El concepto de “ilimitado” en Anaximandro de Mileto

El concepto de “ilimitado” en Anaximandro de Mileto

 

Prof. Juan Brando

 

Se cree que Tales de Mileto fue el primer filósofo occidental: perteneció a la escuela jónica, que se ocupó principalmente de estudiar los orígenes o fundamentos del mundo natural.  Para Tales, el principio de la naturaleza era el agua o lo húmedo. Pero su sucesor Anaximandro consideró que no  podía sostenerse sin problemas que una sustancia o elemento entre los demás tuviese sobre ellos una primacía arbitraria. Por eso, sustituyó el agua por algo indefinido, carente de propiedades, y capaz de incluir en sí a los opuestos. De este indefinido metafísico surgían aparentemente las cosas del mundo de la experiencia, y retornaban a él toda vez que eran destruidos.[1]  Además era preciso que, para no agotarse en el curso de las creaciones, esta sustancia fuese infinita, por lo cual recibió el nombre de apeiron que quiere decir “lo ilimitado”. [2]

Por primera vez en la historia de la metafísica occidental se busca para el mundo concreto o tangible una explicación procedente del orden abstracto o conceptual. Este ente no experimentable a que se reduce el mundo de la experiencia sensible es caracterizado como algo inmortal, imperecedero, inengendrado e incorruptible, que abarca e imprime movimiento a todas las cosas.

Los intérpretes de Anaximandro se han preguntado cuál sería el contenido de ese primer concepto metafísico. Si algunos sostuvieron que se trataba de una quinta esencia corpórea, a medio camino entre los elementos, otros han postulado que podía ser la mezcla de las materias empíricas; e incluso se ha pensado la posibilidad de que se tratase de un ser indefinido en cuanto a su cualidad, la materia como algo todavía indeterminado, es decir como posibilidad de ser o ser en potencia; tal vez, se supone a veces, una expresión filosófica de la antigua representación mitológica del Caos.

Aristóteles creyó que el sentido de esta palabra, Apeiron, debe ser entendida como el infinito e inagotable stock o depósito de virtualidades de que se alimenta el Devenir, y ha aclarado que no se trataba de lo indeterminado. La etimología de la palabra Apeiron conlleva el sentido de ilimitación.

Aristóteles pensó que lo que era ilimitado no podía tener principio. Es decir que había dos tipos de entidades: las que son principio o las que tienen principio. Lo Ilimitado, se dice que no puede tener principio, pues de ese modo tendría algún límite. Así, sólo lo Ilimitado satisface los requisitos de un principio absoluto.

En el libro tercero de la Física, Aristóteles afirma que el apeiron, puesto que es principio, debe ser algo que no se genere ni se corrompa, además es principio de todo lo demás, abraza y gobierna todas las cosas, y se denomina “lo divino”, ya que es inmortal e indestructible.

Hay quienes se preguntan cuál es la vinculación entre este ente ser ilimitado e inengendrado y la idea de un Dios supremo. Efectivamente parece que ésta acepción de un Dios como aquello que no consta de principio ni fin era frecuente en la tradición antigua a la hora de referirse a la naturaleza divina.

Aristóteles considera que el apeiron de la vieja filosofía de la naturaleza es la materia de las cosas sensibles. Pero esto sería aparentemente algo incompatible con la afirmación de que “abraza todas las cosas”.

También pertenece a Aristóteles la expresión según la cual ese apeiron es lo Divino en tanto inmortal e indestructible, atribuyendo ese pensamiento a Anaximandro y otros filósofos de la naturaleza.

Parece, por lo tanto, que se encontrase en el propio Aristóteles la controversia entre dos formas de entender el apeiron: como materia indeterminada y como entidad eterna que gobierna y abraza todas las cosas.

Algunos autores defienden la postura de que el apeiron debe ser identificado con la divinidad. La expresión “lo Divino” entendida como sustantivo denota un concepto independiente al que se califica como lo Ilimitado, y se le adjudica un carácter esencialmente religioso. Esta idea es contraproducente para quienes pretendemos decir que el apeiron es más bien lo Indeterminado, o sea, una esencia que todavía no posee determinación formal, el ser común sin ningún atributo, e incluso la materia aristotélica.

