La leyenda de El Dorado por Ramon González Reverter

Relato

La leyenda de El Dorado

Cientos de miembros de una tribu del altiplano se reunieron a orillas del lago sagrado. Un murmullo recorrió la multitud mientras se realizaba la solemne ceremonia. El jefe fue despojado de sus vestiduras por varios ayudantes, embadurnado de arcilla y se le roció con polvo de oro hasta convertirlo en El Dorado. Luego fue conducido hasta una balsa, donde se le unieron otros caciques. Después de ser cuidadosamente cargada con ofrendas de oro y esmeraldas, se empujó la balsa hacia el lago Guatavita. Los cantos y la música reverberaron desde las cumbres vecinas conforme el ritual llegaba a su apogeo. Entonces se hizo el silencio más absoluto. Los caciques arrojaron las ofrendas a la laguna y luego el jefe se sumergió, surgiendo entre las aguas con el cuerpo limpio de su capa áurea. La música se reanudó hasta llegar a un nuevo crescendo en aquel remoto lago, oculto entre los valles cercanos. Ya fuese un hecho real o un simple mito, esa historia caló hondo entre los ávidos conquistadores. El Dorado entró en los anales del Nuevo Mundo y con el tiempo pasó de ser la leyenda de un rito tradicional al objetivo de los buscadores de tesoros.

Verano del 1534.

Una fila de soldados españoles encabezados por el capitán Diego Quesada se aventuró en el infinito verdor de la selva tropical del este, más allá de la cordillera andina. Cuanto más se adentraban, más densa se volvía la jungla en un entramado natural de troncos, lianas y enredaderas que crecían hasta ocultar el sol. A duras penas conseguían abrirse paso entre el follaje, por lo que aprovechaban las trochas seguidas desde antiguo por los animales para ir desde sus guaridas hasta los arroyos cercanos. Los recios soldados, embutidos en sus armaduras de metal, avanzaban en silencio, sufriendo con estoicismo el intenso calor y las picaduras de mosquitos. De vez en cuando el oficial hacía un alto para permitir un descanso a la maltrecha tropa y reponer fuerzas bebiendo y comiendo un poco de carne seca. Su determinación era inflexible. El propio Francisco Pizarro le había ordenado encarecidamente que localizara El Dorado aunque tuviera que recurrir a la violencia para conseguirlo.

La expedición, tras partir de las montañas peruanas, hacía más de un mes que padecía el infierno de la selva. Hasta que un día llegaron a un valle más abierto con flores exóticas y el sol luciendo sobre la foresta. Allí se encontraron con los muiscas, una primitiva tribu de indígenas armados con arcos y cerbatanas que arrojaban dardos venenosos. En un principio los nativos se acercaron con temor y respeto, pero el capitán Quesada supo ganarse su confianza entregándoles cuentas de vidrio y otras fruslerías. El trato cordial hizo surgir a las mujeres y niños de la aldea que permanecían ocultos. Los recién llegados fueron acogidos como amigos. El oficial quería confraternizar con los indios para arrancarles el secreto que escondían sus tierras. La armonía duró apenas una semana, pero durante ese período ambos pueblos convivieron en paz. Pasaban las horas aprendiendo unos de otros, ayudándose mutuamente y regodeándose con los presentes intercambiados. Si bien los nativos les ofrecían cuencos de arroz con trozos de cerdo, a cambio ellos les cedían espejos que hacían las delicias de grandes y pequeños, pero sobre todo de las mujeres del poblado. Siguieron aguardando y los aborígenes pronto empezaron a fiarse de los españoles y a mostrarles pequeños objetos de oro, que con cautela y esmero habían ocultado al principio. Aparecieron brazaletes, collares, figuras de culto y saquitos de cuero que algunos llevaban alrededor del cuello. Quesada intuía que pronto aquella jovial tribu compartiría con ellos la ubicación de la fuente de sus riquezas, sin verse obligado a ordenar un cruel derramamiento de sangre. No obstante, también intuía que la codicia de sus hombres desataría los problemas.

Un soldado de naturaleza brutal, que se había unido a la expedición para escapar del castigo por haber asesinado a una inocente chiquilla inca, ciego de ambición, una noche intentó embriagar a un anciano y dado que rehusaba explicar nada acerca de sus tesoros, acabó torturándolo. Cuando los miembros de la tribu descubrieron el cuerpo destrozado del viejo, atacaron a la adormilada tropa con saña y sin previo aviso. El asalto fue tan letal que los españoles perdieron una docena de soldados y la mayor parte de las armas de fuego. Los supervivientes se reagruparon en la espesura y se internaron en la floresta tratando de ocultarse. Se detuvieron a varias leguas junto a una laguna alimentada por un afluente del Amazonas. En aquella improvisada zona de reposo, el capitán Quesada se quitó el casco y se enjugó el sudor de la cara mientras se preguntaba si hacer frente a los indios o huir por el verde infinito de la selva tropical.

No podía imaginar hasta dónde llegaba la sandez de ciertos hombres que actúan movidos por la codicia. El atisbo de culpabilidad quedó enterrado bajo preocupaciones mucho más acuciantes. Aunque le atormentaba, ya no había vuelta atrás. Por mucho que le pesara, necesitaba a aquel bastardo para salir airoso del apuro. Ya ajustarían cuentas más tarde. Su despropósito había desencadenado la batalla contra los lugareños y su posterior huida por la jungla.

