Nuestro Señor Jhain

En enero de 1581 llegó a la Ciudad de los Reyes el capitán Diego de Peralta, vecino de Oropesa e hijodalgo de primera clase. Ávido de fortuna y fama. Muy decidido a servir a la Corona y acrecentar la gloria familiar. Portador de la promesa que le hiciera a la Señora de la Asunción, de regresar con el caudal necesario para erigir una capilla en la casa señorial, donde poder venerar su divina imagen.

Gracias a sus vínculos con el saliente Virrey del Perú, y atendiendo a la necesidad de tener presencia en las tierras de frontera, amenazadas por los nativos y por los portugueses, se agenció de una autorización para una entrada y posterior asentamiento más allá del territorio de los antis, también llamados chunchos; que por cierto era empresa muy temida entre naturales y peninsulares.

Acompañado de veintiocho castellanos, diez de ellos a caballo (entre los que se contaban un escribano, y un clérigo), cinco mulas, dos negros angoleños, un armero griego, un herrero vasco y cuarenta indígenas (que incluían a dos “lenguas”), el 08 de abril de 1582, partieron con rumbo a los dominios de la extinta Gobernación de Nueva Toledo, de Almagro El Viejo, para seguir más adelante el camino Inca, bordeando el gran lago, pacarina de los Uros, y de los Collas y Lupacas, que también llaman Aymaras. Empresa que los llevaría hasta el inicio de la tierra de los Moxos.

El camino inicial tomaba una ruta ya recorrida largamente por indígenas y arrieros peninsulares, que los acercó, luego de varias semanas de travesía, hasta la recién fundada Villa de Oropesa, donde se asentaron por tres jornadas, para cumplir el día de ayuno y oración que le prometiera a su mentor el Virrey Francisco Álvarez de Toledo en el altar de la modesta iglesia que se venía edificando en el poblado, dedicada a la Virgen. Allí también se aprovechó para que la tropa cristiana pasase el control del médico Rodrigo Gómez Renedo, sobrino del afamado protomédico Francisco Sánchez Renedo, quien ejerciera el cargo de presidente del Tribunal del Protomedicato. Don Rodrigo, joven de rancia nobleza vino a estas tierras movido por una gran vocación, que lo llevó a especializarse en el oficio de médico de minas. Sus prescripciones contentaron a los expedicionarios, aunque no tanto como las bendiciones del cura doctrinero Alonso de Trinidad, hombre santo y juicioso.    

Ese fue el punto de partida de la que sería una de las entradas más lejanas realizadas hasta la fecha, por la cual los hombres que acompañaban al capitán Diego de Peralta, esperaban obtener fama, fortuna y reconocimiento, con los cuales regresar a la península, como antes lo habían hecho sus mayores.

El viaje desde aquella población fue penoso, más por las enfermedades que las emanaciones de la tierra provocaban y por lo accidentado del territorio, que por el ataque de los nativos, quienes se limitaron a seguir a prudente distancia y ocultos entre la enmarañada vegetación al grupo de invasores que portaban armas de cuyo daño ya conocían, lo cual no fue obstáculo para que al caer la noche eliminaran con dardos venenosos a dos indígenas que debieron resguardar el campamento pero a los que venció el sueño, del que ya no salieron más.

Luego de seis semanas, en las que se produjo la muerte de tres peninsulares y nueve indígenas, que se enterraron en el camino con gran pesar, llegaron a un gran río que cruzaron con alguna dificultad, pues si bien estaban en época de vaciante, el cauce llevaba mucha agua que ahogó a dos indígenas, hermanos ambos, que no supieron mantenerse a flote, yéndose con ellos los últimos varones de su ayllu. Al cabo de tres semanas de cruzar el río y seguir con rumbo sur oriente, el capitán Diego de Peralta, sin mayor dificultad ni resistencia, hizo su entrada en una población nativa bastante poblada y muy bien construida con barro y piedra pulida pintada de blanco, lo que resultaba extraño en una región así.

Esta era una etnia bien organizada, de gente pacífica, aunque un tanto desconfiada, que tenía algo parecido a una religión monoteísta, que el escribano percibió como similar a la cristiana, pero calló, porque decir aquello hubiese significado una blasfemia que probablemente le hubiese costado el puesto, una multa y varios azotes al llegar a Cuzco. Se trataba de una religión cuyo conocimiento empezó a generar confusión en la soldadesca hispana, que prefirió guardarse sus comentarios, pero no su asombro ante las semejanzas.

