Un altar consagrado a Hécate entre los Grandes Dioses de Samotracia

El siguiente texto es  un apartado del libro Hécate. La diosa sombría, facilitado por su autor Mario Agudo Villanueva.

La Niké de Samotracia parece guiar desde la proa de un barco a la flota rodia que, aliada con Pérgamo y Roma, derrotó a Antíoco III el Grande en las batallas navales de Side (191 a.C.). El manto y el fino chitón que cubren la esbelta figura, se ciñen sobre su estilizado cuerpo como si estuvieran empapados por el agua salada de las olas que sacuden el casco de la embarcación, mientras son azotados por el viento que los agita de forma tempestuosa. La intensidad de la escena fue plasmada a la perfección por la destreza de un maestro escultor, identificado por algunos como Pithókritos de Rodas, que supo arrebatarle al mármol un icono universal. La estatua preside hoy la meseta de una de las elegantes escalinatas del Museo del Louvre, alejada de su ubicación original en un conjunto templario del santuario de los Grandes Dioses de la isla de Samotracia, de la que recibe su nombre y en el cual vamos a detenernos en este capítulo.

El conjunto de la Victoria no es el único de este enclave sagrado que tiene relación con el mar. Unos metros más al norte del lugar del hallazgo de la famosa escultura nos encontramos con los restos del Neorión, que en su origen se levantó para albergar un barco de guerra que fue donado como ofrenda de agradecimiento por otra victoria naval. Los relatos míticos referidos a los orígenes de los misterios de Samotracia ahondan en su relación con los hombres de la mar y los peligros que deben afrontar en la navegación. En la isla tuvieron lugar las bodas de Cadmo y Harmonía, cuyo hermano, Dárdano, se vio obligado a huir de forma apresurada en una balsa hasta dar con las costas de Troya, a las que llegó a salvo a pesar de la precariedad de su embarcación[1].

Según Apolonio de Rodas, Jasón también se detuvo en Samotracia, a petición de Orfeo, para iniciarse en los ritos secretos y navegar seguro hasta la Cólquide[2]. Diodoro Sículo nos explica en otra versión del mito que cuando los argonautas pensaban que su expedición fracasaría al ser sorprendidos por una fuerte tempestad, Orfeo, que era el único iniciado, dirigió sus plegarias a las divinidades de Samotracia y, de forma inmediata, cesó el viento y sendas estrellas cayeron sobre la cabeza de los Dioscuros. Por esta razón, señala el autor, cuando los marineros se ven en aprietos invocan a los dioses de la isla[3]. El propio Diodoro vincula la fundación del santuario con una tempestad, pues cuenta que cuando la amazona Mirina llegó a salvo a las costas de la isla, la consagró a la Madre de los Dioses como agradecimiento. Cuando las mujeres guerreras abandonaron el lugar, la diosa, complacida, decidió que sus hijos, los Coribantes, poblaran la isla y establecieran allí los misterios, en los cuáles se transmite en secreto cuál es el nombre de su padre[4].

Este sustrato mítico de abundantes ecos marinos ha provocado que gran parte de los investigadores modernos concluyan que los misterios de Samotracia eran un espacio de iniciación para personas que pretendían conseguir cierta inmunidad ante los peligros de la navegación, dado que apenas se han encontrado referencias al más allá, temática fundamental de otras iniciaciones[5]. En todo caso, como en cualquier culto de carácter mistérico, disponemos de muy poca información al respecto del rito y su función. Cabe recordar, como el propio Diodoro Sículo señala por dos veces, que los detalles de la celebración iniciática se mantenían en secreto y no podían ser revelados salvo a los iniciados[6]. En el caso concreto de Samotracia, no tenemos claro ni siquiera el nombre de los dioses que eran venerados allí. Heródoto señala que se trataba de unas celebraciones orgiásticas en honor de los Cábiros, instituidas por los pelasgos, en las que se utilizaban estatuas itifálicas de Hermes[7]. Cábiro es un término que podría derivar de la palabra semítica kabir, que significa “grande” o “poderoso”[8], lo que resulta compatible con las dedicatorias que se han encontrado en el santuario, dirigidas la mayor parte de las veces a los theoi megaloi o dynatai: los “grandes dioses” o los “poderosos dioses”.

