Sincretismo

Cuba, siglo XIX. El ingenio azucarero estaba de fiesta, los ricos en la mansión y los negros en el batey. Arriba los trajes elegantes y abajo los cuerpos semidesnudos. El Vals competía con la conga, las joyas con los grilletes y las falsas apariencias con la lujuria desenfrenada. En el cielo nocturno brillaba una inmensa luna.

Algunos blancos abandonaban el salón y salían al balcón atraídos por los quejidos eróticos de las negras bailarinas. El corazón se les aceleraba al presenciar el espectáculo de los esclavos eufóricos, secaban el sudor de sus frentes y se apretaban el bulto del pantalón con sus manos.

Los negros no se interesaban en ellos, solo bailaban y sudaban con ojos desorbitados al compás de los tambores apostados en un rincón de la plaza. Un inmenso altar, repleto de velas, ofrendas y santos, seducía e impresionaba a cuantos lo observaban. Los cantos, salían de las gargantas saturadas de ron y carne, hechizando las piernas a un eterno baile. Los olores humanos se mezclaban con el aroma del tabaco, la comida y las flores de colores cálidos.

El grotesco grito de un ovino en agonía arrastró al gentío multicolor hasta la fuente sanguinolenta, donde saciaron su vampirismo los más osados, salpicando sus caras y miembros de un púrpura festivo.

El espectáculo se tornó erótico, promiscuo y faunesco al resplandor amarillento de la fogata nocturna. Los seres fueron dotados de fantasmagóricas caretas de formas diversas: unas tétricas-desdentadas; otras bellas-sensuales; también las había diabólicas-salvajes, pero las más comunes eran las de animal en celo con ojos retorcidos y lenguas fuera.

Arriba los blancos disimulaban sus erecciones y se miraban avergonzados unos a otros, buscando en las conversaciones vacías un pretexto para no mirar insistentemente los eróticos cuerpos de ébano.

—Son animales —dijo el señor de la casa, desabrochándose un par de botones de la camisa.

—Sí, es asqueroso verlos —le respondió un enrojecido hacendado que sudaba a borbotones.

—¿Hace calor, verdad?

—Es como estar en el infierno, rodeados de perversiones.

Ambos deseaban estar allí, frente a aquellos senos saltarines, oscuros como granos tostados de café, custodiados por un fuerte grajo y coronados con decenas de gotitas de sudor que caían constantes en el abdomen firme llenando el ombligo diseñado para beber en él.

Los blancos sorbían los tragos de vino e imaginaban a las negras danzando sobre ellos, dejándoles probar aquellos duros pezones. A medida que la noche transcurría eran más los blancos que salían al balcón quejándose del intenso calor, hasta que llegó el momento en que en el salón solo quedaron las señoras, los ancianos, los niños y los músicos.

En uno de los aposentos de la planta alta una joven blanca chillaba de dolores de parto mientras afuera seguía el bullicio y la alegría. De pronto, la amalgama de razas y sexos cansada de danzar, cantar y beber, fue poseída al unísono por el calor de las brasas entre las piernas, y se derrumbó en el polvo reagrupándose por parejas, tríos y cuartetos, atadas por la risa y el placer. Las manos se exploraban y los ojos indefensos se adormilaban iniciando un acople de cuerpos sudorosos.

—Deberíamos volver al salón —dijo el señor de la casa visiblemente afectado.

—Váyase usted si lo desea.

—Entonces buscaré unos tés fríos para todos.

Un eco salvaje de quejidos subía y descendía a intervalos. Las diosas de ébano,  mecían sus nalgas de montañas y sus pechos puntiagudos, cual puñales afilados, desgarraban vestimentas y huían erizados ante las lenguas sedientas que les perseguían salivando.

Los torpes falos pidieron ayuda a los dedos, a las lenguas y a las frutas, para poder calmar la rebelión de las babosas vulvas de pelo ensortijado. El repiquetear de tambores se hizo más intenso, tratando de ocultar la sinfonía de espasmos, mientras el fuego se elevaba queriendo prender el firmamento. Al fin, los falos penetraron por doquier los géiseres cálidos y los quejidos se transformaron en aullidos que erizaban la piel y aceleraban la respiración.

Envuelto en humo de tabaco brotó un chorro de aguardiente, escupido con rabia por una boca ancestral sobre la tierra agradecida. Luego brotaron palabras pronunciadas en lengua misteriosa y lentamente los cuerpos tambaleantes se irguieron y partieron cabizbajos y desmemoriados hacia sus barracones.

El silencio reinó en la llanura y hasta la fogata dejó de chisporrotear ante el denso manto neblinoso y frío que descendió calmando la excitación de hombres y mujeres. Varios gritos de bebe rasgaron el mutismo de la madrugada. Un niño negro venido de vientre blanco había nacido en sabanas bordadas de oro y tres niños blancos venidos de vientre negro habían salido al mundo entre la mugre del barracón.

Al amanecer, un gallo canto tres veces sobre el negro crucificado en el batey, mientras los rostros oscuros marchaban como cada día hacia el cañaveral, con las mochas descolgadas y soñando con la libertad. El amo blanco mandó a desaparecer a su nieto oscuro y a internar de por vida en un convento a su desheredada hija. Minutos después cargaba a sus bastardos en el barracón, orgulloso de su nueva prole.

Los perros ladraban a lo lejos y el sonido de disparos los enmudecía a intervalos.

Sobre el autor

Pedro Rafael Fonseca Tamayo es sociólogo, periodista y escritor. Ha  ganado en varias ocasiones el concurso literario Mangle en cuento infantil y para adultos. Tiene varios cuentos incluidos en selecciones de editoriales españolas, entre ellos, los cuentos infantiles Imaginación, en el libro Microcuentos para niños, de la Colección Verbum y El tesoro del Abuelo, incluido en el Libro del concurso Sin fronteras de Otxarkoaga.

En literatura para adultos, el cuento Fotosíntesis integró la antología De sueños y visiones de Lunaria Ediciones, México, y decenas de cuentos cortos han sido editados por Letras con arte y Letras como espada.

Varias poesías, epigramas y aforismos de su autoría han sido incluidos en antologías, como el IV Certamen Literario Enrique Segovia Rocaberti. Además de colaborar con Revistas literarias como Culturamas y AWEN.

Fue finalista del Premio Anubis 2017, Argentina,  con el cuento El precio de la inmortalidad, mientras que El  Regalo obtuvo mención en el concurso LETRA D´ KMBIO 2017, Cuba.

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