Ecos homéricos en torno a la figura de Safo de Lesbos en la novela portuguesa “A Rocha Branca”

A Rocha Branca se publicó en Portugal en 2011. Trata la vida de la poeta más famosa de la literatura griega, Safo de Lesbos. Esta novela histórica[1] que reúne muchos de los ingredientes del género,[2] para la cual Fernando Campos (1924-2017) se ha documentado ampliamente, realizando numerosas investigaciones y lecturas de autores griegos y latinos. Él mismo confiesa haber realizado “una multitud de investigaciones y lecturas de autores de antes y después de ese tiempo, griegos, latinos, modernos, de ayer y de hoy, pacientes trabajos de especialistas en arqueología, literatura, geografía, iconografía, costumbres, etc., etc., que hacen creíble la trama de la ficción, aunque se aprovechen de leyendas, hipótesis, maravillosas mitologías, ctónico…” (14).[3]

Desde luego en el título —que valora sobre todo el fin de la vida de la poetisa —el escritor señala la elección de una de las versiones que corren sobre la muerte de Safo, prefiriendo la leyenda de su suicidio en la roca de Léucade por razones de desesperación amorosa, en detrimento de otra tradición, que le atribuye una muerte en la vejez.

El escritor F. Campos es un caso poco frecuente en la literatura portuguesa. Ya tenía 62 años cuando debutó en la ficción con una novela histórica – A Casa do Pó (1986), que fue muy bien recibida por el público y la crítica y que, de un momento a otro, lo inscribió como una referencia en el panorama de la literatura portuguesa contemporánea. Le siguen numerosas novelas, muchas de ellas también de carácter histórico. Entre ellas versa sobre figuras de la historia portuguesa, como los monarcas D. João II (A Esmeralda Partida, 1995) y D. Sebastião (A Ponte dos Suspiros, 2000), o sobre figuras literarias como el escritor D. Francisco Manuel de Melo (O Prisioneiro da Torre Velha, 2003).

Es relevante para este análisis, a manera de intratexto considerar que Fernando Campos se licenció en Filología Clásica. Siempre permaneció vinculado a las lenguas y culturas antiguas. Durante toda su vida ejerció como profesor, dentro del área, en un instituto (el Liceu Pedro Nunes, en Lisboa). El mismo interés en el legado griego se refleja en sus traducciones de poemas de Safo, aún inéditos. Este fue el testimonio que dejó en una entrevista con su editora, instructivo sobre el impulso que habrá estado detrás de la escritura de la novela: “Hace mucho tiempo, la poetisa Safo, de la que traduje y tradujo los pocos pasajes que le sobraron… que las arenas de Egipto ocultaron, fue un desafío.  Safo era un desafío. Y lo fue.”[4]

Como foco de este análisis se eligieron los ecos homéricos, dispersos, de forma más o menos explícita, a lo largo de la narración. A manera de justificación, Campos le atribuyó mucha importancia a los poemas homéricos como punto de partida de toda la literatura occidental. En este sentido, véase la entrevista mencionada anteriormente, en la que comenta los grandes libros de su vida: “Es esencial, por ejemplo, que una persona lea a Homero. Homero es el padre de la literatura. Ya no digo en griego, como soy capaz. Pero para leer en una buena traducción. Eso… tiene todo ahí. Tiene todo allí. La literatura no ha inventado nada más. Y otra cosa es el gran Libro Sagrado, la Biblia, por ejemplo, u otros grandes libros sagrados. Al leer eso, uno sabe todo.”[5] 

Motivos homéricos en A Rocha Branca

La novela A Rocha Branca se presenta como una biografía de Safo y, en su construcción, observa el patrón típico del género biográfico, tal como Plutarco lo configuró en definitiva. Así, la narración biográfica sigue, desde el principio del género,[6] un camino diacrónico, en una línea marcada por tres momentos axiales: origen y fase ascendente, ápice, declive y muerte. El ápice marca el punto donde el factor identificador de la excelencia del biografado se manifiesta plenamente. En el caso de Safo, esta excelencia se traduce en la capacidad lírica.