La referencia de Heródoto a los pelasgos nos pone sobre la pista de otra peculiaridad de los misterios de Samotracia: su carácter pre-griego. Un autor de nombre Mnaseas apunta a que los dioses que se celebraban en la isla eran Axíeros, Axiókeros y Axiókersa, que él mismo traduce por Deméter, Hades y Perséfone, en clara equivalencia con los misterios eleusinos[9]. Podrían ser antiguos dioses tracios posteriormente helenizados con la llegada de los colonos de Samos allá por el siglo VI a.C., momento en el que comienzan a establecerse comunidades de origen griego en la zona. Es entonces cuando el santuario es ampliado y comenzó a adquirir una relevancia inusitada[10]. El propio Diodoro explica que en el ritual se utilizaban palabras de la lengua propia de los primeros pobladores de la isla, que no eran griegos[11]. Sabemos que, en efecto, estos términos se utilizaron hasta época helenística[12]. En época romana se mantuvo esta supuesta tríada, pues Varrón señala que allí se venera a Júpiter, Juno y Minerva[13]. Pero es evidente, por los restos arqueológicos encontrados, que también se rendía culto a otras divinidades: es el caso de Afrodita y Hécate, motivo por el que hemos traído estas celebraciones a nuestro libro.

Visitemos ahora el enclave, situado al norte de la isla, en las estribaciones del monte Fengari, desde donde Poseidón observaba la contienda troyana según Homero[14]. Como en cualquier acceso a un lugar sagrado de esta significación, los visitantes debían purificarse previamente. Samotracia parece albergar, como es habitual en estos espacios, un περιρραντήριον (Perirrhanterion), también llamado ̒αγιστήριον (Hagisterion), en el cual debían de purificarse a través del agua[15]. Los dos edificios principales dentro del complejo eran el Anáktoron y el Hieron. El primero era un espacio rectangular con sendas hileras de bancos que se extendían a lo largo de las paredes laterales. En el centro de la estancia se encontraron unos restos de carbón que los arqueólogos han identificado con una plataforma de madera vinculada con los ritos que allí tenían lugar. En la esquina sureste se ha documentado un bóthros o “fosa sacrificial”, que contenía una placa sagrada alojada en el seno de la tierra. Anejo a esta estancia había una especie de altar-hogar, un mégaron, cuya función nos permanece oculta, pero al que parece que solo podían acceder unas personas en concreto. A las puertas del Anáktoron se encontraron dos esculturas de bronce de Hermes itifálico[16]. Al segundo edificio se accede por un pórtico situado en el sector norte, contiguo a un canal de desagüe. En el centro de la estancia hay un altar-hogar y bancos de mármol en los laterales. Al fondo, con forma de ábside, se encuentra lo que parece ser otro bóthros. Los investigadores han apuntado que este Hieron estaría reservado para la fase contemplativa de la iniciación, la epopteía[17].

Otro edificio interesante es el Arsinoéion, construido por orden de Arsínoe II, reina de Tracia por su matrimonio con Lisímaco y corregente de Egipto, entre los años 288 y 281 a.C. Se trata de un edificio circular que alberga un altar con una roca porfírica que estaba unido a una especie de podio que se ha datado entre los siglos VII y VI a.C. También cubre los cimientos de una estructura más antigua, de principios del siglo IV a.C., dividida en tres partes, que se ha llamado el “Edificio del Ortostato”. Del siglo IV a.C. son los retos de un témenos mandado erigir por Filipo II de Macedonia en el que una escara y un bóthros sustituyen a dos pozos originales del primer santuario[18]. La acumulación de elementos naturales integrados en el culto es bastante evidente, tal y como observamos también en el conjunto del templo de la Niké de Samotracia, en el que se conservaban algunas rocas in situ, o el caso de una roca sagrada que se encontraba en el centro de la vía que atravesaba el santuario, flanqueada por un altar de roca consagrado a Hécate Cerintia, justo al lado de una fuente.

Las referencias a Hécate Cerintia tienen que ver, probablemente, con la gruta de Cerinto, situada al norte de la isla de Samotracia, en cuyo interior debían de celebrarse algunos rituales en honor de la diosa. Es la conclusión que obtenemos de fragmentos literarios como los de Licofrón, autor que trabajó en la Biblioteca de Alejandría y escribió gran cantidad de obras, pero solo se ha conservado una exigua representación, entre ellas su Alejandra. En ella encontramos esta interesante referencia:

“La virgen trimorfa, Brimo, te hará perra que asusta por las noches ladrando a los mortales que no honran con desfiles de antorchas a la efigie de la dueña cerintia del Estrimón ni aplaquen, haciendo sacrificios, la diosa ferea”[19].

