El sacrificio en la Grecia Antigua

Por Tamara Víquez Madrigal

El sacrificio en la Grecia Antigua era parte esencial de la religión y esta última estaba íntimamente relacionada con la política y la vida en sociedad; pues la unión de religión y política era lo que ordenaba reinos, ciudades y pueblos. El sacrificio implicaba una purificación y por ello debía ser realizado por algún sacerdote especializado o, dependiendo del rito, por el padre de familia o algún otro ciudadano religiosamente calificado para realizar este acto, el cual podía tener connotaciones redentoras.

“El destino expresa la esencia de una vida culpable. La fatalidad y el castigo son signos de dicha vida. Esta necesidad que está encima de los dioses es el origen de la violencia y justicia míticas. La violencia mítica en su forma literal es una mera manifestación de los Dioses. Pero la violencia mítica en su sentido profundo es la venganza que establece el destino. La violencia mítica, en ese sentido, es una violencia constitutiva de la ley y del poder”. (Valverde Sánchez, 2002, pp.87-88).

Debe entenderse aquí por violencia mítica, el enojo de los dioses justificado a través de los mitos; los cuales también justifican el sacrificio ofrecido a las divinidades.  Y, este enojo de los dioses por lo general era ocasionado por la hýbris. Si este era el caso, el sacrificio se convertía en parte de un ritual expiatorio. Pero existían también los sacrificios comuniales, los cuales se realizaban para agradecer un favor recibido, o aquellos para pedir cosas a los dioses; estos se llevaban a cabo antes de ir a la batalla, para realizar algún tratado o iniciar una asamblea, entre otros.

El origen de los sacrificios lo relata Hesíodo en la Teogonía cuando Prometeo intenta engañar a Zeus con un buey lleno de huesos;

“El dios quitó con ambas manos la blanca grasa; y se irritó en su corazón y la cólera llególe al alma, al descubrir los albos huesos del buey colocados con arte engañador. Desde entonces las tribus de los hombres queman en la tierra blancos huesos a los dioses sobre perfumados altares”. (Hesíodo, 1995, vv. 555-557). 

En general, se pueden dividir en dos las clases de sacrificios: los cruentos y los incruentos. Los no cruentos consistían en ofrendas de granos, frutas, leche o pasteles que podían tener o no forma animal, ramos de olivo o de flores, incienso, oblaciones de vino, miel o productos de animales que no fuesen carne, como lana o queso. Se cree que estos eran los sacrificios más comunes, asociados a la vida campesina e indígena. Podían ser incinerados, lanzados al agua para agradar a los dioses acuáticos o dejados en un altar. Existía además, una ofrenda sin fuego y entre ellas, aquella que consistía en cortar un mechón de cabello y dejarlo en el altar.

Los sacrificios cruentos implicaban el ofrecimiento de uno o varios animales domésticos, ya fuesen comestibles o no comestibles, cuya sangre era ofrecida a la divinidad. Algunos de los animales sacrificados eran ovejas, cabras, toros, caballos y cerdos. Se adornaba el animal con una corona de flores y cintas y se le llevaba en procesión hasta el lugar sacrificial, una vez allí, se le purificaba con agua. Si la ofrenda era para los dioses celestes, se sacrificaba al animal en un altar sacrificial elevado (bómos). El pelaje de la víctima tendía a ser claro y se le cortaba la garganta de manera que la sangre pringara hacia el cielo, hacia los dioses. También podían ser animales machos o hembras, dependiendo si el sacrificio era para una diosa o para un dios. Estos sacrificios eran una comunión entre hombres y dioses quienes celebraban un festín al mismo tiempo con la carne del sacrificado.  

Si el sacrificio era para una divinidad ctónica, el altar (eschara) estaba casi a la altura del suelo y tenía un hueco en el centro donde escurría la sangre de la víctima para que llegara a la tierra, y de allí a los dioses correspondientes. Estos sacrificios solían hacerse de noche y la víctima era de pelaje oscuro, a la cual se le mantenía viendo hacia abajo mientras se le degollaba. Además, en ocasiones se sacrificaban animales no comestibles como un burro o un perro, ya que estos eran rituales de carácter expiatorio y la carne del animal no era repartida, sino que era calcinada toda en el fuego, ya que el animal representaba el mal que debía ser purificado.

Rastro de estos sacrificios nocturnos lo da Pausanias cuando habla de un oráculo:

“a una doncella pura, en honor de los dioses infernales,

designada por suerte, de la sangre de los Epítidas,

sacrificada en sacrificios nocturnos.

