Representación visual de los asustadores cubanos: una mirada de género por Roberto Félix Carbonell Moliner (Cuba)

Ensayo, Reseñas y Ensayos
…la historia de las brujas es la historia de la discriminación y subyugación de la mujer (…) de la misoginia, que se inició con el advenimiento del patriarcado, se justificó mediante la mitología y se exacerbó con la invención del pacto con el diablo por parte de la iglesia”

Vicente Romano (2009)

Género y representación visual de los asustadores

Imaginar el sexo de la hembra como una vulva dentada alimentándose de la carne de machos es parte de uno de los mitos más antiguos y universales (Galeano, 2009). Pero, pensar en la mujer como algo endemoniado tampoco escapa a nuestra cultura contemporánea; basta recordar las brujas, las lloronas, las gritonas y los espectros para notar el tratamiento que se le ha dado a la figura femenina. En la bibliografía referente a la mitología cubana, entre las figuras y los personajes mitológicos, principalmente dentro del grupo de los asustadores, aparecen pocas figuras femeninas y algunas están subordinadas a un personaje masculino. La anterior observación argumenta que la relación histórica hombre—mujer se ha pautado por patrones patriarcales en los cuales la medida es siempre el hombre, esta característica tendrá su reflejo incluso en la representación visual de los asustadores.

Varios especialistas definen género como un conjunto de rasgos, de símbolos y de representaciones que cada sociedad asigna a mujeres y a hombres por el hecho de pertenecer a un determinado sexo, aspectos referidos a cómo debe actuar una persona, cómo se debe comportar socialmente y tratar a los niños y las niñas (Rodríguez y Alfonso, 2008).

El género es una definición social que va más allá de la imagen corporal, conformándose en sentimientos, comportamientos y actuaciones, una serie de atributos y funciones construidas socioculturalmente para justificar diferencias y relaciones de opresión, que se interiorizan mediante un proceso de socialización durante toda la vida (Álvarez, 2015). La percepción de los miedos y sus representaciones visuales forman parte de este proceso, muchas veces moldeado por estereotipos de género.

La representación visual del miedo para las distintas culturas, ya sea aludiendo a elementos astrales, representaciones zoomorfa o antropomorfas, es una forma de catalizar emociones y sentimientos. La representación del temor desde lo cognitivo supone su objetivación en la realidad física, por lo que en nuestras culturas históricamente se han representado con claridad aquellas situaciones causantes de miedo como la muerte, el estar perdido, las pandemias y las enfermedades (Antón, 2015). Dentro de este grupo de representaciones de los temores y los miedos entran los asustadores.

Como es bien sabido, el término «asustador» señala a quien suele realizar la acción de asustar; de esta manera se define el término como un adjetivo, de uso anticuado y no registrado en la Real Academia de la Lengua Española. Algunos lo citan como entes míticos, seres fantásticos, figuras sobrenaturales evocadas en los cantos de cuna y en los cuentos populares—tradicionales como personajes negativos (Propp, s/f). Tienen su origen en los mitos de la génesis cosmogónica, sobre los restos demonizados de divinidades de la mitología y la religión de cultos extintos, y sobre personajes demoníacos que quedan en la memoria colectiva de los pueblos (Jiménez, del Val, Paz y Enamorado, 2014). Los asustadores son los personajes o lugares, reales o imaginarios, utilizados por la comunidad con el fin de amedrentar, asustar, generar miedo, pánico o simplemente provocar mesura, obediencia, servilismo, entre sus miembros, de forma muy especial a los niños y las niñas (Hijano, Lasso y Ruiz, 2011).

La visualidad de estos asustadores será construida desde el miedo, desde lo considerado peligroso, inseguro, agresivo, extraño, incluso nos atreveríamos a decir que en dicha construcción incide lo diverso. Los asustadores se construyen desde el prisma de lo diferente, del otro, pero no de una otredad que se encuentra al mismo nivel: casi siempre el asustador representa lo que hay que dominar, y si esta visión se construye desde el patriarcado, todo aquello que habrá que dominar será lo que atente contra ese modelo hegemónico de masculinidad e, incluso, esta percepción tendrá dentro de sus características elementos que lo reafirmen.

