Cuestión de fe

Un rayo quebró el cielo y cayó en el mar. Mil rayos repicaron en los escudos, petos y yelmos, el horizonte que erizaba de lanzas la playa provocando un susurro de metales.

Llegó el trueno. La historia de cada soldado comenzó a arracimarse con historias semejantes de otros soldados. Muchos recordaron a sus familias, algunos un vino, un teorema, un poema épico, una amistad, un amor o una hetaira famosa. Los tres augures salieron de la carpa y los futuros y las pasiones se aunaron por falanges, confluyeron en pensamientos sobre la riqueza, la política y el amor. Los tres augures comenzaron a remontar el médano, las túnicas pegadas a las piernas, y los hombres pensaron por legión, la vida y la muerte. Los augures llegaron a la cima, los ojos en ranura, el gesto de eternidad, la ropa aleteando hacia el mar, y el ejército innumerable ya tuvo una idea única, los augures.

El viento despeinaba las olas, arrastraba ríos de arena hacia el agua. La playa era un infinito de hombres armados, con tres augures en el más alto de los médanos, y barcos pesados como nubes crujiendo impaciencia contra las amarras. En el cielo bogaban nubes negras pesadas como barcos. En el mar un cielo de tormenta.

Los tres hombres de las túnicas cumpliendo un antiguo ritual, más antiguo que su propio pueblo, encendieron la llama, se tomaron las manos, y de frente al mar miraron buscando una señal en el cielo, invocando dioses antiguos, más antiguos que su propio pueblo. La llama votiva intentó alzarse y fue azotada contra la arena para quedar vibrando, achaparrada, buscando con resentimiento las sandalias de los videntes. Las ráfagas se burlaban de las invocaciones divinas, la arena se esforzaba en cerrar los ojos que debían ver los vaticinios. El ejército esperaba. La espuma se desgarraba en la orilla y rodaba a los pies de la primera fila de guerreros. Olor a sal. El cielo comenzó a estallar en latidos luminosos, dispersos.

Un rito tan antiguo, de un pueblo anterior, de hombres anteriores. Los augures cumplían la mecánica que enseñaban a sus discípulos como se la enseñaron a ellos, como se la habían enseñado a sus maestros, y así desde el comienzo de la memoria registrada en las piedras. Los augures en su intimidad dudaban de la eficacia del rito y de sus dioses.

Los guerreros esperaban conocer sus destinos, como lo conocieron sus padres guerreros, como lo habían conocido sus abuelos, y así desde el comienzo de la memoria individual. Los guerreros, en la intimidad, sentían que esos dioses ya no satisfacían sus necesidades y esperanzas. Ya no creían demasiado en ellos o creían que los dioses habían dejado de creer en sus guerreros.

Siete ibis negros aparecieron volando hacia la izquierda en el cielo iluminado en espasmos. Los augures y guerreros volaron sus ojos con ellos. Se elevaron, torcieron, se elevaron, y fueron a posarse en un peñasco apenas visible en alta mar. El viento arreció y el cielo, petos, escudos y yelmos se incendiaron en un rayo que cortó el gris para clavarse en el peñasco donde se habían posado los pájaros.

Los augures supieron, los guerreros supieron sin que los augures tradujesen. Los ritos en los que ya no creían, los dioses en los que ya no creían, habían enviado su mensaje. El ejército aún fue uno pensando en la derrota inminente, la derrota predestinada, la derrota del conjunto, pero al instante se dispersó en las infinitas muertes personales.

Lo que no sabían augures ni guerreros es que del otro lado del mar otros augures y otros guerreros, de espaldas a la playa, mirando las olas reflejadas en un escudo pulido, siguiendo un rito más antiguo que ellos mismos, escépticos y dogmáticos, observaron los mismos siete ibis negros volando en el escudo espejado hacia su izquierda. Y esos otros augures y otros guerreros se cegaron con el reflejo del mismo rayo sobre el mismo peñasco, y también disgregaron el augurio común para comenzar a sufrir sus propias muertes, sus ausencias individuales, sus mujeres violadas, sus hijos vendidos, sus ciudades incendiadas.

La batalla comenzó en la madrugada siguiente. Al séptimo día, mientras se mataban entre sí los últimos sobrevivientes, fueron enviados sendos mensajeros a ambas ciudades para anunciar el fin de la civilización.

Hasta aquí cuenta la historia tal como la cuenta el relato épico de los historiadores antiguos, pero los historiadores modernos poco dados al canto de la épica ajena prefieren discutir su significado. Hoy los dos pueblos se han extinguido. Los textos que se conservan son traducciones latinas de traducciones árabes de fragmentos griegos recopilados en fuentes orales.

Una versión, con amplio consenso en varias escuelas, cree ver una alegoría, una Sodoma helena, el castigo divino sobre las ciudades que han perdido su fe. Otras escuelas importantes, tradicionalmente opuestas a las primeras, se inclinan por la interpretación mítica, una teogonía, la aniquilación de los viejos dioses para dar lugar a la nueva y verdadera civilización. Un tercer grupo, nunca bien aceptado en el ambiente académico pero no por eso menos numeroso, más afín a lo esotérico que a las evidencias documentales asegura que los pueblos existieron, que fueron pueblos reales peleando una batalla real situada en una época imprecisa, y si ambos fueron derrotados simultáneamente fue porque así debía ocurrir, porque así se cumplía el vaticino de sus dioses.

Finalmente, algunos investigadores dispersos preferimos desmentir la alegoría, el mito y la superstición. Los dos pueblos del relato no habrían sido fulminados por no creer, ni por cumplir con lo que su fe les vaticinaba, sino justamente por intentar cumplir con una fe en la que ya no creían. Esta tesis ha recibido furiosas refutaciones por parte de los alegóricos, los míticos y los esotéricos desde su mismo enunciado, refutaciones que dicen que si nuestro enunciado es cierto estos pueblos se habrían rebelado a los augurios en los habían dejado de creer.

He analizado este argumento, y la única defensa que puedo proponer a favor de nuestra teoría es que proclamar una fe de la que se carece no admite ni siquiera el desafío, pues este acepta que hay una fuerza real contra quien luchar. De todas maneras, ante los que sospechan tendencias peligrosas en esta línea de pensamiento les aclaro que se ha sobredimensionado el tema. Las ideas enunciadas corresponden a una disputa académica sobre pueblos que no se sabe con certeza si existieron o no, detalle que ya tampoco importa. Lo nuestro es sólo una teoría, y como otras tantas teorías que intentan explicar una realidad de la que ignoramos cuanto nos incumbe, creer en ella es tanto un ejercicio de la razón como una cuestión de fe.

Sobre el autor

Oscar Daniel Salomón (1956) ha publicado la novela corta Desencantar la tierra y dos libros de relatos: Aquicito nomás y El otro animal. Participó en dieciocho antologías de cuentos, dos de poesía y cuatro de ensayo literario de Argentina, España, Panamá y Estados Unidos. Sus obras han recibido veintiséis premios y menciones, entre ellos: 1 er premio Julio Cortázar, E. Bocco, y Atilo Betti, 2 do premio NITECUENTO, Constantí, y Victoria Ocampo 2002 y 2015, mención 1984 Derechos Humanos, finalista Juan Rulfo (RFI, París), y Constantí y Cosecha eñe 2016 (España).

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