Nuestro Señor Jhain

Relato

En enero de 1581 llegó a la Ciudad de los Reyes el capitán Diego de Peralta, vecino de Oropesa e hijodalgo de primera clase. Ávido de fortuna y fama. Muy decidido a servir a la Corona y acrecentar la gloria familiar. Portador de la promesa que le hiciera a la Señora de la Asunción, de regresar con el caudal necesario para erigir una capilla en la casa señorial, donde poder venerar su divina imagen.

Gracias a sus vínculos con el saliente Virrey del Perú, y atendiendo a la necesidad de tener presencia en las tierras de frontera, amenazadas por los nativos y por los portugueses, se agenció de una autorización para una entrada y posterior asentamiento más allá del territorio de los antis, también llamados chunchos; que por cierto era empresa muy temida entre naturales y peninsulares.

Acompañado de veintiocho castellanos, diez de ellos a caballo (entre los que se contaban un escribano, y un clérigo), cinco mulas, dos negros angoleños, un armero griego, un herrero vasco y cuarenta indígenas (que incluían a dos “lenguas”), el 08 de abril de 1582, partieron con rumbo a los dominios de la extinta Gobernación de Nueva Toledo, de Almagro El Viejo, para seguir más adelante el camino Inca, bordeando el gran lago, pacarina de los Uros, y de los Collas y Lupacas, que también llaman Aymaras. Empresa que los llevaría hasta el inicio de la tierra de los Moxos.

El camino inicial tomaba una ruta ya recorrida largamente por indígenas y arrieros peninsulares, que los acercó, luego de varias semanas de travesía, hasta la recién fundada Villa de Oropesa, donde se asentaron por tres jornadas, para cumplir el día de ayuno y oración que le prometiera a su mentor el Virrey Francisco Álvarez de Toledo en el altar de la modesta iglesia que se venía edificando en el poblado, dedicada a la Virgen. Allí también se aprovechó para que la tropa cristiana pasase el control del médico Rodrigo Gómez Renedo, sobrino del afamado protomédico Francisco Sánchez Renedo, quien ejerciera el cargo de presidente del Tribunal del Protomedicato. Don Rodrigo, joven de rancia nobleza vino a estas tierras movido por una gran vocación, que lo llevó a especializarse en el oficio de médico de minas. Sus prescripciones contentaron a los expedicionarios, aunque no tanto como las bendiciones del cura doctrinero Alonso de Trinidad, hombre santo y juicioso.    

Ese fue el punto de partida de la que sería una de las entradas más lejanas realizadas hasta la fecha, por la cual los hombres que acompañaban al capitán Diego de Peralta, esperaban obtener fama, fortuna y reconocimiento, con los cuales regresar a la península, como antes lo habían hecho sus mayores.

El viaje desde aquella población fue penoso, más por las enfermedades que las emanaciones de la tierra provocaban y por lo accidentado del territorio, que por el ataque de los nativos, quienes se limitaron a seguir a prudente distancia y ocultos entre la enmarañada vegetación al grupo de invasores que portaban armas de cuyo daño ya conocían, lo cual no fue obstáculo para que al caer la noche eliminaran con dardos venenosos a dos indígenas que debieron resguardar el campamento pero a los que venció el sueño, del que ya no salieron más.

Luego de seis semanas, en las que se produjo la muerte de tres peninsulares y nueve indígenas, que se enterraron en el camino con gran pesar, llegaron a un gran río que cruzaron con alguna dificultad, pues si bien estaban en época de vaciante, el cauce llevaba mucha agua que ahogó a dos indígenas, hermanos ambos, que no supieron mantenerse a flote, yéndose con ellos los últimos varones de su ayllu. Al cabo de tres semanas de cruzar el río y seguir con rumbo sur oriente, el capitán Diego de Peralta, sin mayor dificultad ni resistencia, hizo su entrada en una población nativa bastante poblada y muy bien construida con barro y piedra pulida pintada de blanco, lo que resultaba extraño en una región así.

Esta era una etnia bien organizada, de gente pacífica, aunque un tanto desconfiada, que tenía algo parecido a una religión monoteísta, que el escribano percibió como similar a la cristiana, pero calló, porque decir aquello hubiese significado una blasfemia que probablemente le hubiese costado el puesto, una multa y varios azotes al llegar a Cuzco. Se trataba de una religión cuyo conocimiento empezó a generar confusión en la soldadesca hispana, que prefirió guardarse sus comentarios, pero no su asombro ante las semejanzas.

Sus gentes eran monógamas y muy temerosas de su Dios. Tenían un templo con techo a dos aguas y una torre en el centro, coronada con un largo palo de madera roja muy pulida, y por los alrededores de la edificación se veía pasear a un grupo de individuos que parecían sacerdotes, emitiendo sonidos guturales, mientras caminaban; todos ellos cubiertos por una tela gris de algodón silvestre, fijada con cuerdas que daban varias vueltas alrededor de su cuerpo, las mismas que además usaban para autoflagelarse, de cuando en cuando en la plaza central del pueblo. Estos gordos personajes andaban descalzos y sus cabezas siempre las tenían cubierta con un velo.

Tales costumbres hacían recordar a los franciscanos, pero buscando no hallaron ni uno solo, ni vestigios de su presencia y se asombraron mucho más al saber que habían logrado toda esa riqueza espiritual que denotaba una bondad salvaje, sin escritura, sin tiranía o buen gobierno, y sin presencia alguna de guerreros o armas poderosas.

Pero pasada la sorpresa y superada la curiosidad, los castellanos recordaron que el objetivo de su empresa era el de conquistar, fundar y obtener riquezas de estas tierras; someter a los naturales a la corona y evangelizarlos, con miras a pedir una encomienda, si ameritaba el caso. Sin embargo se encontraron con que la captura del pueblo había resultado demasiado fácil y con que la empresa de evangelización podía resultar tarea sencilla ya de realizar.

Y así fue que, a pesar de no haber entendimiento de palabras, no hubo mayores reparos para aceptar la presencia extranjera en el poblado nativo y menos aún para aceptar lo que ellos veían como una variante de su cosmovisión mágico-religiosa. Pero no pasó mucho tiempo para que empezaran los problemas. Primero fue resistirse a ser bautizados y perder su nombre por otro cristiano; luego fue el cambio de nombres a sus símbolos sagrados; el rechazo que obtuvo que se les pretendiera imponer una autoridad ajena a la suya.

Esa resistencia fue el pretexto para empezar la matanza, con eliminación de todo símbolo pagano. En el informe que presentaron el capitán y el padre dominico decía entre otras cosas que “… habían hallado entre la población indígena de la región, que los naturales aymaras denominaban chiriguanos, mucha resistencia a someterse a la autoridad real y asimismo, la práctica de un culto pagano que ofendía grandemente a Dios y a la Santa Iglesia Católica, porque resultaba una vulgar parodia de la religión verdadera y de sus sagrados símbolos, siendo imposible la evangelización en gentes tan primitivas, similares a bestias salvajes…”.   

Y ello porque resultaba que entre la parafernalia ritual de esta etnia había objetos y conceptos que se asemejaban mucho a los cristianos, pero que por ello mismo fueron considerados insultantes “…entre las cosas abominables que hallamos, entre estos indios llamados Jhaivas, es que usaban de dos palos de un rojo natural, que en sus ceremonias juntaban, asemejando a cruces sin imagen alguna. Su dios que tiene el nombre de Einyee, (que significaba el que es) no tiene forma y nadie lo ha visto, no tienen escritura ni leyes escritas, pero tienen unos troncos embutidos en la tierra, con símbolos paganos en relieve que sus jefes tocan y producto de ello convulsionan y emiten sonidos, como poseídos por demonios. Tienen además imágenes en las paredes de su templo pagano, de hombres a quienes consideran santos, pero que se muestran horrendamente desnudos, pintados todos de rojo y con rostros fieros, que asemejan imágenes demoniacas…”.

Haciendo uso de estos argumentos, los castellanos se deshicieron de la mayoría de hombres de esta etnia y se hicieron de estas tierras, de sus animales y de sus canteras de sal colorada; esclavizando a los sobrevivientes, bajo la posterior licencia de la encomienda evangelizadora, que obligaba a la extirpación de idolatrías y sometimiento de los naturales a la única y verdadera fe. Y así lo contaron, para quien quisiera escucharlo, en Cuzco, en Lima o en la Metrópoli… pero no contaron toda la verdad.

Que, cuando llegaron los veinticinco castellanos, aquella tarde fresca de julio a ese poblado llamado Behanya, en el corazón de la región de los Chiriguanos, en la frontera entre Paraguay y Bolivia, encontraron un pueblo pacífico que tenía una organización social compleja y similares creencias religiosas que los cristianos, que además estaba muy dispuesto a someterse a cambio que se respetasen sus creencias. Pero para los invasores no cabía posibilidad de acuerdo con estos salvajes, que se hacían llamar jhaivas, y a quienes los nativos aimaras llamaban chanes. Ellos estaban ocupando el espacio que consideraban suyo por justo merecimiento, y debían someterse sin condición.

Los avenidos no contaron además que Jhain les había enseñado a los jhaivas que el hombre no debe humillarse ante el hombre y debe luchar por lo que es justo, sobre todo cuando ya se ha ofrecido amor y éste no es correspondido o es defraudado. Y que este Jhain, a quien llamaban el hijo de Dios, estaba vivo al momento de su llegada, pues había salido a visitar a los otros pueblos jhaivas de la región, envuelto en su túnica blanca, descalzo, sin armas y seguido de un pequeño grupo de sacerdotes.       

No contaron finalmente que Jhain fue condenado a morir, luego de un juicio sumarísimo, en el que un castellano iletrado fungió de abogado defensor y el padre dominico de fiscal acusador, sin que el condenado entendiera palabra alguna ni pudiera defenderse de las acusaciones de conspiración, blasfemia y herejía. Contrariando las recomendaciones de la Audiencia del Cusco y las cédulas sobre entradas a este reino, que diera el virrey Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera.

Aquella vez la masa indígena, percibiendo la injusticia, se sublevó y alzó sus armas contra los peninsulares, introduciéndose al monte como manera de protección. Pero la decisión del capitán Diego de Peralta, por recomendación de uno de los lenguas, de cambiar la hoguera por la crucifixión a Jhain, contra la negativa del padre dominico y de muchos castellanos, calmó al gentío, que consideraba esta forma de muerte como un digno paso a la eternidad y una señal de respeto, que incluso el mismo Jhain tomó con incomprensible aceptación y gozo. Que era ésta una etnia muy dada a manifestar sus estados de ánimo.

Después de este hecho, del que los conjurados peninsulares decidieron no contar jamás, la masa sublevada volvió al pueblo con la promesa que no habría represalias contra ellos, y empezó a recibir con menor resistencia la nueva religión y el nuevo gobierno, que creció en importancia y poder, mientras iba disminuyendo la población, producto de las enfermedades y el desarraigo a que se les sometió luego de la creación de los obrajes y reducciones.  

Hasta inicios del siglo XIX se pudo apreciar aún, en el que fuera el poblado de Behanya, los restos de una iglesia construida sobre los cimientos del templo indígena, y a unos cuantos descendientes de nativos, que usaban algo similar a una sotana. Y podía escucharse aún que estos descendientes de los chanes, de vez en cuando confundían la palabra Jesús por la palabra Jhain. Y como ocurrió con muchos pueblos invadidos por españoles, cuando acudían al templo cristiano, en realidad le estaban rezando a sus ídolos, escondidos tras los santos y altares del culto oficial. A pesar de la intensa extirpación de idolatrías que el padre doctrinario Juan Gil de Palencia efectuara a mediados del siglo XVII.

Incluso los cuadros pintados por mestizos, en los que se ve a Cristo crucificado en los templos de la región se dice que tienen la cara de Jhain, y las leyendas nativas narran que el hijo de Dios resucito al tercer día y se fue hacia el levante, por donde habían venido los sacerdotes de Jhain muchos años atrás, cruzando el gran lago furioso, en un trono de madera y grandes lienzos de algodón, donde estaba pintado el futuro de la humanidad…

 


Sobre el autor

Carlos Rojas Sifuentes: Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Derecho en la Universidad de Lima, y una maestría en la Universidad Tecnológica del Perú. Trabaja en investigación y docencia universitaria, pero su principal oficio es escribir.

La Universidad de Lima imprimió sus primeros cuentos y poemas. Ha publicado un libro de cuentos: “Crónica de Híbridos”, en 1992, y un libro de historia del derecho: “La introducción del Derecho Occidental en el territorio andino central”, en 2003.

En el año 2018, el grupo literario español Poémame y la institución BARCELONACTUA, publicaron el poemario “Versos de Acogida” en favor de los refugiados, con un poema de su autoría. El año 2019 esa misma institución publicó uno de sus relatos en el libro “Estat Civil? Voluntari@”. Ese mismo año 2019, Cuenta Artes: Revista de Arte y Literatura, publicó un cuento del cual es autor.

Saturno crítico

Ágora, Ensayo

INTRODUCCIÓN

Este breve ensayo, de basamento contrafáctico, pretende distender la objetivación mitológica en los causes de la crítica bajo la acepción etimológica del vocablo κρινεῖν (separar, distinguir, juzgar, explicar). Por ende, el epíteto que matiza a la divinidad depone la veleidad gráfica para develar un órgano de pensamiento que, instrumentado frente a los óbices del pensamiento, permite la proliferación de propicios cuodlibetos. Con ello, procederemos a desglosar, con celeridad, seis apartados basados en  la Θεογονία y los Ἔργα καὶ Ἡμέραι de Hesíodo, que permitan esclarecer a Saturno como alusión de la faena crítica.

