La novena ola por Marta Mariño Mexuto

La novena ola

La encontró muy temprano, cuando todavía no había amanecido del todo, en uno de sus paseos por las calas del acantilado, que quedaban al descubierto con la marea baja. Estaba tendida boca abajo en la arena húmeda y compacta de la orilla, y las olas rozaban sus pies. Sobre sus piernas aún quedaba alguna mota plateada. Cuando la cogió, ella entreabrió los ojos y movió los labios, pero de ellos no salió ningún sonido: todavía se encontraba demasiado débil. El cabello de la joven se enredaba en sus brazos como algas oscuras y viscosas. Le sorprendió la ligereza de su cuerpo, que le hizo pensar que sus huesos eran, en realidad, delicadas espinas. Al sentir su respiración, le pareció tan frágil como un pez recién pescado, todavía palpitante.

Los pescadores que acudían al trabajo cuando la luna aún no se había retirado vieron al marqués llevando en brazos a una mujer desnuda, en dirección al castillo, y no les fue difícil intuir lo que había ocurrido. No es que sucediera con frecuencia, pero todos habían oído alguna vez historias parecidas de boca de sus padres o abuelos, y esta vez había sido él el que la había encontrado. Les resultaba algo cómico, ya que el marqués tenía tal fama de ermitaño que, de haber sido preguntado antes, cualquiera diría que, si encontrara una de ellas, la hubiera dejado yaciendo en la playa sin mirarla siquiera.

No obstante, la recogió, y se la llevó al castillo, apenas merecedor de ese nombre, donde vivía solo, con un único criado anciano que llevaba toda la vida sirviendo a la familia y que a duras penas podía administrar una propiedad de tal tamaño. Pero el marqués quiso ocuparse personalmente de ella: la instaló en la mejor habitación y la dejó acostada, a la espera de que se recuperara. Cuando lo hizo, se asustó al verse en un lugar desconocido y, además, encerrada. Estaba bastante alterada y se negó a ponerse el vestido que el marqués le había dejado junto a la cama, por lo que éste se vio obligado a llamar a su criado para, entre los dos, vestirla a la fuerza. Él, cuya voz hasta entonces era siempre ronca, ya que podía permanecer semanas enteras sin dirigirle la palabra a nadie, le hablaba a la recién llegada con una afabilidad y delicadeza insólitas en su persona. La única palabra que pronunció fue “Nei”, cuando se le preguntó por su nombre, de modo que así fue como la llamó a partir de ese momento. No llegó a saber si ella le comprendía o no, porque nunca le contestaba, por más que se esforzaba por hacérsele agradable. Nei se limitaba a mirarle con sus grandes ojos acuosos, sin parpadear; pero de vez en cuando sus labios se curvaban en una sonrisa enigmática, que asombraba al marqués, que no sabía si considerarlo un leve gesto irónico, muestra de que comprendía más de lo que aparentaba, o solamente una mueca involuntaria, como las de los que han perdido el juicio. A pesar de los múltiples baños, su cuerpo seguía oliendo a sal.

Pasado el desasosiego de los primeros días, la existencia de Nei en el castillo se hizo más tranquila. Se limitaba a permanecer sentada mirando a su alrededor con desgano, como si ese nuevo escenario que ella se había imaginado más interesante hubiera acabado decepcionándola. Al principio, pasaba largas horas peinando sus largos cabellos en actitud ausente con un peine de marfil, lo único que utilizaba de todos los artículos que su anfitrión le había proporcionado. Poco a poco, fue pasando cada vez más tiempo frente a una de las ventanas de la mansión, que daba directamente al acantilado. Permanecía allí ajena a lo demás, con la vista clavada en el mar. Sus días favoritos eran aquellos en los que se desataban tormentas que cubrían el cielo de nubes densas y oscuras, y el sonido del mar agitado se unía al silbido constante del viento. Si además se oían los truenos, era el espectáculo perfecto. La mirada de Nei denotaba su deseo de hallarse en el medio de la tempestad, y su leve sonrisa recordaba a la de una de esas antiguas esculturas de diosas griegas de cuya alegría se desconocen las razones.