Da la impresión sin embargo de que la definición por parte de Anaximandro según la cual lo Ilimitado abraza y gobierna todas las cosas, da plena satisfacción a los requerimientos que desde antiguo el pensamiento religioso ha hecho a la divinidad.

Esto presenta un problema, aunque todavía no podamos describirlo con claridad. Si el apeiron fuese “el sujeto del sumo poder y dominio”, no podría llegar a ser, sino que estaría siendo constantemente actual.  Pero si el apeiron es el trasfondo de todas las otras cosas del mundo, como por ejemplo los elementos, cuando se transforma o se expresa en ellos experimenta una especie de cambio: pasaje a la actualidad. En este caso no podría ser lo perfecto o perfectamente acabado, ya que sería más bien la potencialidad para una posterior perfección.

Por otra parte, podría pensarse que la materia indeterminada o una entidad de carácter potencial sería un mejor candidato para aquella calificación de “el infinito e inagotable stock o depósito de virtualidades de que se alimenta el devenir”.

Por consiguiente, es posible cuestionar la atribución al apeiron de las cualidades propias de una divinidad, alegando que los intereses de Anaximandro habrían pertenecido a una órbita estrictamente filosfófica y no religiosa. Esto concuerda con la idea según la cual los pensadores jónicos fueron pioneros en el arte de construir las explicaciones racionales sobre el mundo emancipándose del avasallante y aterrador poderío de los Mitos.

Todo esto conduce probablemente a una meditación acerca de qué clase de Ser es un Dios y cuál es la relación o situación entre este Ser y el resto de los seres.

Parece que Anaximandro creía en la existencia de innumerables mundos o cielos a los que denominaba “dioses”, y que no siendo inmortales, vivían mucho más que lo que dura la existencia de un hombre. Estos dioses no son lo mismo que lo apeiron sino que serían probablemente entidades mortales y subalternas. Incluso podría decirse que estos mundos o dioses surgen de lo apeiron  y retornan a él.

Pero francamente no hay constancia de que Anaximandro haya llamado al apeiron “lo Divino”, sino que esa vinculación parece más propia de los intereses de Aristóteles, que habitualmente buscaba una causa final que ordene la cadena de las causas.

En pocas palabras, podría aceptarse que Anaximandro se refería a un dios aunque no lo llamase así, un dios como Zeus, del que surgen y al que retornan todas las cosas.

Pero nosotros nos preguntamos si será más bien el apeiron lo Indeterminado, la materia, la pura potencia, o bien, una esencia indeterminada.

Deberíamos entonces pensar en cómo sería posible un Dios que sea principio y fin de todas las cosas y que no esté sometido a ningún principio de determinación, sino que sea él mismo la causa de todas las determinaciones, y sin que las tenga en sí.

¿Qué es algo perfecto y por qué se diría que es perfecto?¿Cómo podría ser lo perfecto, algo que no posee ninguna forma? O dicho de otro modo, ¿Cómo podría adjudicarse a él la perfección? Parece que no es lo mismo hablar de la perfección de una cosa del mundo y de la perfección de la entidad última que todo lo gobierna y lo abarca. Realmente, no conocemos la perfección entre las cosas del mundo: lo estrictamente perfecto debe ser algo que está más allá del horizonte de nuestras experiencias.

 


NOTAS

[1] H.D.F. KITTO, Los griegos, Buenos Aires, Eudeba, 1962, p. 248.

[2] W. WINDELBAND, Historia de la Filosofía Antigua, Buenos Aires, Nova, 1955, p.44

 


BIBLIOGRAFÍA

Kitto, H.D.F. (1962) Los griegos. Buenos Aires:  Eudeba.

Windelband, W. (1955) Historia de la Filosofía Antigua, Buenos Aires: Nova.

 


SOBRE EL AUTOR

Juan Alejandro Brando es profesor en filosofía por la Universidad Nacional de Mar del Plata, Doctor en Filosofía por la Universidad de Lanús. Ha publicado el libro Agresión y política. Obtuvo el Premio Literario Osvaldo Soriano edición 2009.

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