DESARROLLO

a) Su acepción como tiempo proveniente de gradaciones y síntesis del mito: La condición crónica permite  que el pensamiento crítico inquiera los ejes del contexto a tratar. Es decir, Saturno funge como ordenador temporal, siendo símil al discernimiento de ordenes categoriales y conceptuales en cuanto su referente estemático. Todo nodo debe ser cuestionado, tanto en sus constitutivos causales como en los epítetos atribuidos por parte de las ablaciones agenciales.  Se niega la a- temporalidad de cualquier proposición, así como la apreciación reflexiva de un periodo histórico; el primero implica el ingente desconocimiento de la factualidad, el segundo se inscribe en la especialización de un breve fragmento y la culminación de su ignorancia supina.

IMAGEN: ALDEGREVER, HEINRICH (1533) 

b) Como dios de la agricultura: En este apartado se asume la crítica como cultivación, en el sentido latino del vocablo, es decir: “colo est studium” (Forcellini, 1771, p. 691) [cultivar es estudio] [1]. Lo anterior remite a otra formalización verbal que contiene un uso intrínseco en faenas tanto agrarias como escolásticas[2], a saber, el término arar. Donde el tránsito del arado es símil a la objetivación gráfica, “stilo per ceram enim sulcus ducitur” (Forcellini, 1771, p. 631) [ya que el surco, mediante la péndola, es conducido por la cera] [3] . Así el pensamiento crítico asume su objetivación como praxis, tensando diacrónicamente el pretérito, el futuro-pasado y la prolepsis reflexionada con anterioridad. El escrito debe ser labrado en consumadas reiteraciones para obtener constitutivos rebosantes en su concreción, estratificando las ideas formalizadas por discernimiento de causa y no por una adscripción acrítica. 

imagen: Galle, Philips (1586) 

C) Castración de Urano (“ἀπὸ μήδεα πατρὸς ἐσσυμένως ἤμησε [ Hesíodo, 1978, p. 6]” [segó, con celeridad los genitales del padre]):  El acto de ablación, por parte de Saturno a su progenitor, implica la necesidad de deslindes enunciativos, sin adscribirse a determinado autor, doctrina, ideología o ismo. La comprensión metadiegética que se introduce en determinada diégesis no implica una apelación programática de la enunciación por parte del elemento adherido. Es decir, el estudio sistemático de temáticas o autores no es nunca una prescripción, sino que participa en la distensión del pensamiento crítico. 

d) El nacimiento de las Ἐρίνυες por el cruento miembro de Urano (“γείνατ᾽ Ἐρινῦς κρατερὰς” (Hesíodo, 1978, p. 7) [[Cronos] engendró a las impetuosas Erinias][4]): A modo de las Erinias, la ejecución del órgano crítico, respecto al objeto de estudio, implica una logomaquia[5] con los autores que trataron el asunto en cuestión. Tal como las divinidades ctónicas, se confrontan los discursos que son aceptados de forma acrítica, especialmente aquellos aspectos que mitigan el discernimiento, a causa de una relación imperativa entre el lugar de enunciación y los constitutivos objetuales que formalizan selenosis autorreferenciales. 

Jacopo, Giovani (1526)

e) Destronado por Júpiter (“κάρτει νικήσας πατέρα Κρόνον” (Hesíodo, 1978, p. 3) [habiendo vencido, por la fuerza, al padre Cronos] [6]) y su expulsión al Tártaro: La reflexividad crítica consiste en el reconocimiento de la parva definición, por parte del autor, frente a determinados agentes dialógicos, permitiendo trazar, con mayor detenimiento, el discurso enunciado. Por ende, la apodiosis no funge solamente en contraposición al referente dialógico, sino que apela, como palinodia, al centro diegético del pensamiento crítico.

f) La instrucción de los hombres en el Lacio, por parte de la divinidad, como rememoración de la edad de oro mediante las saturnales (“οἳ μὲν ἐπὶ Κρόνου ἦσαν, ὅτ᾽ οὐρανῷ ἐμβασίλευεν: ὥστε θεοὶ” (Hesíodo, 1979, p. 111)[En el época de Cronos, cuando regía en el cielo, los [hombres áureos] yacían como dioses][7]: El basamento crítico es un órgano radical que exige al autognosta una remisión iterativa a las fuentes vetustas. A su vez, la ínclita anfoteroglosa apercibe la mono – referencialidad como baladí del pensamiento, exigiendo una amplificación del protogono conceptual .

Matham, Jacob (1597)

CONCLUSIONES

En conclusión, se considera a la crítica como un juicio constituido entre gradaciones de diversa índole, tal sea el caso de los presupuestos del hiperónimo en cuanto las relaciones hiponómicas, o “la aplicación de métodos específicos (ya históricos, […], ya formales)” (Reyes, 1997, p.18) en la investigación a tratar.  De ello, la limitación en el uso del ὄργανον crítico radica en la indeterminación de los conceptos, la reiterada anfibología, la indefinición de los géneros, la abulia racional y el estudio de bagatelas. De esta forma, “los contenidos objetivos importan a otras ciencias que se constituyan como conjuntos de conceptos llenos de contenido, de ninguna manera vacíos” (Serrano, 2003, p. 28) o meramente formales. Así, la concreción crítica no esta sujeta a la configuración, prescrita con anterioridad, sino que es un instrumento que trastoca tanto los constitutivos gnoseológicos como los matices gráficos. 

 

NOTAS


[1] Traducción del autor

[2] En el sentido etimológico

[3] Traducción del autor

[4] Traducción del autor

[5] Vocablo remitido a su etimología y no a su condición peyorativa.

[6] Traducción del autor

[7] Traducción del autor

 

REFERENCIAS

Forcellini (1771) Totius latinitatis lexicon. Patavii: Typis seminarii

Hesíodo (1979) Los trabajos y los días. México: UNAM / Bibliotheca scriptorum graecorum et romanorum mexicana. 

Hesíodo (1978) Teogonía. México: UNAM / Bibliotheca scriptorum graecorum et romanorum mexicana. 

Reyes, Alfonso (1997) Obras Completas de Alfonso Reyes (XIII). México: FCE

Serrano, Jorge, (2003) Pensamiento y Concepto. México: Editorial Trillas

 

SOBRE EL AUTOR

Vidzu Morales Huitzil: Mexicano. Doctorando en la FFYL – BUAP / Literatura Hispanoamericana. Ha sido profesor de griego, latín y jeroglíficos egipcios en Studium Angelopolitanum, la BUAP, la UATX y el Archivo General del Estado de Puebla. Miembro pleno de la Red Latinoamericana de Filosofía Medieval  y condiscípulo en Vivarium Novum (Italia) / Caelum (España) 

 

Fundación Perséfone

Relato

Orfeo era un músico amateur y atelier, que vivía en una pequeña casa a las afueras de la gran ciudad de New Hades, en el año 20XX. Nunca acostumbrado a la vida en la ciudad, se había retirado con su pareja Eurídice a los suburbios. Hacía unos años se habían conocido en un festival de otoño organizado por la escuela local, en la que habían invitado a distintos artistas de la localidad, a la que él no habría de faltar. Subió y tocó en su guitarra una clásica canción, no pudiendo mantener su concentración en las notas, pues su mente se desviaba a intentar encontrar la voz que su canción coraba. Tocó una canción, y otra, y exhausto por los sentimientos que tal voz le producía, se detuvo a secas en el medio de un punteo, para pedir por los micrófonos ayuda, rompiendo el trance que había producido por su música.

― Tengo que vocalizar una queja –dijo, llamando la atención de todos los que estaban allí―. No puedo continuar este concierto sin la increíble voz que todos estamos escuchando… así que, si me hace los honores de subir a acompañarme….

Orfeo encontró con su mirada a una joven alta, de vestido ámbar, rodeada de niños con uniformes escolares, a quien el color rojizo había llegado a sus mejillas. Imprimió seguridad a su estado dando un paso al frente, tras la seña que el artista con la guitarra le había hecho con la mirada.

La rutina era apacible en aquella casa. Orfeo trabajaba, componía y arreglaba instrumentos mientras Eurídice trabajaba en el colegio los días de semana; excepto los viernes, cuando los alumnos de Eurídice veían llegar en bicicleta a pie al “profe de música”. Sin embargo, lo que más amaba Orfeo era los fines de semana, cuando con su pareja se retiraba al atelier del fondo, y componían música juntos.

Un sábado, en el que Eurídice había salido para buscar algo que tomar, Orfeo se extrañó al notar que su amada demoraba en su regreso. Empezó a sentirse nervioso, y, cuando el tiempo había excedido lo lógico y su cuerpo empezó a transmitir malas vibras, salió a buscarla.

Vio luces azules asomarse a su tranquilo paraje y nervioso empezó a correr.

Meses más tarde, Orfeo se dirigía a aquel lugar que había evitado por mucho tiempo. Triste, y melancólico, caminaba hacia a un juzgado a declarar en el caso de un homicidio en ocasión de robo. Habían encontrado al culpable, pero Orfeo no sentía nada por ello. Ni un deseo de justicia, ni alegría por saber la verdad, le habían robado a la persona más importante en su vida por papeles de colores. Él sólo iba a cumplir con su deber cuando una mujer se atravesó en su camino con un folleto.

― ¿Ha oído hablar de la Fundación Perséfone?

Orfeo la miró extrañada.

― Yo soy miembro de la Fundación Perséfone. Ayudamos a cumplir sueños, y bueno, mucha gente quería que le ayudáramos con el suyo. Usted es Orfeo, ¿verdad?

― ¿Quién lo pregunta?

― Mi nombre es Recatón. Soy una miembro de la Fundación. Mucha gente oyó su historia, por las noticias, no sé si sabía.

― No, no tengo idea.

― Bueno, esa gente y nosotros queremos ayudar a… inmortalizar a su esposa. Sabemos que nunca pudieron publicar lo que componían. Tenemos aliados en empresas de música, disqueras, incluso algunos cantantes famosos querían formar parte…

La impetuosa joven le entregó un panfleto llamado “Proyecto Eurídice”, y Orfeo lo guardó cuidadosamente en su bolsillo, su mente divagando por música más alegre que la banda sonora de los últimos días. Música nostálgica, y solemne, pero alegre, y no pudo evitar que una sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, llegará a su rostro.

 


Sobre el autor.

Matias German Rodriguez Romero. Estudiante, bibliófilo y cinéfilo, obsesionado por la auto superación y por la búsqueda de nuevas experiencias, acompañado por las letras desde los cuatro, receptor de reseñas y sugerencias por mis colaterales que comparten este mismo amor por el género literario y cinematográfico, en todos sus estilos y formatos.  Mis escritos son una suerte de ventana a quien soy como persona, lo que me hace ser yo; el resultado de atreverme a soltar los libros y tomar la pluma.

Makeda, reina de Saba

Relato

Makeda se ha despertado de una siesta de espuma de mar. Tiene el cabello revuelto por las olas del ensueño y en sus oídos aún siente rubor de aguas profundas. Baja las plantas hasta las baldosas gélidas del suelo de la alcoba y se estremece al incorporarse: sus pies parecen todavía cubiertos por la arena acuosa del fondo marino y sus músculos no responden al oxígeno del aire, entumecidos a la espera de la libertad de los océanos. Llega hasta el baño y la sacude un hastío aniñado, vigoroso, con vida propia: las órdenes de mamá no se han cumplido y sabe que habrá consecuencias, pero como no pretende corromper el presente con huracanes de futuro, se mira en el espejo y busca a Afrodita, como cada vez. La acaba de ver en la narcosis añil de la siesta y ha vuelto a desaparecer, como cada vez. Indaga en sus pupilas de tinieblas, en el reflejo de su tez morena, pero nada, Afrodita ya no está, como cada vez.

Adís Abeba refulge por encima de los matorrales secos y del verdegal de copas de árbol. Makeda sabe que esa ciudad no es más que un invento y la mira a través de la ventana con la mirada tramposa de los que han aprendido a distinguir algo de luz entre las sombras. Una existencia consagrada a una ventana, a la espera interminable de un hombre, como Penélope. Pero ella no quiere ser Penélope: ella quiere ser Afrodita. Lo recuerda y con el ánimo enloquecido vuelve al espejo del baño y agarra el bote de maquillaje con fuerza de tormenta de verano. Dos dedos en el bote, ahora tres, los que sean necesarios para embadurnarse toda la cara y hacerse mayor. Afrodita no tuvo infancia y por eso ella no quiere la suya, no le sirve. Si por ella fuese, la pondría a la venta en el Merkato de la ciudad entre patatas y berbere, al mejor postor. O se la daría a alguna anciana de esas que siempre andan pesarosas y que envidian su niñez con lamentos inagotables cada vez que la miran. Sí, se la daría a ellas para que se pusieran alegres y la dejaran tranquila de una vez por todas.

Makeda se pasa los tres dedos por la frente, luego por la mejilla izquierda y luego por la derecha. Lo hace con parsimonia, con ese regusto que deja hacer lo que a uno le apetece hacer. Y a ella, claro, lo que le apetece es convertirse en Afrodita y confesar que, de todos sus amores, Ares es el favorito porque es el más valiente y eso le recuerda a papá, a quien esperaba en la ventana. Pensar en él en ese momento le parece un infortunio, con esas tres tildes de maquillaje acentuando su rostro, como si fuera uno de esos indios de las películas americanas, pero le ha brotado en la mente como una cala blanca y ya no hay manera de sacárselo de allí. Papá regresará un día, eso es lo que mamá siempre dice, y entonces todo será como antes. Makeda no sabe si quiere que todo sea o no como antes porque no tiene recuerdos de aquellos entonces. Para ella, no son más que una quimera oceánica, como lo son los sueños.

Utiliza ahora la palma de su mano al completo. Sabe que el resultado de su rostro cubierto de nácar es la razón por la que mamá no permite que la acompañe a comprar, pero esa es una decisión que ya ha tomado. El maquillaje es fresco primero, cuando baña con él sus pómulos, pero su piel es rauda y lo caldea con velocidad de guepardo. Ya está casi lista y toma con la otra mano su foto predilecta, la de esa Afrodita que encontraron en un volcán llamado Milo y que ahora vive en París. Tan lejos. Escudriña su rostro de mármol y siente un escalofrío. Ella siempre vuelve. Se mira en el espejo, comprueba los detalles: Afrodita renace y las entrañas se le agitan por la impresión. No le dura mucho. Un golpe seco acaba con su presente: mamá ha regresado y ella tiene la casa y el rostro sucios. El futuro trae un huracán. Le parece curioso que, aunque ella ya lo sabía, eso no le hace sentir mejor, y entonces vuelve a convencerse de que no existe cosa mejor que el presente.

