Marilyn Batista Márquez aborda la violencia de género en su poemario «Insurrección»

“No hay dolor eterno. No hay temor infinito. No hay yugo perpetuo.

Resistan. ¡Levántense!”, Marilyn Batista Márquez

Por George “Maextro” Rodríguez Oteíza*

Setenta y nueve poemas, la mayoría breves historias cotidianas, dan forma a esta antología lírica que se constituye en un llamado militante a la insurrección, la tercera obra literaria de Marilyn Batista Márquez; su primer libro de poesía.

Este poemario se rebela contra la inmemorial opresión machista, el martirio que —confesado, por ejemplo, durante una tarde de café, incontables legiones de mujeres soportan en contextos de desigualdad, ya sea en entornos íntimos, domésticos, laborales o públicos— en el cotidiano cumplimiento de papeles patriarcalmente asignados y socialmente aceptados.

Esos roles generan insatisfacción y son causantes de la vaciedad evidenciada hasta en la fuerte imagen de la compradora quien, también en el supermercado, lleva a cabo el trabajo doméstico que fue impuesto a su género quizás antes de que la historia de la humanidad tuviese versión escrita.

Victimización de la mujer

Los poemas de esta secuencia caracterizados por su alejamiento intencionado de rima y metro —aunque con fluides melódica— trascienden lo lírico para constituirse, combinados, en una acción feminista que motiva a la reflexión al visibilizar situaciones, manifestar sentimientos, revelar angustias, al tiempo que intercala satisfacciones que, no por efímeras, dejan de ser intensas.

Entre los versos, figuran la invitación a un acompañamiento de pareja, la sensación vital que genera bailar y la esperanza de lo que supone el embarazo. Varios son los hilos conductores que dan secuencia a los relatos con forma de poesía cargada de fuerza y denuncia.

Se trata, en algunos casos, el ansia por romper vínculos tóxicos, y el sueño de libertad en equidad, claramente planteado en la breve narración sobre el albedrío, en la cual queda fotografiado lo injusto de los esquemas de poder, ante los cuales la opción de dormir sola se hace imperativa, y proyecta empoderamiento.

En otros poemas se muestra tal como es, la victimización de una mujer atrapada en una relación que se convirtió en una nociva realidad de sojuzgamiento, una dolorosa esclavitud que somete a la presa a una constante agonía.

También queda en evidencia cómo la sumisión, sin alternativa visible, obliga a soportar la devastadora comprobación de infidelidad cuando, mientras se cumple una de las poco valoradas tareas domésticas, queda en evidencia la sumisión al machismo, la resignación matrimonial, en el lavado de “las camisas con olor a otras, que tímidamente revelan formas labiales rojas”.

Sin importar dolores de alma, las tareas de ama del hogar son realizadas a lo largo de décadas, “limpiando culos y mocos, sin recibir un cinco, porque es su deber natural”.

Poemario denunciante

En otros momentos de este poemario denunciante, la violencia de género, la cobarde agresión física se hace presente como una realidad que el maquillaje no logra ocultar. A raíz de la cual surge, en angustiada paráfrasis, la pregunta sobre “¿qué es el amor, ausencia de odio, perdón constate, olvido estoico, abnegación compulsoria, libertad cautiva?”.

Ocurre, así, una reflexión íntima, un interrogarse a sí misma respecto a la razón por la cual se ama a alguien en particular, por encima —y a pesar— de agresiones cuyo rastro es imborrable, aunque se tiene la convicción de que cada golpe de puño conduce a la inevitable insurrección vencedora que humillará al agresor.

Es la rebelión —leitmotiv en esta intensa secuencia de poesía fuerte— que busca libertad, afirma identidad, genera poder de decisión.

La sublevación, invariablemente, conduce al empoderamiento.

Es entonces cuando el agresor, el innombrable, ese arbitrario personaje, “quien lleva en una mano un pedazo de pan y en la otra carga un ramo de hiedras”, se torna predecible, “olvida que lo conozco”, de modo que los papeles, inesperadamente, dejan de ser los habituales, porque “¡hoy te voy a asustar!”.

Cuando la paciencia se colma, el vaso lleno recibe la gota del desbordamiento y llega la hora en la que actuar es más poderoso que evaluar consecuencias, llega el instante de reivindicar la libertad, ir por la independencia, redimirse.

Es entonces que la sumisa se subleva para entrar en acción, el instinto de justicia es el que impera —y se suma al materno inclaudicable, si hay infancia que proteger y en cuyo nombre también actuar—, la voluntad dominante indica que, sin pesar, sin culpa, sin cargo de conciencia, hay que lograr que el déspota sienta la reacción justa.

Estalló, irreversible, la justiciera insurrección.

*Periodista internacional

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