La leyenda del Machuca por Calú Cruz

Relato

La leyenda del Machuca

A Jeannette Rodríguez.
Plena te sentís, avecilla, al contemplar cada amanecer
desde la rama del más alto de los árboles

Ella era una indígena fecundada por las entrañas de la tierra y parida a través de sus afluentes. Su cabellera negra era tan hermosa y larga, que, cuando estaba húmeda, le llegaba a media nalga. Tenía las piernas tan bien esculpidas como dos perfectos mástiles de carabelas españolas, y sus ojos avellanados poco a poco se fueron pintando del color musgo claro del río. Era hermosa: diabólicamente hermosa para cualquier cristiano; por eso, su corazón siempre debió ser para otro indio…
Pero él… él sintió que de pronto la amaba. Caprichosamente la deseó. Tal vez fue el demonio quien quiso pintarle aquel hermoso paraje: el remanso de las aguas moviendo entre sus ondulaciones las hojas doradas que cayeran desde la copa de los árboles, un tumulto de arcilla blanca al fondo haciendo contraste para un cuerpo laqueado de canela o las libélulas multicolor apareándose sobre el hombro de la bella mujer; y de vuelta el río que ahora sujetaba los pechos de la india meciéndolos ligeramente de un lado al otro dejando salir del agua sus pezones punteados de vez en cuando. Verla bajo aquel claro de luz debió ser una terrible maldición, pero sentir que sus manos varoniles eran las del río, ese fue su delito.
Aún siendo india, ella era caprichosa como muchas mujeres del mundo. Estaba cansada de ser una más entre las compañeras de Garabito y sumamente hastiada de las constantes rencillas de este con el namapume chorotega. Se quedaba viendo las pisadas de su hombre como una que no sabría qué esperar del futuro y sentíase perdida entre las líneas de cada hoja.
Pero este otro era distinto. Él era un hombre viajero y atrevido, uno que podría traer un poco de sorpresa a sus labios… Ella se llamaba Dulcehe y él, Antonio Álvarez Pereyra. El hombre hizo un ademán con su mano izquierda a los veinte del regimiento que lo acompañaban y estos, bajo un entendimiento malicioso de compadrazgo, se fueron quedando rezagados al margen de las aguas; quizá custodiando a su señor o haciendo de vigías desde puntos más estratégicos, parados sobre las piedras del río o subidos en algún árbol.
Él se quitó la ropa en la orilla y fue adentrando su cuerpo lentamente entre las aguas, con cada paso iba acercándose a Dulcehe; quien aún no había escuchado el chapoteo. De pronto la naturaleza dejó de escucharse: las aves silenciaron su festejo, las chicharras modularon sus chirridos escandalosos y la ventisca dejó de resoplar por encima de los árboles quedando solo las hojas doradas que ya estaban circulando en torno al cuerpo de Dulcehe.
La mujer sintió la presencia varonil a sus espaldas, o quién sabe si llevaba rato viendo el reflejo que en las aguas se proyectaba… Fue volteándose con la suave caricia del río, y ladeando sus nalgas como si su trasero fuese un gran navío, quedó de frente a Antonio Álvarez Peryra y luego clavó sus enormes ojos avellanados en la mirada de él.

Ya antes la habían deseado; bien se conocía la mirada pícara de los hombres. Coyoche estuvo al acecho de su cintura, incluso en una ocasión pretendió sorprender al gran Garabito con tal de llevársela como botín de guerra. Gurutiña había hecho lo propio colmándola de alhajas en forma de animales míticos, pero ella seguía coitando en el abandono con las aguas; tal vez por temor se había negado a cualquier hombre que no fuese aguerrido como el suyo, aunque este fuera distante con ella.
Cuando Garabito partía en sus temerarias expediciones Dulcehe se iba descalza entre la vegetación silvestre, pisando las flores amarillas con la planta de los pies y sacándole, con ello, varias heridas a su piel y, por dentro, a sus entrañas.
Pero ahora estaban ahí de frente, él desnudo y ella desnuda… Quizá la mujer se dejó impresionar por la imagen, poco usual, de Garabito preocupado por su propia vida. Ella sabía que la causa de esa preocupación era este hombre que ahora, desnudo entre el río, la miraba de frente…
Dulcehe, guerrera de las Britecas, abrió su boca hasta ese momento sellada y dejó salir, apaciblemente, varias palabras en su lengua nativa.