El género establecido por Plutarco tuvo, como es consensual, un precedente primero en la épica, a saber, en la Ilíada y la Odisea, organizadas en torno a un héroe, Aquiles y Ulises respectivamente. A Rocha Branca, por su parte, se desarrolla en torno a la figura de Safo y no es casualidad que el clasicista Fernando Campos sustente su narración inspirándose en los Poemas Homéricos. Al hacerlo, toma de cada una de estas fuentes lo que es esencial para él. La Ilíada, como poema de guerra, proporciona elementos para la creación de episodios que, en la vida de Safo, tocan más de cerca una realidad bélica. Construyendo la biografía del poeta dentro de un contexto —aunque ficticio— de inspiración histórica[7] (en particular la invasión de Mitilene por Atenas), Campos integra motivos y observa técnicas reconocibles como homéricos.

 Por su parte, en una fase adulta, Safo conoce el exilio y, con él, se abre al autor para el tema del viaje, del que la Odisea es una remisión ineludible. El viaje de Mitilene a Sicilia, que sigue inscrito en el movimiento ascendente de su existencia, está atravesado por encuentros, referencias y alusiones inspirados en la itinerancia de Ulises. Elementos bien conocidos como la descripción de los paisajes, la identidad de los diferentes pueblos y las relaciones de convivencia entre anfitriones y huéspedes constituyen un patrimonio básico en la convención del nostos al que Campos es sensible. Aunque la dirección del viaje es la opuesta, la de Ulises, regresando a su tierra natal; la de Safo, dirigiéndose al exilio, las afinidades son evidentes.

Deudora del modelo homérico en sus líneas estructurantes, la novela de Campos también le rinde homenaje en términos de estrategias narrativas y lingüísticas. El uso de estas técnicas en la evocación de una figura totalmente diferente de los héroes de la Ilíada y la Odisea sigue siendo interesante. Lo que está en juego es la existencia de una heroína, una mujer que no es una guerrera, no representa un colectivo, sino que realiza un destino individual de amor y poesía.

La centralidad de ciertas figuras heroicas de Homero, que consideramos como la levadura del futuro género biográfico, no implica necesariamente el trazado coherente y lineal de sus trayectorias de vida. La convención épica del principio in medias res se le opone. Es Plutarco, en la historia de la literatura griega tal como se conoce, quien establece un patrón de relato biográfico basado en las sucesivas etapas de la vida, alineadas en orden diacrónico: niñez, adolescencia, madurez, decadencia y muerte. Es este esquema encontrado en A Rocha Branca. Después de un prólogo, en la boca de Tisias, en el que se anticipa el trágico final de poeta, es Safo, quien, en gran parte de la sintagmática narrativa cuenta en primera persona sus experiencias y pensamientos.

En línea con la Ilíada

En el primer capítulo, Safo evoca en síntesis un arco inicial de su vida, que va desde la infancia hasta las nupcias, seguido pronto por su salida al exilio por razones políticas. Esta evocación incluye un contacto con el maravilloso mundo de los dioses y héroes, mitos y fábulas, que le llegaban de la boca de las nodrizas y la dejaban extasiada con “el espíritu enriquecido y estimulado para siempre” (27). Estos estímulos se complementan mediante el contacto con la naturaleza y las danzas y canciones que la llevan a experimentar en su propio cuerpo la noción de ritmo y medida (28, 30). Es en un ambiente de baile y canto que un heraldo trae la noticia de la inminente amenaza de una invasión de Atenas contra Mitilene. A partir de este momento, se establece una dimensión política que deberá atravesar toda la novela.

 Es en este contexto de guerra, las marcas homéricas, en este caso de la Ilíada, se hacen evidentes. Como en la convención épica, toda batalla decisiva está precedida por una asamblea de jefes que movilizan a sus hombres para el combate (cf. Ilíada 2.50-398, 8.489-542, 10.17-254, 10.299-327), también en este caso, investido de la responsabilidad de planificar y dirigir la defensa de Lesbos, Pítaco pronuncia un discurso de aliento que, en su contenido y forma, pone en práctica el mismo modelo (“Pítaco sube a la tribuna, levanta la mano peluda de un mono, hace silencio y, con una voz sonora y segura, hiere los aires y los corazones con estas palabras”, 32; cf.,  (e.g., Ilíada 2.55, 2.109, 2.244-5, 2.278-83, 2.336, 2.369, 2.411, 2.432-3). En la misma línea se inserta la fórmula para el final de su intervención: “Así habló y luego crujió el aplauso coronando las palabras aladas de su experto pecho” (33; cf., e.g., Ilíada 3.76. 3.84, 3.95, 3.111, 3.161, 3.181, 3.243. 3.310, 3.355).

