Sabía que no tendríamos que haber abandonado aquel quinquerreme en esa isla perdida. Debimos haberlo incendiado. Fácil resulta ahora imaginar que los perros romanos lo encontrarían y podrían copiarlo. Porque sólo de ese modo lograrían realizar una obra de ingeniería siquiera similar a la nuestra.
Seremos eternos aliados, prometieron para arrastrarnos a la guerra contra los helenos. Nunca olvidaremos su ayuda, repitieron en su apestoso Senado más de una vez; lo sé, yo estaba allí. Y, en cuando lograron salir de la sucia ciénaga donde vivían, comenzaron a conquistarlo todo. Debimos haber previsto que no se contentarían con derrotar a sus vecinos más cercanos.
¿Cómo es posible que estos toscos hombres, poco imaginativos, carentes de toda grandeza y que sólo sirven para luchar se atrevan siquiera a atacarnos?
Y todo por un barco abandonado.
Los veo avanzar veloces hacia nuestras costas, orgullosos con sus estandartes flameando al viento, creyéndose capaces de superar a nuestra numerosa flota, a nuestros marinos nacidos en el agua, de llegar hasta nuestras fortificaciones. Ellos, que recién ayer han aprendido a flotar fuera del pantano en el que nacieron.
Nuestros gloriosos barcos abandonan el puerto para encontrarse con los ladrones de inventos, prestos a defender lo que nos pertenece y demostrar que, aún con las fuerzas diezmadas por los años de constantes enfrentamientos, no nos derrotarán. A pesar del fuego griego que lanzan contra nosotros, seremos quienes al final triunfarán. Pero, ¿qué son esos gritos?
¿Acaso aún veo más barcos romanos, allí, en el horizonte, sobre el mar? ¿Será posible que sean tantos? ¡Es inaudito! ¿Han talado hasta el último árbol de su tierra?
¡Te maldigo romano por imponernos ésta guerra! ¡Te maldigo capitán, por abandonar aquél barco cuando lo mejor era destruirlo! ¡Me maldigo por no haber impuesto mi voluntad como Embajador en ese momento!
Las lágrimas nublan mi visión, el odio mi razonamiento. Sé que el error no fue mío, pero, con mucho pesar, sólo llamas puedo discernir en el futuro de la gloriosa, inigualable y nunca superada Cartago…
Sobre el autor
José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza.
Página web personal: http://www.proyectoazucar.com.ar
Imagen: The Battle of Actium, 2 September 31 BC – Lorenzo A. Castro