Muñequitas por Alma Mancilla

Cada que llega el fin de año me pongo nerviosa, es natural: es la época de las fiestas, de las felicitaciones obligadas, del balance de todas las cosas. También es cuando, de varios años para acá, hago lo que se llama una limpieza general. Tiro las cosas que ya no sirven, escombro los roperos, apuntalo el espacio para lo que vendrá.

—Anda, saca todo esto, pura basura tienes aquí —me oigo gritar

Mi hija me mira con fastidio. Sabe que le toca hacer su parte en la depuración de invierno pero los ánimos le faltan para ayudar. Además, está demasiado ocupada siendo adolescente como para interesarse en limpiar o en hacer de su habitación un mejor ambiente, un sitio en el que bien que mal se pueda vivir. Mi insistencia, no obstante, siempre rinde frutos y, tras hacerle ver que a su dejadez seguirá una represalia, la oigo que se levanta, que alza cosas, que remueve las entrañas de cajones, los montículos que pueblan sus repisas, el interior del atestado y viejo clóset hasta que al fin, hacia el final de la tarde, viene a mí cargando una funda de almohada que hace las veces de bolsa y que noto llena casi a reventar.

—Listo —me dice mientras me la entrega en brazos como a un niño con problemas de obesidad.

Yo miro dentro, con curiosidad pero sin entusiasmo: hay allí un par de playeras viejas, algunos cómics deshojados y, lo más interesante, dos docenas de muñequitas de plástico que me contemplan desde el fondo en penumbras de la tela, arrebujadas en improbables enredos dentro de su improvisada prisión. Cada una de ellas porta un trajecito a la medida, un vestidito, unos calzones, aunque, ya que me doy cuenta, al menos un par de ellas está en cueros y muestran sus cuerpos tal cual son y sin ningún pudor. Qué maravilla ser una muñeca, pienso de pronto, vivir allí, al fondo de la nada sin tener que dar cuentas de lo que se es. Mientras miro el amasijo de brazos y piernas que se rozan a placer trato de evocar la ocasión en que las compramos, pero por más que me esfuerzo no consigo dilucidar dónde o cuándo. ¿Sería en un bazar de chinos? ¿En el Wal Mart, tal vez? Al final me encojo de hombros. Al cabo de los años una, madre que es, termina olvidando los detalles de los sucesos, el entorno en que ocurrieron, y es mentira que cada uno de los episodios que conciernen a los hijos se nos queden grabados en la mente con igual e imborrable nitidez. Están aquellos, por supuesto, los cumpleaños, las graduaciones, ocasiones especiales que permanecen  indelebles por efecto de la emoción y de las fotos, pero de otras, de muchas, si acaso nos quedará una estampa borrosa, una palabra, una sensación cálida que tiene que ver, eso sí, con las complejas alquimias del amor filial. Tal vez será el recuerdo, la evocación medio fallida de cosas pasadas, el caso es que de pronto las muñequitas más bien me dan lástima, al punto de que me siento incapaz de tirarlas a la basura así como así. En una de esas felices coincidencias de tiempos y formas creo recordar que hace unos días vi en algún sitio un volante de alguien que compraba cachivaches, pero por más que busco no lo puedo encontrar.

 Al final, opto por lo más práctico: tiro las playeras y los cómics, y hago un par de letreros que pego en la mampara de la escuela y en algunos postes del barrio, aunque claro, decir anuncios es exagerar: se trata en realidad de sendas hojas de papel reciclado sobre cuyo reverso he escrito, encima de mi número de teléfono y en letras grandes: Se vende lote de muñecas, precio a tratar. Y es que de pronto se me ha ocurrido que así, en conjunto, y aunque no parezcan objetos preciosos, hay en estas muñequitas un no sé qué que me rehúso a desechar sin miramientos. Y algo han de valer de todas formas. “Siempre hay comprador para todo si éste se busca con cuidado,” solía decir mi madre, allá en mejores tiempos, cuando todavía la memoria no le fallaba, antes de que mi padre la dejara y ella se volviera la sombra solitaria en la que al final se convirtió. Mi madre también decía que uno pone y Dios dispone, y pese a los anuncios los días pasan sin respuesta, calurosos para la temporada, casi primaverales, días en los que, sin embargo, añoro ya los días de asueto, el verano, las tardes en las que es posible sentarse en el pequeño patio a la sombra, o dentro de la casa frente al ventilador. Mi hija no para de protestar por la permanencia de las muñecas en un rincón de su cuarto, pues le ocupan, dice, un espacio que no tiene. También afirma que dentro de la bolsa se oyen ruidos, voces que no la dejan dormir:

—¿Y cuánto crees que obtendrás por ellas? —me pregunta, exasperada. ¿A poco tú crees que la gente quiere así como así los desechos de los otros?