Mamá entra en la sala primero y Makeda se petrifica. Quiere sentir miedo, pero no lo consigue: así, inmóvil, es más Afrodita que nunca. Más incluso que en sus sueños. Minutos de desconcierto y cavilaciones salvajes resbalan por su cuerpo estático hasta que mamá entra en el baño y da un brinco colérico. No está contenta, pero esto era lo que Makeda ya sabía. La escasez de sorpresas de la vida es lo que le lleva a evadirse entre los nimbos mullidos del Olimpo, pero mamá eso no lo quiere entender.

Con los brazos en jarra y los ojos de vidrio, inicia su rosario de reproches en una regañina infinita que comenzó en algún momento que Makeda ya no recuerda y que terminará en ese futuro al que voltea la cara. Vuelve a recriminar que se ande cubriendo el azabache de su piel con esos polvos. Dice que parece un disfraz de mujer blanca y a Makeda todo esto le parece una bobada: ¿para qué iba a querer ella ser una mujer blanca y nada más, si ella lo que quiere es ser una diosa de mármol? Pero mamá continúa irritada y habla de asuntos que ella no entiende, de cosas que va a decir la gente si la ve convertida en Afrodita. Makeda no sabe de quién habla. Las niñas de la escuela saben que ella se convierte en diosa algunas veces y las ancianas de al lado serán un alborozo de alegrías cuando vaya y les regale su infancia toda entera. No encuentra el problema, por más que lo busca, pero no le gusta ver a mamá así, por lo que guiña el ojo a la Afrodita del espejo y comienza a retirarse el maquillaje.

Cuando el semblante regresa al que le obligan a pensar que es su estado natural, Makeda se encamina hacia la sala, donde mamá la está esperando con la sonrisa lozana de los buenos momentos. Extiende sus brazos largos para que puedan fundirse en uno de esos abrazos que ellas se regalan en todos los ocasos, cuando los rayos del sol se guarecen de la hojarasca tras la ventana. Es su premio por haber superado un día más y Makeda corre a recibirlo. Después de tocar a Afrodita en sus sueños, ese es su momento favorito del día. Mamá siempre huele a rosas de seda y sabe que su aroma acariciará su piel durante toda la noche.

Se separan un momento, pero permanecen sentadas muy juntas, la una al lado de la otra. Mamá quiere contarle un secreto y ella atiende con los ojos tan abiertos como dos lunas. Dice que su nombre esconde un misterio más hermoso que Afrodita y ella duda, pues no hay nada más hermoso, pero escucha con atención porque mamá es más sabia que cualquier otra mujer que haya conocido. Ella es mamá y no hay nadie más así.

Narra que su nombre perteneció millones de atardeceres atrás a una monarca antigua que gobernaba las tierras donde ellas ahora viven: la reina de Saba, una soberana poderosa que se casó con un rey del lejano Jerusalén llamado Salomón, con quien tuvo un hijo que regresó a esas mismas tierras para también reinar en ellas. Makeda tiene nombre de realeza y ella nunca lo había sabido. Se emociona y tiembla en deseos por conocer a esa mujer de Saba en sus próximos sueños, por renacerla. Así lo comparte rauda con mamá, que se pone bien contenta y le asegura que, como para eso no hará falta maquillaje, podrá entonces acompañarla al mercado cuando se convierta en reina, tras las siestas, si así lo quiere.

Makeda no comprende bien el mundo, por lo que asiente y acepta el trato sin rechistar: ser la reina de Saba dentro de la casa y también en el Merkato para que esa gente que tanto preocupa a mamá no se revuelva en enojos.

En silencio, sin embargo, jura por los dioses que Afrodita vivirá en su interior con o sin maquillaje, pues nada tiene que ver para ella el color de su rostro con esparcir la belleza por el mundo y se marcha a la cama envuelta en un sedoso perfume de rosas, como cada vez.

 


Sobre el autor.

Luis López Galán (Talavera de la Reina, España), es un autor que mezcla sus dos pasiones, la literatura y los viajes, en la mayor parte de sus publicaciones. En el pasado, ha publicado una guía de viajes sobre Isla Mauricio, publicada por la Editorial Ecos Travel Books, ha participado en guías de negocios sobre países como Zambia y Rwanda y ha colaborado con artículos en medios como Travel National Geographic, Matador Network o la Revista Buen Viaje. Además, ha publicado una novela corta, ‘Los ojos de Jawara’, que transcurre entre Senegal y Madrid.

Microficciones

Relato

HISTORIA DEL REINO, DEL VIRREINO, DEL REY, DE LA REINA, DE LA DUQUESA Y DE TODO LO QUE SIGUE

Cuenta la leyenda (y todas las leyenda son puro cuento) que el rey (que no es el de España) al pasar por aquí (pero de este lado) se quedó tan impresionado (pero de los bien impresionado) que dijo (hubo testigos) que por estos lares iba a fundar un virreino (un reino de segunda mano) y que en los primeros tiempos (es decir cuando lo creara) mandaría a la reina a gobernarlo.

La leyenda sigue más o menos como ya la conocemos pero lo que no dice la historia (y eso sí que ahora se ha comprobado) es que aquel rey lo que quería era sacarse la reina de encima porque (también se ha comprobado) parece que le gustaba la duquesa de al lado (del otro lado de su reino) y la duquesa ya lo tenía enduquesado. El asunto es que después, todo sigue como lo sabemos. Y ya sabemos que lo que sigue es una leyenda. Y las leyendas, como ya sabemos, son puro cuento.

JUEGOS DE SALÓN

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo, hastiadas de conversaciones de salón, decidieron extender las fronteras y enviaron comunicados a los más diversos reinos. Las respuestas no se dejaron esperar. De diversas regiones comenzaron a llegar delegaciones portadoras de propuestas. Cada postulante, a la noble usanza, hizo llegar su iluminado retrato. Los hubo de muy diversas confecciones pero todos respetaron las indicaciones de ser tamaño natural. Los más osados agregaron presentes personales como fue el caso de arcones portadores de mechones de cabellos, manitos de nácar, prendas íntimas abundantes de lazos y hasta se recibió un lunar extirpado.

Seis meses duró la exposición de retratos en las salas dispuestas para la evaluación. Guillermina y Fermina pasábanse las tardes en inquisitorios conciliábulos colocando cada propuesta bajo las más variadas luces examinadoras. Seis meses intensos llevó la regia decisión.

Las propuestas eran interesantes pero el futuro se preveía aburrido. Se reunió a los más aptos de los artistas del reino y se confeccionaron copias manuables de cada postulante. Cerrada la decisión, todos los retratos fueron arrumbados en el caserón anexo al palacio y las copias manuables se convirtieron en barajas.

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo pasan las tardes en entretenidas mesas de juego.

PEDRO, EL SEÑALADO

Venían caminando cuando uno de los más apuestos caballeros, señalando hacia el horizonte cercano, dice: sobre esa roca podríamos edificar un nuevo emblema para los hombres. El más pequeño, el casi silencioso caballero de la izquierda sonríe y, señalando a uno de sus compañeros, dice: Señor, si por roca se necesita, podríamos edificar el nuevo emblema sobre él. Y me señala con su índice.


Sobre el autor.

Ricardo Bugarín. (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural.

Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en el género de la Microficción: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) ,  “Inés se turba sola” (Macedonia,  Buenos Aires,2015),  “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile,  2016), “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017)  y “Anecdotario” (Quarks,Perú,2020).

Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Integra las ediciones:  “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina);  “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minifición Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México), las reediciones de “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” realizadas por el Gobierno de Mendoza (2018) y “La mirada del cóndor”, Microficciones mendocinas (Mendoza, 2018); “Hokusai. Antología de Microrrelatos” (Santiago de Chile, 2018) y “Los pescadores de perlas. Antología de microrrelatos de Quimera” (Barcelona, 2019).


Ilustración: Collage / Mixta de Sebastián Chillemi

Quetzalcóatl: El dios de maíz

Relato

“Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo.

Y aconteció que estando ellos en el campo,

Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató”

(Gén.4:8. RVR. 1960)

 

Pulque le dieron a la serpiente emplumada ¡Qué vergüenza y qué deshonra ver a un dios ebrio! Los timos no son solo para los mortales, dicen algunos historiadores y estudiosos del mito; pero tampoco la envidia, el engaño o las emociones humanas.

En el monte Coatepec, las voces seguían perforando al desventurado Quetzalcóatl: copiosas y estridentes por ratos o como gorjeos de las aves; diluidas entre las sombras de los árboles y, otras, como el ronroneo que dormita estático en el cielo después de un destello. Frecuencias acusadoras nacidas de las propias entrañas inflexibles de nuestro dios cuasi perfecto.

Tiempo atrás, la serpiente emplumada había caído con los huesos más preciados que antes fueran tesoro de su padre. Tuvo la desdicha de pulverizarlos contra el suelo y que esto le costara su propio aliento. “De aquí los verdaderos hombres: del polvo de los huesos y la sangre de mi propio miembro”. Lo trascendente emerge entre el dolor y de la vergüenza del autoflagelo, Quetzalcóatl añade a este pensamiento que el origen del hombre, y para que este se precie de serlo, tendrá como ingredientes sus huesos rotos y, también, su propio sufrimiento.

Tonacatecuhtli lo ve todo con agrado desde la eternidad de su morada. Allá donde nada gravita.  Había estado distante y un tanto escéptico, pero, ahora, el gran señor y padre de la serpiente emplumada, no puede eludir que su hijo, quien había nacido en medio de tan solo un soplido, sea quien esté tomando las riendas al ejecutar sus propios designios. ¡Cuánto se regocija en silencio Tonacatecuhtli! ¡Cuánto de *amor y complacencia siente por su hijo!

Quetzalcóatl sigue en sus propias cavilaciones. Ha garabateado el bien y lo ha ejecutado incesantemente. Nada se le escapa a nuestro príncipe Mesoamericano. Nadie se lo ha pedido entre los dioses, pero tampoco requirió instrucción alguna para ser modelo.

Un día transita, vestido de hormiga negra, hasta el Monte de los Sustentos para traer consigo el maíz multicolor y, al otro, funda la ciudad de Tula.

Héroe y civilizador, guerrero o ¡lucero de la mañana! esas son algunas alabanzas que diariamente recibe a gusto y con el pecho henchido, la serpiente emplumada.

Pero su suerte ya da con el hastío de alguno entre sus 1600 dioses hermanos, sí, uno que piensa que Quetzalcóatl no merece tomar la batuta en todo cuanto se dice o se hace, y quien cree que ya son suficientes elogios tras haber dado muerte a Cipactli. Y  así, su hermano Tezcatlipoca, cegado por el coraje de no ver su pierna —carnada y sacrificio que sirviera para dar caza a esta criatura oceánica mitad cocodrilo y mitad pez—, se dirige ennegrecido a los otros dioses desde el escozor  de sus propias pataletas: “Yo digo que vayamos a darle su cuerpo a ese… a ese… incorruptible y buen dios que se entrega diariamente a las reflexiones y  las buenas acciones, y a la vida espiritual del sacerdocio que hace pregonar como suya, entre todos los hombres”.

La serpiente emplumada recuerda, con su mirada turbia hacia el horizonte, la vez que entre varios dioses le sugirieron hacer sacrificio humano de aquellos que él mismo había moldeado.  Masculla un “No” en su boca. Ahora permite que la abertura de sus labios suelte el enérgico “¡No!”. Todo lo ve vago, delineado a ratos con fuertes trazos dominantes, pero difuso se pierde entre cada zancada hacia su pueblo. Todo es agua revuelta y colorida que escurre podrida a través de sus ojos: una acuarela amarga. ¡Qué vergüenza, Quetzalcóatl, y cuánta deshonra saber a un dios ebrio de pulque y, luego, echado en el lecho amatorio con su propia hermana!

El místico dios, hacía mucho que había descendido a los nueve planos del inframundo. Pero hoy, recuerda la vez que estuvo pidiendo a Mictlantecuhtli los huesos dados por su padre para forjar a esos nuevos hombres: los suyos. Puesto a prueba fue contra cerros vibrantes en el interior de la tierra, corrió aprisa y esquivó las piedras que caían contra su ser, a la vez que rehuyó de enormes fieras que tenían por costumbre alimentarse de corazones vivos.

¡Quetzalcóatl, despierta! ¡Esos huesos son tuyos, vos los pagaste con tu propia vida! Los ecos le arremolinan la caracola de su oreja. Mueve su cabeza buscando una respuesta en alguna parte del cosmos… en el sabor del pulque. “¿Qué querés de mí, Tonacatecuhtli? ¿Y ahora qué hago ante esta deshonra que he perpetrado?”

Apenas ayer, la serpiente emplumada estuvo enferma; pero un hombre de pelo canoso y sonrisa bonachona lo envolvió en sus tretas hasta darle el remedio…

—Tomala, Quetzalcóatl nuestro, y ya verás que te sentirás mejor.

—No, esto es normal que lo padezca, yo ya estoy viejo y endeble.

—Pero andá, bebé y no seás persistente, señor bueno, y ya verás que te sentirás mejor con el beso de la aurora en tu frente.

—Bueno, acepto un trago, noble anciano, pero advertido que con solo una medida tendré más que suficiente.

Y bebió… y bebió… una tras otra medida hasta las cuatro, y su sangre se hizo de pulque, y su ser se hizo pulque amargo y no dulce hasta que sus pies reptaron confundidos de izquierda a derecha, y volvió el vigor; pero con él sendos apetitos que antes no conocía.

“Estoy muy enfermo

por todas partes,

en ninguna parte están

bien mis brazos o mis pies;

bien desmayado está mi cuerpo,

así como que se deshace”.

