Unos pocos pasos por Una historia de la lectura por Luis Paniagua

Sobre Una historia de la lectura de Alberto Manguel (Oaxaca, Almadía, 2016)

El surgimiento y evolución de ciertos objetos o determinadas prácticas culturales suele despertar el interés de casi cualquier persona que se acerque a esos fenómenos. Saber cómo nacieron las cosas que nos acompañan en nuestra vida cotidiana y cuál ha sido su derrotero a lo largo de la historia crea en el observador un efecto similar al que le produciría dar seguimiento a las ramas (ora nudosas, ora tersas) de su propio árbol genealógico, reconocer que esa savia recorre sus venas a la par de su torrente sanguíneo.

Así, no es casual que George Oppen afirme en un poema que “Hay cosas, / Entre ellas vivimos y verlas / Es conocernos a nosotros mismos”. Conocer, pues, o por lo menos vislumbrar el pasado y el presente de diversos objetos o prácticas, es aventurarse en ese intrincado laberinto del propio devenir humano. No en balde se ha dicho del Homo sapiens que es un ser eminentemente protético.

Uno de los artefactos a los que hacemos referencia en las líneas anteriores es el libro, ese producto tecnológico que Jorge Luis Borges solía describir como una extensión de la memoria y la imaginación. El libro como efecto cultural es inseparable de su recepción; por tanto, hablar de su historia es abordar, quiérase o no, la de la propia lectura.

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) nos entrega en Una historia de la lectura (Oaxaca, Almadía, 2016) un cálido acercamiento a un ejercicio milenario que ha tenido tantos vericuetos como periodos históricos ha conocido. Dividido en cuatro secciones y compuesto por veintidós capítulos, Una historia de la lectura nos ofrece un panorama general de las distintas formas que ha tenido la humanidad para acercarse o recibir el don de descifrar los signos impresos en una superficie determinada, ya sea en las inscripciones en tablillas de barro o de madera recubiertas de cera; los rollos de papiro, pergamino o vitela; las escrituras monumentales plasmadas en muros; los luminosos y carísimos códex; los cuadernillos impresos en tipos móviles o los más recientes textos con soportes electrónicos.

Partiendo siempre de la experiencia personal (“tengo derecho a hablar de mí cuando hablo del mundo”, diría el poeta mexicano Julián Herbert), de su propio contacto con los libros, el autor inicia su discurso en cada capítulo. Este giro lo vuelve asequible y entrañable ya que, amén de la historia de un objeto y de sus prácticas de uso, la historia de la lectura es la del artefacto libro y de los hábitos lectores sólo en relación con el impacto que este conjunto de actividades causa en el ser humano que tiene la fortuna, el privilegio de tocar esa maravilla de la invención; que le permite, siempre, trazar un antes y un después. Manguel nos dice, por ejemplo, que al acercarse a la lectura experimentó una suerte de omnipotencia pues, a sus cuatro años, una vez lograda, aunque aún de modo incipiente, la capacidad de descifrar los signos alfabéticos pudo tener consciencia de un estado al que nunca regresaría: el analfabetismo.

No obstante, nos dice el autor, leer no solamente es enfrentarnos a un mensaje cifrado a través de signos alfabéticos dispuestos sobre una superficie; el término lectura atañe a un ejercicio mayor: el de buscar sentido a toda manifestación óntica u ontológica que nos circunda. Ernst Cassirer definió al ser humano como “Animal simbólico” debido a esa particular capacidad: la de leer no solamente letras, sino su entorno. Leer, es decir, descifrar, es decir, encontrar sentido a nuestra realidad nos ayuda a situarnos en ella, nos permite hallarnos (encontrar ese fonema que somos en medio del mensaje del mundo, a la vez que sentirnos a gusto en él, tener una sensación de pertenencia); leer nos franquea el acceso al entendimiento. Ese ejercicio de conocimiento (o quizá de reconocimiento), pues, nos dice el nómada argentino, nos regala la repentina sensación de entender lo que antes sólo podíamos contemplar.