 “Elegido el general de Lesbos” (33), es Mitilene —la ciudad más importante de la isla  la que lidera la defensa. Se prepara la guerra y, aún cumpliendo con la convención épica, ha llegado el momento de reclutar a los combatientes, lo que proporciona una de las descripciones habituales del armamento (33; cf., e.g., Ilíada 3.328-38, 8.53-63, 11.15-44): “En Ereso, mi padre Escamandrónimo prepara a sus hombres. La enorme casa brilla con bronces, se agitan los pelos blancos de crinas de caballo, brillan las cnémidas de los hoplitas, las espaldas se envuelven de corazas de lino nuevo, las cuotas tejidas de Lidia, los escudos cóncavos se esgrimen con la izquierda, el poderoso dardo en la derecha, los cinturones cuelgan espadas y dagas de Calcis”.

Escamandrónimo encarna el modelo de Héctor que, a diferencia de Aquiles y los invasores en general, entra en combate, no impulsado por el deseo de gloria, sino sobre todo motivado por la defensa de la patria y su pueblo. Y a este respecto, el texto es explícito en el enfoque de los dos héroes (33):

Fuera de los muros espera el ejército. Escamandrónimo, brillando en sus trajes de guerra, viene a la puerta de la casa con nuestra madre y nosotros. Recordando la despedida de Héctor y Andrómaca, prefiere contener sus palabras. Sólo dice, como el héroe homérico:

—¡Pobrecita! No atormentes el corazón. Ningún mortal puede arrojarme al Hades contra el destino. Besa a la mujer, acarícianos. —¡Adelante! Entra y dedícate a tus tareas. La guerra es para los hombres.

Cleis, ojos llorosos, llévanos. Todavía miro hacia atrás. El baja y sale por la puerta del muro para unirse a los guerreros…

Campos pone en boca de Escamandrónimo las palabras de consuelo y presagio que Héctor dirige a Andrómaca en la famosa despedida (Ilíada 6.486-96).[8]. Homérica es también la confrontación de valores y roles atribuidos a cada uno de los sexos, así como la expresión de la angustia femenina traducida en lágrimas. En la novela portuguesa, la última mirada al guerrero que ya se va es dada a Safo, una niña todavía.

En Campos la secuencia de la salida del héroe, el regreso del cadáver y la realización de los funerales que la Ilíada distribuye en los Cantos 6, 22 y 24 es muy elíptica. El protagonismo homérico de Andrómaca se desvanece a favor de la visibilidad de Safo, la figura nuclear de esta biografía (33): “Tenía seis años, mi llanto regaba los huesos de mi padre”. También es ella quien da voz a una crítica velada de lo absurdo de la guerra. El luto se transmite aquí en una dimensión principalmente doméstica; la falta del padre se percibe en la vida cotidiana por la ruptura de la rutina familiar. No sin que la muerte del guerrero arrastre consigo un cambio tan radical en la vida como el que afectó a Andrómaca, determinando un nuevo arco en su existencia.  

Errores al modo de la Odisea

Si la Ilíada proporciona estrategias, motivos y fórmulas bélicas, es en torno al tema del viaje que la Odisea se muestra inspiradora. Después de la guerra, una agitación política e ideológica se establece en Mitilene, que lleva a la instalación de una dictadura. Partidaria incondicional de la libertad e inconformista con el nuevo régimen, Safo, que entre tanto se había casado, se exilia a Sicilia en compañía de su marido. El viaje que, en Homero, es un pretexto para la expresión de la arete del héroe, se presenta aquí como un elemento biográfico, con una dimensión familiar, pero constituye una sucesión de experiencias que conducen a la arete de la figura femenina, la madurez poética. Es en este sentido que se comprende la relevancia de los encuentros de Safo con los poetas, en cada una de las ciudades a las que llega (Quios – patria potencial de Homero – Andros, Corinto, a la que se asoció el nombre tradicional del poeta del ditirambo, Aríon).