Quetzalcóatl anduvo el pueblo con su mirada marañosa y pies abatidos. Hizo destrozos en todo lo habido y profirió, entre su raza, palabras injuriosas quebrantando, de este modo, las normas que él mismo había dictado. Cuánto desea, ahora, esconderse de Tula; pero no halla cómo ni dónde… no encuentra razón ni excusa.  No es digno para su pueblo y mucho menos lo es del lugar que ocupa. Llora, la serpiente emplumada, y por sobre la montaña que pisa da su último vistazo. Coatepec lo ve partir. Se echa en su barca y entre las aguas toma rumbo hacia el horizonte justo a la salida del sol. La serpiente emplumada se difumina entre los tonos ambarinos hasta transformarse en la estrella más brillante.

***

—¿Lo creerán, ustedes? —dijo Tezcatlipoca a sus hermanos y con una sonrisa en el rostro—. A Quetzalcóatl lo arruinó su propio corazón.

—¿Nos decís, entonces, que fuiste vos quien se disfrazó de aquel noble anciano a quien todos en el pueblo ahora buscan?

—Sí, mas lo cierto es que mi cántaro no contenía más que agua, ya que el pulque del desenfreno fermentaba en su propio corazón hasta entonces inquebrantable.

—Nadie es tan bueno para siempre.

—Verdaderamente, nadie lo es…


Sobre el autor.

Calú Cruz (Óscar Leonardo Cruz Alvarado). Cuentista y poeta costarricense, nacido en 1987 en la zona de Tuetal Sur de Alajuela. Actualmente reside en San Mateo de Alajuela.

Graduado en Evaluación, Educación de Adultos, Enseñanza del Español, con posgrados en Currúculo y Administración Educativa.

Como gestor cultural ha coordinado el Festival Internacional de Poesía de Orotina, es fundador y coodinador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y de la Birlocha Literaria en Orotina. Además, fue expositor en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

Ganador del tercer lugar en el Certamen Brunca (2014) en la modalidad de cuento y ganador del Cuento del Mes en la extinta página española Escribeya.com.

Ha publicado tres libros: El eco de los durmientes (2018), La corrosión de los entes (2016) y Cuentos de mamá muerte (2012). Además, fue escritor participante en la Antología Vía 28 del proyecto Voces de la Prosa Nacional (2018).

Hijas de Forcis

Poesía

Un solo ojo.

Un solo diente.

Y sueños que soñar por turnos.

Temor, Horror y Alarma

relevan su vigilia compartida.

La esfera ocular encaja en sus cuencas

y arrastra a la consciencia a aquella que la porte.

Calcio, fósforo y magnesio

con forma de incisivo

e incisivas palabras surgen de sus fauces deformadas por los siglos.

Sus carnes amorfas brotaron ya viejas del vientre de Ceto

y anegadas por aquel sulfúrico líquido amniótico

forjaron sus ácidas personalidades de naturaleza cáustica

hasta hacerse Grayas.

Un solo ojo.

Un solo diente.

Y una vasta sabiduría común.

Sus lenguas retorcidas beben a morro de la dilatada fuente del conocimiento

y en sus paseos con Morfeo

se amamantan de las ubres del fruto de la ciencia

y la cognición futura.

Sin embargo

sus secretos

duermen silentes en la anonimia de su pasar discreto

y esperan en el eco del recuerdo

el encuentro

con algún incauto héroe que ose preturbarlas

y hacer

de su diente

de su ojo

y su tóxico consejo

herramientas inclementes para vencer a Medusa.

 


Sobre el autor.

Fernando Antolín Morales ha estudiado Matemáticas y Filología Hispánica. Durante los dos últimos años ha organizado un recital de poesía en español en la ciudad de Nitra, Eslovaquia, lo que lo ha animado a dar a conocer su obra. En los próximos meses se publicará su primer poemario La esfinge del pino, actualmente en proceso de edición. Durante este 2020, ha sido galardonado como Semifinalista por su poemario Ganzúas para descerrajar tu desdén en el concurso internacional de poesía “Gonzalo Rojas Pizarro” y como Ganador en el XII Certamen Internacional de Poesía Fantástica “miNatura”, así como con una Mención Especial por su texto teatral Te invito a tu muerte en los VI Premios de Textos de Teatro “Carro de Baco”.

Diferentes, casi hermanos

Poesía

Sobre el cerro Chalbaud nació Orinoco

sus pasos despiertos sobre un cauce gigante,

su piel amarilla, su sangre de fuego,

reflejo de indios, guardián de secretos.

 

Nació Caroní sobre el Kukenan

su piel oscura, los pies descalzos y fríos,

amaba la jungla, la Gran Sabana, la lluvia.

 

Orinoco y Caroní se encontraron

no se dieron la mano, no se saludaron

demasiadas diferencias

si bien casi hermanos.

 

Forzados por años a caminar el mismo sendero

se cuentan sus penas, sus sueños y afectos

se dan cuenta entonces que ninguno es perfecto.

 

Se abrazan contentos los compañeros de viaje

se funden en uno… se alejan unidos

a recorrer el océano

a dar la vuelta al mundo.

 


Sobre la autora.

Katty Soraya Resplandor. Diplomada en Ingeniero en Informática, en la Universidad Experimental de Guayana (Venezuela).  Cursos de: Calidad De Servicio, Atención Al Cliente, Motivación Al Suceso, Comunicación, Relaciones Interpersonales, Presentar-Impactar-Facilitar, Mejoramiento De La Expresión, Oratoria, Control Del Pensamiento, Storytelling, Fundamentos De La Escritura en español, Escritura Creativa.

Autora de una recopilación de poemas escritas en español y traducidas en italiano con el titulo “El Primer Encuentro – Il Primo Incontro” y publicada como un e-book.

Forma parte de la Red Mundial de Escritores en español (REMES) y del Movimiento Poetas del Mundo.

  • Galardonada con el Premio Literario Internacional “Europa” XIV Edición. El prestigioso premio, patrocinado por la Universidad de la Paz de la Suiza Italiana en colaboración con la Universum Academia de Lugano (Suiza), ha otorgado el quinto lugar a la poesía “No Deben ser Normales” en la sección – La Paz y Los Derechos Humanos -. 2013

 

  • Finalista del concurso: “I Antología Internacional de Poesía Contemporánea” organizado por la Asociación de Estudios Universitarios, Santiago de Compostela, España. 2013

 

  • Reconocimiento especial a la poesía “Esperando Estoy” en el Concurso: “Hagamos arte con palabras” organizado de la Galeria Art Emporium de Miami, E.E.U.U. 2016.

 

  • Premio “Mejor Escritora Extranjera” en el 25 Premio Nacional de Poesía Inedita “Ossi de Seppia” organizado por el Ayuntamiento de Taggia, Italia 2019

Participante en los eventos:

  • “Recital por Venezuela”, Milán (Italia 2019)
  • Poetas Unidos por Venezuela”, Milán (Italia 2018)
  •  “Poetry Slam”, Alserio (Italia, 2016)
  • Profundo Rosa, Las Mujeres se Describen”, Alserio (Italia, 2015)
  • Homenaje A La Mujer De Colombia – Contra La Guerra Y Por La Paz”. Organizado por la Cooperativa Nacional de la Palabra (CONPALABRA), Barranquilla, (Colombia, 2013)
  • ” La Fiesta de los Pueblos”, Ponte Lambro (Italia, 2008)

*Participante en las siguientes antologías de poesía:  

Poetas Unidos por Venezuela (Editore Borella, 2018), Venezuela en la Distancia (2017), Il Federiciano (Editore Aletti, 2016).

Tres Hermanicas Eran

Relato

‘Tres hermanicas eran, blancas de roz, Ay ramas de flor!

tres hermanicas eran, tres hermanicas son’[1]

 

Las tres damas llegaron sin nada consigo, ni bultos, ni paños, ni casi palabras.

Ya que las que tenían, nadie podía entenderlas.

Llegaron arropadas de su nobleza, enmarcadas en la forma de los ojos,

almendrados.

Y por cierto llegaron con los bolsillos vacíos.

Menos una llave.

Tal que la gente del pueblo le atribuía algo misterioso a las tres, incluso alguien afirmaba con cierta persuasión, que procedían de un cuento de la Biblia, siendo tan judíos sus nombres.

Sea como fuese, llegaron y se quedaron.

‘En medio del camino un castillo le fraguó

de piedra menudita y laja alrededor’

 

Encerradas, pasaban los días rememorando sus antepasados, sus riquezas desperdiciadas, su tierra sobre todo.

Y soñando en esa tierra perdida.

Así que solamente en los días de mistral se le podía notar algún aliento de vida, en aquella casa donde habitaban.

Las dos hermanas mayores se escondían, cuando el techo parecía escaparse, mientras que la joven iba corriendo por todos lados, intentando cerrar ventanas y puertas.

Una lucha impar con muy pocas armas, debido a la débil madera de los marcos.

Ya que el viento, como huésped sin invitación, entraba por los portillos líberos de cristales, desde hacía años ya.

Y por despecho le tiraba el pelo hacia arriba, casi por llevárselo en su viaje de aire.

A la pequeña solamente.

Porque a las demás ya las dejaba en paz, con sus melenas bien recogidas bajo el broche del siglo XVI.

‘Ventanas hizo altas porque no suba varón’

 

Odiaba al viento, la joven, pero aguantaba las ráfagas con resignación.

La misma de cada día.

Aunque morando en aquella tierra cien años, siempre le recordaría que no le pertenecía.

Por tanto, las damas vivían alejadas de los demás, con la única preocupación

de cuidar lo poco que tenían.

¿Y que tenían?

Dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La llave.

Guardada en un lienzo de seda.

Rodeado por los cuatro costados, de un lazo verde.

Empaquetado en un papel polvoriento, en el que apenas se leían los letreros, si

alguna vez había tenido.

Muy antigua la llave.

Aunque ni se sabía que iba abrir, porque tres puertas tenía la casa.

Tres, una para cada hermanica.

Pero la llave existía desde antes.

Y por cuanto hurgaban las tres en su memoria, no lograban recordar.

Una amnesia onírica se había apoderado de ellas.

En la duda, la cuidaban como si fuese de la puertecita de las hadas hiladoras.

Pero la llave seguía guardando su secreto.

Desde el lienzo de seda, rodeado de un lazo verde, en un papel polvoriento, dentro de la cajita de la mesilla de noche.

La hermana chica, que era la más fuerte, se encargó de vigilar la llave.

‘Por allí pasó un caballero, tres besicos le dio.

En el besico de alcabo, la niña se despertó’

 

Con el caballero la dama chica por fin se casó.

Saliendo de su casa para empezar la vida de esposa, miraba atrás de su espalda, como si el pasado le quedase pegado a la sombra.

Entonces quiso ver por última vez la llave.

Ya el cortijo quedaba en silencio, como abandonado.

Subió la escalera crujiente, alcanzó la habitación y la cajita de la mesilla de noche, el lienzo de seda, rodeado por los cuatro costados de un lazo verde, en un papel polvoriento.

Y al abrirlo, un torbellino con perfume de jazmines la envolvió toda.

Pero la llave no estaba.

Así la dama reconoció el único recuerdo inestimable.

El perfume de su tierra perdida.

España.

[1] Canción sefardí.


Sobre la autora.

Tiziana Palandrani. Nacida en Cerdeña (Italia), es profesora y etnomusicóloga.

Licenciada en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras y licenciada en Etnomusicología en el Conservatorio de Música de Sassari (ambas titulaciones cum laude).

Dedicada desde hace años a la investigación del material biográfico sobre Fryderyk Chopin; su ensayo sobre el compositor será editado en el 2020 por Brepols.

Desde el 2010 lleva a cabo una sistemática encuesta de campo en varios pueblos de Andalucía para estudiar las saetas y las evidencias musicales de la Semana Santa andaluza.

Ha presentado resultados y materiales de su búsqueda en diferentes convenios internacionales.

Se dedica también a la poesía y prosa en italiano, sardo y castellano; sus composiciones han sido premiadas en Italia y España.

En el 2019 su documental etnografico ‘Colmena mística’, dedicado a la polifonía de Montoro (Córdoba), resulta finalista en Italia en la «Rassegna internazionale Vittorio De Seta».

La leyenda

Relato

Todo está a punto.

El último rescoldo del día se disemina como una telaraña por el cielo y lo tiñe de púrpura. La luz se abre paso entre los cerros y atraviesa la espesura del bosque sagrado; por las fisuras de las hojas perennes se filtra la claridad sesgada. Una bandada de color negro satinado planea con el viento y se asienta en los altos de los árboles: son grajos que se recogen antes de que el astro rey descienda.

En la planicie de la colina, una pira arde en el centro de un círculo de estacas, algunas de ellas con restos aún de anteriores vidas entregadas. En el aire vibran livianas las canciones de los asistentes: dos tribus vecinas, unidas en comunión, que participan en el rito. Juntas aguardan la ofrenda. El crepitar del fuego embriaga como una pócima y purifica la ceremonia. El nuevo año celta entrará cuando el sol duerma. Los antepasados de los arévacos y de los bellos serán rememorados, y Samhain, el dios de la muerte, se sentirá venerado.

Todo está a punto.

Apenas a unos metros de la hoguera, bajo el abrigo del roble más vetusto del carvajal, el escogido permanece delante de la pila del sacrificio. No es más que un adolescente honorado por la elección y enaltecido por aceptar la voluntad del pueblo. La nuca tatuada y los ropajes de gala, que no se llevará consigo, lo distinguen. En el escenario de la celebración, le acompaña su progenitor. Las manos desnudas del muchacho esperan de él el cinturón con la espada, el último atavío del ritual. Los ojos zarcos del padre se fijan en el hijo, con una mirada turbadora, de fondo indefinible, que atraviesa la del joven.