La diosa ferea es un apelativo con el que se conocía a Enodia, diosa equivalente a Hécate en el norte de Grecia, pues tenía un gran arraigo en la ciudad de Feras, Tesalia. El Estrimón era un río de Tracia que desemboca en el golfo sarónico, muy importante en la geografía septentrional griega. Brimo, como hemos visto, es otro apelativo de Hécate. No hay duda, por tanto, de que el término cerintia se refiere a esta diosa, lo que coincide con otro fragmento anterior, de la misma obra, en la que nos habla de la “cueva cerintia de la diosa canicida”.  De esta gruta nos dice el egipcio Nono de Panópolis:

“Cerinto, poblada por los insomnes Coribantes, y fundada por la renombrada Pérsida en el lugar donde se hallan los peñascos sagrados que visitan los iniciados de la Doncella, con sus antorchas”[20].

En efecto, según parece, los misterios de Samotracia se celebraban por la noche, momento propicio para mantener el secreto y favorecer la iniciación. Es interesante el apelativo de canicida vinculado a Cerinto, pues es muy posible que tenga que ver con el sacrificio de perros en honor de Hécate. Nos quedamos con el testimonio del poeta de la tebaida egipcia pues en su obra, datada en el siglo V d.C, aparecen más referencias a la diosa, vinculadas en su mayoría al contexto de los misterios de Samotracia, en los que, según su relato, se celebraba a la “divina Hécate, que ama a los cachorros”[21] y en los que el cábiro Alcón hacía girar su pica “en derredor del fuero del tíaso de Hécate”[22]. En otro fragmento proclama:

“¡Os saludo, antros de los Cábiros, y riscos de Coribantes! ¡Ya no veré la nocturna antorcha del tíaso de la madre Hécate!”[23].

Y más adelante continúa refiriéndose a la misma diosa, nos dice:

“¡Tú Selene, conductora del carro argénteo, si tú eres también llamada Hécate, la de muchos nombres, y en la noche empuñas la sagrada antorcha en tu mano portadora del fuego, acude a mí, noctámbula, criadora de sabuesos, pues te complace el sonido nocturno de los veloces perros con su aullar fúnebre!”[24].

Es posible que el papel relevante asignado por Nono de Panópolis a Hécate en el contexto de los misterios de Samotracia tenga que ver con la revalorización de su figura en el panorama de la Antigüedad tardía, donde cabe recordar su peso en los Oráculos caldeos y en los textos mágicos. No debemos descartar, tampoco, una asimilación progresiva de la naturaleza de los cultos que se celebraban en la isla a cultos de carácter ctónico, tal y como podrían insinuar los paralelismos establecidos por algunas fuentes, como se ha señalado líneas arriba, entre la tríada samotracia y la tríada eleusina. Los términos “Brimo”, antorcha o “Doncella”, asociados por Nono a Hécate en el contexto de los cultos de la isla, no dejan lugar a dudas sobre su naturaleza. El hecho de que, en su origen, los misterios de la isla estuvieran asociados a la navegación, no cierra la puerta a la posibilidad de que, avanzados los siglos, los ritos celebrados en el ancestral santuario evolucionaran al son de las tendencias espirituales de sus visitantes.

 

Referencias y notas


[1] Sobre la boda de Cadmo y Harmonía en Samotracia puede consultarse Hesíodo, Teogonía, 975-978; la versión del historiador Éforo, conservada en los fragmentos de Jacoby, FGrHist 70 F120; Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, V, 48, 5 y V, 49, 1-2 y BURKERT 2007, 378. En cuanto a la huída de Dárdano, pueden consultarse Hesíodo, Fr. 177, Mark-West; Licofrón, Alejandra, 72-80, HARD 2008, 671-672 y BURKERT 2007, 378. Sobre los hijos de Electra y Zeus, Harmonía, Dárdano y Yasión (también conocido como Eetión), se puede acudir al fragmento ya mencionado de Éforo y a Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, V, 48, 2-3. De Yasión y su unión con Deméter para concebir a Pluto en un campo de tierra tres veces labrado también tenemos una referencia en Hesíodo, Teogonía, 970-974. Diodoro explica que fue Zeus quien encargó a este Yasión la organización de los misterios de Samotracia y fue el que inició a los extranjeros (V, 48, 4), aunque un poco más tarde, también dice que los misterios fueron regalo de Electra a su hija Harmonía el día de su boda (V, 49, 1).