—¿Qué puedes saber tú? —le digo.

Y es cierto. Finalmente, aunque barato, a ella todo se le compra nuevo, poco importa que haga tiempo que su padre dejara de mandar ese cheque cada mes. Al final, no es sino hasta dos semanas más tarde que me contacta una mujer. Su voz suena rara en el teléfono, distante, opaca, pero parece tener en las muñequitas un genuino interés. ¿Son rubias o morenas?, me pregunta. ¿Vienen en número par o non? ¿Todas tienen boca y ojos? Sus preguntas me extrañan, pero cosas más excéntricas se ven y oyen por ahí. Llega por ellas un viernes en la tarde. Es alta, pelirroja, envarada, viene ataviada con un abrigo de esos de armiño o de visón, una prenda estorbosa que hace pensar que más que en la provincia mexicana estamos en Rusia o en Dinamarca. Cuando se lo quita me doy cuenta de que debajo de éste se esconde un diminuto armazón óseo, casi insignificante, puro hueso trepado en unos tacones y sobre cuya superficie parece que han untado al descuido una capa de pellejo gris. Algo en la mujer, en definitiva, me disgusta: me trae a la cabeza la figura de una muerta, de una bruja, de una aparición. Insiste en ver la “mercancía” antes de llevársela, lo que ya es el colmo tratándose de lo que se trata aquí.

—Oh, sí, lindas, lindas —dice cuando accedo a sacarlas. Apuesto a que deben haberlas querido mucho, ¿no es así?

Tiene acento extranjero, y las uñas sucias y demasiado largas, afiladas en la punta. Al mirarla pasar sus manos por encima de aquellos cuerpos inertes no puedo evitar sentir un dejo de náuseas. Quiero que se marche ya, con muñequitas o sin ellas. Luego me acuerdo de que el fin de mes se acerca, y que un poco de dinero extra nunca nos viene mal.

 —¿Entonces? —digo, impaciente

Ella me mira con unos ojos azules que ocultan quizá una vida de desdichas y también, o así me lo parece, la capacidad de ir más allá de los mundos por los que circula la gente normal. Pienso en puertas entreabiertas, en extrañas avenidas, en gente que se reúne a oscuras en cuartos cerrados a invocar presencias de algún entorno fantasmal.

 —Mire, nos están viendo —agrega— saben lo que valen.

Me asomo, por no dejar. La cara inerte de una de las muñecas, una morena con leotardo, acaba de moverse, o eso he creído ver. Me echo hacia atrás deprisa, como quien repara de pronto en un insecto ponzoñoso a punto de picar. Me siento aliviada cuando, tras entregarme un par de billetes por la compra, la mujer al fin se marcha con ellas.

Esa misma noche empiezan las pesadillas. Son muchas, abigarradas, llegando a mí como lluvia u hormigas en tropel. En ellas, a veces está oscuro, a veces es de día, unas veces es la calle y otras son parajes desolados, pero en todas aparezco yo. Veo complejos industriales, sitios que no conozco, cuerpos, caras lívidas, miembros rotos o torcidos, ropa en bultos o montones de ceniza. En ocasiones, veo a mi hija, que no para de llorar. Al principio pienso que podría ser cualquier cosa: cansancio, un desarreglo de hormonas, el inicio de una enfermedad. Sé que es obra de las muñecas cuando empiezo a verlas en las pesadillas: ahí están, claras, nítidas, diciendo algo que no consigo entender. A los pocos días las oigo reírse en el entorno de la casa, caminar sobre la techumbre, susurrarme al oído, cuando estoy dormida, que las he abandonado, que no las he sabido ni querido cuidar. Una tarde mi hija afirma que algo la persigue, y que ese algo es pequeño y es aterrador. En la calle, por si fuera poco, ha sentido que la espían, que la siguen,  que la llaman por su nombre, que algo de allá afuera está a punto de penetrar. Una tarde me encuentro unos cabellos en la sopa: largos, rubios, de evidente composición artificial. Oigo pasitos en la azotea. Siento mientras duermo alfileres en la cara y en el pecho una opresión que no me deja respirar.

