El caso Clitemnestra

José Rodríguez sumaba los suficientes casos ganados, muchos de antemano imposibles, para afirmarlo entre los principales abogados criminalistas del país. Pasaba horas tras la mesa de su despacho, y allí respondió a la pregunta que acababa de formularle la hija de su clienta:

  —Sí, señorita, en mi cara se expresa que el caso se complica, pero no desesperemos… Las nuevas pruebas son concluyentes… Volveré a serle sincero: El fiscal empieza a frotarse las manos. Resulta que en el cuchillo que mató a su padre no hay huella alguna del amante de su madre…

  —¿Tan solo de ella?

  —Eso es. Sus huellas son las únicas que aparecen.

  —Entonces…

  —No veo como vamos a cargarle el muerto, señorita.

  —Le pagamos para eso.

  —Cobro una minuta razonable para evitarle un mal mayor a su querida madre, no lo olvide.

  —Mamá nunca tenía que haberle dado aquel primer beso… Estoy segura de que fue él quien la convenció para acabar con papá.

  —No es lo que he leído…

  —También habrá leído que quiso sacrificarme… Los mitos se cuentan cómo se cuentan, señor Rodríguez. Papá tenía sus cosas… También lo habrá leído.

  —Señorita, antes convertir en reina a su madre, Agamenón le mató a su hijito recién nacido y a su primer marido… Conozco bien a ese fiscal: Si le fallara el móvil pasional, tiraría de la venganza como argumento motivador, y lo haría a discreción, no lo dude.

  —Papa era un hombre espinoso, de discusión rápida, pero era querido y se hacía respetar. Recuerde que Agamenón no fue un héroe de pacotilla —apostilló sonriéndole.

  —Me place que se lo tome con cierto humor, Ifigenia. Debería sopesarlo…  Los dos sabemos cómo acabará la historia… ¿No cree que a su mamá le conviene entrar en la cárcel? Allí dentro estaría protegida de Orestes. Quizás el paso del tiempo acabe disipando su vengativa obsesión…

  —¿Y no la acabe matando? No conoce a mi hermanito, señor Rodríguez. Es un cabezota y nada le impedirá cumplir su papel en el mito. Ni tan siquiera que la víctima sea su propia madre. Usted lo ha dicho. Sabemos como acaba la historia. Solo si lográramos demostrar su inocencia… ¿Cree que podríamos servirnos de la enajenación mental transitoria? Tenía entendido que se trata de uno de sus recursos fetiches, ¿no?

José Rodríguez sonrió antes de encender un puro. Ifigenia contaba con la virtud de la obstinación. No fue cuestión de suerte. Empezaba a entender por qué aquella sacerdotisa había logrado salvar el pescuezo en el último suspiro.

Sobre el autor

Rubén Martín Camenforte. Nacido en España, licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ganador del III Certamen de Relato Corto ‘Fundación Villa de Pedraza’ 2008, ganador del II Certamen Literario de Cuentos y Relatos de Montaña ‘Cuentamontes’ 2009, primer premio en castellano del IV Concurso literario de relato breve El Laurel 2009, ganador del III Concurso Literario de Relato Corto ‘Manuel Rivas’ de la Irmandade Galega de Rubí 2019.

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