Del hombro paterno cuelga un zurrón donde guarda unas ramas de muérdago y un amuleto: la estatuilla en bronce del dios oso Arconi, protector durante generaciones de la unidad familiar. Bajo la atención sigilosa de un cárabo, la extrae del morral y la coloca sobre una piedra próxima al chico. Nadie dice nada, ni un murmullo; ni siquiera se percibe un chasquido del ave rapaz acomodada en el hueco del viejo roble. La quietud no se ve alterada, solo se oye cercano el beber apacible de los animales en el río Jalón antes de retirarse. La naturaleza se aplaca.

Todo está a punto.

La luna llena preside por fin la noche. No hay más luminosidad que la suya y la que desprenden el fuego de la hoguera y la de las antorchas que acaban de encender los presentes. El sacerdote que va a asistir el sacrificio se aproxima al muchacho, con el bastón de fresno en una mano y con la otra le ofrece un trago de vino para saciar la sed. Acto seguido, el místico eleva las manos al cielo estrellado, como si lo acogiera, y entorna los ojos, mientras dirige unas oraciones al firmamento.

Un silencio sordo se impone y un halo de misterio se apodera del bosque.

El elegido empieza a desnudarse. Se desata las botas, se desbotona la larga capa y la deja caer. Y antes de que se desprenda de la túnica, su procreador llega hasta él con la espada, pero no se la entrega.

Una inesperada ráfaga de viento se arremolina a los pies del privilegiado.

Samhain se estremece.

El padre se coloca detrás del sacerdote, levanta el hierro y, sin mediar palabra, le pasa el filo por la garganta. Del cuello sesgado brota la sangre, revestida de un reflejo de luna, que baña la pila y salpica el rostro y el rubio cabello del adolescente.

El cuerpo sacro se desploma, convulsiona. Raudo, el progenitor coge al vástago y la estatuilla del oso. Entonces la mirada del moribundo se le cruza, con las órbitas blancas fijas en él. Sorprendido, el hombre le golpea sin control en la cabeza con el bronce hasta que este se le cae de las manos. Con impavidez, intenta espabilar al chico, aletargado por los efectos de una pócima; mientras, el cárabo ulula. La inacción general es absoluta.

Ante el desconcierto, padre e hijo aprovechan para emprenden la fuga a tierras romanas, sin el dios oso protector, que queda olvidado y ensangrentado en la pila sacrificial. La espesura del bosque los acoge, y la luna de henchida esfera les abre camino. Los huidos se acercan al río, que embravece al notar su presencia, y limpian la espada en sus aguas, que enrojecen.

Un conjunto de estridentes graznidos alza el vuelo.

Todo el territorio de la Celtiberia siente la furia de Samhain.

La leyenda está a punto.


Sobre la autora.

May (Mª José) Flores Manzano, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona (1997). Carrera profesional: ámbitos editorial y periodístico (Parramon Ediciones y La Vanguardia de Barcelona. Actualmente: profesora de Lengua Castellana y Literatura en Barcelona, España.

Premios:

-Primer Premio Narrativa Corta en XIII Concurs de Poesia i Narrativa, (Associació Badalona Poètica), diciembre 2019, con el relato Sense alè (‘Sin aliento’).

-Accésit en el VI Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo 2020:  Mediterraneum mare.

-Premio Certamen de Cuentos Infantiles sin Fronteras de Otxarkoaga (Bilbao), abril 2020. De puntillas.

-Finalista VII Premi de Contes Tal com Sents 2019 y en VIII Premi de Contes Tal com Sents 2020. Instituto Investigador Blanxart, de Terrassa, Barcelona.

Finalista: VI Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo 2020: Huesos sin nombre.

Publicación: Contextualización de los afijos des-, in-, -ble y -do para una base XA, en el Anuario de Filología de la facultad de Filología Románica (UB).

Camino a la nada

Relato

La lluvia, los años, el frío, “algo” me conduce a enfrentarme con mi espejo interior. ¿Espejo? ¿Conciencia? ¿Mente?  Si se te ocurre otra denominación, úsala por mí; pues no me voy a detener en ese detalle. Mi conflicto es: ¿Quién soy?

No soy lo que soy; no soy lo que parezco ser y tampoco lo que creen que soy. Un torbellino de pálidos azares me fue moldeando a su antojo desde el mismo momento que fui engendrada.

De circunstancias, dirás tú.

No, de azares. De esas casualidades externas que penetran en la esencia del ser produciendo distintos efectos para distorsionarlo, aún, cuando no eres consciente de que existes. Naces con la reencarnación de los deseos paternos, con sus frustraciones, con sus sueños incumplidos, con sus temores, con su concepto de  vida y con el proyecto que pergeñaron para ti.

Allí, van embutidas las conductas sociales, los prejuicios, las normas que debes incorporar para autoproclamarte  “un ser civilizado”.

Allí, plasmaron en tu ADN, la historia ancestral que no pediste, de generaciones y generaciones.

Y yo, ¿dónde estoy?

¿Dónde está mi esencia pura?

Si me barnizaron con el poder, la ambición, los ritos, las costumbres desde mi inicio. Por eso, no soy lo que soy; ni lo que quiero ser; tampoco lo que los otros creen que soy.

Veo una imagen que se refleja distorsionada en mi espejo. No me reconozco. Me busco, pero mi vista se pierde en el espacio y no me encuentro. Me esfuerzo por descubrirme y todo se desvanece.

No soy. Soy la nada.

En mi intento de rescatarme de la nada, comienzo a caminar por ese túnel oscuro y compacto de mi interior. Estoy deambulando a ciegas; palpo sus paredes; son rígidas y frías; sigo avanzando con mucha dificultad y a lo lejos diviso un tenue reflejo que me alienta a continuar. Apuro mi andar, el muro se ha convertido en un grueso tabique de vidrio; me acerco y miro a través del cristal. Están mis padres, son jóvenes, ríen, se abrazan. Mamá posa sus manos sobre su vientre. Hablan, pero no los puedo oír; les hago señas; golpeo el vidrio. No me ven.

Me siento mal, confundida; debo salir de esta prisión siniestra; titubeo; lloro, y mientras atravieso mi dolor, camino y entre lágrimas diviso otra ventana. No sé si es una ventana o  una pésima jugada a la que me somete mi llanto. Me asomo; hay una niña muy pequeña; está en su cuna blanca; miro la habitación y la reconozco. ¡Es el dormitorio de mis padres! ¿Y quién es la pequeña? Acaso, ¿soy yo? La observo, río, imito el movimiento de sus manitos y de nuevo la oscuridad. La espesa oscuridad.

Estoy agotada; mis piernas se niegan a avanzar;  me acurruco como puedo en el piso; la pesadez de mis párpados me obliga a cerrar los ojos. La oscuridad es la misma, hasta que me descubro parada contra una columna, mirando jugar a mis compañeros del jardín infantes; luego,  me veo en primer grado y con él, percibo el dolor familiar por la muerte del abuelo, las lágrimas desparramadas por doquier, la carroza fúnebre.

Todo transcurre como en una película en cámara lenta; se asoma mi adolescencia  y me estremezco ante el primer beso intenso que captura  mis labios; todo mi cuerpo arde y con ese frenesí, gozo. Más allá, está la graduación de maestra, los niños, las prácticas, los miedos, las fatigas. Detrás, mi carrera de profesora, las palabras, las frases, los libros que descubro y me descubren.

Las imágenes adquieren una velocidad  impetuosa, y con vertiginosa rapidez pasa el amor, mi casamiento, el nacimiento de mis hijas; quiero detener esos instantes, pero no puedo; se suceden sin descanso; no me dejan disfrutar los momentos vividos; apenas las veo crecer y de pronto, surge un sentimiento tierno, rejuvenecedor, desconocido y placentero; son mis nietos; quiero abrazarlos pero ellos me saludan, ríen y se van. Ellos, también desaparecen.

Me incorporo; no sé si soy yo o mi espectro; avanzo a tientas No sé cuánto tiempo llevo caminando porque lo hago alentada por el presentimiento de arribar al final del túnel.

Mis fuerzas se van diluyendo con el andar y con el fragor de los sentimientos revividos hasta desfallecer. Desconozco cuánto tiempo estuve inconsciente, pero al abrir los ojos, una luz resplandeciente, serena me impulsa a seguirla; me siento su esclava.

Camino y camino. Comienzo a sentirme en paz; siento haber encontrado el camino para salir de la oscuridad. El túnel desaparece y ante mí, aparece una lápida. Leo el nombre.

Es mi nombre.

 

Sobre la autora

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata. Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.

Héroe con bufanda

Relato

Luego de matar al Minotauro, Teseo no pudo encontrar la salida del laberinto. Llegar al centro fue fácil, la propia bestia con sus gemidos guiaba a su asesino, pero la salida se presentó como un acertijo imposible de resolver. Teseo no acertaba el camino correcto. De noche se le complicó. No veía nada, de modo que se chocaba contra todas las paredes. Ingenuamente, a veces lo hacía a propósito. Tomaba carrera y trataba de empujarlas, pues pensaba que así podría derribarlas. Al final, se dio por vencido e hizo lo que había tratado de evitar: empezó a gritar pidiendo auxilio. Ariadna, que se encontraba a la entrada del laberinto —para él, la salida—, lo llamaba. La voz de la mujer que lo amaba fue su lazarillo. Al salir, Ariadna se lamentó por cómo se encontraba: su cuerpo estaba cubierto de moretones y chichones. Para disimularlos, le puso la bufanda que tejió mientras él se internaba en el laberinto para matar al medio hermano de ella. Al principio, Teseo se negó a ponerse la bufanda —Alíprites de Salónica, en Odas al pequeño Calipio, afirma que cerca de unos de los extremos, Ariadna había hecho un simpático perrito celeste—, pero accedió ante la vergüenza de ser visto con tales marcas, testimonio de su falta de pericia. ¿Quién vio alguna vez un héroe con moretones y chichones? Ariadna lo ayudó más al decirle que inventarían la historia del ovillo mágico, historia que también le aseguraría a ella que su nombre sería inmortal.

Pero a Ariadna le gustó tanto cómo le quedaba la bufanda que siguió tejiéndole otras. Para desgracia de Teseo, ella no hacía como Penélope, la otra tejedora famosa. Ariadna las terminaba y no las deshacía; de inmediato pasaba a tejer otra.

Teseo siempre debía ponérselas, por temor a que ella contase la verdad de lo sucedido en el laberinto. Alíprites sólo dice que todas tenían animales de colores cerca de una de sus puntas, pero el ínclito historiador y poeta —imagino que por descuido— no detalló cuáles eran, ni de qué color, esos singulares animalitos.

Esta habría sido la verdadera razón por la cual luego Teseo abandonó a Ariadna en la isla de Naxos. Harto de que Aquiles, Héctor, Paris, Ulises y otros héroes lo vieran con tan particulares bufandas y se burlaran de él, y con la esperanza de desterrar de su corazón el temor a que la mujer hablara y contara la verdad, un día le dijo que irían a pasear, y la abandonó en semejante lugar, pensando que nunca nadie la encontraría.

Ariadna se entristeció, pero como todo el mundo sabe, al tiempo fue rescatada por Dioniso, con quien se casó. A partir de entonces, el dios y los cuatro hijos de la pareja se paseaban por el Olimpo con sendas bufandas con animalitos tejidos. Les gustaban tanto que incluso las usaban cuando hacía calor. Ariadna estaba muy feliz.

 


Sobre el autor.

Claudio Mamud. Escritor argentino nacido en 1965. Desde 1996 dicta clases de apreciación musical de música clásica y ópera. En 2017 presentó su primer libro de ficción: Sólo para ella y otros cuentos.

Varios de sus cuentos recibieron distinciones en su país y en el exterior. Sus cuentos y microcuentos han sido narrados por diversos narradores en espectáculos. En 2019 presentó su segundo libro de cuentos, Eterna Clarisa.

La leyenda de Bargas

Relato

Cuenta la leyenda, que hace cientos de años, el rey Felipe II dictó una ordenanza en tierras españolas, que según la tradición oral decía:

“Las prostitutas que habitan la Casa de Mancebía en Bargas, deben ser trasladadas fuera de la ciudad durante la Cuaresma, para que los hombres, sin la presencia de las busconas, eviten las tentaciones del pecado de la lujuria y en su lugar acompañen a sus mujeres a la iglesia”.

Por eso, a partir del miércoles de Ceniza, todas las meretrices eran llevadas al Arrabal del Puente, al otro lado del río Guadarrama y allí permanecían bajo la custodia del padre Putas hasta que llegase el primer lunes, después de Pascua, en que el padre las regresaba a la ciudad.

Este alejamiento permitía que en Semana Santa todos los pueblerinos, compartieran el sagrado recogimiento y la pasión del Señor con la Cofradía de Jesús de Medinaceli, quienes portaban hasta la iglesia de San Esteban de Protomártir las imágenes de Jesús de Medinaceli con la cruz a cuesta, atado a una columna en el sepulcro y la de la Virgen de las Dolores.

Pasado el ritual religioso, al lunes siguiente, la vuelta de las meretrices era aclamada por grupos de hombres viciosos y por algunos estudiantes madrileños que esperaban ansiosos celebrar el regreso de las cortesanas con una fastuosa fiesta, que se realizaba en las riberas del río Guadarrama con barcas engalanadas.

Las mujeres, enjambre de seducción, avanzaban en las barcazas con sus atuendos multicolores, despertando desde su embarco los eróticos instintos masculinos. A medida que las gabarras se acercaban a la costa, los vítores y aplausos de los presentes aumentaban hasta convertirse en un alboroto bacanal.

Las cortesanas descendían ayudadas por manos viriles que pujaban unas entre otras para asirlas y conducirlas hasta las mesas, donde serían homenajeadas.

Allí, estaba a disposición de las fauces hambrientas: el homazo, el pan de escanda, los bollos preñaos, las setas de cardos, las tortas, las castañas y las nueces.  Estos tradicionales manjares estaban secundados con abundante vino y sidra.