Aunque esencialmente determinado por razones individuales y domésticas, el viaje reúne topoi bien conocidos en los errores de Ulises. Así, el viaje por mar está sujeto a la habitual animosidad de los elementos, culminando en el episodio épico de la tormenta (69-70; cf., e.g., Odisea 5.313-27, 9.67-83): “Escalamos montañas de agua, subimos al cielo, nos hundimos en las profundidades del mar, descendemos al infierno con una velocidad increíble. A nuestra izquierda vimos a Sardo, una masa gris sucia, de rocas puntiagudas, amenazadoras”.

También se debe a la tradición de la Odisea el relato de múltiples paradas que permiten el contacto con diferentes paisajes, pueblos y costumbres (cf., e.g., Odisea 5.63-75, 5.237-40, 7.43-5, 7.86-132, 9.106-43).[9]. Son recurrentes los rituales de hospitalidad: bienvenida e intercambio de regalos (“Ponme en la mesa la madre de mi marido”) pasteles de miel, pasas, higos y manzanas”, 53; cf. Odisea 5.196-202, 8.59-61, 8.386-95, 8.424-32, 8.454-62; ” Cuando nos vamos, Bitina me ofrece un chal tejido por ella: “Para envolverte en la niebla”, 53; cf. Odisea 5.258-9) profundamente arraigados en la mejor tradición helénica desde los tiempos homéricos. Sin embargo, hay que señalar algunas diferencias. Mientras que la itinerancia de Ulises tiene como fin último el regreso a casa, Safo, por el contrario, se dirige al exilio. Los encuentros de Ulises siempre tienen lugar con comunidades y figuras desconocidas para él, propicias o adversas a sus objetivos, pero que invariablemente contribuyen al retrato de la excelencia de un ganador. Una vez más, en la novela, las circunstancias familiares determinan las visitas y contactos de la poetisa. Tanto en Andros, donde se presenta a la familia de su marido, como en Corinto, donde ve la fuerza comercial y cultural de la ciudad en vivo, la acogida es siempre positiva y cordial, y la oportunidad de conocer a los poetas, algo que ella busca, se le ofrece (“”Me gustaría visitar Corinto”, le digo a mi marido, para saber si todavía viven viejos amigos: Periandro y mi compatriota Aríon de Metimna que vive allí”, 54).

Un ejemplo más de afinidades entre la biografía de Safo y la Odisea es la superposición que se hace entre la poeta viuda y acosada por los pretendientes con el ineludible modelo de Penélope, en ausencia de un marido que no sabe si está vivo o muerto. Esta vez, como ya había sucedido con la despedida de Héctor y Andrómaca, Campos es explícito en su remisión cuando pone en boca de su heroína las siguientes palabras (105): “Es verdad que poseo un telar en el que tejer mi telaraña, pero no espero un marido ausente ni deshago por la noche lo que está tramado por el día…”. La sorpresa de una inesperada declaración de amor trae a la memoria de la Safo portuguesa otros pretendientes, brutales y decadentes, “buena fauna para el arco de Ulises”. Al mismo tiempo, despierta en su corazón nostálgico de un marido perdido la declaración de una fidelidad que no negaría la mayor virtud de la dama de Ítaca.    

