Presentación

Milagro cotidiano:

el hecho de que hay muchos milagros cotidianos.

Wislawa Szymborska

El tema que nos convoca, en este nuevo número, es la intimidad. Ningún espacio más íntimo, de entrada, que el delimitado por las páginas y el lector que las experimenta. En ese sentido, los convocados sentimos que llevamos las de ganar: ¿quién mejor para hablar del tema que nosotros, los que buscamos el silencio y la quietud, el encierro y la luz tenue, para ejercer esa parte tan vital de nuestra experiencia que es la literatura (aunque hay quien diga equivocadamente que leer no es lo mismo que vivir)?

            La lectura, en nuestros días, es muchas veces un acto de búsqueda personal, de cercanía con nosotros mismos. ¿Cómo compartirla, entonces? ¿Cómo hacer que otro, que por definición no comparte su soledad con nadie, entienda mi soledad, comprenda mis murmuraciones más recónditas? ¿Qué palabras utilizo para hacerle entender las sutiles relaciones que se forman entre el lugar que habito y lo que yo soy? Ahí nuestra paradoja: aunque leamos en soledad, la lectura es una forma de compañía muy profunda, que nos permite darle entrada a voces distintas a la nuestra en nuestros espacios más íntimos.

            Algunos, como Edgar Trevizo, Lara Solórzano y Olga Levadnaya, han preferido dejar entrar en sus respectivas soledades las voces de los antiguos aedos: sus lecturas de Homero y de los clásicos son experiencias táctiles, vivenciales. Por su parte, Laura Dueñas replica ciertas resonancias bíblicas para mostrarnos cómo la historia y su erotismo nos seduce, incluso estando atados a nuestro presente. Del otro lado de la línea del tiempo, Luis Paniagua y Félix Cristiá nos dejan asomarnos, con perspicacia y buen tino, a sus propias experiencias lectoras de obras contemporáneas en las que encuentran nuevas formas de asir el mundo, con todo y sus dolores y sus goces.

            Para Katherine Navarro y Roberto Aguilar, esa paradoja que nos ocupa está alojada también en la generosidad de lo diminuto, en lo que encontramos al ponernos en contacto con los pequeños destellos naturales que la realidad nos ofrece para hallar lo trascendente y, en ocasiones, lo divino. Pero aunque podamos hallar dicha en lo común, también podemos encontrar en lo habitual un espejo, en palabras de Cristina Peri Rossi, de nuestros desastres más íntimos, como lo hicieron Ana Guacimara Hernández Martín y Alma Mancilla; como si los objetos y los lugares fueran espectadores silenciosos y terribles de nuestros dolores, o como si el inminente despojo de lo que nos es cotidiano nos llevara a perdernos, como observa Mayahuel Xuany, a nosotros mismos.

            A pesar de todo, la experiencia literaria, tanto de lectura como de creación, es también una oportunidad de dejar testimonio de nuestro paso por la tierra. Carmen Macedo Odilón y Rosa Maqueda Vicente, con sus respectivos textos, toman el uso de la palabra como forma de la tradición y del aprendizaje: la escritura, como espacio íntimo, es también un espacio de resistencia. Jalal Malaksha, desde otras latitudes y por primera vez en nuestra lengua, nos muestra esa misma lucha: las palabras encerradas en nuestro almacén interno no dan cuenta del amor, del sufrimiento de nuestros semejantes, de las injusticias, de la luminosidad que hay en el camino hacia cada una de nuestras revelaciones. Compartamos, pues, estos itinerarios de soledades y de compañías.

Leopoldo Orozco

Ensenada, Baja California

Diciembre de 2022

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