Arqueología de la alimentación: ¿qué comían los seres de ultratumba en el imaginario de Mesoamérica?

Arqueología de la alimentación: ¿qué comían los seres de ultratumba en el imaginario de Mesoamérica?

En el siglo V AC, el poeta griego Simónides de Ceos, encontró un cadáver en una playa desierta y  lo enterró en una tumba improvisada. Durante la noche el alma de aquel ahogado se presentó ante Simónides y le advirtió que no se embarcara porque el navío zozobraría. A la mañana siguiente, atendiendo la recomendación del muerto, Simónides permaneció en tierra y con horror vio cómo el presagio del difunto se cumplía pues el navío fue engullido por las olas ante sus propios ojos matando a todos los tripulantes. En agradecimiento Simónides edificó un hermoso cenotafio en aquella playa y construyó también un poema que inmortalizara el suceso con el aparecido. El pasar implacable del tiempo disolvió en el olvido a aquella hermosa edificación, sin embargo el poema quedó inscrito para la posteridad, salvando nuevamente la memoria de aquel desafortunado hombre al que Simónides ayudó.

Sirva esta anécdota para sugerir que cuando los vestigios físicos han sido dañados o han desaparecido por los embates de los siglos, los escritos pueden arrojar luz sobre la lengua, las costumbres, las tradiciones, la alimentación y el pensamiento de los pueblos antiguos.

Es el caso de este breve artículo que, a partir de los testimonios conservados en las crónicas de Indias del siglo XV y XVI, exponemos cómo la alimentación superaba la frágil vida humana, constituyendo el vínculo de comunicación con los seres de ultratumba dentro de las civilizaciones precolombinas. Además es la alimentación la que establece una diferencia genealógica entre los seres del más allá separándolos en reinos: el de los muertos y el de los fantasmas. En este escrito exponemos las tres funciones de los alimentos y cómo relacionan al mundo de los vivos con el de los muertos.

Respectos al reino de los fantasmas la relación que se establece con los vivos es diferente puesto que los fantasmas en las tradiciones post mortem de los pueblos antiguos, no comen. Y por cuestiones de extensión escapa a la intención de nuestro artículo.

Muertos y fantasmas: reinos aparte

Dentro de las crónicas indianas se puede advertir una cuestión de suma importancia: los muertos y los fantasmas pertenecer a reinos diferentes. Esta distinción podría explicar ciertas inconsistencias de su concepción no sólo en el ámbito literario y cultural, explicaría también su paradigmática presencia y conducta en el pensamiento de tantos pueblos. Esta hipótesis se fundamenta en el siguiente cuadro:

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El reino de los muertos y las funciones de la alimentación

Con respecto a cómo los muertos sacian el hambre, el trabajo de investigación ha resultado arduo, ha sido necesario constatar dicha hipótesis no sólo en fuentes amerindias, también en otras tradiciones antiguas. La creencia en que los muertos siguen estando vivos a pesar de la tumba y el temor a que éstos regresen de ella es algo que ha ocupado la mente de muchas civilizaciones. Una manera general de contenerlos –entiéndase mantenerlos contentos− ha sido otorgándoles agua y comida. Es un modo de protección, de proporcionarles lo necesario para el largo viaje que deben emprender a los distintos reinos de los muertos y así mantenerlos bien lejos y evitar que regresen a atormentar o a causar algún daño en el mundo de los vivos. Este temor ha generado un culto a los ancestros. Honor y alimento es lo que los mantiene satisfechos.

El alimento como modo de contención

Ninguna civilización tan elaborada, en este aspecto, como la china, que pensaba que existían dos almas: po y hun. La primera se originaba por el esperma en el momento de la concepción; la otra, por el aire que se respiraba en el momento del nacimiento. Después de que alguien moría, el alma po se disolvía junto con la tierra, pero el alma hun debía ser alimentada por sus descendientes en su travesía al mundo inferior. De no ser así, se tornaba en un ente sumamente peligroso.[1]

Entre griegos y romanos también estaba ampliamente difundida la idea de que los muertos −aun enterrados− seguían vivos de cierto modo. Y para prevenir posibles apariciones se practicaban complejos procesos de exorcismos: se llamaba por su nombre al difunto tres veces, y se agregaba la fórmula “que te sea leve la tierra”,[2] pero la más importante era la introducción de un largo tubo que iba directo al fondo de la sepultura, de esa manera los deudos podían verter sin complicaciones líquidos y alimentos especiales durante el aniversario luctuoso del difunto y durante los tres días de la apertura de los inframundos grecorromanos .[3]

En la región sudamericana de Demerara, la actual Guyana   holandesa, vivió un pequeño niño que había adquirido el terrible hábito de comer arena y murió a causa de ello. Sus padres y abuelos lo conminan a que no regrese a buscarlos, que por eso le han puesto un saquito de arena en su tumba, para que coma.[4]

