor con el beso de la aurora en tu frente.

—Bueno, acepto un trago, noble anciano, pero advertido que con solo una medida tendré más que suficiente.

Y bebió… y bebió… una tras otra medida hasta las cuatro, y su sangre se hizo de pulque, y su ser se hizo pulque amargo y no dulce hasta que sus pies reptaron confundidos de izquierda a derecha, y volvió el vigor; pero con él sendos apetitos que antes no conocía.

“Estoy muy enfermo

por todas partes,

en ninguna parte están

bien mis brazos o mis pies;

bien desmayado está mi cuerpo,

así como que se deshace”.

Quetzalcóatl anduvo el pueblo con su mirada marañosa y pies abatidos. Hizo destrozos en todo lo habido y profirió, entre su raza, palabras injuriosas quebrantando, de este modo, las normas que él mismo había dictado. Cuánto desea, ahora, esconderse de Tula; pero no halla cómo ni dónde… no encuentra razón ni excusa.  No es digno para su pueblo y mucho menos lo es del lugar que ocupa. Llora, la serpiente emplumada, y por sobre la montaña que pisa da su último vistazo. Coatepec lo ve partir. Se echa en su barca y entre las aguas toma rumbo hacia el horizonte justo a la salida del sol. La serpiente emplumada se difumina entre los tonos ambarinos hasta transformarse en la estrella más brillante.

***

—¿Lo creerán, ustedes? —dijo Tezcatlipoca a sus hermanos y con una sonrisa en el rostro—. A Quetzalcóatl lo arruinó su propio corazón.

—¿Nos decís, entonces, que fuiste vos quien se disfrazó de aquel noble anciano a quien todos en el pueblo ahora buscan?

—Sí, mas lo cierto es que mi cántaro no contenía más que agua, ya que el pulque del desenfreno fermentaba en su propio corazón hasta entonces inquebrantable.

—Nadie es tan bueno para siempre.

—Verdaderamente, nadie lo es…


Sobre el autor.

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela.

Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

Hijas de Forcis

Poesía

Un solo ojo.

Un solo diente.

Y sueños que soñar por turnos.

Temor, Horror y Alarma

relevan su vigilia compartida.

La esfera ocular encaja en sus cuencas

y arrastra a la consciencia a aquella que la porte.

Calcio, fósforo y magnesio

con forma de incisivo

e incisivas palabras surgen de sus fauces deformadas por los siglos.

Sus carnes amorfas brotaron ya viejas del vientre de Ceto

y anegadas por aquel sulfúrico líquido amniótico

forjaron sus ácidas personalidades de naturaleza cáustica

hasta hacerse Grayas.

Un solo ojo.

Un solo diente.

Y una vasta sabiduría común.

Sus lenguas retorcidas beben a morro de la dilatada fuente del conocimiento

y en sus paseos con Morfeo

se amamantan de las ubres del fruto de la ciencia

y la cognición futura.

Sin embargo

sus secretos

duermen silentes en la anonimia de su pasar discreto

y esperan en el eco del recuerdo

el encuentro

con algún incauto héroe que ose preturbarlas

y hacer

de su diente

de su ojo

y su tóxico consejo

herramientas inclementes para vencer a Medusa.

 


Sobre el autor.

Fernando Antolín Morales ha estudiado Matemáticas y Filología Hispánica. Durante los dos últimos años ha organizado un recital de poesía en español en la ciudad de Nitra, Eslovaquia, lo que lo ha animado a dar a conocer su obra. En los próximos meses se publicará su primer poemario La esfinge del pino, actualmente en proceso de edición. Durante este 2020, ha sido galardonado como Semifinalista por su poemario Ganzúas para descerrajar tu desdén en el concurso internacional de poesía “Gonzalo Rojas Pizarro” y como Ganador en el XII Certamen Internacional de Poesía Fantástica “miNatura”, así como con una Mención Especial por su texto teatral Te invito a tu muerte en los VI Premios de Textos de Teatro “Carro de Baco”.