Finalmente, los poemas homéricos inspiran en el lenguaje marcas evidentes. Muy difundidos en el estilo adoptado por la novela son las numerosas fórmulas y epítetos que constituyen un rasgo característico de la epopeya. El recuerdo de Atenea como la “diosa de los ojos verdes” (43; cf., e.g., Ilíada 1.206, 5.133, 8.357, 8.373, 8.406, Odisea 1.44, 1.156, 2.382, 2.399, 3.135), o la mención de la Aurora “de pies rosados” (157; cf., e.g., “de dedos róseos”, Ilíada 1.477, 6.175, Odisea 2.1, 3.404, 3.491, 4.306. 4.431, 4.576) corresponde a usar un código inconfundible. A que podría añadirse el poder remisivo de algunas sugerencias homéricas; así, una Safo que se prepara para iniciar en la música sus discípulas no olvida una alusión a Aquiles (100): ” El más grande de los héroes, Aquiles, gustaba de alegrar el corazón tocando la hermosa cítara de plata”, en una clara referencia a la actitud del héroe, sentado frente a su tienda cuando se acerca la embajada enviada por Agamenón (Ilíada 9.185-7): “Llegaron a los barcos y a las tiendas de los Mirmidones / y lo encontraron deleitándose con la lira de sonido claro, / hermosa y bien trabajada, cuyo marco era de plata”.

Conclusión            

Más allá de los elementos habituales asociados a la recepción de Safo —sus poemas inspirados en la naturaleza, el amor y los encantos de la convivencia femenina—, la narrativa de Campos es un muy amplio repositorio de constantes referencias a la literatura griega. Estesícoro, Hipónax y sobre todo Alceu se incluyen entre los amigos de Safo, constituyendo una red de preferencias que atestiguan la diversidad de la poesía arcaica. Heródoto, como hemos visto, también merece un lugar de prominencia con sus famosas historias de ficción. Como extraña no será la sugerencia de Plutarco o Diógenes Laercio, respecto a las leyendas asociadas a los Siete Sabios. Pero entre todas estas fuentes, Homero ocupa un lugar de excelencia, que, como recuerda Fernando Campos, está en el origen de toda la literatura occidental.            

 

Notas


[1] La novela histórica se ha devaluado durante mucho tiempo y está experimentando una nueva fase de interés en muchos países europeos, incluido Portugal, especialmente desde el decenio de 1980. Este renacimiento del género ciertamente tiene que ver con la novela del italiano Umberto Eco, Il nome della rosa (1980), que rápidamente se convirtió en un éxito mundial.

[2] Según Aust, un estudioso de la novela histórica, algunos de los signos más comúnmente inscritos en los textos del género para crear en el lector la sensación de que lo que está leyendo de alguna manera constituye un relato histórico son las fechas, los nombres (de personas, lugares, eventos, tiempos), los detalles de la historia cultural y de las costumbres, y los documentos oficiales (Aust 1994: 22). Se sabe muy poco sobre la poetisa de Lesbos. Como afirma Pulquério, “la biografía de Safo parece definitivamente anclada en los enigmas, pero en medio de tantas posiciones contrastantes, es hora de reconocer que la única fuente legítima para el conocimiento de la vida de la poetisa son sus poemas” (2001: 155). Aún así, dando mucho espacio a la leyenda, F. Campos trata de recrear el entorno de la época, mediante el uso de figuras de probada existencia histórica, como el poeta Alceu o Cércilas, el marido de Safo, hechos históricos, antropología (real o ficción), toponimia, descripciones geográficas exactas, la probable recreación de costumbres, trajes o características de la propia lengua, como veremos a continuación.

[3] En el programa “Leer más, leer mejor – Libros de la vida de Fernando Campos”, el autor responde a una periodista que le pregunta sobre el libro de su vida: “No hay ningún libro de mi vida, hay los libros de mi vida. Todos lo son. Lo he leído todo. No calcula… las últimas novelas. Hasta que… debo confesar que estoy cansado de tanta investigación que me costó hacer los libros que escribí, desde A Casa do Pó (La Casa del Polvo) hasta el último, A Rocha Branca (La Roca Blanca)”.

[https://www.youtube.com/watch?v=nGwGcINUVdw&feature=emb_rel_end]

[4] [http://editoraobjectiva.blogspot.com/2011/11/fernando-campos-fala-de-rocha-branca-ao.html]

[5] [https://www.youtube.com/watch?v=nGwGcINUVdw&feature=emb_rel_end]

[6] Heródoto puede considerarse un precursor de la biografía, ya que sus sucesivos logoi se construyen en torno a varias figuras reinantes (Creso, Ciro, Cambises, Darío y Jerjes), y siguen el mismo esquema de curvas continuas. La frecuente inclusión en A Rocha Branca de relatos explícitamente inspirados en las Historias de Heródoto (por ejemplo, el episodio de Arión y el delfín, F. Campos 54-57, Heródoto 1.24.1-8; la dinastía Lidia y el acceso al poder de Giges, después del célebre episodio de la esposa de Candaules, seguido de las primeras conquistas de Creso, F. Campos 121-131, Heródoto 1.7-15, 1.27).