En el pueblo tarahumara también se teme el retorno de los difuntos. Similar al caso de Demerara es el del narrado por Lumholtz, quien describe cómo una madre que ha perdido a su hijo pequeño le dice: “no vuelvas de noche a buscarme el pecho, ¡vete y no vuelvas más!”, y le coloca un pocillo con leche. También presenció el entierro de un ahorcado cuyo padre le gritaba al tiempo que le ponía un recipiente con cierta bebida: “ya no vuelvas a beber tesgüino con nosotros, quédate ahí”.[5]

Ofrecerles esa cerveza de maíz tostado y toda clase de alimento es un modo de suponer que necesitan todo lo que consumían aquí. Ejemplo de ello son las mujeres muertas en el parto que “en la noche bajan del cielo en busca de sus usos y sus útiles para tejer”.[6] Y también el hecho de que en el inframundo se sigan consumiendo tamales y atole, aunque, en este caso, de pinacates y pus.[7]

Fray Bartolomé de las Casas narra que las ofrendas de comida para los muertos se extendían hasta por cuatro años con tal de que entendieran que no debían volver.[8] En Sahagún está descrita una plegaria pronunciada por un anciano ante el cadáver de un joven a quien se le ofrece un jarro con agua para que parta y no regrese.[9] El agua derramada sobre las tumbas mantiene en un estado de confort al difunto y por lo tanto lejos.

Los habitantes del Coaibai, inframundo descrito en las crónicas indianas del Caribe se diferencian completamente de las huestes de los muertos convencionales porque comen solos, no necesitan ofrendas del ser humano. Por lo tanto no pueden ser contenidos con alimentos, la tenue membrana del día es la única frontera que los separa del mundo de los vivos.

El alimento como modo de obtención de información sustantiva

El alimento no sólo contiene a los muertos dentro de sus tumbas, es el medio más efectivo de trueque para obtener información sustantiva sobre el rumbo de una civilización e incluso de la humanidad misma.

Es muy importante aclarar que sólo los héroes iniciados o los dioses tienen la posibilidad de convertirse en héroes buscadores que bajan a los distintos inframundos para conseguir información. Ningún ser humano normal tiene dicho privilegio. Basta mencionar el caso de Odiseo, quien ofrenda sangre al alma de Tiresias a cambio de información que le permita regresar a Ítaca[10] y convertirse en uno de los héroes con más fama no sólo de todas las literaturas, sino de todos los tiempos. Pueden citarse tantos héroes más: Orfeo, Eneas, Heracles…

En los mitos Asirios, la diosa Ishtar no sólo baja por información crucial, sino por un objeto maravilloso, el agua de la vida, que será indispensable para resucitar al dios Damuzu.[11]

En la mitología mesoamericana está contenido el ejemplo claro de cómo los muertos poseen información determinante, en este caso, el surgimiento de la humanidad. En la leyenda de los Soles, Quetzalcóatl camina a Mictlán para consultar a Mictlantecutli sobre cómo formar a los macehuales, que somos todos los seres humanos.[12] Y no sólo eso, una vez formados, viajará nuevamente al inframundo para saber cómo alimentarnos. Otra vez, la presencia del dios o héroe cultural, al igual que en otros mitos, ha de buscar a través de su astucia el destino común.

Los muertos del Soraya  no están interesados en revelar ninguna información sustantiva a los vivos, los medios alimenticios de persuasión de los seres humanos les tienen sin cuidado.

El alimento como modo de retribución de los muertos a los vivos

Los muertos no son sólo proveedores de información ni entes que requieren ser contenidos, son la materia de la que se han conformado y se conformarán todas las cosas, son el alimento del pasado y el futuro, su certeza.

Quetzalcóatl conforma a los humanos a partir de los huesos de los muertos. Los lleva a Tamoanchán, el “lugar del origen” donde son molidos en el metate por la diosa de la tierra; Quetzalcóatl y Tezcatlipoca fecundan la masa que echan en un lebrillo con sangre que se sacan de todas las partes del cuerpo.[13] Los muertos son los responsables de la antropogénesis. Tezcatlipoca tiene un muñón sangriento en vez de pierna. Cipactli, símbolo de la tierra, tiene en el hocico el pie que, al ponerse el sol, le arrancó al dios de un mordisco. Del pie muerto hundido en el vientre de la tierra, el inframundo, surge una planta de maíz. Junto a ella se encuentra el técplat, cuchillo de pedernal, alusión al hecho de que el grano de maíz tuvo que morir primero y que el brotar de la mata es su resurrección.[14]

En el mito peruano, el Ukju-Pacha, el mundo inferior es donde estaban guardados los gérmenes de la vida, las semillas y las raíces de las plantas. Y eran los muertos los mensajeros para pedir alimento y que los hombres, las plantas y los animales pudieran subsistir.[15]