Breve acercamiento a los asustadores en Cuba

Precisar cuál fue el primer asustador cubano es una tarea que puede generar muchas incógnitas y criterios distintos, habrá que buscar en lo más recóndito de la memoria colectiva e ir deshilando la madeja del etnos cubano. En los diccionarios de voces cubanas a finales del siglo XIX aparece Moringa como un ente fantástico, coco o fantasma con cuyo nombre se atemorizaba a los niños (Pichardo, 1894; Suárez, 1921). Según el doctor Fernando Ortiz “el moro, la mora, fueron motivo de miedo durante siglos, y aun hoy en ciertas regiones españolas, para los niños; fueron el coco. Moringa hubo de decirse en Cuba de moro con el sufijo despectivo inga, tan frecuente en América” (Ortiz, 1923, p.67). La Moringa, ser fantásticamente feo, también es utilizado en las historias de Cocos (Feijóo, 1996). Para poder imaginarnos a este asustador solo contamos con su fealdad que asusta y el color negro como atributo. Al parecer, también sufrió ese desdibujo, al igual que la figura del Coco (García, 1961), otro de los asustadores cubanos.

En cuanto al Coco, algunos escritos del siglo XVI lo relacionan con la fruta del cocotero, establecen un vínculo entre la cáscara y sus tres agujeros con una cabeza con ojos y boca dándole de esta manera una visualidad esférica a la hora de representarlo (Corominas, 1987). Es difícil adjudicarle un origen únicamente hispano, cuando su presencia como asustador se encuentra también en África relacionado con el nombre de macaco o ncocco, (Ortiz, 1901). En el libro “Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba” (Rivero y Chávez, 2005) se describe al Coco como un ser horrendo y misterioso con formas, rostros y cuerpos tan mutables como la imaginación de cada individuo. Además nos advierten de otro vocablo que guarda relación con el Coco; es el caso de cocorícamo o kokoríkamo que “significa un ser feo, monstruoso, terrible. También se dice así de “una mujer fea o vestida como un adefesio, o de un sujeto desarrapado” (Rivero y Chávez, 2005, p.152). En cuanto a este término es necesario recordar que conjuntamente con los diablitos, los gigantes, los enanos y las mojigangas desfilaban figuras conocidas como cocorícamos en las fiestas del Día de Reyes, que “de sus funciones tradicionales en África pasaron al carnaval de La Habana” (Feliú, s/f, p.22). Otra palabra con la cual guarda relación el Coco es el Cuco, utilizado en frases y refranes cuando queremos hiperbolizar la fealdad de alguien (del Valle y Carr, 2014). Dentro de este grupo de seres relacionados con el Coco también tenemos la presencia del Bú (Córdova, 1926), asustador onomatopéyico también desdibujado.

Hay asustadores que deambulan por los paisajes del país, presentes incluso en la toponimia a todo lo largo de la isla (Santiesteban, 2011) y algunos asoman sus rostros desde los cantos de cuna tradicional cubano para dormir a los pequeños; allí encontramos al Coco, al Diablo y al gato cimarrón (Esquenazi, 2005).

Además, aparecen un conjunto de bestias entre los que sobresalen los hombres con cabezas de perro de gran ferocidad, el babujal y el jigüe; el caimán de la laguna: un hombre alto con piel escamosa y cabeza de caimán; los hombres rabudos con sus cuerpos velludos y abundante cabellera, sin ropa y con una cola gruesa; los hombres peste; los enanos peludos y los hombres cocodrilo. En otras regiones y siglos más adelante, encontramos el gigante de Monte Alto, el güije, el catraco: un animal que atacaba sexualmente a las mujeres, parecido a un gato bípedo; el hombre trucha, el hombre puerco, el hombre gorila, el hombre tiburón, el hombre ratón, el hombre ojo y el cagüeiro.