Ante el ansia que manifestaba Nei por salir de los muros del castillo, el marqués no pudo evitar mostrarse conmovido, porque parecía un animal enjaulado, que languidece contemplando el exterior. Así que le permitió dar breves paseos, siempre bajo su supervisión, generalmente al alba o al crepúsculo para evitar ser vistos.

Un día se desató una tormenta colosal. Durante toda la jornada el cielo había estado cubierto por un denso manto de nubes, que había oscurecido la tierra como si el sol nunca hubiera salido. Finalmente, empezó a llover por la tarde. Las olas se fueron haciendo más grandes a medida que avanzaba el tiempo; mientras los pescadores, que contemplaban el mar desde sus casas, juraban por la memoria de sus antepasados, quienes jamás habían visto olas de tamaño semejante, y que era imposible que aumentaran, éstas seguían haciéndose más fuertes. Los rayos rompían la oscuridad del cielo y las gaviotas, incapaces de luchar contra el viento, se arrastraban rodando por la arena.

En el castillo, los muros no servían en absoluto para silenciar el ruido constante del viento y de los truenos: cada uno que sonaba retumbaba de manera tremenda, y hacía parecer que las enormes vigas de madera que sujetaban el edificio se desmoronaban. Nei, frente al alféizar de su ventana favorita, manifestaba su nerviosismo arrancando y retorciendo entre sus manos mechones de cabello. El marqués, para evitar que continuara haciéndolo, la agarró del brazo con cierta brusquedad. En ese momento, se dio cuenta de lo imprudente de su acción, porque no sabía cómo iba a reaccionar la joven. Pero ella no se mostró violenta, sino que miró a la ventana y después a él con una expresión de ruego y a la vez, de fiereza, que hacía innecesarias las palabras. Él no tuvo más remedio que soltarla y dejarla ir, aunque la vigilaría desde la ventana.

La vio frente al acantilado, empapada por la lluvia. Con su vestido blanco destacando en medio del entorno grisáceo, se asemejaba a una aparición de otro mundo. El viento hacía volar el pelo a su alrededor como si tuviera vida propia; a veces los rizos se enredaban alrededor de su cuello con fines perversos. El marqués advirtió que Nei movía los labios y tenía la vista fija en las olas, pero le resultaba imposible distinguir palabra alguna. Las olas llegaban ahora incluso a salpicar el acantilado, cuando normalmente rompían varios metros abajo. La primera ola mojó a Nei y la hizo retroceder, pero mientras la tercera golpeaba las rocas, se fue acercando hasta el mismo borde del precipicio. Al tiempo que estallaban la cuarta y la quinta, el marqués volvió a fijarse en que la joven parecía decir algo y un incontenible temor se apoderó de él. Cuando, con la novena ola, la vio arrojarse al abismo con una leve sonrisa en los labios, se dio cuenta del error que había cometido al consentir que saliese.

Desde que desapareció aquella joven desconocida, el marqués no volvió al castillo, ni su viejo criado intentó que lo hiciera, porque sabía que sería imposible. Se pasaba los días junto al acantilado, dormía a la intemperie y no miraba hacia otro sitio que no fuera el mar. Llevaba ropas harapientas y el cabello enmarañado; nadie se atrevía a hablarle, pero él estaba continuamente farfullando palabras ininteligibles y contando con los dedos. De vez en cuando se enfadaba y tiraba alguna piedra al mar, pero enseguida reanudaba sus cálculos de manera obsesiva. Se decía que pasaba todo el tiempo enumerando las olas, esperando a que llegase la novena y pudiera reencontrarse con la criatura que una vez encontró varada en la playa.


Sobre la autora

Marta Mariño Mexuto es graduada en Estudios Clásicos por la Universidad de Valladolid, Máster en Literatura Hispanoamericana, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca, y Máster en Formación de Profesorado de Educación Secundaria por la Universidad de A Coruña. Actualmente, se encuentra finalizando su tesis en la Universidad de Santiago de Compostela, y cuenta con varias publicaciones de carácter académico, además del libro de relatos La mano fría (Charleston, SC, Amazon, 2016, ISBN: 9781519310132).


Imagen: The Land Baby – John Collier

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