Los muertos son también la fuente para la generación de almas[16]: “El que moría muy niñito y era aún una criatura que estaba en la cama se decía que no iba allá al mundo de los muertos, sólo iba allá al Xochatlapán”.[17] También se conoce  a este lugar como Chihihuacuauhco. Ahí los niñitos maman de un árbol nodriza y pueden volver a reencarnar.[18]

En el imaginario del Caribe, hubo un ser llamado Maquetaurie Guayaba[19], fue el primer habitante del Coaibai o inframundo caribeño, y se transformó no sólo en su regente, también en la materia de la que se nutre su población: las guayabas. Los muertos consumían estos aromáticos y exóticos frutos, cuyo interior, al igual que el de la tierra, está atiborrado de semillas. Es su vínculo con la vida. Los muertos son capaces de transformar su carne en pulpa jugosa. Pueden transmutarse durante la noche en dulce fruta para ser ingeridos por los vivos, infiltrándose en su interior palpitante. El fruto es alegoría del punto donde convergen la luz amarilla de sol y su fertilidad con la sustancia obscura de la muerte.

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Entierro “I Osario 2TB2” Proyecto de investigación  y conservación de la Zona Arqueológica Cerro El Tlatoani, Morelos, México. 2014.

NOTAS

[1] E. Canetti, Masa y poder, 2002. p. 320

[2] “Sit tibi terra levis” y variantes, véase Marcial, Epigramas, V, 34, 10; VI, 52; IX, 29, 11

[3] A.Toynbee, Death and Burial in the Roman World, 1971. p. 201.

[4] Canetti, op. cit. p. 310.

[5] C. Lumzholt,  El México desconocido,  trad. de Balbino Dávalos, New York, Charles Scribner’s Sons, 1986. p. 200.

[6] Seler, Códice Fejérváry-Mayer, en Westheim, La calavera, 1985, p. 41.

[7]  Sahagún, Primeros memoriales, segundo capítulo, párrafos 6 y 7.

[8] De las Casas, Bartolomé, Los Indios de México y la Nueva España, 2004. p. 185.

[9] Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, p. 293.

[10] Hom. Od. XI.

[11] M. Mauss, Lo sagrado y lo profano,  Barcelona,  Barral, 1970. p. 23.

[12] Westheim, op.cit., p.33.

[13] Westheim, Idem.

[14] Códice Fejérváry-Meyer, lámina 14.

[15] Valcárcel, Historia de la cultura antigua del Perú, en Westheim, op. cit. p. 31.

[16] “La masa de los muertos es el arca de agua de la que surgen las almas de los nuevos vástagos,” dice Canetti, op.cit. p. 75. En la Eneida, libro VI, también Virgilio hace referencia sobre los muertos que han de ser las nuevas almas de los seres humanos.

[17] Sahagún, op. cit. cap. III.

[18] Códice vaticano A 3738.

[19] Hernando Colón, op. cit., LXI. cap.12.

 


BIBLIOGRAFÍA

CANETTI, ELIAS, Masa y Poder, Barcelona, Galaxia Guttenberg, 2002.
COLÓN, HERNANDO, Historia del almirante, ed. Luis Arranz, http://www.artehistoria.es
DE LAS CASAS, BARTOLOMÉ, Los Indios de México y la Nueva España, México, Porrúa 2004.
HOMERO, Odisea, Barcelona, Gredos, 2002.
LUMZHOLT, C, El México desconocido, trad. de Balbino Dávalos, New York, Charles
Scribers Son´s. 1996.
MAUSS, M., Lo sagrado y lo profano, Barcelona, Barral, 1970.
MARCIAL, Epigramas, Barcelona, Gredos, 2001.
SELER, Códice Fejérváry-Mayer, en Westheim, La calavera, 1985,
SAHAGÚN, SAN BERNARDINO DE, Historia general de las cosas de la Nueva España, ed. Juan
Carlos Temprano, Madrid, Dastin, 2001.
__________, Primeros memoriales, Oklahoma, University of Oklahoma Press, 1997.
TOYNBEE, A., Death and Burial in the Roman World, NewYork , Cornell University Press,
1971.
VIRGILIO, Eneida, ed. Javier Echave-Sustaeta, Madrid, Instituto. “Antonio Nebrija”, 1962.
WESTHEIM, La calavera, México, FCE, 1985.

 


SOBRE LOS AUTORES

Jorge Alberto Linares Ramírez es arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Arqueólogo en el Proyecto de Investigación y Conservación de la Zona Arqueológica Cerro del Tlatoani. Tlayacapan, Morelos, México.

Mariana Pablo Norman es licenciada en Letras Clásicas por la FFyL de la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra y doctora en Filología Medieval por la Universidad Autónoma Metropolitana. Profesora de Griego y Latín en la ENP, UNAM. Miembro de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada.

Centros de investigación: Instituto Nacional de Antropología e Historia. UNAM/UAMI posgrado en Humanidades.

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