Diferentes, casi hermanos

Poesía

Sobre el cerro Chalbaud nació Orinoco

sus pasos despiertos sobre un cauce gigante,

su piel amarilla, su sangre de fuego,

reflejo de indios, guardián de secretos.

 

Nació Caroní sobre el Kukenan

su piel oscura, los pies descalzos y fríos,

amaba la jungla, la Gran Sabana, la lluvia.

 

Orinoco y Caroní se encontraron

no se dieron la mano, no se saludaron

demasiadas diferencias

si bien casi hermanos.

 

Forzados por años a caminar el mismo sendero

se cuentan sus penas, sus sueños y afectos

se dan cuenta entonces que ninguno es perfecto.

 

Se abrazan contentos los compañeros de viaje

se funden en uno… se alejan unidos

a recorrer el océano

a dar la vuelta al mundo.

 


Sobre la autora.

Katty Soraya Resplandor. Diplomada en Ingeniero en Informática, en la Universidad Experimental de Guayana (Venezuela).  Cursos de: Calidad De Servicio, Atención Al Cliente, Motivación Al Suceso, Comunicación, Relaciones Interpersonales, Presentar-Impactar-Facilitar, Mejoramiento De La Expresión, Oratoria, Control Del Pensamiento, Storytelling, Fundamentos De La Escritura en español, Escritura Creativa.

Autora de una recopilación de poemas escritas en español y traducidas en italiano con el titulo “El Primer Encuentro – Il Primo Incontro” y publicada como un e-book.

Forma parte de la Red Mundial de Escritores en español (REMES) y del Movimiento Poetas del Mundo.

  • Galardonada con el Premio Literario Internacional “Europa” XIV Edición. El prestigioso premio, patrocinado por la Universidad de la Paz de la Suiza Italiana en colaboración con la Universum Academia de Lugano (Suiza), ha otorgado el quinto lugar a la poesía “No Deben ser Normales” en la sección – La Paz y Los Derechos Humanos -. 2013

 

  • Finalista del concurso: “I Antología Internacional de Poesía Contemporánea” organizado por la Asociación de Estudios Universitarios, Santiago de Compostela, España. 2013

 

  • Reconocimiento especial a la poesía “Esperando Estoy” en el Concurso: “Hagamos arte con palabras” organizado de la Galeria Art Emporium de Miami, E.E.U.U. 2016.

 

  • Premio “Mejor Escritora Extranjera” en el 25 Premio Nacional de Poesía Inedita “Ossi de Seppia” organizado por el Ayuntamiento de Taggia, Italia 2019

Participante en los eventos:

  • “Recital por Venezuela”, Milán (Italia 2019)
  • Poetas Unidos por Venezuela”, Milán (Italia 2018)
  •  “Poetry Slam”, Alserio (Italia, 2016)
  • Profundo Rosa, Las Mujeres se Describen”, Alserio (Italia, 2015)
  • Homenaje A La Mujer De Colombia – Contra La Guerra Y Por La Paz”. Organizado por la Cooperativa Nacional de la Palabra (CONPALABRA), Barranquilla, (Colombia, 2013)
  • ” La Fiesta de los Pueblos”, Ponte Lambro (Italia, 2008)

*Participante en las siguientes antologías de poesía:  

Poetas Unidos por Venezuela (Editore Borella, 2018), Venezuela en la Distancia (2017), Il Federiciano (Editore Aletti, 2016).

Tres Hermanicas Eran

Relato

‘Tres hermanicas eran, blancas de roz, Ay ramas de flor!

tres hermanicas eran, tres hermanicas son’[1]

 

Las tres damas llegaron sin nada consigo, ni bultos, ni paños, ni casi palabras.

Ya que las que tenían, nadie podía entenderlas.

Llegaron arropadas de su nobleza, enmarcadas en la forma de los ojos,

almendrados.

Y por cierto llegaron con los bolsillos vacíos.

Menos una llave.

Tal que la gente del pueblo le atribuía algo misterioso a las tres, incluso alguien afirmaba con cierta persuasión, que procedían de un cuento de la Biblia, siendo tan judíos sus nombres.