De pronto cesaron todos los ruidos de la noche, como si la selva hubiera enmudecido por arte de magia. Se oyó un chapoteo en las oscuras aguas de la laguna seguido por gritos de terror y varios disparos de pistola. El rugido fue similar al clamor de un demonio furibundo salido de una pesadilla. El bramido reverberó en la oscuridad y experimentaron un escalofrío que les heló la sangre y se llevarían hasta la tumba. De repente los gritos se cesaron con la misma velocidad con la que se habían producido. Los centinelas. Enseguida la noche recuperó su habitual sosiego. Poco después una ominosa figura emergió de las profundidades. Una criatura anfibia surgida del infierno acuático. Los escasos supervivientes contemplaban aterrorizados la laguna. La bestia rebasaba los dos metros y medio de altura, tenía el cuerpo recubierto de escamas, en el cuello poseía agallas y por la espalda corría una larga fila de espinas quitinosas. Sus poderosos brazos terminaban en manos palmeadas con dedos acabados en garras de veinte centímetros. Unas largas aletas surgían de sus brazos y unían sus tobillos a los pies. Dos grandes ojos destacaban en un rostro de tonalidad cenicienta. Aquel leviatán había aparecido entre las aguas iniciando un feroz asalto mutilando y segando vidas. El capitán Quesada reaccionó ordenando reanudar la partida hacia el oeste y abandonar aquel maldito lugar para siempre.

Un poco después, justo cuando emprendían el marcha, la noche estalló a su alrededor. En esa ocasión, la sanguinaria alimaña no los atacó desde el agua, sino desde la floresta. La oscuridad fue su aliada. El infierno se desató sobre los hombres apostados en la orilla. La escaramuza fue encarnizada. La criatura agarró al soldado que tenía más cerca, lo alzó en vilo y lo arrojó sobre los restantes miembros de la expedición como si fuera un muñeco de tela. Los españoles gritaban a medida que eran desgarrados por la enfurecida bestia. Otro hombre murió cuando las poderosas zarpas le rasgaron la cara y le atravesaron el peto. Las espadas refulgieron y sonaron varios tiros, quizás acertando a la fiera. Sin embargo el monstruo no se detuvo, sino que emitió un alarido de furia y redobló la brutalidad de su ataque. Los curtidos soldados caían como espigas de trigo segadas por una guadaña gigante. A raíz de la inusitada velocidad y violencia empleada, aquel espécimen del averno se comportaba como si fuera el guardián de aquel edén. Con ágiles movimientos Quesada desató las correas que ceñían la armadura y se la quitó para poder huir sin impedimento alguno, esperando que aquel demonio justiciero no fuera tras él. Emprendió una loca carrera por la jungla mientras oía el lamento de los moribundos. Achacaba sus males a lo que habían hecho a los muiscas. Consciente de su culpabilidad, rogaba por el perdón de sus pecados. Pasaron unos minutos hasta que se detuvo jadeante para recobrar el resuello. Agazapado pudo atisbar el leve fulgor del destrozado campamento junto a la laguna. Sentía un miedo atávico que le recorría las venas. Luego se escabulló en la espesura de la selva.

Dos meses después, el capitán Diego Quesada, único superviviente del grupo, llegó a la civilización. Estaba agotado, famélico y enfermo. Mientras examinaba sus heridas y atendía sus dolencias, un capellán escuchó su absurdo relato acerca del ataque de una diabólica criatura a la tropa y lo atribuyó a delirios de alguien que había perdido el juicio debido a las penalidades sufridas. Jadeando por el dolor y el cansancio, el agonizante oficial le confesó el secreto de la expedición y le confió una gruesa pepita de oro y un cuaderno de notas con un mapa del tesoro. Al límite de sus fuerzas, Quesada reclamó la extremaunción y murió. El cura se santiguó y creyendo que obraba según la voluntad del Señor, pues abrigaba la esperanza que no despertasen de nuevo la codicia de los exploradores, optó por esconder las pruebas evitando así masacres de indios como la de Cajamarca, perpetrada el año anterior por Pizarro y sus secuaces. Su misión consistiría en refrenar el afán de saqueo de los aventureros españoles por la avaricia que arraigaba en sus corazones. Aquellos objetos del legendario tesoro jamás volverían a ver la luz. Encubriría aquel asunto con un velo de silencio para impedir la infamia que se cebaba con los nativos desde la llegada de los conquistadores y dejaría que el mito de El Dorado cayera en el olvido. Nacería así uno de los grandes misterios del Nuevo Mundo con el fin de preservar aquel paraíso de la ambición de los hombres.


Sobre el autor

Ramon González Reverter tiene 62 años y hace poco se jubiló tras ejercer durante 36 años la ardua labor como maestro en un colegio público de Tarragona. Hace cinco lustros y debido a la pasión por la lectura, nació su afición por escribir. Lo que empezó como una simple diversión, con el tiempo se ha convertido en una auténtica vocación. El éxito en los primeros concursos le sirvió de estímulo para una mayor dedicación. Desde entonces, su producción literaria ha ido aumentando no sólo en cantidad sino en calidad, como avalan los 145 primeros premios y los 228 galardones de finalista en su currículum vitae.

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