Dicen los estudiosos que la escritura surgió hace unos seis mil años en el Oriente próximo, cuando alguien trazó en tablillas de barro unas formas diminutas que indicaban algún objeto determinado. Nos cuentan también que, a despecho del mundo literario, su invención se debió a menesteres contables: la necesidad de registrar haberes y deberes; transacciones de cosechas o ganado. Cabe preguntarse si en algún momento ese antiguo contador, acaso pronto desdibujado por el desgaste del tiempo transcurrido, se imaginó que su creación iba a tener tal relevancia para la cultura humana; una invención que permanecería sobre la Tierra mucho más tiempo que él mismo y los objetos que registraba, sí, pero a la vez capaz de eternizar lo registrado y a quien registra, fijándolo en una superficie mediante símbolos convencionales. “Hay algo profundamente conmovedor en esas tablillas [nos dice Manguel]. Tal vez, cuando contemplamos esos trozos de arcilla que fueron arrastrados por un río que ya no existe, y observamos las delicadas incisiones que representan animales convertidos en polvo hace miles de años, evocamos una voz, un pensamiento, un mensaje que nos dice: ‘Aquí había diez cabras’, ‘aquí había diez ovejas’, palabras pronunciadas por un meticuloso granjero en los días en que los desiertos eran verdes.” De alguna forma, podríamos pensar, la invención de la escritura guarda en su interior un aliciente para la memoria, que es en sí un trozo de eternidad; esas cabras y ovejas de las tablillas (polvo unas y otras) seguirán existiendo en una especie de eternidad íntima y doméstica que representa el mensaje: mientras que éste exista (y haya quien lo descifre) aquellas cabras seguirán pastando en la ribera de un río de afluente inagotable, aquellas ovejas seguirán seguras, a buen resguardo en sus corrales…

Comoquiera que sea, leer el mundo y leer un libro, aunque ejercicios similares en cuanto a que ambos son codificación y descodificación, tienen un rasgo que los diferencia y sobre el que hablaremos líneas adelante. Podemos comenzar anotando que los dos, libro y mundo (tantas veces vistos como una misma creación en numerosas religiones), son abordados a través de la vista, detonando con ello una serie de reacciones físicas, químicas, neuronales… corporales… a veces misteriosas. Cómo se desarrollaba esa práctica puso a reflexionar a no pocos pensadores de la antigüedad. Según Euclides y Galeno, por ejemplo, el ojo es activo con respecto a lo que captura; Epicuro y Aristóteles, por su parte, afirman que el ojo recibe lo que ve. No es sino hasta que un pensador árabe, a-Hasan iban al-Haytham, escribe un libro en el que dice que hay dos tipos de acercamiento al mundo; que se cuenta con una idea más satisfactoria de lo que el ojo hace a la hora de enfrentarse con la realidad que tiene enfrente, es decir, a la hora de leer; por una parte, está la “sensación” (inconsciente y voluntaria, como seguir la luz al otro lado de la ventana y las cambiantes sombras de la tarde), y, por otra, la “percepción” (que es un acto de voluntad pura, de reconocimiento, como seguir el texto en una página). Es así como nos relacionamos con el mundo, según el pensador árabe. Esta carga voluntaria y de reconocimiento, la percepción, es la que hace la diferencia y la que permite enfocar el ojo del que mira sobre esa serie de signos dispuestos en una superficie, acordados previamente; es esa función la que realiza el salto del que hablábamos antes y que da lugar a la práctica de la lectura entendida como la interpretación de un código gráfico de escritura.

La lectura, pues, desde su invención misma ha fluctuado entre dos polos que han marcado el destino de la cultura humana: la lectura en voz alta y la lectura en voz baja. Podríamos decir que estos dos modos de acercarse al documento escrito (íntimo uno, público el otro) han logrado los más intensos y acalorados debates. Si bien en la antigüedad la invención de la escritura no fue muy bien vista, ni mucho menos celebrada por todos, siempre tuvo una carga muy sensible que involucró a la memoria.

Según cuenta una Platón en el Fedro, el dios Tot entregó a un rey egipcio la escritura como una herramienta que haría más sabios a los hombres. En respuesta, recibió el rechazo del dignatario, quien le reprochó la dádiva arguyendo que tal tecnología no sólo no haría más sabios a los hombres, sino que a través de esa práctica se plantaría la semilla del olvido en su corazón, ya que no tendrían la necesidad de memorizar nada, y de esa forma olvidarían su alma.

No es casual que este cuento se pueda encontrar en uno de los diálogos de Platón, puesto que Sócrates (un maestro de la oralidad) afirmaba que “un lector tiene que ser extremadamente ingenuo para creer que las palabras escritas pueden hacer algo más que recordar a alguien lo que ya sabe”. El temor de Sócrates al texto escrito se puede entender como el del miedo al error, debido a que el sentido de la escritura fijada en un soporte (que, parafraseando al filósofo griego, no responde si el lector le pregunta algo) puede ser entendido de manera incorrecta por el receptor; por tanto, si un lector no “sabe” de antemano eso que la lectura debe “recordarle”, corre el riesgo de tomar caminos equivocados y perderse.