Pero si fracasáis, sacrificad entonces a una de otra sangre,

si el padre la entrega para el sacrificio voluntariamente”.  

 (Pausanias, 1994, p.129)        

Por otro lado, se puede ver cómo el sacrificio humano deja huellas en la literatura, ya sea de forma mítica o historiográfica. En la Ilíada, se menciona el sacrificio de unos jóvenes para los funerales de Patroclo.

Otra joven sacrificada es Ifigenia:

“Así, Agamenón, es guiado por la lógica de la razón, no debe ni puede enfrentarse al ejército  griego.  La  decisión  del  rey  debe  prevalecer   para  mantener  el  orden en la  sociedad.  El  jefe  heleno  antepone  las  necesidades  de  la  nación  a  su familia y sacrifica a su hija por el bien de la Hélade. El rey justifica la decisión de sacrificar a su primogénita producto de “ἀνάγκας  ἔδυ λέπαδνον” el yugo de la necesidad (vv 218.). La idea implícita, en esta imagen es la del buey que se  somete  sin  rebelarse,  el  rey  se  encuentra  a  merced de la voluntad del ejército”. (Álvarez, 2017, p.28).

La virginal y noble Ifigenia debía morir para que así los griegos pudieran zarpar hacia Troya y recobrar a Helena. Asimismo, la también virginal Polixena es sacrificada voluntariamente, puesto que su linaje le imponía ser virtuosa en todo momento, para honrar la muerte de Aquiles. Polixena es degollada y se le compara con un animal en un sacrificio ctónico, ya que Aquiles ya era parte del Hades cuando ella fue sacrificada en su honor.

Dionisio y Deméter con sus cultos mistéricos también son dioses que se dan a sí mismos como sacrificio y son consumidos por sus fieles; Dionisio es el vino y en los cultos de Dioniso Zagreo el comer carne cruda era comer al dios, recibirle, y propiciar su resurrección como Iaco, figura central en los misterios eleusinos e hijo de Deméter. Para Jung (1963) el incesto es una regresión al seno materno, es decir una introversión de la libido, y de la misma forma el renacer del dios es un volver a nacer desde su madre nutricia. Por tanto, los iniciados que realizaban los sacrificios eran los que tendrían acceso a una vida en el Más Allá más propicia, pues ya habían renacido como el dios.

En conclusión, los sacrificios de la Grecia Antigua, especialmente los cruentos, eran “el centro del sistema ritual de la ciudad” (Chirassi Colombo, 2005, p.84). Estos ritos legitimaban los mitos y perpetuaban su existencia, además, el hacer ofrendas a los dioses era una necesidad de la polis, pues sus habitantes necesitaban que estos fueran propicios con ellos. El do ut des (doy para que me des) se hace legítimo y se materializa en los rituales apotropaicos o de agradecimiento.  

Bibliografía

Álvarez Espinoza, N. (2015). Las cautivas de la casa real de Troya: Casandra y Polixena. Revista de Lenguas Modernas, (22), pp.159-183. Recuperado de:  https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/rlm/article/view/19677/19756

Álvarez, N. (2017). El mito de Ifigenia en Áulide: la violencia en el sacrificio ritual de las Parthenoi. Kañina, Revista de Artes y Letras, XLI (especial), pp.23-38. Recuperado de: https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/kanina/article/view/31949/31680

Chirassi Colombo, I. (2005). La religión griega: dioses, héroes, ritos y misterios. España: Alianza Editorial.

García López, J. (1975). La religión griega. Madrid, España: AKAL. Recuperado de: https://books.google.es/books?hl=es&lr=&id=WH7FBgodj6IC&oi=fnd&pg=PA11&dq=sacrificio+griego+&ots=5ELAFJfSvC&sig=W8ep8Z-wGvwJI1a8KdT9zJDWHrk#v=onepage&q=sacrificio%20griego&f=false

Gernet, L. (1960). El genio griego en la religión. (2da. Ed.). México: UTEHA.

Hesíodo. (1995). La Teogonía. España: Edicomunicación S.A.

Jung, C.G. (1963). Símbolos de transformación. España: Paidós.

Pausanias. (1994). Descripción de Grecia: Libros II-VI. Madrid, España: Gredos.

Valverde Sánchez, S. (2002). Sobre el concepto de sacrificio en la historia de las religiones. Revista de Estudios, Universidad de Costa Rica, (16), pp. 83-98. Recuperado de: https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/estudios/article/view/26681/26867

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