Sea como fuese, llegaron y se quedaron.

‘En medio del camino un castillo le fraguó

de piedra menudita y laja alrededor’

 

Encerradas, pasaban los días rememorando sus antepasados, sus riquezas desperdiciadas, su tierra sobre todo.

Y soñando en esa tierra perdida.

Así que solamente en los días de mistral se le podía notar algún aliento de vida, en aquella casa donde habitaban.

Las dos hermanas mayores se escondían, cuando el techo parecía escaparse, mientras que la joven iba corriendo por todos lados, intentando cerrar ventanas y puertas.

Una lucha impar con muy pocas armas, debido a la débil madera de los marcos.

Ya que el viento, como huésped sin invitación, entraba por los portillos líberos de cristales, desde hacía años ya.

Y por despecho le tiraba el pelo hacia arriba, casi por llevárselo en su viaje de aire.

A la pequeña solamente.

Porque a las demás ya las dejaba en paz, con sus melenas bien recogidas bajo el broche del siglo XVI.

‘Ventanas hizo altas porque no suba varón’

 

Odiaba al viento, la joven, pero aguantaba las ráfagas con resignación.

La misma de cada día.

Aunque morando en aquella tierra cien años, siempre le recordaría que no le pertenecía.

Por tanto, las damas vivían alejadas de los demás, con la única preocupación

de cuidar lo poco que tenían.

¿Y que tenían?

Dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La llave.

Guardada en un lienzo de seda.

Rodeado por los cuatro costados, de un lazo verde.

Empaquetado en un papel polvoriento, en el que apenas se leían los letreros, si

alguna vez había tenido.

Muy antigua la llave.

Aunque ni se sabía que iba abrir, porque tres puertas tenía la casa.

Tres, una para cada hermanica.

Pero la llave existía desde antes.

Y por cuanto hurgaban las tres en su memoria, no lograban recordar.

Una amnesia onírica se había apoderado de ellas.

En la duda, la cuidaban como si fuese de la puertecita de las hadas hiladoras.

Pero la llave seguía guardando su secreto.

Desde el lienzo de seda, rodeado de un lazo verde, en un papel polvoriento, dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La hermana chica, que era la más fuerte, se encargó de vigilar la llave.

‘Por allí pasó un caballero, tres besicos le dio.

En el besico de alcabo, la niña se despertó’

 

Con el caballero la dama chica por fin se casó.

Saliendo de su casa para empezar la vida de esposa, miraba atrás de su espalda, como si el pasado le quedase pegado a la sombra.

Entonces quiso ver por última vez la llave.

Ya el cortijo quedaba en silencio, como abandonado.

Subió la escalera crujiente, alcanzó la habitación y la cajita de la mesilla de noche, el lienzo de seda, rodeado por los cuatro costados de un lazo verde, en un papel polvoriento.

Y al abrirlo, un torbellino con perfume de jazmines la envolvió toda.

Pero la llave no estaba.

Así la dama reconoció el único recuerdo inestimable.

El perfume de su tierra perdida.

España.

[1] Canción sefardí.


Sobre la autora.

Tiziana Palandrani. Nacida en Cerdeña (Italia), es profesora y etnomusicóloga.

Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras y licenciada en Etnomusicología en el Conservatorio de Música de Sassari (ambas titulaciones cum laude).

Dedicada desde hace años a la investigación del material biográfico sobre Fryderyk Chopin; su ensayo sobre el compositor será editado en el 2020 por Brepols.

Desde el 2010 lleva a cabo una sistemática encuesta de campo en varios pueblos de Andalucía para estudiar las saetas y las evidencias musicales de la Semana Santa andaluza.

Ha presentado resultados y materiales de su búsqueda en diferentes convenios internacionales.

Se dedica también a la poesía y prosa en italiano, sardo y castellano; sus composiciones han sido premiadas en Italia y España.

En el 2019 su documental etnografico ‘Colmena mística’, dedicado a la polifonía de Montoro (Córdoba), resulta finalista en Italia en la «Rassegna internazionale Vittorio De Seta».