La Iglesia cristiana propiciaba la lectura en voz alta por motivos similares. Primero, con un sentido de control: para saber qué leían sus miembros; luego, con el fin de ofrecer a los novicios una interpretación unívoca de los textos canónicos. De tal modo, se evitaba cualquier interpretación herética. Por otra parte, se instituyó entre los integrantes de las comunidades monacales la lectura comunitaria, puesto que no todos sabían descifrar los caracteres fijados en la página; aunque también el ejercicio de la lectura en voz alta servía para evitar que los afectos a la letra impresa cayeran en la divagación y, por consecuencia, en el reprobable pecado de la acidia.

En el extremo opuesto se hallaba también un ejercicio de lectura en voz alta: la que era ejecutada en las fábricas y que tuvo su auge en el siglo XIX. Mientras trabajaban, los obreros eran informados por un lector sobre las noticias más recientes aparecidas en los periódicos, o deleitados con las peripecias de los héroes de las novelas de folletín. Dicha actividad fue considerada en algún momento subversiva, por lo que el ejercicio fue prohibido y erradicado.

Sin embargo, la lectura en voz alta no fue lo que maravilló a san Agustín (ese gran lector), sino una curiosa práctica no tan extendida por aquellos tiempos. La primera vez que presencio tal rareza fue una en que llegó a visitar a san Ambrosio y lo encontró leyendo: “sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”. El autor de La ciudad de Dios concluye que quizá el santo doctor de la Iglesia católica leía en voz baja para no tener que explicar ciertos pasajes oscuros a algún curioso que lo hubiese sorprendido leyendo en voz alta. Con ese simple acto, el lector inaugura un nuevo corredor en ese gran edificio que es la historia de la lectura; gracias a ello, se da paso a una nueva faceta en dicha actividad; una más íntima y, por extensión, más libre: la lectura privada.

La lectura privada y en silencio favorecían una comunicación más íntima y personal con el texto que se acometía, además de permitir interpretaciones no canónicas de textos canónicos, un ejercicio que llevó a innumerables procesos inquisitoriales (como el de Domenico Scandella, Menocchio, quien fue encarcelado por sostener afirmaciones heréticas), pero dio paso a grandes cambios en la historia de las mentalidades, como la reforma religiosa propuesta por Martín Lutero, que propugnaba una lectura e interpretación personales de la Biblia, sin la mediación ni imposición de la clase clerical.

Por otra parte, considero que esa misma libertad de interpretación refuta, a la postre, la afirmación de Sócrates en cuanto a que el texto no responde a inquisiciones personales, pues la lectura individual y su personal interpretación es un diálogo constante con el libro, en el que cada lector pone todo su ser, su historia personal, su bagaje propio en el mensaje que saca del texto. G. C. Lichtenberg decía que “un libro es como un espejo: si un asno se mira en él, no puede ver reflejado a un apóstol”. Esa afirmación refuerza el poder de la interpretación personal que la lectura en voz baja permitió: el libro dejaba de ser unívoco para cambiar con cada lector e, incluso, para cambiar con el propio lector a medida que él mismo lo hacía.

Cambia el lector, pues, y con él las prácticas desarrolladas en torno al objeto de sus desvelos; si al principio la lectura le fue permitida a unos pocos privilegiados, con el tiempo y los avances tecnológicos dicha actividad se democratizó y pudo ser un ejercicio cada vez más común y más diverso: leer para entender, leer para disfrutar, leer para alcanzar el poder o para derrocarlo, leer para ser libres, plenos, para no necesitar. En un gracioso texto, Virginia Woolf menciona al lector ideal: “cuando amanezca el Día del Juicio y los grandes conquistadores, abogados y estadistas se acerquen a recibir su recompensa —sus coronas, sus laureles, sus nombres tallados de manera indeleble en mármol imperecedero— el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y dirá, no sin cierta envidia, cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: ‘Mira, esos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles, les gusta leer.’” Leer, pues, como un fin en sí mismo es, para muchos lectores, la verdadera, la única manera de leer; esos lectores que, como Borges, siguen figurándose el paraíso bajo la forma de una biblioteca.

Sobre el autor

Luis Paniagua (San Pablo Pejo, Guanajuato, 1979) se crio y formó en el Estado de México. Es autor de Los pasos del visitante (Ediciones de Punto de partida- UNAM, 2006), Maverick 71 (Literal Publishing, 2013), □ (Revarena-Dirección de Literatura, 2017), La patria es pradera de corderos segados por el filo y el veneno (CCH-Naucalpan, UNAM, 2019) y Claro rastro del mundo oscurecido (Fondo Editorial del Estado de Morelos, 2020).

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