El crimen de Ravensdale por Gustavo Rodolfo Díaz Arias (Argentina)

Relato

—Saque a todos estos curiosos de aquí inmediatamente —dijo Murray.

El Bosque de Ravensdale estaba repleto de turistas y habitantes del lugar. Sin pudor alguno sacaban fotos. En el centro del Círculo de Piedras, yacía inerte el cuerpo de Freila, una de las más indulgentes y sabias hadas que se haya visto rondando los bosques de Irlanda.

El oficial Delany se acercó sin dar crédito a lo que veía, no entendía cómo el detective pudo haber llegado tan rápido al lugar de los hechos.

—Disculpe señor, ¿cómo hizo para estar aquí tan pronto? Acabamos de encontrar a Freila.

—Fue gracias a una banshee. La escuché llorar fuera de mi oficina. Era una joven de larga cabellera que no dejaba ver con claridad su rostro. Intentamos asistirla, pero cada vez lloraba con mayor desesperación, a tal punto que lastimaba nuestros oídos. A duras penas le entendimos: «Freila y Círculo de Piedras». Ya sabemos oficial que una banshee es anunciadora de muerte, así que vinimos lo más rápido posible, sabiendo que ya no podríamos hacer nada.

Detrás de un conglomerado de pinos, unos druidas miraban con rostros alargados por la pena. El detective los miró duramente. Para él eran un grupo de sospechosos más.

Se inclinó sobre el cadáver. Muy pocos humanos pueden resistir el deseo de llorar ante la muerte de un hada y él era uno de ellos. Una de sus alas estaba rota y la otra herida. Aún perdía su dorada sangre.

—No la mataron por el oro, la dejaron desangrarse. Alguien le robó el corazón. Alguno de nosotros sabe quién fue y voy a averiguarlo.

Entre los curiosos, dos elfos observaban cada movimiento. El detective los llamó a la escena del crimen.

—¿Caranthir y Legolas, ¿qué me pueden decir?

Murray sabía que no habían sido los elfos y que le dirían la verdad. Jamás mienten y están a favor de la paz entre las razas. Solamente van a la guerra o atacan en defensa propia.

—Señor no vimos nada, aunque, en el camino nos encontramos con un grupo de merrow en el lago Neagh, actuaban de modo sospechoso, creemos que escondían algo —dijo Legolas muy seguro de sus palabras, pero con un tono triste, lamentando la suerte de su bella amiga.

Pronto un grupo grande de policías se trasladó al lago, en donde, con la mitad de sus cuerpos sumergidos, se encontraban las hadas. Se movían de manera frenética y se notaban muy nerviosas. Murray fue directo:

—¿A quién protegen? ¿Quién fue?

—No sabemos de qué habla.

El detective hizo una seña a dos de sus oficiales, quienes a gran velocidad arrastraron fuera del agua a una de las hadas marinas. Mientras tanto, los turistas humanos, enloquecidos, sacaban fotos de la doncella mitad pez, mitad ser mágico. Una de las merrow que quedó en el agua se desesperó al ver a su hermana, retorciéndose, secándose al sol. Entonces habló.

—Fue un leprechaun, Stingy Rannery. Él lo hizo. Le sacó el corazón porque quería los poderes de Freila. Tiene intenciones de matar a alguien, pero no sé a quién.

La merrow lloraba con desesperación, solo se alivió cuando vio que devolvían a su hermana al agua.

Tras esta declaración, todos apresuraron su paso en el espeso bosque del condado de Louth. Casi en la puerta de la cabaña, el oficial Delany se estremeció al sentir el llanto de una mujer en su hombro. Al girar su rostro, vio cómo una banshee lo miraba con profunda tristeza y dolor. Delany le preguntó:

—¿Acaso soy el próximo?

—Que se aleje, que no entre, que no llegue, que se vaya, que no regrese, que no toque esa puerta.

Mientras lloran cada palabra, las banshees cubren de dolor a cualquiera que esté cerca. Aunque hay quienes dicen que su llanto y su efecto pueden sentirse a grandes distancias.

Inmediatamente el Oficial comenzó a correr detrás del detective. Enloquecido le pedía que no siguiera, que no tocara la puerta. Al escucharlo, Murray se dio la vuelta brevemente, pero no entendió lo que le decía. Estaba concentrado en arrestar a Stingy Rannery y tenía prisa. Parecía que mientras más corría y gritaba el oficial, más se apresuraba el detective.

Cuando estuvo frente a la puerta de la cabaña, Murray ni siquiera pensó en golpear. Pateó y habilitó la entrada para él y sus hombres.

Poco tiempo después, un Delany agitado y enloquecido llegó al sitio. Vio al detective Murray rodeado por un círculo de uniformados. Yacía muerto a causa de la maldición del leprechaun.

Sobre el autor

Gustavo Rodolfo Díaz Arias es profesor de inglés. Ha participado en varios proyectos culturales y en seis antologías, tres editadas por Editorial Dunken, dos por Editorial Dos Diamantes y una por Editorial Afrodita. Ha sido galardonado con varios reconocimientos, entre ellos el Primer Premio Del 9º Concurso Poético Nacional «El Árbol De Guernica».

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