Lilith

Todavía desconozco el por qué, pero decidieron llamarme Lilith. Las arcas del olvido estaban repletas desde los albores del tiempo, así que mi nombre no nació para ser recordado por los hombres.

Lo primero que recuerdo fue un atardecer de verano en una pequeña playa de arena centelleante, casi blanca, bajo un sol tan hiriente como el escudo de Júpiter. Algunas nubes carmín, recortadas sobre un manto azul cerúleo, a duras penas tapaban aquel implacable estío. Recuerdo haber visto por el rabillo del ojo algunos humanos caminando por la orilla. Se protegían con turbantes primorosamente enroscados y unas túnicas blancas de lino que los céfiros, caprichosos, hacían revolotear a su antojo. Yo (eso sí que permanece aún vivo en mi memoria) tan sólo miraba aquel horizonte. Silencioso, limpio, incólume. Como si la eternidad se detuviera por unos instantes para contemplar aquella inconmensurable quietud antes de que su muerte anunciada, se fundiera con aquel ocaso enrojecido.

Recuerdo perfectamente que yo sonreía. Sí, aún me veo a mí misma, allí de pie, sonriendo, pensando cuán eterno era aquel azul cobalto que contemplaba por primera vez. ¡Cuán diferente de los juncos y malezas del río de la Babilonia de mi infancia! Quizá ya sabía de su belleza antes de venir aquí, por eso nací sonriendo. Aunque eso, mucho después, los hombres lo olvidaron.

Me fijé en mis pies. Unos extraños montículos negruzcos de conchas, algas resecas y fragmentos rotos de estrellas de mar me rodeaban. Creo que llevaban allí desde el principio de los tiempos. Al principio vi que una burbujeante espuma de color lechoso emergía del mar justo debajo de mí. Observé cómo se creaban mis piernas. Luego la espuma ascendió un poco más y se formaron mis caderas y mis muslos. Al poco, el ombligo y el cuerpo. Era del color de la sal sucia. Quise tocarlo para cerciorarme de que aquella amalgama de salitre, roca y agua de mar era yo. Lo noté duro, pétreo, con el rugoso tacto que tienen los recuerdos. Al ascender más allá de mi vientre, aquella blanca efervescencia tomó forma de mujer, henchida, nutricia, enorme. Casi colosal. Recordé la descomunal sombra de los Atlantes, más allá del océano. Y, con la mirada, recorrí mis brazos torneados por el viento y mi pubis desnudo.

Entorné los ojos. Emborronado por las brumas del mar y la calima, apenas logré ver el mundo; un océano infinito salpicado de blanca espuma y, a lo lejos, moteadas entre la inmensidad azul, unas leves rocas parduzcas.

Cada tarde, el viento despeinaba mis cabellos, se ensortijaba entre las telas de mi peplo. La gente me miraba al pasar. Me adoraban, me reverenciaban. Es un regalo de la Madre Tierra, decían. Pero se sucedieron los lustros, las décadas y, atardecer tras atardecer, tan sólo presenciaba el mismo horizonte, una y otra vez. Las mismas nubes y el mismo tinte carmín en el cielo. Mi destino era la impertérrita inmovilidad. En aquel instante me di cuenta. Había nacido condenada a repetir el mismo inicio, la misma eternidad. Así, más allá de los días y las noches, mientras durasen todas las eras del hombre, como Ticio desde el oscuro Tártaro.

Allí de pie, apenas podía prestar atención a la arena, las conchas o a los hombres que, de vez en cuando, se acercaban movidos por la curiosidad. Pero aquello me bastaba. Sentía su presencia, oía sus risas y voces a lo lejos y eso era todo lo que necesitaba.

Una tarde incierta, un pequeño niño de ojos desmesurados, se acercó hasta mí. Su madre lo contemplaba como quien observa un frágil prodigio llamado a ser tan efímero como un susurro al viento. Aquella criatura menuda me retiró con sus manitas un papel que tenía adherido en un párpado, desde hacía días. Me miró con ternura y, con sumo cuidado, me desprendió tres o cuatro colillas que la gente me había incrustado en los pechos.

Recuerdo que no pude articular palabra. El niño me miró por un instante más, se encogió de hombros y, a la llamada de su madre, corrió despreocupado hacia ella. Jamás les volví a ver.

Aquella noche saludé a la Luna. Dije hola a las estrellas y los planetas y me dispuse a charlar con ellos como hacía siempre. De no sé por qué rincón, aparecieron más astros y la noche se tornó fosca y profunda. El viento sopló frío. Debí de quedarme dormida. No recuerdo haber soñado.

Cuando desperté, los puntos incandescentes del cielo estaban en silencio, como no queriendo molestar con su presencia y el viento caminaba de puntillas para no hacer ruido. Fue entonces cuando presté atención al Océano.

Venía por la derecha. Se acercaba implacable, con una furia que destruía todo a su paso. Titán era así, devastador y cruel como los ojos desorbitados de la Quimera.  Sin duda se había percatado de mi presencia. Hablaba con infinidad de voces, rumores y estruendos de gritos lejanos. Voceaba palabras desconocidas. Eran las voces del tiempo.

De pronto aquel océano cobalto de tamaño inconmensurable se movió en oleadas gigantescas de una espuma blanca y rizada que empezaron a avanzar hacia mí. Antes de darme cuenta me besó los pies, subió por los tobillos y se enroscó furioso por los muslos. Sin poder hacer nada, me envolvió con violencia, yendo y viniendo, con embistes de mar largos y lentos. El olor a salitre empapó mi cuerpo y me deshice en él, me impregné de él serpenteada en su espuma blanca, ardiendo de deseo, consumida en aquella efervescencia hirviente que me quemaba.

Y dejé de ser Lilith.

Fui invitada a reinar en el mundo de los atlantes como una diosa poderosa, omnipresente, perdida en la inmensidad de las aguas negras. Obtuve el favor del mar y de las oscuras profundidades y, aún hoy, hasta las díscolas sirenas parecen respetarme, las ballenas me cuentan la historia ancestral del mundo, y aunque perdí el recuerdo de los humanos y sus voces, yazgo con el dios Mar cuando nadie nos molesta. Solos, eternos.

 


Sobre la autora.

Silvia Tena. Doctora en Historia del Arte. Crítica de arte, investigadora, curator de proyectos expositivos y escritora. Ha trabajado para el MACBA, el MNCARS, Guggenheim, la Tate Modern o el IVAM. Ha sido profesora de Historia del Arte y de Estética y Teoría del Arte en diversas universidades. Es profesora invitada del Master de Gestión de Patrimonio de la Universitat Pompeu Fabra y Universitat Autònoma de Barcelona. Ha comisariado varias exposiciones de artistas contemporáneos. Colabora en diferentes revistas nacionales y en los últimos años ha publicado diversos ensayos y monografías sobre arte, estética, mitología, teoría crítica y diseño.

Como escritora, algunos de sus relatos han sido publicados en revistas literarias como La Lluna en un Cove y Noviembre. En la actualidad prepara su primera novela.

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