Pero lo más curiosos en este bestiario mitológico son sus mujeres. Al igual que los hombres no dejan de aparecer figuras zoomorfas: las mujeres con patas de pájaro, la araña con cabeza de mujer, las sirenas, las madres agua, la mujer puerca, la mujer vaca, la mujer con cabeza de venado, la mujer mariposa, la hija del diablo, la Pericota: especie de mujer loba (Batista, 2010). Llaman la atención tipos de duendes femeninos como la ciguapa: versión hembra del jigüe pero con los calcañales de frente, indiecita que gusta de tener relaciones sexuales con los hombres (Batista, 2007) y creada por la imaginación de criollos y peninsulares como un modelo arquetípico de mujer malévola (Calzadilla, 2016). Entre los espectros encontramos a las aparecidas, las locas, las mujeres verdes de Guayarusa, la dama azul y mujeres que son transformadas por culpa de los celos masculinos como es el caso del manatí llorón del Cuyaguateje. Las gritonas o las lloronas son mujeres que después de ser violadas y asesinadas por los hombres, en venganza, asumen como misión atormentarlos. Estos personajes, se convirtieron en el Coco de los muchachos (Feijóo, 1996) y en la seducción de escritores e investigadores del patrimonio oral. También hay aparecidas que se relacionan con la maternidad. Sus historias refieren a la pérdida de su prole, lo que desemboca en la misión de llevarse a los niños de otras madres. Las brujas en Cuba tiene un recorrido amplió en este andar mitológico. Varias historias, principalmente relacionadas con isleños, cuentan su aparición sobre todo en las noches, como protagonistas de males en diferentes leyendas de las fundaciones de villas, pueblos y entre los negros esclavos (Barnet, 1979).

Si tomamos en cuenta esta relación de asustadores femeninos y otros que pudieran estar ampliando esta lista, podríamos pensar que en muchos mitos la representación visual que ha quedado de la mujer es de sufrimiento y dolor, de objeto sexual del hombre, servidora del mal, comedora de hombres en venganza de sus tragedias y ser endemoniadamente maternal. Además, los animales con los que se le relaciona son considerados por el imaginario popular como dóciles o frágiles. Y muchas veces, cuando se asocian con un animal que pudiera ser feroz, a este se le ponen tacones, pechos erectos, cartera… y se le pintan los labios, como es el caso de la Pericota en la ciudad de Matanzas (Batista, 2010). En cambio, para los hombres la construcción simbólica en relación con los animales apunta a aquellos considerados como agresivos, violentos y feroces. Fíjese que Fernando Ortiz, cuando habla de la representación iconográfica del Diablo en su libro Historia de una pelea cubana contra los demonios, menciona y describe su carácter animal con cuernos en la frente, pezuñas en las patas de cabro, alas de murciélago, orejas bestiales, barbas de chivo, grandes dientes, mirada quemante, un gran rabo con punta flechuda y un enorme falo (Ortiz, 1975). La descripción de este asustador es una hipérbole simbólica del significado de macho.

Para no concluir

El género es una categoría que esculpe a nuestros asustadores, parte de la representación visual de «lo que es» un hombre y una mujer.
Este cincelado se basa, en algunos casos, en la discriminación, ya sea por el color de la piel, la orientación sexual o la imagen corporal, justificándola en nuestros mitos y leyendas. Debido a esto, debemos ser capaces de acercarnos desde una perspectiva crítica a determinados elementos de nuestra cultura, que todavía se reproducen y producen discursos poco tolerantes. La propuesta de este trabajo es hallar una manera de hacerles frente cuestionando aquellas narrativas que normalmente surgen de las representaciones sesgadas de la masculinidad y la feminidad, construyendo sentidos en torno a la imagen visual, analizando los significados que se desprenden de la representación.

Referencias Bibliográficas


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Sobre el autor

Roberto F. Carbonell (La Habana, 1987) es licenciado en Estudios Socioculturales, miembro de la Asociación Hermanos Saíz y egresado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ha obtenido premios en concursos municipales como el Concurso “El Persistente Escriba” (2004), “José Lezama Lima” (2006) y en Los Encuentros Debates tanto a nivel municipal y provincial. Obtuvo una mención en los Novenos Juegos Florales (2010). Tiene publicaciones en revistas nacionales como “El Caimán Barbudo” y poemas publicados en antologías fuera y dentro del país (2011).

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