Primero, los presentes comían, bebían, hablaban atropelladamente y reían. Después de haber saciado los estómagos, los hombres emparejados con las meretrices se dirigían a la Casa de Mancebía para satisfacer sus deseos carnales y   zambullirse en el pecado.

Una noche, un joven estudiante no regresó al colegio después del bacanal y a la mañana siguiente el viejo celador dio cuenta de su ausencia al director, quien le ordenó que lo fuese a buscar.

El mozuelo estaba sentado sobre la grana, en la ribera del río, con los ojos ensangrentados de tanto llorar y con el corazón herido. El frágil núbil, lleno de pasión por el abrasante calor del primer amor, le había confesado a la cortesana, durante la noche, el loco sentimiento que lo consumía. Cuando la ingrata lo escuchó, se burló sarcástica de su sincero sentir. Ante esa situación, el joven inundado de dolor decidió permanecer en el lugar hasta que la meretriz cambiase de actitud.

Si bien el celador intentó consolarlo y convencerlo de volver al colegio, todo fue en vano, el estudiante permaneció a la intemperie, helado, cubierto de escarcha, esperando que la pérfida aceptase amarlo algún día.

Con el tiempo, el desgraciado se convirtió en una sombra; abandonó los estudios y no se supo más de él; hasta que una tenebrosa noche, unos mozos encontraron su cuerpo inerte a la orilla del río Guadarrama con la única compañía de una rana, que posaba sobre su cabeza.

La noticia perturbó tanto a sus compañeros que, por temor, se dedicaron a ser buenos estudiantes y no volver a la Mancebía.

 


Sobre la autora.

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata. Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.

El Lecho de Chacuey

Relato

Tomás iba siguiendo a Chacuey por aquel laberinto subterráneo. Cada segundo le pareció una década. Tenía una extraña sensación de ligereza en el cuerpo, sin embargo se le dificultaba cada paso de aquel extraño paseo. Chacuey iba delante de él, y su antorcha expedía una luz azul verdosa que dejaba entrever, sin mucho detalle, escenas pasajeras a través de los umbrales que pasaban: una madre con el pecho desnudo trenzando el pelo de su pequeña hija, hombres con enormes peces en canastas tejidas y lanzas en las manos, un burén cociendo grandes discos de casabe… todo sumido en una semipenumbra tan solo alivianada por la antorcha de Chacuey.

Sin voltear, el muchacho le comunicó a Tomás que pronto llegarían a su destino y por fin podría descansar. El viajero suspiró con alivio. “Podré descansar, repetía su corazón fatigado. Confiaba en su guía, el muchacho era su amigo y lo había sido por innumerables años, pero ¿cuántos exactamente? Cuando intentaba visualizar su rostro, le sobrevenía una confusa tribulación. “¿Hacia dónde lo llevaba?” Chacuey, que parecía leer su pensamiento, le dijo: —no le eches más peso a tu cansado corazón. No pienses. Pronto descansarás en mi lecho —pero por más que intentara evitarlo, una de estas preguntas se clavó en la mente de Tomás más profundamente que las demás: “¿qué tipo de nombre era Chacuey?”

Una luz acuarelada distrajo la vista del viajero, quien se desvió momentáneamente de su camino, impulsado por la curiosidad. A través de uno de los corredores de aquel pasaje subterráneo, la luz parecía atraerle magnéticamente. Tomás dio unos pocos pasos, subiendo escasos peldaños de piedras pulidas. De la luz manaba un ruido de voces, de agua, de vida.

—Tomás, no te separes de mí —dijo Chacuey—; pronto vas a descansar.

Pero ya era tarde, le había perdido. Atraído por la luz, Tomás salió a la superficie. Tras varios intentos de reanimación cardiopulmonar y respiración artificial, expulsó toda el agua que había tragado. Quiso contar sobre su travesía pero le dijeron que no hablara, cuando llegó la ambulancia, ya lo había olvidado todo.


Sobre la autora.

Isis Aquino (Santo Domingo, República Dominicana, 1986). Poeta, narradora, gestora cultural y youtuber. Como gestora cultural cabe destacar su labor como fundadora del Círculo Literario “El Viento Frío”, del cual fue coordinadora desde 2007 hasta 2017. Sus poemas aparecen en varias antologías nacionales e internacionales. Es autora de los poemarios Quod Scripsi (2011) y Balas Perdidas (2014), y de la novela En la Cuerda Floja (2016). Actualmente dirige el “Ateneo Itinerante” (2019), proyecto con el cual busca fomentar la lectura entre niños y niñas de edad escolar.

Los ojos de Lucrezia

Relato

Languidecía la tarde y la muchedumbre en la Piazza del Duomo seguía viendo a la joven que bailaba sin descanso haciendo ondular su vestido rojo, su pelo negro, sus senos que parecían fugarse. El pintor, que horas antes había preparado la tabla y los pinceles para pintar la parte posterior del Baptisterio y una parte de la Catedral de Santa Maria dei Fiori, incluyendo la cúpula que asomaba su cabeza terracota entre el campanario de Giotto, y que ya había hecho los trazos de perspectiva con dos puntos de salida, dejando de lado sus enseres, exaltado, se entregó de lleno al ambiente voluptuoso creado por la bailarina. «Baila, Lucrezia», ovacionaba la concurrencia lanzando flores, gorros, guantes, monedas, anillos. En eso, los ojos alegres de la mujer se posaron en el semblante reprimido y tenso de un muchacho que parecía que se disponía a huir del lugar. «Ah, qué hermoso eres, ven baila conmigo, deja descansar por un momento tus libros, colócalos en el piso que no se van a perder, no creo que haya gente interesada en ellos. Olvídate por un momento de esos laberintos, de sus fórmulas, de sus palabras extrañas. ¡Mira cómo los hago volar! Las letras están ahí mismo, no se escaparon. Baila conmigo, chico tierno con boina roja y cabellera larga…, pero estás traspirando y tu mandíbula suena como mis castañuelas. Ven, ven conmigo, afloja tus brazos, camina, sigue mi ritmo, dobla las rodillas, observa mi vientre. Eso es, sigue así, no hagas caso a las risotadas de la gente, déjalos que se rían, lo importante es que tú bailes, sí, eso es, baila, baila. No importa que digan que no tienes gracia, que pareces hecho de madera, que no tienes oídos… ¿Quieres sentir la fragancia de mis senos?». Y el pintor vio que aquel joven, que era privilegiado en el arte de las ciencias, recogió del suelo sus libros y, perturbado, se perdió en el gentío.

Los pasos del caballo se asemejaban al tañido de las campanas de la catedral, el vaho que se desprendía de su nariz por algún rato ocultó la figura del jinete, el fuego de su barba contrastaba con las crines blancas del corcel, largas y onduladas, los guantes y las botas relucían como el oro. Ostentando su musculatura el animal, con pasos marciales, obedeciendo a su amo, dio una vuelta alrededor de la bailarina que clavó la mirada en los adoquines presintiendo algo anormal, moviéndose ahora con lentitud. Parecía que iba a volar cuando se paró sobre sus patas traseras, cuando relinchó espantando los compases de los flautistas y tamboreros. «Cesare Borgia», murmuró la multitud. «Cesare Borgia». Y la fuerza fuerte de su brazo levantó a Lucrezia depositándola entre su cuerpo y el cuello del caballo, bestia que a todo galope se alejó de la plaza, de la ciudad. Lloraba la noche porque el artista también lloraba y se quedó varios días y noches esperando que apareciera la bailarina, porque se había enamorado de su danza y le había atrapado la obsesión de retratarla. Había trazado las primeras pinceladas sobre la tabla de álamo; la arcilla blanca, los huesos molidos, el pincel con el óleo y el sfumato para dar profundidad a las sombras de la cara se habían posado en el álamo, pero para el artista el trabajo no estaba concluido, faltaba la profundidad de los ojos. «Es  necesario que los vea».

Había envejecido cuando el caballo, después de ocho días, la dejó tendida con su vestido rojo en el centro de la plaza. «El ángel de las tinieblas cubierto con hábito de cardenal, el futuro condotiero del papa, se comió el alma de la pecaminosa, alma contaminada que intoxicará el vientre del lujurioso. Y tú, profanador de ideas, escritor del diablo, consentido de los poderosos, a aquel vil le llamarás príncipe y le dirás cómo gobernar el mundo con las mandíbulas de un leviatán y la magia de un demiurgo. Y tú, zalamero de tus amos, tendrás la osadía de esfumar el rostro del jinete perverso en el cuerpo divino del Salvador del Mundo, pintor obsceno, futuro habitante de las llamas», dijo el fraile que bajaba de la iglesia de San Marco, Girolamo Savonarola. La recogieron los flautistas y después de unos días estaba de nuevo en el centro de la plaza, pero se negaba a bailar porque se sentía —por los rumores— arrugada, sin gracia ni sonrisa. «No escuches al gentío, solo mírate en este espejo y verás lo que quieres ser: la hermosa bailarina de hace un mes». Con mango plateado e incrustaciones imitadoras de rubíes, igual que el borde del cristal ovalado, el espejo le devolvió la sonrisa blanca y el brillo de sus ojos. «Estoy como antes, sigo siendo bella». Pero el artista, desesperado, buscaba infructuosamente los ojos, no los hallaba y esperaba que la danza los devolviera.

La multitud corría hacia la Piazza della Signoria. «Queremos escuchar al profeta, al líder de la renovación espiritual y purificación moral, al ministro de Dios en la tierra; él nos mostrará el camino para expulsar la vanagloria, la magnificencia, lo indecente». Corría el maestro detrás de la bailarina sin soltar sus tablas y pinceles. En la plaza estaba el predicador dominico, en el centro de la plaza, sobre unos tablones que lo colocaban por encima de la multitud, con túnica blanca, capa y capucha negras, flanqueado por otros dos frailes, hablaba con las manos mostrando el cielo y la tierra. Pensaba el pintor que iba cayendo la noche y que ese día no iba a poder ver los luceros anhelados; entonces escuchó decir al fraile que los días de la humanidad sobre la tierra se agotaban, que se había encendido la ira del Creador porque los hombres habían liberado sus pasiones y el mayor de sus defectos, el más pernicioso que destruiría el mundo: la vanidad, que era el estímulo para malograr el paraíso que Él nos había entregado en custodio, descubriendo los secretos de su marcha; la vanidad que encendía el deseo de superar a Dios, de ser grande, de volar, de estar en todas partes, de construir las torres más altas, los duomos imponentes; la vanidad que despertaba el lujo, la opulencia, el vicio, la depravación.

El fuego se levantaba danzando ferozmente, lanzando al espacio demonios de diversos colores y crecía cada vez más porque la gente lo alimentaba con los objetos vinculados a la vanidad. Era la Hoguera de las Vanidades. El monje, con un crucifijo y un rosario de quince estaciones en la cintura, avivaba las llamas con el movimiento de sus manos. «Quema tus libros profanadores de la naturaleza, promotores del apocalipsis, quema tus artes que distraen la adoración del Señor, tus maquillajes y adornos ostentosos que alimentan el espíritu hipócrita. Sí, quema tus pasiones por lo extraordinario, así hallarás el cristianismo puro, austero y penitente». El pintor no quería perder de vista a Lucrezia que se confundía con la multitud, que se movía con los movimientos del predicador; las liras ardían, las flautas ardían y pensaba que la mujer ya no bailaría. Ella, tan enardecida como el gentío, se vio por última vez en su espejo y luego lo lanzó al fuego.

En el Ponte Vecchio, observaba el artista las aguas del Arno que, arremolinadas, se habían llevado a la bailarina; ella eligió la profundidad del río ante la ausencia de su hermoso rostro reflejado en el espejo, y él se quedó con el retrato sin ojos.

Sobre el autor

José Luis Pérez Ramírez (La Paz, Bolivia; 1954) estudió en México e Italia. Ha publicado en Amazon tres novelas, un ensayo y una colección de cuentos. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas digitales de Costa Rica, España, Argentina, Colombia, Estados Unidos y México.

Página del autor en Amazon: amazon.com/author/joseluisperezra

En el medio del salar

Relato

Muchos dicen que los caminos que conducen al gigantesco mar petrificado ya no son lo suficientemente pequeños como para restringir el paso de los extranjeros en estas tierras. Algunos llegaron a Uyuni ayer, y ahora un grupo bastante grande de ellos se dispone a hacer los arreglos correspondientes para quedarse en el hermoso Hotel de sal y así proveer al pueblo del movimiento que tanto necesita para subsistir.

—Mi nombre es Adrián Montesinos y vengo de la Ciudad de México, ¿de dónde son ustedes?

El resto de los extranjeros respondieron, algunos con un español mal pronunciado y otros en inglés. Por fortuna él sabía hablarlo, así que no tuvo mayor reparo en entablar amistades con las que tendría que convivir un par de días. El viaje fue casi perfecto: aviones a tiempo, buena compañía y sobre todo un muy buen recibimiento por parte de todos los lugareños.

Tres camionetas se enfilaron hacia el salar. Adrián estaba en una de ellas, con un grupo de finlandeses ataviados de cargamento, carpas, mochilas y demás. Entre ellos no solo compartían comida, sino también risas y anécdotas de sus viajes, y algo de vodka para calentarse. 

Pronto, a lo lejos se divisó el esperado espejismo que de a poco dejó de serlo. Mucho se dice del salar, excepto que no es como los desiertos. Todos se quedaron boquiabiertos ante aquel suelo blanquecino que se mostraba entre las casuchas de paja y adobe. Aquello era más como caminar sobre las nubes que otra cosa.

Al llegar al hotel los turistas tenían el típico malestar que precede a los viajes y, a pesar de estar literalmente en medio de la nada, ansiaban espacio personal y soledad. Una vez instalado, Adrián tomó una bocanada de aire, queriendo inhalar algo de serenidad; sin embargo, dada su natural inquietud, la ansiedad por explorarlo todo lo dominaba. Aunque estaba anocheciendo, no pudo aguantar más y escapó del lugar. 