Varios días habían transcurrido desde el fortuito encuentro de la pareja en la poza del Machuca. Hasta Tivives se hubiera podido seguir la huella de Antonio tratando de dar caza al rey Garabito.
Con el mismo regimiento de 20 hombres, pero una nube de la codicia en sus ojos ideó la estrategia, y fue así como confabulado contra su propia dicha apresó a Dulcehe, y después de hacerla suya incalculable cantidad de veces —perpetrando con ello la semilla incorruptible e indígena—, la presentó ante Juan de Cavallón como punto clave para la caída del cacique mayor.
Pero cerca de su lecho, y durante las noches en que había entregado a la mujer para que se sometiera a interrogatorios, seres amorfos fueron visitándolo de uno en uno hasta formar el grupo completo que lo atormentara varias veces y hasta las tres de la madrugada…
Se aparecían primero en sus sueños lejanos, iban degollando a los españoles que poco a poco vertían su mirada azabache hacia cualquier ramada; luego, aparecían los cuerpos tirados cerca de los trillos mientras él intentaba, a duras penas, no triturar con su caelzado los rostros mutilados de sus amigos de expedición que se contaban por montones.
De pronto estos cadáveres abrían su boca dejando al descubierto una risa frenética de maíz amarillo, y posteriormente, una llamarada se adueñaba de aquellos ojos hasta regresarlos a la vida, pero adoptando formas grotescas. Volvían sus ojos llenos de furia y, tiznados en su piel con el color purpúreo, se halaban los cabellos; luego corrían con las puntas de sus lanzas hechas de piedra pulida en una sola dirección: su humanidad.
Luego, bañado en el sudor de su propia congoja, abría sus ojos abruptamente y tenía a esos espíritus ahí… Cubiertos por un claro de luna se dejaban ver al pie de su cama con sus enormes hocicos de lagarto, varias manos de escama de serpiente halaban los pies del conquistador y las frazadas, mientras otros, con cara de mono, se subían a su cama por los bordes o caían desde el techo, o desde el ropero de madera que había dentro de la habitación.
Y justo antes de que el reloj acariciara la hora en que debía terminar el suplicio aparecería un último ser con rostro de jaguar —y dejando que de sus cuerdas vocales salieran atronadoras voces al unísono— apuñaba su mano de gorila y gritaba:

“¿Lo recuerda, Antonio Pereyra? ¿Lo recuerda?… ¡Quien haya metido su cuerpo en estas aguas no vuelve a salir!… ¿Lo recuerda!”

A la mañana siguiente, Antonio abría la puerta de su estancia y encontró un pozo de sangre, y, en medio de él, una enorme cabeza degollada de jabalí.
Pronto, el portugués fue perdiendo la razón y de vez en cuando de su boca brotaban palabras en lengua huetar. Constantemente vociferaba “Quien haya metido su cuerpo en las aguas no vuelve a salir” y cuando se le preguntaba, de dónde había sacado tal estribillo, su cuerpo y su espíritu emanaban una calentura vertiginosa. Ataque similar habían vivido los hombres del capitán Ignacio Cota cuando, en el pasado, se procedió a interrogar a un grupo de cinco mujeres indígenas que encontraron bañándose en el río. Todos comenzaron a balbucear palabras no propias de la lengua española.
Omitieron los historiadores que, a Antonio Álvarez Pereyra hubo que llevarlo ante un cura por encargo de don Juan de Cavallón, y que por recomendación del cura —una vez que reunió las pruebas testimoniales de los hombres que presenciaron el amorío entre el portugués y la indígena— se sugirió que solo podría librarse de la maldición de Dulcehe si se quedara con ella por siempre.
Se dice que el portugués murió en la ciudad de Esparza en 1599, que no hubo registro de matrimonio alguno, pero que sí dejó descendencia extramatrimonial con una mujer de la que, curiosamente, no se tiene dato alguno. Sé que ustedes me preguntarán que por qué no existe un registro de todo cuanto he narrado, pero vamos, seamos sinceros, y perdonen que cuestione tanta incredulidad en voz alta… ¿Cuál registro brotado de la mano de los españoles habría de hacer quedar al prestigioso Antonio Álvarez Pereyra, el explorador y conquistador de varios poblados, como un hombre fuera de juicio? ¡Ninguno! Pero cierto es que sí hay registro escrito para decir que el aguerrido Garabito tuvo que bautizarse junto con tres mil de sus súbditos en una quebrada poco honrosa.
Así que mi estimado lector y futuro visitante… ¡Cuidado con bañarse en el río Machuca pensando que sus aguas transparentes solo tienen la ingenua cualidad de ser curativas o servir para refrescar! Más le valdría hacer caso a la advertencia que escupen los lugareños como eterna letanía “Que quien se bañe en el Machuca se queda en Orotina”; porque del río al embrujamiento hay un solo paso y la verdad que hay cada mujer orotinense que pareciera tener su cuerpo bastante endiablado, igual a como lo tuviera la bella Dulcehe.


Sobre el autor

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela. Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

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