[2] Apolonio, Argonáuticas, I, 915-918. En las Argonáuticas órficas, de Porfirio, hay una referencia muy semejante: “Igualmente, a la muy divina Samotracia, en donde tienen lugar las espantosas ceremonias juramentadas de los dioses, indecibles a los mortales, se encaminaron en su viaje contentos los héroes, gracias a mis consejos. Porque se deriva un gran beneficio para los mortales de este ritual y, especialmente, para todos los navegantes” (466-471).

[3] Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, IV, 43, 1-2. Orfeo hará lo mismo un poco más adelante, al cruzar el mar Póntico (IV, 48, 6).

[4] Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, III, 55, 8-9. Ya hemos visto que el propio Diodoro da otras versiones del origen de los misterios, una vinculada a Electra, como regalo de bodas para su hija (V, 49 1) y otra relacionada con Yasión, a quien Zeus le habría encargado su organización (V, 48, 4).

[5] BURKERT 2007, 378.

[6] Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, V, 48, 4 y V, 49, 5.

[7] Heródoto, Historia, II, 51.

[8] En las lenguas semíticas existen dos sonidos semejantes, representados por letras diferentes. Kabir es la transcripción usual de la raíz K.B.R., que se relaciona con ‘ser grande’, mientras que Q.B.R. tiene que ver con la muerte (origen de nuestra palabra “macabro”, por ejemplo).

[9] Mnaseas, FGrHist. 27, 111.

[10] Sobre el origen pre-heleno de los misterios de Samotracia puede consultarse HEMBERG 1950; LEHMAN 1958-1981; BURKERT 2007, 377; BLAKELY 2007, 67-88. En fuentes históricas tenemos el testimonio de Diodoro, quien nos habla de Saón (V, 48, 1) y explica el origen del nombre de la isla, llamada así por que fue poblada por samios y había antiguos habitantes tracios (V, 47, 1).

[11] Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, V, 47, 3.

[12] BURKERT 2007, 375.

[13] BURKERT 2007, 377. En época imperial también se decía que en Samotracia se veneraba a un tal Adamna, una especie de hombre primitivo equiparado a Atis. BURKERT 2007, 378.

[14] Homero, Ilíada, XIII, 362.

[15] Ilieva, P. (2012): Altar o Perrirhanteion: where there were wáter purification rites in the Sanctuary of the Great Gods on Samothrace en “Art and Ideology”, 487-502.

[16] Es conocido un joven dios-servidor llamado Kásmilos o Kadmilos, que ha sido identificado con Hermes. BURKERT 2007, 377.

[17] BURKERT 2007, 376.

[18] La escara es una especie de altar bajo dedicado a realizar sacrificios consagrados a héroes y muertos en el que se hacía fluir la sangre de las víctimas.

[19] Licofrón, Alejandra, 1175-1180.

[20] Nono de Panópolis, Dionisíacas, XIII, 400-403. Según Diodoro de Sicilia, Coribante era hijo de Yasión y Cibeles. Cibeles, Dárdano y Coribante emigraron a Asia llevando consigo los misterios. Coribante llamó coribantes a todos aquellos que eran poseídos por el furor divino en los ritos (V, 49, 2). El propio Diodoro nos da otra versión por la que los coribantes, como hemos visto, serían los hijos de la Madre de los Dioses que se habían encargado de transmitir los misterios (III, 55, 8-9). Sobre los Coribantes y los Curetes, ver HARD 2008, 290-293.

[21] Nono de Panópolis, Dionisíacas, III, 75-76.

[22] Nono de Panópolis, Dionisíacas, XXIX, 214-215.

[23] Nono de Panópolis, Dionisíacas, XLIV, 185-187.

[24] Nono de Panópolis, Dionisíacas, XLIV, 192-197.


Sobre el autor

Mario Agudo Villanueva es director de Legado griego, miembro del consejo editor de Karanos. Bulletin of Ancient Macedonian Studies y autor, entre otros libros, de Hécate. La diosa sombría, editada por Dilema Historia.

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