Sus gentes eran monógamas y muy temerosas de su Dios. Tenían un templo con techo a dos aguas y una torre en el centro, coronada con un largo palo de madera roja muy pulida, y por los alrededores de la edificación se veía pasear a un grupo de individuos que parecían sacerdotes, emitiendo sonidos guturales, mientras caminaban; todos ellos cubiertos por una tela gris de algodón silvestre, fijada con cuerdas que daban varias vueltas alrededor de su cuerpo, las mismas que además usaban para autoflagelarse, de cuando en cuando en la plaza central del pueblo. Estos gordos personajes andaban descalzos y sus cabezas siempre las tenían cubierta con un velo.

Tales costumbres hacían recordar a los franciscanos, pero buscando no hallaron ni uno solo, ni vestigios de su presencia y se asombraron mucho más al saber que habían logrado toda esa riqueza espiritual que denotaba una bondad salvaje, sin escritura, sin tiranía o buen gobierno, y sin presencia alguna de guerreros o armas poderosas.

Pero pasada la sorpresa y superada la curiosidad, los castellanos recordaron que el objetivo de su empresa era el de conquistar, fundar y obtener riquezas de estas tierras; someter a los naturales a la corona y evangelizarlos, con miras a pedir una encomienda, si ameritaba el caso. Sin embargo se encontraron con que la captura del pueblo había resultado demasiado fácil y con que la empresa de evangelización podía resultar tarea sencilla ya de realizar.

Y así fue que, a pesar de no haber entendimiento de palabras, no hubo mayores reparos para aceptar la presencia extranjera en el poblado nativo y menos aún para aceptar lo que ellos veían como una variante de su cosmovisión mágico-religiosa. Pero no pasó mucho tiempo para que empezaran los problemas. Primero fue resistirse a ser bautizados y perder su nombre por otro cristiano; luego fue el cambio de nombres a sus símbolos sagrados; el rechazo que obtuvo que se les pretendiera imponer una autoridad ajena a la suya.

Esa resistencia fue el pretexto para empezar la matanza, con eliminación de todo símbolo pagano. En el informe que presentaron el capitán y el padre dominico decía entre otras cosas que “… habían hallado entre la población indígena de la región, que los naturales aymaras denominaban chiriguanos, mucha resistencia a someterse a la autoridad real y asimismo, la práctica de un culto pagano que ofendía grandemente a Dios y a la Santa Iglesia Católica, porque resultaba una vulgar parodia de la religión verdadera y de sus sagrados símbolos, siendo imposible la evangelización en gentes tan primitivas, similares a bestias salvajes…”.   

Y ello porque resultaba que entre la parafernalia ritual de esta etnia había objetos y conceptos que se asemejaban mucho a los cristianos, pero que por ello mismo fueron considerados insultantes “…entre las cosas abominables que hallamos, entre estos indios llamados Jhaivas, es que usaban de dos palos de un rojo natural, que en sus ceremonias juntaban, asemejando a cruces sin imagen alguna. Su dios que tiene el nombre de Einyee, (que significaba el que es) no tiene forma y nadie lo ha visto, no tienen escritura ni leyes escritas, pero tienen unos troncos embutidos en la tierra, con símbolos paganos en relieve que sus jefes tocan y producto de ello convulsionan y emiten sonidos, como poseídos por demonios. Tienen además imágenes en las paredes de su templo pagano, de hombres a quienes consideran santos, pero que se muestran horrendamente desnudos, pintados todos de rojo y con rostros fieros, que asemejan imágenes demoniacas…”.

Haciendo uso de estos argumentos, los castellanos se deshicieron de la mayoría de hombres de esta etnia y se hicieron de estas tierras, de sus animales y de sus canteras de sal colorada; esclavizando a los sobrevivientes, bajo la posterior licencia de la encomienda evangelizadora, que obligaba a la extirpación de idolatrías y sometimiento de los naturales a la única y verdadera fe. Y así lo contaron, para quien quisiera escucharlo, en Cuzco, en Lima o en la Metrópoli… pero no contaron toda la verdad.

