Isolda y el cóndor, un relato de amor en tierras bonaerenses durante la segunda mitad del siglo XIX

Relato

La historia la narró una tardecita el ingeniero Demarchi, apasionado historiador de la Campaña del Desierto. Nos habló de Isolda de la Santísima Trinidad Gómez Velazco, capturada a los catorce años por un capitanejo del cacique Coliqueo en las cercanías de Cañuelas, hacia 1860. Isolda vivió en los toldos dos veranos, hasta que una colecta para la redención de los cautivos la trajo de regreso. Ya no quedan rastros de la estancia de Morón donde vivía, pero Demarchi la imaginó recostada en las suaves lomas al sur de un arroyo, donde hoy hay chalets de tejas rojas y plazas con juegos para niños. La casa desapareció hace décadas, pero una leyenda pervivió: la de un indio joven, prendado de amor por el cutis de perla y los ojos de ensueño de Isolda. Dos lluvias después de la partida de la mujer, el indio —¿cuál sería su nombre?— sujetó sus crenchas con una vincha roja, montó un zaino nervioso y tomó el camino de las carretas. Dos hermanos lo acompañaron. Lo hicieron por instinto, quizás nunca supieron qué fin perseguían. Hicieron noche en montes escondidos, vadearon el Salado cerca de Alberti, o de lo que después se llamaría Alberti. Cerca de Luján los sorprendió una partida de milicos que perseguía a un cuatrero conocido como El Chileno. Encerrados entre una laguna barrosa y una cañada, los hermanos no pudieron escapar a las balas de las tercerolas. Los uniformados incautaron los caballos, que no tardaron en retobarse y huir, y abandonaron los cuerpos en el fachinal de la orilla.

Aseguran que aquella misma noche el indio llegó hasta la ventana de Isolda, y la llamó con voz de zorzal herido para confesarle su amor eterno. La niña le abrió su ventana y su corazón. Al amanecer, después de aquella única noche de amor, el indio le mostró su pecho horadado por el plomo. Isolda se desvaneció. Al tercer día despertó sin color, como si el fantasma del indio le hubiera contagiado su palidez. Al cuarto día ingresó en el convento donde vivió hasta su muerte, en 1902. El ingeniero Demarchi comentó que hasta mediados de los cuarenta aún se asustaba a los niños con el cuento del fantasma de un indio feroz, que se aparecía flotando en los bañados que se formaban en los bajos cerca del arroyo. Después todo se perdió, como todo se pierde en la memoria de los hombres.

Pero una fantasía alternativa nació de la anterior. En ella el indio sobrevivió a las balas y tuvo su noche de amor antes de escapar de las partidas que lo acechaban. Dicen que murió cerca del Río Negro, cargando a puro coraje y chuza contra la puntería, esta vez acertada, de los fusiles del ejército del general Roca.

Otros, en cambio, cuentan que no murió en la carga, sino que, malherido, cabalgó hasta las cumbres nevadas de los Andes, donde se tendió a descansar de cara al sol y al frío. Y en la noche patagónica, una noche aterradora de estrellas y misterios, se convirtió en cóndor.

—Quién sabe —comentó Demarchi antes de despedirse —cuál de todos estos fue su verdadero destino.

Sobre el autor

Osvaldo Aníbal Martínez nace en Buenos Aires en 1956. Ha publicado “El color del cielo” (novela, 1995), “La escritura del Niño” (novela, 1999), “Siempre” (poesía, 2000), “El cobrador y otros cuentos” (relatos, 2014). También figura en la 1ra. y 2da. antología de la editorial Casa de Papel de los años 2014 y 2015. Cuenta con varias distinciones en el ámbito de la escritura.

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