Y al final el silencio por Félix Alejandro Cristiá

Una reseña a veces sirve de excusa para disfrazar una reacción. De esta forma presento un camino trazado a través de lo que narra Xochipilli Hernández en su poemario Declaración de vida (Reverberante, México), pues ¿qué acaso la aspiración de la poesía no es ser el mapa, como bien plantea la autora en las primeras líneas? Pues bien, tomo el mapa, para ver con qué nos encontramos. Se trata de un camino hacia el pasado, o mejor dicho, hacia un pasado indefinido que es, en efecto, una declaración, hecha desde el amor y los recuerdos, y por supuesto, desde la ausencia, tan presente entre las letras. En las primeras páginas Xochipilli invita a la noche, a la soledad y la ensoñación, quienes se presentan como latidos, breves y concisos, y de la misma forma, despiadados. Su pluma es breve, las líneas no terminan de decir.

Los ecos, las voces de un ayer melancólico, suenan como golpes en la pared o como un llamado a la puerta. Al girar la perilla -quizá- podamos distinguir un jardín tan soleado que encandila; solitario, como si estuviera muy “alejado de la vista de Dios”. Los elementos de la naturaleza, la lluvia y las estaciones que adornan los días que ya fueron, aparecen tan solo para difuminarse y llevarse consigo las palabras que describían lo alguna vez amado. El jardín ahora se muestra nublado, pero igual de hermoso: es sólo suyo. ¿Cuál es el lugar en donde el ser humano puede ser realmente libre? ¿Contra las épocas quién puede ganar? Se oscurece la escena a través del sueño y la quietud, cual preludio al Génesis.

En efecto, en la segunda parte del libro, Xochipilli comparte una visión de los primeros días en sus “Crónicas”. Dividida en 10 partes, pero que recomiendo leer como un sólo poema. Es inevitable pensar en aquellos recuerdos que nos presentó al inicio del libro, pero transportados hacia una realidad anterior y desfigurada. Un mundo que desbordaba fertilidad. El fuego arde con la fuerza de mil volcanes que nada consumen. Pero el ser humano se aburre o se despista; se entretiene nombrando las cosas, como todavía hace hasta el día de hoy, mirando lo innecesario, despreciando lo perenne, esto es, todo aquello que no se puede declarar. Y como lo que no se puede pronunciar, desaparece.

El jardín se parte en dos. Nuestra autora narra dos vidas primigenias, una decidida, y otra reflexiva. Habla con la lluvia y pregunta; a veces creemos que las hojas le responden. Lo perdido se puede buscar en la profundidad de los bosques, pero lo que se cree poseer se guarda en el concreto del horizonte. ¿Quién debe ceder y abandonar su paraíso? Uno de los dos representa al campo ya obsoleto, y el otro a aquello que todo lo devora. Pero durante el trayecto a la ciudad a la que parece exiliarse el ser amado, la canción suena para resguardar el nombre, y con la magia de la pluma resuelve el dilema: “eres el nombre de las cosas sinceras”; nunca se menciona nombre alguno, y al final ya no queda campo, pero tampoco ciudad.

La tercera parte del libro la poeta nos presenta un juego, donde las palabras ironizan consigo mismas, no sin el eco de los tristes días, el cual nos acompaña desde el principio del viaje. La ausencia una vez más describe lo que al decir se convierte en nada; aquel sentimiento que abunda entre las hojas pero que al intentar mencionarlo se vuelve torpe e innecesario. Poco después las palabras vuelven y la obra llega a su síntesis: todas etapas de una declaración de vida, en efecto, con este nombre se inaugura la cuarta y última parte del libro. Diálogo con el tiempo, con el aire, diálogo con lo amado, diálogo consigo misma, diálogo…, la brújula queda atrás y todo se reduce a un único mandamiento. Después de la declaración sólo queda silencio.

La obra que nos presenta Xochipilli Hernández rememora poesía fragmentaria, versículos, monólogo, todo parte de un mismo camino guiado por una brújula que es el texto mismo. Versos breves -a veces quizá demasiado- denotan que el vacío es su cómplice lírico. No abunda la musicalidad, pero sí un rimo que sigue el son de los latidos que no cesan de golpear de principio a fin. Ausencia y silencio se pronuncian, declaran, con palabras que ya forman parte de otra vida. Queda una invitación abierta a tomar la brújula e intentar volver.

Félix Alejandro Cristiá

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