Pasadas unas semanas y sin que nada mejore no queda sino rendirse a la evidencia. Y estoy tan afectada por la falta de sueño y por la ansiedad rampante que alguna decisión hay que tomar. Como soy tan dejada, sobre todo si ando ansiosa, no he borrado la lista de los números desde los que me han llamado en este mes, así que no tardo en dar con el que estoy buscando. Dos timbrazos bastan para que conteste la mujer:

—Las necesito de vuelta —digo, sin más preámbulo.

Sé que no hace falta explicar nada, que del otro lado de la línea ella va a entender.

—Vaya, vaya —me responde. Por supuesto, podemos arreglarlo, ya lo creo que sí.

El monto que la mujer me pide me parece exorbitante, casi el triple de lo que pagó por ellas, pero no me atrevo a discutir. ¿Quién podría cuando de recuperar la tranquilidad se trata? Porque para entonces he entendido que más que las muñecas lo que la mujer me devuelve es otra cosa, algo intangible, acaso un poder oculto cuyos contornos yo misma no alcanzo a precisar.

Las recojo en una casa que da miedo, en la parte sur de la ciudad. La mujer me las entrega en una bolsa de yute que pesa anormalmente, como si contuviera agua o piedras, pero no quiero saber por qué. Sé que es inevitable; que me llevo algo que sólo de lejos se parece a lo que yo le di; o tal vez sea lo contrario, tal vez eso estaba allí desde antes y la mujer sólo fue el catalizador, alguien que vio algo que yo no. Ella me sonríe con dientes amarillos, manchados de tabaco o de sólo dios sabrá qué:

—Hay cosas que se van, otras que se quedan. Algunas se recuperan y otras no. En el fondo todo está conectado.

No sé de qué está hablando, ni tampoco me interesa. Vuelvo a casa sintiendo que cargo el mundo a cuestas y, al mismo tiempo, que me he salvado de un destino atroz. Que he heredado algo malvado e implacable. Que sólo es cuestión de tiempo antes de que salga a flote la maldad. Mi hija espera en el sillón, enfrascada en su teléfono, mirando alguna tontería que la hace sonreír. Cuando nota mi presencia se gira hacia mí y algo en lo que veo me da miedo, pero si me esfuerzo casi puedo convencerme de que todo ha terminado, de que nada más nos va a ocurrir. Ojalá así fuera todo el tiempo: que a lo que nos amenaza se le pudiera guardar lejos, donde no pueda dañarnos, donde se le pueda controlar. Las pesadillas, claro, han desaparecido, al menos en eso siento que algo he podido ganar.

Con las muñecas, termino haciendo justo eso: las arrojo dentro de una caja al único cuarto para el que tengo llave, una pieza que, por lo tanto, puedo cerrar. A mi hija le he advertido que no abra la puerta, aunque sé que también eso es en vano: ellas salen y circulan por la casa, de noche y a veces en pleno día también. Han aprendido a moverse a su guisa, a encontrar las grietas, la salida, el foco de su expansión. No sé qué quieren, qué representan, hasta dónde podrán llegar. Pero son mías y las asumo: allí siguen, corriendo, trepando, acaso reproduciéndose como en una infestación. A veces las oigo que se lamentan, que se ríen o que lloran, que cantan o que rezan. En el fondo no las culpo: sé que viven unas vidas limitadas y que a fin de cuentas necesitan algo que las haga sentirse mejores, olvidar esto que son. Pienso que si no se las molesta ellas permanecerán tranquilas, aunque tampoco me hago ilusiones; así son mis muñequitas: falsamente inocuas, inocentemente inertes, calmadas pero jamás dormidas, un secreto que con su luz brilla, voraz boca que descansa en su pequeño universo de plástico y cartón.

Sobre la autora

Alma Mancilla (Toluca, México) es escritora y antropóloga. Su obra ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2011), el Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero (2018) y el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano (2020). Ha publicado los libros de cuentos “Casa encantada”, “Las babas del caracol” y “El criado y otras historias de aflicción”, así como las novelas “Hogueras”, “Archipiélagos», “De las sombras” y “El predicador”. Desde 2020 forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA-México.

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