[7] Ferraro, Laschuk 2016: 84 resumen —a pesar de todas las dudas que la tradición suscita— algunos datos biográficos de Safo, a los que también se refiere Fernando Campos, con estas palabras: “Safo nació en la isla de Lesbos, entre 650 y 610 a.C. y murió alrededor del 580 a.C. Aparentemente, de una familia noble, estaba casada con Cércilas, de Andros, y tenía una hija, Cleis. Tenía tres hermanos: Lárico, Caraxo y Eriguio. La hija y sus hermanos se mencionan en sus versos; no habla de su padre, ni de su marido. Honró a su madre dándole el mismo nombre a su hija. Hay indicios de que la familia de Safo no estaba en buenas condiciones económicas. De hecho, fueron malos tiempos para la aristocracia de Mitilene. La vida política fue turbulenta y Safo fue aislada bajo la tiranía de Mirsilo y se exilió en Siracusa entre el 603 y el 595 a.C.; allí se guardó un busto de ella. Después del 590 a.C., ella vivió de nuevo en Mitilene”. Parte de esta información es proporcionada por los fragmentos de Safo: por ejemplo, fr. 5.1-2 PLF (“Nereidas Soberanas, concédeme / que mi hermano llegue aquí ileso”).

[8] La propia Safo dedicó a la pareja troyana un fragmento conocido como “La Boda de Héctor y Andrómaca” (fr. 44 PLF).

[9] La descripción de la naturaleza es también un elemento bien conocido de la poesía de Safo; cf. fr. 2 PLF, “El huerto de Afrodita”.

 

Referencias

Aust, Hugo (1994), Der historische Roman. Stuttgart; Weimar: J. B. Metzler.

-Campos, Fernando (2011), A Rocha Branca. Carnaxide: Alfaguara.

-“Fernando Campos fala de “A Rocha Branca” ao Diário Câmara Clara” (11 de novembro de 2011)

[http://editoraobjectiva.blogspot.com/2011/11/fernando-campos-fala-de-rocha-branca-ao.html]

-Ferraro, Leonardo Mario, Laschuk, Eduardo Fischli (2016), “Safo, Fragmento 2: Tradução e comentário”, Translatio 12: 83-92.

-“Ler Mais, Ler Melhor – Livros da vida de Fernando Campos”

[https://www.youtube.com/watch?v=nGwGcINUVdw&feature=emb_rel_end]

-Lourenço, Frederico (2020), Poesia grega. De Hesíodo a Teócrito. Lisboa: Quetzal.

-Pulquério, Manuel (2001), “A alma e o corpo em fragmentos de Safo. Traduções e adaptações”, Máthesis 10: 155-187.

 


Sobre las autoras

María António Hörster:

Es profesora asociada con agregación de la Facultad de Letras de la Universidad de Coimbra. Se formó en Filología Germánica, fue docente en Bonn (Alemaña) y Coimbra. Realizó la tesis doctoral: Para uma história da recepção de Rainer Maria Rilke em Portugal (1920-1960) (1993) (Fundação Calouste Gulbenkian/Fundação para a Ciência e a Tecnologia, 2001).

Sus principales campos de investigación son: Recepción de la literatura de expresión alemana en Portugal (Goethe, Rilke, Kafka) y estudios de traducción (traducción y Género, lingüística y traducción, crítica de la traducción literaria) y recepción de mitos clásicos en la literatura portuguesa.

 

María de Fátima Silva:

Es profesora catedrática en la sección de Estudios Clásicos de la Facultad de Letras de la Universidad de Coimbra. Como investigadora, su disciplina predilecta es la literatura griega, sobre todo el teatro trágico y cómico. En los últimos años se ha dedicado a los estudios de recepción, con particular incidencia en la literatura portuguesa contemporánea.

 

Portada de la novela

 

 

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