Los hijos del fuego: cuentos basados en leyendas urbanas y tradicionales de Latinoamérica

Los hijos del fuego (EEUCR, 2024)

Mito y leyenda, narración e identidad

Créditos de la fotografía: Arturo Rojas Alvarado

Fortis imaginatio generat casum1

El mito y la leyenda son hijos del fuego. Antes de las primeras ciudades y de la invención de la ciudadanía, la identidad de las tribus era otorgada por el reconocimiento y comprensión de las historias que se contaban alrededor de la fogata. Las narraciones que daban sentido a todo lo que rodeaba al ser humano, bañadas con el don de la creatividad, emanaban de esta congregación en torno al fuego, como si las ascuas trajeran consigo los secretos del universo que este ser privilegiado transmitía entre los suyos.

La dominación del fuego y la transformación de utensilios para generar nuevas herramientas fundaron una razón para vivir, “dieron origen a un universo de valores mítico-religiosos, incitaron y nutrieron la imaginación creadora”, apuntaba Eliade2. En un principio, sobre las rocas y dentro de las cavernas quedaron plasmadas en dibujos las criaturas a las que el cazador pretendía atraer y dominar. Se pintaba para transmitir mensajes, pues el lenguaje verbal no había terminado de nacer. Así el humano estaba imaginando a la vez que creyendo en un mundo más allá de lo que podía ver, pero todavía no estaba creando su historia.

Ha quedado el testimonio sobre grandes piedras, de que antes de la creencia en dioses creadores, en cada rincón del mundo moraban los espíritus guardianes. Arnold3 Hauser apuntaba que en la época del animismo –ya en el Neolítico donde se desarrolla el pensamiento conceptual– se comienza a concebir la separación entre un más acá terrenal y un más allá trascendental. Las imágenes se abstraen en símbolos y surge el especialista en historias. El anhelo por la eternidad y el miedo a la muerte inspiraron las primeras obras arquitectónicas de monumental tamaño, símbolo del deseo de petrificar el tiempo y la búsqueda por preservar una historia que no debía ser olvidada. 

En efecto, imaginar ante el fuego no era suficiente para que nuevos mundos surgieran; había que comunicar lo que susurraban los elementos de la naturaleza. Por ello la palabra, al ser pronunciada, intensificó las cualidades mágicas de lo aprendido mediante las llamas, y así el ser humano dio forma a las sombras; en colectividad creó su procedencia, las míticas edades de los primeros humanos. Siglos pasaron y este osado ser llegó a olvidar que sus ancestros habían fundado su origen mediante la narración, refiriendo a un pasado divino al que ahora llaman dorado. Quedó el mito, como fuente inaprensible de identidad; nunca creado, siempre recreado.

Y las ciudades se expandieron rápidamente. La tierra moldeada por manos humanas, cuando el fuego ahora convertía la arcilla en tablilla cocida, hizo perdurar la narración y surgió la ley. Los poderosos comenzaron a aglutinar a miles de personas en un mismo territorio y de la diversificación de oficios surgiría –casi al nivel del rey– el sacerdote, arconte de la narración y de su interpretación. Pero el lenguaje escrito, la epopeya y la poesía que serían utilizadas para preservar la historia cuando los sacerdotes se hayan extinguido, no detendría a la tradición de contar los mitos, de transmitirlos oralmente, acto tan accesible a cualquier ser humano sin importar orden social alguno.

El mito narra una época perdida, difícil de rastrear. ¿Pero qué ocurre cuando se comienza a relatar historias que han pasado hace relativamente poco tiempo? Llegamos al momento en que el acto de narrar se emancipa de la clase dominante, y más que recitar cosmogonías se instauran en la cotidianidad. Cuando el mito se seculariza. En la época helenística y romana, los poetas utilizan los antiguos mitos como “fabulae, ficciones o fabulaciones”, nos dice García Gual4, ya no provienen del cielo, sino de la tierra; pierden gran parte de su poder simbólico-religioso, pero no necesariamente el identitario. Proliferan numerosas versiones de los mismos según su narrador, y comienzan a considerarse literatura.

Con el uso público de la palabra, la voz del pueblo sobrepasó el alcance del hasta entonces papel privilegiado de los poetas, e incidentes inimaginables comienzan a ser relatados y ampliamente difundidos por el ciudadano común que jura haberlos atestiguado. De crónicas, personajes ilustres e historias locales contadas a través de los años, siempre empapados con un aura sobrenatural que brindaría eterna actualidad, surge la leyenda. A diferencia de la mitología y los textos sagrados, esta carece de un tiempo definido: no trata de un episodio que narra un origen del mundo ni de tiempos a los que se añora volver. 

La leyenda es de más fácil difusión, se trata de un relato popular comúnmente sin autoría, o bien, la autoría es reclamada por quien narra su versión o su propio encuentro con lo que de generación en generación se había oído y transmitido oralmente, acercándonos por breves momentos a los tiempos primitivos. La leyenda se crea y se recrea; suele ser breve y sintética, no se trata de una narración épica a la manera de las grandes epopeyas de la mitología universal, y a diferencia de estas últimas, no posee referencias inaccesibles, jardines de las Hespérides. Ocurren entre los campos, los barrios, las oscuras calles. El héroe ya no es un semidiós, sino un ser humano normal, aunque no siempre carente de heroísmo. Puede tratar también sobre algún personaje histórico pero que la historia de su vida, contada de generación tras generación, la ha hecho deformarse o impregnarse de fantasía. 