La noche era espectacular. Pudo saborear el placer de presenciar de primera mano la creación e inmensidad en su esplendor máximo, las constelaciones apretujadas entre otras estelas de luz y, sin una sola nube en el cielo, las estrellas fugaces cayendo sobre ese abismo oscuro que era el salar de noche. Definitivamente amaba ser él mismo en esos momentos y poder estar solo frente a la nada en aquel instante.

De pronto escuchó un silbido alegre a lo lejos.

“¿Quién puede silbar tan afinado a estas horas de la noche y con semejante clima, si yo apenas puedo caminar con el frío?”. Algunos viajeros le habían contado que el viento y la atmósfera en el altiplano suelen sentirse tan solos que buscan hablar con la gente, pero no siguió pensando en eso y continuó disfrutando un cigarrillo que había encendido hace poco, agregando a aquel paisaje una fumarola y un pequeño espectro de luz

Aquella cancioncilla era cada vez más notoria y se aproximaba, arañando el suelo como las garras de un animal salvaje de andar letárgico y pesado. A cierta distancia, la débil luz de su linterna apuntó a un hombrecillo de pequeña estatura con la cabeza y las extremidades un poco más grandes de lo normal en proporción al cuerpo. El sujeto de rostro cobrizo tenía un poncho viejo y descolorido, muy diferente a los que había visto antes, caminaba con la vestimenta típica de los lugareños, con ojotas y polainas para cubrirse del frío y el chulo en la cabeza, el cual tenía un montón de hoyos. A pesar de ese aspecto desprolijo, tenía en sus dedos anillos de oro y plata con incrustaciones de rubí, diamante y esmeralda, un pectoral de oro y un par de collares del mismo metal, colgando de un cuello que parecía el de un sapo obeso.

—Joven, buenas noches tenga usted, ¿qué está haciendo tan tarde en una noche tan fría?

—Buenas señor.

—Jacinto me llamo, ¿y usted?, ¿no es de estos lados verdad?

—Me llamo Adrián y soy mexicano. Hermoso país tienen ustedes.

—Eres bienvenido aquí hermano, no se nota que eres extranjero. No tienes el pelo amarillo o los ojos rasgados como los que suelo encontrarme, sin embargo he conocido algunos de tus compatriotas y sé bien como son.

—Pues muchas gracias, señor. Me recibieron bien aquí y estoy muy agradecido.

El hombrecillo parecía buena persona. Muy pronto se fue ganando su confianza, palabra tras palabra, sonrisa aquí y mirada allá, incluso con ese aire entre melancólico, aprovechado y siniestro que tenía.

Las pisadas no se sentían tan afiladas como cuando habían llegado al salar, por lo que ambos hombres caminaron bastantes kilómetros tierra adentro, mientras la oscuridad permeaba los peligros de una noche fría de agosto. Don Jacinto cargaba un mechero que parecía que nunca se iba a acabar, ya que después de transcurrida una hora y media, seguía alumbrando como antes. 

El joven era aventurero pero no era estúpido, sabía del brusco descenso de las temperaturas nocturnas por esos lares, por lo que llevó consigo una parca azul con pluma de ganso muy abrigadora, una chalina del mismo color y una gorra de lana junto a un par de orejeras que hacían muy bien su trabajo. 

—Don Jacinto, creo que estamos algo lejos del hotel, a lo mejor y sería bueno que regrese.

—¡Ay tatita, no sabes lo solo que me siento! —exclamó el señor con vehemencia, como suplicando que el único amigo que pudo encontrar esa noche no lo abandonase. Adrián, un tanto receloso, optó por acompañarlo y seguirle la corriente. “Al fin y al cabo, ¿qué es lo peor que me puede pasar? Pobre hombre”, pensó. 

El señor, con una sonrisa muy convincente, un rostro casi inexpresivo y soltando un par de lágrimas, dijo que solía hallar tesoros de todo tipo y quedarse con ellos, pero que las personas con las que se encontraba siempre se iban de su vida. También habló de sus antiguos amores, de su esposa fallecida y los hijos que se fueron para nunca más volver…

La noche transcurrió apacible, junto a una fogata improvisada próxima a una gruta. Pronto ambos amigos compartieron historias, hablaron de sus travesías y de su infinita soledad, mientras el viento trataba de contarlo todo sin que lo escucharan. 

Al amanecer del día siguiente, en el hotel se percibió un enorme nerviosismo. En medio de la histeria cada cual hablaba su idioma nativo, despotricando contra el integrante que faltaba.

“¡Cínico!”, dicen unos. “¿¡Dónde están nuestras cosas!?”, dicen otros.

Los afectados llamaron a la policía, que tardó mucho en llegar al sitio para tomar las declaraciones y tan solo decirles que no podían salir de Uyuni, al menos hasta que el asunto no se esclareciera. De todas formas no iban a irse en un par de días. Estaban todos varados a la merced del depósito bancario de sus familias y de la regularización de sus papeles extraviados.

Tiempo después se hallaron los cuerpos sin vida de los 14 foráneos extraviados, entre ellos tres finlandeses y cuatro mexicanos en un estado avanzado de descomposición, muy delgados, con el rostro pálido y gélido, con un notorio rigor mortis. Aún no se logra explicar el macabro crímen.

El único que nunca se encontró fue Adrián. Dicen que seguramente se cambió el nombre y se fue a vivir a otro sitio, o que fue presa del Abchanchu.

Cuentan los rumores que este personaje se lleva a los turistas incautos que no cierran las puertas y ventanas de los hoteles o se quedan en la intemperie y les succiona la vida, atrayéndolos hacia su gruta con ese carisma imposible de ignorar y el silbido de sirena tan afinado y tan melancólico. Luego les roba las pertenencias. Suele presentarse como un hombre andrajoso de uñas largas y afiladas, aferrado a sus amadas alhajas. Nunca muestra los colmillos. Más de uno me ha contado que se le conquista escuchándolo y apelando a apaciguar su inconmensurable soledad, que gana amigos para luego comérselos. 

Volviendo a nuestro caso, en lo que va del año, en todo México comienza a rumorearse sobre un ente que cuando se acerca deja escuchar un silbido dulce y melancólico, que busca succionar la vida de los que se entregan al abandono en los grandes descampados. 

Sobre el autor

Alfredo Arnez Valdés (Bolivia) es ingeniero comercial. Escribe poesía, cuentos y microrrelatos. Participó en el compendio de relatos y poesías, convocado por la Asociación Escritorio Anónimo de la ciudad de Cochabamba, con el poema “Congo” y en el libro de relatos cortos Moleskin (España), en la categoría de Derechos Humanos con el cuento “La Almohada Viajera”.

Asiria

Relato

Mi vida ha sido marcada por la gloria, y como a tal, le prosigue la caída.

No hace mucho que el pensamiento de escribir mi memoria ronda por mi mente, tal vez con la motivación de una última esperanza: que al escribir –lo único que aún no he hecho– pueda librarme por fin de mi encierro. La tarea no me ha sido fácil. Años y años he tenido que esperar acumulando hojas marchitas que se desprendían de los árboles que en algún momento mandé a sembrar y que, gracias a la ayuda de un generoso viento ocasional, me llegan a través de la diminuta ventana que con dificultad alumbra mi confinamiento en esta torre de arena. Ya perdí la cuenta de los años que he permanecido aquí: 20, tal vez 200, podrían ser 2.000. Algunos recuerdos se me hacen tan distantes que identificar su veracidad me resulta complicado, pero haré lo mejor que pueda.

Desde el instante que tuve uso de razón lo supe, tengo sangre real. Una diosa fue mi madre, salida del mar, de gran poderío como todos los grandes seres que provienen del húmedo vientre del mundo, precediendo a todos esos pseudodivinos que ahora se hacen llamar enviados del Sol. Hablo de un tiempo cuando los hombres tocaban la tierra con sus rodillas en auténtica devoción y todavía no apuntaban con soberbia su dedo hacia el cielo. Época de exploradores y místicos; de toros y de señores del mar a quienes este animal representaba, antes de que los carneros y los peces invadieran las artes.

En mi primera prueba, con escasas semanas de haber tomado la forma de retoño humano, me vi perdida, sola en el desierto; pero morir en ese instante no era lo que el destino había grabado en la piedra. Durante varios días mis respiros fueron asistidos por milagrosas criaturas aladas, de blanco plumaje como las nubes, y como mi corazón… en aquellos tiempos.

Un pastor me encontró y me hizo su niña, también completó mi existencia al ponerme nombre. A pesar de la humilde crianza, nunca menguó la preeminencia de mi temperamento irrigado por mi sangre divina. Estaba segura de que no iba a pasar mucho tiempo antes de captar la atención de un hombre poderoso, dirigente de naciones, y cuando ese momento llegó, asentí definitivamente en mi sospecha: mi destino era gobernar. Mi esposo era inteligente, fuerte, servicial; pero su razonamiento era fácilmente opacado por mis consejos. Su fuerza no era nada en comparación con mi astucia, y su necesidad de complacencia me mataba de aburrimiento. ¡Oh, simple comandante, camello débil, conformista!, ¡te pude haber convertido en rey, pero tu espíritu era el de un simple lacayo!

Recuerdo muy bien aquel día de Akitu, tenía unos escasos 20 años. Nos presentamos en el palacio del rey, en donde el reflejo del sol que acentuaba su corona hacía resaltar la infinidad del desierto en mis ojos. Me clavó con su mirada, inmediatamente. Firme monarca, con sed de tierra, vástago del fundador de la tierra de Sinar, un hombre un poco más cercano a mi altura. Vio en mí a una estratega implacable, una figura digna de venerar y el aroma de una amante insaciable, por lo que le propuso a mi marido desprenderse de mis virtudes. Este se negaba, alegando que mi ser era para él la vida misma, pero tenía que comprender tarde o temprano, por las buenas o por las malas, que mi existencia a su lado era antinatural: iba en contra del glorioso curso que los astros me tenían previsto. Finalmente cedió mi mano y posteriormente se ahorcó. ¿No les dije que era débil?

Ahora reina soy, pero aún las cartas no me convencían. Había muchas personas en el trono: dos. Varios años pasaron de expansión y poderío hasta que el rey fue herido en batalla. Me cedió poder absoluto en su nombre hasta que pudiera recuperarse, y en efecto, en su nombre lo hice asesinar.

Ahora bien, estimado lector, usted creerá que tiene el derecho de juzgarme por mis acciones, pero le ruego por su paciencia.

Estos hombres acomodados en sus sillas brillantes se niegan a ver más allá del horizonte. Mi reino y yo éramos uno y nuestro nombre no iba a morir con mi carne. Y créanme que de eso me encargaría. Testimonios en piedra levanté y mis milagros fecundaron los áridos suelos dentro y fuera de los Dos Ríos. Antes de cumplir mis 30 años había demostrado ante varios pueblos que era posible hablar con los enemigos sin despertar su furia, pero los hijos de un tal Aquemenes se quedarían con el crédito, diplomacia le llaman ahora. Casi en mis 40 vi el potencial que tenía un pueblo abandonado por el castigo del cielo, y altas murallas coronadas por leones como ninguna antes vistas erigí y fortalecí ante los celosos ojos de los caldeos; y para colorear sus austeras superficies, hice traer plantas de las orillas del mismísimo Éufrates que se esparcieron sobre los tejados esmaltados siglos antes de que un megalómano y delirante rey decidiera emular una hazaña similar. Casi a mitad de una vida hice una pequeña visita a la tierra de los faraones, y al dios-hombre de las Dos Tierras lo hice arrodillarse para que nunca se atreviera a olvidar que entre él y el Sol siempre iba a encontrar a alguien más. Llegando a mis 50 expandí mi reino más allá del desierto y al este conocí a los hijos de Rama y la ciudad de los elefantes, mucho tiempo antes de que los ancestros de un jovencito siquiera pensaran en un mundo más allá de Macedonia.

Tantos años glorificando mi nombre y el de mi tierra, que fue tarde cuando me percaté de mi único error, el que provenía de mi propio vientre. Oh, hijo débil y cobarde, como su padre el burdo rey: oportunista, traidor, ¡blasfemo! Puso a la población en mi contra, y los 40 años en que mi reino era equivalente a lo conocido se vieron amenazados. Pero mucho tiempo más he permanecido encerrada aquí desde el día que abdiqué. Y que quede claro, mi reino no me lo quitaron, yo lo cedí, al fuego y a la perdición.

No me es preciso describir la cantidad de tiempo que ha pasado desde que vi por última vez los valles y las praderas de cebada, ahora compartiendo este espacio de un qanû con las voces de los antiguos dentro de mi cabeza, única morada que les queda tras su destierro a manos del que ahora la plebe llama “el dios único”. He visto desde la ventana, casi tan pequeña como mi cabeza, árboles inmensos ser arrasados y crecer de nuevo, una infinidad de veces. He visto construcciones derrumbarse, la arcilla secarse y el ladrillo desmoronarse. Ciudades emerger de la arena y ser arrasadas por el agua desbordada de entre las venas de la tierra. He presenciado guerras y exilios, capturas y ríos de sangre fundirse con los granos de arena del desierto…, y aún espero, sigo esperando lo que en un sueño se me profetizó: mis amigas emplumadas, blancas como las nubes, como mi corazón en algún tiempo, regresarían por mí y yo volaría con ellas. Me asomo cada mañana al despertarme y cada noche antes de acostarme. He visto monumentos de roca con mi imagen y mi nombre siendo erosionados por el viento, y entonces comprendí que ni siquiera la memoria le puede ganar al tiempo.

Regresamos al comienzo, querido lector. En un intento desesperado por guardar mi cordura, para no permitir que la locura termine de ahogar mi alma, emprendo la carrera hacia mi última conquista. Ya no la de mi memoria, sino la de mi liberación. Así como el polvo proviene de lo que alguna vez fue un testimonio sólido, de la misma manera ya no recuerdo mi nombre. ¿Para qué es la vida, sino para recordarla antes de morir?, pero, ¿y el que no puede morir, de qué le sirve recordar? Escribo sobre estas hojas envejecidas para que, si en algún momento sucumbiera ante la demencia sin llegar todavía a perecer, que el mundo que intenta desintegrar todas las bases que erigí no me arrebate mi esencia.