Que, cuando llegaron los veinticinco castellanos, aquella tarde fresca de julio a ese poblado llamado Behanya, en el corazón de la región de los Chiriguanos, en la frontera entre Paraguay y Bolivia, encontraron un pueblo pacífico que tenía una organización social compleja y similares creencias religiosas que los cristianos, que además estaba muy dispuesto a someterse a cambio que se respetasen sus creencias. Pero para los invasores no cabía posibilidad de acuerdo con estos salvajes, que se hacían llamar jhaivas, y a quienes los nativos aimaras llamaban chanes. Ellos estaban ocupando el espacio que consideraban suyo por justo merecimiento, y debían someterse sin condición.

Los avenidos no contaron además que Jhain les había enseñado a los jhaivas que el hombre no debe humillarse ante el hombre y debe luchar por lo que es justo, sobre todo cuando ya se ha ofrecido amor y éste no es correspondido o es defraudado. Y que este Jhain, a quien llamaban el hijo de Dios, estaba vivo al momento de su llegada, pues había salido a visitar a los otros pueblos jhaivas de la región, envuelto en su túnica blanca, descalzo, sin armas y seguido de un pequeño grupo de sacerdotes.       

No contaron finalmente que Jhain fue condenado a morir, luego de un juicio sumarísimo, en el que un castellano iletrado fungió de abogado defensor y el padre dominico de fiscal acusador, sin que el condenado entendiera palabra alguna ni pudiera defenderse de las acusaciones de conspiración, blasfemia y herejía. Contrariando las recomendaciones de la Audiencia del Cusco y las cédulas sobre entradas a este reino, que diera el virrey Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera.

Aquella vez la masa indígena, percibiendo la injusticia, se sublevó y alzó sus armas contra los peninsulares, introduciéndose al monte como manera de protección. Pero la decisión del capitán Diego de Peralta, por recomendación de uno de los lenguas, de cambiar la hoguera por la crucifixión a Jhain, contra la negativa del padre dominico y de muchos castellanos, calmó al gentío, que consideraba esta forma de muerte como un digno paso a la eternidad y una señal de respeto, que incluso el mismo Jhain tomó con incomprensible aceptación y gozo. Que era ésta una etnia muy dada a manifestar sus estados de ánimo.

Después de este hecho, del que los conjurados peninsulares decidieron no contar jamás, la masa sublevada volvió al pueblo con la promesa que no habría represalias contra ellos, y empezó a recibir con menor resistencia la nueva religión y el nuevo gobierno, que creció en importancia y poder, mientras iba disminuyendo la población, producto de las enfermedades y el desarraigo a que se les sometió luego de la creación de los obrajes y reducciones.  

Hasta inicios del siglo XIX se pudo apreciar aún, en el que fuera el poblado de Behanya, los restos de una iglesia construida sobre los cimientos del templo indígena, y a unos cuantos descendientes de nativos, que usaban algo similar a una sotana. Y podía escucharse aún que estos descendientes de los chanes, de vez en cuando confundían la palabra Jesús por la palabra Jhain. Y como ocurrió con muchos pueblos invadidos por españoles, cuando acudían al templo cristiano, en realidad le estaban rezando a sus ídolos, escondidos tras los santos y altares del culto oficial. A pesar de la intensa extirpación de idolatrías que el padre doctrinario Juan Gil de Palencia efectuara a mediados del siglo XVII.

Incluso los cuadros pintados por mestizos, en los que se ve a Cristo crucificado en los templos de la región se dice que tienen la cara de Jhain, y las leyendas nativas narran que el hijo de Dios resucito al tercer día y se fue hacia el levante, por donde habían venido los sacerdotes de Jhain muchos años atrás, cruzando el gran lago furioso, en un trono de madera y grandes lienzos de algodón, donde estaba pintado el futuro de la humanidad…

 


Sobre el autor

Carlos Rojas Sifuentes: Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Derecho en la Universidad de Lima, y una maestría en la Universidad Tecnológica del Perú. Trabaja en investigación y docencia universitaria, pero su principal oficio es escribir.

La Universidad de Lima imprimió sus primeros cuentos y poemas. Ha publicado un libro de cuentos: “Crónica de Híbridos”, en 1992, y un libro de historia del derecho: “La introducción del Derecho Occidental en el territorio andino central”, en 2003.

En el año 2018, el grupo literario español Poémame y la institución BARCELONACTUA, publicaron el poemario “Versos de Acogida” en favor de los refugiados, con un poema de su autoría. El año 2019 esa misma institución publicó uno de sus relatos en el libro “Estat Civil? Voluntari@”. Ese mismo año 2019, Cuenta Artes: Revista de Arte y Literatura, publicó un cuento del cual es autor.

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