El mito funda sociedad, valores, identidad originaria; la leyenda entretiene, atemoriza, da una lección. El mito nos habla de reinos plagados de criaturas sobrenaturales, mientras que la leyenda acerca lo sobrenatural al ser humano común. Extrañas criaturas que aparecen ante personas conocidas, al abuelo, al loco del barrio, a la sabia mujer al final de la calle, al borracho o al mujeriego, son recurrentes en las leyendas. Su uso es coloquial, pertenece al pueblo. Su narración se convierte en advertencia, moraleja. 

Ha sido habitual a lo largo de la historia, que cuando distintos pueblos entran en contacto intercambian o asimilan costumbres. La llamada tradición occidental5, alimentada por sus cuatro pilares (cultura griega, derecho romano, cristianismo y ciencia moderna), ha logrado condensar estas creencias, difuminando en ocasiones las fronteras a través del reconocimiento cultural. Esta cultura –de presunción universal– al llegar al Nuevo Mundo se fundió con las tradiciones hasta entonces desconocidas, donde sus nativos todavía daban preponderancia a la narración oral, siendo escasos los textos (códices) que habían perdurado de sus ancestrales civilizaciones o sobrevivido a la mano del conquistador intolerante. 

En América Latina las identidades nacionales y regionales comienzan a establecerse a partir de la institucionalización de las prácticas culturales reconocidas como propias, proceso que encuentra su mayor producción entre los Siglos XVIII y XIX, instaurando así su folklor, entendido como la enseñanza o conocimiento de los saberes de un pueblo (folk) que forma parte del bien común de sus integrantes. Se trata de un conocimiento popular que en Iberoamérica siempre ha estado caracterizado por la mezcla –aunque, ¿qué tradición no lo es? Por ello, la leyenda es una de las más altas manifestaciones del folklor: por un lado presenta características heredadas a través de siglos de transmisión oral y escrita, pero al mismo tiempo posee particularidades propias de cada localidad.

De esta manera las ancestrales historias de hombres convirtiéndose en animales o de mujeres que pasan a ser monstruos se vuelven criaturas locales; una carroza, carro, carreta, se pasea sin nadie quien la reclame; mujeres con cabeza de caballo, a veces con una máscara, otras con tan sólo un cráneo, se perfilan al final de la esquina, no muy lejos del bar. Del otro lado del mar extraños hombrecillos aguardan al final del arcoíris, mientras que en las tierras tropicales danzan alrededor de la higuera. El perro negro no tiene tres cabezas, tan sólo una, pero al andar arrastra unas cadenas, ¿acaso no simbolizando la culpa? La antigua Medusa en tiempos más recientes cobra la forma de una doncella que llora a la orilla del río, buscando algún hijo. Y así continúan cambiando con el tiempo, actualizándose. La llorona ahora no necesariamente solloza, y la cegua no tiene que relinchar, pero la esencia permanece: la primera todavía se lamenta, y la segunda sigue riendo.

La leyenda se alimenta de la oscuridad y de la indeterminación. Los seres errantes se esconden en los rincones oscuros donde la imaginación y los sentidos terminan de dar forma al encuentro. No hay fuego que pueda terminar de vencer a la oscuridad, pero mientras no se extinga la llama de la curiosidad y del intelecto humano, continúa produciendo hijos.

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Felix Alejandro Cristiá, editor.

Notas

  1. Michel de Montaigne, siguiendo a Agrippa. ↩︎
  2. Eliade, Mircea, Historia de las creencias y las ideas religiosas. Vol. 1. De la Edad de Piedra a los misterios de Eleusis, Barcelona, Paidós, 2019, p. 27. ↩︎
  3. Hauser, Arnold, Historia social de la literatura y el arte I, Barcelona, Penguin Random House, 2020. ↩︎
  4. García Gual, Carlos, Introducción a la mitología griega, Madrid, Alianza, 2004, p. 16. ↩︎
  5.  Mejor decir, la representación hegemónica de lo que se supone Occidente.
    ↩︎

Lista de autoras y autores

Laura Severino Mora «La mascarada»

Seidy Martinez Rodríguez «La botija»

Eiden Guerrero Zaragoza «El inombrable»

Patricia Olivera «Pueblo Molles»

Aline Rodríguez «Mitlancihuatl»

Marianella Sáenz Mora «Actualización»

Ana Saavedra Villanueva «La casa de huéspedes»

Natalia Martínez Alcalde «Un plato con sal»

Julio Aguilar «De dónde son los difuntos»

Harold Castelú «Los duendes de la higuera»

Ariel Cambronero «La tragedia del burlador de Cartago»

Christian Sánchez «Historia para las fogatas»

Fausto Ramos «El come muertos»

José Ramón Ramos «La leyenda del payaso»

Jorge Barboza «El pueblo»

Alfredo Arnez Valdés «En el medio del salar»

Mario Galván «El huevo del diablo»

Leopoldo Orozco «La ciudad deshabitada»

Iván Medina Catro «El jinete moro»

David Ruiz Zapata «El cadejo»

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Avatar de Irene Irene dice:

    ¡Extraordinario!

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