La leyenda

Todo está a punto.

El último rescoldo del día se disemina como una telaraña por el cielo y lo tiñe de púrpura. La luz se abre paso entre los cerros y atraviesa la espesura del bosque sagrado; por las fisuras de las hojas perennes se filtra la claridad sesgada. Una bandada de color negro satinado planea con el viento y se asienta en los altos de los árboles: son grajos que se recogen antes de que el astro rey descienda.

En la planicie de la colina, una pira arde en el centro de un círculo de estacas, algunas de ellas con restos aún de anteriores vidas entregadas. En el aire vibran livianas las canciones de los asistentes: dos tribus vecinas, unidas en comunión, que participan en el rito. Juntas aguardan la ofrenda. El crepitar del fuego embriaga como una pócima y purifica la ceremonia. El nuevo año celta entrará cuando el sol duerma. Los antepasados de los arévacos y de los bellos serán rememorados, y Samhain, el dios de la muerte, se sentirá venerado.

Todo está a punto.

Apenas a unos metros de la hoguera, bajo el abrigo del roble más vetusto del carvajal, el escogido permanece delante de la pila del sacrificio. No es más que un adolescente honorado por la elección y enaltecido por aceptar la voluntad del pueblo. La nuca tatuada y los ropajes de gala, que no se llevará consigo, lo distinguen. En el escenario de la celebración, le acompaña su progenitor. Las manos desnudas del muchacho esperan de él el cinturón con la espada, el último atavío del ritual. Los ojos zarcos del padre se fijan en el hijo, con una mirada turbadora, de fondo indefinible, que atraviesa la del joven.

Del hombro paterno cuelga un zurrón donde guarda unas ramas de muérdago y un amuleto: la estatuilla en bronce del dios oso Arconi, protector durante generaciones de la unidad familiar. Bajo la atención sigilosa de un cárabo, la extrae del morral y la coloca sobre una piedra próxima al chico. Nadie dice nada, ni un murmullo; ni siquiera se percibe un chasquido del ave rapaz acomodada en el hueco del viejo roble. La quietud no se ve alterada, solo se oye cercano el beber apacible de los animales en el río Jalón antes de retirarse. La naturaleza se aplaca.

Todo está a punto.

La luna llena preside por fin la noche. No hay más luminosidad que la suya y la que desprenden el fuego de la hoguera y la de las antorchas que acaban de encender los presentes. El sacerdote que va a asistir el sacrificio se aproxima al muchacho, con el bastón de fresno en una mano y con la otra le ofrece un trago de vino para saciar la sed. Acto seguido, el místico eleva las manos al cielo estrellado, como si lo acogiera, y entorna los ojos, mientras dirige unas oraciones al firmamento.

Un silencio sordo se impone y un halo de misterio se apodera del bosque.

El elegido empieza a desnudarse. Se desata las botas, se desbotona la larga capa y la deja caer. Y antes de que se desprenda de la túnica, su procreador llega hasta él con la espada, pero no se la entrega.

Una inesperada ráfaga de viento se arremolina a los pies del privilegiado.

Samhain se estremece.

El padre se coloca detrás del sacerdote, levanta el hierro y, sin mediar palabra, le pasa el filo por la garganta. Del cuello sesgado brota la sangre, revestida de un reflejo de luna, que baña la pila y salpica el rostro y el rubio cabello del adolescente.

El cuerpo sacro se desploma, convulsiona. Raudo, el progenitor coge al vástago y la estatuilla del oso. Entonces la mirada del moribundo se le cruza, con las órbitas blancas fijas en él. Sorprendido, el hombre le golpea sin control en la cabeza con el bronce hasta que este se le cae de las manos. Con impavidez, intenta espabilar al chico, aletargado por los efectos de una pócima; mientras, el cárabo ulula. La inacción general es absoluta.

Ante el desconcierto, padre e hijo aprovechan para emprenden la fuga a tierras romanas, sin el dios oso protector, que queda olvidado y ensangrentado en la pila sacrificial. La espesura del bosque los acoge, y la luna de henchida esfera les abre camino. Los huidos se acercan al río, que embravece al notar su presencia, y limpian la espada en sus aguas, que enrojecen.

Un conjunto de estridentes graznidos alza el vuelo.

Todo el territorio de la Celtiberia siente la furia de Samhain.

La leyenda está a punto.


Sobre la autora.

May (Mª José) Flores Manzano, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona (1997). Carrera profesional: ámbitos editorial y periodístico (Parramon Ediciones y La Vanguardia de Barcelona. Actualmente: profesora de Lengua Castellana y Literatura en Barcelona, España.

Premios:

-Primer Premio Narrativa Corta en XIII Concurs de Poesia i Narrativa, (Associació Badalona Poètica), diciembre 2019, con el relato Sense alè (‘Sin aliento’).

-Accésit en el VI Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo 2020:  Mediterraneum mare.

-Premio Certamen de Cuentos Infantiles sin Fronteras de Otxarkoaga (Bilbao), abril 2020. De puntillas.

-Finalista VII Premi de Contes Tal com Sents 2019 y en VIII Premi de Contes Tal com Sents 2020. Instituto Investigador Blanxart, de Terrassa, Barcelona.

Finalista: VI Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo 2020: Huesos sin nombre.

Publicación: Contextualización de los afijos des-, in-, -ble y -do para una base XA, en el Anuario de Filología de la facultad de Filología Románica (UB).

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