Nacimos en una era de dioses y diosas, adornada de paisajes salidos del sueño de quienes despertaron con el mundo, en donde el milagro venía acompañando al primer rayo de sol; pero al mirar ahora por la ventana sólo veo la endeble y fétida mano del hombre. Y a los reyes de este mundo en constante cambio, mejor decir, en constante decadencia, aquellos que avalaron mi exilio, les digo, lo que les duele no es que yo haya sido ambiciosa, tampoco que haya sido pionera, lo que les duele es que haya sido mujer.

Miro por la ventana una vez más. En ocasiones menos frecuentes veo a padres de la mano con sus hijas e hijos. Grito y muevo mis brazos con furor desde la pequeña ventana; pero ellos no alcanzan a verme, no alcanzan a oírme. La torre en la que me encuentro hace mucho que fue derribada, y desde entonces las gentes ya no se logran entender.

Nota: Relato basado en la historia de Semíramis, fundadora de Babilonia.

Sobre el autor

Felix Alejandro Cristiá, puertorriqueño criado en Costa Rica. Ha publicado relatos en varias revistas literarias y ha colaborado con artículos sobre filosofía y literatura para distintos medios.

Ulises y otros dos poemas de Mariano Moreno Casquete

Poesía

ULISES

Quisimos engañar a los dioses,

como Ulises,

y engañamos a los hombres,

como Ulises.

Entre cantos de sirena,

evitando naufragar,

con ciclópeos esfuerzos

y tormentas en el mar,

vamos perdiendo esta guerra.

Pero el juego aún no ha acabado,

y sólo Ulises sabe

cómo se puede ganar.

ESPEJO

Va girando mi espejo vivo o muerto,

a veces valiente, otras cobarde.

y la mirada que lo traspasa arde,

como un libro de fuego aún secreto.

Presa de mi ignorancia y del vacío,

dudo con el fervor con el que escribo.

El otro es una esencia que no vivo,

y no hay destino que no sea mío.

Los héroes bien se enfrentan a la muerte,

los dioses no programan el destino,

y muy pocos Ulises son capaces,

de engañar a los hados, sólo en parte,

o conseguir desviar el camino.

El final es el mismo para Ulises.

IGNORANCIA

Ignorancia clara y sabia,

ya fue muy bien expresada

cuando Sócrates decía:

“sólo sé que no sé nada”.

Esa ignorancia que impide

descartar toda esperanza.

No sé, luego ya no puedo

olvidarme del destino,

ni arrojarme contra el tiempo

para huir matando a todos,

ni saber lo que más temo.

Lucidez desencantada,

nada inocente ignorancia,

es la semilla plantada

de aquel árbol de la ciencia

que no es buena ni malvada.

Ignorancia que nos salva,

mejor que pura esperanza.

Sin desearla la quiero

como al aire que respiro

y que tampoco comprendo.

Sobre el autor

Mariano Moreno Casquete es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia, ciudad en la que reside en la actualidad. Ha publicado relato corto y poesía, y ha sido alumno de la Escuela de Creación Literaria de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

 

Muerte del verano celta

Relato

La oscuridad estaba abriendo sus postigones espectrales para poderse expandir por todo el universo boreal; era 31 de octubre y hasta esa aldea perdida en los confines de la tierra, llegaron los brazos de la tiniebla para someterla en penurias y dolor. Era tan difícil vivir sin el sol, sin la claridad, sin el fogoneo de sus rayos, sin la esperanza del mañana, sin la calidez con que lo impregna todo.

Mary, la joven huérfana del poblado, acababa de levantarse para encaminarse hacia la ventanita desvencijada de su habitación y  asomarse entre soñolienta y triste. Qué absurdo querer mirar, si la negrura del más allá, ya la había invadido. Serían largos meses de angustia, soledad, desamparo y frío. Tenía que prepararse, otra vez, para soportar las hordas del inframundo. Caminó hasta la cocina; las maderas crujían lastimosas bajos sus pies; quizás, de viejas; o tal vez, de frío; o sólo por la nostalgia del tiempo pasado; la  añoranza de otra época, cuando la pequeña casa estaba colmada de habitantes: sus abuelos maternos, sus padres y sus tres hermanos. Todos hacían milagros, diariamente, para compartir la morada. Los matrimonios tenían asignada una habitación para cada uno, mientras que los pequeños rotaban el lugar donde pernoctar; a veces, dos dormían en el desván y dos, en la salita sobre discretos sillones hasta que los que estaban en las alturas reclamaban su turno de bajar y se mudaban. Así, repartían el cobijo familiar entre ascensos y descensos.

El desván no ocupaba un lugar deseado en el corazón de los pequeños; decían que allí, el viento soplaba más fuerte y que se les metía entre las sábanas helándoles, primero, los pies hasta no sentirlos; luego, la espalda y finalmente, la cara. Junto con el frío, entraba el recuerdo de las historias celtas, que narraba el abuelo al lado del calor del hogar. La más temida, la de Samhain.

El anciano comentaba que Samhain aparecía la noche del 31 de octubre, anunciando el final del verano, y que los días previos a dicha celebración, los aldeanos recorrían los campos para arrear el ganado hacia las casas; allí,   ubicaban en los graneros a  los ejemplares que deberían procrear en la próxima temporada; los demás eran sacrificados, adobados y cocidos para ser comidos durante el intenso invierno. Por esos días, los pueblerinos hacían sus labores cantando entre dientes canciones tormentosas y tristes, casi incomprensibles. No era fácil despedirse del sol por unos meses y quedar a expensas de la oscuridad, de las garras gélidas del invierno.

A pesar de todo, se preparaban para celebrar la fiesta de Samonios, pues deseaban fervientemente homenajear la muerte del verano porque entraban en una etapa peligrosa, donde las fuerzas ocultas del más allá se apoderaban de todo, para poder reinar libremente. El abuelo les había dicho que  sus padres lo llevaban de pequeño al cementerio durante esas noches, porque se celebraba “la noche de los muertos”, noche de reencuentro con los familiares fallecidos, oportunidad para verse con abuelos, tíos y primos.

Recordaba que sus padres lo guiaban junto con sus hermanos de la mano hasta el fosal, y que allí, se sentaban sobre unas rocas a esperar el desenterramiento. Los días de luna llena, los haces luminosos se dirigían hacia las lápidas y las iluminaban convirtiendo el espectáculo en una tortuosa escena fantasmagórica. Primero, se escuchaba una especie de susurro, como un rodar de piedras, lejano y doliente; a medida que el ruido iba abrazando el lugar con mayor intensidad, se divisaba el desplazamiento de cientos de losetas de las fosas. Como estaban a distintas alturas, cuando las más altas perdían el equilibrio producían un estruendo ensordecedor al caer unas sobre otras, despidiendo un polvo blanquecino que se aferraba a los rostros de los visitantes. Una vez liberadas las fauces de la tierra, emergía otro sonido, más blando y crujiente; eran las tapas de los ataúdes que se abrían, algunas con un chillido lastimero, emanado desde las golas de las bisagras, oxidadas y mohosas por la humedad. Al final, aparecerían ellos, con sus esqueletos a cuesta; algunos asomaban las calaveras; otros, extendían sus brazos y a medida que los familiares los iban reconociendo, se acercaban y le extendían sus manos para ayudarlos a incorporarse; luego, se enredaban en macabros abrazos.

Abuelo decía que la sensación de besar las calaveras húmedas, sucias, a veces con algún colgajo seco de piel que todavía se aferraba al hueso, le provocaba asco, tanto asco y miedo, que solía correr a esconderse detrás de un árbol para vomitar. Pero, ese período de escape duraba muy poco porque enseguida escuchaba la voz ronca de su padre llamándolo.

Entre los muertos había dos que llamaban poderosamente su atención: uno que había sido saponificado, vagaba desnudo y decapitado. El cuerpo de este hombre  había sido hallado por la policía de un vecindario cercano, a la orilla de un camino, debajo de un montículo de tierra. Lo habían desenterrado y llevado a la morgue de la aldea porque en su localidad no disponían de depósitos de cadáveres. A pesar del esmero, de todo el trabajo policial por esclarecer el caso e identificar al muerto; no lo lograron  y ante la ausencia de reclamo del cuerpo cadavérico, terminaron   enterrándolo como NN, en el cementerio local.

La noche de Samhain, el hombre sin cabeza vagaba sin destino, solitario, daba la sensación que estaba esclavizado en su propio enigma. El otro muerto,  era una momia perteneciente a una joven y bella mujer que había fallecido al dar a luz a su primer hijo. Su marido   desesperado, no podía resignarse a su ausencia y recorrió cuanto médico, curandero, mano-santa, que le hubieron recomendado para llevar a cabo la resucitación. A pesar de los diversos intentos, todo fue inútil y, aún así,  se negaba a enterrarla; entonces los amigos le sugirieron realizar sobre el cadáver una momificación natural. Objetivo que logró a través de un experto forense. El viudo  mantuvo a su esposa sentada en una mecedora, en su cuarto, por muchos años, hasta que finalmente, él murió y el hijo los enterró juntos.

Ellos, durante esa noche, caminaban tomados de la mano, unidos en su infinito  amor; ella, mostrando la belleza de la juventud preservada a lo largo del tiempo, y él  blandiendo su esqueleto cubierto con algunas roídas prendas.

Una vez que estaban  todos  reunidos, vivos y muertos – muertos y vivos, salían a recorrer la aldea para recoger los dulces y la comida que habían colocado los lugareños afuera de las casas, para evitar que algún alma maligna penetrase en el hogar.

La nocturnidad estaba arropada de luto, de dolor y de reencuentro; los vivos perdían su temporalidad y por momentos, no sabían si estaban vivos o no. La tiniebla reinante pertenecía al Reino de Don, el dios irlandés de la muerte, ser sombrío y agresivo que sin piedad manejaba el consciente colectivo del pueblo.

Durante la peregrinación, los cánticos se enredaban con los sonidos óseos de mandíbulas atascadas entre cartílagos resecos. El silencio tomaba cuerpo cuando los organizadores principales encendían  inmensas fogatas y todos se sentaban alrededor. Los vivos se alimentaban con la esperanza de poder persuadir al sol para que volviese a aparecer una vez que hubiese cumplido con su período de huida invernal y los muertos, con el deseo de que las sombras  perpetuaran su existencia eterna.

Pasadas unas horas, cuando los fuegos empezaban a languidecer, los aldeanos acompañaban a sus muertos hasta las tumbas, los ayudaban a ingresar y una vez que cada uno se hallaba en su fosa, procedían a cubrirla.

Sobre la autora

Silvia Estela Mangas, escritora y profesora de Castellano y Literatura, nació en la ciudad de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, pero reside, desde su juventud, en la ciudad de La Plata.

Se desempeñó como docente en las Escuelas Normales platenses. Dictó cursos y conferencias en diversos lugares. Publicó: “Aproximación a Pino Cattaneo Di Tirano” y la nouvelle “Huellas Ancestrales”. Sus cuentos y poesías se publicaron en Argentina en las antologías: “Continuidad de las Voces 2012”, “Letters on paper”, “Poetas y Narradores Contemporáneos 2013”, “Nueva Literatura Argentina 2013”. En España: en “Quijotadas” y en “Relats d’amor”.


Fuente de la imagen: Matt Cardy/Getty Images

Tres poemas de Emily Dickinson sobre la divinidad

Poesía

La poesía de Emily Dickinson sorprende, porque es sumamente particular en forma y contenido.  No teme jugar con el lenguaje, tampoco acceder a las dimensiones del espíritu para ahondar en lo divino. Compartimos con gusto un poco de su poesía original, mística y atemporal.

The Soul that hath a Guest (674)

The Soul that hath a Guest

Doth seldom go abroad —

Diviner Crowd at Home —

Obliterate the need —

And Courtesy forbid

A Host’s departure when

Upon Himself be visiting

The Emperor of Men —


El alma tiene un huésped

rara vez viaja lejos.

La divina compañía en casa

anula la necesidad.

Y la cortesía prohíbe

que el anfitrión se marche cuando

a él le visita

el emperador de los hombres.


Where Thou art — that — is Home — 725 

Where Thou art — that — is Home —

Cashmere — or Calvary — the same —

Degree — or Shame —

I scarce esteem Location’s Name —

So I may Come —
What Thou dost — is Delight —

Bondage as Play — be sweet —

Imprisonment — Content —

And Sentence — Sacrament —

Just We two — meet —

Where Thou art not — is Woe —

Tho’ Bands of Spices — row —

What Thou dost not — Despair —

Tho’ Gabriel — praise me — Sire —


Donde tú estás — esa — es mi casa—

Cachemira —o el Calvario— es lo mismo—

Rango — o Vergüenza—

Apenas valoro el nombre del Lugar—

Con tal de que yo vaya—

Lo que Tú haces — es Deleite—

La Esclavitud como Juego — es dulce —

Prisión — Contento —

Y Condena — Sacramento —

Si nosotros dos — nos encontramos

Donde Tú no estás — es Aflicción —

Aunque Bandas de Especias — boguen —

Lo que Tú no haces — Desesperación —

Aunque Gabriel — Señor — me alabe.


 

The Only News I know (827)

The Only News I know

Is Bulletins all Day

From Immortality.

The Only Shows I see —

Tomorrow and Today —

Perchance Eternity —

The Only One I meet

Is God — The Only Street —

Existence — This traversed

If Other News there be —

Or Admirable Show —

I’ll tell it You —


La Única Noticia que tengo

Es el Boletín Diario

Desde la Inmortalidad.

El Único Espectáculo que veo —

Mañana y Hoy —

La Eternidad, tal vez —

Al Único que encuentro

Es a Dios — La Única Calle —

La existencia — Recorrida

Si hubiera Otra Noticia —

O un Espectáculo más Admirable —

Te lo diré —