La biblioteca

El quejido de las sillas arañando el suelo, los golpes de libros y carpetas sobre los tableros, las voces de los alumnos que se dirigían a la puerta de salida del aula me despertaron. La clase de Literatura Medieval había terminado. Mientras el aula se iba vaciando, yo también comencé a ordenar los folios sin anotaciones, y a colocar confusamente mis libros en la bolsa.

Un contenido bostezo me obligó a colocar la mano sobre la boca y a alzar la vista hacia la mesa del profesor que continuaba sentado y mantenía los ojos clavados en mi cara. Don Alonso siempre abandonaba la clase por la puerta lateral cercana a su mesa, pero esta vez se acercó a mí entre las filas de pupitres de los alumnos y me habló con gesto severo.

‒La espero en mi despacho en cinco minutos  ‒me dijo con sus finos labios de metal y sus características cejas pobladas, que ahora resultaban más amenazadoras con el ceño fruncido.

Sentí un retorcijón en el estómago. El profesor era conocido por su  poca  cordialidad y su escasa generosidad a la hora de puntuar los exámenes.

A los cuatro minutos me encontraba ante el despacho del doctor Alonso Roldán. Golpee suavemente la puerta, pero no me contestó. Volví a golpear de nuevo con más contundencia. El profesor no estaba, pensé que probablemente se había entretenido con algún colega charlando por los pasillos de la Facultad.

Mientras le esperaba, pergeñaba excusas creíbles que justificaran mi grave falta. Don Alonso debía comprender que el turno de tarde era para alumnos que trabajaban por la mañana, que era viernes, que había sido un día especialmente difícil, que su clase era de la última de la tarde para mí, que mi agotamiento no me dejaba concentrarme a aquellas horas. Pero lo que no podía era expresarle el verdadero motivo de mi desinterés: lo mucho que me aburría el tema principal de ese trimestre: los libros de caballerías.

Esperé diez minutos más y comprendí que el profesor Roldán se había olvidado de mí y casi con seguridad se había dirigido a la siguiente clase. Decidí esperar en la biblioteca y volver al despacho después de media hora.

Me sorprendió no encontrar a nadie allí. Eran las siete y muchos alumnos solían quedarse estudiando hasta las ocho y media, la hora en que cerraban la biblioteca. El bibliotecario tampoco estaba en su puesto. Solo aquella enorme cantidad de libros que tapizaba las paredes bajo las altas lámparas, reflejaban sus lomos brillantes sobre las tristes mesas grisáceas.

Tomé al azar un libro de las estanterías y me senté en una de las mesas a leerlo. El Amadís de Gaula. ¡Qué casualidad!: era una de las lecturas obligatorias de la que debíamos examinarnos en breve, pero yo aún no había pasado del primer capítulo. Abrí el libro justo en una de esas tediosas escenas en las que el caballero pone en riesgo su vida para defender el nombre de su dama… “Entonces fueron al más correr de sus caballos, el uno contra el otro, e hiriéronse en los escudos y el caballero falsó el escudo a Amadís, mas detúvose en el arnés y la lanza quebró y Amadís lo encontró tan duramente que lo lanzó por cima de las ancas del caballo… y el caballero…valiente, tiró por las riendas… y llevólas en las manos y dio de espaldas en el suelo y fue tan maltratado… Amadís descendió a él y quitóle el yelmo de la cabeza… y tomándole por el brazo… tiróle contra sí y el caballero abrió los ojos…”

Yo también abrí los ojos: me había vuelto a dormir. Consulté mi reloj: ¡las nueve menos cuarto! Recogí mis cosas y me apresuré a salir de la biblioteca.

Súbitamente las luces se apagaron. Me asusté y caminé a tientas hacia la salida. ¡La puerta estaba cerrada! La golpeé fuertemente con los puños y los pies, pero no conseguí abrirla. Grité y grité llamando a alguien que me socorriera. Desesperada, lancé una de las sillas mientras gritaba. Después otra y luego otra. Solamente el silencio de la oscuridad me respondió.

Los minutos transcurrían lentos, amenazadores. El miedo se apoderó de mí. Me senté en el suelo contra la pared estrechando mis piernas entre los brazos. Escuché el intenso latir de mi corazón y no pude evitar el débil sollozo que inundó mi garganta.

En medio de la espantosa oscuridad, una luz parpadeante apareció sobre el libro que había dejado abierto en la mesa. La luz creció y tomó la forma de un hombre. Su cuerpo metálico reflejaba la llama anaranjada de la antorcha que portaba en una mano. Sentí terror al escuchar las fuertes pisadas, que se acercaban lentamente.

Pero cuando se aproximó a mí, reconocí su hermoso rostro.

‒Mi señora Oriana, nada temáis. He venido a rescataros –me dijo sonriendo y ofreciéndome su mano.

Sobre la autora

Francesca Montaraz estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Entre los años 1994 y 2003 fue lectora de lengua española en Universidades de India y África.

Sus relatos y poemas han aparecido en varias revistas y antologías. Con el relato “Alondra de fuego” fue finalista en el Primer Certamen de la Hispanic Culture Review de la George Mason University y con “La casa de las afueras” en el XXIX Premio Ana María Matute de la editorial Torremozas.

Libros publicados: Lihaf: Cuentos de mujeres de la India, Los confabuladores nocturnos: Relatos contemporáneos de la India y Cuentos a la luz de la hoguera.

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